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Que nadie se equivoque: aquí no reseñamos a Alberto Olmos porque nos guste cómo escribe, ni siquiera porque nos interese lo que escribe. Aquí reseñamos a Olmos porque nos gusta la polémica casi tanto como al propio Alberto y sabemos —acumulamos cierta experiencia— que las promociones de sus libros suelen ser bastante más jugosas que las de, por ejemplo, Elvira Navarro o Patricio Pron, escritores a los que de tan intensos uno se siente obligado a tomar demasiado en serio demasiadas veces. Además, convendrán conmigo en que siempre será mejor hablar de algo que levante una mínima pasión que de algo que invite a la compasión. Prueba de esto será este post en el que, a excepción del libro de Olmos, intentaremos hablar de cualquier otra cosa, un poco por lo que acabo de decir y otro poco porque nunca le he visto mucho sentido a eso de construir un post a golpe de pequeños resúmenes que nadie va a leer.
La polémica que acompaña cada estreno de este escritor, está siendo, en esta ocasión, la siguiente:
Alberto Olmos (a partir de ahora Olmos o Alberto o Alb) ha declarado en numerosas ocasiones que no es mucho de relatos, que lo suyo es más el largo recorrido (parece incluso que escribió una encíclica sobre el tema) y ahora va el tío y escribe doce relatos en catorce minutos, los presenta a un premio, queda finalista y no contento con eso se deja editar por el sello antes conocido como Mondadori. Y claro, escuece que te cagas sobre todo si eres un académico profundo y llevas media vida impartiendo talleres creativos en librerías de viejo o le tienes que pedir a un primo, que tiene contactos con nosequién, que te mueva el manuscrito que llevas pergeñando dos años y un día de tu perra vida de parado de larga duración. Yo estoy por encima de estas cosas y maldito si me acuerdo de lo que dijo Olmos durante la trigésima borrachera egomaníaca de sus tiempos malheridos, pero algunos escritores sí, porque son gente subterránea, mala y rencorosa además de una perfecta inútil, por lo que a nadie le extrañe que florezcan nuevamente inquinas y odios varios y vuelva Olmos a ser, para tantos, (afortunadamente no todos) la misma “puta nulidad de escritor” de las que viene siendo acusado desde tiempos inmemoriados.
Aquí tres ejemplos de los famosos titulares: «El cuento es el cobijo ideal de gente con poco talento» (Público); «Es muy fácil escribir tres cuentos e ir por ahí diciendo que eres escritor» (El Cultural); «El cuento es un género menor. Hasta un bachiller está capacitado para escribir uno», Vozpópuli.
Lo que me pide el cuerpo es terminar la reseña aquí, y hacerlo con una gran frase final que certifique que, efectivamente Alberto Olmos tiene más razón que un santo y que prueba de ello es que él mismo acaba de publicar un libro de relatos.
Pero no sería un post justo ni divertido ni tendría la extensión que acostumbro. De modo que, sigamos.
En la literatura está pasando un poco como en el cine. Antes lo más era hacer películas, pero ahora si no protagonizas una serie en televisión ya no eres nadie. Dicen los expertos que han cambiado los hábitos de los telespectadores; que, claro, con semejantes plasmas ahora el cine se consume en casa; que si encima Netflix; que no si no sé qué y ya todos afeitándose las barbas. Pues con la literatura lo mismo: tú ahora escribes una novela y ya tienes a veinte correctores preocupados por sus quinientas páginas y que si no puedes aligerar un poco el peso de la trama o qué. Te dicen, esos mismos expertos muchos de ellos probablemente entusiastas de Ken Follet, que los hábitos de los lectores han cambiado, que la gente se ha acostumbrado a las tablets y ahora les arde el culo si pasas de mil palabras, que si no sé qué mandangas evolutivas… Y ya todas nuestras esperanzas puestas en la narrativa breve, ese clásico intemporal.
Y probablemente sea cierto y probablemente sea mentira pero sí da un poco la impresión de cada vez son más los libros de relatos y cada vez son menos el números de páginas por novela. Hoy las estanterías ya no son lo que eran. También puede ser que, ya que la novela ha muerto, recurramos a un género que no exija demasiadas responsabilidades.
Pero volvamos a las declaraciones de Olmos.
