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lunes, 5 de mayo de 2014

Sobre “Doctor Glas” de Hjalmar Söderberg

Llevo media hora dando vueltas por internet, rastrando reseñas de esta novela, leyendo algunas en diagonal, otras descartándolas en la segunda línea y en general me he dado cuenta de dos cosas, bueno tres: una, que perdemos demasiado tiempo en tonterías; dos, que habiendo más críticas de las necesarias venir a sumar otra es un ejercicio preocupantemente gilipollas y tres, que a la versión que yo leí debían faltarle páginas porque comparando lo leído con lo reseñado hay algunas cosas que no acabo de entender.

Dejen que les resuma brevemente el argumento: el Doctor Glas es un hombre inteligente y perspicaz que si peca de algo es de exceso de celo a la hora de aplicar las leyes vigentes, como por ejemplo, el aborto. Entre los pacientes del doc se encuentra el pastor Gregorius, un tipo entrado en años y en carnes, casado con una joven hermosa a la que lleva veinte años y a la que insiste en preñar a golpe de egoismo. Esto a ella ya no le gusta, le da un poquito de asco su pilila, igualito que el médico, el doctor Glas, que siente desde su más tierna infancia una suerte de rechazo a todo lo sexual, lo cual, en cierto modo, acaba por unirlos en la desdicha de no querer ser follados. Ella le pide protección, le dice: no deje que me viole. Glas lo intenta primero por las buenas, mintiendo, diciéndole al viejo qué débil es su corazón ándese con ojo, pero el buen pastor es una fuerza de la naturaleza y continúan los envites. Total, que al final el doctor decide dejar un rebaño sin pastor. 

Ya, lo siento, tenía que decirlo.

Lo que no comparto con el resto de la crítica es que la explicación al, digamos, posible crimen, pasa por hacer del médico un loco enamorado de la mujer de otro. Esta simplificación del crimen como algo pasional es bastante insultante, la verdad, sobre todo si tenemos en cuenta que es harto evidente que el médico lleva bastante mal el hecho de no aceptar su condición homosexual. Doctor Glas, reprimido gay asesino, sí; Doctor Glas, tonto galán enamorado, pues mira, no.

«Pocas veces he visto un hombre tan hermoso. Fríos ojos de un gris claro, pero en un marco que los hace parecer soñadores y profundos. Cejas perfectamente rectas y horizontales, que llegan hasta cerca de las sienes; frente de mármol blanco, pelo oscuro y espeso. Pero en la mitad inferior de la cara es la boca lo único perfecto; por lo demás se encuentran ligeros defectos, una nariz irregular, una tez oscura y como quemada, en fin, todo lo que hace falta para salvarlo de aquella perfecta belleza que acostumbra a suscitar la burla
[Hablando ahora de una mujer] «Tiene unos ojos claros y sinceros y una rica cabellera morena. La nariz no está del todo bien modelada. La boca... En cuanto a su boca no me alcanza la memoria. Ah, sí, es roja y tirando a grande, pero no la veo con toda precisión.»

De hecho, Ella (la Ella de la cita inmediatamente anterior, no la Ella del párroco) es una pretendienta, un partidazo por la que el doctor siente esta clase de desmedido afecto: «Tiene buen corazón, esa chica... ¿Y si la dejara amarme? Estoy tan solo. El invierno pasado tuve un gato de rayas grises, pero escapó al llegar la primavera.» 

Todo un romántico, el doctor.

Me gusta la versión de asesino que necesita ser tenido en cuenta más que amado, entre otras cosas porque enriquece bastante la novela, que pasaría de ser una hermosa novelucha de amor a ser una épica y elaborada auto-justificación de un crimen por motivos mucho más complejos que los que da a entender y que desde luego tienen muy poco, muy poco, más bien nada, que ver con el amor: «¿Cómo era aquello? ¿Yo buscaba una hazaña que cumplir, verdad? La mendigaba. ¿Es eso una hazaña, mi hazaña? ¿Lo que hay que cumplir, lo que yo solo veo que hay que cumplir y lo que nadie salvo yo se atrevería a cumplir? Lo menos que puede decirse es que presenta un aspecto un poco raro, mirado como una hazaña.»

Lo que sea.

