Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Clemot. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Clemot. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de octubre de 2015

‘Polaris’ de Fernando Clemot

Solaris, no. Po-la-ris. Solaris es una obra maestra. Polaris, no. El parecido, razonable, es sólo eso, razonable. Razonable por el nombre y razonable por pequeños detalles, matices, cosillas sin importancia tipo los recuerdos o los fantasmas, esos fantasmas del pasado de los que no acabamos de librarnos, que juegan con nosotros a su antojo («Los barcos no cambian a nadie, señor Christian, ¿no será usted otro?, ¿ha pensado en ello?») o la tensión creciente que parece tener mucho que ver con la geografía y más concretamente con el exceso de humedad en el ambiente

Pero empecemos por el final.

Lo peor que se puede decir de Polaris es que no deja poso. Si no tenemos cuidado esto podría llevarnos a otra reflexión (reflexión que nada o poco tendría que ver con la novela; reflexión que intento evitar sin mucho éxito) que vendría a poner en evidencia la poca ambición que demuestra tener la literatura (quisiera decir “de este país”, pero presumo que es un mal general) y más concretamente los seres humanos que juegan a ser escritores. No puedo entender (sin ánimo de desmerecer, todavía, este trabajo) que la gente, empeñada en dar salida a una vocación que nace en lo privado y en lo privado debería morir —preferiblemente colgado de una soga—, dedique horas, días o semanas (segundos, inapreciables instantes, tiempos relativos en el caso de la poesía) a perpetrar obras destinadas a permanecer en la memoria no más de dos paradas de autobús. 

La novela de Clemot (y ya nos vamos centrando) padece de tal. Te puede gustar o no (al final todo es subjetivo), pero lo que es innegable —y lo es porque salta a la vista y porque la experiencia es un grado— es que Polaris no perdurará fuera de la biografía que habitualmente se oculta en la solapa de futuros libros o presentaciones curriculares porque Polaris, diluye la fuerza de su “discurso” en un exceso de información. Que le pierde la boca, vaya.

No todo el mundo opinará lo mismo. De hecho, no todo el mundo opina lo mismo.

Fernando Valls, por ejemplo, no opina lo mismo. 



Abrimos paréntesis: LOS FERNANDOS

En este blog siempre nos ha gustado mucho poner en evidencia las miserias ajenas y, por extensión, a los miserables

Hace ya tiempo que hablamos de Fernando Valls y Fernando Clemot (desde ahora Los Fernandos). Hablamos (en este post) de cómo su estrecha amistad hizo posible que Clemot llegase a dirigir la revista Quimera (esa cosa que ya no leen ni los cuatro que la compran). En pago, Menoscuarto, (en la que Valls ejerce de algo, tipo editor o así) y por extensión el microrrelato, cobraron protagonismo en la revista, como si esto, a la larga, fuese a tener maldita repercusión. A día de hoy probablemente Quimera, revista marginal, es la única que recomienda los libros de esa editorial de tercera. De ahí lo de miserables; no por otra cosa, eh.

Pues bien: suma y sigue. En El viejo Topo 333, publicado este mes de octubre de 2015, Fernando Valls publica una “extensa y profunda” (en palabras del agradecido autor) reseña de Polaris un poco porque pasaba por allí y otro poco porque te quiero. Aquí, que estamos hasta las mollejas de tanto amor y tanta leche y tanto trato de favor y tanta reseña de diseño, ya no nos creemos nada pero tampoco podemos dejar de hacernos eco de lo que aquellos ojitos lindos ven en los suyos. 

