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lunes, 18 de abril de 2016

‘Guardar las formas’ de Alberto Olmos

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Que nadie se equivoque: aquí no reseñamos a Alberto Olmos porque nos guste cómo escribe, ni siquiera porque nos interese lo que escribe. Aquí reseñamos a Olmos porque nos gusta la polémica casi tanto como al propio Alberto y sabemos —acumulamos cierta experiencia— que las promociones de sus libros suelen ser bastante más jugosas que las de, por ejemplo, Elvira Navarro o Patricio Pron, escritores a los que de tan intensos uno se siente obligado a tomar demasiado en serio demasiadas veces. Además, convendrán conmigo en que siempre será mejor hablar de algo que levante una mínima pasión que de algo que invite a la compasión. Prueba de esto será este post en el que, a excepción del libro de Olmos, intentaremos hablar de cualquier otra cosa, un poco por lo que acabo de decir y otro poco porque nunca le he visto mucho sentido a eso de construir un post a golpe de pequeños resúmenes que nadie va a leer.

La polémica que acompaña cada estreno de este escritor, está siendo, en esta ocasión, la siguiente:

Alberto Olmos (a partir de ahora Olmos o Alberto o Alb) ha declarado en numerosas ocasiones que no es mucho de relatos, que lo suyo es más el largo recorrido (parece incluso que escribió una encíclica sobre el tema) y ahora va el tío y escribe doce relatos en catorce minutos, los presenta a un premio, queda finalista y no contento con eso se deja editar por el sello antes conocido como Mondadori. Y claro, escuece que te cagas sobre todo si eres un académico profundo y llevas media vida impartiendo talleres creativos en librerías de viejo o le tienes que pedir a un primo, que tiene contactos con nosequién, que te mueva el manuscrito que llevas pergeñando dos años y un día de tu perra vida de parado de larga duración. Yo estoy por encima de estas cosas y maldito si me acuerdo de lo que dijo Olmos durante la trigésima borrachera egomaníaca de sus tiempos malheridos, pero algunos escritores sí, porque son gente subterránea, mala y rencorosa además de una perfecta inútil, por lo que a nadie le extrañe que florezcan nuevamente inquinas y odios varios y vuelva Olmos a ser, para tantos, (afortunadamente no todos) la misma “puta nulidad de escritor” de las que viene siendo acusado desde tiempos inmemoriados.

Aquí tres ejemplos de los famosos titulares: «El cuento es el cobijo ideal de gente con poco talento» (Público); «Es muy fácil escribir tres cuentos e ir por ahí diciendo que eres escritor» (El Cultural); «El cuento es un género menor. Hasta un bachiller está capacitado para escribir uno», Vozpópuli. 

Lo que me pide el cuerpo es terminar la reseña aquí, y hacerlo con una gran frase final que certifique que, efectivamente Alberto Olmos tiene más razón que un santo y que prueba de ello es que él mismo acaba de publicar un libro de relatos.

Pero no sería un post justo ni divertido ni tendría la extensión que acostumbro. De modo que, sigamos.

En la literatura está pasando un poco como en el cine. Antes lo más era hacer películas, pero ahora si no protagonizas una serie en televisión ya no eres nadie. Dicen los expertos que han cambiado los hábitos de los telespectadores; que, claro, con semejantes plasmas ahora el cine se consume en casa; que si encima Netflix; que no si no sé qué y ya todos afeitándose las barbas. Pues con la literatura lo mismo: tú ahora escribes una novela y ya tienes a veinte correctores preocupados por sus quinientas páginas y que si no puedes aligerar un poco el peso de la trama o qué. Te dicen, esos mismos expertos muchos de ellos probablemente entusiastas de Ken Follet, que los hábitos de los lectores han cambiado, que la gente se ha acostumbrado a las tablets y ahora les arde el culo si pasas de mil palabras, que si no sé qué mandangas evolutivas… Y ya todas nuestras esperanzas puestas en la narrativa breve, ese clásico intemporal.

Y probablemente sea cierto y probablemente sea mentira pero sí da un poco la impresión de cada vez son más los libros de relatos y cada vez son menos el números de páginas por novela. Hoy las estanterías ya no son lo que eran. También puede ser que, ya que la novela ha muerto, recurramos a un género que no exija demasiadas responsabilidades. 

Pero volvamos a las declaraciones de Olmos. 

Lo que el sujeto entrevistado viene más o menos a decir es que un relato corrientito, de tres, cinco, diez, doce páginas, requiere menos esfuerzo que escribir una novela de 100, 200 o 952. Esta es una obviedad tal que casi da vergüenza ajena repetirla, pero sirve para que nos hagamos una idea del nivel de los entrevistadores en esa incansable búsqueda del gran titular. Por lo tanto, si yo fuese un escritor medianamente normal con un nivel de mediocridad como se acostumbra en estos lares, esto es medio-alto; padre de familia; empleado por cuenta ajena o directamente un vulgar periodista, no dudaría en hacerme una antología de relatos que llevase por título, no sé, Las presentaciones literarias y otras masturbaciones. Podrían ser relatos inquietantes, costumbristas o de un realismo descarnado, pero invariablemente, contundentes; de prosa ágil, áspera o lírica, húmedos o resecos pero siempre críticos hasta lo desangrante. Podrían ser una mierda pinchada en un palo pero también podrían no serlo y pasar por buenos; podrían gustar a alguien o directamente no. Seguramente no. Qué más da. Podrían servir simplemente para etiquetarnos como escritores. Recuerden: todo tiene su público. Ejemplo: el otro día fui testigo mucho de cómo una mujer corriente y moliente defendía a muerte no sé qué novela porque el protagonista padecía una enfermedad crónica, que era exactamente lo mismo que le ocurría a ella en su más estricta intimidad; y ya que por fuerza se sentía identificada, también por fuerza la novela tenía que ser buenérrima y un mierda por no reconocerlo. Y así nos va.

Y es así. Desde que tengo el blog me han llegado o me han hecho llegar unos cuantos libros de relatos (y mira que tengo dicho que no soy de relatos, pero ni modo): algunos no los he leído; otros no eran cosa, la mayoría, en realidad. Más de uno no pasaba de infumable. Olmos tiene razón: cualquiera puede escribir y casi cualquiera puede publicar. Tal vez no en Anagrama, pero qué más da si nadie te va a decir que eres una nulidad por publicar en la editorial zapatitos de cristal.



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Y así es como llegamos, después de tanta vuelta y tanta palabrería, a Guardar las formas. No importa lo que yo diga ni las razones que tenga para ello, hay una verdad incuestionable: un relato que no brilla es un relato más, esto es: un relato menos. Pues bien, en este recopilatorio hay demasiados relatos que no brillan lo que deberían. 

Con esto no quiero dar a entender que sean malos. En absoluto. Creo que son correctos; bastante más correctos, de hecho, que muchos de los que se escriben y celebran con desmedido e injustificado entusiasmo (pienso, no me lo puedo quitar de la cabeza, lo último de Esquivias, que sólo merece palos). En Olmos, si obviamos una cierta tendencia al efectismo («Fuimos a aquella cabaña en mitad del bosque porque uno de los dos quería poner a prueba al otro. La prueba consistió en impugnar deliberadamente la realidad») o a peculiares asociaciones de ideas («Manuel va olvidando el sueño a medida que se despierta, algo que hace blanda, dulcemente, como quien toma posesión de una herencia previsible, sin disputa, que se veía venir desde hace años») o a experimentar con lo ya mil veces experimentado («Me gusta rebobinar las películas y devolver las películas porque si no no puedo dormir con mis nervios y pienso que nos van a cobrar mucho dinero por no devolver las películas el día de devolver las películas y de rebobinar las películas nos van a quitar el carné y voy a tener que ver películas que no sé cómo se llaman en la televisión porque siempre las encuentro empezadas»), decía que, obviando esos significativos detalles se puede encontrar en Olmos un narrador elegante por más que en ocasiones peque de un excesivo envaramiento: «Mi madre, mis hermanos y yo nos volcamos en su bienestar y su cuidado, atónitos ante la evidencia de su deterioro y la más que posible resolución inmediata. Uno sabe que su padre va a morir, pero no sabe que lo va a querer tanto. Perdón y respeto era todo lo que yo sentía en el trance. Mi padre no fue un gran padre. Ni siquiera me gustaba la idea de considerar que, como suele decirse, hizo lo que pudo. Hizo lo que quiso y estuvo bien y era mi padre y se moría».

Si quieren mi opinión, mi sincera opinión, y probablemente, de todas las que conozco, la única opinión válida, creo que Guardar las formas de Alberto Olmos es un libro de relatos que guarda demasiado las formas; que gustará mucho a incondicionales del escritor y enfermos crónicos y a todos amantes de prosas doctrinantes, pero que tardarán olvidarse mucho menos de lo que llevó escribirlos. Si buscan historias o personajes, si buscan vida más allá de las apariencias, mejor busquen en otra parte.