Estupenda novela, salpicada de reflexiones en torno a la vida, la muerte, la moral y otras cosas del matar. Muy recomendable, especialmente a todos aquellos que planeen cometer un crimen.

«Querido amigo, sabes tan bien como yo que la moral se encuentra en estado fluido. Ha sufrido alteraciones sensibles incluso en los irrisorios instantes que tú y yo llevamos en este mundo. La moral no es más que ese famoso círculo de tiza alrededor de la gallina: solo encierra a los que creen en ella. La moral es la opinión que tienen las otras gentes sobre lo que es justo. Pero lo que ahora se discute es mi propia opinión.»





sábado, 31 de agosto de 2013

Un vistazo a la rentrée 2013

El otro día alguien me veía entusiasmado con la rentrée de este año y no, qué va, para nada. Lo que pasa es que no se consuela el que no quiere y después de este verano tan aburrido (y aquella primavera tan floja) cualquier novedad es bienvenida. Lo cierto es que hasta hace dos días no había pensado mucho en la cuestión –aquello quedaba tan lejos— pero arranca septiembre y hay que empezar a decidir en qué nos gastamos el dinero, en qué se lo hacemos gastar a papa estado y en qué no vamos a perder ni medio minuto. 

El dinero no me lo quiero gastar en nada, y menos en libros, que al final sólo sirven para coger polvo, pero si tuviera que hacerlo desde luego no sería en la biografía de Salinger que Seix Barral sacará dentro de nada y que parece nada más que un vehículo de promoción de las nuevas novelas del escritor que, dicen, podrían ver la luz en 2015. Y hablando de biografías, tampoco parece especialmente interesante la de David Foster Wallace (Debate) que también será convenientemente resucitado el 5 de septiembre con “El cuerpo y lo otro” (Mondadori), la que suponemos será su última colección de ensayos, por lo menos hasta que alguien limpie algún cajón y dé con material para otros doce volúmenes.

Una compra segura de noviembre será el resultado de la nueva traducción de “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski que está llevando a cabo Alba Editorial. Conociendo a Alba y al ruso es de suponer que la broma saldrá por un buen pico, pero esto es mucho más que una vulgar tentación y tampoco hay que pensárselo mucho.

Mientras escribo este post recibo una par avances editoriales. El primero es de Eterna Cadencia que dice que edita, entre otros, “El traductor” (“relato de un genio casi desapercibido”) de Salvador Benesdra y “Padre contra madre” del también genial escritor brasileño Machado de Assis. Todo lo editado por estas pequeñas editoriales es absolutamente genial, no reconocido en su momento o bien algo que tiene que ver con la estrechez de miras de unos y el ojo extremadamente atento de otros. Todo es siempre lo nunca visto y luego resulta que la mitad es reedición. El otro avance es de, Automática editorial, que arranca su segundo año de vida con más rusos (les gustan mucho los rusos a esta gente), en este caso con Yura Buida y “El tren cero”, una novela que no tiene mala pinta sobre un misterioso tren y la gente que vigila su paso por un páramo desolado y que incluye párrafos tan espantosos como este: “El coronel se cuadró para saludar al tácito convoy, y mientras este se alejaba raudo hacia la noche, las lágrimas recorrían sus tersas mejillas, dos veces afeitadas”. Habrá más de Gorki (empezaron reeditando sus memorias) y, oh sorpresa, “Las enseñanzas de Don B”, del gran Donald Barthelme, libro que, desde ya, algunos esperamos con ilusión.

