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miércoles, 17 de septiembre de 2014

“Entresuelo” de Daniel Gascón

No sé cómo funciona esto de la escritura. 

Pregunto: ¿a uno se le ocurre una idea y la lleva a cabo directamente o, antes de arriesgarse a perder el tiempo con chorradas, lo consulta con la almohada o con su vecina o con su novia o con su perra? ¿Y después qué? Digamos que lo escribe. Digamos que el escritor (joven, atrevido, melena al viento) dispone de tanto tiempo libre que no le importa jugársela o no lo tiene (tiempo) pero va sobrado de pasión y fe en sí mismo o simplemente cree a pies juntillas en su idea. Digamos que se levanta, nuestro héroe, una mañana y escribe aquello que quería escribir. Quién dijo miedo. Que se joda el mundo. Pongamos que lo termina en un plazo razonable. Seamos generosos: un año de documentación y otro de escritura. Una vez terminado se lo enseña a su padre, a su madre, a su hermana. También a su vecina, a su novia y a su perra. Ellos, todos, lo leen (puestos a fantasear, podríamos incluso decir que lo disfrutan) y una vez leído asienten con sus cabecitas, se secan la lagrimita (también la de cocodrilo) sonríen con sus boquitas y con sus manitas dan palmaditas en la espaldita de nuestro joven y aguerrido escritor, besan su mejilla, le dicen que le quieren, alaban su buen gusto, su sensibilidad, su humor. Su buen hacer, en general. 

Hasta aquí todo normal. Medianamente normal. Hasta aquí nuestra historia podría estar interpretada por cualquiera de ustedes. Podría ser incluso yo, si me apuran. Pero no; estamos hablando de Daniel Gascón. El del tiempo libre o la fe en sí mismo o en la idea genial de aquel sábado por la tarde. El de los dos o tres o cuatro años dedicados a esto. O los tres meses, no sé. Da igual, para el caso es lo mismo. El resultado es Entresuelo y eso ya es inamovible. También los agradecimientos son inamovibles: «La lectura y las sugerencias de Marta Valdivieso, Ramón González Férriz, Jonás Trueba, Pippi Tetley, Antón Castro, Carmen Gascón, Aloma, Diego, Jorge y Sara Rodríguez han ayudado a mejorar este libro».

Han ayudado a mejorar este libro, dice.  Me parto.

Pero bueno, vale.

El caso es que bien, de acuerdo: Gascón, el joven Gascón, escribe un libro basado «en las conversaciones que he oído en casa, en mis propios recuerdos y en entrevistas a miembros de mi familia». Lo bueno de todo es que al bueno de Gascón no se le ocurre mejor cosa que dárselo a leer a esa misma familia de la que se habla en el libro, porque como todo el mundo sabe la familia es siempre el mejor recurso de quien escribe una memorias familiares y busca un mínimo de objetividad.

Tela con el listo de la familia.

Entonces el libro se manda a una editorial. A Mondadori, por ejemplo.

Y yo aquí es cuando me pierdo. Porque una cosa es que uno escriba para sí mismo o la familia y que esta te apoye (qué menos) y otra muy diferente que una editorial considere que tal cosa es merecedora de tener una difusión nacional. Y precisamente Mondadori, una de las editoriales más fuertes y de más prestigio del país y parte del extranjero.

Y miren, si fuesen unas memorias (por más que sean robadas: «aquí no quería escribir sobre lo que recuerdo, sino sobre cosas de las que no me acuerdo».) interesantes o amenas o divertidas o con un trasfondo histórico de especial interés… si fuesen algo de eso aún bueno, pero es que ni eso. No son interesantes, ni amenas, ni divertidas y encima parecen escritas por un estudiante de la ESO al que han obligado a redactar un texto que trate sobre La familia o sobre La vaca, por ejemplo, que es algo por lo que, quien más quien menos, ha tenido que pasar en la vida, y que medio-invita a dar lecciones de biología tipo “la vaca da leche” y cuatro obviedades más:

«Mi madre me contó que había leído la historia de un tipo que estaba cagando cuando una rata subió por el váter y le mordió el culo. Yo debía de tener cuatro o cinco años y mi madre me contó la anécdota como si fuera una historia graciosa. Pero me pareció aterradora. Las ratas me daban miedo en general: te contagiaban la rabia, eran resistentes al veneno, los gatos no podían matarlas y estaban en todas partes, aunque no las vieras. Si se sentían acorraladas, te saltaban al cuello».

