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miércoles, 5 de septiembre de 2018

“Contra la lectura” de Mikita Brottman

¡Extra, extra!, se confirman los rumores: Blackie Books se ha especializado en soplapolleces. 

Hoy, un ejemplo perfecto. 

Contra la lectura son 168 páginas dedicadas a que alguien nos recuerde lo que ya sabíamos: que sólo debemos leer cómo y cuándo apetezca, que ni clásicos ni leches y que todos los slogans de fomento de la lectura no valen ni el papel en el que están escritos. Y que si lo nuestro es leer, la literatura no va a salvarnos la vida: ni nos hará ricos ni nos hará mejores personas (suponiendo que busquemos semejante cosa en semejante sitio), por lo tanto, vamo a calmarno

«Permitidme dejar las cosas claras: no hay libros que «debáis» leer. Seguid mi consejo: si os aburre, no lo pilláis, os resulta soporífero u os provoca dolor de cabeza, dejadlo y pasad a leer otra cosa. Incluso este mismo libro: si no os interesa, ¡dejad de leerlo ya mismo! Abandonadlo, pedid que os devuelvan el dinero, regaládselo a un amigo o tiradlo por la ventana. Sinceramente, me trae sin cuidado». 

Por esta tontería y dos horas de un tiempo que jamás podrán recuperar, damas y caballeros, Blackie Books les va a cobrar 17 euracos. 

Avisados quedan. 

Que sí, es verdad: nunca está de más que nos recuerden que no pasa nada por dejar un libro para siempre a medio terminar; o que la primera norma de un club de lectura ha de ser perderle el miedo a lo que está por venir, desmitificando lo que sea, Tolstoi incluido, o que, efectivamente, tenemos que llevarle una vez más contraria a los agoreros de turno que insisten en anunciar la enésima muerte de la literatura, al menos mientras no contemos con el aval de las cifras oficiales que hablaban de 150.000 libros publicados en 2002, año en el que la NEA realizó una encuesta llamada “La literatura está en peligro”. 

«[…] creo que la importancia de la lectura (por no hablar de la escritura) está muy sobrevalorada, y a lo que en realidad deberíamos prestar atención, en un mercado abarrotado y ahíto de libros, no es a la muerte de la lectura, sino a la muerte del criterio. Es relativamente fácil adquirir el hábito de la lectura; es mucho más difícil llegar a ser un lector exigente y con criterio» [John Sutherland citado por Mikita Brottman]. 

El resto del libro es una suerte de autobiografía de una lectora compulsiva que un buen día descubre que tanto libro y tanto recluirse en el desván y tanto drama inglés la estaban sumiendo en un autismo del que logró escapar por los pelos y de ahí la lección y de ahí este libro y de ahí este desastre mayúsculo de señora venida a más. 

Contra la lectura es también una crítica (me gustaría decir “mordaz” pero ni eso me concede) a los bibliomaníacos. Ya saben, esa gente que es más aficionada a los libros que a la literatura, esto es, que prefieren el continente al contenido que es exactamente lo contrario de lo que ocurre con los bocadillos de calamares. Se trata de gente que no merece mucho más que estas líneas que les acabo de dedicar aunque se ve que Mikita ha debido ver en ellos un filón que yo no y de ahí las chorrocientas páginas que dedica a Art Garfunkel, ejemplo perfecto de lo que ella considera un bibliomaníaco de manual, todo lo contrario que su profesora, que al cabo de su vida no tenía un triste libro en casa, motivo éste de sincero y justificado desprecio en aquellos días en los que Mikita sentía la necesidad de mirar por encima del hombro a quienes no adornaban sus estanterías con ediciones en piel de novelas ejemplares. 

«De modo que, ya veis, aquí estoy machacando a una persona por no tener libros en las estanterías y menospreciando a otras por tenerlas llenas de ellos. Pero las viejas costumbres tardan en morir, y es casi tan difícil no juzgar a alguien por los libros que tiene (o que le faltan) en las estanterías como no juzgar un libro por la cubierta». 

Una parte importante de este libro (libro que, como habrán adivinado, nunca llegará a ocupar espacio en mi estantería) es una “apasionante” (no sé si se aprecia el sarcasmo) encuesta que la escritora hizo a cincuenta y seis lectores adultos «de todas las edades, británicos y estadounidenses a partes iguales, académicos y “legos”» en la que les formulaba las siguientes preguntas: qué libro estás leyendo; cómo eliges el siguiente; si los terminas, si los dejas a medias o que si cuántas páginas necesitas para tomar esa decisión; si sueles diferencias entre trabajo y diversión; si relees y cuánto y pon ejemplos, por favor, amor; si lees en transportes públicos; si recuerdas alguno que te hiciera reír o llorar. Que dónde compras los libros, que cuánto gastas. Que qué de qué. Hasta aquí todo medio normal, las preguntas típicas que los aficionados a la lectura están deseando contestar para demostrar lo que sea que necesiten demostrar. Pero no contenta con eso, Mikita sigue preguntando: ¿usas marcapáginas o doblas por una esquina las páginas?, ¿tomas notas en los márgenes? Si es así, ¿usas lápiz o bolígrafo? ¿A qué velocidad lees? ¿Lees por encima a toda marcha o te detienes para ir saboreando las frases? ¿Cuándo y dónde lees mejor? 