Ahorrar, lo que se dice ahorrar no he ahorrado, pero lo que sí he hecho (llevo en ello dos días) es pedir por esta boquita, a mi biblioteca habitual, lo siguiente: De Seix Barral, “Ha vuelto” de Timur Vermes, una novela que resucita a Hitler para reírse de él (una actitud que recuerda mucho a la de Román Piña en “El general y la musa” (Sloper), donde éste “repescaba” a Franco y lo ponía a tocar jazz en Mallorca o no sé qué fumada). También he pedido “La habituación oscura” de Isaac Rosa, claro que después del anterior no sé yo. Esta es un poco más o menos la misma infundada sospecha que tengo con Torné, que repite en Mondadori con “Divorcio en el aire”. Más de Mondadori: a corto plazo, “La infancia de Jesús” de Coetzee del que ya ha leído opiniones lo bastante contradictorias como para sentir de curiosidad y a largo plazo (nos metemos en noviembre) lo nuevo de McCarthy (“El consejero”), Dave Eggers (“Un holograma para el rey”), Dennis Johnson (“Hijo de Jesús”) y los polémicos Jeremías Gamboa con “Contarlo todo”, la novela que dicen que Vargas Llosa leyó del tirón, de puro interesante, sentado junto al buzón al que le llegó y Daniel Gascón, el eternamente hijo disimulado de Antón Castro, al que persigue la cruz de pésimo narrador, un sambenito que todavía no he podido verificar y que publica “Entresuelo”. En cualquier caso nos alegramos por él y ese salto a las ligas mayores, aunque sea Mondadori, esperando que así no sea tan difícil llegar a sus libros. 

Otra que da un salto (aunque éste lo suponemos al vacío) es Ainhoa Rebolledo, conocida en este blog como la mujer que escribió la peor novela de 2013 (con permiso de Fresy Cool): “Antropología de la noche madrileña” (sigueleyendo), una aventura en la que veíamos a la joven Ainhoa sentar la cabeza tras los excesos propios de la edad. (Reseña aquí). Pues bien, ahora, un año después, la muchacha sigue el ejemplo de los osos perezosos y se sienta a tricotar. El resultado es “Tricot”: “Unas chicas desencantadas se reúnen para aprender a tricotar y así calmar su angustia. Sin comerlo ni beberlo terminan fundando en Barcelona un club de tertulia literaria y calceta creativa: las Tejedoras del Metal. Sin embargo, en un ajuste de cuentas, Leopoldina Roble, Crisis Carballo y Elena Rebollo deciden fundar La Liga de las Mujeres Extraordinarias con el único y ambicioso plan de sobrevivir con elegancia. Tricot es la historia de un fracaso.” (Esto último ha sonado a premonición). Lo editan unos valientes, Principal de los libros, que por alguna razón creen que ganar dinero con esto (jajaja) no equivale a perder la dignidad.

Cambiando de tema. No he visto nada especialmente interesante en Caballo de Troya. Quizá “La visita” de un tal José González, un libro que según la contraportada (que parece escrita por el mismísimo Paulo Coelho) servirá para darnos cuenta de que aquello que nos define está en las pequeñas cosas. En fin. Me agarro a un clavo ardiendo pero es que el chaval es de Lugo y la tierra tira. También de Lugo (¿qué coño pasa en Lugo?) es Manuel Darriba, que con “El bosque es grande y profundo” reescribe Hansel y Gretel en clave de relato de supervivencia y apocalipsis. Cosas del efecto Carrasco, supongo.

Siguiendo con el apocalipsis (vean con qué elegancia voy encadenando temas) Alpha Decay ya tiene preparada para el 14 de octubre la vuelta de Blake Butler, el autor de Nada, con una “sorprendente novela en forma de relatos” (que es una cosa que aquí no hemos visto nunca) llamada “El atlas de la ceniza” donde unos pocos sobreviven al fin del mundo y tal. Pero la gran estrella de la temporada es la co-publicación con Pálido Fuego (quien parece guardar en celoso secreto sus novedades) en noviembre de “La casa de hojas” de Danielewski, un libro que pide a gritos una versión en 3D.

Lumen publica mucho (he contado 16 libros de aquí a noviembre) pero me quedo, de todo, con “Butcher´s Crossing” de John Williams, el autor de “Stoner” o “Por si se va la luz” de la desconocida joven Lara Moreno, uno de esos fichajes que mantiene viva la esperanza entre la juventud y fomentan la escritura. Maldita seas, Lara Moreno. Pediré también, por vicio, aunque con la boca pequeña, lo nuevo de Jorge Edwards, “El descubrimiento de la pintura” y la segunda parte de la trilogía napolitana de la misteriosa Elena Ferrante, si acaso algún día me decido a terminar el primero. 