“Entresuelo” está lleno de anécdotas apasionantes. No importa por qué página se abra, siempre se encontrará alguna cita destacable. Es lo mejor que tiene:

«Después estuvieron en la casa unos familiares, Vicente y David, con un chico que hacía Medicina y tocaba muy bien la guitarra. También vivió con ellos otro estudiante que se llamaba Leoncio, como mi abuelo, que los invitó a su boda, en el Pirineo».
«[…] en mi infancia prefería un parque más cercano: el Parque Bruil, que tenía una osa tuerta enjaulada. Hace unos meses descubrí que la osa se llamaba Nicolasa. También he sabido que en el Parque Grande y en el Parque Bruil había otros animales: monos. Los monos son importantes, aunque cuando era niño ya no quedaban monos en el parque. Pero esta no es la historia de mi niñez en el parque. Es la historia de mi padre».

Porque esa es otra. “Mi padre, mi héroe” o cómo llevar al lector a la náusea: «Mi padre creía que aprender mecanografía era muy importante para ser escritor». Alguien tiene que decirlo: asquísimo. La familia Castro/Gascón/Rodríguez como referencia, como inspiración, como tema de conversación, como argumento literario… qué pesadez. ¿Hasta cuándo? 

«Me ha divertido ver que hace más de quince años ya escribía sobre mis abuelos y su piso».

Forever, pues. Acabáramos.

Y hete aquí que el joven y documentado escritor se encuentra que la profusión de datos es exagerada, pero han sido tantas las tardes dedicadas al noble oficio de la conversación (o acaso simplemente carece del valor para borrar o la inteligencia para descartar o la capacidad para resumir o la habilidad para disimular) que le cuesta renunciar a ellos, por lo que decide recurrir al socorrido método de la lluvia de recuerdos, esto es, capítulos de párrafos numerados repletos de información im-pres-cin-di-ble que va dejando por el librito según se le va a ocurriendo:

«12) Durante un tiempo, mi tío vivía en Barcelona, pero tenía una obra en Calatayud y pasaba a menudo por Zaragoza. Mi abuela le preparaba morcilla y alcachofas. Una vez mi tío dijo: «No quiero comer muchas alcachofas, tengo una reunión y son un poquito flatulentas».
«13) Platos de mi abuelo: gazpacho. Siempre hacía dos distintos. Uno con ajo y otro sin ajo. A mi abuela no le gusta el ajo».
«3) De niño, alguna vez fui a misa con mis abuelos. Lo que más recuerdo es el momento de darse la paz. También que mis abuelos caminaban hacia la iglesia con los brazos entrelazados, como muchas parejas mayores. Me parecía una postura incomodísima. A mi novia le gusta».
«12) El marido de mi tía se hizo la vasectomía y se recuperó en casa de mi abuela».

Llegados este punto creo que importante aclarar algo: juro por mi vida que no me estoy inventando nada. Las citas son literales y están sacadas del libro “Entresuelo” de Daniel Gascón, editado por Mondadori para su distribución a nivel nacional. 

Otro recurso para deshacerse de ese material inútil es el Método Wikipedia (también conocido como el Wikimétodo Desesperado de Salvación) que consiste en facilitar información que no servirá para nada pero al menos dejará al lector pegado a la silla:

«Tuvieron hijos: Carmen, que nació el 31 de diciembre de 1958; Isabel (Isa), que nació el 25 de febrero de 1961; Francisco José (Paco), que nació el 4 de junio de 1962, y María de los Angeles (María Angeles), que nació el 2 de agosto de 1966».
«A mediados de los ochenta hubo una reforma. No quedan muchos rastros de ella en la casa: algunas cosas en el baño, como el lavabo, la taza y unas tablas de madera que rebajan la altura del techo. Fue una reforma menos drástica que la de 1990, cuando mis abuelos eliminaron una habitación para agrandar el comedor y pusieron las baldosas grises —feas pero sufridas— que ahora hay por todo el piso, salvo la despensa, el baño y la cocina. Fue la familia la que hizo las reformas. Mi tío Paco se encargó de la fontanería y la electricidad».

