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jueves, 13 de junio de 2013

“El plantador de tabaco”: La Novela Necesaria

Empecemos haciendo un poco de historia.

El uno de febrero de 2012 se publicó en este mismo blog un post llamado Una reflexión en torno a la necesidad de ciertos libros en el que se lamentaba profundamente que la naturaleza salvaje de los lectores hubiesen excluido El plantador de tabaco de John Barth del paraíso de la reedición. Esto se traducía en una correspondencia privada con los editores de Cátedra que aseguraban que por culpa de las pocas ventas aquello prometía olvido y sepultura. El post se preguntaba si no sería mejor un buen libro pirateado que un buen libro olvidado. Cátedra aseguraba que no pero eso es porque Cátedra hablaba de derechos de autor mientras que yo lo hacía de literatura marginal (marginada, en realidad). Y de estupidez, también; la nuestra que, como lectores, lo habíamos permitido.

Pues bien. El post tuvo cierto éxito (todavía hoy es uno de los más visitados de esta Medicina) y muchos comentarios de los que surgió un proyecto: reeditar El plantador de tabaco. Jose Luis Amores, hoy editor de Pálido Fuego, inició las gestiones y mantuvo conversaciones que acabaron en nada. Poco después, otra editorial -entonces no sabíamos cuál- animada, quizá, por el un contagioso entusiasmo, se llevó el gato al agua tanto de esta como de otras novelas del mismo escritor. Esto daba al traste con el proyecto personal de Amores, pero al mismo tiempo hacía albergar esperanzas de que en un futuro fuese posible volver a ver a nuestro querido plantador ocupando la mesa de novedades de las librerías (quizá no de las prostituidas, pero sí de las otras, las de verdad) en las mejores condiciones posibles, que al fin y al cabo es de lo que se trataba.

Como he dicho, esto ocurrió hace mucho.

A medida que pasaba el tiempo iba creciendo, a cuentagotas, un grupo de Facebook llamado Quiero que se edite en español a El Plantador de tabaco, administrado tanto por Amores como por este humilde servidor de ustedes (siendo mi inclusión simplemente un gesto de cortesía por su parte); un grupo que hasta hace poco -antes de desaparecer misteriosamente- contaba con 69 seguidores, una cifra, una vez más, insignificante en comparación con otros grupos. 

El caso es que todo esto acabó cayendo en el olvido hasta que hace unos meses saltó, no sé dónde, —en Twitter, seguramente— la siguiente noticia: Sexto Piso tenía los derechos de la novela y planeaba sacarla en 2013. Se pueden imaginar: Sexto Piso. Superfan, yo, de Sexto Piso, ya antes, imagínense ahora, que entre esto y la (re)edición de William Gaddis era una sucesión ininterrumpida de orgasmos y carcajadas a partes iguales. 

Hace unos meses, con la publicación de su catálogo trimestral, se fueron concretando fechas: el libro estaría listo para la feria del libro de Madrid, es decir, YA. Me pongo en contacto con la editorial que me confirma que efectivamente en libro acaba de salir de la imprenta y se dirige, si no ha llegado ya, a su caseta (255) de la feria; una caseta que este fin de semana debería ser la estrella indiscutible, porque les voy a decir una cosa: EL PLANTADOR DE TABACO es, sin lugar a dudas, la mejor adquisición que pueden hacer este año en la feria, porque todo lo demás, en comparación, es papel que no sirve ni para liar un cigarrillo. (1)