Por ir cerrando temas, de Anagrama sólo hay tres cosas que, de momento, me llaman la atención: “Librerías” es el ensayo finalista del Herralde en el que Jorge Carrión “crea una posible cronología del desarrollo de las librerías y su representación artística”, signifique eso lo que signifique; “Canadá” de Richard Ford (sobre el que publicó Babelia un extenso artículo el pasado fin de semana) y “El camino de Ida” de Ricardo Piglia. Alfaguara cuenta con “El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa, que ya le dará para hacer el agosto y “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, que apunto únicamente por no dejar desangelada esta parte del párrafo. Sobre cualquiera de estas dos editoriales encontrarán más información en cualquier parte. 

No como Sexto Piso, que quitando alguna mención pasa un poco desapercibida. La he dejado para el final por la siguiente razón: es la que publica el libro que, con diferencia, más me apetece leer. Seguramente sea, junto con “Butcher´s Crossing” de John Williams (Lumen, octubre) o “Sermón sobre la caída de Roma” de Jerome Ferrari (Mondadori, septiembre), lo único por lo que siento sincero interés, diría que hasta inquietud, diría que hasta un asomo tolerable de locura. Todo lo demás… bah, todo lo demás, todo eso de Anagrama, Debate o Alpha Decay, todo eso es puro entretenimiento de una tarde con ganas de escribir algo para el blog. Súmenle a esto una reedición de “Memorias del subsuelo” de Dostoievski en su sección de Ilustrados con unos magníficos dibujos de Jorge González y no le pidan más a la vida. Termino la sección Sexto Piso con un par de apuntes más: “Frankenstein” de Mary Shelley (también ilustrado); algo de David Grossman que tiene que ver con abrazos, o una novela donde las minúsculas parecen tener bastante importancia llamada “Del color de la leche” de una tal Nell Leyshon. En el apartado Realidades —del que me he declarado fan en numerosas ocasiones— Thomas Frank, que dicen uno de los mejores escritores de izquierdas de EEUU y es autor de la apetecible “La conquista de lo cool” (Alpha Decay, 2011), publica “Pobres magnates” donde seguramente se ponga a parir a alguien. Harry Browne hace lo propio con “Bono, el hombre del poder” un libro que viene a acabar con la imagen que el mundo tienen del Bono bueno, una propuesta absolutamente genial para leer un sábado por la tarde con “The Joshua Tree” de fondo.

* * * * * * * * 

Fin del resumen. Sé que me dejo un montón de libros y, lo que es peor, un montón de pequeñas (y grandes) editoriales como pueden ser Salamandra, Gadir, Errata Naturae, Blackie Books, Acantilado, Alfabia, Impedimenta, Navona, Nevsky, Nórdica, Rayo Verde, RBA, Salto de página, Lengua de trapo y un largo y aburrido etcétera, pero desde este rincón del mundo y únicamente con Google como herramienta de trabajo (y enganchado como estoy a la última temporada de Breaking Bad), servidor no puede, ni quiere, hacer mucho más. Si algún día recopilo suficiente información prometo repetir la experiencia. Hasta entonces, sean felices y no se lo gasten todo en libros.


(¿Continuará?)


jueves, 22 de agosto de 2013

RESEÑA de “Hijos apócrifos” de Víctor Balcells Matas

[Conviene recordar que] este es libro que taché de infumable al llegar a la página 212, la misma en la que juré abandonarlo, juramento que más tarde, durante un arrebato, incumplí. El post anterior es el resultado de aquello. Lo cierto es que estoy harto de hablar de este libro por lo que esta reseña debería ser anormalmente breve. (La palabra clave es debería.)

He aquí la causa de mi indignación: uno suponía, y no lo suponía porque sí, que esto (siendo esto el dichoso libro) abordaba, con humor, las relaciones paterno-filiales. Más tarde, en una entrevista que le hicieron a Víctor en La Vanguardia, me enteré de que el verdadero tema del libro era “la imposibilidad de estar muy cerca de las personas que nos interesan y a las que amamos”. El tema cambia de cojones, sobre todo si se tiene en cuenta el título, que así parece puesto para despistar.