No sé si me explico.


lunes, 11 de abril de 2016

‘La pertenencia’ de Gema Nieto

En una intensa entrevista que un tal Miguel Sanfeliu (otro de esos que tiene blog y publica libros y demás cosas de vieja tipo entrevistar a escritores como excusa para darse importancia y dar a conocer o hacer importantes o dar a conocer a quienes no lo son o no lo merecen) le hace a Gema Nieto, dice la interfecta: «[…] me preocupa la forma, ya que en esencia lo que hace que determinadas obras sean literatura es básicamente la forma. En realidad las grandes obras literarias, como Madame Bovary o Crimen y castigo, pueden resumirse en pocas palabras, pero lo importante en ellas no es la trama, ese vulgar «de qué va», sino cómo está relatada.» No seré yo quien le quite la razón. Sin duda, la forma es fundamental. Repitan conmigo: fun-da-men-tal. Esto que quede claro. Por poner un ejemplo reciente, a Jesús Carrasco la forma de su primera novela lo hizo popular, lo hizo un hombre. Lo hizo escritor. Pero también se lo comió. Carrasco era tanto forma que acabó no siendo otra cosa y luego, claro, llegó la segunda novela y, pese a los premios europeos diseñados para lectores candorosos, nos saltaron las evidencias a la cara. El contenido… bueno, el contenido, pero vamos a ver ¡a quién carajo le importa el contenido! A Carrasco no, eso seguro. Ni a otros. Que nadie espere contenido en Stoner, la novela de John Williams, o en El periodista deportivo de Richard Ford, un señor que siempre nos hace creer que escribir es taaan fácil. ¿Y todo gracias a qué? Efectivamente: a la forma.

Jodida forma.

La parte mala del asunto es que aferrados a la forma, como lapas o gusanos, están los poetas y, amarrados a éstos, los poetas que saben que los versos no dan para lentejas y se pasan a la prosa o simplemente se dejan florecer en ella.

Gema Nieto, por ejemplo. 

En la pertenencia hay cuatro personajes. Cuatro. La madre, la hija, el hermano y el marido. En el centro: la madre. La novela empieza con ella enferma de morirse. De hecho, no tarda en hacerlo ni cuatro páginas. Su pérdida conduce al desastre. Es lo que tiene ser buena cocinera y buena hija y amantísima madre y venerada hermana y amor de mi vida, faro en la niebla que ilumina mi pobre corazón, ay qué dolor.

«A cada uno de ellos le ofende ya no sólo el dolor ajeno, extraño, de los desconocidos o de los personajes de ficción o de las víctimas de cualquier suceso que ven en las noticias; les irrita incluso el dolor del resto de componentes de ese microuniverso insano que han construido a base de silencio y en el que todos se nutren día tras día de las mismas raíces podridas, respirando los mismos focos de incendio. Cada uno de ellos es una isla incomunicada; los cuatro forman un archipiélago a la deriva en el fango, y para cada cual no existe —no puede existir— un dolor más grande que el suyo. Insinuarlo simplemente es injurioso, imaginarlo es imposible. El viudo, la madre sin hija, el hermano abandonado, la huérfana. Todos caen sin sostenerse. Ninguno ve al otro».

Total: cuatro sujetos a cual más agonías dejando su triste impronta a lo largo y ancho de nada menos que 240 páginas. Y hasta aquí puedo leer puesto que entramos en el peligroso terreno de contar más de estrictamente necesario.

De todos modos da igual. A mí la historia me importa un comino. Cierto es que no me entusiasma pero, dando la razón a Gema y a tantos otros, podría haberme importado. Tendría que haberlo hecho. Al fin y al cabo, ¿no es cuestión de forma? Una buena forma, una buena novela; una mala forma, La pertenencia. Cierto, cierto, CIERTO: habrá a quien le guste. Por descontado. Siempre hay a quien le gusta algo (mi hija, sin ir más lejos, es mi fan número uno) pero hay que estar hecho de una pasta especial y tener más paciencia que un santo y más moral que el alcoyano y no es ni remotamente mi caso, no así el de Alberto Olmos, editor y responsable directo de que esto esté en la calle haciendo de las suyas. Con todo, será un éxito de masas. De veinte ejemplares no baja.

Lo que quiero decir con esto y sin ánimo de “salvar” una novela que no tengo el menor interés en “salvar” todo es cuestión de forma ergo todo es cuestión de gusto o del cariño o de la amistad.

«Para muchas serían después el temblor y las lágrimas, el fuego y la torpeza, el ruido y la furia que le harían perder toda locuacidad y sensatez. Otras vendrían después de los trece y de los dieciséis, cuando todos los cielos son naranjas porque todos los pechos explotan al mismo tiempo y a la misma hora. Ya no existen, ya no son, pero cuánto necesita su conciencia recordarles todavía, a todos y todo lo que amó tanto que le dolía, instalada en este cómodo presente-futuro de estabilidad y amor correspondido en el que cada noche duerme a su lado el ángel que sopló en su alma y la sanó».

Yo con esto un ratito sí, pero 240 páginas como que no. Me puede tanta intensidad, tanto hacer cada página una telenovela, tanto bajarse a los infiernos en busca del éxtasis. Esta literatura del dolor del alma mía, este poner cada minuto cara de hemorroide, este recurrir al lirismo desatado para ocultar otras carencias tipo algo que contar; este darle a los personajes la profundidad de un plato de sopa (alarmante el caso del marido quien, a pesar de tener su protagonismo, carece por completo de justificaciones para sus actos; o del hermano, mariquita loca de pedrería y batín de seda, alcohólico y sentimental que no suscita en momento alguno el menor interés; o de la madre (la madre de la muerta, se entiende) que por tener no tiene ni media línea de diálogo y que lo más que hace es caerse un día por las escaleras).

En La pertenencia se piensa mucho, muchísimo, se piensa tanto que duele pero sin embargo y a pesar de ello o precisamente por ello, no se tiene una triste idea que llevarse a la cama. Tanto pensar para nada, verdad. Tanto vagar por las calles, tanto llorar, tanto buscar un lugar el mundo total para qué. 

Lo mejor de la pertenencia es que vale menos de cuatro euros. 



lunes, 3 de noviembre de 2014

Resumen de Lecturas OCTUBRE 2014 [Versión extendida] [4ª parte] [Incluye Bonus Track]

Esto se acaba; ya pueden dejar de odiarme. Última entrega. 


La fiesta de Boris / En la meta / El teatrero de Thomas Bernhard

Empecé esta pequeña reseña, esta píldora crítica, con la mejor de las intenciones. Pues tan buena era, la intención, que se me fue la mano hasta las ochocientas palabras pero tampoco era plan de meter, como resumen, ochocientas palabras, que tiene la gente mejores cosas que hacer que pasar la tarde leyendo esto. 

Este recopilatorio incluye tres obras de teatro de Thomas Benrhard. Lejos están, en conjunto, de contar entre lo mejor del escritor, pero de ley es reconocer que En la meta me ha parecido una obra estupenda.

Lo mejor, siempre, los personajes y ese odio, tan visceral, tan bernhardiano y esa maldad, tan natural e inevitable, tan de sentido común y justificada. Leyendo a Bernhard y escuchando los motivos de sus gritos se pregunta uno cómo es posible que no grite más. 

Yo no sé qué hacemos que no leemos todo el día a Bernhard. De verdad que no lo sé.


* * * * * * 


Butcher´s Crossing de John Williams

Sitúense: John Williams, ¿vale? John Williams es el autor de Stoner, la novela revelación del año en que se estrenó y del siguiente y del inmediato posterior, y así ad infinitum, dependiendo de cuándo sea leída. Habrá, claro, a quien no le guste (hay gente para todo), pero aquí hablamos de lectores con criterio.

Déjenme refrescarles la memoria, porque es importante: Stoner era una novela sobre un aburrido profesor universitario: sus miedos; sus aspiraciones; su matrimonio, fracasado todo él. La novela no iba de nada en particular pero sí de todo en general y lo que hacía que la tuviésemos en cuenta, era, entre otras cosas, la capacidad de Williams para hacer adictivo la anodino y vulgar. Williams se demostraba un narrador excepcional y Stoner una novela apasionante que se comía con patatas todos los prejuicios que uno pudiese sentir hacia las novelas que hablan de la vida de quienes no han hecho y ni harán nunca nada especial.

Bueno, pues ahora, atentos: Butcher´s Crossing trata sobre un joven que, a finales del siglo XIX, abandona Harvard para echarse a la pradera a matar bisontes justito en el momento en el que menos bisontes hay en la pradera. Apasionante, no me digan.

Pues mira, sí.


* * * * * * * 


El largo invierno chino de Carlos Palacios

A estas alturas ya deberíamos estar escarmentados del catálogo de Eutelequia pero se ve que a gilipollas no nos gana nadie en este blog. 

Esta novela trata de los chinos, que son esos señores con los ojos rasgados que quedan siempre con las mejores esquinas y venden paraguas de un único uso. La cosa no tiene mucha ciencia: los chinos toman el poder en Milán, ciudad a la que acaba de llegar un español a para dar clases. El otro protagonista es un chinito esclavizado que medrará a base de chupar pollas. Y no figuradamente.

Bueno, la novela se puede leer si uno tiene tiempo y ganas pero también se evitar, en la medida de lo posible, ya que aparte de recordarnos cómo funciona la micropolítica china de expansión internacional y de fantasear un poco con los detalles no es mucho más que una gamberrada con la que se supone que deberíamos reírnos. No ha sido el caso.


* * * * * * * 


El sí de los perros de Juan Vilá

Hablábamos de los chinos, ¿verdad? Pues ahora hablemos de los Pijos. Los pijos ya sabemos todos lo que son: clase media venida a más o clase alta ejerciendo de sí misma. Gente con pasta o gente que cree que tiene pasta o gente que finge que tiene pasta. Hay muchos matices y porque hay muchos matices es por lo que la novela de Juan Vilá tiene tantas páginas como 190. Tal vez no les parezcan tantas pero eso porque no se han leído ustedes la novela.

Esto es uno que va a una boda de alto copete y nos cuenta su vida y la de su vecina de mesa, también la de su primo y la de su cuñado y el primo del cuñado y la vecina del quinto. Nos cuenta sus impresiones, pareceres, fantasea un poco, se imagina lo que no sabe y supone todo lo más. Y probablemente no falle ni una. Él lo sabe. Nosotros lo sabemos. Y es por eso, porque todos sabemos todo, por lo que nos va quedando, a media que avanzamos, la sensación que a Javier Marías le ha crecido un brote en algún lado. 

