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lunes, 20 de marzo de 2017

“El mar, el mar” de Iris Murdoch (Trad. Marta I. Gustavino)

No es casual que en esta novela se hable tanto como se habla de matrimonio (palabra que se repite nada menos que 73 veces), al fin y al cabo se trata de un relato de muerte y destrucción moral, valores que por lo general uno asocia a un escritor como Thomas Bernhard y en los que Murdoch no parece desenvolverse del todo mal.

No me lo invento; lo deja caer el propio narrador y absoluto protagonista es esta suerte de diario que es El mar, el mar, cuando, ya cerca del final de la novela, prepara una maleta por motivos que no vienen al caso:

«[…] fui al cuarto de los libros, a buscar alguno para leer durante el viaje. […] Necesitaba algo un poco sensacional y absorbente. Habría sido incluso un buen momento para la pornografía, solo que en realidad no puedo aguantarla. Terminé por escoger Las alas de la paloma, otro relato de muerte y destrucción moral».

[Lo suyo hubiera sido leer, inmediatamente después, la novela de James pero esa es otra historia y además a nuestro héroe “su maravilloso comienzo magistral” no llegó a atraparle].

Toda esta introducción para qué, se preguntarán. Para nada. O para casi nada. Tal vez como muestra de lo que se pueden encontrar en la novela: una introducción monologada de 140 páginas que hay que tragarse antes de entrar en materia o, si lo prefieren, antes de que ocurra algo que no sea un hombre frente al mar preparando ensaladas y echando mano del pasado para llenar páginas y páginas del libro de su vida. O tal vez es que simplemente no sé por dónde empezar.

Yo creo es más bien esto último.

¿De qué hablábamos? Ah, sí, de destrucción moral, o de matrimonio que, para este caso es lo mismo. Vean, si no, qué de perlas:

«El matrimonio es una especie de lavado de cerebro que obliga a la aceptación de muchísimos horrores», «Uno de los horrores del matrimonio es la suposición de que los miembros de la pareja han de decírselo todo», «Todo matrimonio que perdura se basa en el miedo. El miedo es fundamental. Cuando profundizas en la naturaleza humana, ¿qué hallas en el fondo? Un miedo miserable, rencoroso, cruel y egoísta, y no importa si te lleva a aplastar con la bota o a encogerte en un rincón. En cuanto al matrimonio, la gente se limita a negociar posiciones de dominación y sumisión. Es evidente que a veces «crecen juntos» o «alcanzan la armonía», puesto que uno tiene que enfrentarse racionalmente a la fuente de terror que hay en su vida», «El grito espantoso de unas almas hundidas en el dolor y la culpa, que se aborrecen y están atadas la una a la otra. El infierno del matrimonio».

Y las que me dejo.

«Gracias a Dios, uno se olvida de sus amores como se olvida de sus sueños».

Me aburro. Entremos en materia.

El protagonista es un director de teatro que habita una casita en la costa, casita que no cuenta con los servicios mínimos pero que para retirarse del mundanal ruido y encontrarse a sí mismo va muy bien. Como decíamos, el protagonista y a la vez narrador escribe un diario: esta novela. Como narrador en primera persona no es muy fiable, ninguno lo es, y debemos creernos lo que nos dice al tiempo que sacamos nuestras propias conclusiones, que es una cosa que siempre da mucha calidad a las novelas. 

«Has vivido toda tu vida en un sueño hedonista, y te has comportado impunemente como un canalla porque siempre elegiste mujeres capaces de valerse por sí mismas. Cierto que nos lo decías bien claro, jamás te comprometiste. ¡Nunca dijiste que nos amabas, aunque fuera cierto! ¡Un galán pagado de sí mismo que no se ensucia las manos! Pero si las muchachas sobrevivieron, fue solo porque tuvieron suerte. Eres como un hombre que dispara una ametralladora dentro de un supermercado y casualmente no se convierte en asesino».

En esta teatralizable novela, también velado pequeño homenaje a La tempestad, este Próspero venido a menos, descubre un buen día que el azar, juguetón, ha querido obligarle a compartir espacio vital en pueblo remoto con la única mujer que amó en su vida, dulce amor de juventud, amor truncado no les diré por qué. La mujer está casada, quién sabe si felizmente, probablemente no, pero él decide que Absolutamente NO, que su matrimonio es completo desastre, que su marido es un hombre violento y dominador y que ahora su misión en la vida es salvarla a pesar de sí misma si es necesario. Objetivo: recuperar el amor, reconciliarse con el mundo, envejecer honorablemente y poder llegar a ser, al morir, recuerdo en alguien. 