En este plan. 

Lo juro por San Faulkner. 

Las repuestas (¡claro!) son todo lo variadas que pueden serlo las personas: se lee de todo, a todas horas y en toda partes; unos dejan libros, otros no; unos doblan las esquinas, otros no; unos gastan lo que no tienen, otros van a la biblioteca, etc. La encuesta no tiene conclusión básicamente porque no puede tenerla pero aun así la bella de corazón Mikita Brottman concluye que lo mejor es lo que más se parece a lo que viene siendo ella misma y sus circunstancias y sus manías lectoras ya más que superadas. 

Llegado este punto uno ya no sabe si seguir leyendo o directamente prenderle fuego, que es al fin y al cabo lo que merece este puto libro que navega entre lo presuntuoso y lo ridículo y que termina como terminan aquellos libros que piden a gritos ser abofeteados. 

«Y ahora que habéis llegado al final del libro, cerradlo. Esperad un rato antes de comenzar el siguiente.
Podría suceder cualquier cosa.
¿Qué creéis que será? » 

Tal vez leer Moby Dick no nos haga parecer más guapos pero al menos (léase este caso) no nos hará parecer imbéciles.



lunes, 13 de junio de 2016

‘Seré un anciano hermoso en un gran país’ de Manuel Astur

Hoy vamos a inaugurar una generación literaria. Me apetece. Lo echo de menos. Incluso le he buscado nombre: GENERACIÓN EMOCIONAL. ¿Les gusta? Ya verán como sí. 

Al lío.

[‘Lo emocional’, parte uno]: Seré un anciano hermoso en un gran país, se vende, desde la editorial y desde donde sea que ustedes miren, como un Ensayo Emocional, que es algo que yo nunca había escuchado antes –y si lo había hecho, maldito el caso− y que a poco que nos dejemos llevar le dedicamos una estantería en nuestra biblioteca. Para mí esto ha sido determinante. La etiqueta, digo. Porque si se inaugura un género (o subgénero o fusión de géneros, que está todavía por ver en qué queda la cosa) yo quiero estar ahí, y si no, también.

El caso es que antes de continuar creo que deberíamos aclarar qué demonios es esto de ensayo emocional, a dónde nos conduce y qué tiene de verdad verdadera. Y lo más importante: si es o no un valor añadido o si sólo se trata de buscar una etiqueta que llame la atención de las masas.

Les voy a poner en contexto, para que sepan a qué atenerse: 


[‘Lo emocional’, parte dos]: Seré un anciano… está escrito por Manuel Astur. A los que estén de paso y sean nuevos en el barrio les diré que Manuel Astur es uno de los padres fundadores del Nuevo Drama, aunque en esta ocasión no he visto por ninguna parte el logotipo que habitualmente estos señores (Juan Soto Ivars, Sergi Bellver y el amigo Astur) medio ocultan entre sus páginas como declaración de intenciones, por lo que supongo que, o bien Astur es ahora disidente o es que en esta ocasión vamos en plan experimental y tampoco es cuestión de desvirtuar de un plumazo lo imaginario del sello. Eso, o que la editorial pasa de gilipolleces. O no a todo.

Maldades aparte, decíamos que Seré un anciano… está escrito por Manuel Astur, un escritor ya-no-tan-joven nacido en los 80 que ha sido todo uno verse la primera cana y lanzarse a escribir sus memorias de pura nostalgia de sí. El resultado es una obra de unas doscientas páginas en las que el autor habla de sí mismo y sus circunstancias desde el origen de sus tiempos y cómo ha cambiado todo y qué bien se vivía siendo el niño de Aquellos maravillosos años y qué grande Asturies, madre.

Pero estoy divagando. Para que entiendan lo de Ensayo Emocional: hay una parte de este ensayo que tiene lugar, si no recuerdo mal, cerca del final, pero eso es algo que no tiene maldita importancia. El autor se acuerda de lo que ocurría en su casa, en el campo, cuando era niño, en las noches de tormenta. 

«Rugía la tormenta y la luz oscilaba unos instantes, como si fuera de gas. Entonces, mi madre me mandaba a buscar las velas y yo corría con gran regocijo a revolver en los cajones del salón hasta reunirlas todas. Siempre eran menos de las esperadas, pues había gastado algunas jugando a derramar cera en la palma de mi mano cuando nadie me veía. Después, se iba la luz durante unos segundos. Ese era el segundo aviso. Mis hermanas salían de sus habitaciones y venían al salón. Mi madre ponía el chocolate al fuego. Mi padre sacaba su linterna, era suya y de nadie más, ya que el niño de posguerra civil que fue considera algunos objetos, hoy comunes, sobre todo mecheros, navajitas y linternas, como auténticos tesoros para aventureros. La tormenta retumbaba y centelleaba fuera. La lluvia descargaba con furia y un río de agua bajaba por la calle. Algunas personas empapadas corrían a resguardarse en los portales, y corrían riéndose, como si les hubieran pillado haciendo una trastada. Nosotros mirábamos desde la ventana y también nos reíamos, y nos sentíamos tan protegidos, tan unidos, la pequeña tribu de homínidos en su confortable cueva. Finalmente, un gran trueno hacía temblar hasta los cimientos y se iba la luz, para no volver hasta dos o tres horas después. Ese era el momento de viajar en el tiempo. Encendíamos las velas y nos sentábamos a la mesa del salón a tomar una taza de chocolate, tan denso y cálido como la oscuridad redescubierta que nos rodeaba».

