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lunes, 21 de marzo de 2016

‘Los insignes’ de David Pérez Vega

En esta novela realista de ficción se trata el tema de la poesía.

Yo de poesía no tengo ni puta idea, la verdad. Ni ganas. La poesía me ha parecido siempre un refugio para vagos, maleantes y espíritus contemplativos. Me gusta imaginarme a los poetas como tritones, seres feos y viscosos, desagradables a la vista y venenosos al tacto y por lo tanto carentes de todo atractivo. Cuando se meten en mi casa, me gusta golpearlos hasta la muerte.

Por eso tardé tanto en decidirme a leer el libro de David Pérez Vega. Y si lo hice no fue, obviamente, por la cuestión poética (aunque confieso que sabiendo, como sabía, además, que la novela dejaba a los poetastros por los suelos, miel sobre hojuelas) sino por algo de índole mucho más personal: David tiene un blog de reseñas literarias y pensé que aprovechando esa costumbre tan gilipollas que tenemos de leernos los unos a los otros, esta podía ser una magnífica oportunidad para dinamitar la competencia.

Y bueno, aquí estamos, dándolo todo.

Atentos a estas tres palabrejas: Visor, Hiperión y Bartleby. Todos aquellos que sepan qué tienen en común estos tres nombres, tienen un problema. El resto, sepan que se trata de tres editoriales especializadas en poesía. Exacto: tres nidos de tritones. Conviene identificar al enemigo cuanto antes. Ahí lo tienen.

Pues bien, en la novela de David se habla y mucho (casi exclusivamente, de hecho) de estas tres editoriales de poesía, pero por aquello de evitar indeseables [y] demandas, toda vez que no sabemos si las ventas darán para meterse en abogados, son literariamente rebautizadas como Bisonte, Hipérbole y Moby Dick. Todas y cada una de ellas tienen editores, que, como sabrán, son seres de natural monstruosos y purulentos, a los que no sólo se les cambia el nombre sino también el espacio vital con lo que Chus Visor, editor de Visor, pasará a ser por arte de novelista, Rucho Noarbe, editor de Moby Dick. Esto cumple una doble función de versionar el clásico “tirar la piedra y esconder la mano” y celebrar una ceremonia de la confusión que dé a entender que, independientemente de cómo te llames o para qué editorial trabajes, serás siempre la misma mierda. También puede ser un vulgar acto de cobardía.

«[…] nunca, pero nunca, te fíes de un español con un sobrenombre que contenga el sonido “che”. Evita cualquier trato con un Cucho, una Ichi, un Pancho, un Focho... [Un Chus] Huye de ellos, porque el sonido “che” en español lleva dentro la esencia del pijo insoportable, del burgués infantilizado, del niño gótico (como decía Jaime Gil de Biedma) tonto y caprichoso, del adulto que no concibe que las cosas no salgan como él desea, como le hicieron creer sus abuelas y sus tías cuando era un niño que se disfrazaba y cantaba y le aplaudían. De esa forma consiguieron convertirle en un frágil imbécil».

Todo esto lo digo para que quede claro de a quién vamos a acusar de qué.

La premisa de la novela es lo de menos, pero por aquello de un mínimo rigor periodístico, ahí va: un inspector de Hacienda feo, bajo, calvo y con gafas que tiene un blog de reseñas de poesía, mantiene charlas por Skype con el jefe de estado de Corea del Norte, a quien llamaremos simplemente líder para no incurrir en innecesarias faltas de ortografía. Pues bien, el líder ha escrito un libro de poesía que quiere que este pollo valore en su justa medida, para lo cual tiene a no sé quién traduciéndolo contrarreloj. Durante los ocho días que le lleva al mindundi hacer de aquello algo legible, se suceden conversaciones en las que sólo escucharemos a nuestro leal funcionario poner al líder al corriente de las mierdas nacionales a través de su propia experiencia que es a su vez la experiencia propia de cualquiera que se dedique a la poesía.

O casi cualquiera. Porque de lo que se trata es precisamente de denunciar, con cierto humor (he leído por ahí la palabra hilarante pero convendría no hacer el ridículo adjetivando en exceso) todo aquello que es más bien constitutivo de delito. Porque si decir en una obra de teatro “Gora Alka-ETA” se considera un acto punible, maniobrar para apropiarse de fondos públicos debería estar de horca para arriba en el manual del verdugo.