* * * * * * * * 

El treinta de enero de 2012, ediciones Cátedra (así el abajo firmante) me decía, entre otras cosas, lo siguiente:
“Por otra parte, sería necesario tener la edición en un formato digital que, dada la fecha de primera edición, no tenemos. Es rápido, fácil y barato convertir ficheros para formato de lectura electrónica si previamente se tiene esos ficheros en formato digital. Si hay que hacer la producción digital desde cero, la tarea se hace menos fácil, menos rápida y menos barata. Y estamos hablando de un libro de bastantes páginas cuyas ventas no han sido muy exitosas.”
Es decir, que no han estado por la labor, que había mucho que currar (digitalizar 1200 páginas, ahí es nada), que no salía a cuenta, que no era por el libro, no, eran ellos, que no lo veían. Bueno, pues parece que otros sí lo han visto; sí han digitalizado, desde cero, las 1200 páginas; sí han comprado derechos de edición y traducción o lo que fuese menester; sí se han tomado la molestia de montar y de sacar a la venta un libro “cuyas ventas no han sido muy exitosas”, porque a pesar de todo, y con la que está cayendo, todavía hay quien parece estar dispuesto a arriesgar tiempo y dinero en publicar uno de esos de esos libros (y esto incluye a Jose Luís Amores por su iniciativa) que bajo ningún concepto merecen caer en el olvido, uno de esos libros que ponen a los demás en su sitio. El plantador de tabaco ha sido uno de los libros que, como lector, mayor satisfacción me ha dado. Una OBRA MAESTRA. Riadas de calidad y diversión. Garantizado: he aquí el remedio contra el tedio. Lo dije en su momento y me reafirmo: UN LIBRO NECESARIO.

No me cansaré de leer esta novela, del mismo modo que no me cansaré de recomendarla especialmente ahora que se han terminado las excusas para no tenerla. Mañana lo tendrán en la feria, en unos días, una semana aproximadamente, en las librerías de todo el país. Este, y no otro, es el momento de demostrar si tenemos lo que hay que tener para ganarnos lo que estamos tan seguros de merecer.

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Ya termino. En el prólogo a esta edición, Eduardo Lago, el traductor, cuenta, entre otras, una pequeña historia:
Un día le regalé el volumen recién editado al decano de la facultad donde me habían contratado, un hijo del exilio republicano a quien acabé profesando gran afecto. El venerable profesor miró el volumen con asombro, lo sostuvo en alto como tratando de calcular cuánto podía pesar, debió de efectuar un segundo cálculo consistente en determinar cuánto tiempo le llevaría leer aquello y, por fin, sentenció: «Esto es una falta de respeto al lector». De todos modos, era un regalo, así que no le quedó más remedio que aceptarlo y llevárselo a casa. Al cabo de bastantes meses, no recuerdo cuántos, se acercó al minúsculo cubículo sin ventanas que era mi despacho y, con gran solemnidad, me comunicó que había terminado de leer la novela y quería darme las gracias.
Del mismo modo, hoy es Sexto Piso quien nos hace, a los lectores, el mismo regalo: la posibilidad de volver a disfrutar de la que para Lago fue una de "las experiencias más fascinantes que he tenido en mi vida de lector." Yo, que la he leído, no podría estar más de acuerdo con una afirmación. Ustedes verán lo qué hacen con su tiempo libre.

Y para terminar, déjenme que les haga un regalito, aunque sea robado y mucho más humilde que el de Lago o Sexto Piso: haciendo clic en la siguiente imagen, accederán al prólogo y primeras páginas de la novela. Arriésguense.






(1) Al final no pudo ser. El libro se retrasó y no saldrá de la imprenta hasta esta semana. O eso dicen, uno ya no sabe. Mis disculpas a todos los que perdieron el tiempo por mi culpa. Prometo no volver a jugármela hasta tener pruebas visuales.


miércoles, 1 de febrero de 2012

Una reflexión en torno a la necesidad de ciertos libros


[…] es preciso estar muy embotado por la cantidad y el corto plazo para no advertir que hay libros necesarios de los que sin embargo sólo se venden 700 u 800 ejemplares. Aunque no son negocio para nadie, el mundo sería peor sin ellos (Juan José Millás).



Hace unos días escribí a Cátedra pidiendo (suplicando, en realidad) una reedición de "El plantador de tabaco" de John Barth. Caso de no ser posible les pedí que por favor mirasen en los rincones, debajo de las alfombras o en los cajones de los becarios a ver si daban con algún ejemplar perdido que estaría encantado de comprarles poniendo, si fuese necesario, mi cuerpo como aval. Me respondieron que no, porque a pesar de tratarse de una magnífica novela no ha tenido a lo largo de 20 años (la primera edición es de 1991) la expectativa de ventas necesaria para mantenerla en catálogo. Tampoco tenían ejemplares disponibles para la venta. El correo lo firmaba Ediciones Cátedra. 