La narración se tira de cabeza en la nostalgia y los que hemos vivido aquellos larguísimos apagones (en los que, dicho sea de paso, a nadie se le ocurría llamar a la compañía eléctrica para exigirle una reparación inmediata ni reclamarle daños y prejuicios porque se nos fuesen a derretir los colajets) en los que también cenábamos y estudiábamos y padecíamos la tormenta sentados alrededor de aquellas ruidosas lámparas de gas, lloramos de la emoción. O casi. Eran otros tiempos. Ni peores ni mejores, si acaso lo segundo (infancias infelices aparte). Cuando Astur nos cuenta que su padre les decía que así se vivía antes, lo que está haciendo es encadenar una nostalgia con otra y demostrar que el hombre es un animal optimista que tiende a la infelicidad.

Resumiendo: Astur se hace mayor o, más bien, Astur siente que se hace mayor, porque a los treinta y cinco o treinta y seis no se puede ser mayor; se puede ser, en todo caso, una máquina de follar pero no mucho más. No hay necesidad. Porque una cosa es la crisis de los cuarenta, que es un cosa que podemos entender todos, hayamos o no sido escritores, y otra cosa muy diferente la necesidad de llamar la atención sobre un yogur que todavía no ha caducado. No sé si me explico. Cuando las personas normales, con oficio y beneficio, se acuerdan de las friegas que su santa madre les hacía en el lavadero para sacarles la roña del día, lo comentan frente a una cerveza y se ríen y alguno hasta se emociona. El resto escribe un libro.

Con todo, no está mal, se lee con cierto agrado. Astur está muy lejos de ser el abuelo cebolleta con sus batallitas y tampoco hace suya la frase cualquier tiempo pasado fue mejor (aunque en el fondo todos sepamos que así es exactamente como es) gracias seguramente a esa visión, ya hemos visto, optimista, a esa costumbre de ver siempre el lado bueno (o no exactamente “bueno” pero tampoco necesariamente malo) de las cosas o la vida o como quieran ustedes llamar a este desastre.


[‘Lo emocional’, parte tres]: Yo sé que sólo uno no hace generación por mucha nocilla que le ponga a la tostada pero visto con cierta perspectiva este desbarre de hoy tiene mucho más sentido del que parece. Porque si a la necesidad o el deseo o simplemente las ganas de dar un paso atrás en la narrativa que proponen los New "kids" on the block de la letras, también conocidos como los New Drama (Astur incluido, le pese lo que le pese), le sumas la sobrecarga emocional de los dos tomos dos del Yo fui a EGB (P&J), lo acompañas del Hit Emocional (emocional, ven) de Juanjo Saez (Sexto Piso) y lo rematas con la penúltima y originalísima idea de Miqui Otero consistente en escribir un Elige tu propia aventura para adultos (La cápsula del tiempo, Blackie Books); si sumas todo esto, decía, el resultado será (es) un grupito la mar de majo que lo mismo te anima un guateque en la parroquia que te escribe una obra maestra. Porque todos son de la quinta y todos miran al pasado con la misma mirada vidriosa y todos ocultan las primeras calvas o peinan las primeras canas, y todos hacen de la nostalgia una herramienta de promoción y de la emoción, su argumentario.



jueves, 3 de marzo de 2016

‘Instrumental’ de James Rhodes

Hoy vamos a dejarnos de pesadas introducciones. Quién las necesita, verdad.

Hasta donde yo sé o hasta donde yo sabía hace escasamente una semana, James Rhodes no era nadie, o apenas nadie, si acaso un escritor primerizo. Me equivoqué, sí lo era. Alguien digo. Resulta que el tipo viaja por el mundo adelante tocando el piano y llenando salas y salones y auditorios. Es todo uno llegar y colgar el cartel de no hay entradas. 

En este libro cuenta cómo llegó a tal.

Empezó siendo violado durante cinco años desde que tenía seis. 

Sé lo que están pensando: así cualquiera. Pues no, para nada. Esto lo contó después, una vez llegó a lo más alto. El libro es la historia de su corta vida (no porque haya muerto sino porque todavía es bastante joven): el infierno por el que pasó, las pollas que chupó, las veces que fue sometido. En el colegio dio con un profesor de gimnasia bastante hijo de puta que primero lo cameló y luego lo embistió. Fue tal el abuso y fueron tanto los años que llegó a convertirse en una dinámica habitual, con todo lo que esto tiene de repugnante normalización. Es un infierno que cuesta imaginar, de modo que no voy a perder el tiempo en intentarlo. 