Les cuento, a modo de ejemplo, un caso que en la novela se reproduce cambiando, cómo no, los nombres. Aquí debía ir una cita, pero es demasiado larga y prefiero resumirla, no se me vayan ustedes a herniar. Para los más valientes la dejo en el primer comentario del post (1).  Para los menos, una recomendación: no dejen de echarle un vistazo; en ocasiones hacer justicia exige cierto sacrificio:

EN LA FICCIÓN, el jurado del premio de poesía de León formado, entre otros, por jóvenes poetas de esa ciudad, seleccionó para la gran final diez obras entre las que no se encontraba la de un tal Rubén Rodrigáñez. Juan López Cubero, matón de la poesía española, se indigna y ordena buscar el puto ejemplar entre la pila de desechos, perdón, desechados. Se busca y se encuentra y se incluye y no contentos con eso, se premia. De no figurar a reinar en treinta minutos. Algunos nacen con una flor en el culo pero otros directamente se la ponen con la lengua.

EN LA VIDA REAL, el premio sería el Ciudad de Burgos; Juan López Cubero, Luis García Montero y Rubén Rodrigáñez, Daniel Rodríguez Moya. Esto es muy viejo, pero todavía no ha prescrito. No sé qué hacemos que seguimos confiando en Luis García Montero y no sé qué hacemos que no le hemos quitado el premio a Daniel el travieso o, a modo de castigo, la catedral a Burgos. El premio: 7.200 euros. Edita: Visor. Y olé.

Lo más fascinante es que no ocurre nada. Nada. Es decir, NADA. Que ya hay que tenerlos, también, para ir después dando lecciones por la vida adelante o pretender meterse en política (Montero fue el desastrado candidato de IU a la presidencia de la comunidad de Madrid en 2015) o llorar porque te llaman ladrón. Angelito.

Esta es la mierda más grande que se denuncia en el libro, un poco por el montante del premio y otro poco porque los actores son de sobra conocidos. Pero dejando a un lado la corrupción en los premios, de Los insignes emergen nada más que los pequeños males de siempre: poesía de tontos para tontos; blogs de mediopelo; infantilismo, machismo, feminismo; malas artes; editores que reclaman anticipos a los propios escritores o bien les invitan a comprar trescientos ejemplares, que para el caso es lo mismo; reseñas que se compran y se venden en medios culturales absolutamente desprestigiados pero a pesar de todo leídos y compartidos por autores sinceramente emocionados y agradecidos. Y todo esto sobre una base de egos inflamados y blogs horteras infames plagados de lameculos. Lamentable sí, sobre todo porque son legión y porque a pesar de que la poesía ostenta categoría de género absolutamente marginal, sigue siendo buque insignia de la oferta cultural de ayuntamientos varios.

Pero a cada cual lo que corresponda según su tontería porque si algo queda meridianamente claro, si algo subyace en el texto de David es la (iba a decir idea, pero no) certeza de que al poeta común o a más común de los poetas lo que realmente le interesa, mucho más que escribir poesía y muchísimo más que leer poesía, es publicar poesía, es tener su mierdilibro con su nombre impreso en pan de oro y relieve sobre un fondo de color negro paleto. Y todo para qué. Y todo para nada. Porque ya nadie lee poesía. Ni siquiera los poetas leen poesía. Las ventas son las madres. Las que compran los libros y las que lamentan no haber dado una buena educación al nene o la nena y tener que aguantarlos ahora haciendo el ganso y llamando a puertas de ladrones y mentirosos  y corriendo con sus gastos de autoeditado y financiando su inutilidad, son las mamis.

Y todo lo demás no es poesía, todo lo demás es una burbuja poética que no acaban de explotar; es la mierda de siempre: víctimas que guardan silencio esperando su turno de entrar en una rueda que no deja nunca de girar.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Una aproximación a “La mala puta” de Miguel Dalmau y Román Piña


Hoy vengo a sembrar una duda [razonable].

La mala puta arranca con una advertencia de Miguel Dalmau: «Dado mi perfil solar este libro pude parecer un rapto de indignación». El rapto de indignación al que se refiere el autor tiene que ver con un par de asuntos que lo llevaron, en su momento, por la calle de la amargura. El primero (el segundo, si no me equivoco, cronológicamente hablando) fue por una biografía de Cortázar escrita por él y “censurada” por otros, dando al traste con lo que parecía que iba ser un éxito de ventas que lo sacaría de no sé qué arroyo. 

“[…] el origen de La mala puta obedece al desencanto motivado por el veto sutil impuesto a mi biografía de Julio Cortázar. Tras varios años de trabajo todo parecía a punto para la salida del libro, pero desde el momento en que la prensa anunció que su autor andaba tras el rastro del genio argentino comenzaron los problemas. La suma de esos problemas me introdujo en un callejón sin salida y condenó mi libro. Sin embargo, desde los callejones se ve una perspectiva única de la basura del mundo, la que genera el Poder. También la que forma la literatura y quienes la frecuentan. Por eso escribo.”