Lo que el sujeto entrevistado viene más o menos a decir es que un relato corrientito, de tres, cinco, diez, doce páginas, requiere menos esfuerzo que escribir una novela de 100, 200 o 952. Esta es una obviedad tal que casi da vergüenza ajena repetirla, pero sirve para que nos hagamos una idea del nivel de los entrevistadores en esa incansable búsqueda del gran titular. Por lo tanto, si yo fuese un escritor medianamente normal con un nivel de mediocridad como se acostumbra en estos lares, esto es medio-alto; padre de familia; empleado por cuenta ajena o directamente un vulgar periodista, no dudaría en hacerme una antología de relatos que llevase por título, no sé, Las presentaciones literarias y otras masturbaciones. Podrían ser relatos inquietantes, costumbristas o de un realismo descarnado, pero invariablemente, contundentes; de prosa ágil, áspera o lírica, húmedos o resecos pero siempre críticos hasta lo desangrante. Podrían ser una mierda pinchada en un palo pero también podrían no serlo y pasar por buenos; podrían gustar a alguien o directamente no. Seguramente no. Qué más da. Podrían servir simplemente para etiquetarnos como escritores. Recuerden: todo tiene su público. Ejemplo: el otro día fui testigo mucho de cómo una mujer corriente y moliente defendía a muerte no sé qué novela porque el protagonista padecía una enfermedad crónica, que era exactamente lo mismo que le ocurría a ella en su más estricta intimidad; y ya que por fuerza se sentía identificada, también por fuerza la novela tenía que ser buenérrima y un mierda por no reconocerlo. Y así nos va.
Y es así. Desde que tengo el blog me han llegado o me han hecho llegar unos cuantos libros de relatos (y mira que tengo dicho que no soy de relatos, pero ni modo): algunos no los he leído; otros no eran cosa, la mayoría, en realidad. Más de uno no pasaba de infumable. Olmos tiene razón: cualquiera puede escribir y casi cualquiera puede publicar. Tal vez no en Anagrama, pero qué más da si nadie te va a decir que eres una nulidad por publicar en la editorial zapatitos de cristal.
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Y así es como llegamos, después de tanta vuelta y tanta palabrería, a Guardar las formas. No importa lo que yo diga ni las razones que tenga para ello, hay una verdad incuestionable: un relato que no brilla es un relato más, esto es: un relato menos. Pues bien, en este recopilatorio hay demasiados relatos que no brillan lo que deberían.
Con esto no quiero dar a entender que sean malos. En absoluto. Creo que son correctos; bastante más correctos, de hecho, que muchos de los que se escriben y celebran con desmedido e injustificado entusiasmo (pienso, no me lo puedo quitar de la cabeza, lo último de Esquivias, que sólo merece palos). En Olmos, si obviamos una cierta tendencia al efectismo («Fuimos a aquella cabaña en mitad del bosque porque uno de los dos quería poner a prueba al otro. La prueba consistió en impugnar deliberadamente la realidad») o a peculiares asociaciones de ideas («Manuel va olvidando el sueño a medida que se despierta, algo que hace blanda, dulcemente, como quien toma posesión de una herencia previsible, sin disputa, que se veía venir desde hace años») o a experimentar con lo ya mil veces experimentado («Me gusta rebobinar las películas y devolver las películas porque si no no puedo dormir con mis nervios y pienso que nos van a cobrar mucho dinero por no devolver las películas el día de devolver las películas y de rebobinar las películas nos van a quitar el carné y voy a tener que ver películas que no sé cómo se llaman en la televisión porque siempre las encuentro empezadas»), decía que, obviando esos significativos detalles se puede encontrar en Olmos un narrador elegante por más que en ocasiones peque de un excesivo envaramiento: «Mi madre, mis hermanos y yo nos volcamos en su bienestar y su cuidado, atónitos ante la evidencia de su deterioro y la más que posible resolución inmediata. Uno sabe que su padre va a morir, pero no sabe que lo va a querer tanto. Perdón y respeto era todo lo que yo sentía en el trance. Mi padre no fue un gran padre. Ni siquiera me gustaba la idea de considerar que, como suele decirse, hizo lo que pudo. Hizo lo que quiso y estuvo bien y era mi padre y se moría».
Si quieren mi opinión, mi sincera opinión, y probablemente, de todas las que conozco, la única opinión válida, creo que Guardar las formas de Alberto Olmos es un libro de relatos que guarda demasiado las formas; que gustará mucho a incondicionales del escritor y enfermos crónicos y a todos amantes de prosas doctrinantes, pero que tardarán olvidarse mucho menos de lo que llevó escribirlos. Si buscan historias o personajes, si buscan vida más allá de las apariencias, mejor busquen en otra parte.
No sé si me explico.
