Entonces tuve la genial idea de hacerles, en mi respuesta a su respuesta, la invitación a sacarla en formato digital a través de Amazon o similar. Añadí -para evitar una posible salida por la tangente- que era sorprendentemente fácil, rápido y barato convertir todo tipo de ficheros. También les di las gracias por todo, faltaría más. Pasó entonces que me respondieron. Me dijeron que lamentablemente había perdido los derechos de explotación que además cubrían sólo el formato papel (hablamos de contratos de hace veinte años). Por otro lado -añadían- sería necesario tener la edición en un formato digital que, dada la fecha de primera edición, no tenían. También ellos estaban al corriente de lo rápido, fácil y barato que era la conversión al formato de lectura electrónica partiendo de unos ficheros digitales pero que hacerla desde cero ya no era ni tan fácil, ni tan rápida, ni tan barata, máxime hablando de un libro como este; un libro de casi 1200 páginas cuyas ventas no fueron muy exitosas. Confiaban que en un futuro no muy lejano llegaría a estar disponible (la traducción) en formato electrónico. Y concluían (aquí quería yo llegar) con la siguiente frase: “El único deseo es que no sea en versión pirata”. 

Lo iba a dejar estar pero me pilló la tarde tonta por lo que les mandé otro correo en el que les pedía si podían explicarme qué querían decir exactamente con esa frase y ahorrarme así la tarea de extraer yo mis propias conclusiones por otro lado harto evidentes. La parte que no entiendo –mentí- es que habiéndose perdido los derechos de explotación y tratándose de una obra que por sus características (clásico impopular muy extenso y fracaso de ventas) no invitaba a la reedición por parte de nadie, no entendía, repito, las razones para rechazar tan de plano una edición digital aunque fuese pirata. Al fin y al cabo tampoco es que estemos hablando del último libro de Lucía Etxebarría. Nadie quiere quitarle el pan de boca a ninguna criatura necesitada; se trata de El Plantador de Tabaco, un libro que en el mejor de los casos querrían leerlo poco más de cincuenta personas en todo el país (por más que se lo acabasen bajando 20 millones). Es más, me juego un huevo y parte del otro a que la práctica totalidad de aquellos lectores que accediesen a ella por este sistema (con una intencionalidad más allá de lo delictivo) estarían más que dispuestos al esfuerzo de comprarla en papel cuando fuese (si llegase a ser) reeditada. Con esto lo que quiero decir es que hay casos en los que la divulgación por medios ilegales tiene por fuerza que resultar mucho más beneficiosa (y a la largo plazo productiva) que dejar el libro caer en el olvido, soñando con tiempos mejores, toda vez que este ha demostrado su incapacidad para llegar al gran público por medios tradicionales. Recuerden que hablamos de la que muchos consideran una de las novelas más importantes del siglo XX (y digo esto sin haberla terminado. De hecho cuando escribo estas palabras apenas he cubierto la tercera parte de su totalidad pero hay que ser muy obtuso para no darse cuenta de que “El plantador de tabaco” reúne lo mejor que se puede esperar de una novela.) 

En cualquier caso esta es una discusión inútil. Nadie en su sano juicio dedicará las horas y el esfuerzo necesarios para piratear una novela que “nadie” conoce, que a “nadie” le importa y por la que “nadie” demostró el menor interés cuando había que hacerlo. Me incluyo, por supuesto. 

El último correo que recibo de Cátedra me habla precisamente de este asunto. Me dice que tanto la novela como la traducción están sometidas a los derechos de autor (claro) y hace falta el permiso de ambos para subirlo a la red (clarísimo). Y he aquí el tapón: nadie la edita porque no es rentable y probablemente no se permitirá la distribución gratuita exactamente por la misma razón. Una auténtica pena. El correo de Cátedra termina del siguiente modo: “El debate es ciertamente interesante. El respeto, en general, se deriva en buena parte de la educación y la cultura. Y, últimamente, parece que andamos un poco justos de cualquiera de las tres cosas: respeto, educación y cultura, considerando, especialmente, esta última, según la acepción que da el diccionario de la RAE: "cultura": Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”. 

Pero este asunto del respeto, la educación y la cultura está ya muy hablado y la función de esta entrada no era otra que ponerles al corriente de la situación en la que se encuentra “El plantador de tabaco”, uno de esos libros sin los cuales el mundo es un poquito más feo, y que poco más o menos viene a ser la siguiente: JÓDANSE. 