Los detalles no son importantes o no deberían serlo aunque no estaría de más tener en cuenta un par de cosillas: uno, que la Agencia Literaria Carmen Ballcels tuvo, parece, casi toda la culpa y dos, que todos ustedes, escritores y periodistas que se llenan la boca hablando de Cortázar, también. Por su silencio, básicamente, porque «este asunto debería haber generado algún tipo de respuesta más contundente en el mundo literario.» Y no ha sido así. Y porque no ha sido así es por lo estamos hoy aquí hablando de lo que estamos hablando y no follando, que es lo que deberíamos.

«Obviamente este libro no pretende ser un ensayo sobre el Poder […] pero sí aspiro a señalar unas situaciones abusivas que se producen también en el campo de la literatura, generadas desde la cúpula, y que afectan negativamente al escritor y su obra».

Ahora es cuando tenemos que decidir qué grado de credibilidad damos a aquello a lo que el amigo Dalmau dedicará las siguientes 170 páginas. Es decir, ¿esta pataleta se basada en hechos reales, tiene peso, fundamento, o es un acto de venganza (merecida o no, da igual) que pretende únicamente hacer daño a esa mala puta que es, en palabras del Ernest Hemingway, la literatura española y quienes la habitan?

«Todo lo que me ha sucedido con el libro de Cortázar es una señal. Pero no para que me doblegara ante el poder editorial sino todo lo contrario, es decir, para ponerme en pie y alzar mi voz contra aquello que ha falseado y prostituido nuestra literatura...»

Por aquello de calentarles un poco más la cabeza de cara a la futura reseña les diré que el otro asunto del que hablaba al principio, aquello del rapto de indignación, tiene mucho que ver con la biografía que el propio Dalmau escribió sobre Gil de Biedma (Jaime Gil de Biedma, Retrato de un artista, Ediciones Circe, 2004) y que fue más que duramente criticada por un montón de gente del medio, entre los que se encontraban Jordi Gracia o Javier Pérez Escohotado. Este último acusaba a Dalmau de haberle robado la idea y, además, de haberlo hecho fatal: 

«En ningún caso la obra de un creador puede confrontarse con la vida sin trazar los puentes que permitan la interpretación y la valoración de esa obra. Este Retrato no propone ninguna clave social, histórica ni filológica aceptable, y cae a menudo en un provinciano anecdotario de prensa del corazón que no facilita la lectura de la obra poética y crítica de Gil de Biedma, que es lo que, al final, queda. Verba volant». (Escohotado, aquí)

Es divertido poner en google las palabras “dalmau, escohotado, biedma” y, siguiendo la trayectoria que marca una infantil biografía del rencor, encontrarse como en 2010, estando Dalmau nominado al Goya al mejor guión adaptado de la película basada en la vida de Gil de Biedma (El cónsul de Sodoma, basada en el libro de Dalmau), Escohotado se paseaba por la blogosfera en modo troll poniendo a partir al escritor y pidiendo a voz en grito que no le diesen el premio, que no le diesen el premio, que no, que no. Jodidos críos.

Estas canalladas las sé no porque yo sea muy listo o esté muy al corriente de las puñaladas traperas que se gastan los poetas sino porque el propio Dalmau se encarga de recordárnoslo como setecientas veces a lo largo del libro, motivo por el cual se acaba viendo obligado a terminar su intervención del siguiente modo: «Es probable que algunos lectores sigan creyendo que este libro es fruto de un rapto de indignación. Allá ellos.» Allá ellos, dice. Ni que nos dejase opción. Ese último capítulo, por cierto, se acompaña de un baño de realidad que flaco favor le hace: 

«A consecuencia de este affaire, tuve que abandonar un ático confortable en el centro de Palma de Mallorca y me fui de la ciudad. Ya no tenía dinero para pagarlo y busqué refugio en el centro de la isla. Gracias a la generosidad de un amigo pude instalarme en un viejo caserón de pueblo que pertenece a su familia.»

Pero insisto: lamentaciones al margen («lamento descender al plano personal», «pero hay un momento de la vida en que ya no tiene sentido seguir lamentándote», «me había propuesto que no caería en lamentaciones») pronto tendremos que decidir qué nos creemos o qué no nos creemos; si nos creemos todo o nada o parte o si mejor nos damos a la bebida. Yo, que ya he terminado de leer la parte de Dalmau, ya he tomado mi decisión. En unos días, hablamos y vemos si es para tanto la cosa o si, una vez más, quedará todo en nada.

«Encendamos las lámparas, afilemos el bisturí, abramos dulcemente las carnes...»


lunes, 20 de enero de 2014

[Preestreno] “La gente no es como tú” de Gabi Beltrán

Si tuviera que apostar, me pondría en lo peor y apostaría que Gabi Beltrán ha escrito “La gente no es como tú”, si no desde la tumba, al menos sí con un pie en ella.