Y después está el humor del que ya han sido testigos en las citas anteriores. Para Daniel Gascón, el humor es terminar así los capítulos o cerrar lapidariamente fragmentos de memoria:

«Lo único que había hecho era tumbarse a leer debajo de los árboles», dice mi abuela. Sabía de libros y árboles frutales.
«En mi familia se contaba que siempre decía que la cena era una comida absurda, porque uno se acostaba inmediatamente y al levantarse volvía a tener hambre. Al parecer, una noche decidió no cenar, pasó mucha hambre y cambió de opinión para siempre».
«Mi abuelo, que engordó de mayor, tenía otra teoría con respecto a la gordura masculina. No era grave si uno se la veía para mear».

Podría seguir así todo el día. El libro de Daniel Gastón es una fuente inagotable de placer para los lectores masoquistas, que los hay. 

Pero esto no es culpa de Daniel. Él es como es. Quiere a su familia y ha gustado de homenajearlos. Chapeau. Como hijo, al menos. Como escritor ya no digo tanto. Ahora bien, que Mondadori, el Mondadori de Claudio LaMadrid, editor de referencia en el mundo mundial se preste a publicar esta cosa es de juzgado de guardia. 

Si este libro viniese firmado por José García, fontanero y escritor aficionado, ¿lo habría editado también, el bueno de Claudio? ¿Tiene algo que ver que Daniel sea hijo de Antón Castro? Y lo que es peor: ¿en qué situación, exactamente, deja esto a Mondadori y qué debemos esperar de sus otras apuestas literarias nacionales si a la que te fijas un poco te encuentras nada más que figurines mediáticos escribiendo soplapolleces?

Seré yo, que odio la literatura, pero a mí esta apuesta por la mediocridad me descoloca completamente.


lunes, 3 de febrero de 2014

“Jóvenes y guapos” de Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez ha escrito una colección de relatos increíble. Más que increíble, inolvidable. Lo digo completamente en serio. Tal vez no por las razones que a ambos nos gustaría, seguramente no, pero el caso es que si uno lee o intenta leer este libro le garantizo que nunca nunca nunca más olvidará el nombre de la supuesta escritora.

Un dato: los textos de Aloma Rodriguez aparecen en las antologías “Última temporada” (Lengua de Trapo) y “Bajo treinta” (Salto de Página). Sabrán sus antólogos la razón.

Al grano. 

En el primer relato, uno de mis favoritos, Aloma (el personaje de Aloma, vaya, sabrá ella hasta qué punto es, todo esto, autobiográfico) va a pasar una temporada a casa de tío suyo que vive en Francia. Allí conoce gente y tal y cual. Desayunan croissants cuando ella vuelve de juerga y se pone tibia con un maromo. Lo habitual. Bueno, pues ya está, eso es todo lo que hace, todo lo que ocurre. Miento: también aprende a hacer una tortilla (incluye receta para la versión sin cebolla) y cómo se prepara el salmón en no sé qué salsa. Ese tipo de cosas. Eso es un cuento a la vez que una estupidez, de ahí su mérito, supongo. 

- Lo más importante para hacer la tortilla de patata es cortar la patata muy fina y que se vaya friendo poco a poco y con mucho aceite —me había dicho mi madre—, por eso es un coñazo, cuesta mucho tiempo. Tienes que acordarte de la proporción de huevos y patatas. ¿Cuántos vais a estar? — Liza me había dicho que seríamos ella, Konrad y Julie, Chistopher y yo. Y había sonreído.
- Cinco, creo.
- Bueno, ¿comen mucho tus amigos?
- No lo sé, mamá. Nunca he comido con ellos.
- Calcula un huevo por persona.
- Vale. ¿Y las patatas?
- ¿Qué?
- ¿Cuántas?
- No sé, un kilo o kilo y medio.
- Vale. 
- Sobre todo, córtales en rodajas muy finas y fríelas a fuego lento.
Mi madre me había dicho que lo más importante era la sartén, además de cortar las patatas en rodajas muy finas. Entré en el tranvía con una bolsa de patatas y huevos, un bote con aceite de oliva y una sartén decente.