Quisiera acabar este post invitándoles a leer el primer capítulo de la novela, aun a riesgo de que me corten los huevos. Sólo tienen que hacer click AQUÍ y disfrutar de este, en comparación, brevísimo fragmento (y den gracias porque no publique la “verdadera” historia de Pocahontas o quedarían irremediablemente enganchados, un acto, por sus consecuencias, demasiado cruel hasta para mí.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Una aproximación a “Memorias del subsuelo” de Fiodor M. Dostoievski a través de DFW y Joseph Frank


Hace un par de meses, mientras reorganizaba una estantería, me senté a ojear un recopilatorio de ensayos de David Foster Wallace llamado “Hablemos de langostas” (Mondadori, 2007). Quiso el azar que lo abriese exactamente en uno llamado “El Dostoievski de Joseph Frank” cuya lectura obvié en su momento y que más o menos empieza del siguiente modo: 

«Tal como puede confirmar cualquiera que la haya leído, Memorias (1864) es una novelita impresionante pero considerablemente extraña, y estas dos cualidades tienen que ver con el hecho de que el libro resulta al mismo tiempo universal y particular. […] Notas del subsuelo y su Hombre del Subsuelo son en realidad imposibles de entender sin conocer el clima intelectual de Rusia en la década de 1860, sobre todo el momento álgido del socialismo utópico y el utilitarismo estético que estaban de moda por entonces entre la intelectualidad radical, unas ideologías que Dostoievski odiaba con esa pasión con que solamente podía odiar Dostoievski.» 

Para ponerse al corriente del clima intelectual ruso, entender la importancia del socialismo utópico y el utilitarismo estético de entonces no es suficiente con visitar dos o tres enlaces de la wikipedia o enciclopedia similar. Se lo digo por experiencia. Tampoco es suficiente repasar el contexto histórico y los apuntes biográficos de los prólogos que se incluyen en algunas ediciones (pienso en Cátedra) de según qué novelas de Dostoievski (pienso en Crimen y Castigo). No es suficiente. En un principio, en mi bendita ignorancia, creí que sí pero resultó ser que no. No fui consciente de ello hasta hace unos días cuando leyendo el ensayo de Frank al que hace referencia Wallace, di con la parte en que se trata este asunto con detalle al tratar de explicar las razones del relativo éxito de la primera novela de Dostoievski. Con esto no quiero decir que no se pueda leer esta novela sin tener esa información, pero sí es verdad que cuesta más entender lo que Dostoievski quería decir si no es así. Pero sigamos con Wallace:

«Lo que pretende [Joseph] Frank es mostrar que es imposible hacer una lectura exhaustiva de la narrativa de Dostoievski sin una comprensión detallada de las circunstancias culturales en que se concibieron los libros y a las que estos querían contribuir. Esto, explica Frank, se debe a que las obras de madurez de Dostoievski son fundamentalmente ideológicas, y no se pueden apreciar plenamente a menos que uno entienda las intenciones polemistas que las animan. En otras palabras, la mezcla de universal y particular que caracteriza Memorias del subsuelo (*) marca en realidad la mejor obra de FMD, un escritor cuyo «deseo evidente», dice Frank, es «dramatizar sus temas morales y espirituales usando como telón de fondo la historia de Rusia.» 

Si sigo por este camino les acabaré pegando el ensayo íntegro y los de Mondadori se van a enfadar conmigo, pero hay que hacer lo que hay que hacer y yo no conozco mejor manera de contarles esta película y por eso les voy a poner uno más, el penúltimo: el pie de página que hace referencia directa a la novela en cuestión y que acabo de señalar con un asterisco en el párrafo anterior. 

(*) «El volumen tercero [de la biografía de Dostoievski escrita por Joseph Frank], La conmoción de la liberación (2), incluye una muy buena lectura explicativa de Memorias [del subsuelo], que localiza la génesis del libro en una réplica al «egoísmo racional» que puso de moda el libro ¿Qué hacer? de N. G. Chernishevski e identifica al Hombre del Subsuelo como básicamente una caricatura paródica. La explicación que da Frank de la mala lectura generalizada que se hace de Memorias (mucha gente no lee el libro como un conte philosophique, y da por sentado que Dostoievski ideó al Hombre del Subsuelo como un arquetipo serio al nivel de Hamlet (3)) también contribuye a aclarar por qué las novelas más famosas de FMD a menudo se leen y se admiran sin apreciar en absoluto sus premisas ideológicas: «La función paródica del personaje [del Hombre del Subsuelo] siempre ha quedado encubierta por la inmensa vitalidad de su encarnación artística». Es decir, que en cierto sentido Dostoievski era demasiado bueno para lo que le convenía.» 