«Diría, por tanto, que estamos ante una novela existencial, cuya trama se sustenta en la intriga, pero que compone una alegoría sobre el poder, y más en concreto sobre la crueldad humana (“el lugar más solitario del mundo se llena de muerte si desembarca el hombre”; “apenas hace falta la presencia del hombre para que el horror llegue con él”, pp, 68 y 73), y por tanto sobre el perdón, el castigo y la necesaria expiación. Y aunque la acción transcurra en el pasado, creo que apela al presente y nos alerta sobre el futuro (“Nos dirijimos hacia un mundo sin ideología —le espeta Vatne al doctor—, un mundo herramienta, pequeños engranajes que forman parte de un engranaje mayor. Todo debe estar sincronizado, ser previsible…”, p. 155), de ahí que nos atreviéramos a calificarla de cacotopía o distopía». Fernando Valls para El viejo Topo 333, octubre 2015.
(La errata no es mía, ni de Clemot, sino del propio Valls, el editor, y si la destaco, cosa que nunca hago porque un error lo comete cualquiera, es única y exclusivamente porque sé que uno de Los Fernandos (el más alto) disfruta mucho echando en cara estas cosas y yo quiero que, ya que de esta reseña nadie va a sacar gran cosa, al menos él pase un buen rato). 
(De nada). 

Cacatopías al margen me quedo con dos ideas que comparto: que la trama se sustenta en la intriga y… bueno, esa mención a lo existencial. El resto de la reseña es un discurso interminable (a modo de extenso resumen, tampoco crean que se le va al amigo la mano con los elogios) que me niego a reproducir, en el que Valls ve sólo lo que quiere ver. (Creo que tengo una viga en el ojo, por cierto). 
  
Cerramos paréntesis



El problema estriba en que Polaris no es, como alguno parece creer, especial ni… diferente. Ni siquiera tiene un estilo que pueda ser considerado “personal” más allá de la tan veces vista inclusión de las líneas de diálogo en el “grueso” del texto por razones que no acabo de entender, razones que en otras novelas o en otros autores sí tienen una razón de ser (razones que, como en el caso de Thomas Bernhard o celso castro, por poner dos ejemplos de prosas, digamos, extremas, recientes y no exclusivamente extranjeras, tienen mucho que ver con la música y los biorritmos y las dietas ricas en hierro). Lo que quiero decir con esto es que ese arrebato de falsa originalidad que hay en Polaris juega claramente en su contra desde el momento en que distrae de lo que realmente debería llamar nuestra atención. Es una forma muy poco elegante y desde luego muy poco sutil de llamar la atención.

«Me hubiera gustado hablar de aquello con Mutter aunque él era demasiado joven. Tal vez me hubiera gustado estar un rato mirando aquel mapa, disfrutando de un silencio que rescataba otros tiempos mejores. Me hubiera gustado quedarme allí pero debía ir al despacho de Farrard, empezaba a demorarme más de la cuenta y al capitán no le gustaba esperar. Guardé el mapa en el primer cajón y le comenté a Mutter que iba al puente y que si tardaba más de media hora pasara a ver al herido malayo. Es curiosa la relación que mantenía con su ayudante, doctor. ¿Confiaba en él realmente? No me lo había planteado, en un principio sí, creo, aunque luego nuestra relación fue a peor, me es difícil ahora hablar de esto con lo que ha pasado. Tenemos que hacerlo, señor Christian. Conoce la gravedad de la situación y como puede entender es importante. Volveremos, siga ahora, doctor. Está bien. En el pasillo que lleva a los comedores oí el ruido de los cabestrantes, chirriaba el arganeo al rozar con la obra muerta».

Y así todo, quitando algún desvanecimiento lírico….

«Pensé en las canciones de la radio, en las ondas sobrevolando la cubierta y alejándose de las bordas y perdiéndose por encima de las olas, cruzando los mares helados, hasta Terranova, hasta tierras llenas de árboles y animales, más feraces que las que nos rodeaban. Las ondas saltarían, mojándose como gaviotas o cormoranes, cada vez más lejos, eran ondas concéntricas de estanque».

…algún desafortunado párrafo…

«Como pude, le hice entender que por la tarde estaría también allí y que quería verla más tarde. Ella sonreía y se dejaba querer pero al fin conseguí que me dijera que sí y aquella tarde volvimos a encontrarnos».

…algún diálogo en exceso freudiano y muy poco creíble en boca de quién está puesto…

«¿De qué huye, doctor Christian? Crea relaciones inmediatas de memoria y vuelve una y otra vez a los lugares que le obsesionan. Se diría que alberga un dolor en su interior que se inflama como si lo estuviera reviviendo de nuevo. Está ahí, ¿cierto? Es una herida infectada, siempre tirante, a punto de estallar. Tendremos que llegar hasta el fondo y desenterrar todo lo que le hace daño. ¿Hasta dónde llegaría, doctor, para poder aliviarlo?»

