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lunes, 29 de agosto de 2011

"La máscara del mono" de Dorothy Porter


“La máscara del mono” es algo menos que una novela negra: es una novela negra en verso, que para quien no lo sepa es lo peor que le puede pasar a una novela de estas características. No es que no me guste, no, para nada, simplemente no la soporto. Me refiero a la poesía. A mí no me pidan leerles el poemario que con tanto esfuerzo han escrito en sus noches de dolor o me perderán como amigo y hasta como familia. Odio la poesía desde que tengo uso de razón (antes, incluso) (lo digo para que no traten de curarme este mal que a la larga ha acabado por hacerme tan feliz), desde que se me atragantaron las golondrinas itinerantes de Becquer. Yo no sé cuántas horas me tiré en el colegio tratando de desentrañar el misterio insondable de adónde iban o si volverían aquellas putas golondrinas. El infierno, era. Y de aquellos barros estos lodos: soy fruto de un trauma infantil. Y las gregerías. Sólo justifico el infanticidio (lo de viajar al pasado y prevenir errores a cuchilladas) en dos casos (con revisión al alza): Hitler y Ramón Gómez de la Serna. Sé lo que están pensando pero a Becquer lo prefiero un poco mutilado y corrigiendo exámenes de selectividad toda la vida y a Jesucristo me gusta poder crucificarlo cada año, pero sí, también lo merecían. 

Pues bien, retomando el asunto y puestos ya en antecedentes les voy a contar algo asombroso que servirá además de cumplido (el único que tengo intención de hacerle): esta novela en verso de 280 páginas me la he leído enterita y casi casi de un tirón. La poesía es lo que tiene: mucho papel pero se lee en una patada. La mitad de la culpa de la deforestación la tienen los poetas por sus hábitos minimalistas. Ya saben, lo de hacernos creer que los versos son como bombas con retardo que se expanden una vez consumidas y toda esa mierda. Paparruchas. Los versos son ganas de joder, eso son; un derroche. Pues bien, el tema es que yo me leí este libro entero. La primera vez en mi vida que me leo un libro de poemas sin que tengan que amenazarme. El secreto: ya lo dicho: la brevedad propia del estilo, del verso y que todo está masticadito, no hay que adivinar los sentimientos de la escritora; y otra cosa: la historia (amén de un incomparable ejercicio de voluntad y confianza). Les cuento. 

Este poemario tiene una historia. Hay mucho de llagas abiertas claro, porque si no para qué, pero también un crimen, un misterio. La protagonista, al igual que la escritora, es una lesbiana con pinta de tal que es contratada para encontrar a una niña de dieciocho años que ha desaparecido. A la niña le gustaba escribir poemas, claro y los principales sospechosos son –adivinen- poetas. A la detective también le gusta, faltaría más (me refiero a escribir poemitas) y a sus amigas y a todo el mundo conocido lo cual ya les puede dar una idea del asco de mundo por el que se mueven los personajes. Pues bien, el rollo bollo va de descubrir al malo maloso pero la susodicha, Jill, se cuelga como una mema de la profesora de literatura de la criatura y la mitad del libro –esto les va a gustar- son las dos follando o metiéndose mano en mientras conducen drogadas y alcoholizadas. Brutal. Todo muy bien: el caso no avanza pero la protagonista se lo está pasando teta todo el día caliente como una estufa y enamorada hasta las trancas de una bisexual casada con un gilipollas que también piensa con la polla. Aquí todos lo hacen; incluso los que no tienen. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de quién es, para el lector, el primer sospechoso de verdad. Instinto básico sin punzón, vaya. 

Bueno, por ir acabando: a la pregunta: ¿por qué una novela -en verso, nada menos- tan plagada de tópicos y con una historia tan simple que da vergüenza ajena no es causa inmediata de la ira de dios y castigada con los fuegos del infierno? la respuesta: porque no deja de ser un ejercicio interesante, una propuesta que por más que no vaya a crear escuela, divierte y decepciona a partes iguales. Otra cosa ya es comprarse el libro, eso sí que no, pero leerla, ¿por qué no? Si son apenas dos horitas y a veces hasta te ríes con las chorradas de la tipa.