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lunes, 3 de junio de 2013

“Yo, precario” de Javier López Menacho

Mí no entender.

Resulta que este librito de Javier López Menacho está teniendo, para lo que viene siendo habitual, bastante éxito. Paseo por la red y encuentro una reseña tras otra, una entrevista tras otra, un mención tras otra y casi todas (las que leo) tienen ese punto elogioso de reconocerle un mérito enorme, ya veremos cuál. No se elogia el aspecto narrativo –no lo merece– pero sí el estilo ágil, directo, desenfadado, coloquial, ideal para reflejar el absurdo del mundo laboral. Pero sobre todo se glorifica (tómese esto con pinzas) a Menacho por haber escrito un libro denuncia de la generación del empleo precario. El acabose, esto.

El libro (de momento no lo llamaremos novela) es una compilación de crónicas en trabajos de mierda que ha sufrido (más que tenido) el autor en empresas que, por cierto, no se atreve a mencionar no vaya a necesitarlas algún día. Cosas como vestirse de chocolatina o captar clientes para una empresa de telefonía o promocionar coches durante la Eurocopa o campeonato futbolístico similar.

Pero entremos en materia.

Hay un párrafo muy interesante que se repite en por lo menos dos de los blogs de reseñas que he visitado y que no me resisto a comentar: 
Estoy aprendiendo los límites del mercado laboral, la degradación de la dignidad humana alrededor de la idea de que para vivir hay que trabajar, estoy viviendo una época de la historia que resulta deprimida pero apasionante y, al tiempo, aprendiendo mis propias limitaciones como persona. La incertidumbre de no saber qué hay más allá del mañana es, en cierto modo, adrenalina pura, algo que te hace sentir vivo.
Vamos a ver: ¿estamos tontos o qué? Ahora va a resultar que en este país sólo hay funcionarios; que nadie ha pasado por lo mismo que el autor; que a nadie le han pedido experiencia laboral con veinte años; que nadie ha sufrido el momento incorporación al mercado laboral, ni ha tenido que comer arroz cinco días a la semana; que nadie ha encadenado trabajos de mierda mal remunerados hasta dar con uno decente. ¿En serio este libro-crónica de empleos precarios tiene algo de novedoso que lo hace merecedor de tanta atención? ¿Acaso sirve para algo más que para demostrar la importancia de los talleres de periodismo? ¿Descubre algo que no sepamos, que no veamos cada día en el telediario, contra la que no vociferemos cada semana en alguna manifestación? Dejen, ya les contesto yo: no, no y no.  NADA. NI-UNA-PUTA-COSA. Tiene como novedad que el protagonista sea durante un rato una chocolatina, por ejemplo, que es algo sobre lo que yo nunca había leído, pero vamos, que no sé si tamaña estupidez es digna de mención una sola vez no digamos ya repetirla durante setenta páginas que es lo que dura el trabajito con el disfraz dichoso. Ahora va a resultar que hacer encuestas por la calle se inventó ayer.

Pero más allá del absurdo de la pretensión del libro (que ya supongo poco más que un entretenimiento para el autor, no así para la crítica que, una vez más, se cubre de gloria con la glorificación) está la cuestión del resultado. Medio libro es él siendo una chocolatina, ya lo he dicho, pero es que ser una chocolatina no da para medio libro si no es a base de repetir desgracias tipo cuánto-pesa-el-puto-traje y desde luego no justifica discursos infantiloides de consolación:
Marcos [5 años] y yo fuimos amigos sólo dos horas pero, durante ese tiempo, fuimos los mejores amigos. Y hay gente que no consigue un mejor amigo en todos los días de su vida. Me enseñó que aunque yo tenga perdida la guerra, hay batallas que aún puedo ganar y que este trabajo, por ridículo que parezca, está lleno de pequeñas, minúsculas satisfacciones que valen su peso en oro.
Céntrense, hagan el favor: o tenemos un trabajo de mierda o no tenemos un trabajo de mierda pero baboseos, los justos, que luego parecerá que en el fondo disfrutamos de la violación (de derechos, se entiende).

Bromas aparte esto no es, ni de lejos, lo peor. Lo peor viene después, en el último trabajo de los relacionados (¿habrá segunda parte?), cuando a la cosa le salen las pelotas:
El tiempo pasa con mi ración de comentarios plagados de tópicos futbolísticos y un público escaso pero agradecido.
Este comentario lo hace mientras trabaja como captador de público para los partidos de la Eurocopa del año pasado que parece que al final ganó España. Enhorabuena, por cierto. Una vez captados, a los veinte o treinta telespectadores les da un poquito la paliza con mira-este-coche-qué-bonito. Pues bien, quizá como demostración de que la cita anterior no es fruto de la casualidad, el libro, durante cuarenta páginas, encadena citas futbolísticas con otras de corte crítico con otras de corte lastimero con otras de corte bondadoso con otras de corte y confección. Juro por mi gato que no miento:
España parece más fuera que dentro cuando marca Jesús Navas, un niño de un barrio pobre de Sevilla. Iniesta controla una pelota elevada de Cese, la para majestuosamente con al­guna zona del pecho y, ante la salida del portero, le da un pase medido a Navas, que marca con un chut exagerado que pare­ce que va a romper las mallas.
Yo, esto, cuando lo leo, vomito. Yo. Claro, habrá a quien le guste el fútbol. Habrá quien recuerde aquello como uno de los grandes acontecimientos de su vida y ahora venga a sentirse un poco gilipollas por no haber pensado en todos aquellos que, como Menacho, malvivían y maltrabajaban y eran maltratados por la sociedad —esa ramera— mientras ellos se acababan la quinta cerveza. En cualquier caso la transcripción de un partido de hace meses sobre fondo de tristeza no hay libro ni afición que lo aguante.

Y mira, no. La precariedad ha existido siempre aunque ahora esté en caída libre y sin frenos, pero novedades, las justas. A ver si va a resultar que la reciente propuesta del Banco de España de pagar a según qué trabajadores por debajo del salario mínimo no es una realidad desde siempre. (Y bueno, sí, eso se lo concedo: a los que viven en los mundos de Yupi les hará gracia el libro.) También el fútbol ha sido siempre un engañabobos. Y lo seguirá siendo. Y la literatura, esa cosa con letras, prestigio y ventas al por menor, también es precaria en lo que respecta a su calidad, y lo es, entre otras razones, por culpa de libros chorras como este, diseñados únicamente para matar el tiempo unos y quitarse, otros, la espinita de la solidaridad.