Por este y otros como este, la universidad de Zaragoza le dio no sé qué premio que tenía que ver, si no he entendido mal, con la literatura. Gracias a esto, el libro se editó. Recibió una ayuda, una subvención o algo que tenía que ver con la difusión de la (atentos) cultura. 

Si la cosa va de ser la Tal Lin de Zaragoza, vale; ahora bien, si se tienen otras aspiraciones, malo.

* * * * * *

Cuando durante la lectura, llegando al ecuador del libro, comenté en Facebook que “Jóvenes y guapos” era probablemente el peor libro de relatos que había leído en toda mi vida alguien me dijo (quizá tratando de darme a entender lo equivocadísimo que estaba) que la protagonista hacía muchas cosas por primera vez con lo que venía a dar a entender que era, en definitiva, una “obra” de aprendizaje.

Bueno, en fin. 

No quiero pecar de hijo de puta pero hay algo que debo confesarles: a la vez que leía a Aloma (durante el día) (re)leía (por la noche) a Raymond Carver. Ya, ya, ya sé que me estoy pasando, pero finjan que no se dan cuenta. El caso es que uno de los relatos, el primero para ser exactos, trata sobre dos compañeros de trabajo que quedan para cenar por primera vez con sus respectivas parejas en casa de uno de ellos. Bueno, en ese relato aparecen, además de los dos matrimonios, un bebé muy feo, una dentadura y un pavo real. Hay mucha tensión, en ese relato, ya se pueden imaginar. Lo digo completamente en serio. Al final todo sale, bueno, más o menos mal, pero no demasiado. La verdad es que podría decirse que incluso sale todo a pedir de boca. Es complicado. Digamos que los personajes aprenden algo. Digamos que evolucionan “sin moverse del sitio”, durante una sencilla cena. 

Pues bien, en los relatos de Aloma dijeyo Rodríguez también salen matrimonios y parejas que vienen y van y chicos que salen de las habitaciones de las amigas; se viaja mucho, se conoce mucha gente (hay no menos de cinco personajes en cada relato de quince páginas aunque bien pudieran ser siempre los mismos cambiándose de nombre: el guapo, el gay, la amargada, el profesional…) y se tienen muchas experiencias o tal vez es la misma, que a fuerza de repetirse, parecen varias. La protagonista es actriz, forma parte de una, dos o veinte compañías de teatro y... bueno, en fin, que no trata de ella despertando cada mañana, sino de ella un día metiendo cajas en camión, otro metiéndolas en una furgoneta. Sin embargo y a pesar de este derroche de actividad, no se ve en ni uno sólo de esos relatos un mínimo de evolución personal, si acaso laboral. Aloma, o su personaje, es siempre la misma; unas veces está triste, otras salida, unas veces come mejor o pasa más calor o más frío de lo normal. Pero poco más. Da la sensación de que ni metiéndole a la fuerza una dentadura de oso panda a un bebé y montándolo en el pavo y atando éste a las piernas de Aloma y dando con ellos de comer a los cerdos, sufriría, ella o sus personajes, el menor rasguño emocional

El libro de Aloma es un fraude como “viaje iniciático” (su especialidad, dicen) y una tontería como diario personal. Como colección de relatos premiada, como artista revelación o como valor en alza es, directamente, una vergüenza. Sin duda hay una razón por la que Aloma está ahí (siendo ahí, ahí), pero desde luego y leyendo estos relatos, cabe pensar que no es porque lo merezca.

Mi novio y yo nos miramos. No entendíamos nada. Los amigos de Sylvie se pasaron la noche despreciándonos solo porque éramos más jóvenes. Me sentía como si tuviera que pedir perdón por haber nacido en los ochenta, como si la edad se pudiera elegir. No tenían sentido del humor, se tomaban tan en serio a sí mismos que resultaban aburridísimos. Nos fuimos a otro bar. 