«Ahora estás viejo y terminado, te marchitarás como Próspero cuando regresó a Milán, te pondrás patético y senil y habrá chicas bondadosas como Lizzie que te visitarán para levantarte el ánimo. Durante un tiempo, por lo menos jamás hiciste nada por la humanidad, nunca hiciste un rábano por nadie más que por ti mismo. Si Clement no se hubiera encaprichado contigo, nadie habría oído jamás hablar de ti; tu trabajo no servía para nada, no era más que una colección de trucos pretenciosos, como lo puede ver todo el mundo ahora que ya no los tienes mesmerizados, así que el baño de oro se va gastando rápidamente y te encontrarás solo y ya ni siquiera seguirás siendo un monstruo en la mente de nadie y todos dejarán escapar un suspiro de alivio y se apenarán por ti y te olvidarán».

La novela es básicamente esto y visitas mil: de viejos amores, amantes, familia, amigos o enemigos declarados y un largo etcétera que sirve para poner en evidencia el absurdo de todo y la estupidez. También hay hijos ajenos que se quisieran propios, secuestros y una vuelta de tuerca a la vieja costumbre de ocultar lobos bajo pieles de cordero. Lamentablemente es probable que, a ratos, no pueda uno evitar la sensación de que o bien la cuestión de fondo no da para tanto y bien se tiende en exceso a la repetición, tanto de diálogos como de acciones, dejando con esto la ya clásica impresión de estar frente a un novela innecesariamente larga y demás tontadas de malos lectores.

Buena lectura, sin duda, pero no lo suficiente.



martes, 24 de junio de 2014

148 páginas más de “La maravillosa vida breve de Oscar Wao” de Junot Díaz


Yo no sabía que cuando te daban el Pulitzer ya nadie te podía mear encima. Mola. No sé si pasa lo mismo con el séptimo arte. ¿Sabe alguien que por el hecho de tener un Oscar o un Goya a la mejor película ya nadie puede decir que es mala o es aburrida o “no lo merece”? Por esta regla de tres, ¿me tiene que gustar sí o sí Camino? ¿Me compro la Edición Especial?

Venga, va, de buen rollo: me he terminado el libro de Junot Díaz y no me ha gustado. ¿Qué me pasa, doctor?

* * * * *

Nada, qué me va a pasar. 

Ya hemos hablado de esta novela, pero nos gusta sufrir. Retomamos más o menos por aquí:

«Al principio, bueno, se va leyendo y hasta tiene su gracia, sobre todo si uno se acerca por primera vez al autor. Trata (lo que he leído) sobre una familia, que es una cosa que, bien llevada, puede dar mucho juego. Primero habla del Oscar al que da nombre el título, después de su hermana y en tercer lugar, y ya con más detalle, de la madre de estos dos. Oscar es de pequeño seductor y de mayor un nerd gordo con tendencia a la depresión por falta de cariño y a enamorarse de todo lo que tenga forma de mujer. Su hermana Lola es un ser humano temperamental que quiere huir de ese infierno que es el hogar materno. Su madre, como todas las madres, es un bicho. La tercera historia es la de la madre, claro, una mujerona que las pasó muy putas. En la cuarta parte el narrador cobra protagonismo. Ahí fue cuando lo dejé».

Después de lo anterior hay más partes. La del abuelo de Oscar, por ejemplo, que es lo mejor de la novela. Y ya. Después, vuelta al “presente” y a ver qué narices le pasa al bueno de Oscarito, a qué viene lo de la “vida breve”, “maravillosa vida breve”. Adivinen: se enamora de una puta. 

Igual es por eso que le dieron el Pulitzer.

O tal vez lo hicieron por el retrato que se hace de una dictadura, que es algo que parece gustar bastante (ver "El huérfano" de Adam Johnson, Pulitzer 2013 para más información).

O por meterse con Vargas Llosa.

Voto por esto último.

« Pero vamos a ser honrados. El rap sobre La Chiquita que Trujillo Deseaba es bastante corriente en la Isla. Tan común como el camarón antártico. (No es que el camarón antártico sea tan corriente en la Isla, pero ustedes me entienden.) Tan corriente que Mario Vargas Llosa no tuvo que hacer mucho más que abrir la boca para cogerle el gusto. Hay uno de estos cuentos de bellaco en casi todos los pueblos. Es una de esas historias fáciles porque, en esencia, lo explica todo. ¿Trujillo te robó tus casas, tus propiedades, zumbaron a tu mamá y papá a la cárcel? Bueno, ¡es porque quería rapar a la hija hermosa de la casa! ¡Y tu familia no lo dejó!»