Otra puta novela sobre la crisis, en realidad, (esta crisis, cualquier crisis) que demuestra lo que ya hace tanto que sabemos por la televisión: que los ricos también lloran.

Juan Vilá es mucho sarcasmo, pero ningún orgasmo. Como casi toda nuestra literatura. Qué bien que nos pilla confesados.


* * * * * * * * 


“Aniversario de un lamento” de Tongoy

Y ahora me van a permitir un offtopic. Por favor, déjenme celebrar el aniversario de un lamento.

Ayer me acordé de algo. Casi, casi, casi se me pasa. Casi.

El 12 de octubre hizo exactamente un año de esto (siendo esto algo que el escritor Alberto Olmos publicó en su blog, justito antes de hacerlo de cobro):

«Parásito, me dice el editor [de Lengua de Trapo], en relación al, en efecto, sujeto que vive a costa de otro de distinta especie, alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo, quizá antes -o quizá justamente después- de responder a mi pregunta -sobre qué publicará el sello el año que viene- con otra pregunta: ¿estaremos aquí el año que viene?, […] y será tan simpático, tan miserable, leer, el año que viene, las condolencias del sujeto que vive a costa de y del autor o de la autora que hace con el libro de todos lo que no haría con su propio libro, plañidos y quebrantos como ay-dios-mío-qué-pena otra editorial pequeña que cierra, ay-virgen-santa-qué-contrariedad otro sello independiente que desaparece, ay-ay cada vez se estrecha más el abanico de posibilidades para que publiquen los autores jóvenes y las voces experimentales y los escritores minoritarios, ay qué pena tan auténtica nos dan los caídos por la crisis económica; sí, amigos, qué simpático va a ser oírles, qué miserable».

Pues sí, ya ha pasado un año. Ya es “el año que viene”, el año en el que se esperaban los plañidos, los quebrantos, los ay-dios-mío-qué-pena-y-qué-contrariedad. Y míranos, aquí, otra vez, un año después, menos jóvenes pero tan guapos como siempre. Y Lengua de Trapo que sigue sin cerrar. Y yo que sigo sin llorar. Y que esto no puede ser. Que vaya mierda de pronóstico, que qué asco, otra editorial que sigue publicando autores jóvenes y voces experimentales y escritores minoritarios de los que no interesan a nadie; de los que no publican nada que tenga el mínimo de calidad exigible. Seguimos alimentando la máquina y la máquina que no se quiere morir, que no ve razón para ello cuando en realidad le sobran algo así como setenta razones. Y media.

Si es que no damos una.

A ver si hay más suerte con la Primitiva.


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Y en noviembre…

…esto:



…y lo que se tercie. O no. O simplemente esto o simplemente NO. ¿No sería bonito? Simplemente NO.



lunes, 12 de mayo de 2014

“Alabanza” de Alberto Olmos

Advertencia: no lo parece pero esta reseña es de pago por lo que si van a seguir leyendo sepan que, de un modo u otro —ya veremos cómo—, lo acabarán pagando. 

* * * * * *

Yo no sé si lo que pasa en este país con Alberto Olmos es de manual de sociología o directamente de frenopático. (Y ojo, que cuando digo “en este país” me estoy refiriendo única y exclusivamente a la parte de la población que siente interés por el mundillo [literario español], entendiendo éste como esa cosa viscosa que se agita, gimotea y, en ocasiones, aletea. La misma que, dicen, Alberto Olmos ha venido a poner en su sitio, no le vayan a quitar la etiqueta de malote ahora que parecen haberlo domesticado.) 

Si miran hacia según dónde o si navegan por según qué webs, y siempre y cuando no hagamos caso de la reseña que aparece en el Babelia de este fin de semana, lo último de Alberto Olmos —su novela de madurez, su novela mayor (anoten madurez y anoten mayor)— roza a estas horas el estatus de obra maestra espontánea, que es, por otro lado, el estatus habitual en la primera semana de toda novedad que se precie. 

Hay mucho que decir (es un decir) y pocas ganas; a ver qué tal se nos da aquello de brevedad y concisión. Imagino que fatal.

* * * * *

La promoción de esta novela arrancó oficialmente el día que Juan Palomo dijo que en ella Alberto Olmos ajustaba cuentas; que algunos sujetos del mundo editorial no iban a ser tratados, no, con amabilidad. De lo cual se extraía que Alabanza iba no tanto de literatura como de literatos. Claro. Creía uno que ya habíamos superado ese punto de creer que tiene algo de original o subversivo hablar de lo que sucede entre bambalinas pero se ve que no dejamos de equivocarnos. 

De todos modos y antes de que empiecen a salivar déjenme advertirles: no esperen puñaladas reales o secretos inconfesables o nada que no sepan, intuyan o se imaginen; confórmense con este tipo de cebo:

«Él ya la estaba viendo como novia venidera, y dejándose llevar por los parques de su mano; hasta le parecía precioso que ella llegara a escribir también cuentos y acabaran siendo una de esas parejas de escritores que enchufan a sus hijos en los periódicos y votan a la izquierda».

Pero venga, va, al lodo.

En Alabanza es 2019. La literatura ha muerto. Sabremos, sin entrar en mucho detalle, que los unos han dejado de leer y los otros han dejado de escribir. Que ya nadie ni lo uno ni otro. La culpa de todo la tiene Sebastian, un escritor de relatos que, cuando se pasa a la novela comercial lo peta y todo es sumar capital y restar prestigio a costa de hundir el navío o explotar la burbuja o lo que sea. Por razones que tienen que ver con la necesidad de huir, se marcha con su pareja al campo a darse a lo suyo, esto es, la literatura de verdad (por aquello de que la novela trate del amor a la literatura y tal). Ella, mientras tanto, busca iglesias con Wifi y acosa viejecitas. El plan de Sebastian es reconciliarse con el mundo gracias a una colección de relatos que debería titularse La amadas o Las mamadas, no recuerdo, (con cuatro aes, como Alabanza, que ya es casualidad también, jaja, me parto). 

Sebastian es Olmos en plan crisis de los cuarenta, echando la vista atrás y tomando conciencia de él también fue a EGB. A continuación les dejo un fragmento (editado) de lugares comunes de la infancia de la generación que nos ocupa: 

1. El empapelado de las paredes; […]
2. Un orinal debajo de la cama de sus padres.[..]
6. Mearse en la cama. [..]
9. Jugar a los bolos en el pasillo. [..]
10. Jugar al fútbol con chapas de cerveza y de refresco, [..]
12. Mezclar refresco de limón con refresco de cola. [..]
13. Un diminuto ajedrez magnético que guarda las piezas en su panza de espuma.
14. Hacer los deberes viendo la tele. [..]
18. El vídeo. [..]
26. La propina de los domingos, [...]
31. La cartilla con las notas, [..]
39. Los platos Duralex.
40. Bizcochos Noé.
41. Ajax.
42. Spar.
43. Sugus.
44. María.
45. Martínez.
46. El cubo de Rubik. [..]

Y así de enternecedor hasta cien.

También está la tontería esa que le ha dado a algunos de hablar de ausencia de trama (excepción que debe hacerse a eso momentos-intriga con los que el autor salpimenta la narración, no vayamos los lectores a olvidarnos el libro en algún bar) como si la ausencia de trama fuese un mérito y no un algo puramente anecdótico que tiene lugar cuando la novela es el ejercicio de recrearse en los recuerdos de la infancia y los recuerdos de la adolescencia y los recuerdos de la supuesta madurez y lo que te rondaré morena. Si lo piensas, en este plan cuatrocientas páginas son pocas, sobre todo si te das el lujo de hacerte algunas pajillas (mentales, se entiende): «su impermeabilidad a la nostalgia está intacta, pues su hipótesis de que no somos lo que fuimos se ve avalada por la dificultad de saber lo que fuimos, en comparación con lo que lo fueron todos los demás, que tantas veces recuerdan haber sido nosotros». En mi opinión sí hay trama, pero es una trama chiquita modelo chinche que caga un relleno que parece poliestireno expandido. 

Total, que Sebastian o Alberto es de pueblo hasta que un día sale del pueblo y se finge de ciudad. Escribe un libro y tal, porque él quiere ser escritor, porque cuando él llega a la literatura, la literatura, al menos en su inocente cabecita, es eso que brilla en la oscuridad y no la oscuridad misma, como viene a descubrir por las malas.

«Así, en las reuniones de autores de la casa, en las presentaciones, los festivales y las demostraciones solidarias que armaban cada tanto los escritores, Sebastian simulaba ser uno de ellos, otro escritor más con las ideas claras, indiferente y casi contrario al mercado, orgulloso de no ser leído más allá del mapita de puntos rojos y dolorosamente concernido por todos los problemas sociales de su tiempo. Sentía el suplicio de ser un infiltrado y de estar tomándole el pelo involuntariamente a todos aquellos intelectuales severos y revolucionarios. Le dolía, más que nada, por el propio Editor, al que notaba encariñado con su rencorosa personalidad, que interpretaba quizá como subversiva. Sebastian sólo se dejaba llevar, y en su indolencia venía determinado, sin que él mismo se diera cuenta, un momento en el futuro en el que daría ese paso hacia la literatura estrictamente comercial».

Apasionante, no me digan.

Bueno, pues esto que he resumido tan malamente y con tanto rencor fruto de la envidia es lo que algunos (me suena que él mismo) han dado en considerar como LA NOVELA MAYOR del autor toda vez que Ejercito Enemigo ha demostrado no dar la talla.

Novela mayor, al menos en este caso, podría perfectamente ser aquello de salir a cazar elefantes con una escopeta especial para matar elefantes y volver con un ganso disfrazado de avestruz o cualquier otro animal, preferentemente palmípedo, con querencia a la introspección y facilidad para la autocomplacencia, la autocompasión o el onanismo. 

