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miércoles, 21 de febrero de 2018

[Un abandono] 47 páginas de “En la ciudad líquida” de Marta Rebón (Trad. Marta Rebón)

Lo que voy a contar en este post no da para más de un tuit pero me llevo mal con los espacios pequeños.

Verán, ayer empecé a leer a En la ciudad líquida, el libro que Lara Moreno le publicó a Marta Rebón en la subsidiada Caballo de Troya. Y cuando digo “le publicó” lo que quiero decir es exactamente eso: le publicó. Porque este libro o se publica por caridad, amistad o bajo amenaza o no sale del cajón en el que está metido.

Porque no lo merece. Básicamente.

Pero no adelantemos acontecimientos. El caso es que ayer empecé a leerlo. Sé que no me van a creer, y entiendo que no lo hagan por más que esta vez se equivoquen, pero cuando compré la versión digital (hasta ahí podíamos llegar) lo hice convencido, o al menos todo lo convencido que uno puede estar con estas compras, de que me iba a encontrar una obra estimulante o cuando menos interesante sobre la traducción a la vez que, tal como promete la contra, un homenaje a autores como Chéjov, Dostoievski, Pasternak o Nabokov, entre otros muchos. (Sin embargo, y esto ya es defecto del animal, no me creí tanto otra garantía: que la magnífica escritura de Marta Rebón nos ofrecería una nueva perspectiva: su propia mirada del mundo, su elegante voz, su SABIDURA. Las mayúsculas son mías). 

El despropósito vino después, cuando se aseguraba que lo que hay dentro de este libro, NO SE PUEDE EXPLICAR.

Bueno, o sea, a ver, ¡vamos a calmarnos! Claro que se puede. Y tanto que se puede. Verán cómo se puede:

Marta Rebón ha leído mucho, ha traducido mucho y ha viajado mucho. De hecho, antes de llegar a la página treinta ya está uno un poco harto de los muchos libros que ha leído, lo muchos que ha traducido y lo mucho que ha viajado, aunque no fuese más que en metro. Porque de esto trata: de ella paseando por ahí, fingiendo que su vida está empañada de nostalgia y su mirada es la de una errante meditabunda enferma de literatura, remedio para lo cual tenemos de sobra en esta medicina.

Sin restar valor a sus traducciones, que serán todo lo buenas que quieran, me temo que la prosa made in Marta es, de puro afectada, un permanente dolor de muelas. Pero fíjense: ningún problema con esto. La languidez en la escritura es un recurso tan bueno como cualquier otro, recurso que además tiene su público. Me temo. El problema, por llamarlo de alguna manera, es que algún momento alguien, Marta, por ejemplo, pero también Lara (por su condición de editora), cree, bendita ingenuidad, que llenar un libro de citas ajenas y enmarcarlo sobre fondo de callejero y pasión por la fotografía puede ser un valor en sí mismo, que con eso ya llega, que los amantes de la literatura ya sea eslava ya sea lo que sea se conformarán con oír las voces de los grandes maestros de la literatura o conocer el color de la dacha en la que vivían. Pero no. Necesitamos un hilo conductor, un motivo, una razón de ser, de verdad que sí y lo cierto es que la aportación de Marta al texto es mínima, probablemente al no tener absolutamente nada que aportar fuera de cuatro ideas la mayoría de las cuales no son suyas

Para muestra un botón: les reto a encontrar algo de Marta Rebón es este farragoso y repetitivo maremágnum de citas e ideas que transita sin rubor entre la traducción, la escritura o los viajes, como si fueran a la vez uno y trino:

«En realidad, yo veía la traducción como la antesala de la escritura. Quería escribir sin saber del todo bien de dónde venía ese interés y si solo obedecía a una temprana afición a la lectura. Dijo George Orwell que los libros que leemos en la infancia crean en nuestra mente una suerte de falso mapamundi, una serie de países fantásticos a los que podemos acudir en busca de refugio durante el resto de nuestra vida. Entendía, pues lo había experimentado frente a la hoja en blanco, que ponerse a escribir sin haber acumulado vivencias, lecturas y horas malgastadas carecía de sentido. Me apetecía viajar. Mucho más tarde leería unos versos de Elizabeth Bishop en los que se preguntaba si es la falta de imaginación lo que nos empuja a ir a lugares imaginados, en vez de quedarnos en casa. Lo que a mí me seducía del viaje, no obstante, era más bien esta idea de Rilke: «Para dar a luz un solo verso hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, hay que sentir cómo vuelan las aves y saber con qué ademán se abren las flores pequeñas al amanecer». De entre todos los tópicos literarios, pocos me atraen tanto como el del homo viator, el hombre como viajero. El que viaja suele sentir la necesidad de escribir el viaje y de homo viator pasa a homo scribens. ¿Es que no son con frecuencia sinónimos? ¿Acaso el mundo no es un texto que aguarda nuestra interpretación? En la Antigüedad el individuo descubría su verdad, dice Claudio Magris, atravesando el mundo. Mediante su confrontación con él, esa verdad, al principio solo potencial y latente, se traducía en realidad.
Bruce Chatwin, el infatigable escritor de viajes cuya vocación literaria estaba íntimamente ligada a ese mal, según Pascal, de no ser capaz de estarse tranquilamente sentado a solas en una habitación, se preguntaba por qué los hombres vagan por la tierra en lugar de quedarse quietos. El inglés, que en un lúcido autodiagnóstico confesó padecer eso que Baudelaire llamaba la gran maladie: horreur du domicile, recogió en Anatomía de la inquietud una reflexión del historiador árabe Ibn Jaldún acerca de la inocencia original que persigue el viajero: «Los nómadas están más cerca del mundo creado por Dios y más lejos de las costumbres censurables que han infectado los corazones de los asentados».