La novela es una comedia y efectivamente, tal como apunta Javier Avilés en su reseña, tiene mucho de screwball y también mucho de crítica burlesca al abyecto mundillo literario de poetas trepadores, escritores infames o engreídos o ambas cosas o todo lo peor que se imaginen ustedes que pueda ser un escritor. La novela no deja títere con cabeza y ya sea usted editor, poeta, ensayista, biógrafo, novelista o hijo de tal o pascual, se verá fielmente retratado por Víctor Balcells Matas como un perfecto gilipollas. Para reforzar el carácter literario de la cuestión se acompaña la novela de múltiples referencias, títulos de novelas o nombres de escritores famosos (“Jean, Paul y Sarte emprendieron un ataque contra mí, un ataque existencialista y absurdo, de golpes flojos.”) porque a la gente del medio, que al final son los que a la postre compran estos libros (o se interesan por ellos), les gustan mucho verse inmortalizados, pero sobre todo porque no tener otra cosa en la cabeza que literatura acaba por ponerlo todo perdido de literatura. 

Y puesto que tiene 463 páginas y la idea propuesta (la de un hijo buscando un padre) se va demorando página tras página, se acompaña de mucha nadería insustancial, pensamientos fugaces y reflexiones de ida y vuelta, que son aquellas que salen de la historia total para volver a entrar:

Al salir del bar Arturo se encontraba mareado. [Arturo no es el nombre del bar.] La realidad parecía más luminosa, expandida, vívida. Bajo los efectos del Gin-Tonic se apreciaban mejor sus virtudes y defectos. El artista Vonnegut-Lachaise estaba junto a la puerta del local, alegremente rodeado de sus discípulos. Tenía una cara de persona normal, un cuero normal y piernas largas de persona normal. Barba, se podría decir, pero qué clase de barba, romana imperial tardía, al estilo Caracalla, o quizá siglo dieciséis. Por alguna razón difícil de precisar era un artista célebre y celebrado.

El caso es que uno (yo, en este caso) la va leyendo, la va entendiendo y la va apreciando por lo que vale, por lo que ha debido costar dar forma a tanta referencia más o menos velada de tanto conocimiento amulado durante 27 largos años. Uno le va perdonando (siente que debe hacerlo) la incontinencia verbal del que no quiere renunciar a nada; uno le va cogiendo cariño, al escritor también; la va queriendo, se va riendo (a ratos, cuando se le escapa) y poco a poco, poquito a poco, se acaba cansando. Y se va cansado, entre otras cosas, de no ver nunca la novela avanzar en ninguna dirección, que todo en ella parecen ramales sin salida, que parece la idea central una cosa que no acaba nunca de ser alcanzada, que todo es prestar atención a los flecos. Y no será por páginas. Y no será por relleno. Y no será por diálogos innecesarios (elijan al azar y prueben a obviar lo que no sea diálogo puro y duro y verán como nada cambia, como todo es igual, como en el fondo nos podíamos haber ahorrado los tres cuartos de hora que necesitábamos para ver otro capitulillo de Breaking Bad). 

De ahí mi hartazgo en la página 212; de ahí el cabreo, de ahí la indignación de no ver nada más que gansadas (en cualquier sentido de la expresión) de un proyecto de escritor de veintitantos queriendo demostrar que el tamaño no importa y que todo lo cura el poder vivificante de la risa. El caso es que de ahí el infumable, injusto seguramente, precipitado no, pero exagerado quizá sí. O quizá no, porque la bajada de ritmo de la segunda parte (la mortalmente aburridísima segunda parte), es tan agresiva, se hace tan pesada y tan lenta, tanto, que el castigo de someter al lector (al bueno del lector, al paciente y crédulo lector) a cien páginas de ires y venires de dos seres a cual más lerdo es como para cerrar el libro y tirarlo a un mar con tiburones.

El problema de fondo de todo esto, —he aquí una cuestión personal que no quiero eludir— es que servidor esperaba algo que girase en torno a lo paterno-filial, que es un drama muy socorrido para pasar la tarde, o, como dice Balcells, sobre “la imposibilidad de estar muy cerca de las personas que nos interesan y a las que amamos”. Y de todo eso, nada monada. Tener un padre que ignora a un hijo y viceversa no es suficiente para darle categoría de argumento, y no lo es porque Balcells ese problema se lo pasa por el forro de los cojoncillos durante dos terceras partes de la novela. Se nota que a él lo que le apetece es la risa, el cachondeo, el tonteo literario, ocultar referencias, dibujar un pozo en una pared e invitarnos a sacar agua de él. 