No es una imagen fácil, tómense su tiempo.

La tercera parte de la novela es, ahora sí, una crítica al mundo (que no mundillo) literario, con sus corruptelas y sus miserias y todo lo que los lectores habituales de Alberto Olmos están hartos de conocer y en muchos casos padecer. Es la parte que más parecen disfrutar unos cuantos lo cual viene a demostrar lo que ya sabíamos.

La idea de que Alberto Olmos escribe siempre un libro diferente es más falsa que Judas. Tal como él mismo ha reconocido lo único que ha hecho (al menos en este caso en concreto) ha sido dar la vuelta a algunas situaciones de la novela anterior: marque la casilla: Internet sí□ no□; Sexo si□ no□ y ¡elija su propia aventura! En el fondo (y en la forma) todos sus libros son calcos; todos, de algún modo, padecen siempre la misma falta de ideas interesantes más allá de la anécdota; en todos ellos los personajes tienen siempre la profundidad de un plato de sopa y hay, en lo que escribe, al menos últimamente, una especie de necesidad de provocar, de tratar temas que puedan invitar la debate, asuntos con los que el propio autor lidia habitualmente, como si sólo así (y no con novelas brillantes y originales o simplemente interesantes) lograse llamar la atención. Hay sombras que son auténticos lastres.

* * * * * * * *

Y termino.

Aunque tengo facilidad para empatizar con casi cualquier ser humano me cuesta mucho entender que la gente se vuelva tan loca con una novela que, independientemente de la calidad de su prosa (hecho esto que ya se debería ir dando por supuesto, que ya son ocho las novelas, joder, y muchos los años de practicar la crítica literaria) no es más que una “autobiografía” que si parece interesante es únicamente porque trata temas que pueden tocar la fibra de aquellos a los que va dirigida (no olvidemos que Alberto Olmos tiene un público de un rango de edad muy específico y que fuera de ese asfixiante círculo el escritor apenas existe y de ahí la necesidad, intuyo, de hablar de cara a la galería de novela mayor como un nuevo intento de despegar de una puta vez, de librarse de esa sensación de ser eternamente joven ergo permanentemente infravalorado). 

Alabanza es, en pocas palabras y dejando al margen al escritor, una novela de la que se sale exactamente igual que se ha entrado. 

Déjenme hacer un pronóstico: esta novela que hoy parece tan especial, mañana, una vez haya pasado el momento de la promoción, será poca cosa, apenas nada. Dentro de un año, será sólo una más, otra más, una línea que añadir a un artículo de Wikipedia. Dentro de diez años, directamente no será. Y eso, se diga lo que se diga o se insinué lo que se insinúe, no puede ser bueno.

«[..] sus libros, que obviamente apenas se vendían, tampoco figuraban nunca en los listados de mejores libros del año, ni devengaban invitaciones a festivales o cócteles literarios, ni avalaban el viático de una colaboración en prensa. Eran libros que les servían a los prebostes culturales para señalarlos contra los lectores mayoritarios; eran libros que ejercían de primera línea en el frente de la guerra y que, por tanto, caían los primeros, morían enseguida y se olvidaban como héroes menores».


jueves, 17 de octubre de 2013

Una aproximación a "Última temporada" (una antología)

Bueno, pues nada. Juguemos.

LA INTRODUCCIÓN
(o el inconveniente de intentar meterla doblada)

El 25 de septiembre de 2013 Alberto Olmos reinicia actividad en Hikikomori (su blog personal) que venía arrastrando un silencio administrativo largo tiempo lamentado por incondicionales y amigos, por lo que cabe esperar que pronto saque novela nueva. Desde entonces la ha ido llenando de entradas pequeñas como mocos que llamaremos #raudos

El #raudo del 11 de octubre es una foto con la portada del libro que nos ocupa y un pie de página: "seguimos intentándolo, amigos" (lo de "amigos" no es nada personal, simplemente es una coletilla que se le ha pegado) con el que arranca, rauda y veloz, la campaña de promoción de Última temporada a la que hoy se suma este blog. 

En el #raudo 18 publicado el día 12 de octubre se habla de un parásito. El parásito ya tiene el libro, dice, se lo han pasado. Alb no lo intuye, no lo sospecha. Alb LO SABE. Ha visto señales que no dejan lugar a dudas. Los enchufes de su casa le susurran: el parásito malo quiere acabar con tu libro, leerlo y difamarlo, regalarlo, hundir el negocio de trapo. Se quiere comer tu tesoro. Porque al parásito feo no le gustan los libros de Alberto Olmos, dice. Porque al parásito horrible no le gustan los libros de Lengua del Trapo, dice. Porque el parásito ODIA la literatura y quiere acabar con ella. Qué mal bicho, el parásito. Quisiera Alb ser insecticida.

Por si se lo preguntaban, el parásito al que se hace referencia soy yo.

Cuestión número uno: Alb me acusa, veladamente y basándose en ridículas suposiciones, de estar distribuyendo una copia digital por la red con ánimo de hundir las ventas de un libro: «enviando alegremente el documento, por ver si en lugar de 500 vendemos 450 y así, con suerte, no estamos aquí el año que viene». Ya tengo que tener buen carácter para no enfadarme por esta chiquillada. No sospecha, no cree, SABE que una mano negra me ha hecho llegar el libro en formado pdf. Sólo así, argumenta, puedo conocer el orden exacto de los nombres del índice (que subí a los comentarios de esta medicina hace algún tiempo). Debe creer que soy una loca furiosa que vive de lanzar pdfs a las redes de intercambio, que este es el primero que me llega, que me quema en las manos. Que lo busque, Alb, a ver si lo encuentra y que se asegure, Alb, de paso, que no es el suyo.

Por dejarlo claro: nunca he recibido un pdf de este libro. Ni ganas. Sí una foto; concretamente un pantallazo de unas páginas del índice. Una puta foto. Todo lo demás es una paja mental del bueno de Alb. Todo lo demás es algo que Alb podía haber preguntado, claro que entonces no tendría maldita la gracia. Por otro lado, ¿por qué iba nadie a molestarse por una acusación vertida en blog, por un desahogo infantil, por una pataleta?

Puesto que todo va de suponer; supongan ustedes la respuesta. 


Cuestión número dos (y atentos, que ya vamos entrando en materia): le dice Lengua de Trapo a Alb que no saben dónde estarán el año que viene. Alb se indigna ante tamañan injusticia y tiene una rabieta que se traduce en el mencionado #raudo 18. Ahora, lean y lloren, que para eso lo ha escrito: 

«[…] será tan simpático, tan miserable, leer, el año que viene, las condolencias del sujeto que vive a costa de y del autor o de la autora que hace con el libro de todos lo que no haría con su propio libro, plañidos y quebrantos como ay-dios-mío-qué-pena otra editorial pequeña que cierra, ay-virgen-santa-qué-contrariedad otro sello independiente que desaparece, ay-ay cada vez se estrecha más el abanico de posibilidades para que publiquen los autores jóvenes y las voces experimentales y los escritores minoritarios, ay qué pena tan auténtica nos dan los caídos por la crisis económica; sí, amigos, qué simpático va a ser oírles, qué miserable.»

Para empezar, y sin ánimo de ofender, el parásito aquí presente no lamentará nunca que los jóvenes autores dejen de publicar. Tiene, el parásito, mejores cosas que lamentar. El parásito lloró la muerte de Libros del Silencio porque al parásito le gustaba el papel que utilizaba y la narrativa extranjera que publicaba, no así la nacional que, salvo puntual excepción, detestó con enfermiza pasión juvenil desde que tuvo uso de razón. Guarda en cambio, este parásito, un recuerdo nada agradable de (casi) todas cuantas lecturas recuerda de Lengua de Trapo, editorial de la que, por cierto, recibió no hace mucho un libro a pesar de ser, el mencionado parásito, el mayor mal conocido. Quién sabe, tal vez no seamos ni los unos tan feos ni los otros tan dignos. Y ninguno tan tonto, por descontado. Resumiendo: que al parásito aquí presente lo que le jode es que la crisis económica o la crítica feroz o un fichero que alguien ha visto volar sin alas, vayan a ser ahora la excusa para justificar el fin de los tiempos de según quienes, como si éstos no tuvieran culpa de nada, como si fuera algo nuevo engordar las cifras de la traición. Por eso, el parásito aquí presente, que se ha levantado hoy un poco hijo de puta, promete no llorar la muerte de ninguna pequeña editorial, especialmente de aquellas que presuman de experimentación, iniciativa y buena voluntad. Que a ver si ahora va a resultar que ha sido caridad haber publicado los libros de, por ejemplo, Alberto Olmos. Ya sería casualidad también. 

Y ahora veamos qué pasa con ese puto libro, no vaya a caer en saco roto tanta desinformación, tanta mala intención, tanta promoción y tanta provocación. Tanto lamento.



LA APROXIMACIÓN 
(o cómo evitar leer un libro)

A Alberto Olmos le encarga, Lengua de Trapo, una antología de jóvenes nacidos entre 1980 y 1989 que pueden o puedan tener cierta importancia en el mundo de las letras. Lo hará gratis, Alb, porque Alb ama a Lengua de Trapo. Su recompensa será el cariño del editor y de Aixa de la cruz, Matias Candeira, Roberto de Paz, Guillermo Aguirre, María Zaragoza, Salvador Galán, Jimina Sabadú, María Folguera, Pablo Fidalgo, Aloma Rodríguez, Daniel Gascón, Jenn Díaz, Paula Cifuentes, Victor Balcells, Juan Gómez Bárcena, Rebeca Le Rumeur, Juan Soto Ivars y Cristina Morales. También de Miqui Otero y Laura Fernández, sí.