LA ÚNICA idea (o sea, “idea”) que parece propia (y por repetitiva, ojo, no por original) es aquella que tiene que ver con la necesidad de convencer al lector de que el acto de traducir deriva necesaria e inevitablemente en el de escribir y que, tal vez ósmosis, un traductor de pasternaks o dostoievskis ha de ser por fuerza un escritor a la altura de Pasternak y Dostoievski. 

«Edith Grossman, que ha vertido al inglés obras como El Quijote o El amor en los tiempos del cólera, se pregunta por qué la traducción importa a los traductores, a los autores y a los lectores y por qué no a la mayoría de los editores y reseñistas de libros. Dice que los traductores profesionales se ven a sí mismos como escritores y concluye: «Creo que estamos en lo correcto al considerarnos así» […] Traducir y escribir, sin embargo, son ramas de un mismo árbol. Muchos autores aprendieron su oficio haciendo traducciones, y viceversa. Y, aunque se deslicen errores garrafales en textos traducidos (¿quién en esta profesión no ha cometido pecados?), casi siempre es más lo que se gana con la traducción que lo que se pierde. Al fin y al cabo, hasta que una obra no se traduce a otras lenguas no puede pasar a formar parte de la literatura universal».

Y así todo. Pónganle música a esto: yo soy traductor, traductor, traductor; yo soy traductor, traductor y escritor. Y una vez convertido en tal (se es, parece, antes incluso de ser), ya sólo queda rescatar los moleskines de los viajes, plagados de anécdotas, de calles de subida y bajada, de esquinas, de bellos paisajes, de referencias biográficas; los cientos de citas guardadas, correctamente archivadas y las fotografías, de mesas, de ríos, de dachas. Y con esto hacer un libro y enviar un mensaje: TRADUCIR ES ESCRIBIR Y ESCRIBIR ES ESTO.

Y NO.


miércoles, 26 de octubre de 2016

“La acústica de los iglús” de Almudena Sánchez

Empiezo a escribir este post dos minutos después de haber terminado este librito de relatos por lo que todavía no sé si el cabreo es monumental o sólo estoy exagerando. No se alarmen: de nada tiene la culpa Almudena que escribe, supongo, lo mejor que sabe sobre aquello que más le gusta. Tampoco la tiene su fuente de inspiración, su referente, su mentor o maestro, su musa, sea ésta la que sea. Ni siquiera la tiene su editor, por muy cuestionable que pueda ahora parecer su labor desde la altura en la que habito. La culpa es sólo mía por meterme dónde no me llaman, por no haber hecho caso a las señales, que eran claras y numerosas, empezando por el título, ese rótulo luminoso que invitaba a la espantada.

Pero uno, bendita ingenuidad, cree que todavía es posible encontrar un editor con buen ojo para detectar escritores con buena mano; porque a pesar de sí mismo uno quiere pensar que a eso se dedican los editores. Se ve que no. Ellos sabrán. Desde luego, si yo estuviese a cargo de una editorial durante un año preferiría dejar que se hundiese antes que publicar estos elogios a lo prescindible. Especialmente si la editorial es de otro. Sí, damas y caballeros, antes la muerte, de verdad lo digo, que permitir que un libro como este llegue a la tercera edición, por mucho que las tiradas sean de seis o siete ejemplares. 

De ahí que este libro haya puesto punto y final a la/mi incombustible esperanza de dar con un valor en alza en la Nueva Narrativa Española o cómo demonios quieran ustedes llamar a todo aquello que sale de los plastidecores de los menores de, pongamos, 35 años. Al menos durante esta semana. A mí no me gusta fijarme en la edad, se lo juro — y, por razones obvias, cada vez menos—, pero al final el tiempo acaba por darme siempre la razón.

Resumiendo: que el problema no es tanto del animal como de quienes no hace bien su trabajo.

A no ser.

A no ser que el problema sea otro.

A no ser que el problema sea que uno (el de antes no, otro), a la sazón gestor editorial, reciba de manos de un venerable escritor un manuscrito envenenado. Y ya a partir de aquí lo habitual: que a ver qué te parece, seguro que bien, ya verás que maravilla, imposible quitarle los ojos de encima. Y sobre todo el consabido: no te sientas obligado a nada. Eso siempre. Y uno (o sea, el otro), que en el fondo tiene buen corazón, o bien se planta y reconoce que no es para tanto ni siquiera para tan pequeña editorial y que mejor dejarlo correr, o bien lo manda todo a la mierda ya si total me quedan dos meses aquí. Además, tampoco es como si estuviésemos hablando de una editorial de verdad sino de una editorial subsidiada con un volumen de ventas que supera con mucho lo que se entiende por vergüenza ajena y que por lo tanto no deja de ser un ejercicio encubierto de autoedición entre amigos. Y un poco de flagelación y un poco de masturbación, también, qué coño. Ah.

«Y me concentro tan solo en el placer incorpóreo que me proporciona la vibración suave, convulsiva, en el espacio sideral. Soy una actriz de cine mudo. Doy volteretas sobre mí misma. Me agarro a una palanca y suspiro. Me deslizo a través del techo de la nave. Me encorvo, me estiro, me vuelvo a encorvar. Trago saliva. Acelero los movimientos. Exhalo vapor de aire. Oxígeno neutro, dióxido limpio, fruición. Hay algo fosforescente en mi pecho. Un reflejo, una caricia casi involuntaria. Estoy desnuda, traslúcida, goteante. Soy una equilibrista etérea. »

Lo siento, estoy divagando. Es que, ya lo he dicho, estas cosas me soliviantan.