- No tenemos la culpa de ser jóvenes y guapos —dijo mi novio.
- Tranquilo —dije yo—, se nos curará con los años.




jueves, 17 de octubre de 2013

Una aproximación a "Última temporada" (una antología)

Bueno, pues nada. Juguemos.

LA INTRODUCCIÓN
(o el inconveniente de intentar meterla doblada)

El 25 de septiembre de 2013 Alberto Olmos reinicia actividad en Hikikomori (su blog personal) que venía arrastrando un silencio administrativo largo tiempo lamentado por incondicionales y amigos, por lo que cabe esperar que pronto saque novela nueva. Desde entonces la ha ido llenando de entradas pequeñas como mocos que llamaremos #raudos

El #raudo del 11 de octubre es una foto con la portada del libro que nos ocupa y un pie de página: "seguimos intentándolo, amigos" (lo de "amigos" no es nada personal, simplemente es una coletilla que se le ha pegado) con el que arranca, rauda y veloz, la campaña de promoción de Última temporada a la que hoy se suma este blog. 

En el #raudo 18 publicado el día 12 de octubre se habla de un parásito. El parásito ya tiene el libro, dice, se lo han pasado. Alb no lo intuye, no lo sospecha. Alb LO SABE. Ha visto señales que no dejan lugar a dudas. Los enchufes de su casa le susurran: el parásito malo quiere acabar con tu libro, leerlo y difamarlo, regalarlo, hundir el negocio de trapo. Se quiere comer tu tesoro. Porque al parásito feo no le gustan los libros de Alberto Olmos, dice. Porque al parásito horrible no le gustan los libros de Lengua del Trapo, dice. Porque el parásito ODIA la literatura y quiere acabar con ella. Qué mal bicho, el parásito. Quisiera Alb ser insecticida.

Por si se lo preguntaban, el parásito al que se hace referencia soy yo.

Cuestión número uno: Alb me acusa, veladamente y basándose en ridículas suposiciones, de estar distribuyendo una copia digital por la red con ánimo de hundir las ventas de un libro: «enviando alegremente el documento, por ver si en lugar de 500 vendemos 450 y así, con suerte, no estamos aquí el año que viene». Ya tengo que tener buen carácter para no enfadarme por esta chiquillada. No sospecha, no cree, SABE que una mano negra me ha hecho llegar el libro en formado pdf. Sólo así, argumenta, puedo conocer el orden exacto de los nombres del índice (que subí a los comentarios de esta medicina hace algún tiempo). Debe creer que soy una loca furiosa que vive de lanzar pdfs a las redes de intercambio, que este es el primero que me llega, que me quema en las manos. Que lo busque, Alb, a ver si lo encuentra y que se asegure, Alb, de paso, que no es el suyo.

Por dejarlo claro: nunca he recibido un pdf de este libro. Ni ganas. Sí una foto; concretamente un pantallazo de unas páginas del índice. Una puta foto. Todo lo demás es una paja mental del bueno de Alb. Todo lo demás es algo que Alb podía haber preguntado, claro que entonces no tendría maldita la gracia. Por otro lado, ¿por qué iba nadie a molestarse por una acusación vertida en blog, por un desahogo infantil, por una pataleta?

Puesto que todo va de suponer; supongan ustedes la respuesta. 


Cuestión número dos (y atentos, que ya vamos entrando en materia): le dice Lengua de Trapo a Alb que no saben dónde estarán el año que viene. Alb se indigna ante tamañan injusticia y tiene una rabieta que se traduce en el mencionado #raudo 18. Ahora, lean y lloren, que para eso lo ha escrito: 

«[…] será tan simpático, tan miserable, leer, el año que viene, las condolencias del sujeto que vive a costa de y del autor o de la autora que hace con el libro de todos lo que no haría con su propio libro, plañidos y quebrantos como ay-dios-mío-qué-pena otra editorial pequeña que cierra, ay-virgen-santa-qué-contrariedad otro sello independiente que desaparece, ay-ay cada vez se estrecha más el abanico de posibilidades para que publiquen los autores jóvenes y las voces experimentales y los escritores minoritarios, ay qué pena tan auténtica nos dan los caídos por la crisis económica; sí, amigos, qué simpático va a ser oírles, qué miserable.»