Zas, en toda la boca.

Si es que son unos broncas, estos letrados. Y luego que si en Tongoy y tal.

Creo que la explicación, o parte, al menos, del monumental cabreo de Junot, puede encontrarse en una de las notas al pie, concretamente en la nueve.

«[…] Considerado nuestro «genio nacional», Joaquín Balaguer era un negrófobo, un apologista del genocidio, un ladrón electoral y un asesino de la gente que escribía mejor que él; es notorio que ordenó la muerte del periodista Orlando Martínez. Con posterioridad, cuando escribió sus memorias, dijo que sabía quién había cometido el criminal hecho (por supuesto, no él) y dejó una página en blanco en el texto para a su muerte completarla con la verdad. (¿Cabe decir impunidad?) Balaguer murió en 2002. La página sigue en blanco. Apareció como un personaje comprensivo en La fiesta del Chivo de Vargas Llosa. Como la mayoría de los homúnculos, no se casó ni dejó descendencia».

Hum. Que digo que parece (no sé si dicen, cuentan y rumorean; igual sí) que parte de la novela o tal vez toda ella está escrita/diseñada para poner en su sitio al Nobel peruano y esa intromisión en asuntos ajenos que es La fiesta del Chivo. Siendo así, el Pulitzer me parece incluso necesario, aunque no sea más que como elemento publicitario o instrumento de tortura. Ahora bien, si los méritos han de ser los de la propia novela, malo. 

La maravillosa vida breve… se queda en un relato genealógico irónico y despiadado, cargado de humor, si quieren, y de buenos momentos, que los hay; de buenas descripciones, que las hay, pero desde luego como cualquier otra cosa, como crítica al Americanismoh (con h intercalada), por ejemplo, resulta algo floja.

«La familia de León voló a la Isla el 15 de junio. Óscar se estaba cagando del miedo, pero emocionado; sin embargo, nadie estaba más hilarante que su mamá, que se había arreglado como si tuviera audiencia con el mismísimo Rey Don Juan Carlos de España. De haber tenido un abrigo de piel, lo hubiera llevado, cualquier cosa para hacer ver desde cuan lejos venía, para acentuar cuan diferente era del resto de dominicanos»
[…].
«Al principio, Óscar pensó que estaba solo de visita, esta jevita minúscula, un chin gordita, que siempre iba taconeando hasta su Pathfinder. (No intentaba aparentar americana, al contrario que la mayoría de sus vecinos del Nuevo Mundo.)» 

Y poco más.

Por mucho que gusten las polémicas, se esperaba algo más de un Pulitzer. Siempre se hace. Se esperaba, no sé, algo más que rascar que este pasar de puntillas por tanta gente tan corriente y ese final tan, eso sí, americanoh


lunes, 5 de agosto de 2013

“Un hombre soltero” de Christopher Isherwood

Hoy toca recomendación. Que no se diga que en Tongoy no tenemos corazón. Lo que no tenemos es paciencia para aguantar mucho tiempo leyendo memeces y por eso de cuando en vez nos regalamos un mes de buenas lecturas como otros se regalan un fin de semana en la sierra. 

Así como julio fue una mierda, agosto empezó bien, bastante bien. De las lecturas de julio ya hablaremos en septiembre, que me gusta a mí sangriento ese mes, pero las de agosto haremos lo posible por reseñarlas el mismo día que sean finiquitadas, así, sin pensarlas ni nada, total para qué. 

[Por si sienten curiosidad, agosto debería ser el mes de Buzzati, Bufalino, Donoso, Pablo d’Ors, Lydia Davis, quizá Paasilinna, quizá Coetzee, quizá Florian Illes y, seguramente, Chejov. Y poco más, que treinta días pasan volando y cuando escribo estas líneas ya estamos a cinco y apenas un par de libros leídos.]

* * * * * * *

Christopher Isherwood es un viejo conocido. “El cóndor y las vacas, diario de un viaje por Sudamérica”, ya fue superficialmente reseñado por este blog en noviembre del año pasado en una entrada que pueden leer haciendo clic AQUÍ

Esta novela guarda con aquella crónica una relación cero. Lo digo para que no cunda el pánico ni se dejen llevar por el desánimo. 