Porque no lo entiendo. No lo entiendo. Que se publiquen estas cosas, digo. ¡Si ya saben que no las soporto! 

Bromas aparte, nos encontramos frente a uno de esos casos en lo que placer, la amistad y el gusto particular de cada cual se impone a cualquier otra consideración. Quiero decir que va más allá de si Almudena Sánchez es o no buena escritora, que ya les adelanto que no, en tanto que no es capaz de sublimar cierta excesiva pretenciosidad. 

«Nadie sabe, tampoco imagina, lo que es coger tanto aire, llenarse el cuerpo de nada. Acabar exhausta, herida de respirar de pie, de respirar sentada, de respirar mañana y el mes que viene y seguir respirando siglos de respiraciones que ya han sido respiradas por egipcios, romanos y fenicios. Esa actividad frenética que no descansa ni en los sueños ni en las pesadillas.
Ni en estado permanente de shock.
Ni en el coma más profundo.
Es, cómo llamarlo, un movimiento arrítmico en el pecho, involuntario, un poco artístico. Empiezo a respirar aires distintos, africanos, portugueses, y acabo respirando veranos, madreselvas, piscinas. Y un día me despierto y respiro un ciego nadando y no sé ya qué hacer, pues no contaba con respirar cosas así de paranormales, de verdad que nunca había contado con ello. Aunque lo que más me sorprende y me cautiva de todo esto es que hay historias que solo sucederán en hoteles, únicamente allí, con piscinas o sin ellas. Quizá por eso, los hoteles solo existan como lo que son: lugares trascendentales de paso, extraños refugios que parpadean, al final de una carretera en Montparnasse, en Costa de Marfil o en São Paulo, frente al edificio Martinelli, con vistas a un río subtropical que fluye y continúa fluyendo, desde San Marino hasta ninguna parte».

Todos y cada uno de los relatos me han dejado el mismo regusto amargo de lo nimio e insustancial; la sensación de que esta chica escribe exactamente como a mí no me gusta y que lo hace, además, sobre temas (o no tanto sobre temas sino desde una perspectiva) que me interesan menos que poco. Muy a favor, por ejemplo —son una debilidad personal que he confesado en numerosas ocasiones— los relatos que tratan sobre la madurez, aquellos en que un ser humano, ya sea niño, adolescente (preferiblemente, en tanto que supone también una abandono de la fantasía) o adulto se mete en el terreno que ocupa ese padre que hay que matar. Almudena hace, demasiadas veces, exactamente lo contrario: escribe sobre adultos sumidos en ensoñaciones que se comportan como niños y lo hace además [ab]usando [de] un lenguaje preciosista; creando imágenes absolutamente gratuitas de puro infantiles demostrando con ello que no tiene otro interés que la belleza y, si acaso, cierta musicalidad con la que no resulta fácil conectar fuera de las aulas de bachillerato.

«O puede que aquello que estaba sonando desde hacía unos minutos (grillo-megáfono-claxon) fuera realmente la música: 1. Melodía, ritmo y armonía, combinados. 2. Sucesión de sonidos modulados para recrear el oído. 3. Concierto de instrumentos o voces, o de ambas cosas a la vez. Seguro que aquello era realmente la música. Aquello que se oía de lejos, como pasa con los susurros y con algunos pensamientos: hay que aguzar bien la mirada para que se aguce de forma simultánea el oído. Hay que agudizar el tacto para que se aguce el aparato respiratorio o para reactivar, de una vez por todas, el diafragma. Hay que aguzar el olfato para pronosticar algunos días de mucha, muchísima lluvia».

Y yo con eso no puedo. Ni con eso ni con su incapacidad (la incapacidad de Almudena) para cerrar los relatos de una forma medianamente digna, y no, como ocurre en todos y cada uno de los casos, abruptamente, reforzando así la sensación (y algo más que eso, me temo) de que no tiene absolutamente nada más que aportar a la literatura que las ocurrencias que salen de su linda boquita: «Durante el día soy una figura decorativa; un unicornio de mármol a veces, una candelabro de hierro, otras».

Me aburre, de esta "nueva" generación, tanto yoyoyo, tanto lirismo, tanto intimismo, tanta introspección, tanto engolamiento, tanto taller de escritura, tanto amiguismo, tanta memez, tanto baboseo, tanta complacencia, tanto compadreo, tanto conformismo, tanta mentira, tanto ruido, tanto humo y tanta tontería.

Tanta BANALIDAD.


lunes, 20 de junio de 2016

‘La fórmula Miralbes’ de Braulio Ortiz Poole

Fe de lectura

Fe de lectura. Y casi ni eso. Cómo estará hoy de mal la cosa que ya no hay ni ganas de poner a parir.

La fórmula Miralbes es una novela absolutamente prescindible, eso para para empezar. Está escrita por tal Braulio Ortiz Poole, otra de las apuestas de esa editorial subsidiada que es Caballo de Troya.

Vayamos al grano.

Cito la contra:

«La fórmula Miralbes recurre al falso documental para tratar el caso —no tan improbable— de un plagio literario que un autor fracasado endosa a un escritor eminente. Testimonios, fotografías y documentos de archivo hábilmente entremezclados por Braulio Ortiz Poole nos muestran las entrañas del mundo cultural español, donde ni editores ni autores ni periodistas pueden permitirse decir todo lo que saben».