En estas, digamos, memorias, parece que un hombre esté perdiendo la vida. En ellas hay cansancio y decepción en cantidades ingentes. También drogas, alcohol y mujeres y no siempre como recuerdos. Estas memorias son lo que queda de un hombre que se ha rendido; que ya no tiene nada que perder; que sólo quiere cerrar los ojos y dormir, batirse en retirada. Descansar de una puta vez. Las cosas como son: este diario sabe a despedida como pocos.

Ahora ya pueden mirar para otro lado.

“La gente no es como tú” cae en mis manos un mes antes de su publicación. Me piden que lo lea, que dé mi opinión. Que sea sincero. Bien, seré sincero. Pero antes, permítanme un breve paréntesis que viene muy a cuento:

Decíamos hace poco que “Historias de barrio” (leer reseña inédita completa aquí) «va un joven Gabi Beltrán en un barrio de putas -el barrio de su infancia- donde la juventud era, las más de las veces, sinónimo de delincuencia. Recoge una serie de anécdotas que tienen que ver con aquello. La historia del amigo con el que robó un coche, la del atraco a la frutería o el supermercado, la de irse de putas, la de los marineros y el sueño americano. Niños que se buscaban la vida como buenamente podían. Lo habitual. Gabi Beltrán hace el papel de víctima de las circunstancias de corazón noble y bondadoso.»

Pues bien, hasta aquí la parte fácil y divertida. Juventud divino tesoro. Beltrán el travieso y tal. Pero el tiempo no pasa en balde y el presente es el que es y lo que se respira entre las páginas de “La gente no es como tú” es (a pesar de la llamada de atención que les contaba en el post inmediatamente anterior), nostalgia. No exclusivamente, pero sí. Y me refiero a este tipo de nostalgia:

«Echo de menos la época en la que sabía dar un puñetazo, correr sin miedo y mantener el pulso firme. La época en que las cosas no eran ni buenas ni malas, y las noches eran días, y los días una habitación pequeña. Echo de menos la época en la que no sabía llorar y era capaz de mirar a un juez a los ojos y negarlo todo.»

Cómo estará el panorama para que aquello, que un día fue un horror, sean ahora gratos recuerdos. 

Gabi Beltrán parece haberlo probado todo menos el suicidio o eso es al menos lo que se desprende tras la lectura de esta colección de, digámoslo de una puta vez, microrrelatos (supongamos que) autobiográficos.

Pero seamos sinceros. Hay una palabra que flota en el ambiente y que si no la decimos de una santa vez, no vamos a ser capaces de seguir adelante.

Autocompasión.

Recordarán que hablamos, no hace mucho, de los relatos autocompasivos de “Yo precario” de Javier López Menacho así como de los “Los versos del hambre” de Sara Bernard. Eran relatos o crónicas en los que dos seres humanos, más o menos jóvenes, contaban a pecho descubierto (o eso nos querían hacer creer) el inconveniente de no encontrar trabajo (*) y esto parecía, no una novedad, pero sí algo digno de ser contado, publicitado o comprendido. La sociedad reclamaba estas historias porque dentro de su catastrofismo oportunista había espacio -desde el humor al que invitaban los en ocasiones ridículos empleos de los autores- para la diversión y la esperanza. Los escritores que las escribían lo hacían para desahogarse pero también para seguir adelante. La escritura era o parecía una excusa para justificar el tiempo que pasaban estos chicos en la cola del paro. La de Beltrán, sin embargo, es una autocompasión diferente en el sentido de que, desde su falta total de humor, tiene más de despedida que de cualquier otra cosa y desde luego “esperanza” es lo último que le viene a uno a la cabeza cuando cierra la última página.

Lo cierto es que si “La gente no es como tú” invita a algo solo puede ser a cortarse las venas. No se me ocurre ninguna jodida razón por la que alguien que no conozca personalmente a Beltrán y quiera saber qué coño le pasa ahora, decida perder ni medio minuto con esta lectura. Tal vez, y sólo digo tal vez, pudiera hacerlo, ese desconocido, para entender por qué un desahuciado se tira por la ventana o, si me apuran, para tratar dar con el límite de resistencia de un escritor en apuros. A mí no me ha servido para nada, honestamente, si acaso para sentir una inmensa pena por (el también para mí desconocido) Gabi Beltrán. A medida que leía trataba de entender por qué un hombre que ha llegado a lo que parece un punto de no retorno, no hacía lo que se suponía que el cuerpo le pedía y acaba con la agonía de una vez. Me quedo con las ganas de saberlo:

«No quiero a mi lado a alguien que intente hacerme feliz. No quiero a mi lado a alguien que crea que va a ser feliz por intentarlo. Quiero a alguien que entienda que yo nunca seré feliz. Alguien que entienda que ya renuncié a ello. Pero que, a pesar de todo, soy capaz de tomarme un café en una terraza y doblar el sobrecillo del azúcar y depositarlo en el cenicero. Quiero a mi lado a alguien que entienda por qué lo hago.»