Entré en su habitación: no había nadie. Entre en el salón, en la cocina. Merodeé como el cazador en la jungla: no había nadie.
Estaba solo en casa.
Me quité la camiseta. Me quité los pantalones.
Viva la vida.
Me acerqué a mis bonsáis. No supe qué decirles. Los acaricié. Mis bonsáis. Yo amo todo lo arbóreo. Si fuera planta querría ser un pino, siempre verde y dispuesto a la procreación.


Nota: El mismo día que se publica este post, Jordi Corominas publica una entrevista con el escritor AQUÍ.


lunes, 19 de agosto de 2013

IN-FU-MA-BLE (Una aproximación a “Hijos apócrifos” de Victor Balcells Matas)

¿Alguien sabe si se pude decir en horario infantil que un libro es INFUMABLE? ¿Y por la noche, a partir de las diez/once, se puede decir? ¿Se puede decir INFUMABLE al amanecer, cuando casi todos duermen y nadie te lee, como los árboles esos que no hacen ruido al caer porque nadie los oye? Javier Avilés, escritor y blogero, cree que no, nunca. En su opinión, hay que matizar. En su opinión habría que decir: “En MI opinión, este libro es INFUMABLE” porque de lo contrario estaríamos haciendo una cosa horrible, terrible y mortal: estaríamos categorizando, nada menos, que después de pegarle a un ciego es LO PEOR.

Pero dejen que les explique de qué va la película.

Ayer por la tarde, tirado junto a la piscina, leía yo un libro, concretamente el libro de Víctor Balcells Matas llamado “Hijos apócrifos”. Era mi lectura una lectura ardua, pesada; era mi lectura una lectura indigesta, era mi lectura como un parto, pero era mi paciencia tal que a pesar de ello o quizá, de algún modo, precisamente por ello, seguía yo, con cabeceos constantes, eso sí, el hilo conductor de aquello que venía pareciéndome, desde la página 140, un bodrio. Un bodrio infumable, para más señas. En la página 212 me planté (o quise hacerlo) y subí tanto a twitter como a Facebook el siguiente mensaje: “Página 212 de Hijos apócrifos. No puedo más; lo dejo. INFUMABLE”. En buena hora. Sapos y culebras. 

A Jordi Corominas le gustó (el libro, no mi comentario), y así me lo hizo saber. Le gustó sobre todo la primera parte, precisamente la que menos me gustó a mí. Pero bien, nadie es perfecto. Decía (Jordi) que la estructura estaba bien, que Víctor no escribía por escribir (!), que el libro tenía referencias que iban más allá de lo manido y que algo así no era nada fácil de parir. Bueno, en fin, quitando la cuestión de las referencias, que ya veremos, el resto es más que discutible. Bromas aparte, de la estructura de momento no puedo hablar, pero eso de que Víctor no escribe por escribir… en fin. Lo hace, claro que lo hace. Y tanto que lo hace. Pero ya hablaremos de eso otro día.

A Javier Avilés también le gusta la novela. Le encanta la novela. Creo. Y, al igual que Jordi, también me lo hizo saber. En realidad lo único que dijo, Javier, en su réplica a mi tuit, fue que “Hijos apócrifos” no sólo no era infumable (¡ni mucho menos!) sino que era mucho mejor que otras cosas (“Todo es falso, menos alguna cosa”, Rajoy, 2013, fin de la cita) que se publican actualmente, sin llegar a poner ningún ejemplo quizá porque Javier Avilés parece la clase de crítico que hablaría mal de un libro siempre que no corriese el riesgo de encontrarse con el autor en algún sarao literario. Este modelo de crítico abunda y además gusta mucho. Con razón, al fin y al cabo, un crítico complaciente es el mejor amigo del escritor, que lo situará muy por encima del perro en su escala de valores.