El principal atractivo o reclamo de esta novela es ese supuesto desvelo de las entrañas del mundo cultural español (ahí es nada); es esa promesa nunca formulada pero en cualquier caso insinuada de que ya nos vamos a enterar de una puta vez qué mentiras son esas, qué miserias y qué miserables siembran en ámbito cultural de esta pequeña nación de corruptelas y doble moral.

Lo sé: ñam, ñam. Bueno, pues olvídense, porque de eso nada, ni la primera mención a pecado alguno, ni un triste secreto inconfesable. Nada que no estemos hartos de saber, nada que no hayamos visto cien veces.

¿Un famoso haciendo uso de un negro para escribir? Anda, por favor, no me jodas. Lo sorprendente sería encontrar un famoso que supiese hacerlo.

Claro, en este caso, la trampa es otra. Se supone que la escritora que hace su trabajo es una figura ejemplar, maestra en el arte de escribir, la caña de España. Imagínense pues, no sé, a una Matute decadente tirando de negro para cerrar una novela que no tiene más que heridas abiertas. Está ella que quiere cerrar trato y no quedar en evidencia ante una legión de lectores ávidos de costumbristas dramas humanos, esto es, que tiene «miedo de perder a su público»; está el editor que quiere un huevito más antes de la muerte natural de la gallina; y por último está el negro de noche que es un blanco de día, esto es, escritor de lo suyo que no acaba de colocar libro y ve en todo esto posibilidades varias hasta que un día, recién estrenado el delito siente punzada de dolor y, cuchillo en mano, sopla la causa fatal al oído de un imberbe periodista, becario para más señas, que ve en todo esto la oportunidad de hacer olvidar el enchufismo que lo colocó en el periodismo cultural.

Aquí todo son intereses, ya ven, y una pobre tonta cayendo en desgracia y pagando el pato en pleno brote de alzhéimer.

La novela (o más bien, falso documental) y pese a su corrección estilística (poco o nada que objetar, pero tampoco que ensalzar) es una pequeña tontada que no tiene mucho que rascar si no es para quitarle todo lo que le sobra, que no es poco, y buscar lo que le falta, que es bastante. Por ejemplo: nos faltan miserias que den contenido a la promesa, toda vez que, ya lo hemos dicho, lo del negro y el error informático es algo que ya no es ni digno de mención. Quiero decir:

«Al parecer, los retrasos en la redacción del libro por parte de la autora extremeña habían exasperado a los directivos del sello y recurrieron a un colaborador para que completara la obra aunque no constara su autoría, una práctica frecuente en el sector editorial».

¡Una práctica frecuente en el sector editorial! ¡Toma puñalada! Ser joven y publicar en pequeñas editoriales es esto, señores, ¡es irreverencia! Que no quede sin morder la mano que te da de comer.

Tendría que haber algo más. No lo hay. La novela juega, como se ha dicho, a ser falso documental y de ahí el acercamiento cámara oculta en mano, a diferentes momentos en la vida de esa lesbiana que no merece el reconocimiento recibido, que ha perdido su derecho a la gloria literaria prometida: 

«¿Puede la autora de joyas con tantas aristas como Ejecución del ángel y La garganta de la soprano mirarse al espejo sin sentir vergüenza, tras haber mandado a su editor un manuscrito tan demagógico y anodino como El ombligo de Midas? ¿Se reconoce la señora Miralbes en las fotografías del pasado, cuando su mirada se prometía un halagüeño horizonte sin similitud alguna al paraje, tan yermo de talento, que ahora habita?».

Así se derriba una torre.

Lo siguiente sería salir por patas pero a estas alturas ya todo nos importa muy poco y tampoco es un esfuerzo “tiránico” seguir adelante unas páginas más, no vaya a ser que la liebre se haya ocultado en el tramo final. Craso error. La novela, llegado el momento en que sabe que no tiene nada que aportar, se dedica a pasear por jardines ajenos, hecho este que no sabe uno muy cómo tomarse o si lo sabe pero calla por educación. Por alguna razón el negro cobra protagonismo. El negro es el señor que ha escrito las partes del libro que plagian la obra de un australiano. Lo digo por si habían perdido el hilo. El negro se arrepiente, claro, porque es un negro bueno y se marcha a Londres (creo que era a Londres) y se reencuentra con una vieja amiga y toman un tecito en su casa de revolucionaria domesticada y acaban como uno espera que acabe una novela que no tenga nada que ver con esta que nos ocupa hoy, que ya me dirás tú qué nos importa los polvos de los escritores de tercera: 

«Ella articuló un movimiento a modo de respuesta: extendió la mano hacia los pantalones de él, a la altura de su sexo. Entendía aquella maniobra lúbrica de Margot, aquella voluptuosidad súbita y desesperada. Sólo les quedaba el consuelo de lo tangible, la evidencia estremecedora de la carne. Entregarse a un cuerpo ajeno les reportaría aquella inusual sensación de seguir vivos».

Ya, yo tampoco lo entiendo, pero es lo que hay.

Lo mejor de la novela, si me lo preguntan, son las posibilidades que ofrece y no aprovecha. Lo peor, su adscripción a la marca España: la mediocridad de su existencia, su conformismo, su prosa de academia de escritura creativa, su falta de personalidad y esa mala costumbre de irse por las ramas continuamente sólo para buscar historias toda vez que la propuesta no da mucho de sí.