Todos quieren a Alb a pesar de que Alb antologa sin interés, sin muchas ganas y, recuerden, SIN recompensa económica. A Alb lo joven le aburre, le entristece, le da una pereza terrible. Los niños huelen a meados. ¿Será por eso que el PROLOGO parece un acto de venganza? Pues será. 

«En ningún caso se ha buscado aquí la predicción, ni tan siquiera la prescripción, sino solamente el zarandeo de nombres al objeto de reavivar el anquilosado censo de creadores de nuestro país, necesitado, no ya de voces nuevas, sino de una promesa de continuidad.»

Para Alb los escritores jóvenes del calibre que nos ocupa son víctimas de las redes (sociales, fundamentalmente) y las becas; son feladores experimentados. No son de raza. Las nuevas generaciones son espontáneas; no se han hecho a sí mismas; no son como él, que a los veintipocos ya era finalista del Herralde. El Herralde, joder. A un lado él, al otro Bolaño. Bolaño, joder. Qué gran momento inmortalizado. Qué suerte de inmortalización. Tal vez todavía guarde la foto, Alb, en su carterita; tal vez cada día la quite, de la carterita, y cada día la mire, la acaricie y le quite una doblez y si no supiera que ya la has visto mil veces, mil veces la volvería a sacar, la fotito, de la carterita, para hacerle otra caricia, para quitarle otra doblez. Para hacértela tragar. 

Promesa de continuidad”, amigos o amigas, es posar en una foto con Roberto Bolaño; lo demás son hostias.

«[…] ¿qué tiene reservado el futuro para la generación de los 80 […]? Quizá la respuesta aquí podría condensarse en una sola palabra: becas. […] una generación cuya herencia modal son las becas y esos «padrinos» que se exigen para conseguirlas no podrá nunca irrumpir en la escena cultural, pues los años previos a su estreno como escritores han constituido una suerte de amaestramiento, de doma, de aclimatación a la normativa literaria dominante. Por ello, nunca irrumpirán, sino que, muy exactamente, serán «presentados en sociedad».

Nos advierte, Alb, en el prólogo, que tengamos cuidado con los falsos artistas. Que no nos fiemos porque se hayan arreglado para la foto. Putos niños-bien. Seis de ellos han pasado por la Fundación Gala y varios más han solicitado su ingreso en algún momento en esa y otras casas. Dice Alb: «Determinados autores jóvenes cuentan con el beneplácito de jerifaltes (la errata es suya) culturales incluso mucho antes de que su primera obra vea la luz.» Como ejemplo de autores que han visto publicada su obra en grandes sellos (sabrán ellos las razones) pone a Antonio J. Rodriguez y a Laura Fernández — a pesar de que el primero rechazó participar en la antología y no venía mucho a cuento traerlo a colación—. El resto, dice Alb, son carne de «vida literaria» y lo suyo es dejarse «ver por saraos y presentaciones de libros (¿suponemos que las de Olmos también?), estableciendo contacto directo con autores consolidados (supusimos bien) y con editores.» 

Y todo esto bajo la atenta mirada del editor de Lengua de Trapo, la editorial que no sabe si estará aquí (en este mundo editorial, se entiende) el año que viene. No sé qué clase de editor es ese que no se deja la piel del escroto por sus autores, aunque no sean más que casuales, aunque no sean más que proyectos de futuro, aunque no sean más que gusanos. 


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Soy el menos indicado para defender a esta generación de escritores a la que, por norma, ataco un día sí y otro también. Lo cierto es que me da igual. A mí lo que me alucina es ser testigo del menosprecio por su trabajo que demuestra un editor permitiendo un prólogo como este mientras lamenta su inevitable caída, no entendiéndola o echándole la culpa de todo al parásito de turno o a la piratería, ese lugar común que permite cuantificar pérdidas exorbitantes en la cuenta de resultados así como aliviar el peso de la conciencia por haber hundido tu propio barco con apuestas injustificables (premios incluidos). Pero lo que realmente me tiene alucinado, el motivo primero de este post (entiéndase el dramatismo, no vayan a creer que en el fondo todo esto tiene maldita importancia) es que quien fue el crítico más rudo de la blogosfera hasta que salió del armario y hubo de enfrentarse a las miradas reprobatorias de otros críticos y escritores y, sobre todo, editores, y hasta que metió su piececito en una gran editorial, por mor de una bitácora malherida, no lo olvidemos, de una «vida literaria» cultivada y regada durante años en la red… me alucina, decía, que venga ahora, ese crítico voraz a dar cachetes a los niños, a reprenderles por el Twitter, el Facebook, el Formspring, el blog, el otro blog o la fotito con Bolaño, que venga a dar lecciones, nada menos que Juan Malherido, de lo que se puede o no decir para evitar el desastre, para que no se hundan las editoriales, para que no explote la enésima burbuja, para que así todos tengan oportunidad de publicar en sellos experimentales con apuestas rupturistas e innovadoras como debió ser la suya, hace ya tanto tiempo.

Pero no hay que descartar nada; también puede ser que yo esté equivocado y que Alb esté haciendo todo esto porque, tal como dice en el #raudo de hoy (casualidades de la vida), «lo mejor que se puede decir de los amigos, lo más elogioso, es que no son los mejores escritores del mundo».

Alb es amor.


domingo, 29 de septiembre de 2013

“Pose” de Alberto Olmos

Hoy toca celebrar la reedición de la primera novela de Alberto Olmos ("A bordo del naufragio") en los Compactos de Anagrama con una reseña de lo ultimísimo. Que no se diga que aquí no nos gusta la fiesta.

Pose es un libro chiquito, tamaño tarde de playa, que incluye dos cosas que tienen forma de artículos o memorias o diarios o algo que tiene que ver con la cruda realidad sin serlo necesariamente. Con Pose no se aprende nada. Lo cierto es que ni siquiera es especialmente interesante. Lo que sí puede pasar con Pose es que uno acabe hasta los cojones de Alberto Olmos. Esto no lo digo porque sí, lo digo porque Pose es puro Olmos del mismo modo que Olmos es pura Pose

A ver si a lo tonto a lo tonto, he dado con el quid de la cuestión.

Pero hablábamos de Olmos Pose

El libro contiene dos fragmentos de la vida del escritor. No son grandes momentos pero hubieran podido serlo. Cualquier momento puede ser un gran momento. El caso es querer y aquí no se quiere. Más bien lo contrario: los momentos, que podrían haber sido geniales,  no valen ni como autoedición cutresalchichera en Amazon en una antología de escritores-nóveles-imberbes-absolutamente-desconocidos. Sería incluso demasiado. Ventajas de hacerse un nombre, supongo.

Esto de hoy me está quedando un poco bestia pero a ver si me hago entender.

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JAPÓN 2005

El primero de los relatos tiene lugar en Japón en el año 2005 de nuestro señor. Es como la versión monedero de Trenes hacia Tokio. Cosillas de hace ochos. Vamos a limpiar los cajones.

En esa historia un chaval que parece Alberto Olmos (quiera dios que no lo sea) es un tipo anodino y vulgar. Unas veces parece duro como una avellana (Me encanta ser racista en los parkings después de cenar), otras veces parece un pasmarote (González vuelve con el cedé de Oasis y uno que se titula The best of Earth, Wind and Fire. Me pasa los cedés y me quedo mirando las portadas) y otras directamente no se sabe: Kaori abre una botella de vino blanco y todos ponderamos su dipsomanía. Las fiestas en casa de Alberto tienen que ser el novamás siempre que no se te caiga una errata en la sopa.

En cualquier caso, da igual, no importa: no funciona. Para que se hagan una idea voy a decir una pequeña salvajada: este diario o crónica o lo que sea, aburre más que una novela de Tao Lin. Dicho queda. No me creen, lo sé. No es fácil. Créanme ahora. Créanme así:

“Ahora miro fotos. González me ha preguntado si quiero ver unas fotos de su aventura en Estados Unidos y yo le he dicho que sí quiero ver unas fotos de su aventura en Estados Unidos. Fue a la costa Oeste en 1994. Hay un montón de fotos de cómo era la costa Oeste en 1994. Era grande. El mar es grande y las canchas de baloncesto son grandes. En la tienda-museo de Nike sale un Michael Jordán bien grande. ¿Y esta foto dónde es?, le pregunto. En San Diego, responde. Ah, hay un zoo muy grande en San Diego, a que sí.”

Ya lo ven: LITERATURA.

Literatura que sale de dentro, de las entrañas. Literatura de altura; la que nace del dolor. 

“El personaje habla, lo que dice está bien, pero no es suficiente, entra más dentro de mí, personaje, reviéntame, sigo tecleando, reviéntame, escribo cinco palabras que me hacen llorar, sigo tecleando, sigo llorando, el personaje está por fin diciendo algo que es verdad y yo estoy llorando mientras tecleo y ya sé que nadie nunca me va a enseñar nada de literatura que supere lo que he aprendido hoy, a esas cinco palabras que, cuando termino de escribir, releo y releo para seguir llorando, cinco palabras que son como el código genético de mi vida. Cinco palabras que dicen: Sabes que vas a fracasar.”

Si con esto no lloran, es que no tienen corazón.

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MÉXICO 2010

Por este relato leí el libro; lo anterior me daba igual. Me interesaba la FIL, pero más que la FIL me interesaba la versión malherida de la FIL. Y de eso debería ir ello: Alberto Olmos haciendo turismo en la Feria del libro de Guadalajara podía perfectamente ser la hostia. Y llamándose el libro POSE, la rehostia. Podía ser oro puro. Tenía que serlo. Ya podía oler la sangre, el sudor y las lágrimas. Podía ver las cabezas rodar antes incluso de ser cortadas. 

