Sí, esto es exactamente lo que parece pero a fin de que lo entiendan quisiera aclarar un par de puntos.
Verán, hace cosa de un año, al poco de haber empezado con el blog, al poco, en realidad, de habérmelo tomado mínimamente en serio (todo lo “en serio” que se puede tomar un blog como este) me encontré con otro ya caído cuya última entrada era un mensaje de despedida muy parecido a este. En él, el autor explicaba las razones del abandono. Afirmaba dejarlo por motivos (hablo de memoria) de sentido común. Desde hacía tiempo –decía- estaba eligiendo las lecturas condicionado por el blog y no al contrario, que sería lo más normal. Recuerdo haberme reído al leerlo y también recuerdo haberme jurado en silencio que nunca me ocurriría algo así y si me ocurría nunca sería a un nivel tal que tuviese que echar el cerrojo. Obviamente me equivoqué o no estaría hoy contándoles la historia que empieza en el siguiente párrafo.
Hace unos días fui a la biblioteca. Tengo libros en casa pendientes de leer para aburrir, algunos de ellos compromisos con editoriales y escritores, pero aún así fui a la biblioteca porque tenía unas desideratas que recoger amén de otro libro al que quería echarle un vistazo. Total, que me traje para casa lo siguiente: “El rey pálido” de David Foster Wallace, “La conjetura de Perelman” de Juan Soto Ivars, “Canción de Tumba” de Julián Hervert (Premio Jaén de Novela), “El desguace de la tradición” de Javier Aparicio Maydeu y “Los reconocimientos” de Gaddis. Para que se hagan una idea les diré que sobre la mesa tenía mucho Dostoievski, también a Gogol, Turgueniev, Bernhard, Nabokov, Walser, Roger Martin du Gard, Pushkin, Torrente Ballester, Cortázar, Beckett, Hesse, Joseph Frank, Pynchon, Celine, Faulkner, Russell, Flaubert, Ellroy, Gombrowicz, Montaigne y un larguísimo etcétera. Esto, repito, sobre la mesa; todos ellos en propiedad, unos en papel y otros no, pero todos míos y esperando desde hacía mucho a ser leídos. Cuando de todas las lecturas posibles elegí el de Juan Soto Ivars supe que lo que ya antes no iba bien ahora estaba peor que nunca.
No quiero DRAMAtizar. Soy consciente de que no es tan grave. Leer a Soto Ivars no lo mismo que pegarle a un ciego y todo el mundo merece una oportunidad. Quiero decir que nunca presupuse que “La conjetura de Perelman” fuese una mala novela. Tampoco he empezado a leerla por oportunismo, ni para hacerle una crítica salvaje, ni mucho menos para repetir la malsana experiencia del post de Nuevo Drama. Lo cierto es que jamás tuve intención de reseñarlo, ni para bien ni para mal. De hecho, para evitar el "desmadre", ni siquiera iba a contarles que lo había leído. Simplemente sentía curiosidad, como la he sentido por tantos otros que seguramente lo merecían mucho menos que Juan. Pero no me estoy explicando bien. Lo que quiero decir es que esta novela en concreto no ha sido el motivo del "malestar" ni ha sido lo que me ha llevado a tomar la decisión que les cuento un poco más abajo. Simplemente lo que ha ocurrido es que se ha colmado el vaso. Pero hay más:
Yo no soy amigo de comprar libros. Me gustan claro, me gusta tenerlos y saber que están ahí y me gusta que me los regalen o nunca hubiese aceptado las ediciones de cortesía de las editoriales pero cuando compro un libro -cuando el bolsillo del que sale el dinero es mío- lo hago siempre tras haberlo meditarlo mucho, sin arriesgar demasiado, tratando de no fallar y de ahí que la mayoría de mis compras acostumbren a ser libros que sólo consigo previo pedido, rastreando en la red. Soy consciente de que a mí es realmente difícil hacerme este tipo de regalo y acertar (pero no dejen ustedes de intentarlo.) El caso es que los libros como los de Ivars, Márquez, Hervert, Olmos, Zambra, Pron, Espinosa, Mora, Carrión, Navarro y un largo etcétera son el tipo de libro que nunca me compraría (ni me compraré) y sin embargo siempre los antepongo a los que sí un poco por curiosidad y otro poco por maldad, porque las reseñas más divertidas surgen siempre de las peores lecturas. Y esto es lo lamentable del asunto: que vaya pasando el tiempo y yo siga eligiendo este tipo de novelas que por otro lado no me parecen siempre tan despreciables como estoy insinuando.