(Las frases lapidarias con las que Wallace termina algunos párrafos son impagables.) Busqué sin éxito -y sin especial interés- la novela de Chernishevski, aunque sí descubrí que guarda una estrecha relación con otra novela de Dostoievski, “Humillados y ofendidos”, de inminente lectura, como tantas otras. En cambio sí localicé en diferentes bibliotecas cuatro de los cinco tomos de la edición completa del “Dostoievski" de Joseph Frank (4), el primero de los cuales me traje para casa hace un par de meses y devolví a medio leer convencido de la necesidad de hacerme con él. (5) Del prefacio de ese primer tomo extraigo la siguiente cita del propio Frank: 

«En aquel tiempo estaba yo muy interesado en la nueva literatura existencialista […] así que elegí como tema para mi disertación “Los temas existencialistas en la literatura moderna”. Con el fin de establecer un marco histórico, inicié mi exposición con un análisis de Memorias del subsuelo, de Dostoievski, obra considerada precursora de las teorías y de los temas que encontramos en el existencialismo francés. Mi interpretación de esa obra se deriva de los escritos de Leo Shestov y de Nikolái Berdyaev: subrayaba yo la irracionalidad y la amoralidad del hombre marginado y lanzado a la clandestinidad, en tanto que éste, trágica y retadoramente, conserva la libertad de su personalidad frente a las leyes de la naturaleza, sin importarle el costo que esto signifique para él y para los demás.» 

Leer las historias que cuentan cómo nacen algunos libros es una actividad francamente adictiva, en ocasiones mucho mejor que la lectura de la propia novela. No es el caso. "Memorias del Subsuelo" es un relato excelente, una novela que empieza cómo ya no empiezan las novelas (6)

«Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.» 


(En esta reseña -no así en las siguientes que había proyectado dedicar al escritor- voy a obviar casi completamente (la excepción está en la tercera nota a pie de página) los comentarios de Vladimir (“estoy deseoso de desmitificar a Dostoievski”) Nabokov en “Curso de literatura rusa” en el que afirma que “Dostoievski no es un gran escritor, sino un escritor bastante mediocre; con destellos de excelente humor, separados, desgraciadamente, por desiertos de vulgaridad literaria" ya que lo que hoy realmente me interesaba, más que hablar de “Memorias del subsuelo,” era contarles los motivos que me llevaron a leerla. Ya habrá tiempo para lo otro. Tampoco quiero dar la impresión de haber tomado ya partido por uno de los bandos. No es eso, simplemente me reservo el derecho de apasionarme con Dostoievski antes de odiarlo.) 


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(1) Esto es medio verdad, medio mentira. Este post es también la doble excusa de no saber cómo hablar de un clásico como este y la de la certeza de estar lejos de poder interpretarlo correctamente. 

(2) Editado, en castellano como “Dostoievski. La secuela de la liberación 1860-1865” editado por el Fondo de Cultura Económica en 1993, reeditado en 2010 y realmente difícil de conseguir no digamos ya de encontrar disponible en librerías. 

