Mostrando entradas con la etiqueta Mondadori. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mondadori. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de abril de 2017

“Suttree” de Cormac McCarthy (Trad.Luis Murillo Fort)

Suttree es un abismo. 

Es tan fácil, tanto, hablar de (llámenle criticar, si quieren) los malos libros, pero tanto tanto, que uno, que ha nacido vago, no puede dejar de preguntarse qué sentido tiene —con lo que le pagan, además—, meterse a reseñar novelas como esta que hoy ocupa nuestro tiempo, un tiempo que deberían ustedes perder leyendo novelas y no lo que se dice sobre ellas.

Supongo que ninguno. Quiero decir que supongo que no tiene ningún sentido. Primero porque cualquier cosa que digamos habrá sido dicha ya veinte veces, seguramente (no tengo la menor duda, en realidad), y segundo porque a estas altura de la vida ya sabemos, nos conocemos tan bien, verdad, que este tipo de reseñas o, si lo prefieren, este tipo de libros, no despiertan interés en más allá de quince o veinte lectores ocasionales con buen criterio, todo lo contrario de lo que ocurre con la memez de turno, léase Dolores Redondo, léase el último poemario de turno, léanse tantas cosas que no deberían no digo ya leerse sino directamente escribirse.

Todos, casi todos —vamos a pensar que lo primero—, conocen aquella famosa frase de Kafka y subsiguiente reflexión, aquella que decía que pensaba, Kafka, que sólo debíamos leer libros de los que muerden y pinchan, que si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo no deberíamos molestarnos en leerlo. (Libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, […] que sean hachas que rompan el mar helado dentro de nosotros, seguía). Esa frase. Esa frase que quien sabe cuántas veces habremos citado en vano, cuantas veces la habremos dejado caer en el contexto equivocado, como referencia en reseñas o comentarios sobre novelas que en modo alguno lo merecían. Nos gusta tanto esa frase, verdad, presumir de ella y hacerla nuestra y dejarla caer en cuanto tenemos oportunidad total para volver a casa y abrir la última mierda de Javier Marías, Vargas Llosa o Javier Cercas, que es exactamente la misma basura infecta del año anterior, una novela (y la otra y la otra) que, pese a nuestro entusiasmo eternamente infantil, eternamente ingenuo, acabó derrotándonos en su momento —dejándonos sin argumentos válidos para su defensa— por su mediocridad, dejándonos nada más que la amarga, por insuficiente, sensación de haber sido nada más que un poco felices, no ya por la novela, como hubiera sido lo deseable, sino por lo que tiene de reencuentro con escritores que un día fueron algo para nosotros, o significaron algo o cambiaron algo ya fuera dentro de nosotros, ya fuera fuera.

No pasa nada por leer basura. La basura también tiene derechos, también debe ser leída, aunque no sea más que para no perder la perspectiva, pero de ahí a ampararse en Kafka para justificarlo media un abismo. Y ese es abismo al que me refería al comienzo del post. La diferencia entre un libro que creemos que marca alguna diferencia y un libro que realmente lo hace, se llama Suttree. Y es un abismo. Pueden ustedes leer lo que quieran, y pueden hacerlo sin pedir disculpas, sin ampararse en Kafka o en el a mí me gusta o inexistentes conexiones personales tipo experiencias pasadas o traumas infantiles, pero si lo que realmente quieren es leer un libro que marque un antes y después, de deje una huella, que sea, cómo era, que muerda, sí, eso, que nos obligue a despertarnos como un puñetazo, que sea como un hacha que rompa nuestro helado interior, entonces ya lo siento, nenes, pero van a tener que leer Suttree, un libro que ya es, casi con total seguridad, y con perdón de Roth, Faulkner o Wolfe, lo mejor que he leído este año y parte del siguiente, un libro donde la prosa del mejor McCarthy (y que Meridiano me perdone) alcanza cotas del todo insuperables.

«Soñó con una raza polar que se desplazaba en trineos de piel de morsa, asta retorcida y marfil tirados por perros y erizados de lanzas y arpones, los cazadores envueltos en pieles, lentas caravanas atravesando el ocaso de una medianoche de invierno, en el confín del mundo, deslizándose como un susurro por la nieve azul con sus cargamentos de carne y pellejos y vísceras. Pequeños cazadores sucios de sangre que parecían flotar como esporas sobre el congelado vacío de cloro, de flor en flor de brillantes coágulos bermellón por la inmensa llanura boreal.
Frescas estolas de peces serpenteaban en el mundo nocturno de su mente famélica, aventando la granalla de sal que ascendía en columna hacia grietas en el hielo de la superficie. Para hundirse en un frío mar de jade donde las burbujas salían disparadas hacia el sol polar. Bancos de lancurdias desplegaban sus brillantes cintas y el oleaje oceánico subía con la rotación terrestre y vio que el sol se empañaba y se difuminaba tras las placas de hielo batidas por el viento. Bajo una estepa más silenciosa que la faz de la luna, donde osos marinos de alabastro recorren las saladas profundidades verdes».

Les contaría el argumento, pero no es fácil y total para qué. Suttree es un incómodo silencio río arriba unas veces río abajo otras, sin pasado y sin futuro, sin suerte y sin destino; es un hombre que muere de frío en invierno y malvive de siluros en verano; un hombre que es encarcelado, liberado, seducido, que cree conocer el amor y la suerte, total para no tener nunca nada más que ese río, que es, con diferencia, la presencia más imponente y oscura y hermosa desde que Conrad la hiciera también protagonista en aquel descenso a los infiernos que fue El corazón de las tinieblas.

«Señor Suttree, según tenemos entendido, al toque de queda decretado por ley con buen criterio y en esa hora en que la noche va tocando a su fin y un nuevo día comienza y contrariamente a la conducta que correspondería a una persona de su posición acudió usted a diversos locales infames en el condado de McAnally y derrochó allí varios años en compañía de ladrones, vagos, infieles, parias, cobardes, bribones, cicateros, catetos, asesinos, jugadores, alcahuetes, prostitutas, rameras, facinerosos, odres, borrachines, borrachos y superborrachos, palurdos, prófugos, calaveras y otros delincuentes de similar calaña.
Es que estaba bebido, exclamó Suttree».


Lo dicho: un abismo, que lo quisiera, para ustedes, insalvable.


«¿Te encuentras mejor, hijo?
Sí.
Dios debía de estar velando por ti. Has estado a las puertas de la muerte.
No se imagina qué es lo que vela por nosotros…
¿De veras?
No es una cosa. Nada deja nunca de moverse.
¿Es eso lo que has aprendido?
Aprendí que existe un Suttree y nada más que uno.
Entiendo, dijo el cura.
Suttree negó con la cabeza.
No, dijo. No entiende». 




lunes, 3 de octubre de 2016

“Los últimos días de Adelaida García Morales” de Elvira Navarro

No quisiera perder mucho tiempo con esta reseña porque en lo que hace esta mujer, contra la que, dicho sea de paso, no tengo absolutamente nada (por más que la pasión que pongo en denostarla lleve a pensar lo contrario); en lo que hace esta mujer, decía, no vale la pena perder mucho el tiempo. Por experiencia, lo digo. Y lo digo, también, obviando la polémica de estos días, polémica protagonizada por Victor Erice y Elvira Navarro, polémica que nos hace un flaco favor a los que recomendamos encarecidamente hacer el menos caso posible a este libro.

Dicho lo cual…

Me juego un huevo y parte del otro a que todo esto empezó como una idea genial en la barra de un bar tomando una tapa de oreja o morro de cerdo. O, mejor, con Elvira haciendo contorsiones sobre la alfombra del salón. Nuestra heroína, eterna joven promesa, cavilaba mientras deshacía un nudo gordiano: ya habían transcurrido casi dos años desde la publicación de su última novela, uno de los cuales, desde su posición de editora invitada en Caballo de Troya, lo había dedicado a certificar la decadencia artística literaria de su santa patria. Había llegado, pues, el momento de hacer algo para poner fin a tanto tiempo perdido; a dejar clara la pauta de los dos años, no fuera a ser que en el ínterin se olvidaran de una. El prestigio no se mantiene con bocatas de calamares por mucha mayonesa que les pongas.

Pero Elvira es una mujer de pocos recursos y escasa imaginación. Carece de ideas propias, tal como ha demostrado ya tantas veces en sus tan breves y tediosas novelas. De ahí el silencio y tal vez, también, las contorsiones, fruto inevitable de la desazón. Estaba precisamente saliendo de un cubo de Rubik cuando se le ocurrió la genial idea de sacar una novela de investigación de una vulgar anécdota, un poco como quien saca un conejo de una chistera. Que, para carecer de imaginación, ya no está mal. Pero ni tan sorprendente. Si le tuviesen un mínimo de cariño ya sabrían que La trabajadora, su novela inmediatamente anterior, nació de un relato de seis páginas que había quedado olvidado en un cajón (su particular almacén de ideas) no sabemos si por vergonzante o qué. Si entonces hice aquello, piensa Elvira mientras disloca por tercera vez su hombro, no debería ser muy difícil arrancarle 120 páginas a alguna anécdota por muy tonta que sea. La anécdota, se entiende.

Y he aquí la anécdota:

Adelaida García Morales fue una escritora que se hizo famosa (de la forma que tienen de hacerse famosas algunas escritoras, que es no pasando de meras conocidas fuera de su hábitat natural) gracias a una película que su marido rodó inspirándose en uno de sus relatos. El marido era Victor Erice. El relato, El sur. Dicen que después de aquello escribió una buena novela más (Premio Herralde, nada menos, cuando aquello todavía significaba algo). Y ya. El resto fue una sucesión de literatura prescindible que terminó con Adelaida poco menos que haciendo macramé. 

Pasan los años, cae el olvido, llegan las canas y el recuerdo de tiempos mejores. Entonces un buen día, Adelaida, ya defenestrada y malviviendo de una pensión miserable, se acerca a la concejalía de cultura del pueblo en el que reside para pedir cincuenta euros que asegura necesitar para ir a ver a su hijo a Madrid. Cincuenta euros no es mucho pero aquello es la concejalía de cultura, no la cocina económica, y en lo que se ha vendido como un alarde de incompetencia la derivan a servicios sociales. A quién se le ocurre. ¡A una escritora! Hijos de puta.