Lo que sí hay, en Polaris, (toda vez que, insisto, carece de estilo propio y ambición suficiente) es una tendencia a la evasión a golpe de subtramas narrativas que en algún momento deberían confluir y no lo hacen. Tramas que se abren y no se cierran (una permanente referencia a un violento caos que tendrá lugar, secuencia que no llega (supongo) ante el temor de no estar a la altura de las expectativas creadas), tramas que son recuerdos que ocultan horrores (horrores que no se ven acompañados por una atmósfera suficientemente asfixiante), y misteriosas organizaciones con misteriosos planes («La Central es así, a veces cuesta comprender sus designios. Es como un niño que juega, a veces se equivoca, pero siempre aprende. Es un ente que está por encima de nosotros, no alcanzamos a entender sus decisiones. No tenemos su punto de mira, no les entendemos porque ellos observan por encima de nosotros»). Todo el ejercicio es un juego que tiene mucho que ver con los recuerdos (los recuerdos inmediatos y los recuerdos lejanos) y uno espera que todo o algo nos explote en la cara pero no de modo que lo hace, no con un vulgar crimen. No, así no. Así no se mata un hombre. Así se mata una novela. 

Si me lo preguntan, y ya terminamos esta reseña infinita, creo que la novela acierta al inclinarse hacia lo existencial al utilizar como excusa un vulgar interrogatorio (sin ánimo de dar a “vulgar” un tono peyorativo); al tratar asuntos que tienen mucho que ver con el miedo como motor universal y como medio de control, ya sea individual o de masas («La nueva civilización se basa en el miedo, en lo colectivo, en lo universal, y no hay nada más humano y universal que el miedo. Nuestras han de ser las herramientas para homogeneizarlo, para convertirlo en dialéctica. Todo ha cambiado y algunas organizaciones como la nuestra sí que han llegado a la esencia de estos cambios») y al situar la acción en un paraíso tan lovecraftiano (pese al poco partido que se le acaba por sacar) como el elegido. (Aciertos que me han recordado a los de una ya clásica —y muy recomendable— película de ciencia ficción llamada ‘Even Horizon’ (Horizonte Final) en el que una nave especial viaja en modo rescate al quinto infierno (valga la redundancia), todo para darse de bruces con el horror más horroroso).

Pese a lo ambiguo, por momentos, y en exceso crítico, a ratos, de mi discurso, creo que Polaris es una propuesta interesante (y mal resuelta) que falla (amén de lo ya mencionado) cuando se empeña en colar en la narración demasiados recuerdos del protagonista, recuerdos que se demuestran prescindibles demasiado tarde, cuando ya ha dilatado en exceso la novela y uno ha terminado por aburrirse, y que suenan a una innecesaria necesidad de dar contenido a un relato que hubiese funcionado mejor como una pieza más breve (concentrada, si quieres), especialmente cuando, para colar ese relleno —todas esas páginas que a la postre no aportan gran cosa— se recurre a una bastante forzada exigencia por parte de uno de los investigadores existenciales más desaprovechados de la historia de la literatura.

«Es importante que sea riguroso a partir de ahora, doctor Christian. Creo que lo estaba siendo. Quizá en lo que le ha interesado sí y en lo que nos concierne no tanto. Ahora explíquelo todo, doctor, como un forense que inspecciona un cuerpo: el cadáver ha de ser ese día cuatro, con sus extremidades y heridas, con sus humores y dudas, con su bilis y su sudor, con sus miedos. Relátelo todo como si realizara una autopsia. Narre lo que vio, pero también lo que sintió, lo que pasó por su cabeza en cada momento: señálelo por insignificante que parezca. Un forense no informa de lo que piensa, señor Vatne. Tiene razón, doctor Christian, pero tampoco un día es un cadáver, no sea cínico. Deténgase donde quiera y profundice. Es un asunto grave y cualquier aclaración nos puede ayudar y creo que también le podría ayudar a usted. Al señor Dodt y a mí nos han mandado del otro lado del océano para escucharle. Estamos aquí por usted. Nos explicará la jornada, pero también pararemos a preguntarle sobre lo que nos interese o no quede claro».
Y ya.

viernes, 2 de octubre de 2015

Una aproximación al ‘Polaris’ de Salto de Página

Polaris, de Fernando Clemot, se publica en Salto de Página. Antes de entrar en materia, tengamos unas palabras sobre esta editorial. Nada personal, simplemente me gustan las introducciones casi tanto como las peleas y hoy me he levantado charlatán.