El problema, en opinión de Javier, es que yo, como lector, tengo un problema: paso con demasiada facilidad de la opinión personal a la categorización (de “no me gusta” a “infumable” va un mundo, argumenta); que decir que “un libro que no soporto es un libro infumable” es una opinión personal sin lógica interna como proposición. Qué listo. Pues claro, nos ha jodido. Venimos a descubrir la pólvora. Pero, ¿acaso no categorizamos todos todo a todas horas del día, a un nivel mas o menos personal? ¿Acaso tachar a un árbitro de imbécil desde la barra de un bar o hablar de buena y mala literatura sin poner ejemplos o considerar que “este libro es MUCHO MEJOR que OTRAS COSAS que se publican actualmente” no es categorizar? No, claro que no. Categorizar es decir que el libro de Víctor Balcells es infumable. Eso sí es categorizar. ¿En serio es necesario el matiz? Pero la gran pregunta no esa. La gran pregunta es esta: ¿hubiese tenido Javier Avilés la misma reacción si mi comentario hiciese referencia al último éxito de Alfaguara “La verdad sobre el caso Quebert” o acaso tiene algo que ver todo esto con el hecho de que Víctor Balcells es, tal como dice en su reseña, un amigo? ¿Estaríamos teniendo esta conversación si el libro de Víctor fuese, perdón, me hubiese parecido, COJONUDO? 

Y puestos a cuestionar: ¿habrá influido esta amistad de algún modo en su forma de leer la novela o en la interpretación que hace de ella o en la valoración del esfuerzo que le ha supuesto a Victor escribirla? Nunca lo sabremos, pero podemos suponerlo.

No busco pelea con Javier. Simplemente me pregunto qué creemos que somos o qué importancia nos damos los que reseñamos libros en la red desde una plataforma gratuita para sentirnos en la “necesidad” u “obligación” de demostrar objetividad o de medir nuestras palabras en según qué casos. A ver si lo dejamos claro de una puta vez: no somos nada. No somos nadie. Somos gente que tiene un blog, eso somos; somos uno entre cien millones. Somos la clase de seres humanos que cuando leemos un libro que no nos gusta, lo tachamos de infumable o no, según sople el viento. Y desde luego no somos objetivos. El que quiera objetividad, que la pague. Y a quien le guste, bien, y a quien no le guste, que se lo haga mirar. 

* * * * * * *

CUÁL es nuestra autoridad y quien nos ha erigido QUÉ es algo que Iago Fernández (escritor, blogero, crítico… hombre orquesta, en definitiva), a raíz de esta pequeña polémica y con su simpatía habitual, ha querido dejar claro en el comentario que dejé en Facebook:

“Yo coincido con que el problema es tuyo y sólo tuyo; y así lo deberías anunciar, ni que fuera por respeto al trabajo ajeno. Principalmente, porque no tienes ninguna potestad o mérito -cultural, intelectual- para emitir un juicio objetivable sobre libro alguno, mucho menos para discernir su calidad. Cuentas con tu opinión -o mejor dicho, con tu impresión, porque una opinión necesita de juicios propios o de juicios heredados de cuya procedencia sabes- y nada más. Yo digo que el libro es bueno, muy bueno.”

Yo no sé cuántas veces habremos follado Iago y yo para que sepa tanto de mi falta de méritos culturales o intelectuales a la hora de emitir juicios personales (han tenido que ser unas cuantas, porque lo ha clavado), pero si algo que está claro es que a él sí le gustó. A él sí le parece bueno, muy bueno, el libro de Balcells. Y por el tono parece que él sí tiene juicios propios o heredados; parece que él si tiene potestad o mérito –cultura o intelectual- para emitir juicios objetivables sobre cualquier libro. Él sí. ÉL —que al igual que Avilés es amigo de Víctor, seguramente más amigo de Víctor que el propio Avilés— SÍ. Yo soy bueno para gastarme el dinero en su libro o en el de su amigo o dar las gracias a la madre que lo parió o para alabar sus excelencias pero no para dar mi parecer si el libro me parece (o es) in-fu-ma-ble. 