Para empezar, y sin ánimo de ofender, el parásito aquí presente no lamentará nunca que los jóvenes autores dejen de publicar. Tiene, el parásito, mejores cosas que lamentar. El parásito lloró la muerte de Libros del Silencio porque al parásito le gustaba el papel que utilizaba y la narrativa extranjera que publicaba, no así la nacional que, salvo puntual excepción, detestó con enfermiza pasión juvenil desde que tuvo uso de razón. Guarda en cambio, este parásito, un recuerdo nada agradable de (casi) todas cuantas lecturas recuerda de Lengua de Trapo, editorial de la que, por cierto, recibió no hace mucho un libro a pesar de ser, el mencionado parásito, el mayor mal conocido. Quién sabe, tal vez no seamos ni los unos tan feos ni los otros tan dignos. Y ninguno tan tonto, por descontado. Resumiendo: que al parásito aquí presente lo que le jode es que la crisis económica o la crítica feroz o un fichero que alguien ha visto volar sin alas, vayan a ser ahora la excusa para justificar el fin de los tiempos de según quienes, como si éstos no tuvieran culpa de nada, como si fuera algo nuevo engordar las cifras de la traición. Por eso, el parásito aquí presente, que se ha levantado hoy un poco hijo de puta, promete no llorar la muerte de ninguna pequeña editorial, especialmente de aquellas que presuman de experimentación, iniciativa y buena voluntad. Que a ver si ahora va a resultar que ha sido caridad haber publicado los libros de, por ejemplo, Alberto Olmos. Ya sería casualidad también. 

Y ahora veamos qué pasa con ese puto libro, no vaya a caer en saco roto tanta desinformación, tanta mala intención, tanta promoción y tanta provocación. Tanto lamento.



LA APROXIMACIÓN 
(o cómo evitar leer un libro)

A Alberto Olmos le encarga, Lengua de Trapo, una antología de jóvenes nacidos entre 1980 y 1989 que pueden o puedan tener cierta importancia en el mundo de las letras. Lo hará gratis, Alb, porque Alb ama a Lengua de Trapo. Su recompensa será el cariño del editor y de Aixa de la cruz, Matias Candeira, Roberto de Paz, Guillermo Aguirre, María Zaragoza, Salvador Galán, Jimina Sabadú, María Folguera, Pablo Fidalgo, Aloma Rodríguez, Daniel Gascón, Jenn Díaz, Paula Cifuentes, Victor Balcells, Juan Gómez Bárcena, Rebeca Le Rumeur, Juan Soto Ivars y Cristina Morales. También de Miqui Otero y Laura Fernández, sí.

Todos quieren a Alb a pesar de que Alb antologa sin interés, sin muchas ganas y, recuerden, SIN recompensa económica. A Alb lo joven le aburre, le entristece, le da una pereza terrible. Los niños huelen a meados. ¿Será por eso que el PROLOGO parece un acto de venganza? Pues será. 

«En ningún caso se ha buscado aquí la predicción, ni tan siquiera la prescripción, sino solamente el zarandeo de nombres al objeto de reavivar el anquilosado censo de creadores de nuestro país, necesitado, no ya de voces nuevas, sino de una promesa de continuidad.»

Para Alb los escritores jóvenes del calibre que nos ocupa son víctimas de las redes (sociales, fundamentalmente) y las becas; son feladores experimentados. No son de raza. Las nuevas generaciones son espontáneas; no se han hecho a sí mismas; no son como él, que a los veintipocos ya era finalista del Herralde. El Herralde, joder. A un lado él, al otro Bolaño. Bolaño, joder. Qué gran momento inmortalizado. Qué suerte de inmortalización. Tal vez todavía guarde la foto, Alb, en su carterita; tal vez cada día la quite, de la carterita, y cada día la mire, la acaricie y le quite una doblez y si no supiera que ya la has visto mil veces, mil veces la volvería a sacar, la fotito, de la carterita, para hacerle otra caricia, para quitarle otra doblez. Para hacértela tragar. 