La situación lo destrozó, cambió su vida, lo volvió medio loco, adicto a las drogas, al alcohol, las autolesiones; sumen a esto problemas de memoria, incapacidad para relacionarse… no sé, la lista es demasiado larga:

«[…] autolesiones, depresión, adicción al alcohol y a las drogas, cirugía reparadora, trastorno obsesivo-compulsivo, disociación, incapacidad de mantener relaciones funcionales, rupturas maritales, ingresos forzosos en instituciones mentales, alucinaciones (auditivas y visuales), hipervigilancia, síndrome de estrés postraumático, confusión y vergüenza asociadas al sexo, anorexia y otros trastornos de la alimentación».

Pese a todo, salió adelante. Claro, dicho así parece fácil pero el tipo se las arreglará fenomenalmente bien para dejar claro que para nada. Durante doscientas y pico páginas seremos testigos del horror. En algún momento su rabia será nuestra rabia.

De lo que no nos vamos a librar será de las repeticiones. Ahora estoy bien ahora no. Ahora te lo cuento, ahora también. Doscientas recaídas, a cual más bestia, intentos de suicido… bueno, no sé, el historial completo. Pero lo bueno no es esto. Quiero decir por lo bueno, que lo que hace interesante esta telenovela no es la interpretación, la iluminación o el decorado sino la banda sonora. Rhodes es un buen comunicador. Consigue que sientas lástima por él, claro que eso es fácil, diría incluso inevitable (y si no es así, pedazo de mierda, háztelo mirar) pero sobre todo logra que su pasión casi infantil por la música sea altamente contagiosa. 

Todos los capítulos arrancan con el título de una canción (que tendrán que bajarse de algún lado o buscar en youtube si son ustedes de esos) y una explicación acerca de la misma, que parece ser la técnica que siempre utiliza Rhodes en sus conciertos; un poco aquello que lo ha hecho famoso. Dice, por ejemplo, que Bach es Dios y que en condición de tal se follaba a sus incautas y jóvenes seguidoras, vírgenes y devotas, probablemente, muchas de ellas. Hoy, en este país, por decir mucho menos de esto ya te meten diez días en la cárcel pero fuera de aquí se ve que la gente tiene más sentido del humor y sabe perdonar la blasfemia o bien la interpreta debidamente y lo toma como el cumplido que es.

Pero estoy divagando.

El libro avanza, pues, entre la desesperación y la esperanza y la recaída y la desesperación y la esperanza y la recaída. Y así un buen rato hasta que en equis momento y puesto que hablamos de música y puesto que hablamos de música clásica, Rhodes nos da su versión sobre el estado de las cosas que, hablando mal y en plata, es poco menos que una auténtica mierda. Como en todas las esferas del arte, la música clásica, al igual que ocurre con la narrativa en el campo de la literatura, se ha vuelvo en exceso elitista lo que significa que se ha llenado de imbéciles que creen que lo suyo está un poco por encima de la media, que sólo unas mentes privilegiadas pueden acceder al templo que se han erigido a sí mismos y en el que se han enclaustrado. Esto invita claramente al alejamiento de las masas que, de puro ignorantes y miserables, se refugian en shakiras y bisbales. 

«Resulta evidente que hay problemas importantes en el mundo de la música. Una estrechez de miras por parte de casi todos los que ocupan posiciones influyentes, una negativa infantil, producto esencialmente del miedo y el conservadurismo, a tratar de llegar a un público más amplio, un desesperado aferrarse a lo conocido a pesar de las pruebas abrumadoras de que están en un barco que se hunde, la aversión y la crítica inmediata a cualquiera que se atreva a probar cosas nuevas con música antigua, y, lo que resulta más deprimente, el deseo avaricioso y codicioso de lograr que esa música increíble siga siendo solo suya y de una élite selecta que se ajuste a su criterio de lo que es un oyente válido».

Rhodes, que aspira a repetir lo de Richard Clayderman pero en chanclas, carga contra todo y contra todos y reclama una cura de humildad y modelos de distribución similares a los que ofrece el pop o lo que sea que se escucha hoy día, con la intención de llegar a más público y rendirlos a los pies de la Chacona de Bach o algún movimiento de un nocturno de Chopin. Y Rhodes tiene un plan, o por lo menos, una idea. Esta idea:

«Tengo tantas ganas de salir de la trinchera en la que la música clásica se ha metido ella sólita, que me encuentro en el proceso de crear mi propia discográfica, Instrumental Records. Quiero fundar mi propio centro de creación. […] Instrumental es un sello en el que podré dar a los músicos la oportunidad de grabar lo que quieran. Diseñaremos álbumes preciosos, haremos giras como discográfica, organizaremos conciertos que respetarán la música, a los músicos y al público, apoyaremos a los nuevos talentos con independencia de la edad y el aspecto, pagaremos a los músicos los royalties que merecen, les daremos un control mayor y más completo de lo que quieran hacer, alimentaremos y cuidaremos a una base de seguidores tanto en Internet como en la vida real, que nutran toda esta revolución musical de la que formamos parte».

Sé lo que están pensando y no, no creo que Rhodes haya escrito este libro vender su discográfica. PARA NADA. Lo digo completamente en serio. Bueno, es decir, medio completamente. La historia que cuenta es una historia que había que contar y creo que está contada como tenía que ser contada; otra cosa ya, que, aprovechando la oportunidad que le brinda escribir un libro que cuenta sea leído por masas ingentes de violonchelistas y flautistas, se haga un poco de publicidad. Sí llama la atención, debo confesarlo, la desvergüenza a la que llega cerca del final:

«Si estás leyendo esto y tienes algo que aportar, únete a mí. Si estás en una de las discográficas grandes y harto de que te traten como a una mierda, o si nunca has grabado nada pero te mueres de ganas de hacerlo, cuéntamelo».