En el mismo momento que nos enteramos de que a alguien le niegan 50 miserables euros para ver a su hijo, por la razón que sea, incluso aunque sea por puro sentido común, ya nos hemos forjado una opinión: las instituciones están dirigidas por subnormales y botarates ergo el sistema no funciona, la literatura vive de miserias. Y llega el llanto amargo: dónde están los derechos de autor, dónde ese hogar para escritor, dónde el refugio para la desdicha. Y así sucesivamente hasta llegar al permanentemente anunciado fin de la cultura.

Se ve que uno es antes escritor que persona y que las concejalías están para anticipar derechos de autor a fondo perdido o de otro modo no se explica el NO de Adelaida que vuelve a su casa por donde ha venido. Unos días después, muere. Y menos mal, que si no es por eso aún es hoy que nos importa un carajo la buena de la mujer.

Eso es una anécdota. Como todos ustedes saben, una anécdota es una cosa que mejor o peor contada despachas en diez/quince líneas. Todo lo demás es… relleno, efectivamente. 

Pues bien, este libro es exactamente eso: un vacío infinito. Palabrería. Blablabla. O lo que es lo mismo: el libro que una escritora necesita publicar para cubrir su cuota anual.

Y, con todo, Elvira sigue siendo, para muchos, sino la mejor, la más intensa, la más exacta, la más precisa, austera y afilada escritora de su generación y parte de la siguiente (con permiso de Mercedes Cebrian). No me creen. Aquí Ernesto Ayala-Dip para El País (un diario que está como para ir hablando de “credibilidad”):

«La lengua literaria que emplea Navarro, austera y afilada, es la única posible para que lo que leemos tenga credibilidad narrativa. Ya que la credibilidad institucional, y parece que también la individual, no está en sus mejores momentos, nos queda la de las palabras exactas».

Y termina: «Si no pones luz sobre algunos hechos oscuros, para qué escribir».

Hay que tener mucho valor para hacer una afirmación semejante en un párrafo que es claramente elogioso y no porque Navarro no escriba medianamente bien sino porque falta absolutamente a la verdad absoluta. Ni hechos oscuros ni luz sobre ellos. Aquí sólo hay una total ausencia de ideas, de personajes, de línea argumental. Aquí hay un moleskine plagado de notas que no conducen a nada y sobre las que se ha entretejido una gramática funcional.

Un 10% del libro es una vergonzante transcripción literal del podcast «La necrológica de Adelaida García Morales» oído en A vivir, en la cadena ser, un programa en el que salían Javier del Pino, Luis Alegre y Alfonso Guerra. Así como se lo cuento: un 10% son señores hablando de la pobrecita Adelaida que se había muerto y tal. El clásico y profundo homenaje de la Ser que líbreme Dios de uno.

Otro 25% se nos va en páginas en blanco; una sucesión de créditos y referencias que tienen por objeto única y exclusivamente demostrar lo mucho y bien que se ha documentado la escritora (Elvira Navarro en algún momento tendrá que tomar conciencia de que haber escrito este libro sin levantar el culo del asiento ha sido un error mayúsculo); los agradecimientos de rigor; rozando el patetismo, un par de emails que quieren dar a entender que hubo cierta implicación por parte de la autora cuando a estas alturas de la película ya todos sabemos que no llegó a ponerse en contacto con nadie; y tres citas absolutamente gratuitas tipo esta:

«Post «Adelaida García Morales», por Hortensia Hernández (blog Hablamos de Mujeres, La Opinión de Zamora, 24 de marzo de 2015): «Conocí su casa cuando ella vivía en Madrid y quedé fascinada por un cuadro clásico bellísimo, semejante a La joven de la perla de Vermeer. Hablamos de historias de mujeres».

Así de apasionante y así de autista, todo.

El resto del libro, esto es, unas 60 páginas, se lo reparten, por un lado, la historia de una realizadora que prepara una especie de docu-homenaje o no sé qué memez en el que dos marujas y psiquiatra hablan de la depresión que sufría la mujer, lo loca que estaba, las voces que veía ocupar sus habitaciones y otras cosas que no tienen maldita importancia toda vez que guardan una relación poco menos que tangencial con esos “últimos días de Adelaida” que, pese a lo que se promete en el título, brillan por su ausencia; por otro lado, la historieta de la concejala cabrona que le negó los cincuenta euros y con ello el derecho a ver su hijo y que acabó siendo poco menos que la culpable del holocausto judío. La concejala −y aquí Elvira apura el vaso y finge hacer del libro una crítica despiadada a las imperfecciones del sistema− es una completa ignorante que ni lee ni ve películas ni visita museos ni nada que se le parezca porque como todo el mundo sabe las concejalías de cultura están ocupadas por imbéciles que no saben de literatura y carecen de la sensibilidad necesaria para entender que a un escritor hay que tratarlo como a un niño en el patio de un colegio: hay que protegerlo, porque es frágil; hay que quererlo, porque es cultura. 

No, este libro no son "los últimos días de Adelaida García Morales", pero no sería de extrañar (o, cuando menos, sería deseable) que sí fuesen los de Elvira Navarro. 

Sé que no lo parece, pero de verdad que lo siento por Adelaida. Ahora bien, más lo siento por Elvira. 


lunes, 18 de abril de 2016

‘Guardar las formas’ de Alberto Olmos

1

Que nadie se equivoque: aquí no reseñamos a Alberto Olmos porque nos guste cómo escribe, ni siquiera porque nos interese lo que escribe. Aquí reseñamos a Olmos porque nos gusta la polémica casi tanto como al propio Alberto y sabemos —acumulamos cierta experiencia— que las promociones de sus libros suelen ser bastante más jugosas que las de, por ejemplo, Elvira Navarro o Patricio Pron, escritores a los que de tan intensos uno se siente obligado a tomar demasiado en serio demasiadas veces. Además, convendrán conmigo en que siempre será mejor hablar de algo que levante una mínima pasión que de algo que invite a la compasión. Prueba de esto será este post en el que, a excepción del libro de Olmos, intentaremos hablar de cualquier otra cosa, un poco por lo que acabo de decir y otro poco porque nunca le he visto mucho sentido a eso de construir un post a golpe de pequeños resúmenes que nadie va a leer.

La polémica que acompaña cada estreno de este escritor, está siendo, en esta ocasión, la siguiente:

Alberto Olmos (a partir de ahora Olmos o Alberto o Alb) ha declarado en numerosas ocasiones que no es mucho de relatos, que lo suyo es más el largo recorrido (parece incluso que escribió una encíclica sobre el tema) y ahora va el tío y escribe doce relatos en catorce minutos, los presenta a un premio, queda finalista y no contento con eso se deja editar por el sello antes conocido como Mondadori. Y claro, escuece que te cagas sobre todo si eres un académico profundo y llevas media vida impartiendo talleres creativos en librerías de viejo o le tienes que pedir a un primo, que tiene contactos con nosequién, que te mueva el manuscrito que llevas pergeñando dos años y un día de tu perra vida de parado de larga duración. Yo estoy por encima de estas cosas y maldito si me acuerdo de lo que dijo Olmos durante la trigésima borrachera egomaníaca de sus tiempos malheridos, pero algunos escritores sí, porque son gente subterránea, mala y rencorosa además de una perfecta inútil, por lo que a nadie le extrañe que florezcan nuevamente inquinas y odios varios y vuelva Olmos a ser, para tantos, (afortunadamente no todos) la misma “puta nulidad de escritor” de las que viene siendo acusado desde tiempos inmemoriados.

Aquí tres ejemplos de los famosos titulares: «El cuento es el cobijo ideal de gente con poco talento» (Público); «Es muy fácil escribir tres cuentos e ir por ahí diciendo que eres escritor» (El Cultural); «El cuento es un género menor. Hasta un bachiller está capacitado para escribir uno», Vozpópuli. 

Lo que me pide el cuerpo es terminar la reseña aquí, y hacerlo con una gran frase final que certifique que, efectivamente Alberto Olmos tiene más razón que un santo y que prueba de ello es que él mismo acaba de publicar un libro de relatos.

Pero no sería un post justo ni divertido ni tendría la extensión que acostumbro. De modo que, sigamos.

En la literatura está pasando un poco como en el cine. Antes lo más era hacer películas, pero ahora si no protagonizas una serie en televisión ya no eres nadie. Dicen los expertos que han cambiado los hábitos de los telespectadores; que, claro, con semejantes plasmas ahora el cine se consume en casa; que si encima Netflix; que no si no sé qué y ya todos afeitándose las barbas. Pues con la literatura lo mismo: tú ahora escribes una novela y ya tienes a veinte correctores preocupados por sus quinientas páginas y que si no puedes aligerar un poco el peso de la trama o qué. Te dicen, esos mismos expertos muchos de ellos probablemente entusiastas de Ken Follet, que los hábitos de los lectores han cambiado, que la gente se ha acostumbrado a las tablets y ahora les arde el culo si pasas de mil palabras, que si no sé qué mandangas evolutivas… Y ya todas nuestras esperanzas puestas en la narrativa breve, ese clásico intemporal.

Y probablemente sea cierto y probablemente sea mentira pero sí da un poco la impresión de cada vez son más los libros de relatos y cada vez son menos el números de páginas por novela. Hoy las estanterías ya no son lo que eran. También puede ser que, ya que la novela ha muerto, recurramos a un género que no exija demasiadas responsabilidades. 

Pero volvamos a las declaraciones de Olmos. 

Lo que el sujeto entrevistado viene más o menos a decir es que un relato corrientito, de tres, cinco, diez, doce páginas, requiere menos esfuerzo que escribir una novela de 100, 200 o 952. Esta es una obviedad tal que casi da vergüenza ajena repetirla, pero sirve para que nos hagamos una idea del nivel de los entrevistadores en esa incansable búsqueda del gran titular. Por lo tanto, si yo fuese un escritor medianamente normal con un nivel de mediocridad como se acostumbra en estos lares, esto es medio-alto; padre de familia; empleado por cuenta ajena o directamente un vulgar periodista, no dudaría en hacerme una antología de relatos que llevase por título, no sé, Las presentaciones literarias y otras masturbaciones. Podrían ser relatos inquietantes, costumbristas o de un realismo descarnado, pero invariablemente, contundentes; de prosa ágil, áspera o lírica, húmedos o resecos pero siempre críticos hasta lo desangrante. Podrían ser una mierda pinchada en un palo pero también podrían no serlo y pasar por buenos; podrían gustar a alguien o directamente no. Seguramente no. Qué más da. Podrían servir simplemente para etiquetarnos como escritores. Recuerden: todo tiene su público. Ejemplo: el otro día fui testigo mucho de cómo una mujer corriente y moliente defendía a muerte no sé qué novela porque el protagonista padecía una enfermedad crónica, que era exactamente lo mismo que le ocurría a ella en su más estricta intimidad; y ya que por fuerza se sentía identificada, también por fuerza la novela tenía que ser buenérrima y un mierda por no reconocerlo. Y así nos va.

