Y digo ochenta páginas porque son las que aguanté. Cabe esperar, por lo tanto, que lo inmediato sea una no-reseña de una novela no terminada. Hay a quienes esto les molesta mucho. Para ellos, Google bendito Google. Para los demás, esto es lo que pasó.
Esto es lo que pasó
Lo que pasó fue que se me agotó la paciencia. Que me cansé de saltar palabras, frases, líneas, párrafos, páginas enteras tratando de salir de sopor con el que Vann nos castiga a los lectores durante cada doloroso minuto que dura la lectura. Buscaba algo a lo que aferrarme para seguir, algo tipo “para eso te he traído, lector, asómbrate”. Pero nada, no hubo modo. Total, que en la página ochenta me di por vencido.
En mi opinión de experto, David Vann viene demostrando una trayectoria descendente desde hace tanto tiempo que uno se pregunta si no habrá caído en un pozo sin fondo. Eso o que se puede vivir eternamente de las rentas de haber escrito un único libro decente si papá Mondadori (ahora Penguin Random House Mondadori Alfaguara Felipe Froilán de Todos los Santos) te avala.
El caso es que esta nueva novela de David Vann (la cuarta que se publica en nuestro país y la tercera que edita Mondadori) es, exactamente más de lo mismo que los anteriores. Esto no tiene nada de malo, si te gusta. Y uno entiende que guste: violencia, traumas, niños que sufren o hacen sufrir… La vida. Pero bueno, en algún momento habrá que ofrecer algo más y no siempre algo menos. Billy Wilder tenía diez mandamientos, nueve de ellos eran no aburrir. Si vamos por ahí, Vann merece el infierno.
Goat Mountain va de esto: un abuelo, un padre y un hijo y un amigo del segundo (Tom) se van unos días caza. Paseando ven, a lo lejos, un furtivo que se ha colado en sus tierras. El papá apunta con su escopeta al ignorante cazador, mira por el objetivo y le dice al nene, nene ven mira y el nene, que tiene once años y le han prometido que esta vez sí podrá cazar un venado, va y mira. Y dispara. Claro, nadie quería que el niño matase a ese señor; no es esa clase de libro. La cosa es más bien ¿qué cojones le pasa al niño? y tal, como si la cosa viniese de atrás. El abuelo dice que es un hijo de puta y que deberían matarlo. El abuelo, eh. El padre dice que no y Tom no dice nada porque no es de la familia. Esto es todo lo que hace Vann para definir a los personajes. Miento: sabemos que el abuelo está un poco gordo y que el niño, efectivamente, es un ser absolutamente amoral que lo mismo le da matar un cristiano que un ciervo. Si acaso que sin cuernos no luce igual la cabeza sobre la chimenea. A Tom lo define su humanidad: él no quiere matar al niño, sólo denunciarlo a la policía. Pero a ver, estamos en el bosque, el tipo era un furtivo, nadie ha visto nada… ¿qué te costará enterrar el cadáver, Tom, cabronazo, mala gente? Bueno, pues no, todo el rato es Tom dando por culo con los remordimientos de conciencia y no queriendo tocar el cadáver no se le vaya a pegar algo y el viejo erre que erre que te voy a matar y el niño erre que erre que no y el padre no sé, por ahí anda, haciendo de chófer o algo.
Yo sé que, visto así, no pinta del todo mal, que incluso a mí me apetece retomar pero luego llegas al libro y abres una página y es todo uno leer y bostezar y ya no es que no pase nada sino que el mejor momento es saber qué va a cenar el viejo esa noche. Y no puede ser.
Vale que David Vann ha tenido una infancia muy dura pero no veo qué culpa tenemos los demás.
Ya en Caribou Island había paja para aburrir, aunque la historia principal no estaba del tomo mal. En Tierra se le fue la mano con el bricolaje pero al menos estaba lo de la vieja encerrada que tenía su aquel, pero aquí es que no hay nada a lo que agarrarse que no sean esos tres señores que son como tres sombras de pura indefinición y uno niño malo como la peste que tampoco sabes muy bien qué culpa tiene la criatura de ser como es si luego van y cada dos por tres le ponen una pistola en la mano. Y luego la culpa es de los videojuegos. Si es que…
Total, que para ver a cuatro tíos con pistola malamente desarrollados, una acción que no acaba de arrancar y una prosa carente de todo atractivo, mejor me pongo el Zombi U y así por lo menos las hostias las doy yo.