Hace nada, en un muro de Facebook, alguien se preguntaba si era yo masoquista o si era que, tal vez y dando por hecho un particular desprecio por la literatura que se hacía en este país, sentía en el fondo placer leyendo lo que Salto publicaba (placer que ocultaba por, no sé, vergüenza, oportunismo o una misteriosa inquina). Hasta donde le alcanzaba el entendimiento, el susodicho consideraba que yo siempre ponía a parir sus libros. Siempre. En fin, tal vez la gente debería dejar la lectura diagonal para los recibos de la luz. De SdP hay muchos libros que no me han gustado, pero hay muchos otros que sí. Tal vez es la mía una inquina que viene y va. Hagamos un resumen: he defendido a muerte la trilogía de Pinedo (Subte, Plop, Frío). Todas mis simpatías, también, para aquella estupenda novela de Jon Bilbao llamada Padres, hijos y primates o la colección de relatos del viejo amigo Juan Carlos Márquez, Norteamérica profunda. Me he confesado en numerosas ocasiones seguidor de Emilio Bueso, y eso, digo yo, será por algo (inquina inversa, probablemente). Que no sea necesario sentir devoción por un autor para seguirle la trayectoria es algo que no todo el mundo llega a comprender. Me hago cargo. También Sacrificio, de Román Piña (lo mejor, en mi opinión, que ha escrito este señor), llevó su dosis de elogios y me robó un merecido par de carcajadas. Es más, si tiro de archivo encuentro que no son tantos los libros que catalogaría como “malos” o “aburridos” o “insuficientemente buenos”. Estarían el de Nere Basabe (probablemente, de todos, el que menos me ha gustado o, si lo prefieren, el peor), del que hablaremos en breve; los relatos de Bárcena, que no me parecieron ni remotamente para tanto como se nos prometían (tal vez porque no los leí en alemán); los de Luisgé Martín, de calidad desigual pero siempre muy por debajo de la que se encuentra uno en sus novelas; Todo irá bien, de un Candeira con una prosa en exceso afectada o El año del desierto (Mairal), novela que arranca bien pero a la que pierde su intención… Y algunos más que quedan en el limbo de la indiferencia.

Leo Salto de Página porque, más allá de la calidad de sus productos (que se supone, como en toda editorial, irregular), ofrece un interesante catálogo de novedades y sobre todo de escritores; un catálogo que considero imprescindible para entender y conocer (no es lo mismo) el panorama literario de este país. Si quieres saber qué se cuece en España, tienes que leer Salto de Página. Esto es así, no sólo porque sí, sino también porque lo digo yo. Y a callar.

Quedarse con la idea de que al puto Tongoy no le gusta lo que publica Salto de Página (ya sea por inquina o capricho de malote) sólo porque ha puesto a parir algunos libros, es de un simplismo tal que no puede despertar otra cosa que sincera compasión por ese tardío despertar intelectual del comentarista. 

Vaya por delante que mientras las bibliotecas (la mía, al menos) provea, Salto de página será, junto con otras (no muchas, Sexto Piso o Pálido Fuego, por ejemplo), una de mis editoriales de cabecera. Y ya lo siento por ellos y sus niños, pero es lo que hay.

Lo que nos lleva a lo último (creo que es lo último, no podría jurarlo porque había por ahí planes de resucitar a Roberto de Paz) que se ha publicado en Salto: Polaris, de Clemot, Fernando. Veamos si podemos alimentar la leyenda y ya de paso damos a unos cuantos un par de argumentos más para seguir diciendo chorradas.