Lo tiene jodido, Beltrán, para recibir llamadas. 

Lo decía más arriba y lo repito ahora, ya para terminar: si Gabi Beltrán es un hombre que lo ha perdido todo, siendo todo TODO, “La gente no es como tú” es lo que se escribe cuando ya no se puede más. 





(*) Beltrán también estuvo allí, en forma de chiste malo: «Cuando a todo el mundo le iba regular, a mí me iba mal. Cuando las cosas mejoraron, y a todo el mundo empezó a irle bien, a mí me siguió yendo mal. Luego las cosas mejoraron aún más, pero a mí me seguía yendo mal. Luego llegó la crisis y a todo el mundo le fue mal. Y me preguntaban: —¿Qué tal te va? —Como siempre –respondía yo



sábado, 31 de agosto de 2013

Un vistazo a la rentrée 2013

El otro día alguien me veía entusiasmado con la rentrée de este año y no, qué va, para nada. Lo que pasa es que no se consuela el que no quiere y después de este verano tan aburrido (y aquella primavera tan floja) cualquier novedad es bienvenida. Lo cierto es que hasta hace dos días no había pensado mucho en la cuestión –aquello quedaba tan lejos— pero arranca septiembre y hay que empezar a decidir en qué nos gastamos el dinero, en qué se lo hacemos gastar a papa estado y en qué no vamos a perder ni medio minuto. 

El dinero no me lo quiero gastar en nada, y menos en libros, que al final sólo sirven para coger polvo, pero si tuviera que hacerlo desde luego no sería en la biografía de Salinger que Seix Barral sacará dentro de nada y que parece nada más que un vehículo de promoción de las nuevas novelas del escritor que, dicen, podrían ver la luz en 2015. Y hablando de biografías, tampoco parece especialmente interesante la de David Foster Wallace (Debate) que también será convenientemente resucitado el 5 de septiembre con “El cuerpo y lo otro” (Mondadori), la que suponemos será su última colección de ensayos, por lo menos hasta que alguien limpie algún cajón y dé con material para otros doce volúmenes.

Una compra segura de noviembre será el resultado de la nueva traducción de “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski que está llevando a cabo Alba Editorial. Conociendo a Alba y al ruso es de suponer que la broma saldrá por un buen pico, pero esto es mucho más que una vulgar tentación y tampoco hay que pensárselo mucho.

Mientras escribo este post recibo una par avances editoriales. El primero es de Eterna Cadencia que dice que edita, entre otros, “El traductor” (“relato de un genio casi desapercibido”) de Salvador Benesdra y “Padre contra madre” del también genial escritor brasileño Machado de Assis. Todo lo editado por estas pequeñas editoriales es absolutamente genial, no reconocido en su momento o bien algo que tiene que ver con la estrechez de miras de unos y el ojo extremadamente atento de otros. Todo es siempre lo nunca visto y luego resulta que la mitad es reedición. El otro avance es de, Automática editorial, que arranca su segundo año de vida con más rusos (les gustan mucho los rusos a esta gente), en este caso con Yura Buida y “El tren cero”, una novela que no tiene mala pinta sobre un misterioso tren y la gente que vigila su paso por un páramo desolado y que incluye párrafos tan espantosos como este: “El coronel se cuadró para saludar al tácito convoy, y mientras este se alejaba raudo hacia la noche, las lágrimas recorrían sus tersas mejillas, dos veces afeitadas”. Habrá más de Gorki (empezaron reeditando sus memorias) y, oh sorpresa, “Las enseñanzas de Don B”, del gran Donald Barthelme, libro que, desde ya, algunos esperamos con ilusión.

