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miércoles, 17 de septiembre de 2014

“Entresuelo” de Daniel Gascón

No sé cómo funciona esto de la escritura. 

Pregunto: ¿a uno se le ocurre una idea y la lleva a cabo directamente o, antes de arriesgarse a perder el tiempo con chorradas, lo consulta con la almohada o con su vecina o con su novia o con su perra? ¿Y después qué? Digamos que lo escribe. Digamos que el escritor (joven, atrevido, melena al viento) dispone de tanto tiempo libre que no le importa jugársela o no lo tiene (tiempo) pero va sobrado de pasión y fe en sí mismo o simplemente cree a pies juntillas en su idea. Digamos que se levanta, nuestro héroe, una mañana y escribe aquello que quería escribir. Quién dijo miedo. Que se joda el mundo. Pongamos que lo termina en un plazo razonable. Seamos generosos: un año de documentación y otro de escritura. Una vez terminado se lo enseña a su padre, a su madre, a su hermana. También a su vecina, a su novia y a su perra. Ellos, todos, lo leen (puestos a fantasear, podríamos incluso decir que lo disfrutan) y una vez leído asienten con sus cabecitas, se secan la lagrimita (también la de cocodrilo) sonríen con sus boquitas y con sus manitas dan palmaditas en la espaldita de nuestro joven y aguerrido escritor, besan su mejilla, le dicen que le quieren, alaban su buen gusto, su sensibilidad, su humor. Su buen hacer, en general. 

Hasta aquí todo normal. Medianamente normal. Hasta aquí nuestra historia podría estar interpretada por cualquiera de ustedes. Podría ser incluso yo, si me apuran. Pero no; estamos hablando de Daniel Gascón. El del tiempo libre o la fe en sí mismo o en la idea genial de aquel sábado por la tarde. El de los dos o tres o cuatro años dedicados a esto. O los tres meses, no sé. Da igual, para el caso es lo mismo. El resultado es Entresuelo y eso ya es inamovible. También los agradecimientos son inamovibles: «La lectura y las sugerencias de Marta Valdivieso, Ramón González Férriz, Jonás Trueba, Pippi Tetley, Antón Castro, Carmen Gascón, Aloma, Diego, Jorge y Sara Rodríguez han ayudado a mejorar este libro».

Han ayudado a mejorar este libro, dice.  Me parto.

Pero bueno, vale.

El caso es que bien, de acuerdo: Gascón, el joven Gascón, escribe un libro basado «en las conversaciones que he oído en casa, en mis propios recuerdos y en entrevistas a miembros de mi familia». Lo bueno de todo es que al bueno de Gascón no se le ocurre mejor cosa que dárselo a leer a esa misma familia de la que se habla en el libro, porque como todo el mundo sabe la familia es siempre el mejor recurso de quien escribe una memorias familiares y busca un mínimo de objetividad.

Tela con el listo de la familia.

Entonces el libro se manda a una editorial. A Mondadori, por ejemplo.

Y yo aquí es cuando me pierdo. Porque una cosa es que uno escriba para sí mismo o la familia y que esta te apoye (qué menos) y otra muy diferente que una editorial considere que tal cosa es merecedora de tener una difusión nacional. Y precisamente Mondadori, una de las editoriales más fuertes y de más prestigio del país y parte del extranjero.

Y miren, si fuesen unas memorias (por más que sean robadas: «aquí no quería escribir sobre lo que recuerdo, sino sobre cosas de las que no me acuerdo».) interesantes o amenas o divertidas o con un trasfondo histórico de especial interés… si fuesen algo de eso aún bueno, pero es que ni eso. No son interesantes, ni amenas, ni divertidas y encima parecen escritas por un estudiante de la ESO al que han obligado a redactar un texto que trate sobre La familia o sobre La vaca, por ejemplo, que es algo por lo que, quien más quien menos, ha tenido que pasar en la vida, y que medio-invita a dar lecciones de biología tipo “la vaca da leche” y cuatro obviedades más:

«Mi madre me contó que había leído la historia de un tipo que estaba cagando cuando una rata subió por el váter y le mordió el culo. Yo debía de tener cuatro o cinco años y mi madre me contó la anécdota como si fuera una historia graciosa. Pero me pareció aterradora. Las ratas me daban miedo en general: te contagiaban la rabia, eran resistentes al veneno, los gatos no podían matarlas y estaban en todas partes, aunque no las vieras. Si se sentían acorraladas, te saltaban al cuello».

“Entresuelo” está lleno de anécdotas apasionantes. No importa por qué página se abra, siempre se encontrará alguna cita destacable. Es lo mejor que tiene:

«Después estuvieron en la casa unos familiares, Vicente y David, con un chico que hacía Medicina y tocaba muy bien la guitarra. También vivió con ellos otro estudiante que se llamaba Leoncio, como mi abuelo, que los invitó a su boda, en el Pirineo».
«[…] en mi infancia prefería un parque más cercano: el Parque Bruil, que tenía una osa tuerta enjaulada. Hace unos meses descubrí que la osa se llamaba Nicolasa. También he sabido que en el Parque Grande y en el Parque Bruil había otros animales: monos. Los monos son importantes, aunque cuando era niño ya no quedaban monos en el parque. Pero esta no es la historia de mi niñez en el parque. Es la historia de mi padre».