* * * * *

Fantaseemos. Vamos a pensar que Fernando Clemot contrajo, en un momento X, una deuda con el editor de SdP, Pablo Mazo, a quien a partir de ahora deberíamos referiremos, por ser ya hecho consumado, como Su Editor. Vamos a pensar que Su Editor consideraba que tal deuda podía ser saldada con un libro. Vamos a pensar, pues, en un entregado Clemot que escribe Polaris para librarse de esa losa en su vida que es Pablo Mazo. Tal vez estoy llevando las cosas a un punto que supera con mucho lo razonable. Seguramente no. Esto no lo digo, en cualquier caso, por la deuda contraída, lo digo porque no sé en qué cabeza cabe que un libro, tal como están el panorama, pueda ir en pago de algo. No parece un trueque muy justo. Será que Su Editor es un hombre generoso, amigo de sus amigos, profesional entregado (y algo cegado, también), dispuesto a aceptar Lo Que Sea con tal de acabar con esa pesadilla.

Esto, bondades aparte, explicaría por qué está teniendo Polaris tan poca repercusión en los medios humanos o virtuales o por qué no hay reseñas o por qué las que hay son tan complacientes. (Hay otras razones que explicarían tal complacencia pero hoy no me apetece insultar a nadie). Digo explicaría porque lo cierto es que Salto de Página no se caracteriza precisamente por hacer gala de una efusiva defensa de sus autores, a quienes parece tener en nómina sólo como publicistas programados. 

Los libros del Salto de Página se leen o no se leen, pero desde luego no se descubren. 

Ahora, olvidándonos de estas coñas marineras deberíamos entrar a analizar qué le ha vendido exactamente Clemot a Mazo y qué nos quiere vender Mazo (si en algún momento éste llega a poner de su parte) a los lectores, pero he superado con mucho el límite autoimpuesto para una introducción y me voy a ver obligado a partir esto en dos. Lo dejamos, pues, de momento, en aproximación, y ya la semana que viene, probablemente el lunes, hablamos de lo que importa y no tanto de los inevitables percances de ser librero o sucedáneo de tal.


martes, 25 de junio de 2013

Fernando Valls o "la muerte nos sienta tan bien"

Recordarán que la revista Quimera sufrió, hace apenas un par de meses, un cambio en su organigrama; un cambio que se cepillaba a todos los que estaban y ponía en su lugar a otros nuevos y relucientes, a saber, Fernando Clemot & Co. Hasta aquí todo normal. Suponíamos entonces que detrás de Clemot estaba su amigo Fernando Valls, que en su momento había sufrido también destitución fulminante del puesto de director de la mencionada revista. Es más fácil seguir Juego de Tronos. 

El caso es que Javier Tomeo, el escritor, murió el sábado. Vaya, sí. Una pena. Yo me enteré por Facebook, que últimamente está de lo más necrófilo (la última es que Matheson ya es leyenda). Apenas un día después ya había un sentido homenaje en El País firmado por Fernando Valls titulado “Javier Tomeo o la fuerza del absurdo”. Temazo.

A Valls –un hombre al que suponemos de naturaleza sensible- también le da mucha pena que se haya muerto Tomeo. Muchísima. Pero la ocasión la pintan calva y tras hacer un breve resumen de su vida, obra y milagros, hace gala de sus dotes para el microrrelato aplicado a la publicidad en el siguiente párrafo:

“En la que seguramente debió de ser la postrera entrevista que concediera, publicada en el último número de la felizmente renacida revista Quimera, comentaba la aparición de una nueva novela: Constructores de monstruos (Alpha Decay), a la que habría que añadir El amante bicolor (1), que en otoño publicará Anagrama, su editor por antonomasia, aunque me consta que sentía mucha simpatía por el joven editor Enric Cucurella. Parece que ha logrado terminar asimismo un libro de microrrelatos, encargo de Menoscuarto, que iba a llevar un prólogo de Irene Andres-Suárez, quizá junto a Ramón Acín, quienes más profundizaron en el conocimiento de su obra.”