(3) Es probable que esta frase sea una maldad de Wallace refiriéndose al abiertamente crítico con Dostoievski Vladimir Nabokov, que en “Curso de literatura rusa” dice lo siguiente (y perdonen la extensión de la cita): “Cuando un artista se pone a trabajar en una obra de arte, se ha propuesto un problema artístico concreto que pretende resolver. Escoge sus personajes, su tiempo y su lugar, y busca después aquellas circunstancias particulares y especiales que permitan que esos sucesos que a él le interesan ocurran de forma natural, desplegándose, por así decirlo, sin violencia alguna por parte del artista para forzar la consecuencia deseada, desprendiéndose de forma lógica y natural de la combinación e interacción de las fuerzas que el artista ha puesto en juego. El mundo que el artista crea con esa finalidad puede ser totalmente irreal —como lo es, por ejemplo, el mundo de Kafka, o de Gógol—, pero hay una exigencia absoluta que tenemos derecho a plantear: ese mundo, en sí y mientras dure, tiene que ser verosímil para el lector o espectador. Carece totalmente de importancia, por ejemplo, que Shakespeare introduzca en Hamlet al espectro del padre de Hamlet. Tanto si coincidimos con esos críticos que dicen que los contemporáneos de Shakespeare creían en la realidad de los fantasmas, y por lo tanto Shakespeare hacía bien en meterlos en sus obras como realidades, como si damos por sentado que esos fantasmas son algo así como unas propiedades del escenario, es lo mismo: desde el momento en que el espectro del rey asesinado entra en la obra, le aceptamos y no ponemos en duda que Shakespeare estaba en su derecho al introducirle en la obra. De hecho, la verdadera medida del genio está en la medida en que el mundo que ha creado es suyo propio, un mundo que no existía antes de él (al menos aquí en la literatura), y, lo que es más importante, en que haya conseguido hacerlo más o menos verosímil. Quisiera que considerasen ustedes el mundo de Dostoievski desde este punto de vista. […] En segundo lugar, ante una obra de arte hemos de tener siempre presente que el arte es un juego divino. Ambos elementos, el de lo divino y el del juego, son igualmente importantes. Es divino porque éste es el elemento en que el hombre se acerca más a Dios, conviniéndose en auténtico creador por derecho propio. Y es juego porque seguirá siendo arte sólo en tanto se nos permita recordar que, en el fondo, todo es ficción, que la gente del escenario, por ejemplo, no es asesinada de verdad; dicho en otras palabras, sólo en tanto que nuestros sentimientos de horror o de repugnancia no oscurezcan nuestra comprensión de estar participando, como lectores o espectadores, en un juego complicado y delectable. En el momento en que ese equilibrio se rompe tenemos, sobre la escena, un melodrama ridículo, y en un libro una descripción truculenta de pongamos, un caso de asesinato que estaría mejor en las páginas de un periódico. Y dejamos de experimentar esa sensación de placer y satisfacción y vibración espiritual, ese sentimiento combinado que es nuestra reacción al arte auténtico. Por ejemplo, no sentimos repugnancia ni horror ante el sangriento final de los tres mejores dramas de todos los tiempos: el ahorcamiento de Cordelia, la muerte de Hamlet, el suicidio de Otelo nos dan escalofríos, pero escalofríos que llevan en sí un elemento intenso de deleite. Ese deleite no procede de que nos alegremos de ver perecer a esas personas, sino simplemente de que gozamos con el genio abrumador de Shakespeare. Quisiera que estudiasen ustedes Crimen y castigo y las Memorias de una ratonera, que también se conocen con el título de Apuntes del subsuelo (1864), desde este segundo punto de vista: el placer artístico que encuentran en acompañar a Dostoyevski en sus incursiones en las almas enfermas de sus personajes, ¿es constantemente mayor que cualesquiera otras emociones, los repeluznos de repugnancia, el interés mórbido que produce una historia de crímenes? En las otras novelas de Dostoievski hay todavía menos proporción entre el logro estético y el elemento de crónica de sucesos." 


(4) La que falta me vi obligado a pedirla porque (vean que mala suerte) es precisamente esa la que contiene la lectura explicativa que hace Frank de “Memorias del subsuelo”. Me rechazaron la desiderata días después alegando que era de 1993, como si 18 años fuesen toda una vida. Finalmente la conseguí, por si les interesa, y si omito lo que aprendí de ella es simplemente porque este post habla de un momento muy concreto y no viene a cuento de nada alargarlo más o me quedaré sin argumentos cuando reseñe el libro en cuestión. 


(5) Ese mismo tomo -y el siguiente- volví a rescatarlo hace apenas quince días para acompañar la inminente lectura de las dos primeras novelas de Dostoievski (“Pobre gente”(*) y “El doble”) por lo que es de suponer que no tardaré en volver a escribir sobre el asunto. 
(*) Tengo que publicar este post de una santa vez. Cuando escribo estas palabras ya he terminado “Pobre Gente”, leo "El Doble" y he hecho bastante más que superar el ecuador del primer tomo de Joseph Frank.
(6) Lamento no poder señalar cuál fue exactamente la edición que leí ni dar el nombre del traductor ya que este libro fue un préstamo que devolví hace mucho tiempo y no tengo forma de consultarlo.