Resumiendo: una novela más.

Una novela menos.



lunes, 11 de abril de 2016

‘La pertenencia’ de Gema Nieto

En una intensa entrevista que un tal Miguel Sanfeliu (otro de esos que tiene blog y publica libros y demás cosas de vieja tipo entrevistar a escritores como excusa para darse importancia y dar a conocer o hacer importantes o dar a conocer a quienes no lo son o no lo merecen) le hace a Gema Nieto, dice la interfecta: «[…] me preocupa la forma, ya que en esencia lo que hace que determinadas obras sean literatura es básicamente la forma. En realidad las grandes obras literarias, como Madame Bovary o Crimen y castigo, pueden resumirse en pocas palabras, pero lo importante en ellas no es la trama, ese vulgar «de qué va», sino cómo está relatada.» No seré yo quien le quite la razón. Sin duda, la forma es fundamental. Repitan conmigo: fun-da-men-tal. Esto que quede claro. Por poner un ejemplo reciente, a Jesús Carrasco la forma de su primera novela lo hizo popular, lo hizo un hombre. Lo hizo escritor. Pero también se lo comió. Carrasco era tanto forma que acabó no siendo otra cosa y luego, claro, llegó la segunda novela y, pese a los premios europeos diseñados para lectores candorosos, nos saltaron las evidencias a la cara. El contenido… bueno, el contenido, pero vamos a ver ¡a quién carajo le importa el contenido! A Carrasco no, eso seguro. Ni a otros. Que nadie espere contenido en Stoner, la novela de John Williams, o en El periodista deportivo de Richard Ford, un señor que siempre nos hace creer que escribir es taaan fácil. ¿Y todo gracias a qué? Efectivamente: a la forma.

Jodida forma.

La parte mala del asunto es que aferrados a la forma, como lapas o gusanos, están los poetas y, amarrados a éstos, los poetas que saben que los versos no dan para lentejas y se pasan a la prosa o simplemente se dejan florecer en ella.

Gema Nieto, por ejemplo. 

En la pertenencia hay cuatro personajes. Cuatro. La madre, la hija, el hermano y el marido. En el centro: la madre. La novela empieza con ella enferma de morirse. De hecho, no tarda en hacerlo ni cuatro páginas. Su pérdida conduce al desastre. Es lo que tiene ser buena cocinera y buena hija y amantísima madre y venerada hermana y amor de mi vida, faro en la niebla que ilumina mi pobre corazón, ay qué dolor.

«A cada uno de ellos le ofende ya no sólo el dolor ajeno, extraño, de los desconocidos o de los personajes de ficción o de las víctimas de cualquier suceso que ven en las noticias; les irrita incluso el dolor del resto de componentes de ese microuniverso insano que han construido a base de silencio y en el que todos se nutren día tras día de las mismas raíces podridas, respirando los mismos focos de incendio. Cada uno de ellos es una isla incomunicada; los cuatro forman un archipiélago a la deriva en el fango, y para cada cual no existe —no puede existir— un dolor más grande que el suyo. Insinuarlo simplemente es injurioso, imaginarlo es imposible. El viudo, la madre sin hija, el hermano abandonado, la huérfana. Todos caen sin sostenerse. Ninguno ve al otro».

Total: cuatro sujetos a cual más agonías dejando su triste impronta a lo largo y ancho de nada menos que 240 páginas. Y hasta aquí puedo leer puesto que entramos en el peligroso terreno de contar más de estrictamente necesario.

De todos modos da igual. A mí la historia me importa un comino. Cierto es que no me entusiasma pero, dando la razón a Gema y a tantos otros, podría haberme importado. Tendría que haberlo hecho. Al fin y al cabo, ¿no es cuestión de forma? Una buena forma, una buena novela; una mala forma, La pertenencia. Cierto, cierto, CIERTO: habrá a quien le guste. Por descontado. Siempre hay a quien le gusta algo (mi hija, sin ir más lejos, es mi fan número uno) pero hay que estar hecho de una pasta especial y tener más paciencia que un santo y más moral que el alcoyano y no es ni remotamente mi caso, no así el de Alberto Olmos, editor y responsable directo de que esto esté en la calle haciendo de las suyas. Con todo, será un éxito de masas. De veinte ejemplares no baja.

Lo que quiero decir con esto y sin ánimo de “salvar” una novela que no tengo el menor interés en “salvar” todo es cuestión de forma ergo todo es cuestión de gusto o del cariño o de la amistad.

«Para muchas serían después el temblor y las lágrimas, el fuego y la torpeza, el ruido y la furia que le harían perder toda locuacidad y sensatez. Otras vendrían después de los trece y de los dieciséis, cuando todos los cielos son naranjas porque todos los pechos explotan al mismo tiempo y a la misma hora. Ya no existen, ya no son, pero cuánto necesita su conciencia recordarles todavía, a todos y todo lo que amó tanto que le dolía, instalada en este cómodo presente-futuro de estabilidad y amor correspondido en el que cada noche duerme a su lado el ángel que sopló en su alma y la sanó».

Yo con esto un ratito sí, pero 240 páginas como que no. Me puede tanta intensidad, tanto hacer cada página una telenovela, tanto bajarse a los infiernos en busca del éxtasis. Esta literatura del dolor del alma mía, este poner cada minuto cara de hemorroide, este recurrir al lirismo desatado para ocultar otras carencias tipo algo que contar; este darle a los personajes la profundidad de un plato de sopa (alarmante el caso del marido quien, a pesar de tener su protagonismo, carece por completo de justificaciones para sus actos; o del hermano, mariquita loca de pedrería y batín de seda, alcohólico y sentimental que no suscita en momento alguno el menor interés; o de la madre (la madre de la muerta, se entiende) que por tener no tiene ni media línea de diálogo y que lo más que hace es caerse un día por las escaleras).

