Hace un par de meses, mientras reorganizaba una estantería, me senté a ojear un recopilatorio de ensayos de David Foster Wallace llamado “Hablemos de langostas” (Mondadori, 2007). Quiso el azar que lo abriese exactamente en uno llamado “El Dostoievski de Joseph Frank” cuya lectura obvié en su momento y que más o menos empieza del siguiente modo:
«Tal como puede confirmar cualquiera que la haya leído, Memorias (1864) es una novelita impresionante pero considerablemente extraña, y estas dos cualidades tienen que ver con el hecho de que el libro resulta al mismo tiempo universal y particular. […] Notas del subsuelo y su Hombre del Subsuelo son en realidad imposibles de entender sin conocer el clima intelectual de Rusia en la década de 1860, sobre todo el momento álgido del socialismo utópico y el utilitarismo estético que estaban de moda por entonces entre la intelectualidad radical, unas ideologías que Dostoievski odiaba con esa pasión con que solamente podía odiar Dostoievski.»
Para ponerse al corriente del clima intelectual ruso, entender la importancia del socialismo utópico y el utilitarismo estético de entonces no es suficiente con visitar dos o tres enlaces de la wikipedia o enciclopedia similar. Se lo digo por experiencia. Tampoco es suficiente repasar el contexto histórico y los apuntes biográficos de los prólogos que se incluyen en algunas ediciones (pienso en Cátedra) de según qué novelas de Dostoievski (pienso en Crimen y Castigo). No es suficiente. En un principio, en mi bendita ignorancia, creí que sí pero resultó ser que no. No fui consciente de ello hasta hace unos días cuando leyendo el ensayo de Frank al que hace referencia Wallace, di con la parte en que se trata este asunto con detalle al tratar de explicar las razones del relativo éxito de la primera novela de Dostoievski. Con esto no quiero decir que no se pueda leer esta novela sin tener esa información, pero sí es verdad que cuesta más entender lo que Dostoievski quería decir si no es así. Pero sigamos con Wallace:
«Lo que pretende [Joseph] Frank es mostrar que es imposible hacer una lectura exhaustiva de la narrativa de Dostoievski sin una comprensión detallada de las circunstancias culturales en que se concibieron los libros y a las que estos querían contribuir. Esto, explica Frank, se debe a que las obras de madurez de Dostoievski son fundamentalmente ideológicas, y no se pueden apreciar plenamente a menos que uno entienda las intenciones polemistas que las animan. En otras palabras, la mezcla de universal y particular que caracteriza Memorias del subsuelo (*) marca en realidad la mejor obra de FMD, un escritor cuyo «deseo evidente», dice Frank, es «dramatizar sus temas morales y espirituales usando como telón de fondo la historia de Rusia.»
Si sigo por este camino les acabaré pegando el ensayo íntegro y los de Mondadori se van a enfadar conmigo, pero hay que hacer lo que hay que hacer y yo no conozco mejor manera de contarles esta película y por eso les voy a poner uno más, el penúltimo: el pie de página que hace referencia directa a la novela en cuestión y que acabo de señalar con un asterisco en el párrafo anterior.
(*) «El volumen tercero [de la biografía de Dostoievski escrita por Joseph Frank], La conmoción de la liberación (2), incluye una muy buena lectura explicativa de Memorias [del subsuelo], que localiza la génesis del libro en una réplica al «egoísmo racional» que puso de moda el libro ¿Qué hacer? de N. G. Chernishevski e identifica al Hombre del Subsuelo como básicamente una caricatura paródica. La explicación que da Frank de la mala lectura generalizada que se hace de Memorias (mucha gente no lee el libro como un conte philosophique, y da por sentado que Dostoievski ideó al Hombre del Subsuelo como un arquetipo serio al nivel de Hamlet (3)) también contribuye a aclarar por qué las novelas más famosas de FMD a menudo se leen y se admiran sin apreciar en absoluto sus premisas ideológicas: «La función paródica del personaje [del Hombre del Subsuelo] siempre ha quedado encubierta por la inmensa vitalidad de su encarnación artística». Es decir, que en cierto sentido Dostoievski era demasiado bueno para lo que le convenía.»
