Mostrando entradas con la etiqueta Abel Azcona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Abel Azcona. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Un recuerdo de “Intento de escapada” de Miguel Ángel Hernández

Me hago fuerte en mi pereza y tardo aproximadamente seis meses en reseñar esta novela. De ahí el título del post. Lo que quiero decir es que me van a tener que perdonar lo vago del recuerdo que tengo de los detalles. También podemos ver el lado positivo de la cuestión y agradecer una reseña que hable de lo que queda de una novela una vez que ha pasado tanto tiempo por ella.

La cosa de va de arte. 

* * * * * * * * * *

Dark Room
 
El 15 de agosto Miguel Ángel Hernández se hace eco en las redes sociales de la siguiente noticia: Abel Azcona, de profesión artista, es ingresado en una clínica de Madrid. Este ingreso, dice la noticia, pone fin al proyecto Dark Room. 

No siendo el proyecto Dark Room el proyecto más famoso del mundo se siente uno obligado a hacer un resumen de la cuestión.

Abel Azcona decide encerrarse durante 60 días en un espacio de seis metros cuadrados situado en una galería de arte como parte de un proyecto llamado “Confinement In Searh of Identity” que traducido al inglés de Teruel viene a decir algo que tiene que ver con la identidad y el confinamiento. Abel Azcona lo explica mejor que yo, que por algo es el padre de la criatura: “En el exterior encontramos a diario miles de contaminantes, en mi caso voy a entrar a “Dark Room” con muchos de ellos, y quiero explorar en mí mismo mi propia capacidad de desprenderme de ellos y encontrarme a mí mismo desde cero. Perder la noción del tiempo y de mi propio yo. Construir una identidad no contaminada. No marcada por un abandono”. Más allá de lo sensacionalista de tan estúpida idea, que perfectamente podría llevarse a cabo en el bosque de Walden, está la cuestión de mí mismo, a mí mismo, yo y mis circunstancias, que si algo demuestra es que el problema de Abel tiene mucho que ver con la identidad. 

Total, que no fue bien. A los 47 días, después de llevar dos inconsciente, se llevaron al muchacho al hospital. Dos días. Dos. Tuvieron que pasar DOS días. ¿El arte hace idiotas? Pues igual sí.

En 2007, en Managua, un tal Guillermo Vargas ató un perro a un pared, lo privó de agua y alimento y lo dejó morir. A su lado un cartel decía “Eres lo que eres”. Vargas pretendía (o eso decía a perro pasado) demostrar la hipocresía y pasividad de la gente. Parece que lo consiguió puesto que nadie le pidió que soltara al perro ni saltó la cinta para desatarlo. Lo cierto es que a nadie le importó un carajo el perro mierda ese. La gente se limitó a verlo morir. ¿Por qué no iban a hacerlo? Al fin y al cabo, ¿no estaban en un museo? ¿no era aquello ARTE? Pues entonces. Tal como dice el propio Vargas: “Los límites son los que el artista se impone” y, ¿quién es el público para llevarle la contraria a un artista? Ya se ha visto que no hay huevos.

La parte que menos entiendo de todo esto es porqué no dejaron los vigilantes de Abel (Abel no es el perro) que transcurrieran los 60 días antes de sacarlo del armario. Recordemos que debían pasar 60 días para que éste se encontrase a sí mismo, ni uno más, ni uno menos o de lo contrario hubiese dicho “cuando me encuentre a mí mismo, saldré”. Está claro que ya no hay artistas como los de antes. Lo que era Amor al Arte, ahora parece simple Encoñamiento. Desde luego tiene mucho más mérito el perro, dónde va a parar.

No, Abel no tuvo tanta suerte como el perro. A él no lo dejaron morir. No esperaron los 60 días que él estimó oportunos. No le dieron la oportunidad de encontrarse a sí mismo y a cambio nos dejaron una obra inacabada de 47 días que ahora no sabemos dónde poner. La pregunta es la siguiente: ¿y si no fuese Abel sino un inmigrante sin papeles, remunerado a razón de 1000 euros el día, el que se metiese en una caja para demostrar no sé qué, lo que sea? ¿Sería todo exactamente lo mismo o simplemente parecido? ¿Sería esto también ARTE? Bueno, pues de eso trata “Intento de escapada”, una novela anterior a esto del Dark Room.

* * * * * * * * * 

Intento de escapada

No recuerdo exactamente la razón por la que Jacobo Montes, el gran artista social del presente, propone al inmigrante cerrarse en el cajón arriesgándose a morir de hambre, sed o desesperación. El caso es que lo hace y que el inmigrante acepta.

Conviene aclarar que Jacobo Montes no es el protagonista, no al menos directamente aunque sí es verdad que acaba siendo el personaje interesante y sobre el que se centra la acción. El protagonista real, Marcos, es un estudiante de Bellas Artes de erección fácil y consumación imposible al que se le ofrece hacer de guía y ayudante del gran Jacobo Montes durante la preparación de la que será su próxima performance, una cosa que se intuye espectacular, que es como tiene que ser el arte, siempre un poco más espectacular que el de la semana pasada. 

Yo creía que la novela de Miguel Ángel Hernández fallaba en el personaje de Marcos (un ser demasiado inocente para ser estudiante en el último año de carrera) hasta que descubrí la existencia Abel. Bromas aparte, hay un punto de ingenuidad en el personaje protagonista que no es normal. Se supone que el joven e inmaduro e inexperto y virginal Marcos ha estudiado una carrera y que llevarse las manos a la cabeza por ciertas obras que ya no sorprenden (aunque sí repugnen) es como bastante insostenible de puro increíble.

Eso y que la novela no da para tantas páginas como tiene. Guardo en el recuerdo vago de un epílogo innecesario y una parte central que da demasiadas vueltas a lo mismo y dónde tiene lugar una investigación de calle (Marcos investigando para Montes la cuestión de la inmigración como si Montes fuese imbécil) que parece la versión Aburrida (así, con mayúsculas, que hoy nos hemos levantado atrevidos) de un Especial Callejeros.

De todo, me quedo con la reflexión en torno a los límites del arte, límites que ya supondremos inexistentes y completamente ajenos a la dignidad humana y canina. Por eso el comienzo de la novela es lo mejor. Se habla de la cuestión el perro mencionada un poco más arriba, o la de unos vagabundos a los que se les paga a cambio de que se coman sus propias heces o de artistas que se golpean los testículos para demostrar que la polla sirve para algo más que para pensar. Al final de la novela se mete a un negro en un cajón, se deja reposar, se expone en un salón y se deja que el público adivine si es un fake, un cadáver o Abel Azcona tirándose un pedo.