viernes, 27 de mayo de 2011

"Enemigos públicos" de Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy


Extracto de uno de los correos que Bernard-Henri Lévy dirige a Michel Houellebecq o "Consejo a seguir antes de gastarse un duro en la feria del libro de Madrid":
Hay que aceptar la idea de que las palabras son, como todos los seres vivos y más aún que los vivos ordinarios, seres para la muerte, en cuyo programa está ya integrada, en un plazo más o menos breve, una promesa de desaparición.
¿Qué plazo?
Y, para esos vivos que son las palabras, ¿qué régimen de mortalidad específico?
Pues bien, ahí está. Ahí está todo. Toda la diferencia entre los libros buenos y los malos. Y hay una única pregunta que hacer a propósito del escritor que sea, cuando se apasiona, como usted y yo, por la maquinaria literaria, sus “abismos”, sus “caos” y el complejo de fuerzas que le permite no “implosionar”: ¿qué está vivo en lo que escribe? ¿Qué está muerto? ¿Cuáles son, en un texto concreto, las palabras que ya están muertas, las que se están muriendo, las que viven todavía pero por cuánto tiempo, las palabras fantasmas, los espectros de palabras?
La respuesta es clara.
Se ve a simple vista. Se percibe con el oído. No hace falta ser un gran crítico. O es el requisito, más exactamente, de todo crítico digno de este nombre.
En los grandes escritores, los que casi nos disuaden de escribir después de ellos, casi todo está vivo; mucho tiempo, muchísimo tiempo después de haberlo escrito, queda el vigor del drama que se ha anudado a través de ellos.
En los malos todo está muerto; apenas se ha secado la tinta, las palabras que ha trazado están ya borrándose; son libros sin impronta; son libros que no dejan huella; se dice a veces, usted mismo lo dice respecto a los falsos libros que se han escrito sobre usted, que son tan malos que le manchan las manos; pues no, no es eso, ni siquiera es eso, ya que el signo de su miseria es precisamente que no dejan marca alguna.
En los intermediarios, los inciertos, en los escritores menores y de segunda fila o, en los grandes, los libros medio fallidos o medio logrados, hay muerte y vida mezcladas; zonas que subsisten y zonas que han cedido; en el mismo capítulo, la misma página, a veces en la misma frase, carne viva y carne muerta, brasa y ceniza, el resplandor que se han tragado su propia sustancia.
Haga la prueba.
Haga esta prueba de “muerto o vivo” con los libros que le gustan y con los que detesta.
Hágala con sus propios libros, cuando tenga dudas.
Yo la hago a veces: verá que es la única que no engaña.



El resto del libro, por si les puede la curiosidad, está repleto de cosas por el estilo. Las hay mas o menos interesantes pero en general, y salvando momentos puntuales, no es un libro que decepcione siempre y cuando uno lo afronte sabiendo a lo que va. Hay mucho de confesión (Houellebecq quiere una epistolar a corazón abierto frente al secretismo protector de Lévy), mucho de protesta (a ambos les llueven las críticas desde siempre) y también resignación (frente a eso mismo). Houellebecq, que ha sido tachado de misógino, decadente, reaccionario, pornógrafo y racista, demuestra ser muy poco de todo eso. Como mucho, quizá, ligeramente exhibicionista y políticamente incorrecto y tan depresivo y pesimista como pudieron haberlo sido los existencialistas antes (y después) de que Sartre los declarase más humanistas que los humanistas (1). Pero lo cierto es que una vez concluida la lectura a uno lo que realmente le apetece es abrazarlo cual osito de peluche, expresarle un amor incondicional y prometerle que nunca le pasará nada malo, que nadie volverá a hacerle daño. Lévy, en cambio, no despierta las misma simpatías quizá porque no parece necesitarlo tanto: tiene las cosas mas claras y una coraza en apariencia indestructible que no desmiente (tampoco lo pretende) su imagen de intelectual mediático y un poco narcisista. Hablan mucho de sí mismos a pesar de los esfuerzos de Lévy por evitarlo, de lo que les llevó a ser escritores, de sus padres (esta es, con diferencia, la parte más pesada), de filosofía, de literatura, de celos, envidias, de críticos literarios; de lo divino y de lo humano, en definitiva, pero siempre desde el respeto mutuo en un viaje en el que se adivina el nacimiento de una amistad.



(1) "El existencialismo es un humanismo" (1946) es una transcripción taquigráfica de una conferencia del escritor y filósofo francés Jean-Paul Sartre, que se considera el manifiesto del existencialismo.


5 comentarios:

  1. Veo que tienes dudas con respecto a qué leer en estos momentos. ¿Haces crítica por encargo?

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  2. No sería la primera.

    No, que va. Lo que pasa es que anoche acabé de leer uno justito antes de irme para la cama y hoy tenía que ir a la bibliotasca, y aunque siempre voy con muy buenas intenciones la mitad de las veces salgo con algo que no tiene nada que ver con lo previsto. Así ha sido hoy, al menos en un 50%. Pero ya mismito le pongo foto al "elegido" que era, por cierto, en el que había pensado.

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  3. No conozco la literatura de Levy, he leído algún artículo suyo, donde básicamente me ha parecido un "papanatas".

    En cambio Hou es muy grande. Supongo, que a tu juicio, gana por goleada.

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  4. Realmente no existe la rivalidad que pudiera sugerir el título (ya que ésta se refiere a su relación con la sociedad). Houllebecq "gana" -si queremos decirlo así- porque no es un filósofo y sus planteamientos y reflexiones son mas accesibles, mas entendibles, más primarias. Lévy, en cambio, justifica desde la filosofía todas sus actuaciones lo que, al menos a mi, me produce la sensación de estar frente a un producto artificioso. Houllebecq asume con mucha humildad sus contradicciones y si peca de algo es de "sincero" (aunque por momentos roce lo autocompasión, lo que no le hace ningún favor) y no parece tener ningún problema en reconocer sus errores. Leví parece indestructible y hasta eso lo justifica. Hay un momento, muy interesante, en el que hablan de la famosa frase de Nietzsche que decía "lo que no me mata me hace mas fuerte" y no hace mucho Sarkozy hizo suya con ligeras variaciones, haciendo referencia a un biografía no autorizada que no lo dejaba muy bien parado: "Aunque me destruya, me engrandecerá". Esa es la filosofía de vida que parece utilizar Leví para salir siempre airoso de todos los envites y críticas. A Houllebecq, en cambio, las críticas le duelen y no entiende que los estudiantes de una conferencia le digan, cuando el se confiesa, "que debería estar por encima de todo eso". No lo está. Lo asume, pero sufre.

    Me he sentido más identificado con Houllebecq, sí; he empatizado más con él. Supongo que definitivamente, gana.

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  5. Una de las preguntas podría ser: ¿Por qué un literato tan menor tiene tantos lectores? Y que la respuesta no radique en la insolente mediatización del producto Houellebecq. Es un no estilo plagado de intentos de profundidad que ni llega al nivel de un "digest" para estudiantes de filosofía. Lo que sí sabe hacer, es conducir el lector en un mundo salpicado de pseudo postpostpostmodernismo
    En cuanto al libro en cuestión, no creo que tenga nada que ver ni con el interés de uno por el otro, ni por afinidades (¿cuáles?), es puro oportunismo. Es este libro no se intercambia absolutamente nada, carece por completo de ideas y la "visión del mundo" de Houellebecq es de una ñoñería sin límites.
    Un nolibro de un nofilósofo y de un noescritor para nolectores.
    JC

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