Pero bueno, fue violado tantas veces y fue tal el desamparo y el desequilibrio mental que casi parece justicia divina que ahora se le llene el sello de arrebatados pianistas y atractivas violinistas y que entre todos saquen un disco que deje en pañales al primero que publicaron los triunfitos de marras.


jueves, 24 de abril de 2014

“La benévola” de Laird Hunt

Dice, la contra: “La benévola es una novela histórica porque está ambientada en otra época”. Y bueno, en fin… Una advertencia para los amantes de las novelas históricas: eso no es exactamente así. A ver, sí, hay un contexto histórico que invita a cierto entusiasmo pero las cosas como son: esta es una novela sobre la venganza ambientada en la América de la esclavitud que tiene de histórico lo justo y necesario y poco más. Personalmente lo prefiero a cualquier clase magistral sobre lo que era ser esclavo o esclavista o consorte de tal.

Conviene aclarar que leí esta novela hace por lo menos cuatro meses; que hablo, por lo tanto, de memoria; que es una memoria frágil, que he olvidado mucho pero recuerdo bastante. Que esto ha de contar como cumplido.

La cosa va de una niñata en edad de rebelarse y hacer el tonto que un día conoce a un listo del que cree enamorarse perdidamente sólo porque asegura tener una mansión y terreno para aburrir en mismísimo Kentucky, ese campo de sueños que puede alejarla rápidamente de sus padres, esos señores que coartan su libertad. De la misa la media. Ni tanta mansión (si acaso choza) ni tanto terreno (si acaso terruño) ni tanta ambición (si acaso cuento). Lo que si tiene es mano de obra barata y una hermosa fusta y la horrible costumbre de meter a las lindas negritas en cintura a base de bien. Ellas son dos y se amigan con la joven, insegura, descreída y tirando a infantil ama y aquí es donde, más o menos, tiene lugar la historia. Espera uno gestos heroicos o huídas a campo abierto o la demostración de que la amistad todo lo puede y lo que se encuentra, en cambio, es algo bastante diferente, algo que tiene más que ver con el hijoputismo contagioso o con compensar los errores propios con el dolor ajeno. 

No voy a entrar mucho en detalle, ya he dicho que esto tiene que ver con la venganza. Saquen ustedes sus propias conclusiones o directamente léanse la novela. Personalmente tengo que reconocer que ha sido una agradable sorpresa no tanto por el estilo —un ejemplo del cual pueden ustedes leer a continuación (pido disculpas por haberlo robado de no sé qué blog, pero es que no sé dónde diantres he metido el libro)— como por la historia, que, sin alardes ni efectismos, logra aprovechar el tan histórico tema de la esclavitud para hablar de una violencia no diremos inherente al ser humano pero sí como recurso liberador.

Interesante.
«Una vez en mis primerísimos días un niño se perdió y cayó en un estanque, y cuando lo encontraron, no era más que una chaqueta azul y unos pantalones rojos flotando bajo un palmo de hielo boca abajo. Mi padre salió con su hacha para ayudar a sacarlo. Todos los hombres, provistos de hachas, formaron una especie de reloj en el hielo y por turnos descargaron golpes de hacha. Las hachas descargaban un golpe tras otro en torno al reloj, y los trozos de hielo saltaban hacia los lados y volaban por el aire, reflejando el sol que iluminaba el cráter que estaban creando. Yo tenía cinco años. El niño había sido mi compañero de juegos. Parecía que estuvieran sacándolo del ojo de una joya. Cuando ya lo tenían fuera y lo envolvían en la orilla, me acerqué a la joya que crujía en torno al agua negra y me arrojé dentro. Fue mi padre quien me sacó. Después de llevarme a casa y secarme y abrazarme, me dio una azotaina hasta que vi las mismas estrellas que había visto alrededor de esa joya en el estanque, y luego me azotó un poco más porque cuando me preguntó si ya había tenido suficiente, sonreí.» (p. 128)

jueves, 7 de febrero de 2013

Píldoras críticas: Danill Jarms y Sophie Divry

Hoy toca autorrescate. Me va perdonar que recupere un par de reseñas de ese pozo sin fondo que es el borrador de blogger. Ni se imaginan la mierda que guardo allí. Hay cosas de Tolstoi, de Dostoievski, Camus, Sartre, Dickens, Yasmina Reza, Román Piña, Marc Pastor, Paul Viejo, Buzatti, Royuela y hasta de un japonés llamado Kobayashi, amén de otras chorradas (más chorras que esta, quiero decir). Eran tiempos de vacas gordas. Hoy, con DK, todas son flakas. Por eso y mientras busco tiempo para reseñar los doscientos millones de libros que tengo pendientes, voy a sacar conejos de la conejera. No es un gran truco, pero ayudará a pasar el rato.