En La pertenencia se piensa mucho, muchísimo, se piensa tanto que duele pero sin embargo y a pesar de ello o precisamente por ello, no se tiene una triste idea que llevarse a la cama. Tanto pensar para nada, verdad. Tanto vagar por las calles, tanto llorar, tanto buscar un lugar el mundo total para qué. 

Lo mejor de la pertenencia es que vale menos de cuatro euros. 



sábado, 31 de agosto de 2013

Un vistazo a la rentrée 2013

El otro día alguien me veía entusiasmado con la rentrée de este año y no, qué va, para nada. Lo que pasa es que no se consuela el que no quiere y después de este verano tan aburrido (y aquella primavera tan floja) cualquier novedad es bienvenida. Lo cierto es que hasta hace dos días no había pensado mucho en la cuestión –aquello quedaba tan lejos— pero arranca septiembre y hay que empezar a decidir en qué nos gastamos el dinero, en qué se lo hacemos gastar a papa estado y en qué no vamos a perder ni medio minuto. 

El dinero no me lo quiero gastar en nada, y menos en libros, que al final sólo sirven para coger polvo, pero si tuviera que hacerlo desde luego no sería en la biografía de Salinger que Seix Barral sacará dentro de nada y que parece nada más que un vehículo de promoción de las nuevas novelas del escritor que, dicen, podrían ver la luz en 2015. Y hablando de biografías, tampoco parece especialmente interesante la de David Foster Wallace (Debate) que también será convenientemente resucitado el 5 de septiembre con “El cuerpo y lo otro” (Mondadori), la que suponemos será su última colección de ensayos, por lo menos hasta que alguien limpie algún cajón y dé con material para otros doce volúmenes.

Una compra segura de noviembre será el resultado de la nueva traducción de “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski que está llevando a cabo Alba Editorial. Conociendo a Alba y al ruso es de suponer que la broma saldrá por un buen pico, pero esto es mucho más que una vulgar tentación y tampoco hay que pensárselo mucho.

Mientras escribo este post recibo una par avances editoriales. El primero es de Eterna Cadencia que dice que edita, entre otros, “El traductor” (“relato de un genio casi desapercibido”) de Salvador Benesdra y “Padre contra madre” del también genial escritor brasileño Machado de Assis. Todo lo editado por estas pequeñas editoriales es absolutamente genial, no reconocido en su momento o bien algo que tiene que ver con la estrechez de miras de unos y el ojo extremadamente atento de otros. Todo es siempre lo nunca visto y luego resulta que la mitad es reedición. El otro avance es de, Automática editorial, que arranca su segundo año de vida con más rusos (les gustan mucho los rusos a esta gente), en este caso con Yura Buida y “El tren cero”, una novela que no tiene mala pinta sobre un misterioso tren y la gente que vigila su paso por un páramo desolado y que incluye párrafos tan espantosos como este: “El coronel se cuadró para saludar al tácito convoy, y mientras este se alejaba raudo hacia la noche, las lágrimas recorrían sus tersas mejillas, dos veces afeitadas”. Habrá más de Gorki (empezaron reeditando sus memorias) y, oh sorpresa, “Las enseñanzas de Don B”, del gran Donald Barthelme, libro que, desde ya, algunos esperamos con ilusión.

Ahorrar, lo que se dice ahorrar no he ahorrado, pero lo que sí he hecho (llevo en ello dos días) es pedir por esta boquita, a mi biblioteca habitual, lo siguiente: De Seix Barral, “Ha vuelto” de Timur Vermes, una novela que resucita a Hitler para reírse de él (una actitud que recuerda mucho a la de Román Piña en “El general y la musa” (Sloper), donde éste “repescaba” a Franco y lo ponía a tocar jazz en Mallorca o no sé qué fumada). También he pedido “La habituación oscura” de Isaac Rosa, claro que después del anterior no sé yo. Esta es un poco más o menos la misma infundada sospecha que tengo con Torné, que repite en Mondadori con “Divorcio en el aire”. Más de Mondadori: a corto plazo, “La infancia de Jesús” de Coetzee del que ya ha leído opiniones lo bastante contradictorias como para sentir de curiosidad y a largo plazo (nos metemos en noviembre) lo nuevo de McCarthy (“El consejero”), Dave Eggers (“Un holograma para el rey”), Dennis Johnson (“Hijo de Jesús”) y los polémicos Jeremías Gamboa con “Contarlo todo”, la novela que dicen que Vargas Llosa leyó del tirón, de puro interesante, sentado junto al buzón al que le llegó y Daniel Gascón, el eternamente hijo disimulado de Antón Castro, al que persigue la cruz de pésimo narrador, un sambenito que todavía no he podido verificar y que publica “Entresuelo”. En cualquier caso nos alegramos por él y ese salto a las ligas mayores, aunque sea Mondadori, esperando que así no sea tan difícil llegar a sus libros. 