Y es así. Desde que tengo el blog me han llegado o me han hecho llegar unos cuantos libros de relatos (y mira que tengo dicho que no soy de relatos, pero ni modo): algunos no los he leído; otros no eran cosa, la mayoría, en realidad. Más de uno no pasaba de infumable. Olmos tiene razón: cualquiera puede escribir y casi cualquiera puede publicar. Tal vez no en Anagrama, pero qué más da si nadie te va a decir que eres una nulidad por publicar en la editorial zapatitos de cristal.



2

Y así es como llegamos, después de tanta vuelta y tanta palabrería, a Guardar las formas. No importa lo que yo diga ni las razones que tenga para ello, hay una verdad incuestionable: un relato que no brilla es un relato más, esto es: un relato menos. Pues bien, en este recopilatorio hay demasiados relatos que no brillan lo que deberían. 

Con esto no quiero dar a entender que sean malos. En absoluto. Creo que son correctos; bastante más correctos, de hecho, que muchos de los que se escriben y celebran con desmedido e injustificado entusiasmo (pienso, no me lo puedo quitar de la cabeza, lo último de Esquivias, que sólo merece palos). En Olmos, si obviamos una cierta tendencia al efectismo («Fuimos a aquella cabaña en mitad del bosque porque uno de los dos quería poner a prueba al otro. La prueba consistió en impugnar deliberadamente la realidad») o a peculiares asociaciones de ideas («Manuel va olvidando el sueño a medida que se despierta, algo que hace blanda, dulcemente, como quien toma posesión de una herencia previsible, sin disputa, que se veía venir desde hace años») o a experimentar con lo ya mil veces experimentado («Me gusta rebobinar las películas y devolver las películas porque si no no puedo dormir con mis nervios y pienso que nos van a cobrar mucho dinero por no devolver las películas el día de devolver las películas y de rebobinar las películas nos van a quitar el carné y voy a tener que ver películas que no sé cómo se llaman en la televisión porque siempre las encuentro empezadas»), decía que, obviando esos significativos detalles se puede encontrar en Olmos un narrador elegante por más que en ocasiones peque de un excesivo envaramiento: «Mi madre, mis hermanos y yo nos volcamos en su bienestar y su cuidado, atónitos ante la evidencia de su deterioro y la más que posible resolución inmediata. Uno sabe que su padre va a morir, pero no sabe que lo va a querer tanto. Perdón y respeto era todo lo que yo sentía en el trance. Mi padre no fue un gran padre. Ni siquiera me gustaba la idea de considerar que, como suele decirse, hizo lo que pudo. Hizo lo que quiso y estuvo bien y era mi padre y se moría».

Si quieren mi opinión, mi sincera opinión, y probablemente, de todas las que conozco, la única opinión válida, creo que Guardar las formas de Alberto Olmos es un libro de relatos que guarda demasiado las formas; que gustará mucho a incondicionales del escritor y enfermos crónicos y a todos amantes de prosas doctrinantes, pero que tardarán olvidarse mucho menos de lo que llevó escribirlos. Si buscan historias o personajes, si buscan vida más allá de las apariencias, mejor busquen en otra parte.

No sé si me explico.


miércoles, 3 de junio de 2015

‘Distancia de rescate’ de Samanta Schweblin

España. 2015. Joven escritora argentina publica librito chiquitito en Mondadori.

Miedo no, lo siguiente. Prejuicios, todos. Y aún así, la sorpresa sorprendente, esa que [casi] nunca llega: que sí, o sea, que bien, banstante bien. Para que luego digan [que si los jóvenes escritores…, que si Mondadori…].

La cosa fue tal que así: en Goodreads, ese antro de perdición, se decía y se dice y se cuenta que Schweblin aprueba con nota con esta pequeña novela de corte intrigante terrorífico o lo que demonios sea. ¿Nos lo creemos? Ni-de-coña. Sabemos que hay que andarse con ojo con las recomendaciones de cierta gente pero en ocasiones la necesidad de creer es más fuerte que uno mismo, de modo que, igualmente, decidimos: nos la jugamos. 

130 páginas que se leen en no más de hora y media y con el corazón en un puño. Es lo mejor: que se empieza y no se quiere dejar. No se puede dejar. No se deja. Y además se sufre. No se puede pedir más. 

Tanta introducción y tanta tontería… Les cuento:

La novela es una conversación: un niño pide a una maltrecha mujer que recuerde algo que ha ocurrido hace nada, días, horas, minutos: tienen que dar con el momento exacto en el que ocurre algo como super-mega-importante. Que reconstruya, más bien, paso a paso, sus pasos. Ella recuerda, reconstruye, pues, paso a paso, sus pasos: estoy haciendo esto, estoy haciendo lo otro, lo de más allá. Él (sujeto misterioso) la interroga: ¿y esto? ¿y lo otro? ¿y lo de más allá? 

¿Y tu madre qué tal? 

Y así avanza la novela y se descubre la historia de una mujer (no esta mujer, otra) que tiene un hijo, que tiene un accidente, que tiene un problema gordo gordísimo cuya solución pasa por visitar a brujita en espectral casita inquietante y verde. Pasa que el niño cambia, en la casa, que parece otro, al salir, tal si fuese una peluquería militar.

Me da mucha rabia entrar en tanto detalle pero es que si no les hablo de esto no sé de qué les voy a hablar porque la novela quitando esto de sufrir es esto es poco más, que desarrollo de personajes el justo y necesario.

La expresión distancia de rescate, por si se lo preguntan y por aquello de echar leña al fuego, hace referencia a la distancia que una madre establece con respecto a un hijo, hija o mascota querida. Si las nubes amenazan tormenta la distancia se acorta por pura necesidad; sí el mar es un plato la cuestión se relaja. En esta novela la cosa está como para no dejar pasar el aire. 

«Yo siempre pienso en el peor de los casos. Ahora mismo estoy calculando cuánto tardaría en salir corriendo del coche y llegar hasta Nina si ella corriera de pronto hasta la pileta y se tirara. Lo llamo “distancia de rescate”, así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería».

A favor, esto: la evasión, la diversión. En contra tiene alguna pequeña trampa que me voy a callar por el respeto que les tengo pero que tiene que ver con la sinceridad a la hora de responder esta pregunta: ¿es realmente tan importante como se asegura la distancia de rescate? o ¿Cambiará algo conocer el punto exacto en el ocurre eso que ocurre y que no sabremos qué es hasta bien avanzada la historia?

«Contame más sobre la distancia de rescate.
Varía con las circunstancias. Por ejemplo, las primeras horas que pasamos en la casa quería tener a Nina siempre cerca. Necesitaba saber cuántas salidas había, detectar las zonas del piso más astilladas, confirmar si el crujido de la escalera significaba algún peligro. Le señalé estos puntos a Nina, que no es miedosa pero sí obediente, y al segundo día el hilo invisible que nos une se estiraba otra vez, presente pero permisivo, dándonos de a ratos cierta independencia. Entonces, ¿la distancia de rescate sí es importante?
Muy importante».

La novela es frenesí; un permanente huir hacia delante. La protagonista, empeñada en irse por los cerros de Úbeda es continuamente refrenada por su interlocutor, que tiene que recordarle que esta novela no es corta porque sí, que si esta novela es tan corta es porque no-tenemos-tiempo.

«Es esto. Este es el momento.
No puede ser, David, de verdad no hay más que esto.
Así empieza.
Dios mío.
¿Qué hace Nina?Es tan linda.
¿Qué hace? 
Se aleja un poco.
No dejes que se aleje.
Mira el pasto. Lo toca con las manos, no se convence de su pequeña desgracia.
¿Qué pasa con la distancia de rescate?
Todo está bien.
No.
Tiene el ceño fruncido.
—¿Estás bien, Nina? —le pregunto.
Se huele las manos.
—Es muy feo —dice.
Carla sale de la casa, al fin.
Carla no importa.
Pero camino hacia ella, creo que todavía intento disuadirla del paseo.
No dejes sola a Nina. Ya está pasando.Carla se acerca con su bolso, sonriente.
No te distraigas.
No puedo elegir qué sigue, David, no puedo volverme hacia Nina.
Está pasando.
¿Qué cosa, David? Dios mío, ¿qué es lo que está pasando?
Los gusanos.
No, por favor.
Es algo muy malo.
Sí, el hilo se tensa, pero estoy distraída.
¿Qué tiene Nina?
No sé, David, ¡no sé! Hablo con Carla como una estúpida. Le pregunto cuánto vamos a tardar.
No, no.
No puedo hacer nada, David. ¿Así la pierdo? El hilo está tan tenso que lo siento desde el estómago. ¿Qué está pasando?
Esto es lo más importante, esto es todo lo que necesitamos saber».

Y así todo. Interesante y cortísima (lo digo como un cumplido) novela de terror que cumple, esta vez sí, lo que promete pese a que demasiado pronto tomamos conciencia del previsible [pero no por ello menos demoledor] final. 



martes, 14 de abril de 2015

‘Sueños de trenes’ de Denis Johnson

Aunque ocasionalmente lo haga, no soy amigo de releer. Sí partidario, no amigo. Al igual que tantos —Nabokov entre otros muchos— soy de la opinión de que es en la segunda lectura de un libro donde todo, todo, se decide. Todo crítico que se precie (no el crítico cabaretero de blog, ese no cuenta para nada) debería leer dos veces, mínimo, el libro que fuese a reseñar. Pero tenemos tanta prisa, verdad, tanto que leer y tanto que hacer. Y yo el primero. 