Pero no pudo ser. Alberto Olmos es un osito de peluche disfrazado de Juan Malherido.

Lo sé, parece una broma. Y quién sabe, quizá lo sea. ¿Conocen esos chistes de Chuk Norris que circulan por ahí tipo Chuck Norris puede dividir por cero o Chuck Norris puede derretir M&M´s con las manos? Pues atentos a las siguientes citas de esta crónica que juro por dios verdaderas y no adulteradas ni sacadas de contexto ni nada que tenga que ver con las ganas de hacer llorar a nadie: 

“A Alb le va Barcelona.” 
“Alb nunca deja propina."
“Alb nunca duerme en los aviones.”
“[...] a Alb, algunas veces, le gusta practicar el desprecio por la carne, por las jovencitas más seguras de sí mismas, sólo por joder.” 
"Alb es puntual; infinitamente puntual.”

Se lo juro por mi gato: tal cual.

¿Y que hace Alb en la FIL si para Alb la FIL era “una concatenación de detalles malintencionados, un crucigrama abierto a respuestas libres; una lectura torticera”? Nada. Nothing the nothing. Ni una pinche cosa. Podía cagarse en todo pero no, decide dormir, callar, tal vez morir. Si acaso comprar sus propios libros para regalárselos a no sé quién. Palabrita del niño Jesús. 

Lo que no esperaba Alb de su fatal destino era que él mismo fuera a tener que comprar sus propios libros. No hay muchos autores que acudan a una feria internacional del libro y se conviertan en los únicos que compran sus propios libros: admitámoslo.

Se puede caer más bajo, pero hay que agacharse mucho.



Alb es un lindo gatito

El problema es la actitud. Alb se marcha a México como otros van al dormitorio y así no se puede. La FIL, en el relato de Alb, es de cartón piedra y la cámara sólo enfoca la falta de interés de Alb. Sabremos por Alb que en la FIL hay stands y que se venden o se intentan vender libros y que el espacio de Lengua de Trapo es como de un metro cuadrado. Sabremos también que libros, de Alb, no hay muchos, apenas alguno, si acaso los regalados. Y no sabremos mucho más. No al menos por Alb.

Guadalajara, su cogollito, le pareció a Alb muy sudamericana. Y poco más. Alb se sentía dentro de su propia imagen de Latinoamérica, formada a base de documentales vistos mientras se hace zapping, reportajes de El País Semanal y películas de John Sayles. Alb, insatisfecho, echó a correr por las calles y dobló con determinación algunas esquinas, pero siguió sintiéndose, allá en Latinoamérica, dentro de su propia imagen preconcebida de Latinoamérica. La vida era como la televisión, pero contigo dentro. Concluyó que el turismo no era su fuerte, y entró a un bar.
Nuestro héroe consideró que, dado que su vida entera hasta fechas muy recientes, había sido quedarse en su cuarto leyendo libros, la vida en la que pasan cosas (la vida en la que pasan cosas) se le atragantaba un poco.



CONCLUSION, REFLEXIÓN, CRUCIFIXIÓN

Desde fuera da la impresión de que Alberto Olmos ha tocado techo. Tampoco es que fuese un techo muy alto. Me explico: creo que lo que Alb tenía que decir como novelista de ficción ya lo ha dicho. Lo ha dicho en Anagrama, lo ha dicho en Lengua de Trapo, lo ha dicho en Mondadori y en algún sitio más. Creo que aquí, en La Uña Rota, ha salido el nuevo Alberto Olmos, Alb para los amigos, un personaje autobiográfico y moderno donde los haya que, tal como ocurre con Tao Lin (la referencia anterior no fue en absoluto gratuita) tiene de interesante lo que él ponga de su parte. Alb es el tema, now. Con sus defectillos, sí, y sus complejillos, sus contradicciones; con esa apatía general y ese ombliguismo tan poco disimulado pero cualquier caso fiel reflejo de la realidad de ser humano, relativamente joven y de Segovia. Seguro que dentro de 50 años lo tendrán en cuenta para alguna antología de toros pasados y hasta el posible que se lean algún libro suyo, pero de momento, aquí, en este presente continuo, lo que hacemos, más que leerlo, es (com)padecerlo. Porque sabemos (tenemos pruebas) que se puede ser Alb y ser interesante es por lo que no podemos perdonarle esta Pose. Y porque para leer a Tao Lin ya tenemos a Tao Lin, qué coño.

Releyéndome compruebo que no ha salido del todo bien, pero este último párrafo quería parecerse a un cumplido.



miércoles, 16 de mayo de 2012

Una de arena (Catálogo de buenas lecturas)

En los comentarios de un post anterior me hicieron la siguiente pregunta: "¿Serías capaz de nombrar tres BUENAS novelas de tres escritores españoles menores de cincuenta años?" A quién me lo planteó le di una respuesta que por falta de tiempo quedó a medias, algo que trataré de enmendar en un minuto. Antes de empezar quisiera aclarar no leo tanta narrativa española ni desde hace tanto tiempo como para dar con semejante lotería. En los dos últimos años han sido unos cien [libros] muchos de los cuales parecen haber sido elegidos directamente con el culo y de ahí la media tan baja: Mora, Bonilla, Barba, (Miki) Otero, (Pablo) Muñoz, Sabadú, (Javier) Moreno, (Marc) Pastor, Piña, Albero, Vilas… Bueno, en fin, que me lo he buscado. Tampoco quiero hablar de BUENAS novelas sino de buenas lecturas, esto es, aquello que me siento a leer y leo si esfuerzo o sin cagarme en el escritor cada cinco putos minutos o que simplemente cumple las expectativas que me he creado yo solito. De ahí a que algo sea bueno media, en algunos casos, un abismo. Pero ese es un detalle en el que me niego a entrar.

Tirando de listado, por aquello de certificar que efectivamente, tal como sospechaba, no podía ofrecer tres de tres (de menos de cincuenta tacos, recuerden) me encuentro con que no es así por los pelos. Hay un escritor que lo ha logrado: Antonio Orejudo. De Orejudo me ha gustado todo, lo que menos lo primero (“La nave”) y lo último ("Un momento de descanso"), pero aún así aprueba con nota. Digamos que le da la media. Celso Castro le anda cerca gracias a las geniales "el afinador de habitaciones" y su segunda parte "astillas". (Cuando escribo estas palabras acabo de sacar dos libros más de la biblioteca.) (Cuando escribo estas otras otras los he devuelto sin leer.) El bronce está por ver. Sospecho que no será para Marta Sanz por culpa de que “Animales domésticos” ni fu ni fa aunque con “Black black black”, con todo lo light que es, me reí bastante. A Sanz le pasa lo que a Castro: tengo por leer un tercero que será determinante pero que en su caso, al ser más de lo mismo, supongo que se quedará en simple mención. Me refiero a “Un buen detective no se casa jamás”, recién publicada y que ya tengo metidita en el Kindle para cuando me regale diez o quince días de novela negra. No soy mucho más fan de Marta Sanz de lo que pueda serlo de Alberto Olmos, de quien he disfrutado, con reservas, tres de las cuatro novelas que le he leído ("El estatus", "Trenes hacia Tokio" y "Ejercito Enemigo").  

Viajando al pasado, entre lo mejor de los últimos dos años estaría “Providence” de Juan Francisco Ferré del que me hubiese gustado leer algo más. Lamentablemente su producción anterior está descatalogada y yo ya me he cansado de buscarla. Otra de la novelas que recuerdo con más cariño, por razones que no vienen al caso, fue “Los bosques de Upsala” de Alvaro Colomer, que no sé a qué cojones está esperando para sacar algo más. Nunca le hice reseña y lo merecía; hoy ya es tarde, tendría que volver a leerlo y no estoy por la labor. También quiero incluir aquí a Ernesto Pérez Zúñiga por “El juego del mono” y a Isaac Rosa por la estupenda “El vano ayer”. 

Otros escritores que me parecieron INTERESANTES por diferentes motivos fueron: Pablo Gutiérrez, con la historia de “Nada es crucial” que aun pareciéndome floja, me enganchó (después volvería a intentarlo con “Rosas, restos de alas” pero ya no); Jon Bilbao -un escritor al que siempre digo que volveré y nunca lo hago- por la ya reseñada “Padres, hijos y primates”; Cristina Fallarás por esas novelas tan viscerales, tan cristinafallarás ("Las niñas perdidas", "Últimos días en el puesto del Este") y Javier Calvo (El jardín colgante”). Y puestos a incluir, aunque con la boca pequeña, gracias, seguramente, a que hace demasiado tiempo que los leí: Germán Sierra (“Inténtelo con otras palabras”) o Mercedes Cebrián (por “La nueva taxidermia” y eso a pesar de que la segunda nouvelle de las dos que incluye tiene demasiada pinta de ser un plagio descarado de Residuos de Tom McCarthy). No quiero dejar de mencionar a Victor Balcells Matas, Marina Perezagua, quizá Pilar Adón (a quienes castigo por ser escritores de relatos) y, si me apuran, Fernando San Basilio

Mención especial fuera de concurso para dos de las novelas más divertidas que he leído este año: la segunda (atendiendo al orden de lectura) es "Una comedia canalla" de Iván Repila y tendrá su propia reseña en unos días. La primera la leí hace unos meses. Está escrita por un completo desconocido para todos aquellos que no acostumbren a pasarse por los comentarios de este blog. Su nombre: Quique; el de su novela: "El empujoncito". Se la recomendaría pero está inédita y no serviría de mucho. 