Aquí cabe de todo. Pasado presente y futuro. Que si Alpha Decay ha sacado esto, que si Anagrama sacará lo otro, que si él, Valls, como director de la colección de narrativa breve de Menoscuarto, sacará, en breve, lo siguiente: una colección de microrrelatos, un subgénero en el que, sólo unas líneas antes, hace experto a Tomeo: “[Historias mínimas], un extraordinario volumen de singulares microrrelatos, pues se alejan de lo estrictamente narrativo para acercarse al teatro.” Y todo esto a pesar de que el mismo Tomeo, en la entrevista que le hacen en Quimera, reconoce una notable falta de interés en el tema. “No me gusta tampoco demasiado lo que llaman minirelato, la literatura, de minificción, que son seis o siete líneas […] y punto, nada más, todo lo demás lo tiene que poner la imaginación del lector”. Pero, con todo, concluye: “Aunque yo tengo un volumen de minirelatos, a ver si encuentro editor”, una frase que se da de bruces con la de Valls, cuando asegura que Tomeo “ha logrado terminar asimismo un libro de microrrelatos, encargo de Menoscuarto”. A ver en qué quedamos: o es un encargo, o busca editor o qué.

Personalmente me quedo con ese momento publicidad que, como sin querer, se cuela en el obituario del escritor. Ese momento en el que la revista Quimera, que toma aquí conciencia de su muerte y resurrección —feliz, qué duda cabe, toda vez que está siendo capitaneada Clemot, el mejor amigo de los Valls—, tuvo la buena suerte de entrevistar, poco antes de morir, al escritor. O lo que es lo mismo: ahora que se han marchado los paquetes, ya pueden ustedes volver a comprar la revista de más rabiosa actualidad del panorama literario actual. 

Todo esto está muy bien. Tan bien, que no sé cómo no se nos ha ocurrido antes. Me refiero al asunto de publicitarse uno mismo y a sus amigos en los grandes acontecimientos tipo muertes, bautizos, comuniones y saraos erótico-festivos de eventos literarios. Habría bien en plantearse, El País, por ejemplo, la posibilidad de generar ingresos adicionales promoviendo el patrocinio de estos espacios. Así las revistas literarias podrían adelantarse y comprar los derechos de, por ejemplo, la muerte de Javier Marías, y de ese modo, cuando éste falleciese, disponer de banners y menciones a discreción, así como infinidad de links a la revista. O bien pueden ir en plan Valls y hacerlo de gratis total.







(1)Tengo una novela acabada, sin editor todavía (a), que me parece la mejor de las que he escrito, sobre un recaudador de contribuciones, siempre muy kafkiano el tema. Llega a una ciudad a cobrar impuestos de la gente y se encuentra con que ha desaparecido todo el mundo; a partir de ahí construyo una novela muy enloquecida. Ya está lista.” Entrevista en el Quimera de Junio de 2013.
a. Novela póstuma de Javier Tomeo. El fundador y director de Anagrama, Jorge Herralde, recibió hace tan sólo unos días la última novela de Javier Tomeo, El amante bicolor, convertida ya en la obra póstuma del escritor, que el editor prevé publicar a principios del próximo año. (22/06/2013. Última hora. El País).

jueves, 25 de abril de 2013

De Quimeras, Nocillas y otras plantas trepadoras

Hace aproximadamente un año -concretamente el seis de mayo de 2012- Iván Humanes publicó en su blog una entrevista a Juan Vico con motivo de la publicación de su primera novela, Hobo. Anunciaba también que el día 10 de ese mismo mes, el libro sería presentado en La Central del Raval por Fernando Clemot y Ginés S. Cutillas. Hasta aquí todo bastante mediocre, toda vez que los mencionados son unos seres humanos tirando a  desconocidos. Pero, he aquí que Fernando Clemot, Gines S. Cutillas, Juan Vico e Iván Humanes son, ahora, ya, en este momento, cuatro de los seis colaboradores de la nueva etapa de la revista QUIMERA que arranca en el mes de mayo. Haberemus (si no las habemus ya) amiguismos y mamadas a cascoporro, ya verán. 

Pero -¡orjanisasión!- vayamos por orden.  


