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martes, 19 de enero de 2016

Breve nota poética número dos

Decíamos ayer que para ser un país que no lee, especialmente poesía, somos un país con muchos poetas y son muchos (a todas luces demasiados) los fondos públicos destinados a premiar una actividad tan de miserables minorías o directamente miserable.

En Melilla se llevan la palma: 18.000 € por cuatro versos de nada.

Es un premio muy bien dotado, sin duda, de ahí que sean tantos los pretendientes. No hay como tenerla bien grande para elegir pareja en el baile. Ahora bien, 18.000 es mucho dinero hasta para un poeta superventas.

Quiero pensar que Melilla no hay no hay niños en exclusión social, sin comedor o libros de texto. Quiero pensar que la cultura pasa, en Melilla, por su mejor momento. Quiero pensar que no hay más necesidades básicas que fomentar una actividad que, fuera del círculo concéntrico en que habita, no tiene más fans que las propias madres.

Con todo, lo que más llama la atención en el premio de Melilla no es el propio premio sino la Editorial Visor, que parece que ha comprado todas las acciones del mismo. Visor, para los que no estén al corriente, es sospechosa de todo esto y mucho más. Pero esa es una vieja historia. Esto lo comento porque revisando la lista de los premiados con el Melilla Prize me he encontrado con una curiosa coincidencia: de los 15 que he mirado (esto es, los ganadores desde el año 2000 hasta el 2014) 13 (¡¡13!!) publican habitualmente (en muchos casos lo hacían antes incluso de ganar el premio) en la editorial de Chus Visor (los otros, o bien son primos de alguien o bien la chupan genial, porque si no, no se entiende). Yo pongo los nombres y las fechas y de las caras y los detalles ya se ocupan ustedes. 

Aquí los ganadores y un breve apunte:

Manuel Vilas ganó el premio Melilla en 2011 (este dato, a partir de ahora irá entre paréntesis). Tiene publicados cinco libros en Visor, cuatro de ellos premiados (es quinto es recopilatorio, y no cuenta). Se dice se cuenta se rumorea que este no es la primera vez que el tándem Vilas/Visor se lo lleva de calle. 

Juan Van Halen (que sí, en serio: Van Halen) (Melilla 2012) tiene cuatro publicados (este dato se referirá, de ahora en adelante y en todos los casos, a los publicados en la editorial Visor); premiados, dos.

Eduardo García (Melilla 2013), dos publicados, dos premiados. 

José A. González Iglesias (Melilla 2014), cuatro publicados de los cuales uno es Poesía Reunida. Los otros tres han sido premiados. Sí, los tres (que si el Melillla, el Generación del 27, que si el Loewe…).

Marco Antonio Campos (Melilla 2009): tres publicados, dos premiados (el tercero en discordia es una Antología de poesía Mexicana, por lo tampoco hay que verlo como un fracaso).

Antonio Lucas (Melilla 2008): dos publicados, dos premiados. 

Gioconda Belli (Melilla 2006): seis publicados (uno incluye CD, para favorecer la inmersión). A primera vista, sólo dos premiados. 

Luís Alberto de Cuenca (Melilla 2005) es lo más, y no lo digo porque (según Visor) ha «abierto nuevos cauces de expresión a la poesía española de fin de siglo» sino porque ha publicado en la editorial nada menos que diez libros pese a contar con muy pocos premios para lo que estamos acostumbrados, lo que demuestra que hay mucha ceguera en el mundo de la poesía.

Francisco Díaz de Castro (Melilla 2004), también conocido como “Llegué, Visor, Vencí” ha publicado y ganado uno, el que nos ocupa. 

Antonio Cabrera (Melilla 2003): Dos libros publicados, dos libros premiados. No podía ser de otro modo. (Veo en su currículo que tiene uno, me van a permitir la digresión, que suena fascinante no, lo siguiente: se trata de una colección de haikús de tema ornitológico. Esto te lo llevas a una barbacoa y “lo petas” en la sobremesa).

Antonio Jiménez Millán (Melilla 2002). Tres publicados, todos premiados. El que vale, vale.

Benjamín Prado (Melilla 2001) es la estrella. Novelista, ensayista y poeta que ha sido traducido a más lenguas de las existen. Le han publicado ocho libros, pero esto es sólo el comienzo, que lo sé yo.

Angeles Mora (Melilla 2000): dos libros publicados, uno premiado. Con esta progresión le auguro un futuro nefasto, pero allá ella si no esfuerza.