Mi primera lectura de Sueños de trenes fue, digamos, decepcionante. Había escuchado maravillas (ya estamos…) y claro, expectativas que no se cumplen, sospechas, sentimiento de culpa… ¿Seré yo, señor, seré yo? No, qué voy a ser yo. Pues bien, a pesar de ello, hoy me he levantado profesional y me he dicho: léetelo otra vez, Tongoy, cojones, que no se diga. Y a ello fui y en ello estuve (ayuda que sean cuatro páginas) escasas dos horas, tres cafés, dos tostadas y el tiempo de un cigarrillo de esos que ya no fumo.

La novela no lo vale, las dos lecturas, el tiempo invertido. No lo vale. La novela está bien, quiero decir, se lee. Se lee dos veces, tres, se puede leer veintisiete veces si se desea, pero no lo vale. Porque la novela no es otra cosa que esto: 

La novela es un señor y su vida. Finales del siglo XIX, comienzos del XX. Oeste americano. Lo que se hace: se talan árboles, se cortan, se preparan, se trasladan. Se tienden puentes, se tienden vías. Se cruzan trenes a la otra orilla. A eso se dedica el protagonista. A eso y a: casarse, tener una hija, perder una hija, perder a su mujer, perderlo todo, volverse loco, recuperar la cordura, dejar los trenes, construir una casa, otra. Más cosas que tiene que ver unas veces con la soledad y otras veces no.

Lo que hace Grainier (el protagonista) es levantarse, digamos, las veces que haga falta. Vivir.

Pero seamos justos: no es así de simple.

La novela utiliza la biografía de un hombre como excusa para biografiar un momento concreto: el fin de una era. El final de la inocencia. El final del libro lo deja claro: «Y de pronto todo se volvió negro. Y aquella época desapareció para siempre».

«Grainier vivió más de ochenta años, hasta bien entrada la década de 1960. Durante su vida viajó en dirección oeste hasta quedarse a siete kilómetros del Pacífico, aunque jamás llegó a ver el océano, y en dirección este hasta la población de Libby, que ya estaba a sesenta kilómetros dentro de Montana. Tuvo una única amante su mujer, Gladys—, fue propietario de media hectárea de tierra, dos yeguas y un carromato. Jamás se emborrachó. Jamás adquirió un arma de fuego ni habló por teléfono. Viajó habitualmente en tren, muchas veces en automóvil y una vez en avioneta. Durante la última década de su vida vio la televisión siempre que iba por el pueblo. Jamás averiguó quiénes eran sus padres y no dejó ningún heredero».

Es innegable (o algo así) que Johnson logra transmitir con acierto lo que aquello debió ser (casi digo fue). La vida de este hombre, dentro de la sencillez, o precisamente gracias a, parece una forma bastante acertada de aproximarnos al espíritu de la época, de un tiempo en el que todo parecía posible sin serlo necesariamente. Lo que tampoco puedo negar es que a la novela le falta vida y le falta espacio para respirar: se habla de grandes praderas, pero no las vemos; se habla de tierras calcinadas, pero no las olemos; se habla de muertes, pero no las sentimos. Incluso los reencuentros (importantes reencuentros) pasan sin pena ni gloria. A Grainier le falta vida y eso se transmite a la novela. Los personajes secundarios son meros estereotipos sin profundidad, poco más que atrezzo.

No sé, sinceramente, qué hace de esta novela el clásico del que habla Rodrigo Fresán (parece que si lo dice Fresán ya está, como si Fresán, ahora Institucionalizado, ya no necesitase argumentar):

«No hay duda: un clásico instantáneo y, en lo formal, una de las muestras más acabadas de aquello que Henry James celebraba como «la hermosa y bendita nouvelle». Algo que enseguida se ubica y acomoda sin problemas dentro de la gran tradición de su país y parece evocar las serpenteantes raíces de Nathaniel Hawthorne y Herman Melville, el tronco del más noble Ernest Hemingway y de la más estoica Flannery O’Connor, y las ramas electrificadas de Robert Stone y Barry Hannah, así como el tránsito y trance del luminoso cine con voz en off de Terrence Malick o el oscuro fraseo y humor fronterizo y espiritualidad sin fronteras de ciertas baladas con la voz de Johnny Cash. Y algo que -digámoslo- también convierte a buena parte de lo que hace el más celebrado Cormac McCarthy (excepción hecha de «Meridiano de sangre») en materia mucho más tramposa y afectada y fácil y efectista».
Hawthorne, Melville, O´Connor, Malick, Cash, McCarthy, Stone, Hemingway… Lo de siempre: plagarlo de nombre ilustres y dejar que sea el lector el que se ocupe de las asociaciones. Lo siento, no me vale. ‘Sueños de trenes’ se lee, pero no brilla ni frotando.



viernes, 6 de febrero de 2015

Una aproximación a ‘Los huérfanos’ de Jorge Carrión

Les voy a contar dos chistes y ya otro día, si les parece, cuando termine el libro, entramos en materia.


Chiste para intelectuales número uno.

Forzar una relación es esto:
«Después de casi una hora de conversación trivial, Mario me ha preguntado qué me pareció Los muertos. Recuerdo vagamente esa serie, de la que vi algunos capítulos aislados, pero que nunca me acabó de llamar la atención: demasiado confusa, demasiados personajes, si te despistabas veinte minutos ya era imposible recuperar el hilo. A Laura le pasó lo contrario: vio todos los capítulos y me insistió en que no podía perdérmela. Como tantas otras veces no la escuché, y ahora es demasiado tarde; quiero decir que en aquella época el aplazamiento tenía sentido (la veré, recuerdo que le dije, te prometo que durante alguna de las próximas vacaciones veré Los muertos), pero ahora ya no lo tiene.
No la vi, a Laura le encantó, pero yo no encontré tiempo para verla.
Daría cualquier cosa por tener conmigo Los muertos, me ha dicho, por poderla volver a ver, pero todas las copias se evaporaron con la Nube o se quedaron en el campamento.
¿Por qué?, he escrito, en inglés, en mi pantalla, mientras pensaba en el milagro que significaba que la misma pregunta apareciera, en el mismo momento, en la suya, mientras la radiación se extendía por mar y tierra y aire entre nosotros.
Porque siento que me perdí algunos de sus significados.
¿Y tan importantes son para ti?
Sí, Marcelo, sí, en ellos están las razones por las que estoy aquí.
¿A qué te refieres?
Se ha cortado la comunicación».

Los muertos, para los desinformados, es una novela de Jordi Carrión. La publicó Mondadori y fue vendida como la primera parte de una trilogía; trilogía de la que, a pesar del éxito arrollador, se desentendió rápidamente Mondadori y que tardaría muchos años más de los deseados por algunos en ver la luz. Y esto sólo gracias al misterioso (por sospechoso-de-algo) rescate llevado a cabo por Galaxia Gutenberg, que lo ha reeditado y acaba de publicar (de esto me he enterado hace apenas dos días) el inevitable cierre de la trilogía (Los turistas).

La pregunta viene a ser esta: trilogía, por qué. Es decir, qué hace de estas tres novelas una trilogía y no simplemente tres libros tres. Pues no se sabe. Ni se sabe ni se dice. Se insinúa. Recuerden que es un chiste para intelectuales. Yo, que leí hace eones la primera parte, no veo modo de establecer relación entre ellas, pero eso debe ser porque no siempre las tengo todas conmigo. Si me lo preguntan, creo que aquí se intenta tomar por imbécil al lector. Lo triste es que seguramente lo sea. Imbécil, digo. El lector, digo, claro. Puedo estar equivocado, pero sería la primera vez.


* * * * * * 

Chiste para intelectuales número dos.

Al protagonista le gusta mucho El Diccionario («El Diccionario es el altar blanco en que sacrificamos al negro lenguaje; por su infinitud, como el cuerpo de Cristo, tenemos que conformarnos con un fragmento, con una sinécdoque».). Hay un momento (hay muchos, en realidad, pero este es el peor) en el que ese personaje/narrador nos regala una perla imprescindible: un párrafo de más de 500 palabras (que voy a regalarles) llenito de palabras del diccionario y que incluye, amablemente, en algunos casos, una breve descripción (o similar) de su significado para los que son de ciencias.

El prometido chiste está oculto. Han de encontrarlo ustedes. Yo lo hice y todavía me estoy riendo. 