La Nocilla herida por el rayo 

Pues resulta que a Jaime Rodríguez Z, que hasta ayer había sido director de la revista Quimera, le han dado dos señoras patadas: una en el culo (de patitas a la calle, lo han dejado) y otra en los huevos (fruto inmediato de una traición). Esto de ahora es un relato de los haceres y quereres de un par de seres humanos, a la sazón editores o escritores o arribistas culturales, pero en cualquier caso amigos y colaboradores, en las 24 horas siguientes al primero de los dos acontecimientos literarios del semestre: 

El miércoles 17, Jaime Rodriguez Z. anuncia en Facebook que ha sido fulminantemente destituido como director de Quimera. Dice que no sabía nada, angelito, aunque la cosa iba fatal; que el editor, Miguel Riera, le contó que estaba pensando cerrar la revista porque trabajaba a pérdida. Esto hace semanas. Hace días, Clemot, Fernando Clemot, anuncia que toma las riendas de la revista y hace pública la composición del nuevo equipo. (Ya llegaremos a eso.) Jaime, estupefacto, habla con Clemot pero Clemot no habla con Jaime y la cosa acaba en monólogo. Conclusión: todo el mundo pasa de Jaime, por lo que Jaime, herido, mete entre las piernas el rabo y se lanza al Facebook en busca consuelo, que para sentirse querido es un sitio ideal de la muerte. 

La respuesta es inmediata. Y masiva. ¡Todos quieren a Jaime! ¡Jordi Carrión (excodirector) quiere a Jaime, y Juan Trejo (excodirector) también, y Ernesto Castro y Luis Gámez y Vicente Luis Mora y Marc García (éste, muchísimo) y Manuel Vilas y…! bueno, en fin, media España quiere a Jaime. La media España de siempre, se entiende. Es una lástima que siendo tan majo, Jaime, no haya sido también mejor profesional. Me explico: hay en todo esto, un algo muy curioso: todos sus amigos, esos que lo apoyan incondicionalmente y le recuerdan lo grande que es, lo mucho que ha hecho, la increíble labor de estos últimos siete años (siete años, ya) no será olvidada, parecen no tener en cuenta que la revista pasa (o eso dicen, que habría que verlo) por una complicada situación económica. (Que ya tiene cojones, que una revista literaria que no paga por las colaboraciones no sea capaz de generar ingresos.) Si eso es así -vamos a suponer que sí- será porque hay alguien aquí que últimamente lo habrá estado haciendo como el culo, y el editor (un cobarde, un canalla y un impresentable, sí), que ha sido capaz de tener trabajando gratis durante años a un montón de gente con el cuento de hacerles el currículum, no puede ser el único culpable. 

Luego está Espigado, que es como un caso aparte. 


Espigado como caso aparte

Lo de Miguel Espigado no es normal. Ya lloró lo suyo cuando le dijeron no podía jugar en Diario Kafka y ahora vuelve a las andadas. Por el amor de Dios, que alguien abrace a este chico. 

Pero no hagamos sangre -bastante tiene con lo suyo-. Ahora bien, tampoco dejemos pasar un par de cosas interesantes que dice en un post de su blog. 

Lo primero es felicitarlo. Se ha hecho un hombre. Ha descubierto (un poco porque se lo han soplado, no se crean) que no se debe trabajar sin cobrar para un empresario, sobre todo si éste ha demostrado ser un canalla y un ladrón tanto en el pasado como en el presente. Aplauso. Cuesta creer que hubiese gente que todavía no lo sabía, pero así es. Lo bueno es que los tenemos localizados: trabaja(ba)n casi todos en Quimera. A Espigado, como a los demás, les hacía ilusión verse cada mes en la revista. “Qué coño, nos hacía ilusión ver nuestros textos en letra impresa; buscábamos méritos para el currículum profesional; queríamos visibilidad y promoción como escritores o críticos; sentíamos que el prestigio heredado de Quimera nos daba cierta pertenencia a la familia literaria española.” Ahora, si me perdonan un segundo, me voy a partir el culo de risa en la intimidad. 

Tiene gracia que todos estos se quejen ahora que ya no están ahí para seguir haciendo el memo, con perdón. Durante años el prestigio, la visibilidad, la promoción, los méritos y sobre todo el halo de estupidez consustancial que acompaña siempre al crítico literario y al colaborador ocasional, eran suficiente recompensa. Ahora que están en la calle, no. Ahora resulta que han sido engañados, como si fuesen críos durante una pataleta. Niños, niñas, colaboradores de Quimera, es mejor que lo sepáis: el Ratoncito Pérez no existe. 