Me llaman Capuchino” de Daniil Jarms 

A comienzos de octubre (ya llovió) me encontraba yo leyendo un extraño libro llamado "Me llaman Capuchino" de un ruso seudonominado Daniil Jarms que tiene cuentos tan breves como este: 
En cierta ocasión un hombre iba al trabajo y, de camino, se encontró con otro hombre que, tras comprar una barra de pan polaco, iba de vuelta a casa. Y eso es todo, realmente.” 
No me gustan los cuentos, menos aún los microcuentos y los haikus ni me los menten, pero los relatos de este recopilatorio tienen un algo tan absurdo que invita a perdonarle un poco la tontería de no parecer nada más que las anotaciones que un loco de atar hacía en las servilletas de los bares a los que iba con sus camaradas. 

Extraña e irregular recopilación de una editorial a la que todavía no acabo de cogerle el punto, el mérito de Jarms está en no permitir que el lector se sienta del todo estafado, entre otras razones porque son cuentos que no se extienden más allá de lo justo y necesario, que viene siendo lo que tarda un chiste en dejar de hacer gracia. Pero esto no libra a Jarms de nada. En todo caso se le perdonan estos cuentos tan de entrelecturas por la chispa con que los escribe y por la desvergüenza con que son ahora publicados. Lo mejor del autor es que, tal como señala la solapa del libro, lo mataron de hambre sus compatriotas por antisoviético durante “el asedio de Leningrado por parte del ejército naci” (la errata es de la solapa del libro, no mía) que eso es algo que siempre queda muy bien en el currículum, muy por encima del suicidio. 

Insuficiente, en cualquier caso, este rescate de Automática Editorial, aunque se le agradece el gesto de salvar del olvido obras no sabe uno si inéditas o anecdóticas y no limitarse a volver a traducir clásicos populares. Y no miro para nadie.

* * * * * * * * * * 

"Signatura 400" de Sophie Divry 

Me leí esta novela, hace ya algún tiempo (siendo algún tiempo, año y medio), en apenas hora y pico. Sale la tontería por 17 euros (no a mí; yo soy mucho más listo que eso). Confieso que, quizá por ciertas naturales reservas, lo leí con escaso cuando no directamente nulo placer y eso que me iba deslizando por la historia sin tener que andar montando puzzles por el camino, que es una cosa que quieras que no también se agradece. Diré en su favor que cuenta con la ventaja añadida de poder atender a la noticias de la televisión sin perder el hilo de la narración en ningún momento si acaso previamente ha podido encontrarse. Pueden considerar esto un insulto, si quieren; dependerá de sus hábitos de lectura. 

La historia es una estupidez, para qué nos vamos a engañar. Va de una bibliotecaria que se ocupa de la sección de Geografía. Un día llega al trabajo y se encuentra un tipo durmiendo, allí, en el suelo, y en lugar de follárselo, que sería lo más lógico, le invita a café y le cuenta lo primero que se pasa por la cabeza: cosas como que se enamorado locamente de un habitual de la biblioteca que tiene un cogote precioso. La típica soplapollez de psicópata reprimida. Le habla también de las dificultades de ascender a la sección de Novelas o Historia y las riega con digresiones sobre la nueva Narrativa Francesa, que es toda una mierda (también allí, SÍ). La novela viene a ser un intento de elogio a los clásicos de siempre; a casi todos, al menos. Nada concreto; no se dicen nombres pero se sobreentiende la generalidad. Lo raro es que la autora, esta muchacha tan joven, no esté del lado de la posmodernidad y si lo está que no lo parece. También puede ser una infiltrada y tengamos que matarla. 

Ideal para bibliotecarios, usuarios de lo público y la letra impresa, amantes del amor y mujeres solteras con gato y sin plan. Perfecto también para la playa, leer asomado a la ventana o un banco de la Fnac. Se olvidarán de ella antes de acabar la semana, garantizado. Así de ligera. O más. Y prescindible ya ni les cuento.



lunes, 16 de abril de 2012

“Kapitoil” de Teddy Wayne

No se pueden hacer idea de las barbaridades que se dicen sobre esta novela: que si es una de las mejores y más comentadas de los últimos años, que si Franzen le ha dado su bendición (?), que si tal que si cual, pascual; hay incluso (y esto es lo más gordo) quien la considera el relato definitivo sobre el 11S. Ahí es nada. He leído dos artículos en sendos periódicos que coincidían en esto punto por punto. Demasiado “punto por punto”, si me lo preguntan. ¿Excuso decir que eso es una soberana estupidez? No, no excuso: ES una soberana estupidez. Cuando leo este tipo de reseñas, tan útiles nada más que para vender libros, trato de no caer en la certeza de estar haciendo lo correcto al reseñar tanto las buenas como las malas lecturas

Uno de los protagonistas de la estupenda serie televisión “Community” (que aprovecho para recomendar a todo aquel que no la conozca) es Abed Nadir, un indio que ha viajado a EEUU para estudiar en la universidad para adultos en que se desarrolla la acción. Pues bien, el protagonista de Kapitoil parece un calco de aquel. Los que conozcan la serie sabrán a quién me refiero. El resto, bastará que les diga que Aded es uno de los personajes más interesantes de la serie gracias a su particular forma de ser y actuar y por lo divertido que resulta verlo lidiar, desde una suerte de levísimo asperger, con la locura que es ser estudiante en América. El problema fundamental de Abed es que lo ve todo desde la perspectiva cinematográfica, su gran pasión, por lo que el mundo, para él, es como una gran película que se puede analizar y reproducir en el entorno controlado de su aula. 