«Suciedad, sucintarse, sucio, súcubo, súcula (cilindro), sudación, sudadera, sudar, sudario (lienzo que envuelve un cadáver), sudestada, sudeste, sudor, sudoral, sudorífero, soñado, soñante, sueño, suero, suerte, sufrible, sufrido, sufridor, sufrimiento, sufrir (padecimiento, dolor, pena; sostener, resistir; someterse a una prueba o examen), sugerencia, sugerir, sugestión, sugestiva (que suscita emoción o resulta atrayente), suicida, suicidarse, suicidio, sujeción, sujetador (sostén, prenda interior femenina, pieza del bikini que sujeta el pecho), sulfurar, sumar, sumario, sumarísimo, sumersión, sumidero, sumir, sumisamente, sumisión, sumo, súmula (compendio de los principios elementales de la lógica), supedáneo, supeditación, supeditar, superable, superante, superdominante, superestrato (lengua que se extiende por el territorio de otra lengua; cada uno de los rasgos que una lengua invasora lega a otra), superficial, superficie, superfino, superior, superiora, superioridad, supernauta, superpauta, superponer, superrealismo, supersónico, superstición (creencia contraria a la razón), supervalorar, superyó, suplantación, suplantar, súplica, suplicación, suplicante, suplicar, suplicio, suprema, supremacía, supriora, sur, súrbana, surcador, surcar, surco, súrculo, sureño, sureste, surrealista, sursuncorda, surtida, súrtuba, suruví, susceptible, suspensión (en música, prolongación de una nota que forma parte de un acorde, sobre el siguiente, produciendo disonancia, indica el estado de partículas o cuerpos que se mantienen durante tiempo más o menos largo en el seno de un fluido, éxtasis, unión mística con Dios), susurro, sutil, sutura (costura con que se reúnen los labios de una herida), suturar, suyo, suya, tabalear, tabelión, tablestaca, táctica, táctil, tacto (acción de tocar o palpar, manera de impresionar un objeto al sentido táctil, habilidad para tratar con personas sensibles o de las que se pretende conseguir algo), tachable, tachador, tachadura, tachar, tachón, tafanario, tafo, tagarote, tahúr, tahucesco, taiga, taja, tajada (acribillarle de heridas con arma blanca), talco, talón (punto vulnerable o débil de alguien), tala, taladrar, taladro, talmúdico, talón (de Aquiles), talla (cantidad de moneda, escultura, medida convencional, altura intelectual o moral), talladura, tallar, talle (cintura), tamaño, tamaña, tambor (de forma cilíndrica), tamizar, tampón (almohadilla empapada en tinta, rollo de celulosa que se introduce en la vagina de la mujer para que absorba el flujo menstrual), tanatorio, tanga (la pieza, sobre la que se pone la moneda), tangente, tangible, tango, tanguista, tanque, tanteador, tantear, tántrico (sexo, sexo, sexo, sexo), tapaculo, tapadillo, tapado, tápalo, tapapiés, taquicardia, tarta, tasar; tatuaje, tatuar tatuarte, tautología (repetición de un mismo pensamiento expresado de maneras distintas, que suele tomarse en mal sentido por inútil y vicioso), taxidermista, teatral, teátrico, teatro, tecla, teclado (conjunto de teclas de piano y, por extensión, de aparatos o máquinas), tejedora, tejer (discurrir, tramar un plan), tela, telar, telaraña (tener uno telarañas en los ojos), telarañoso, teledirigir, telemetría, telenauta, teleshakesperiano, telespectador, televidente, televisado, televisor, televisual, temeridad, tempestad, templar (enfriar bruscamente el agua), templo, tempo, temporal, tenazas, tenebroso, tener, tenerte, tensan tensión (estado anímico de excitación, impaciencia, esfuerzo o exaltación), tenso, tensa, tensar, tensor, tentación, tentar; tentetieso, teocracia, teocrático, teología (ciencia que trata de Dios), tercería, terciopelo, terraplenar, terrícola, territorialidad, territorio, terrorismo, terrorista, terrosidad, terroso, terruño, tersar, tersa (limpia, clara, bruñida, resplandeciente, lisa, sin arrugas), tersura, testamento (de la zorra), testicular, testículo, testigo, testificar, testimonio, teta (pezón de la teta), tetada, tetar, tetera, teticiega, tetilla, tetina, tetona, tetragrama, tetrarca, tetrarquía, tétrico, textil, textorio, texto, textual, textualista, texturizar, tez, ti (común a los casos genitivo, dativo, acusativo y ablativo), tía (ramera), tíbar (de oro puro), tibia (templada, entre caliente y fría; mancharse, ensuciarse mucho; hueso; flauta), tictac, tiemblo (álamo temblón, temblor).»

Y ahora, con su permiso, les dejo, que tengo un libro que quemar terminar.


lunes, 12 de enero de 2015

Javier Cercas, ‘El impostor’

Todo lo que de bueno pudiera tener esta novela se va directamente a la mierda en (incluso, si me apuran, a partir de) el octavo capítulo de la tercera parte. Son cuatro, las partes; es decir, que llegando al final aunque tampoco es que el resto sea ninguna maravilla.

Dejen que se lo explique. 

Verán, desde el comienzo del libro Cercas va arrastrando un discurso de esto no es una novela esto es una novela sin ficción un relato real, porque, asegura, ese es el único vehículo posible para contar la historia de Marco, ingrata tarea que jura y perjura imposible al tratarse de una historia a la que no se puede llegar «a través de la ficción sino sólo a través de la verdad»: 

«Me dije que Marco había contado ya suficientes mentiras y que por lo tanto ya no podía llegarse a su verdad a través de la ficción sino sólo a través de la verdad, a través de una novela sin ficción o un relato real, exento de invención y de fantasía, y que intentar construir un relato así con la historia de Marco era una tarea abocada al fracaso».

Pues bien, después de darnos la paliza con esto durante no menos de trescientas cincuenta o cuatrocientas páginas, el bueno de Cercas, tal vez aprovechando que llevaba tiempo sin salir en la foto, se saca de la manga un capítulo, el ya mencionado capítulo o episodio octavo de la tercera parte, que reproduce un diálogo imaginado (¡nada menos que imaginado!, esto es, ¡no exento de invención y fantasía!) entre él y el protagonista o el que debería ser el protagonista o el que venía siendo hasta ese momento el protagonista de la no novela o novela sin ficción o relato real, relato exento de invención y fantasía, como bien se ocupa de recordarnos tantas veces como trece a lo largo de esta novela sin ficción, este relato real, este relato exento de invención y fantasía. Pues bien, este diálogo, que parece creado única y exclusivamente para darle a la novela una entidad que no tiene, una doble intención que no se esperaba o para justificar una extensión que no requiere, es, en realidad, un instrumento al servicio del escritor, una vía para su propio injustificado lucimiento pero también, inevitablemente, una demostración de lo bajo que se puede caer, de los niveles de patetismo que se puede alcanzar para nada más que dar algo de qué hablar toda vez que la novela se desinfla a media que avanza.

«Dios —(dice un imaginario Marco a un imaginario Cercas)—, cómo se esfuerza usted, qué horror de vida la suya, infinitamente peor que la mía o que la que la gente creía que era la mía antes de que me descubrieran: cada mañana levantándose casi de madrugada y escribiendo durante todo el día para mantener la impostura, para que no le pillen, para que nadie se dé cuenta, leyendo lo que escribe, de que es usted una farsa de escritor, un escritor sin talento, sin inteligencia y sin nada que decir, cada día fingiendo que no es usted un fantoche, un descerebrado, un personaje lamentable, un hijo de puta completamente asocial y un auténtico sinvergüenza».

¿Y todo esto total para qué? 

Pues todo esto total para nada porque esta novela sin ficción o relato real, relato exento de invención y fantasía trata, en realidad, o debería tratar (o eso nos promete, Cercas, una y otra vez y otra puta vez hasta que decide unilateralmente pasárselo todo por el forro) sobre Enric Marco, que fue un señor que hace unos años se hizo mundialmente famoso al saltar la noticia de que era un mentiroso compulsivo. O lo parecía. Mentiroso, seguro, reconocido; compulsivo, está por ver, probablemente sí.

La novela, decíamos, trata sobre Enric Marco. Javier Cercas, tras años sin decidirse (o eso dice), se lanza a escribir la novela sobre este señor que aseguraba haber sido siempre un luchador por la libertad y no pasó de oportunista, de vulgar mentiroso. Conviene no olvidar esto, tenerlo muy presente y también sus consecuencias, mínimas todas ellas. Cercas, para contar su historia, utiliza un estilo muy parecido al de Carrère (otro aficionado a salir en las fotografías ajenas) en ‘El adversario’, con una diferencia fundamental: Carrère no necesita 430 páginas para contar la historia de una mentira, mucho más interesante en mi opinión (a pasar de su menor repercusión mediática), que la Enric Marco, que al fin y al cabo no pasa de ser un jeta, por más que Cercas se empeñe, en un intento un tanto ridículo de engrandecer su vida, obra y milagros, en impregnarlo todo de una épica normalidad, si acaso tal cosa es posible:

«Marco es lo que todos los hombres somos, sólo que de una forma exagerada, más grande, más intensa y más visible, o quizás es todos los hombres, o quizá no es nadie, un gran contenedor, un conjunto vacío, una cebolla a la que se le han quitado todas las capas de piel y ya no es nada, un lugar donde confluyen todos los significados, un punto ciego a través del cual se ve todo, una oscuridad que todo lo ilumina, un gran silencio elocuente, un vidrio que refleja el universo, un hueco que posee nuestra forma, un enigma cuya solución última es que no tiene solución, un misterio transparente que sin embargo es imposible descifrar, y que quizás es mejor no descifrar.»

No es este momento, el de la entrevista imaginada, el único en el que Cercas ejerce de innecesario y molesto protagonista. Y no estoy hablando de todos los momentos en los que Cercas narra cómo llega a escribir la novela, al fin y al cabo son dudas que sí piden a gritos ser llevadas al papel desde el momento en que la historia de Marco ha de ser juzgada, al menos por el escritor, como más o menos interesante. A él, evidentemente, se lo parece y a otros muchos, seducidos ya sea por el estilo (esa falsa —ahora la sabemos— novela sin ficción, etcétera etcétera), ya por el propio escritor, ya por la propia historia, ya por haber sido víctimas (o haberse sentido víctimas, que es parecido pero no lo mismo) de la impostura de Marco, también. Y esto a pesar de que, lo siento mucho, no lo es. Interesante, quiero decir. O a mí no me lo parece, quiero decir, a regañadientes. La historia de Marco es la historia de un mentiroso. De un mal mentiroso. Y la traducción que hace Cercas es una mala traducción que no logra su objetivo ni a golpe de repeticiones o de establecer odiosas comparaciones (prepárense para la aberración) entre el personaje del Marco Inventado o el Marco Real con Don Quijote o Alonso Quijano, según el momento, comparación ésta a la que no duda en recurrir en demasiadas ocasiones y en repetir, una vez y otra vez y otra puta vez, la misma cantinela:

«A punto de llegar a los cincuenta años Alonso Quijano dejó de llamarse prosaicamente Alonso Quijano y empezó a llamarse poéticamente don Quijote de la Mancha, dejó los cuidados cotidianos de su ama y su sobrina por el amor imposible y radiante de Dulcinea, dejó las rutinas insípidas de su casa por las sabrosas incertidumbres de los caminos y las ventas de España y dejó su pobre vida de hidalgo por la vida pródiga en aventuras de un caballero andante; de igual modo, poco después de llegar a los cincuenta años Marco dejó de llamarse Marco y empezó a llamarse Marcos, dejó a una inmigrante mayor, andaluza y sin cultura, por una joven culta, elegante y medio francesa, dejó un suburbio obrero de Barcelona por un suburbio burgués y dio de lado su vida tediosa de mecánico por una vida apasionante de líder sindical y paladín de la libertad política, la justicia social y la memoria histórica. ¿Más? Más. Como Marco, don Quijote está hambriento de fama y gloria, ansioso de que sus hazañas perduren en la memoria del mundo, impaciente por que hombres y mujeres hablen de él, lo quieran y lo admiren y lo consideren excepcional y heroico; como Marco, don Quijote es un mediópata, un adicto a salir en la foto.»