Otra que da un salto (aunque éste lo suponemos al vacío) es Ainhoa Rebolledo, conocida en este blog como la mujer que escribió la peor novela de 2013 (con permiso de Fresy Cool): “Antropología de la noche madrileña” (sigueleyendo), una aventura en la que veíamos a la joven Ainhoa sentar la cabeza tras los excesos propios de la edad. (Reseña aquí). Pues bien, ahora, un año después, la muchacha sigue el ejemplo de los osos perezosos y se sienta a tricotar. El resultado es “Tricot”: “Unas chicas desencantadas se reúnen para aprender a tricotar y así calmar su angustia. Sin comerlo ni beberlo terminan fundando en Barcelona un club de tertulia literaria y calceta creativa: las Tejedoras del Metal. Sin embargo, en un ajuste de cuentas, Leopoldina Roble, Crisis Carballo y Elena Rebollo deciden fundar La Liga de las Mujeres Extraordinarias con el único y ambicioso plan de sobrevivir con elegancia. Tricot es la historia de un fracaso.” (Esto último ha sonado a premonición). Lo editan unos valientes, Principal de los libros, que por alguna razón creen que ganar dinero con esto (jajaja) no equivale a perder la dignidad.

Cambiando de tema. No he visto nada especialmente interesante en Caballo de Troya. Quizá “La visita” de un tal José González, un libro que según la contraportada (que parece escrita por el mismísimo Paulo Coelho) servirá para darnos cuenta de que aquello que nos define está en las pequeñas cosas. En fin. Me agarro a un clavo ardiendo pero es que el chaval es de Lugo y la tierra tira. También de Lugo (¿qué coño pasa en Lugo?) es Manuel Darriba, que con “El bosque es grande y profundo” reescribe Hansel y Gretel en clave de relato de supervivencia y apocalipsis. Cosas del efecto Carrasco, supongo.

Siguiendo con el apocalipsis (vean con qué elegancia voy encadenando temas) Alpha Decay ya tiene preparada para el 14 de octubre la vuelta de Blake Butler, el autor de Nada, con una “sorprendente novela en forma de relatos” (que es una cosa que aquí no hemos visto nunca) llamada “El atlas de la ceniza” donde unos pocos sobreviven al fin del mundo y tal. Pero la gran estrella de la temporada es la co-publicación con Pálido Fuego (quien parece guardar en celoso secreto sus novedades) en noviembre de “La casa de hojas” de Danielewski, un libro que pide a gritos una versión en 3D.

Lumen publica mucho (he contado 16 libros de aquí a noviembre) pero me quedo, de todo, con “Butcher´s Crossing” de John Williams, el autor de “Stoner” o “Por si se va la luz” de la desconocida joven Lara Moreno, uno de esos fichajes que mantiene viva la esperanza entre la juventud y fomentan la escritura. Maldita seas, Lara Moreno. Pediré también, por vicio, aunque con la boca pequeña, lo nuevo de Jorge Edwards, “El descubrimiento de la pintura” y la segunda parte de la trilogía napolitana de la misteriosa Elena Ferrante, si acaso algún día me decido a terminar el primero. 

Por ir cerrando temas, de Anagrama sólo hay tres cosas que, de momento, me llaman la atención: “Librerías” es el ensayo finalista del Herralde en el que Jorge Carrión “crea una posible cronología del desarrollo de las librerías y su representación artística”, signifique eso lo que signifique; “Canadá” de Richard Ford (sobre el que publicó Babelia un extenso artículo el pasado fin de semana) y “El camino de Ida” de Ricardo Piglia. Alfaguara cuenta con “El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa, que ya le dará para hacer el agosto y “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, que apunto únicamente por no dejar desangelada esta parte del párrafo. Sobre cualquiera de estas dos editoriales encontrarán más información en cualquier parte. 

No como Sexto Piso, que quitando alguna mención pasa un poco desapercibida. La he dejado para el final por la siguiente razón: es la que publica el libro que, con diferencia, más me apetece leer. Seguramente sea, junto con “Butcher´s Crossing” de John Williams (Lumen, octubre) o “Sermón sobre la caída de Roma” de Jerome Ferrari (Mondadori, septiembre), lo único por lo que siento sincero interés, diría que hasta inquietud, diría que hasta un asomo tolerable de locura. Todo lo demás… bah, todo lo demás, todo eso de Anagrama, Debate o Alpha Decay, todo eso es puro entretenimiento de una tarde con ganas de escribir algo para el blog. Súmenle a esto una reedición de “Memorias del subsuelo” de Dostoievski en su sección de Ilustrados con unos magníficos dibujos de Jorge González y no le pidan más a la vida. Termino la sección Sexto Piso con un par de apuntes más: “Frankenstein” de Mary Shelley (también ilustrado); algo de David Grossman que tiene que ver con abrazos, o una novela donde las minúsculas parecen tener bastante importancia llamada “Del color de la leche” de una tal Nell Leyshon. En el apartado Realidades —del que me he declarado fan en numerosas ocasiones— Thomas Frank, que dicen uno de los mejores escritores de izquierdas de EEUU y es autor de la apetecible “La conquista de lo cool” (Alpha Decay, 2011), publica “Pobres magnates” donde seguramente se ponga a parir a alguien. Harry Browne hace lo propio con “Bono, el hombre del poder” un libro que viene a acabar con la imagen que el mundo tienen del Bono bueno, una propuesta absolutamente genial para leer un sábado por la tarde con “The Joshua Tree” de fondo.