“Un hombre soltero” (*) cuenta un día en la vida de un hombre, soltero para más señas, al que medio se le acaba de morir el novio. Vive en una casita muy bonita al lado un viejo puente y tiene los típicos vecinos un poco memos con hijos insoportables. La novela comienza con George, que así se llama el protagonista, despertándose una mañana cualquiera y empezando, poco a poco, a ser él mismo:

El despertar se inicia con el soy y el ahora. Después, lo que ha despertado permanece algún tiempo echado, fijando la mirada en el techo y escudriñando su interior hasta que capta el yo y deduce yo soy, yo soy ahora. Sólo más tarde surge el aquí como una apaciguante negatividad; pues es aquí, esta mañana, donde esperaba encontrarse; en eso que se llama en casa.
Pero ahora no es simplemente ahora. Ahora es además una helada admonición; un día más allá de ayer, un año más tarde que el año pasado. Cada ahora lleva el sello de su fecha, y convierte a los previos ahoras en caducos, hasta que (más tarde o más temprano) quizás (no, no quizás) con toda certeza: llegue.
El miedo retuerce el nervio vago. Un enfermizo eludir eso que espera, ahí fuera, en alguna parte, abominablemente cercano.

Abominablemente cercano y apaciguante negatividad no son expresiones que inviten precisamente a la lectura pero había un algo en ese ir despertándose que hacía albergar esperanzas. Total, que el tipo se levanta, hace sus cosillas matutinas y se marcha al trabajo (es profesor universitario) mientras acompaña cada acto de su correspondiente reflexión, que en su caso, además, va acompañado del temor a ser descubierto, como si sólo pudiera ser él mismo (no me refiero a su condición sexual) en la más estricta intimidad. También sale una mujer, una amiga, una noche de alcohol y pocas confesiones y otra amiga y un rencor que se apaga y un largo etcétera de lo que viene siendo la vida un día cualquiera que acaba con un hombre queriendo salir un ratito a la luz.

El siguiente párrafo tiene lugar durante el largo clímax final de la novela, con George en su casa frente a un alumno y demasiadas copas encima de cualquiera de los dos y sin ser un ejemplo de nada, ni un buen resumen, es interesante porque para George (el eternamente contendido George) es un momento liberador de confesión oculta en una recriminación.

— Sé exactamente lo que quieres. Quieres que te diga lo que yo sé... »¡Oh, Kenneth, Kenneth, créeme... no hay nada que hiciera más gustoso! Deseo terriblemente decírtelo. Pero no puedo. Literalmente no puedo. Porque, ¿no lo entiendes?, lo que yo sé es lo que yo soy. Y eso no te lo puedo decir. Tendrás que averiguarlo por ti mismo. Soy como un libro que has de leer. Él no se puede leer a sí mismo para ti. Ni siquiera sabe de qué trata.
—Yo no sé cómo soy...
—Tú sí puedes saber cómo soy. Podrías. Pero no quieres molestarte. ¿Sabes?, creo que eres el único muchacho que he conocido en el campus que podría. Esto es lo que hace todo tan trágicamente inútil. En lugar de intentar saber, cometes la inexcusable trivialidad de decir es un viejo sucio, y conviertes esta tarde, que podría ser la más preciada e inolvidable de tu juventud, en un flirteo. ¿No te agrada esa palabra, verdad? Pero es la que conviene. Es la eterna tragedia de hoy en día. El flirteo. Flirtear en lugar de fornicar, si me perdonas la grosería. Todo lo que hacéis es flirtear, y dejar que la manta destape un hombro, y quejaros de los moteles. Y dejáis pasar lo que podría de verdad (y no lo digo por decir, Kenneth) transformar vuestra vida entera.

En definitiva, la típica novela que habla de todo sin hablar de nada, correcta, elegante, formal como un traje de domingo a pesar de los puntuales horrores de traducción (no hay nada que hiciera más gustoso) que al igual que el Stoner de Williams (novela que considero superior) no quiere ser nada más que ese botón que sirva de muestra para las conclusiones que saquemos nosotros (y que bien pudieran ser una reflexión el torno al tiempo que dedicamos a dejarnos el pellejo en fingir que somos lo que no somos total para acabar siendo una chapita cromada en un nicho).

* * * * * * * * * *

(Cuenta con una reciente adaptación cinematográfica que tiene una pinta horrible y que, por lo que se ve en el tráiler, incluye un montón de secuencias que se ha sacado el guionista de la manga.)




(*) Título de la edición original: «A SINGLE MAN»
Traducción: José Martínez de Aragón
Primera edición: mayo de 1982 Copyright © 1964 by Christopher Isherwood
Edición en lengua castellana, propiedad de Editorial Argos Vergara, S.A. Aragón, 390, Barcelona-13 (España)