Por situarles: Iago Fernández, damas y caballeros, es alguien capaz de dar en Goodreads la máxima valoración a su propia novela, o a Hijos apócrifos o a un pequeño ensayo de Antonio J. Rodríguez (cinco estrellas) y la menor (una) a Crimen y Castigo de Dostoievski, por poner algunos ejemplos al azar, mientras imparte, desde la autoridad que le otorga una carrera de letras y el estrecho círculo de amistades que tiene en el cuchitril literario español, lecciones sobre juicios críticos, propios o ajenos, y de objetividad

Pues así está el panorama de las nuevas generaciones espontáneas de críticos, lectores, escritores y lo que se tercie.


viernes, 22 de marzo de 2013

“Tierra” de David Vann

Hagamos un repaso a la traumagrafía de David Vann.

(Uno) El tipo escribió Sukkawn Island para hacer algo con los demonios que lo atormentaban desde la infancia. De chaval su padre lo invitó a pasar un año en Alaska, él no quiso y el viejo se suicidó. En la novela un niño de más o menos la misma edad viaja a Alaska para pasar un año con su padre en una cabaña que hay en una de las muchas islas de la zona. También aquí hay tiros. La novela fue publicada en 2010 por Alfabia. 

(Dos) Mondadori, viendo el filón, debió comprar los derechos del siguiente parto y en 2011 publicó Caribou Island, una novela a la que en 2011 nos tiramos de cabeza (sin protección) todos aquellos que habíamos disfrutado de la anterior. Caribú Island también está basado en hechos reales. En ella un imbécil de cierta edad se lleva a su abnegada esposa a un islote miserable en el centro de un lago en Alaska para construir una mierda-cabaña. Tienen dos hijos más tontos que calabazas que vagan por la novela con sus miserias a cuestas, quizá para dar un poco más argumento a una cuestión que de otro modo se quedaría en nouvelle. Pena de exceso. La novela dedicaba demasiado tiempo a narrar un calentón del yerno cuando lo realmente interesante estaba en la parte de la historia que se centraba en los dos viejos. 

(Y tres) Y ahora, sólo un año después, Tierra (*) a la vista. Y otra vez Mondadori. Nos dejamos de islas, nos dejamos de lagos, de islotes, de glaciares; abandonamos Alaska en patas de los caribús y nos vamos, con Vann, al sur, ¡a la soleada California!, a una granja igualita igualita a la que tenía su familia y en la que su abuelo se entregaba al maltrato antes de pegarse un tiro o lo que sea que hagan en esa parte del mundo para acabarse la vida. 

Galen, el protagonista, es otro perfecto capullo (si a Vann hay que reconocerle algo es la capacidad de crear personajes odiosos). A través de él asistimos a la pelea que libran su madre y su tía por la herencia de la abuela, una vieja que no tiene todavía mucha pinta de cascar. Una cuarta parte de la novela es la habitual lucha a muerte por hacerse con un fideicomiso. En su mayor parte, prescindible. Otra cuarta parte es Galen masturbándose o follándose a su prima. El resto es David Vann en Modo Stephen King: una madre, un garaje y una ida de olla total. En general, demasiadas páginas (otra vez). De hecho, la primera parte de la novela existe únicamente para llevar al lector al error, hacerle creer que sabe quiénes tienen la razón y quiénes la han perdido, porque llegado un momento, casi todo lo que hemos visto, absolutamente (casi) todo deja de tener importancia.

Novelar cada puta rama de tu árbol genealógico da para mucho si la mitad está como una cabra. Esto lo digo porque esta nueva novela se vende como el análisis que el propio Vann hace de sus recuerdos y de la rabia que siente hacia su madre. También como homenaje a un abuelo que se le suicidó (y Vann...) y, bueno, todas esas cosas tan terribles que le han pasado al escritor y que supongo iremos descubriendo poco a poco.  

Resumo el resultado: media novela es un peñazo de historia que no conduce a ninguna parte, que sólo sirve para llevar al lector a engaño y ganarlo para la causa a golpe de efecto sorpresa. El resto es la locura desatada de uno de los personajes; el relato de su obsesión y el subsiguiente maltratamiento de la cosa materna. Mucha carpintería, también, como viene siendo habitual en Vann: un continuo transportar tablones bajo de un brazo, clavarlos con puntas enormes, encajarlos en el suelo y también cavar, cavar, cavar, que por algo se llama Tierra.

Una pena este chico, Vann; con lo que prometía, y que prontito nos lo han desgraciado.




(*) Mondadori, 2013. Traducción Luis Murillo Fort