Yo, a esto, para entenderlo, le tengo que echar algo (no mucho) de imaginación:

Visualícense en el cine o frente al plasma en su salón: están viendo una película. Esta película: un hombre sin sombrero de ala ancha entra en un ayuntamiento. Hace un calor melillense. Se dirige con paso firme (conoce el camino) al despacho del concejal de turno. Se saludan. Son tan educados que se les ven las sonrisas desde Teruel. Hola Manolo, hola Jesús, qué tal tu madre. Bueno, charla de rigor y café en el pasillo para saludar a las funcionarias que saludan alegremente cuando salen a tomar la tapa de la once. Otra vez el despacho. Plano cenital. Jesús le entrega un sobre y una promesa a Manolo. En el sobre un nombre y en la promesa un futuro, pues eso, prometedor: a cambio de un premio, mi amistad eterna y una comisión. Y otra para ti, pollo (Manolo no es un tipo avispado, ni siquiera saber leer con fluidez, lo que ocurre simplemente es que ya sabe cómo va esto y se deja querer). ¿Y al autor? También, un poco, que por algo pone la cara. El culo. Eso, el culo. Jaja. Cuídate. Nos vemos. Besos a los niños.

Y así cada puto año durante veinte o treinta y hasta un millón.

La película termina como empieza, porque aquí, en este mundillo de mierda, las cosas son así: no tienen principio (toda vez que ya nadie lo recuerda), ni fin.

Por supuesto esto es sólo una ficción fruto de mi desatada imaginación. La realidad es que todo es fruto del azar y la estadística: cuantos más autores publiques, mayor es la probabilidad de haber apostado por el caballo ganador (y de ganarte el silencio de la gente). Y, por supuesto, estoy convencido de que el que hecho de que Chus Visor sea miembro del jurado de los premios más importantes (por más que, dicen, no siempre figure en ellos) no tiene nada que ver. 

Absolutamente NADA.


lunes, 18 de enero de 2016

Breve nota poética número uno

Hay cosas que invitan a la arcada. Esta es una de ellas:

Un ayuntamiento, intervenido por la mismísima Hacienda Pública hasta el 2022, que debe más de un millón de euros a chorrocientos proveedores, organiza XIX Certamen de Poesía y, no contento con eso, aumenta su dotación económica a 2.500 euros (1). Gracias a la Concejalía de turno el libro, que será leído por nadie, se publicará en la editorial de siempre y será regalado cual catálogo de Mercadona. Y doy fe que no se quiere ni así.

El omnipresente editor de Espiral Maior (editorial que, si me lo preguntan, parece sospechosa de casi todo a un nivel sonrojante) y sin par poeta Miguel Anxo Fernán Vello «manifestó el especial cariño que le tiene a este concurso, ya que desde su nacimiento estuvo unido a él, viendo como fue creciendo y cómo gran parte de los escritores gallegos de éxito tienen en su haber este premio. Destacó la circunstancia de que las tres últimas ganadores fueran mujeres y aprovechó su intervención para felicitar al alcalde por la labor cultural que desarrolla el Concello […]»

Hay que ser muy poeta para destacar la “labor cultural” que se lleva a cabo en ese lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. Y no estoy hablando por hablar. Estoy hablando de CERO inversión, más allá de las subvenciones que ocasionalmente caen en sus manos y que dan para cuatro libros infantiles y dos rollos de celofán. Estoy hablando de comprar Cincuenta sombras o lo que sea que publique Caré Santos antes que Philip Roth o Rezzori o Franzen o Ford. Estoy hablando de tener que recorrer veinte kilómetros para buscar una biblioteca pública, toda vez que las dos de las que presume la localidad (siendo, para más inri, vergonzantes ambas, de puro pobres, tristes, caducas), cierran durante las vacaciones y si abren lo hacen escasos 180 minutos semanales en un horario absolutamente demencial tipo las once de la mañana, que debe ser cuando va la de la limpieza a pasar el glasex. 

No es exclusivo, claro, este mal local. En el antro escritores.org se puede encontrar −aplicando la ley del mínimo esfuerzo− una detallada relación de certámenes varios; una lista de eventos ordenadita por meses que indica los nombres de aquellos que aceptan envíos por correo electrónico o los que te obligan a chupar un sello y no sé si aquello también. Esto se traduce en seis mil doscientos frenéticos poetastros enviando correos compulsivamente. Seis mil doscientos pavos reales fuera de control combinando correspondencia con el OpenWord. Y no es para menos: 14 certámenes en diciembre; cerca de cuarenta en enero; ídem en febrero; ídem en marzo; ídem en abril. Y más. Y no están todos los que son. Y por la puerta de atrás fondos públicos, comisiones, avispados editores, convocatorias, pinchos morunos, un cartero real, plicas con cremallera, más pinchos, caras de sorpresa, gestos demudados. Y en 2017 quintales de papel para reciclar. Polvo y basura sin fin.

Deberíamos acabar con esto de una santa vez. Con los certámenes, digo. Y con la poesía, también, ya, de paso. No más tus pupilas en mi pupila. No más forzar la vista total para nada. No más respiración artificial. No más cuidados paliativos. No más impuestos para tanta mierda. 

No más hablar de cultura cuando se habla de negocios. 





(1) Y eso no es nada. En Melilla el premio es de 18.000 €. Pero de esto hablaremos mañana.