(Las frases lapidarias con las que Wallace termina algunos párrafos son impagables.) Busqué sin éxito -y sin especial interés- la novela de Chernishevski, aunque sí descubrí que guarda una estrecha relación con otra novela de Dostoievski, “Humillados y ofendidos”, de inminente lectura, como tantas otras. En cambio sí localicé en diferentes bibliotecas cuatro de los cinco tomos de la edición completa del “Dostoievski" de Joseph Frank (4), el primero de los cuales me traje para casa hace un par de meses y devolví a medio leer convencido de la necesidad de hacerme con él. (5) Del prefacio de ese primer tomo extraigo la siguiente cita del propio Frank:
«En aquel tiempo estaba yo muy interesado en la nueva literatura existencialista […] así que elegí como tema para mi disertación “Los temas existencialistas en la literatura moderna”. Con el fin de establecer un marco histórico, inicié mi exposición con un análisis de Memorias del subsuelo, de Dostoievski, obra considerada precursora de las teorías y de los temas que encontramos en el existencialismo francés. Mi interpretación de esa obra se deriva de los escritos de Leo Shestov y de Nikolái Berdyaev: subrayaba yo la irracionalidad y la amoralidad del hombre marginado y lanzado a la clandestinidad, en tanto que éste, trágica y retadoramente, conserva la libertad de su personalidad frente a las leyes de la naturaleza, sin importarle el costo que esto signifique para él y para los demás.»
Leer las historias que cuentan cómo nacen algunos libros es una actividad francamente adictiva, en ocasiones mucho mejor que la lectura de la propia novela. No es el caso. "Memorias del Subsuelo" es un relato excelente, una novela que empieza cómo ya no empiezan las novelas (6):
«Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.»
(En esta reseña -no así en las siguientes que había proyectado dedicar al escritor- voy a obviar casi completamente (la excepción está en la tercera nota a pie de página) los comentarios de Vladimir (“estoy deseoso de desmitificar a Dostoievski”) Nabokov en “Curso de literatura rusa” en el que afirma que “Dostoievski no es un gran escritor, sino un escritor bastante mediocre; con destellos de excelente humor, separados, desgraciadamente, por desiertos de vulgaridad literaria" ya que lo que hoy realmente me interesaba, más que hablar de “Memorias del subsuelo,” era contarles los motivos que me llevaron a leerla. Ya habrá tiempo para lo otro. Tampoco quiero dar la impresión de haber tomado ya partido por uno de los bandos. No es eso, simplemente me reservo el derecho de apasionarme con Dostoievski antes de odiarlo.)
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(1) Esto es medio verdad, medio mentira. Este post es también la doble excusa de no saber cómo hablar de un clásico como este y la de la certeza de estar lejos de poder interpretarlo correctamente.
(2) Editado, en castellano como “Dostoievski. La secuela de la liberación 1860-1865” editado por el Fondo de Cultura Económica en 1993, reeditado en 2010 y realmente difícil de conseguir no digamos ya de encontrar disponible en librerías.