Esto es todo. Seguro que me dejo alguno o estoy siendo injusto con muchos o me he pasado de buenismo con algún otro, pero me he jurado un post corto, que no llegue a las mil palabras y bueno, no sé... por ahí andará. Seguramente la lista fuese muy diferente si hubiese podido elegir entre escritores no españoles que escriban en castellano o nacionales de cualquier edad pero la pregunta que da origen al post no la formulé yo y esto es lo que ha salido, que bastante me parece ya.


lunes, 30 de abril de 2012

#adivinanza (de "Ejército Enemigo" de Alberto Olmos)

A continuación, una reseña doble de “Ejercito enemigo” de Alberto Olmos: la Opción A se inclina claramente a su favor, la B en contra. Pueden leerlas en el orden que gusten. Elijan la que prefieran, la que más les interese y, si les apetece, adivinen cual de las dos es la sincera (si acaso hay alguna, que vayan ustedes a saber). 


OPCIÓN A 

Calificar esta novela de simple, mediocre o deficiente equivale a no tener ni puta idea de lo que se habla. Disculpen que sea tan directo pero no quiero pasarme toda la noche con esto. Decía que: aquí o allá o a dónde sea que miren y vean a un crítico -o a un payaso haciendo de crítico-posicionarse en contra de esta novela, sospechen, porque me juego un huevo y parte del otro a que lo que realmente ocurre es que ese individuo, por llamarlo de alguna manera, está sufriendo un ataque de envidia [cochina]. Lo digo completamente en serio. Que tenga que denunciarlo precisamente yo, que he sido considerado algo así como el enemigo público número veintiocho de Alberto Olmos, ya tiene cojones pero aquella reseña en la que Patricio Pron desarmaba (o lo intentaba) “Ejercito Enemigo” (desde ahora EE) es una sandez como no he visto antes y más viniendo de otro escritor. A ver si ahora va a resultar que somos todos tontos menos uno. 

No es fácil resumir EE y, siendo honestos, tampoco viene mucho al caso hacerlo. Permítanme una pausa para justificarlo: tengo el firme convencimiento de que la mitad de las críticas literarias utilizan el argumento como una excusa para escribir sin tener que comprometerse a nada, dejando casi todo en manos del lector y limitándose a cubrir de palabros uno o dos párrafos, generalmente bastante ridículos, en los que nos contarán que muy bien por esto, Alberto, o bien por lo otro o ya veremos en el futuro, te seguiremos la pista, majete. La otra mitad de las veces resumir el argumento es la única excusa que necesitan algunos para burlarse de la novela, utilizando SU PROPIA falta de interés por la historia como UN ARGUMENTO a favor, esto es, el que les da la razón, cuando lo único que consiguen con ello es confirmar lo que todo el mundo sabe: que en la crítica amateur -y en la no tan amateur también- lo críticos son en su mayor parte unos ineptos, una panda de vagos, unos maleantes y unos jetas. Que no hay por dónde cogerlos, vaya, empezando por mí, lo sé. 

Volviendo a la novela, dudo mucho que la pretensión de Olmos fuese escribir un clásico moderno. Hay que ser bastante gilipollas para creer algo así y mucho más que bastante para juzgar al escritor basándose en semejante memez que es a la postre lo que todo el mundo hace. ¿Si no es una gran obra no es una buena obra? Paparruchas. Puede no ser grande, vale, pero puede ser buena, o puede ser mala, o puede ser OTRA COSA, por ejemplo: una novela de su tiempo: un lúcido reflejo de la actualidad. Porque acusar, como se ha acusado, a Olmos de haber escrito una novela únicamente para convertir a su alter ego -Lector Malherido- en "protagonista de" equivale a reconocer que, o bien no se ha leído la novela o no sabe uno hacerse el tonto. Santiago no es Malherido, Santiago es nosotros,  mal que nos pese, que somos lo peor, joder, no hay más que vernos. La solidaridad ha fracasado, repite una y otra vez Santiago. Y tanto que ha fracasado. La solidaridad APESTA. Patricio Pron acusaba a Olmos de tener ideas ingeniosas pero no inteligentes. No, amor, ni ingeniosas ni inteligentes, en todo caso valientes. Pero, claro, es más fácil perderse en los cerros de Úbeda que reconocer que las ideas en la novela de Olmos tienen el mérito añadido de ser actuales y accesibles; estar escritas de forma que las pueda entender hasta un tonto del culo. A mi denme una buena idea y quédense con toda la acción.  

Acabada la novela la solidaridad sigue siendo un fracaso pero al menos nos queda el consuelo de saber que no somos los únicos que lo pensamos. Quiero insistir en algo que me parece fundamental y que probablemente sólo será justamente valorado dentro de veinte años: Ejército Enemigo es una fotografía de un instante, de una sociedad adicta a las drogas, al sexo, al facebook o a todo al mismo tiempo; un retrato de los que dentro de nada serán los únicos culpables de todo lo que pase: los que hoy están en Twenty, mañana dirigirán el país. Prepárense para los quince minutos de gloria de veinte millones de impresentables que harán que Santiago, a su lado, sea todo corazón. Al tiempo. Respecto a Ejécito Enemigo: que no les mientan: NOVELÓN.


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OPCIÓN B 


La solidaridad ha fracasado”. Sobre esta premisa Olmos construye esta novela de casi trescientas páginas cuyo argumento, grosso modo, es el siguiente: un tipo bastante cretino, un gilipollas integral amante de las palabras y el sexo, es amigo de otro bastante papanatas que cree en aquello de hacer el bien sin mirar a quién. Al segundo lo matan un día en un descampado, angelito, y nadie sabe porqué. El primero, bastante capullo, se entristece, claro, coño, era su amigo, pero son cosas que pasan. Que la procesión va por dentro lo sabemos porque recibe una carta póstuma que tarda un siglo en abrir: así es como demuestran los hombres el amor en esta novela tan viril. La carta dichosa contiene la contraseña del correo electrónico del fallecido que, claro, ya no le hace falta para nada. En el correo hay algo así como 25.000 mensajes que el muchacho va leyendo a ratos porque, ya lo dije, le gustan mucho las palabras y tiene mucho tiempo libre porque como es tan imbécil no tiene amigos y sus ex-amantes lo evitan en la medida de lo posible. Enseñanza número uno: follar bien no lo es todo.

Me quejaba yo en una red social, hace tiempo, cuando empecé a leer la novela -poco antes de interrumpir la lectura de lo tanto que me estaba gustando- que notaba en “Ejercito Enemigo” (desde ahora EE) una huella o presencia demasiado palpable de Malherido (especialmente en Santiago, el personaje protagonista). Lo que quería decir con esto era que Olmos parecía haber sido devorado por su alter ego haciendo de la carne verbo. Un conocido me contestó (hablo de memoria) que él no veía problema en eso, más bien al contrario: que quizá el personaje de Malherido había nacido para hacer posible (y creíble) esta novela o al menos su protagonista. Es una forma de verlo. La otra es que Olmos, sabedor del éxito de Mal-herido, se ha construido una novela a medida quizá tratando de asegurarse la cuota de mercado que ha ganado con sus críticas literarias.  

El caso es que por haches o por bes EE acaba siendo una novela de temática irregular (argumentazo) que por lo menos sirve de excusa, al autor, para hablar de todo y de todos y no dejar títere con cabeza o eso quisiera él. Así es que nos encontramos con repeticiones machaconas de la aburrida actividad laboral y masturbatoria del protagonista o el detallado follar ante la cámara de un adolescente con su prima, una suerte de inútil manual sexual para vagos que lo que pretende significar se pierde entre las sábanas. También se habla de blogs, de microblogs, de esa paranoia de Olmos de reconocer la sintaxis de los demás en sus paseos por el mundo (virtual) adelante como si le fuera a servir de algo saber que fulanito es en realidad futanito o menganito no le quiere tanto cómo él quisiera. También se habla de la vida en la red, de la red como un lugar en que vivir, de los intereses que se ocultan tras los nicknames, de lo divino y de lo humano en la red, la red, la puta red, que parece que no haya otra cosa que hacer que pasar todo el santo día abriendo y cerrando ventanas. Es decir: de lo mucho que nos ha cambiado a todos la vida poder encender la lavadora desde el trabajo y saber cuándo aclara o centrifuga o el hacer turismo aún con saldo cero en la Visa gracias al streetview. Una sucesión de brevísimos cursos temáticos sobre la evolución del homo tarifaplanis, ideal para poner al día a los recién llegados o pánfilos analógicos pero que puede acabar condenando al EE a una permanente itinerancia por las secciones de historia, drama y misterio de las bibliotecas públicas. Mal chiste.

Pero el que mucho abarca poco aprieta, ya lo decía mi madre, y hay que ser muy bueno para arreglar el mundo (entiéndase la broma) en trescientas páginas y encima colarnos una investigación que no es tal y sólo quiere dar salida a un novela que de otro modo aburriría a un santo y aún así. En mi humilde opinión el problema de esa investigación no es tanto que no tenga suficiente presencia (que no la tiene) o que no sea especialmente interesante (que no lo es) sino que aparece de repente y se va del mismo modo dejándolo todo perdido de una nadería insufrible. Todo para rematarla con un anticlimax de cincuenta páginas en una fiesta que acaba como acababan todas aquellas fiestas en las que participaba Jessica Fletcher, que ya ven ustedes qué bien, qué maravilla, qué original. En fin pilarín, para qué hablar...



viernes, 9 de septiembre de 2011

"A bordo del naufragio" de Alberto Olmos

A bordo del naufragio” es la primera novela de un escritor joven -unos veinte años- que resultó finalista del premio Herralde (Anagrama) el mismo año que Bolaño lo ganó por “Los detectives salvajes”. Cuando a mí me dicen esto yo pienso… ¿saben qué pienso?... pienso: LI-TE-RA-TU-RA. Y no. 