Ahorrar, lo que se dice ahorrar no he ahorrado, pero lo que sí he hecho (llevo en ello dos días) es pedir por esta boquita, a mi biblioteca habitual, lo siguiente: De Seix Barral, “Ha vuelto” de Timur Vermes, una novela que resucita a Hitler para reírse de él (una actitud que recuerda mucho a la de Román Piña en “El general y la musa” (Sloper), donde éste “repescaba” a Franco y lo ponía a tocar jazz en Mallorca o no sé qué fumada). También he pedido “La habituación oscura” de Isaac Rosa, claro que después del anterior no sé yo. Esta es un poco más o menos la misma infundada sospecha que tengo con Torné, que repite en Mondadori con “Divorcio en el aire”. Más de Mondadori: a corto plazo, “La infancia de Jesús” de Coetzee del que ya ha leído opiniones lo bastante contradictorias como para sentir de curiosidad y a largo plazo (nos metemos en noviembre) lo nuevo de McCarthy (“El consejero”), Dave Eggers (“Un holograma para el rey”), Dennis Johnson (“Hijo de Jesús”) y los polémicos Jeremías Gamboa con “Contarlo todo”, la novela que dicen que Vargas Llosa leyó del tirón, de puro interesante, sentado junto al buzón al que le llegó y Daniel Gascón, el eternamente hijo disimulado de Antón Castro, al que persigue la cruz de pésimo narrador, un sambenito que todavía no he podido verificar y que publica “Entresuelo”. En cualquier caso nos alegramos por él y ese salto a las ligas mayores, aunque sea Mondadori, esperando que así no sea tan difícil llegar a sus libros. 

Otra que da un salto (aunque éste lo suponemos al vacío) es Ainhoa Rebolledo, conocida en este blog como la mujer que escribió la peor novela de 2013 (con permiso de Fresy Cool): “Antropología de la noche madrileña” (sigueleyendo), una aventura en la que veíamos a la joven Ainhoa sentar la cabeza tras los excesos propios de la edad. (Reseña aquí). Pues bien, ahora, un año después, la muchacha sigue el ejemplo de los osos perezosos y se sienta a tricotar. El resultado es “Tricot”: “Unas chicas desencantadas se reúnen para aprender a tricotar y así calmar su angustia. Sin comerlo ni beberlo terminan fundando en Barcelona un club de tertulia literaria y calceta creativa: las Tejedoras del Metal. Sin embargo, en un ajuste de cuentas, Leopoldina Roble, Crisis Carballo y Elena Rebollo deciden fundar La Liga de las Mujeres Extraordinarias con el único y ambicioso plan de sobrevivir con elegancia. Tricot es la historia de un fracaso.” (Esto último ha sonado a premonición). Lo editan unos valientes, Principal de los libros, que por alguna razón creen que ganar dinero con esto (jajaja) no equivale a perder la dignidad.

Cambiando de tema. No he visto nada especialmente interesante en Caballo de Troya. Quizá “La visita” de un tal José González, un libro que según la contraportada (que parece escrita por el mismísimo Paulo Coelho) servirá para darnos cuenta de que aquello que nos define está en las pequeñas cosas. En fin. Me agarro a un clavo ardiendo pero es que el chaval es de Lugo y la tierra tira. También de Lugo (¿qué coño pasa en Lugo?) es Manuel Darriba, que con “El bosque es grande y profundo” reescribe Hansel y Gretel en clave de relato de supervivencia y apocalipsis. Cosas del efecto Carrasco, supongo.

Siguiendo con el apocalipsis (vean con qué elegancia voy encadenando temas) Alpha Decay ya tiene preparada para el 14 de octubre la vuelta de Blake Butler, el autor de Nada, con una “sorprendente novela en forma de relatos” (que es una cosa que aquí no hemos visto nunca) llamada “El atlas de la ceniza” donde unos pocos sobreviven al fin del mundo y tal. Pero la gran estrella de la temporada es la co-publicación con Pálido Fuego (quien parece guardar en celoso secreto sus novedades) en noviembre de “La casa de hojas” de Danielewski, un libro que pide a gritos una versión en 3D.

Lumen publica mucho (he contado 16 libros de aquí a noviembre) pero me quedo, de todo, con “Butcher´s Crossing” de John Williams, el autor de “Stoner” o “Por si se va la luz” de la desconocida joven Lara Moreno, uno de esos fichajes que mantiene viva la esperanza entre la juventud y fomentan la escritura. Maldita seas, Lara Moreno. Pediré también, por vicio, aunque con la boca pequeña, lo nuevo de Jorge Edwards, “El descubrimiento de la pintura” y la segunda parte de la trilogía napolitana de la misteriosa Elena Ferrante, si acaso algún día me decido a terminar el primero. 

Por ir cerrando temas, de Anagrama sólo hay tres cosas que, de momento, me llaman la atención: “Librerías” es el ensayo finalista del Herralde en el que Jorge Carrión “crea una posible cronología del desarrollo de las librerías y su representación artística”, signifique eso lo que signifique; “Canadá” de Richard Ford (sobre el que publicó Babelia un extenso artículo el pasado fin de semana) y “El camino de Ida” de Ricardo Piglia. Alfaguara cuenta con “El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa, que ya le dará para hacer el agosto y “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, que apunto únicamente por no dejar desangelada esta parte del párrafo. Sobre cualquiera de estas dos editoriales encontrarán más información en cualquier parte. 