Promesa de continuidad”, amigos o amigas, es posar en una foto con Roberto Bolaño; lo demás son hostias.

«[…] ¿qué tiene reservado el futuro para la generación de los 80 […]? Quizá la respuesta aquí podría condensarse en una sola palabra: becas. […] una generación cuya herencia modal son las becas y esos «padrinos» que se exigen para conseguirlas no podrá nunca irrumpir en la escena cultural, pues los años previos a su estreno como escritores han constituido una suerte de amaestramiento, de doma, de aclimatación a la normativa literaria dominante. Por ello, nunca irrumpirán, sino que, muy exactamente, serán «presentados en sociedad».

Nos advierte, Alb, en el prólogo, que tengamos cuidado con los falsos artistas. Que no nos fiemos porque se hayan arreglado para la foto. Putos niños-bien. Seis de ellos han pasado por la Fundación Gala y varios más han solicitado su ingreso en algún momento en esa y otras casas. Dice Alb: «Determinados autores jóvenes cuentan con el beneplácito de jerifaltes (la errata es suya) culturales incluso mucho antes de que su primera obra vea la luz.» Como ejemplo de autores que han visto publicada su obra en grandes sellos (sabrán ellos las razones) pone a Antonio J. Rodriguez y a Laura Fernández — a pesar de que el primero rechazó participar en la antología y no venía mucho a cuento traerlo a colación—. El resto, dice Alb, son carne de «vida literaria» y lo suyo es dejarse «ver por saraos y presentaciones de libros (¿suponemos que las de Olmos también?), estableciendo contacto directo con autores consolidados (supusimos bien) y con editores.» 

Y todo esto bajo la atenta mirada del editor de Lengua de Trapo, la editorial que no sabe si estará aquí (en este mundo editorial, se entiende) el año que viene. No sé qué clase de editor es ese que no se deja la piel del escroto por sus autores, aunque no sean más que casuales, aunque no sean más que proyectos de futuro, aunque no sean más que gusanos. 


* * * * * * *


Soy el menos indicado para defender a esta generación de escritores a la que, por norma, ataco un día sí y otro también. Lo cierto es que me da igual. A mí lo que me alucina es ser testigo del menosprecio por su trabajo que demuestra un editor permitiendo un prólogo como este mientras lamenta su inevitable caída, no entendiéndola o echándole la culpa de todo al parásito de turno o a la piratería, ese lugar común que permite cuantificar pérdidas exorbitantes en la cuenta de resultados así como aliviar el peso de la conciencia por haber hundido tu propio barco con apuestas injustificables (premios incluidos). Pero lo que realmente me tiene alucinado, el motivo primero de este post (entiéndase el dramatismo, no vayan a creer que en el fondo todo esto tiene maldita importancia) es que quien fue el crítico más rudo de la blogosfera hasta que salió del armario y hubo de enfrentarse a las miradas reprobatorias de otros críticos y escritores y, sobre todo, editores, y hasta que metió su piececito en una gran editorial, por mor de una bitácora malherida, no lo olvidemos, de una «vida literaria» cultivada y regada durante años en la red… me alucina, decía, que venga ahora, ese crítico voraz a dar cachetes a los niños, a reprenderles por el Twitter, el Facebook, el Formspring, el blog, el otro blog o la fotito con Bolaño, que venga a dar lecciones, nada menos que Juan Malherido, de lo que se puede o no decir para evitar el desastre, para que no se hundan las editoriales, para que no explote la enésima burbuja, para que así todos tengan oportunidad de publicar en sellos experimentales con apuestas rupturistas e innovadoras como debió ser la suya, hace ya tanto tiempo.

Pero no hay que descartar nada; también puede ser que yo esté equivocado y que Alb esté haciendo todo esto porque, tal como dice en el #raudo de hoy (casualidades de la vida), «lo mejor que se puede decir de los amigos, lo más elogioso, es que no son los mejores escritores del mundo».

Alb es amor.