(3) Es probable que esta frase sea una maldad de Wallace refiriéndose al abiertamente crítico con Dostoievski Vladimir Nabokov, que en “Curso de literatura rusa” dice lo siguiente (y perdonen la extensión de la cita): “Cuando un artista se pone a trabajar en una obra de arte, se ha propuesto un problema artístico concreto que pretende resolver. Escoge sus personajes, su tiempo y su lugar, y busca después aquellas circunstancias particulares y especiales que permitan que esos sucesos que a él le interesan ocurran de forma natural, desplegándose, por así decirlo, sin violencia alguna por parte del artista para forzar la consecuencia deseada, desprendiéndose de forma lógica y natural de la combinación e interacción de las fuerzas que el artista ha puesto en juego. El mundo que el artista crea con esa finalidad puede ser totalmente irreal —como lo es, por ejemplo, el mundo de Kafka, o de Gógol—, pero hay una exigencia absoluta que tenemos derecho a plantear: ese mundo, en sí y mientras dure, tiene que ser verosímil para el lector o espectador. Carece totalmente de importancia, por ejemplo, que Shakespeare introduzca en Hamlet al espectro del padre de Hamlet. Tanto si coincidimos con esos críticos que dicen que los contemporáneos de Shakespeare creían en la realidad de los fantasmas, y por lo tanto Shakespeare hacía bien en meterlos en sus obras como realidades, como si damos por sentado que esos fantasmas son algo así como unas propiedades del escenario, es lo mismo: desde el momento en que el espectro del rey asesinado entra en la obra, le aceptamos y no ponemos en duda que Shakespeare estaba en su derecho al introducirle en la obra. De hecho, la verdadera medida del genio está en la medida en que el mundo que ha creado es suyo propio, un mundo que no existía antes de él (al menos aquí en la literatura), y, lo que es más importante, en que haya conseguido hacerlo más o menos verosímil. Quisiera que considerasen ustedes el mundo de Dostoievski desde este punto de vista. […] En segundo lugar, ante una obra de arte hemos de tener siempre presente que el arte es un juego divino. Ambos elementos, el de lo divino y el del juego, son igualmente importantes. Es divino porque éste es el elemento en que el hombre se acerca más a Dios, conviniéndose en auténtico creador por derecho propio. Y es juego porque seguirá siendo arte sólo en tanto se nos permita recordar que, en el fondo, todo es ficción, que la gente del escenario, por ejemplo, no es asesinada de verdad; dicho en otras palabras, sólo en tanto que nuestros sentimientos de horror o de repugnancia no oscurezcan nuestra comprensión de estar participando, como lectores o espectadores, en un juego complicado y delectable. En el momento en que ese equilibrio se rompe tenemos, sobre la escena, un melodrama ridículo, y en un libro una descripción truculenta de pongamos, un caso de asesinato que estaría mejor en las páginas de un periódico. Y dejamos de experimentar esa sensación de placer y satisfacción y vibración espiritual, ese sentimiento combinado que es nuestra reacción al arte auténtico. Por ejemplo, no sentimos repugnancia ni horror ante el sangriento final de los tres mejores dramas de todos los tiempos: el ahorcamiento de Cordelia, la muerte de Hamlet, el suicidio de Otelo nos dan escalofríos, pero escalofríos que llevan en sí un elemento intenso de deleite. Ese deleite no procede de que nos alegremos de ver perecer a esas personas, sino simplemente de que gozamos con el genio abrumador de Shakespeare. Quisiera que estudiasen ustedes Crimen y castigo y las Memorias de una ratonera, que también se conocen con el título de Apuntes del subsuelo (1864), desde este segundo punto de vista: el placer artístico que encuentran en acompañar a Dostoyevski en sus incursiones en las almas enfermas de sus personajes, ¿es constantemente mayor que cualesquiera otras emociones, los repeluznos de repugnancia, el interés mórbido que produce una historia de crímenes? En las otras novelas de Dostoievski hay todavía menos proporción entre el logro estético y el elemento de crónica de sucesos."
(4) La que falta me vi obligado a pedirla porque (vean que mala suerte) es precisamente esa la que contiene la lectura explicativa que hace Frank de “Memorias del subsuelo”. Me rechazaron la desiderata días después alegando que era de 1993, como si 18 años fuesen toda una vida. Finalmente la conseguí, por si les interesa, y si omito lo que aprendí de ella es simplemente porque este post habla de un momento muy concreto y no viene a cuento de nada alargarlo más o me quedaré sin argumentos cuando reseñe el libro en cuestión.
(5) Ese mismo tomo -y el siguiente- volví a rescatarlo hace apenas quince días para acompañar la inminente lectura de las dos primeras novelas de Dostoievski (“Pobre gente”(*) y “El doble”) por lo que es de suponer que no tardaré en volver a escribir sobre el asunto.
(*) Tengo que publicar este post de una santa vez. Cuando escribo estas palabras ya he terminado “Pobre Gente”, leo "El Doble" y he hecho bastante más que superar el ecuador del primer tomo de Joseph Frank.
(6) Lamento no poder señalar cuál fue exactamente la edición que leí ni dar el nombre del traductor ya que este libro fue un préstamo que devolví hace mucho tiempo y no tengo forma de consultarlo.