¿Pasamos por alto que Don Quijote es un loco y no es un vulgar mentiroso y un egoísta y un oportunista como sí lo era Enric Marco? Venga, va, pasémoslo. Total, ¿qué más da?, si, total, de lo que se trata es de dar a un hombre, ya sea este héroe o villano, la categoría de extraordinario y qué mejor manera de hacerlo, de lograrlo, que compararlo, un vez y otra vez y otra puta vez con el amigo Quijano.

No se dejen engañar: en ‘El impostor’ no hay hombres extraordinarios, no hay héroes, ni dentro ni fuera de libro, por más que Javier Cercas se quiera anotar ese tanto:

«—[…] pensé que a estas alturas por lo menos una docena de escritores españoles habrían escrito ya sobre Marco. Pero no hay ninguno, me parece.
—No que yo sepa —confirmó Santi—. Bueno, creo que alguno lo intentó, pero se asustó enseguida. ¿Te extraña? A mí no. En la historia de Enric todo el mundo queda como el culo, empezando por el propio Enric, siguiendo por los periodistas y los historiadores y acabando por los políticos; en fin: el país al completo. Para contar la historia de Enric hay que meter el dedo en el ojo, y a nadie le gusta eso. A nadie le gusta ser un aguafiestas, ¿no es cierto? Y menos a los escritores españoles.
Santi debió de temer que yo tuviese una reacción gremialista o patriótica, porque enseguida se disculpó, vagamente. Le dije que no tenía por qué disculparse.
—No, ya lo sé, es sólo que... En fin. —Una sonrisa traviesa alargó sus labios por debajo de su bigote ralo, que se había manchado de café—. ¿Sabes? Me gusta mucho la literatura, leo bastante, también la española; pero, para serte sincero, los escritores españoles de ahora me parecen un poquito insustanciales, por no decir cobardones: no escriben lo que les sale de las tripas sino lo que les parece que toca escribir o que va a gustar a los críticos, y el resultado es que no pasan de la ornamentación o el esnobismo».
La historia de Enric Marco —inofensivo mentiroso, le pese a quien le pese— que por sí misma no daría, como de hecho no dio, para mucho más que unos artículos de opinión durante dos semanas, un especial en alguna revista o un documental, es desarrollada, hipervitaminada y mineralizada por Javier Cercas a lo largo de nada menos que cuatrocientas y pico páginas gracias a su buen hacer, es decir, gracias a su facilidad para repetirse, repetirse, re-pe-tir-se, meterse en la novela, a él, a su hijo, a su terapeuta; para inmiscuirse sentimentalmente, como hace Carrère en ‘El adversario’ o Capote en ‘A sangre fría’ (las comparaciones no son mías, sino de Cercas que se cuida muy mucho de recordarnos qué otros referentes debemos tener en cuenta a la hora de leer su genial y ¡original! novela sin ficción o relato real, relato exento de invención y fantasía); para sacar a colación (bendita entrevista imaginaria) la cuestión de la Memoria histórica, esa ley que tanto debe a Soldados de Salamina y por extensión al propio Cercas. Y tantas cosas más.

«—Y ahora dígame otra cosa: ¿quién había oído hablar en España de la memoria histórica cuando se publicó su novela [Soldados de Salamina]?
—¿No me estará diciendo que la apoteosis de la memoria histórica ocurrió por culpa de mi novela? Soy vanidoso, pero no tonto.
—Ocurrió por culpa de su novela y de otras cosas, pero por culpa de su novela también. ¿Cómo se explica si no el éxito que tuvo? ¿Por qué cree usted que tanta gente la leyó? ¿Porque era buena? No me haga reír. La gente la leyó porque la necesitaba, porque el país la necesitaba, necesitaba recordar su pasado republicano como si lo estuviese desenterrando, necesitaba revivirlo, llorar por aquel viejo republicano olvidado en un asilo de Dijon y por sus amigos muertos en la guerra, igual que necesitaba llorar por las cosas que yo contaba en mis charlas sobre Flossenbürg, sobre la guerra y sobre mis amigos de la guerra: sobre Francesc Armenguer, de Les Franqueses, sobre Jordi Jardí, de Anglès...»

‘El impostor’ de Javier Cercas es la inofensiva y dilatada historia de un también inofensivo Enric Marco, un mentiroso de profesión que debe agradecer a una impostura sus cinco minutos de gloria y gracias al cual contará Cercas con su dosis anual de vanidad proporcionada por todos esos críticos o no tan críticos adoradores de la ornamentación y el esnobismo y a las novelas sin ficción o relatos reales, relatos exentos de invención y fantasía. 


miércoles, 1 de octubre de 2014

“El genuino sabor” de Mercedes Cebrián

El genuino sabor es una novela corta, cortísima que merece una reseña breve brevísima y ejemplarmente fugaz. Fugacísima, diría. [No será el caso] El argumento es tan simple que cuesta justificar las 150 páginas que tiene: una joven (llamada Almudena, por si les interesa el dato) fantasea con ser, de mayor, esposa de diplomático. No es tanto por follarse a uno de clase como por viajar, que es algo que, desde la más tierna infancia, cuando se dedicaba a marear una bola del mundo, la tiene frita de pura obsesión.

«Almudena fantaseaba de pequeña con tener un marido diplomático en el futuro para así viajar a todas partes. En el salón de casa de sus padres hacía girar el descomunal globo terráqueo que escondía en su interior un mueble bar repleto de botellas y, en plena rotación, situaba el dedo al azar sobre un punto de la superficie abombada que reproducía fielmente el estilo cartográfico de Juan de la Cosa».

Hay, a lo largo de la novela, una obsesión por lo culinario que roza lo enfermizo. Esto habría que ir mirándolo, yo creo. A la protagonista no le gusta tirar comida, pero se ve que tampoco comerla cuando corresponde, de ahí que los alimentos se pasen de fecha y ella arriesgue su integridad física un día sí y otro también. La cantidad de tiempo que se le dedica a la cuestión de la caducidad, como si esto fuese herramienta suficiente para construir un personaje, es alarmante. Y esto siendo generoso. No dudo que hay un significado para todo esto pero la novela no invita a hacer el esfuerzo de tratar de entenderlo. Si la Filomena se quiere comer el jamón cocido de hace dos meses, que lo coma, y de paso que nos deje algunas páginas en blanco en las que ocultar nuestra desidia tras de unos monigotes.

«¿Qué habrá de cena? Isidro, antes que acudir a la nevera o levantar las tapas del par de cacerolas que hay sobre la vitrocerámica, ha preferido levantar la del cubo de basura. Ahí están, elocuentes desde sus envases, todas esas fechas de caducidad pertenecientes a momentos en los que Almudena aún no vivía en Londres. Como ya está más que inmunizado contra esa afición de su amiga, no le da importancia, pero á ella le ha dicho más de una vez que esa ruleta rusa que cree jugar con una pistolita de pega es más peligrosa de lo que parece, pues la bala fatídica no implica solo una mera gastroenteritis sino también el posible enfado, y definitivo, de aquella gente cuyo aprecio logró no sin empeño». 

Pero estoy divagando.

En la novela la protagonista se dedica profesional y personalmente a representar la marca España y lo trabajando para una empresa que representa la marca España en el extranjero. Esto puede parecer una idea genial y seguramente lo sea (uf) pero a la vista del resultado Mercedes Cebrián no parece ser la persona más indicada para llevarlo a cabo.

«Las tareas del hogar, los recados de diversa índole que retrasan la vida o que parecen transcurrir fuera de ella son, de tan cotidianos, conocidos por todos. Los esporádicos, no por ello son menos molestos: para el varón, la chapuza y el trabajito fino, el perfórame, instálame y móntame tal o cual cosa; a la mujer se le asigna más bien el zurcido de calcetines y otras prendas de ropa y la eliminación de manchas particularmente rebeldes. En la categoría unisex destaca el permanecer en largas colas tediosas para recoger o entregar documentación sellada. Y aquí surge una pregunta: ¿cómo transcurriría la vida de aquel cuyo trabajo consistiera en hacerles recados a otros? ¿Sería él mismo, por tanto, quien llevaría a cabo sus propios recados?»

No sé si ustedes, como yo, tienen la sensación, tras leer ese párrafo, de que detrás de la prosa correcta, académica, fría y calculadora de mujer fatal de Mercedes Cebrián se oculta el gusanito del tedio y la falta de ideas; un gusanito aficionado a narrar lo evidente, lo cotidiano, la anodino y vulgar, lo accesorio y prescindible. Un poco lo Marías, digamos y otro poco lo que viene siendo la literatura que se hace actualmente en este país. Así, en general.

Pues de párrafos como ese está la novela llena no, lo siguiente. 

A esto, en mi pueblo, le llaman escribir por escribir.

No todo es prosa, Merce. Además, para eso ya tenemos la poesía.

Tengo la impresión (como la tuve también leyendo la ya olvidada –así de buena era— La nueva taxidermia) de que a Mercedes Cebrián, una de o dos, o bien le importan un comino los personajes [me inclinaría, en mi buenismo habitual, por esto…] o bien no tiene ni pajolera idea de cómo crear uno que resulte mínimamente creíble, no digamos ya medianamente complejo […si no fuera que prefiero inclinarme por esto otro]. 

En un momento equis la protagonista se marcha a Londres para cubrir una baja de maternidad. Se supone que aquí reside el intríngulis de la novela, pero resulta que no, para nada. Se convierte en exactamente lo mismo que habíamos venido leyendo hasta el momento, pero en otro país, uno que a Almudena la pone nerviosa por esos detalles tipo «creer que está abriendo la puerta cuando en verdad la está cerrando con llave (ya que el giro se realiza en sentido contrario a la lógica continental)» o porque «los cuartos de baño sin tomas de corriente por miedo a que se repita el gran incendio de Londres de 1666» o porque existe «en los pubs, la obligación de pagar las consumiciones nada más pedirlas». Todo esto, como se ve, da mucha profundidad a la novelita dichosa no digamos ya a la personaja. Por si no era suficiente como Manual Encubierto de Peculiaridades Inglesas para Recien Llegados, Mercedes Cebrián salpica la narración con ejemplos teórico/prácticos de experiencias ajenas que ya quisiera yo saber qué coño tienen que ver con aquello de la Marca España pero que si ha viajado usted recientemente a la isla le hará mucha gracia:

DICCIONARIO BIOGRÁFICO DE LA PRESENCIA ESPAÑOLA EN LONDRES (II)
Martínez Alarcón, Paula (1976): Diplomada por la Escuela Oficial de Turismo de Madrid. Trabajó en el PrétáManger de Charing Cross Road entre 2000 y 2003 mientras se preparaba para sacarse su Certifícate in Advanced English en la academia Buckingham. A los tres meses encontró trabajo en una agencia de viajes donde valoraron su diplomatura. Compartió piso con un galés, un canadiense y una noruega que, cada vez que viajaba a su país, traía un bloque de queso color toffee de sabor dulzón que daba a probar sin éxito a sus compañeros de piso y que, indefectiblemente, acababa mohoso en la basura. Se echó un novio de Leeds, Patrick, y ahora vive con él a dos paradas de Wimbledon.