Karim Issar, el protagonista de Kapitoil, no viene de India sino de Qatar y su problema es básicamente el mismo pero cambiando “cinematográfica” por “económica”, “aula” por “despacho” y poco más. Durante la (prevista) breve estancia en el país desarrolla un sistema informático llamado Kapitoil que es capaz de predecir las oscilaciones del precio del petróleo a partir de las noticias de Oriente Medio que aparecen en prensa. La acción tiene lugar en 1999. Esto que parece tan interesante es por lo que se afirma tan gratuitamente que es la gran novela sobre el 11S: ambición, economía, petróleo, Oriente Medio... Falso. En realidad el autor pasa un poco de puntillas por este asunto de las torres caídas que sí es verdad que podría dar más juego si se prestase menos atención a los escarceos sexuales del protagonista, al amor (también, no todo va a ser follar), a la amistad (ídem), a sus tonteos con la marihuana, a sus conflictos familiares y religiosos (lo de saltarse la misa del domingo porque estás en Nueva York)... a su adaptación al medio, en definitiva. 

Es decir, que la gran novela sobre el 11-S es en realidad un tontada, entretenida, vale, sí, sobre un joven catarí en la gran manzana y el en ocasiones [divertido] contraste entre su mentalidad analítica y el caos de una sociedad americana ajena todavía al desastre de las torres gemelas. Para que nos entendamos: comedia de amor y economía a partes iguales. Si lo que buscan es eso, bárbaro, lo pasarán bien porque es ágil, se lee en una patada y no da ganas de llorar ni de pena ni de vergüenza; ahora bien, si esperan cualquier otra cosa, algo con la profundidad de un plato de sopa, por ejemplo, entonces se han equivocado de puerta. Recomendable en la misma medida que desaconsejable. En cualquier caso absolutamente prescindible

martes, 14 de febrero de 2012

Futuros Flamantes Héroes Literarios

"Balzac empieza a escribir. Pero no, como los demás, para acaparar dinero, para divertir, para llenar los estantes de libros, para ser tema de conversaciones de bulevar; no ambiciona un bastón de mariscal en la literatura, sino la corona de emperador. Empieza en una buhardilla. Escribe las primeras novelas con seudónimo, como para probar sus fuerzas. Todavía no es la guerra, sino sólo un juego de guerra; todavía no es la batalla, sólo son maniobras. Insatisfecho con el resultado, descontento del éxito, arroja la pluma; durante tres o cuatro años se dedica a otros oficios, trabaja de escribiente en un despacho de notario, observa, ve, penetra con su mirada el mundo y lo saborea, y luego empieza de nuevo."
Stefan Zweig, "Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski)"

Así es como va la cosa por aquí, folks
Pleonasmo Chief

Esto viene a cuento del lamentable intento, hace unos días, de matar cinco minutos en la librería de El Corte Inglés. De todos los libros expuestos o sugeridos en las mesas y estanterías hubo tres que me llamaron especialmente la atención entre otras cosas porque ya los conocía y sospechaba lo que podría encontrarme en ellos. Al igual que no me resistí entonces a ojear algunos no me quiero resistir hoy a compartir con ustedes la reflexión surgida de aquella primera impresión (y en algún caso, de la lectura de unas primeras páginas) y de las citas que encabezan y cierran este post.

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El primero de los libros no lo tenían pero sí el cartel en que se anunciaba y que recomendaba su compra y no sé si también su lectura. "Tenían veinte años y estaban locos" (por triunfar, creo) es una antología de un grupo de veintisiete jóvenes poetas de menos de veintisiete años que según Luna Miguel (la antóloga) “luchan en la calle, en la red y en el papel con la poesía como estandarte” lo cual estaría muy bien si el resultado no fuesen perlas como esta que me recuerdan los motivos por los que no soporto la poesía: “Me quitaron las vegetaciones. / Así que con ocho o nueve años / me las tuve que arreglar / con mi nariz / para coger y expulsar / coger y expulsar / aire. / Guardaba soplos / en la boca del bolsillo / al dormir. / Pero sin ellos nunca aprendería / a respirar. / Años después, / me dijeron en el hospital / que no me preocupara: / fiebre del heno. / Me faltaba oxígeno: / los chopos, las moreras, los girasoles / que habían arrancado / de las fosas." 