Luego está lo de leer demasiado rápido. La novela que más consumo actualmente es un tipo de novela corta e intrascendente a la que parece que cada vez le cueste más pasar de las doscientas páginas cuando hasta hace unos años yo era más amigo de aquellas macronovelas de seiscientas o mil páginas que ahora me provocan un rechazo muy poco natural del que únicamente tienen la culpa el blog y mi costumbre, que ha tomado ya forma de adicción, de escribir dos reseñas semanales y no leer menos de diez libros al mes. Esto no sólo no tiene ningún sentido sino que es a todas luces una de las mayores estupideces que he cometido desde que tengo uso de razón (tampoco hace mucho de esto, no se crean). Me obliga a leer mal y me obliga a leer rápido y lo que es peor, me obliga a sustituir calidad por cantidad. Eso no está tan mal. Quiero decir que en la vida uno no tiene porqué limitarse a leer supuestas obras maestras o recurrir a los clásicos de siempre. En la novela actual hay también grandes historias contadas por buenos narradores y si uno quiere estar al día de lo que se cuece en el presente ha de estar a las duras y a las maduras y arriesgar, sobre todo arriesgar y yo, leyendo diez libros al mes, me la juego, leyendo dos, no. Con esto lo que quiero decir es que el problema no está tanto en las lecturas que elijo como en las que descarto.
Estos dos últimos meses he cambiado el ritmo: he pausado la lectura, he profundizado en ella, he leído cosillas que tenía por casa, he escrito menos, he publicado menos y sin embargo he disfrutado más y he pensado que por fuerza este ha de ser el momento perfecto para cambiar de hábito y sobre todo para cambiar de lectura, lo cual implica necesariamente, abandonar el blog. Creo sinceramente que dejando el blog de lado durante, digamos, uno o dos años, podré dedicarme por entero y sin presiones autoimpuestas a todas aquellas lecturas que llevo demorando demasiado tiempo y que parecen haber sido condenadas sin merecerlo. Pero sobre todo y por encima de todo lo que quiero es evitar pensar en el blog mientras leo un libro; no quiero tomar notas para una futura reseña; no quiero pasear y tener una idea “genial” para comentar un asunto equis. Al mismo tiempo tampoco quiero dejar de escribir; soy consciente de que en ocasiones publicar una reseña en el blog ha sido la mejor manera de corregir errores de comprensión o interpretación fruto de malas lecturas. Que esto no le sirva a nadie para darle la vuelta a la tortilla, que nos conocemos. También hay un proyecto en marcha que tiene que ver con Dostoievski; un proyecto que me tiene entusiasmado y que espero poder trasladar al "papel" y ya veremos si compartirlo también. Quiero pensar que sí.
Hay dos razones más por las que no me verán desaparecer inmediatamente (manejamos, en cualquier caso, plazos muy cortos). La primera son todos aquellos libros que he recibido cortesía de las editoriales y/o escritores -a excepción de aquellos que he recibido sin quererlo y que sé que no me gustarán- y a las que debo como mínimo una reseña. La segunda excepción son una serie de entradas que ya tengo escritas o están en "proceso de". Serán diez, más o menos, seguramente menos. Unas tienen una semana, otras un mes y otras mucho más. Esto incluye el habitual resumen de lecturas del mes -que tampoco es plan de abandonar precisamente ahora- y el de lo mejor y (quizá) peor de 2011. En cualquier caso “La medicina de Tongoy” dejará de ser, durante un tiempo todavía por determinar, lo que ha venido siendo hasta el momento para convertirse directamente en nada. Lamento parecer tan extremista pero me conozco lo suficiente para saber que no serviría de nada hacerlo de otro modo y de hecho la razón por la que no he esperado hasta el último minuto para contarles esto es para asegurarme que no cambiaré de opinión en los veinte días que faltan para acabar el año. Suena a decisión precipitada pero créanme si les digo que le he dado más vueltas de las necesarias y la conclusión ha sido siempre la misma.
Eso es todo. No me queda más que agradecerles a todos sus visitas y sus comentarios. Yo me he divertido mucho; espero que ustedes también. Sepan que les echaré de menos. A todos gracias y besos en la boca. Nos vemos, seguramente.