Y ahora les voy a estropear el final. 

Al final Almudena se marcha de Londres, vuelve a España y se plantea ocupar una plaza en Gibraltar como responsable de algo, lo que sea, qué más da. Y surge la pregunta, ¡la intriga!, la enésima razón para dejarnos las uñas: ¡el sinvivir!: «Entonces ¿se queda o no se queda a vivir allí si le dan el trabajo?» 

Ah, son estas preguntas, grandes, inmensas, dolorosas y necesarias, las que hacen de la literatura el refugio de la inteligencia.  

Si de algo puede presumir Mercedes Cebrián, además de tener tiempo libre que perder en estas cosas y escribir igualito que Luisgé Martín, es de haberse col(oc)ado en Mondadori a base de escribir relatos, nouvelles o novelas ejemplarmente inútiles, aburridas y prescindibles y encima llevar la etiqueta de promesa, nuestra eterna promesa número seiscientos veinte. 

Quiera Dios que no sea también marca España o no salimos del arroyo.



miércoles, 17 de septiembre de 2014

“Entresuelo” de Daniel Gascón

No sé cómo funciona esto de la escritura. 

Pregunto: ¿a uno se le ocurre una idea y la lleva a cabo directamente o, antes de arriesgarse a perder el tiempo con chorradas, lo consulta con la almohada o con su vecina o con su novia o con su perra? ¿Y después qué? Digamos que lo escribe. Digamos que el escritor (joven, atrevido, melena al viento) dispone de tanto tiempo libre que no le importa jugársela o no lo tiene (tiempo) pero va sobrado de pasión y fe en sí mismo o simplemente cree a pies juntillas en su idea. Digamos que se levanta, nuestro héroe, una mañana y escribe aquello que quería escribir. Quién dijo miedo. Que se joda el mundo. Pongamos que lo termina en un plazo razonable. Seamos generosos: un año de documentación y otro de escritura. Una vez terminado se lo enseña a su padre, a su madre, a su hermana. También a su vecina, a su novia y a su perra. Ellos, todos, lo leen (puestos a fantasear, podríamos incluso decir que lo disfrutan) y una vez leído asienten con sus cabecitas, se secan la lagrimita (también la de cocodrilo) sonríen con sus boquitas y con sus manitas dan palmaditas en la espaldita de nuestro joven y aguerrido escritor, besan su mejilla, le dicen que le quieren, alaban su buen gusto, su sensibilidad, su humor. Su buen hacer, en general. 

Hasta aquí todo normal. Medianamente normal. Hasta aquí nuestra historia podría estar interpretada por cualquiera de ustedes. Podría ser incluso yo, si me apuran. Pero no; estamos hablando de Daniel Gascón. El del tiempo libre o la fe en sí mismo o en la idea genial de aquel sábado por la tarde. El de los dos o tres o cuatro años dedicados a esto. O los tres meses, no sé. Da igual, para el caso es lo mismo. El resultado es Entresuelo y eso ya es inamovible. También los agradecimientos son inamovibles: «La lectura y las sugerencias de Marta Valdivieso, Ramón González Férriz, Jonás Trueba, Pippi Tetley, Antón Castro, Carmen Gascón, Aloma, Diego, Jorge y Sara Rodríguez han ayudado a mejorar este libro».

Han ayudado a mejorar este libro, dice.  Me parto.

Pero bueno, vale.

El caso es que bien, de acuerdo: Gascón, el joven Gascón, escribe un libro basado «en las conversaciones que he oído en casa, en mis propios recuerdos y en entrevistas a miembros de mi familia». Lo bueno de todo es que al bueno de Gascón no se le ocurre mejor cosa que dárselo a leer a esa misma familia de la que se habla en el libro, porque como todo el mundo sabe la familia es siempre el mejor recurso de quien escribe una memorias familiares y busca un mínimo de objetividad.

Tela con el listo de la familia.

Entonces el libro se manda a una editorial. A Mondadori, por ejemplo.

Y yo aquí es cuando me pierdo. Porque una cosa es que uno escriba para sí mismo o la familia y que esta te apoye (qué menos) y otra muy diferente que una editorial considere que tal cosa es merecedora de tener una difusión nacional. Y precisamente Mondadori, una de las editoriales más fuertes y de más prestigio del país y parte del extranjero.

Y miren, si fuesen unas memorias (por más que sean robadas: «aquí no quería escribir sobre lo que recuerdo, sino sobre cosas de las que no me acuerdo».) interesantes o amenas o divertidas o con un trasfondo histórico de especial interés… si fuesen algo de eso aún bueno, pero es que ni eso. No son interesantes, ni amenas, ni divertidas y encima parecen escritas por un estudiante de la ESO al que han obligado a redactar un texto que trate sobre La familia o sobre La vaca, por ejemplo, que es algo por lo que, quien más quien menos, ha tenido que pasar en la vida, y que medio-invita a dar lecciones de biología tipo “la vaca da leche” y cuatro obviedades más:

«Mi madre me contó que había leído la historia de un tipo que estaba cagando cuando una rata subió por el váter y le mordió el culo. Yo debía de tener cuatro o cinco años y mi madre me contó la anécdota como si fuera una historia graciosa. Pero me pareció aterradora. Las ratas me daban miedo en general: te contagiaban la rabia, eran resistentes al veneno, los gatos no podían matarlas y estaban en todas partes, aunque no las vieras. Si se sentían acorraladas, te saltaban al cuello».

“Entresuelo” está lleno de anécdotas apasionantes. No importa por qué página se abra, siempre se encontrará alguna cita destacable. Es lo mejor que tiene:

«Después estuvieron en la casa unos familiares, Vicente y David, con un chico que hacía Medicina y tocaba muy bien la guitarra. También vivió con ellos otro estudiante que se llamaba Leoncio, como mi abuelo, que los invitó a su boda, en el Pirineo».
«[…] en mi infancia prefería un parque más cercano: el Parque Bruil, que tenía una osa tuerta enjaulada. Hace unos meses descubrí que la osa se llamaba Nicolasa. También he sabido que en el Parque Grande y en el Parque Bruil había otros animales: monos. Los monos son importantes, aunque cuando era niño ya no quedaban monos en el parque. Pero esta no es la historia de mi niñez en el parque. Es la historia de mi padre».

Porque esa es otra. “Mi padre, mi héroe” o cómo llevar al lector a la náusea: «Mi padre creía que aprender mecanografía era muy importante para ser escritor». Alguien tiene que decirlo: asquísimo. La familia Castro/Gascón/Rodríguez como referencia, como inspiración, como tema de conversación, como argumento literario… qué pesadez. ¿Hasta cuándo? 

«Me ha divertido ver que hace más de quince años ya escribía sobre mis abuelos y su piso».

Forever, pues. Acabáramos.

Y hete aquí que el joven y documentado escritor se encuentra que la profusión de datos es exagerada, pero han sido tantas las tardes dedicadas al noble oficio de la conversación (o acaso simplemente carece del valor para borrar o la inteligencia para descartar o la capacidad para resumir o la habilidad para disimular) que le cuesta renunciar a ellos, por lo que decide recurrir al socorrido método de la lluvia de recuerdos, esto es, capítulos de párrafos numerados repletos de información im-pres-cin-di-ble que va dejando por el librito según se le va a ocurriendo:

«12) Durante un tiempo, mi tío vivía en Barcelona, pero tenía una obra en Calatayud y pasaba a menudo por Zaragoza. Mi abuela le preparaba morcilla y alcachofas. Una vez mi tío dijo: «No quiero comer muchas alcachofas, tengo una reunión y son un poquito flatulentas».
«13) Platos de mi abuelo: gazpacho. Siempre hacía dos distintos. Uno con ajo y otro sin ajo. A mi abuela no le gusta el ajo».
«3) De niño, alguna vez fui a misa con mis abuelos. Lo que más recuerdo es el momento de darse la paz. También que mis abuelos caminaban hacia la iglesia con los brazos entrelazados, como muchas parejas mayores. Me parecía una postura incomodísima. A mi novia le gusta».
«12) El marido de mi tía se hizo la vasectomía y se recuperó en casa de mi abuela».

Llegados este punto creo que importante aclarar algo: juro por mi vida que no me estoy inventando nada. Las citas son literales y están sacadas del libro “Entresuelo” de Daniel Gascón, editado por Mondadori para su distribución a nivel nacional. 

Otro recurso para deshacerse de ese material inútil es el Método Wikipedia (también conocido como el Wikimétodo Desesperado de Salvación) que consiste en facilitar información que no servirá para nada pero al menos dejará al lector pegado a la silla:

«Tuvieron hijos: Carmen, que nació el 31 de diciembre de 1958; Isabel (Isa), que nació el 25 de febrero de 1961; Francisco José (Paco), que nació el 4 de junio de 1962, y María de los Angeles (María Angeles), que nació el 2 de agosto de 1966».
«A mediados de los ochenta hubo una reforma. No quedan muchos rastros de ella en la casa: algunas cosas en el baño, como el lavabo, la taza y unas tablas de madera que rebajan la altura del techo. Fue una reforma menos drástica que la de 1990, cuando mis abuelos eliminaron una habitación para agrandar el comedor y pusieron las baldosas grises —feas pero sufridas— que ahora hay por todo el piso, salvo la despensa, el baño y la cocina. Fue la familia la que hizo las reformas. Mi tío Paco se encargó de la fontanería y la electricidad».