Para los que no estén al corriente, que alguno hay: Alberto Olmos es ese tipo de escritor que levanta la clase de pasiones que sacan lo peor de uno por razones que nunca he acabado de comprender pero que pudieran perfectamente tener que ver con la -en apariencia- actitud chulesca de su “discurso”, entendiendo “discurso” cómo “su opinión sobre”. Yo estoy por encima de eso, ya se lo adelanto. A mi Olmos ni bien ni mal sino todo lo contrario. Sólo leí dos de sus novelas: “El Estatus” y “Trenes hacia Tokio”. La primera regular tirando a bien; la segunda mejor. Esto lo aclaro para que nadie se lleve a engaño: no voy “a por él”. Si he leído ABDN ha sido únicamente por las cinco entrellas que cierto ser humano le colocó en el GoodReads. Ver para creer.

Este debería ser el momento en que les dijese, someramente, si me ha gustado o no la novela ergo esta debería ser la parte en que ustedes me tachasen de lameculos, vendido o de no tener ni puta idea de literatura y/o postmodernidad, todo dependiendo de algo tan objetivo como pueda ser lo mejor o peor que les caiga Olmos, de lo más o menos que les haya gustado esta novela si la han leído o directamente la mejor o peor impresión que tengan de ella si no ha sido así. Pues bien, no, no me ha gustado. Con esto no quiero decir que me parezca una mala novela. No al menos completamente. Lo que digo es que a mí personalmente no me gustó. Claro que eso será por algo. Razón, aquí.

Cuando empecé a leerla entendí perfectamente porqué a Alberto Olmos defendía “Alma” de Javier Moreno. Caramba, es que se parecen mucho. Se parecen demasiado en el sentido en que las dos tratan (ABDN indirectamente) el asunto del alma y las dos busquen la mejor manera de llevarlo al papel. De quedarme me quedo con la de Olmos pero sólo porque la alternativa es la que es. Aclaro: me quedo con la de Olmos si le borramos un par de adjetivaciones y expresiones bastante espantosas que me fui encontrando y que gracias a dios fueron a menos a medida que avanzaba la historia: “luz paupérrima y cenicienta”, “gélido bofetón”, “nube exangüe”, “Palpas de nuevo la pared, mas no en busca del interruptor”, “césped infame”, “Tienes delante de ti una chica alta, displicente de espetera”, etcétera. En fin, un horror. Ya sabemos que es cuestión de gustos pero es que este blog es mío y el (dis)gusto también. 

Más. Esta novela la leí poco después de “Memorias del subsuelo”, un libro de Dostoievski que descubro a todo pasado que al alter ego de Olmos, Juan, no le gustó. Eso me hizo reír. Dice que Dostoievski está sobrevalorado. Esto no. Dice que "Memorias del subsuelo" es una puta mierda. Esto a ratos. Pero de acuerdo, es su opinión y como tal muy respetable por más que pueda atentar contra alguna desconocida lógica suprema y literaria. Por cierto, esta es de las pocas veces que no coincido con ella (con su opinión). Retomando: cuando digo más arriba que me hizo reír lo hago por una razón muy sencilla que les explico enseguida. Hay un momento en la novela de Olmos en que ocurre esto: 

Levántate, vamos, provinciano, se ha reído de ti, te ha dejado en ridículo, ha confirmado lo que todos pensaban: ése del fondo es tonto. No debes dejar que esto termine así. Si de verdad no eres un cobarde, tienes que ponerte en pie, andar hasta la tarima, y clavarle el bic en los ojos al señor profesor, un trozo en cada uno. Y luego sal de aquí, sin mirar atrás, sólo agrede y sal dando un portazo, punto final, dixit. Ya no lo vas a hacer, ¿verdad? Sabía desde el principio que, en cuanto tu corazón volviera a su sitio, te olvidarías de tus instintos. Tú siempre te olvidas de tus instintos. 

En la “puta mierda” de Dostoievski que es “Memorias del subsuelo” ocurre esto otro: 

«¡Dios mío! -pensaba-. ¿Cómo puede convenirme esta compañía? ¡Qué papel tan estúpido acabo de hacer ante esta gente! He consentido demasiado a Ferfitchkin. Los muy imbéciles creen que me han hecho un gran honor al admitirme en su mesa, y no piensan que soy yo, sí, yo, quien les hago honor a ellos... ¡He adelgazado!... ¡Y este traje!... ¡Malditos pantalones! Zverkov ha visto inmediatamente la mancha amarilla de la rodillera. Aquí no hay más solución que levantarse de la mesa, coger el sombrero y salir sin decir palabra. Así les demostraré mi desprecio. Estoy dispuesto a batirme en duelo mañana. ¡Los muy cobardes! No lo siento por los siete rublos, como ellos deben creer. ¡Que el diablo se los lleve! No, no lo siento por los siete rublos! ¡Bueno, me voy!»
Naturalmente, no me fui. 

Ya, ya sé que no es exactamente lo mismo, pero a mí me hizo gracia la parte de coincidencia que tiene, qué quieren que les diga. También me hicieron gracia los momentos en que el protagonista recuerda su pasado. Para no desorientarles más de lo que ya estarán mejor les cuento de qué va la película: el protagonista es un chaval de unos veinte años que estudia en la universidad. Su vida es de mierda o de lo contario no tendríamos novela: su madre lo "abandonó" de niño quedando al cuidado de unos abuelos que vivían en campo y eran como tojos. Su abuelo especialmente; quería un nieto duro, un hombre de verdad, y no aquella cosa, aquel desecho. Se pueden imaginar lo que debe ser tirarse así chorrocientos años viendo sólo vergüenza en sus ojos al mirarte. En la universidad este chaval no ha mejorado mucho, la verdad, y vive sumido en una depresión permanente y, por su forma de ser, ineludible. Todo está narrado en segunda persona, siendo "todo" un día concreto de su vida a lo largo de 170 páginas sin puntos y aparte y con pequeñas digresiones que nos hablan de su lacrimógeno pasado, para que nos quede claro que no hay escapatoria ni volviendo a él. Estas digresiones es lo de los "recuerdos" que les decía mas arriba; algo así: 

...en el patio apoyado en una pared llena de pintadas unos chicos juegan al baloncesto otros más pequeños corretean de acá para allá hay corrillos por todas partes alrededor de la fuente unas chicas fuman y hablan y ríen junto a la verja los chicos también fumando lanzando miradas furtivas hacia la fuente el cielo está azul tú estás solo no fumas no haces nada sólo miras junto a ti pasa una pareja metiéndose mano apartas la vista de sus pechos a tus pies rueda la pelota de baloncesto PASA el cielo está azul PASA tú estás solo PASA TÍO alguien se acerca SUBNORMAL recoge la pelota y se va la pareja se magrea a tu izquierda oyes su risita oyes sus quedos jadeos….. 

Sé lo que están pensando. Están pensando en el capítulo 18 del “Ulises”. Sí, el capítulo en que James Joyce escribe del siguiente modo: 

Sí porque él no había hecho nunca una cosa así antes como pedir que le lleven el desayuno a la cama con un par de huevos desde los tiempos del hotel City Arms cuando se hacía el malo y se metía en la cama con voz de enfermo haciendo su santísima para hacerse el interesante ante la vieja regruñona de Mrs Riordan que él creía que la tenía enchochada y no nos dejó ni un céntimo todo para misas para ella solita y su alma tacaña tan grande no la hubo jamás de hecho 

Tranquilos, tiene su lógica: Joyce escribió así para expresar el vago fluir de una mente libre de inhibiciones y Olmos, con ligeras diferencias, también. Porque señores, si algo funciona, ¿para qué cambiarlo? Tampoco creo que tenga nada que ver el que la acción se desarrolle durante un solo día. Ojo, no estoy hablando de plagio -afirmar eso sería del género imbécil- sino de otra cosa: que a los veinte todos somos muy influenciables, caramba, y que las buenas novelas, las que ganan premios y dan prestigio, pocas veces se escriben a esa edad y que ya me extrañaba a mí esto. 

Todo lo que acabo de decir tiene una parte importante de soberana estupidez pues nadie puede pretender que cada premio de cada certamen de cada año de cada país ofrezca un producto revolucionario y sensacional a partes iguales, finalistas incluidos. Eso es de cajón que no va a ser jamás. La solución pasaría por ir dejando alguno desierto de vez en cuando para dar un poco de ejemplo y del resto esperar un ejercicio de humildad. No pongo en duda la “honradez” del premio sino el criterio que lo rige y conste que esto lo digo como un cumplido puesto que la novela de Olmos es todo menos comercial. 

Resumiendo: que si no me gustó fue por una razón fundamental y otras muchas pequeñas y tontas (entre las que pueden incluir, si se van a sentir mejor, la supina ignorancia y las ganas de polemizar gratuitamente a costa del dolor ajeno): tuvo mucho que ver la perspectiva de la narración que acaba resultando bastante cansina y algunos momentos en los que no ocurre nada de nada o nada de interés o que se nos cuenten las grandes verdades de la vida demasiadas veces: la madurez del escritor se supone. La novela "experimental" es necesaria, en eso estamos todos de acuerdo, otra cosa es que funcione. Pero no me hagan caso, yo tampoco lo sé todo. Además, da igual. Miren, al final todo se reduce a algo tan sencillo como el placer que proporciona la lectura: yo no sentí en ningún momento ese deseo de volver al libro durante las pausas (en mi caso inevitables) y por eso me llevó tanto leerlo a pesar de su extensión y por eso lo compaginé con otras lecturas que sí me llenaron más. Esto es lo "fundamental" de lo que hablaba más arriba y con lo que, de todo lo dicho, se deberían quedar. Por eso no voy a recomendar su lectura ni a perder más tiempo con una reseña de la que ya estoy un poco harto y supongo que ustedes más. Imagínense el resto: soy yo todo el tiempo diciendo que no.