La otra cosa interesante (y ya vamos llegando al fondo de la cuestión) que dice Espigado no la dice Espigado (esto es lo mejor) sino Clemot. Es un fragmento de la respuesta que da el segundo a las preguntas que le formula el primero: “[...] ¿qué hicieron los antiguos directores de la revista con los colaboradores de la otra etapa, la anterior a la anterior? ¿Les escribieron? ¿Les dijeron algo? Tengo testimonios si quieres y muchos. Te pueden interesar ya que buscas contrastar. Porque buscas eso, ¿no?” 

A Espigado esto le da igual, al fin y al cabo no le falta razón cuando dice que él no tiene la culpa de aquello, pero no hubiese estado de más, al ver las barbas de tus vecinos cortar y aun habiendo pasado más de seis años, poner las tuyas a remojar o haberlas puestos ya en su momento. Decía que a Espigado le da igual, pero a mí, no. 


Y a partir de aquí, todo suposiciones. 

Por el comentario anterior Clemot parece estar muy bien informado. Sí, ya sabemos que en este mundillo no hay secreto que valga, pero hay en su forma de hablar un deje, un asomo de rencor solidario que no parece encajar con la imagen de independencia que debería dar el gran jefe indio de la nueva directiva de Quimera. 

Hagamos un poco de historia. Antes de que Jordi Carrión, Juan Trejo y Jaime Rodriguez Z. se hiciesen con las riendas de Quimera, la revista estaba dirigida por Fernando Valls (en la foto). A mí todo esto me pilla de oídas, pero piensa mal y acertarás. Pues bien, aquello, dicen, fue un golpe de estado muy similar a este: se cortó (Miguel Riera, cortó) la cabeza de quien decían que había hecho grande la revista (Valls), se arrancó la raíz seca (colaboradores) e inmediatamente después se plantó el combinado de leche, cacao, avellanas y azúcar por todos conocido y se dejó al aire para que le diese el sol. Se quemó, claro. 

Y es más o menos por aquí cuando se me enciende la lucecita (que es como un diablillo que descansa sobre mi hombro y que me sopla indecencias al oído) y, bendito Google, voy haciendo sumas y restas y doy con lo que parece una buena relación entre Valls y Clemot que me da que pensar o cuando menos explica este silencio con pinta de Acto de Venganza Tardío. Un ejemplo: seguramente Valls anuncia en su blog el nuevo libro de Clemot porque le parece un joven prometedor y no porque lo conozca personalmente, trabaje con él y/o sea su amigo. He aquí un fragmento de una entrevista que Juan Luis Tapia le hace para el diario Ideal de Granada: “Nocilla fue una mera operación de medro a cargo de vendedores de humo disfrazados de vanguardistas... Sí hay, en cambio, otros narradores españoles nuevos de gran interés, como Andrés Neuman, Berta Vias Mahou, Ricardo Menéndez Salmón, Isaac Rosa, Pilar Adón, Elvira Navarro, Fernando Clemot o Ignacio Ferrando, por solo citar unos pocos nombres.” Estamos en lo de siempre: qué bueno es este chico y qué suerte que sea mi amigo. 

Respecto a la banda de Clemot, ¿qué decir? Los amigos están para las ocasiones. No parece el modo más profesional de trabajar pero la impresión es que, tal como decía cierto cuentista, esto va por manadas. Lo que aquí ha ocurrido es lo que ocurre siempre: la manada C ha expulsado a la manada Z de la charca del señor R, que es un señor que debe estar encantado con este permanente ir y venir de manadas y mamadas

Y es de esperar, Clemot querido, que a tu manada se la coma, de aquí a equis años, otra, quizá un grupúsculo literario a día de hoy demasiado joven y estúpido pero en vías de formación y posicionamiento. Y no miro para nadie. Yo, si fuese tú, iría preparando, ya, el discurso de despedida para cuando toque buscar consuelo en la red social de turno. En cualquier caso, mi más sincera enhorabuena.