* * * * * * * * 

Fin del resumen. Sé que me dejo un montón de libros y, lo que es peor, un montón de pequeñas (y grandes) editoriales como pueden ser Salamandra, Gadir, Errata Naturae, Blackie Books, Acantilado, Alfabia, Impedimenta, Navona, Nevsky, Nórdica, Rayo Verde, RBA, Salto de página, Lengua de trapo y un largo y aburrido etcétera, pero desde este rincón del mundo y únicamente con Google como herramienta de trabajo (y enganchado como estoy a la última temporada de Breaking Bad), servidor no puede, ni quiere, hacer mucho más. Si algún día recopilo suficiente información prometo repetir la experiencia. Hasta entonces, sean felices y no se lo gasten todo en libros.


(¿Continuará?)


domingo, 16 de diciembre de 2012

“Mansos” de Roberto Enríquez (Bob Pop)

Mansos” tiene unas 115 páginas. Es decir, de momento: novelita. Y ya veremos. (Sale ganando: la alternativa es novelucha y malintencionadas variaciones.) Pues bien, en la página 44 todo lo que ha ocurrido es que un hombre de treinta y tantos, obeso y homosexual, entra, después de una juega y en plena borrachera, en una sauna en la que extravía o le roban un bolso Hermés color naranja. La clave estaría en “todo lo que ha ocurrido”. Quiero dar a entender que casi la mitad del libro no debería ser únicamente eso. No, no debería. Poco después, cerca de la página noventa, pensé exactamente lo mismo. Malo que una novelita tan chiquitina como esta tenga tan poco que contar, tan poco que decir, sea tan parca en argumentos y aún así le sobren (porque le sobran) verborrea y parrafadas de información inútil. Ejercicios gimnásticos tipo esto: 

[…] presiona con fuerza el grifo de la ducha y se deja empapar, bebe y escupe, se separa las nalgas con las manos para dejar correr el agua entre ellas, y después coloca su cabeza bajo el grifo mientras se sirve jabón del dispensador de la pared que, casi vacío, escupe el gel blancuzco en diminutas dosis aguadas que Mateo va acumulando en la palma de su mano, lejos del agua que cae, hasta que cree que es bastante y comienza a enjabonarse, primero del mismo modo en que lo haría cualquier mañana, antes de salir de casa, después, cuando reacciona, en un orden distinto, en el orden del asco: primero entre las nalgas, después la polla, el pubis, estómago, axilas, pecho, axilas, de nuevo entre las nalgas, más profundo. Más gel, más, más, más, más. La polla, el pubis, dentro de los muslos, los muslos, el pecho, la barriga. 

Es evidente que ocurre algo más de lo que estoy insinuando. En las novelas, por muy poca acción que incluyan y a excepción, seguramente, de alguna que otra, siempre ocurre algo más. En mi optimismo tiendo a creer que donde un personaje interactúa con otro queda siempre un resto de algo. En la novela de Enríquez los restos son de semen, mayormente. A ver, que se lo explico: el protagonista, Mateo, un hombre gordo y borracho (por ese orden) entra en una sauna que es descrita pormenorizamente a modo de favor personal a todos aquellos que acostumbran y sienten curiosidad. Se nos describe la calidad y la cantidad de las habitaciones e incluso la situación geográfica de unas respecto a otras así como la estratégica disposición de los espejos en los pequeños habitáculos destinados a fines no exactamente reproductivos. Bien, a mi esto me parecería de puta madre si la novela fuese un Larousse de Saunas o un Manual de enjabonado poscoital pero creo que no es así; creo que, por el título, debe ir de Mansos, esto es, de señores gordos y acomplejados que entran en saunas y pagan cuarenta euros por ser follados por hombres que, como es el caso, les dicen a oído “qué mansos os volvéis cuando os follamos”. La mansedumbre que da la vergüenza de ser un gordo miserable así como toda la reflexión inherente al traumatismo en cuestión. Una gran enseñanza, qué duda cabe. Novelas que cambian la vida del lector. 

Enríquez se “presenta”, entre comillas, (presenta, porque esta es su primera novela y entre comillas porque no es lo primero que escribe), como un buen descriptivista, lo cual tiene la importancia que tiene, sin ser esta tanta como puede dar a entender el hecho de comentarlo en un párrafo aparte. Pero así es: se puede ganar bien la vida, Enríquez, ejerciendo de tal. Ese es el único mensaje claro que transmite la novela. El resto es humo, un chiste, una broma sin maldita la gracia; algo que se puede contar en el tiempo que se tarda en fumar un cigarrillo; un ejercicio orientado a desarrollar las propias habilidades narrativas, un hecho, este que hasta que se puso de moda publicarle a todo el mundo su primera novela estaba subvencionado por La Propia Familia. Ya no. Ahora somos nosotros, los lectores, quienes becamos, con nuestras pequeñas aportaciones de quince euros el ejemplar, a escritores que escriben anécdotas hipervitaminadas que tienen lugar en saunas en las que roban las pertenencias de chicos que tardan más de seis horas en dar con la solución al problema. 

Que digo yo si no habrá otra puta cosa de la que hablar que del follar de unos con otros y traumas subsiguientes. 

Y me gusta, me gusta mucho, folla muy bien, muy bien, me gusta, me gusta mucho, tanto que pierdo el miedo a cagarme encima; cuando el placer es tanto se pierde el asco (no es asco; no siento asco de mi propia mierda: es vergüenza, pudor; sí, me avergüenzo de mi mierda). Es ahí donde se confunden el amor y el sexo: en que nos hacen perder el asco y el pudor. Limpiaría la mierda de alguien a quien amo sin sufrir arcadas, cruzaría un mar de algas para salvarle de ahogarse en el mar. Aunque me repugna la mierda ajena y el roce de las algas cuando nado en el mar me hace vomitar.