Hace unos días, durante la lectura del primer relato (“Animalitos Inexpresivos”) incluido en el recopilatorio llamado “La niña de pelo raro” de David Foster Wallace, descubrí una escena absolutamente deliciosa -que me pasó desapercibida la primera vez que lo leí, hace ya demasiados años - y que ahora no quiero dejar de comentar. Tiene lugar en una playa. Las protagonistas son dos jóvenes mujeres que sabemos –o suponemos- enamoradas:
Faye se ríe. Se moja un dedo y hace una señal en el aire como si hubiera un marcador. Las dos se ríen. Una ola más grande de lo normal rompe de una manera estrepitosa sobre la espuma. El dedo de Faye sabe a humo y a sal.
Al leerlo me vino a la memoria la escena de una película de Ernst Lubitsch (que no logro identificar) en la que el director mostraba el primer plano de una rosa que depositaba el amante de la protagonista sobre la almohada de su cama antes de marchar por la mañana. Era la forma que tenía el director de insinuar la relación sexual que había tenido lugar esa noche evitando la censura habitual de la época. Ese peculiar uso del montaje y la ironía de que hacía gala Lubitsch provocó que el medio cinematográfico popularizase la expresión “Lubitsch touch” (el “toque Lubitsch”) para definir ese estilo en el que predominan la insinuación y la sugerencia. En sus películas los objetos comunes cobraban funciones simbólicas o evocadoras: calcetines, camisas, cajones, espejos, ramos de flores, pares de copas o las inolvidables puertas abiertas en “Lady Windermere's Fan”.
El dedo de Faye sabe a humo y a sal.