Porque esa es otra. “Mi padre, mi héroe” o cómo llevar al lector a la náusea: «Mi padre creía que aprender mecanografía era muy importante para ser escritor». Alguien tiene que decirlo: asquísimo. La familia Castro/Gascón/Rodríguez como referencia, como inspiración, como tema de conversación, como argumento literario… qué pesadez. ¿Hasta cuándo? 

«Me ha divertido ver que hace más de quince años ya escribía sobre mis abuelos y su piso».

Forever, pues. Acabáramos.

Y hete aquí que el joven y documentado escritor se encuentra que la profusión de datos es exagerada, pero han sido tantas las tardes dedicadas al noble oficio de la conversación (o acaso simplemente carece del valor para borrar o la inteligencia para descartar o la capacidad para resumir o la habilidad para disimular) que le cuesta renunciar a ellos, por lo que decide recurrir al socorrido método de la lluvia de recuerdos, esto es, capítulos de párrafos numerados repletos de información im-pres-cin-di-ble que va dejando por el librito según se le va a ocurriendo:

«12) Durante un tiempo, mi tío vivía en Barcelona, pero tenía una obra en Calatayud y pasaba a menudo por Zaragoza. Mi abuela le preparaba morcilla y alcachofas. Una vez mi tío dijo: «No quiero comer muchas alcachofas, tengo una reunión y son un poquito flatulentas».
«13) Platos de mi abuelo: gazpacho. Siempre hacía dos distintos. Uno con ajo y otro sin ajo. A mi abuela no le gusta el ajo».
«3) De niño, alguna vez fui a misa con mis abuelos. Lo que más recuerdo es el momento de darse la paz. También que mis abuelos caminaban hacia la iglesia con los brazos entrelazados, como muchas parejas mayores. Me parecía una postura incomodísima. A mi novia le gusta».
«12) El marido de mi tía se hizo la vasectomía y se recuperó en casa de mi abuela».

Llegados este punto creo que importante aclarar algo: juro por mi vida que no me estoy inventando nada. Las citas son literales y están sacadas del libro “Entresuelo” de Daniel Gascón, editado por Mondadori para su distribución a nivel nacional. 

Otro recurso para deshacerse de ese material inútil es el Método Wikipedia (también conocido como el Wikimétodo Desesperado de Salvación) que consiste en facilitar información que no servirá para nada pero al menos dejará al lector pegado a la silla:

«Tuvieron hijos: Carmen, que nació el 31 de diciembre de 1958; Isabel (Isa), que nació el 25 de febrero de 1961; Francisco José (Paco), que nació el 4 de junio de 1962, y María de los Angeles (María Angeles), que nació el 2 de agosto de 1966».
«A mediados de los ochenta hubo una reforma. No quedan muchos rastros de ella en la casa: algunas cosas en el baño, como el lavabo, la taza y unas tablas de madera que rebajan la altura del techo. Fue una reforma menos drástica que la de 1990, cuando mis abuelos eliminaron una habitación para agrandar el comedor y pusieron las baldosas grises —feas pero sufridas— que ahora hay por todo el piso, salvo la despensa, el baño y la cocina. Fue la familia la que hizo las reformas. Mi tío Paco se encargó de la fontanería y la electricidad».

Y después está el humor del que ya han sido testigos en las citas anteriores. Para Daniel Gascón, el humor es terminar así los capítulos o cerrar lapidariamente fragmentos de memoria:

«Lo único que había hecho era tumbarse a leer debajo de los árboles», dice mi abuela. Sabía de libros y árboles frutales.
«En mi familia se contaba que siempre decía que la cena era una comida absurda, porque uno se acostaba inmediatamente y al levantarse volvía a tener hambre. Al parecer, una noche decidió no cenar, pasó mucha hambre y cambió de opinión para siempre».
«Mi abuelo, que engordó de mayor, tenía otra teoría con respecto a la gordura masculina. No era grave si uno se la veía para mear».

Podría seguir así todo el día. El libro de Daniel Gastón es una fuente inagotable de placer para los lectores masoquistas, que los hay. 

Pero esto no es culpa de Daniel. Él es como es. Quiere a su familia y ha gustado de homenajearlos. Chapeau. Como hijo, al menos. Como escritor ya no digo tanto. Ahora bien, que Mondadori, el Mondadori de Claudio LaMadrid, editor de referencia en el mundo mundial se preste a publicar esta cosa es de juzgado de guardia. 

Si este libro viniese firmado por José García, fontanero y escritor aficionado, ¿lo habría editado también, el bueno de Claudio? ¿Tiene algo que ver que Daniel sea hijo de Antón Castro? Y lo que es peor: ¿en qué situación, exactamente, deja esto a Mondadori y qué debemos esperar de sus otras apuestas literarias nacionales si a la que te fijas un poco te encuentras nada más que figurines mediáticos escribiendo soplapolleces?

Seré yo, que odio la literatura, pero a mí esta apuesta por la mediocridad me descoloca completamente.