No como Sexto Piso, que quitando alguna mención pasa un poco desapercibida. La he dejado para el final por la siguiente razón: es la que publica el libro que, con diferencia, más me apetece leer. Seguramente sea, junto con “Butcher´s Crossing” de John Williams (Lumen, octubre) o “Sermón sobre la caída de Roma” de Jerome Ferrari (Mondadori, septiembre), lo único por lo que siento sincero interés, diría que hasta inquietud, diría que hasta un asomo tolerable de locura. Todo lo demás… bah, todo lo demás, todo eso de Anagrama, Debate o Alpha Decay, todo eso es puro entretenimiento de una tarde con ganas de escribir algo para el blog. Súmenle a esto una reedición de “Memorias del subsuelo” de Dostoievski en su sección de Ilustrados con unos magníficos dibujos de Jorge González y no le pidan más a la vida. Termino la sección Sexto Piso con un par de apuntes más: “Frankenstein” de Mary Shelley (también ilustrado); algo de David Grossman que tiene que ver con abrazos, o una novela donde las minúsculas parecen tener bastante importancia llamada “Del color de la leche” de una tal Nell Leyshon. En el apartado Realidades —del que me he declarado fan en numerosas ocasiones— Thomas Frank, que dicen uno de los mejores escritores de izquierdas de EEUU y es autor de la apetecible “La conquista de lo cool” (Alpha Decay, 2011), publica “Pobres magnates” donde seguramente se ponga a parir a alguien. Harry Browne hace lo propio con “Bono, el hombre del poder” un libro que viene a acabar con la imagen que el mundo tienen del Bono bueno, una propuesta absolutamente genial para leer un sábado por la tarde con “The Joshua Tree” de fondo.

* * * * * * * * 

Fin del resumen. Sé que me dejo un montón de libros y, lo que es peor, un montón de pequeñas (y grandes) editoriales como pueden ser Salamandra, Gadir, Errata Naturae, Blackie Books, Acantilado, Alfabia, Impedimenta, Navona, Nevsky, Nórdica, Rayo Verde, RBA, Salto de página, Lengua de trapo y un largo y aburrido etcétera, pero desde este rincón del mundo y únicamente con Google como herramienta de trabajo (y enganchado como estoy a la última temporada de Breaking Bad), servidor no puede, ni quiere, hacer mucho más. Si algún día recopilo suficiente información prometo repetir la experiencia. Hasta entonces, sean felices y no se lo gasten todo en libros.


(¿Continuará?)


viernes, 1 de marzo de 2013

“Artefactos” de Carlos Gámez

Odio las reseñas de relatos casi tanto como los propios relatos. O más. Las mías, especialmente. En este odiar infinito también creo que más de la mitad de los cuentistas son un grupo demasiado numeroso de gente a quienes disfruto suponiendo un importante déficit de atención toda vez que demuestran, una y otra vez, una manifiesta incapacidad para desarrollar una trama que vaya más allá de la página treinta y uno. Mi odio por la reseñas no es gratuito, atiende a mis propias limitaciones: nunca sé si debo resumir los argumentos o si acaso es mejor obviarlos y buscar aquello que tienen en común. Quizá simplemente debería evaluar su trascendencia; si su lectura desencadena algo o no aportada absolutamente nada. O qué. 

Pero bueno, bien, aquí estamos una vez más. Artefactos, de Carlos Gámez, es otro puto libro de relatos que gana un premio. Hubo un tiempo (tuvo que haberlo) en que ganar un premio tenía su aquel. Uno le decía a su madre: mamá, me han dado un premio; me van a publicar; ¡hoy escritor, pronto leyenda! Y todo eran besos y abrazos y la esperanza de llevar el apellido a las enciclopedias se ponía enterita en la infeliz criatura. Se valoraba incluso la posibilidad de tener sexo gratis. Entonces uno ahorraba y se marchaba a San Petersburgo, por ejemplo, y habilitaba algún rincón en el que dejarse los muñones en la estilográfica. Hoy ya no es tanto así; sí la alegría, que es la mismita, no la esperanza. El país está lleno de genios prepubescentes que no han llegado a nada en la vida y de imbéciles que a demasiado. 

Artefactos es el resultado de vivir intensamente la profesión y no perder la afición por la cosa impresa. Le pasó a Agustín Fernández Mallo y algo parecido le ocurre a Gámez, también físico, pero al menos a éste no le da por el Spoken Word (que sepamos). En cambio sí por los cuentos, malditos cuentos. Escribió algunos y los presentó a concurso. Y ganó. Qué tío, el Gámez. 

