Injustificada breve nota de urgencia, aviso. En realidad tengo tiempo o, más bien, forma de conseguirlo, pero no me apetece perderlo escribiendo cuando puedo dedicarlo a leer y, total, para decir muy bien bastan dos palabras y hasta sobrarían si diese con un bonito gif de mano con pulgar alzado o abreviatura similar.
Pero esto un blog literario y la normativa es clara: el artículo 28.1 deja claro que «nadie te tomará medianamente en serio si no dedicas al menos 500 palabras a comentar el libro en cuestión». ¿500 palabras? Con la gorra. Ahí vamos.
Las luminarias es el clásico libro de ochocientas páginas de portada medianamente atractiva que por razones equis –razones que tienen generalmente mucho que ver con la intuición− acaba en nuestra estantería ocupando un espacio reservado a todos aquellos libros en los que depositamos las mayores esperanzas; el clásico libro que viaja con frecuencia a nuestra mesilla de noche total para volver inviolado a su lugar de origen. Porque quiérase que no, ochocientas páginas son ochocientas páginas y hay que tener ganas y tiempo y mucho valor para priorizarlo sobre Victor Hugo o Thomas Mann, para acometer tamaña lectura.
Las luminarias fue, para quien esto escribe, exactamente eso o exactamente así: veinte veces lo empecé (dos, tres páginas) y diecinueve lo abandoné miserablemente en un cajón. Veinte veces antes que Mann, antes que Hugo, antes que Stevenson. Hasta que un día. Hasta que un día, no fueron dos ni tres las páginas, sino veinte y entonces ya, definitivamente, abandonarlo dejó de ser una opción y complejos fuera.
Aquí la novela:
Nueva Zelanda, 1866. Un barco llega a puerto; un hombre baja de él. Llueve lo que no está escrito. El hombre se refugia en una taberna que no es gran cosa, taberna en la que hay once o doce personajes que, repentinamente, ponen cara de circunstancias y guardan silencio sepulcral. Nuestro hombre se sienta junto a otro y, dejándose llevar por la curiosidad ajena, cuenta la historia que lo ha llevado allí; historia que despierta el interés general por lo que tiene de huida; historia que llama a otra historia: a la que esos doce hombres tienen que contar, una historia que habla de putas heridas, hijos nonatos, mujeres fatales, matrimonios de conveniencia, un tesoro que sale de la nada, un cadáver, un político oportunista, un hombre y una bala que desaparecen en el aire; un capitán sin escrúpulos…. Un historia de lo más completa en un país de lo más interesante en plena fiebre del oro.
Las luminarias es un puzle que hay que armar despacio, capítulo a capítulo, con toda la calma del mundo, encajando tramas y subtramas y tejiendo una historia que tarda casi cuatrocientas páginas en ofrecer una perspectiva más o menos completa. Es, sin necesidad de pasar por obra maestra (ni falta que le hace), una excusa perfecta para pasarlo bien. Las luminarias es una novela que pide tormenta, sillón de orejas, manta a cuadros, sopita caliente y muchas horas por delante de bendita ociosidad. Si esto no es literatura, no sé qué lo es.
La novela ha vuelto. Gracias.
Esta reseña debería terminar aquí. Qué sentido tiene, me pregunto, toda vez que le he recomendado con un entusiasmo tan infantil, desarrollar más argumentos en su defensa que los que dicta el propio sentido común. Nos quejamos, a diario (yo me quejo a diario) de lo triste del panorama editorial, no digamos ya nacional, que sabemos desastrado y del que ya no podemos esperar absolutamente nada más que banalidad y mortal aburrimiento y basura autocomplaciente y narrativa de primer curso de taller literario, sino general; un mal general, sin duda: esa ausencia de novelas que realmente justifiquen el esfuerzo que requiere leer en esta era de la dispersión, de series de televisión, redes sociales y bebidas energéticas. Las luminarias es una novedad de corte clásico; es, lo hemos dicho, volver al sillón, a la manta; es recuperar la inocencia de las primeras lecturas, de la novela de aventuras, del salvaje oeste neozelandés, de los malos malísimos y la laxa moral. Es la inquietud por llegar al capítulo siguiente y la imposibilidad, casi física, de abandonar la lectura.
Las luminarias le devuelve a uno la pasión por la lectura, tan sencillo como eso. Supérenlo si pueden.