Y después está el humor del que ya han sido testigos en las citas anteriores. Para Daniel Gascón, el humor es terminar así los capítulos o cerrar lapidariamente fragmentos de memoria:

«Lo único que había hecho era tumbarse a leer debajo de los árboles», dice mi abuela. Sabía de libros y árboles frutales.
«En mi familia se contaba que siempre decía que la cena era una comida absurda, porque uno se acostaba inmediatamente y al levantarse volvía a tener hambre. Al parecer, una noche decidió no cenar, pasó mucha hambre y cambió de opinión para siempre».
«Mi abuelo, que engordó de mayor, tenía otra teoría con respecto a la gordura masculina. No era grave si uno se la veía para mear».

Podría seguir así todo el día. El libro de Daniel Gastón es una fuente inagotable de placer para los lectores masoquistas, que los hay. 

Pero esto no es culpa de Daniel. Él es como es. Quiere a su familia y ha gustado de homenajearlos. Chapeau. Como hijo, al menos. Como escritor ya no digo tanto. Ahora bien, que Mondadori, el Mondadori de Claudio LaMadrid, editor de referencia en el mundo mundial se preste a publicar esta cosa es de juzgado de guardia. 

Si este libro viniese firmado por José García, fontanero y escritor aficionado, ¿lo habría editado también, el bueno de Claudio? ¿Tiene algo que ver que Daniel sea hijo de Antón Castro? Y lo que es peor: ¿en qué situación, exactamente, deja esto a Mondadori y qué debemos esperar de sus otras apuestas literarias nacionales si a la que te fijas un poco te encuentras nada más que figurines mediáticos escribiendo soplapolleces?

Seré yo, que odio la literatura, pero a mí esta apuesta por la mediocridad me descoloca completamente.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Defina “desconfianza”

Desconfianza” es esto:

El cinco de septiembre de 2014, dos días (¡dos!) después de haber salido a la venta Los huérfanos de Jorge Carrión, se publicó en Babelia —ya saben, el suplemento cultural más leído de este país— una reseña de la novela firmada por nada más y nada menos que Juan Goytisolo en la que asegura que «esta segunda novela de Carrión confirma los singulares dones y curiosidad sin límites de un autor cuyos logros están a la altura de su ambición», que es un poco lo mismo que no decir nada y quedar de puta madre.

La reseña, de ley es reconocerlo, invita a la lectura de la novela de marras, especialmente a todos aquellos amantes de la cosa apocalíptica, a pesar (o tal vez precisamente “gracias a”) de que ésta es poco más que un resumen de lo que nos vamos a encontrar así como un mapa de los personajes que la habitan. De hecho, el único argumento en favor de la calidad de la novela es esa frase tan extraña que les he dejado en el primer párrafo. El resto, es mucho de esto:

«Estamos en 2048, 13 años después del estallido de la Tercera Guerra Mundial que barrió del mapa ciudades enteras y envolvió la Tierra con una nube radioactiva de la que sobreviven una docena de personajes de la novela, refugiados en un búnker de Pekín bajo toneladas de hormigón armado y aislados del mundo por una compuerta metálica en la ignorancia de lo que ocurre fuera y de la existencia o no de otros supervivientes de la catástrofe».

Con todo, la sensación es que a Juan Goytisolo le ha gustado Los huérfanos y nosotros, pobres ignorantes ávidos de recomendaciones y recomendadores de cierto prestigio, nos lo creemos —nos lo queremos creer— a pies juntillas. A mí personalmente me falta tiempo para salir corriendo a comprarlo. Y lo digo medio en serio medio en broma.

Soy un hombre con buenas intenciones.

Si quisiera ser retorcido vería en la fe de errores de la reseña (donde se corregía al crítico, que tomaba por un hombre la que era una mujer) un prueba de que el susodicho no se había leído el libro, hecho este que, por otro lado, no sorprendería a nadie.

Pero aquí no somos así. Retorcidos, digo.

Ni falta que hace.

En realidad todas nuestras sospechas, toda nuestra desconfianza hacia esta reseña y por extensión a la calidad de esta novela tiene que ver con el hecho de que —tal como descubrí al descargarme las primeras páginasLos huérfanos está dedicado a (adivinen) Juan Goytisolo. Sí, exacto, el mismo que escribe la reseña y el mismo que cambia el sexo de uno de los personajes.

¿Qué hacemos, entonces? ¿Nos lo creemos o no nos lo creemos?

No, claro que no. De entrada (y de salida), desconfiamos: desconfiamos de una novela a la que Mondadori dio la patada (ya hablaremos de esto en su momento); desconfiamos de la reseña del escritor al que está dedicada y desconfiamos de un suplemento que permite que pasen estas cosas. Será por desconfiar.

Pero, para salir de dudas, nos la vamos a leer. 

Es lo bueno que tenemos aquí: que somos unos profesionales.



martes, 24 de junio de 2014

148 páginas más de “La maravillosa vida breve de Oscar Wao” de Junot Díaz


Yo no sabía que cuando te daban el Pulitzer ya nadie te podía mear encima. Mola. No sé si pasa lo mismo con el séptimo arte. ¿Sabe alguien que por el hecho de tener un Oscar o un Goya a la mejor película ya nadie puede decir que es mala o es aburrida o “no lo merece”? Por esta regla de tres, ¿me tiene que gustar sí o sí Camino? ¿Me compro la Edición Especial?

Venga, va, de buen rollo: me he terminado el libro de Junot Díaz y no me ha gustado. ¿Qué me pasa, doctor?

* * * * *

Nada, qué me va a pasar. 

Ya hemos hablado de esta novela, pero nos gusta sufrir. Retomamos más o menos por aquí:

«Al principio, bueno, se va leyendo y hasta tiene su gracia, sobre todo si uno se acerca por primera vez al autor. Trata (lo que he leído) sobre una familia, que es una cosa que, bien llevada, puede dar mucho juego. Primero habla del Oscar al que da nombre el título, después de su hermana y en tercer lugar, y ya con más detalle, de la madre de estos dos. Oscar es de pequeño seductor y de mayor un nerd gordo con tendencia a la depresión por falta de cariño y a enamorarse de todo lo que tenga forma de mujer. Su hermana Lola es un ser humano temperamental que quiere huir de ese infierno que es el hogar materno. Su madre, como todas las madres, es un bicho. La tercera historia es la de la madre, claro, una mujerona que las pasó muy putas. En la cuarta parte el narrador cobra protagonismo. Ahí fue cuando lo dejé».

Después de lo anterior hay más partes. La del abuelo de Oscar, por ejemplo, que es lo mejor de la novela. Y ya. Después, vuelta al “presente” y a ver qué narices le pasa al bueno de Oscarito, a qué viene lo de la “vida breve”, “maravillosa vida breve”. Adivinen: se enamora de una puta. 

Igual es por eso que le dieron el Pulitzer.

O tal vez lo hicieron por el retrato que se hace de una dictadura, que es algo que parece gustar bastante (ver "El huérfano" de Adam Johnson, Pulitzer 2013 para más información).

O por meterse con Vargas Llosa.

Voto por esto último.

« Pero vamos a ser honrados. El rap sobre La Chiquita que Trujillo Deseaba es bastante corriente en la Isla. Tan común como el camarón antártico. (No es que el camarón antártico sea tan corriente en la Isla, pero ustedes me entienden.) Tan corriente que Mario Vargas Llosa no tuvo que hacer mucho más que abrir la boca para cogerle el gusto. Hay uno de estos cuentos de bellaco en casi todos los pueblos. Es una de esas historias fáciles porque, en esencia, lo explica todo. ¿Trujillo te robó tus casas, tus propiedades, zumbaron a tu mamá y papá a la cárcel? Bueno, ¡es porque quería rapar a la hija hermosa de la casa! ¡Y tu familia no lo dejó!»

Zas, en toda la boca.

Si es que son unos broncas, estos letrados. Y luego que si en Tongoy y tal.

Creo que la explicación, o parte, al menos, del monumental cabreo de Junot, puede encontrarse en una de las notas al pie, concretamente en la nueve.

«[…] Considerado nuestro «genio nacional», Joaquín Balaguer era un negrófobo, un apologista del genocidio, un ladrón electoral y un asesino de la gente que escribía mejor que él; es notorio que ordenó la muerte del periodista Orlando Martínez. Con posterioridad, cuando escribió sus memorias, dijo que sabía quién había cometido el criminal hecho (por supuesto, no él) y dejó una página en blanco en el texto para a su muerte completarla con la verdad. (¿Cabe decir impunidad?) Balaguer murió en 2002. La página sigue en blanco. Apareció como un personaje comprensivo en La fiesta del Chivo de Vargas Llosa. Como la mayoría de los homúnculos, no se casó ni dejó descendencia».

Hum. Que digo que parece (no sé si dicen, cuentan y rumorean; igual sí) que parte de la novela o tal vez toda ella está escrita/diseñada para poner en su sitio al Nobel peruano y esa intromisión en asuntos ajenos que es La fiesta del Chivo. Siendo así, el Pulitzer me parece incluso necesario, aunque no sea más que como elemento publicitario o instrumento de tortura. Ahora bien, si los méritos han de ser los de la propia novela, malo. 

La maravillosa vida breve… se queda en un relato genealógico irónico y despiadado, cargado de humor, si quieren, y de buenos momentos, que los hay; de buenas descripciones, que las hay, pero desde luego como cualquier otra cosa, como crítica al Americanismoh (con h intercalada), por ejemplo, resulta algo floja.

«La familia de León voló a la Isla el 15 de junio. Óscar se estaba cagando del miedo, pero emocionado; sin embargo, nadie estaba más hilarante que su mamá, que se había arreglado como si tuviera audiencia con el mismísimo Rey Don Juan Carlos de España. De haber tenido un abrigo de piel, lo hubiera llevado, cualquier cosa para hacer ver desde cuan lejos venía, para acentuar cuan diferente era del resto de dominicanos»
[…].
«Al principio, Óscar pensó que estaba solo de visita, esta jevita minúscula, un chin gordita, que siempre iba taconeando hasta su Pathfinder. (No intentaba aparentar americana, al contrario que la mayoría de sus vecinos del Nuevo Mundo.)» 

Y poco más.

Por mucho que gusten las polémicas, se esperaba algo más de un Pulitzer. Siempre se hace. Se esperaba, no sé, algo más que rascar que este pasar de puntillas por tanta gente tan corriente y ese final tan, eso sí, americanoh