Quiero insistir en lo de los veinte años porque el segundo de los libros era la primera novela de Antonio J. Rodriguez (alias Ibrahim B aka Pleonasmo Chief) titulado “Fresy Cool”. Creo que trata sobre un joven literato, aprendiz de periodista, que odia casi todo excepto a la jovencísima Lola Font, el gran amor de su corta vida. A Malherido (alias Alberto Olmos) le ha gustado “esta interesante, excesiva, estilosa, monstruosa, vanidosa, ingeniosa y no poco irritante primera novela”. Después de leer las primeras treinta páginas me queda el consuelo de haber sido nuevamente testigo del valor de la amistad frente a la honestidad o el buen gusto. A mí personalmente me está pareciendo ("me ha parecido", puesto que la abandoné ayer por la tarde) un quiero y no puedo entre Wallace y Palahniuk, esto es, ritmo e incontinencia verbal unido a doscientas referencias indescifrables para según quién, entre los que me incluyo, por lo que deduzco que no estoy entre el público al que está dirigido. Esto no es tanto una crítica negativa (no puedo serlo, puesto que apenas lo he ojeado) como el reflejo de la sospecha de que el libro de Antonio J.R. debe tener como objetivo principal lucir palmito ante la tribu a la que pertenece. Les dejo una cita de la novela para que tengan algo en que pensar esta noche: "Fresy Coll Sh*t! será la historia de tu vida, muchacho – irrumpe enmascarado Ibrahim B. en sus laboratorios-. La intención aquí no es otra que nuestra voz, la de este equipo que tienes delante, narrando tus peripecias y tribulaciones, tanto como que tu personalidad termine por fagocitarnos, y acabes siendo tú quien se relate a sí mismo en tercera persona. No sé si me explico, ya sabes: cuánto más cerca un autor se identifica con el narrador, literal o metafóricamente, menos aconsejable es que use la primera persona como perspectiva, John Barth.


El tercero fue “Crezco” de un tal Ben Brooks, un chico de diecinueve años que ha escrito una novela en la que el protagonista tiene las presiones habituales de los jóvenes de su edad: exámenes finales, una madre que quiere lo mejor para él… la mierda de siempre. El libro nos habla del paso a la madurez a través de las drogas, el sexo, la ira, los estudios. Entiendo que es un poco lo de los últimos cincuenta años pero con tarifa de datos en el móvil. Escribo esto sin acritud: no he leído el libro y no puedo juzgar su calidad. Tampoco quiero restarle importancia al mal trago que es ser adolescente. Quizá sea una gran novela, quien sabe; hay quien la ha comparado con "El guardián entre el centeno". John Bart escribió "El plantador de tabaco" a los treinta y Mann tenía veintiséis cuando publicó "Los Bruddenbock". Que el tiempo juzgue, pues, a Ben Brooks y su crecimiento, porque yo no sé si tendré ganas de hacerlo. Les dejo un fragmento de las primeras líneas de la novela: “Son las 2:46 y sigo despierto. Hay varias causas para el insomnio, como un glándula tiroides hiperactiva, la diabetes, los espasmos musculares violentos, una comida pesada o el exceso de cafeína. El insomnio también puede ser resultado del estrés. Estoy estresado porque pienso en Keith, en que mató a su ex-mujer. Entro en www.girlsoncam.com, me pongo el usuario “polladura” y clico en “entrar en la sala”.

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Me acordé entonces de Viola di Grado, costurera aficionada y odiante profesional de todas las modas que no sean la suya; de Tao Lin, vendedor de pilas al peso o Claudia Apablaza, una chilena que en "Diario de las especies" viaja a Barcelona para probar la experiencia salvaje de llevar un blog literario y cartearse con Vila-Matas, con diferencia lo mejor que le puede ocurrir a todo el que quiera dedicarse a esto de la letra impresa. Me pregunto si realmente hay un mercado para este tipo de subproducto entendiendo "subproducto" como tener veintitanos y creer que la experiencia vital de ser uno mismo puede tener el menor interés para el resto del mundo. Supongo que sí lo tiene, mal que me pese. Esta gente tiene amigos, miles de seguidores en Facebook, ojeadores en twitter y he visto incluso que Luna Miguel tiene su propia psicópata, lo cual es señal inequívoca de éxito aplastante. A mí personalmente me da vergüenza ajena esta infantil celebración de lo cotidiano pero ya supongo que no somos todos iguales y a poco que cincuenta familiares y amigos y doscientos despistados se compren alguno de estos libros ya tenemos promesa literaria que te crió en algún suplemento cultural de segunda y estos nuevos héroes literarios, hijos de proletarios, masificarán un Olimpo que no han hecho absolutamente nada por merecer. 



"Para empezar se dan dos tipos de escritores: aquellos cuyo motivo para escribir es el tema y aquellos cuyo motivo para escribir es el hecho mismo de escribir. Los primeros han tenido pensamientos o experiencias que les parece que vale la pena compartir; los segundos necesitan dinero, y por eso escriben, por dinero. Piensan porque tienen que escribir. Se les reconoce en que se explayan en sus reflexiones haciéndolas todo lo largas posible y también en que elaboran pensamientos titubeantes, forzados, equívocos y verdaderos sólo a medias. En la mayoría de los casos, además, son amigos del claroscuro para aparentar lo que no son. Por este motivo desaparece toda precisión y exactitud de su escritura. De ahí que se pueda notar en seguida que escriben para llenar papel. [...] En el momento en que se perciba esto en un libro hay que desecharlo, ya que el tiempo es precioso. En rigor, el autor estafa al lector desde el momento en el que escribe para llenar papel, pues su tarea es la de escribir porque tiene algo que compartir."
Schopenhauer, "Sobre escritura y estilo"