El concurso (en algún momento de esta reseña hablaré de los cuentos, lo juro por Dios) se llama Café Mon y el premio, si no me equivoco, consiste en ser editado por la editorial Sloper llegando así a oídos de cuatrocientas o quinientas personas. Orgasmar no orgasma, el premio, pero es mejor eso que comprarle a Amazon tu propio libro cuatrocientas veces y además incluye la cláusula de que ningún autor ya publicado de Sloper puede presentarse al premio, lo cual descarta la participación de, por lo menos, ciertos poetas por todos conocidos. 

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En breve segundos Lester, mi actual dealer, se incorporará de su asiento.” Así empieza el primero de esos artefactos de Gámez, el llamado Yonki como Burroughs, que es, de todos los artefactos, mi favorito. El relato, un tanto metaliterario (cosas de la putafísica), plantea la voz monologante de un personaje en un momento muy concreto de su vida: el que tarda en desenchufar un cable, para ser exactos, y que, al cambio, viene a ser toda una vida. El cuento, que hace un repaso al presente, pasado y futuro de dos personajes, plantea la narración como un ejercicio en sí mismo. Algo así: 

[…] ni recordaré que analizo las relaciones entre lingüística y neurociencias. Tampoco explicaré que el orden temporal de las secuencias es una ilusión de nuestra mente, ni hablaré de lo que he descubierto después de repasar la técnica del flujo de conciencia y su recuperación en la literatura actual. Mi tesis tras estudiar a autores influenciados por los últimos descubrimientos neurológicos (como David Lodge en Thinks…., o George Saunders a través de sus narradores en primera persona, o Dave Eggers en algunos pasajes de sus libros, o Lolita Bosch en Elisa Kiseljak, o el gran Foster Wallace): que es la mente la que necesita construir esa fantasía de la secuenciación temporal para entender los relatos. (28-29) 

Esta misma (o parecida) referencia a los estudios entre neurología y literatura (igual estoy diciendo una barbaridad, pero es que para mí la educación física siempre fue otra cosa) es una constante en todos los cuentos. En realidad ES La Constante. Quiero decir que si son ustedes mucho de letras igual no pillan todos los chistes de Gámez. En general todo el cuento es un desbarre, pero un desbarre gracioso una vez que se acaba y comprendes que ese ir y venir por la conciencia desarticulada del protagonista desemboca en una construcción lineal, que llega a cabo solito el lector y que el truco del almendruco se ocultaba entre las líneas del propio cuento. Por el camino hay que aguantar que la continuidad es una construcción mental, que el flujo de conciencia (dice el prota que dice Susan Blakmore) no existe (que operaría de modo fragmentario y no como un río continuo de palabras sin signos que la puntúen). Cada uno se justifica como buenamente puede y este cuento sólo se sostiene sobre los pilares teóricos de la paja mental. Será por eso que me ha gustado. 

El resto el más o menos lo mismo con tendencia a lo irregular (el último cuento es muy útil para dormir a las cebras, por ejemplo). Pero no se vayan todavía, aún hay más. Cuatro más. Y todos de la misma cu(e)rda. 

Tres de ellos, los inmediatamente siguientes, se supone que forman parte de un todo, pero es un todo un tanto indefinido. Por utilizar un lenguaje que entienda todo el mundo: tienen que ver unos con otros sólo porque el escritor lo dice, sólo porque la física existe y sólo por Gámez la ejerce. Que ya no está mal. Sin entrar en aburridos resúmenes les diré que todos tienen algo en común: la tecnología. Una lámpara de Ikea o un televisor que nos pone en contacto con nuestros antepasados o un diario que recoge el día a día de un hombre des-enamorado pero incapaz de iniciar otra relación por culpa de la mencionada cosa cuántica, un secreto este que el propio Gámez va revelando progresivamente al protagonista a través de unos más que oportunos correos electrónicos. Supermetaliterario. O un asomarse al futuro de las aplicaciones neurobiológicas y ver cómo esto afectará a las relaciones humanas cuando todo el mundo sabe que menos follar, que nos quiten lo que quieran. Si lo piensan bien parecen esos artículos que German Sierra escribe para Quimera. Supongo que no es del todo casual que uno de esos cuentos -no recuerdo cuál- se lo haya dedicado a él. Por algún lado tenía que hacer agua el amigo Gámez y es que cuando uno mezcla leche, cacao, avellanas y azúcar lo más probable es que salga algo con sabor a Nocilla. No es el caso, no se apuren; simplemente lo parece (unas veces más que otras) y es que, así como el roce hace el cariño, también lo empaña de física cuántica existencial, que es un poco el género con el que me gusta etiquetar estos relatos.