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martes, 8 de mayo de 2012

Un reseña interrumpida de “La Jaula” de Javier Serrano

“La jaula” de Javier Serrano, editado por Eutelequia, es el ÚNICO libro de esta editorial que mi red de bibliotecas habitual (ocho, repartidas en cuatro provincias) tiene en su fondo de armario. El ÚNICO, repito. La desiderata, por si alguien se lo pregunta, la hice yo. No quiero convertir este post es una defensa a ultranza de una editorial que hasta hace unos días no me interesaba más allá de esta anécdota. Tampoco quiero abrir un debate en torno a la necesidad de nuevas editoriales aunque vayamos casi a editorial por comunidad de vecinos. Esto lo cuento para explicar los motivos que me llevaron a leer La Jaula que fueron, tal como acabo de mencionar, el ostracismo al que la hemos condenado unos cuantos. Yo limpio mi conciencia así. Elijo La Jaula porque tampoco sé quién es Javier Serrano y de vez en cuando me gusta leer cosillas de escritores anónimos que publican en esas pequeñas editoriales que  carecen del apoyo mediático de las grandes.  

De entre todas escogí “La jaula” por su parecido más que razonable con cierta kafkiana novela que dejé a medio terminar hace veinte años y que aún ayer estuve tentado por enésima vez a retomar: Bastián Bastián es un pasante de notaría que, sin mediar explicación, es detenido y llevado a un penal en el quinto infierno (literal,  esto, casi) cuya principal característica es que tiene las puertas abiertas de par en par aunque esto no quiere decir que pueda uno entrar o salir cuando le salga de los huevos. En el centro de esa prisión hay un torre y en la torre un preso llamado Fierro que hace las veces de carcelero y que dirige a otros carceleros que, como él, ejercen de funcionarios. La contraportada de la novela plantea la siguiente serie de cuestiones: ¿estaremos frente a una distopía nihilista?, ¿será en realidad todo esto una alegoría de una sociedad en decadencia?, ¿una novela de ideas en torno a los conceptos de violencia, libertad y castigo? ¿O acaso un mero drama carcelario? Todo es posible, claro, de hecho la reseña acaba con la siguiente frase: La jaula admite tantas interpretaciones como lectores posibles, lo cual sólo tiene una traducción posible: este libro no lo ha entendido ni el editor (editora en este caso, creo). Esto para mí ha sido siempre un problema. No entender, digo. Entender poco, mucho, algo, lo que sea, pero, ¿no entender nada? No entender nada es intolerable. Siempre he creído que no entender NADA, lo que es NADA, era culpa del escritor, que demostraba con ello no ser capaz de llegar al lector.


[...]




Esta reseña empecé a escribirla un mes después de terminar la novela, seguramente siete o veinte días antes de publicarla aquí. Lo uno tuvo lugar mediado marzo, lo otro ya he dicho que después. No pensaba escribir nada pero por alguna razón -que espero no suene a cumplido- no he podido quitármela de la cabeza en todo este tiempo y se ha convertido en un algo recurrente del que no sé como librarme si no es de este modo (y aún así ya veremos). El caso es que es de noche, tarde y me siento a escribir algo, lo que sea, que lleve por título “La jaula” de Javier Serrano con la esperanza de que sirva para librarme de ella. El resultado son los dos párrafos anteriores. El tercero, no escrito, iba a ser cruel. Que yo no hubiese entendido la novela ha estado a punto de convertirse en la razón más poderosa para pedirle a Javier Serrano que abandone el oficio de escritor pero como eso es a todas luces una soberana estupidez decido acostarme y esperar a que se me pase la tontería. Estamos hablando de algo que ocurrió exactamente el dieciocho de abril. Pues bien, ese día me acuesto con un libro de Vila-Matas (fetichista que es uno) llamado “El viento ligero en Parma”. Lo leo por leer algo de Vila-Matas hasta que me anime con “Aire de Dylan”, pero ya supongo que esto no le importa a nadie. Pues eso, que me acuesto y les juro por mi gato que leo, según abro el libro, lo siguiente: 

La verdad es que no entender nada me ha resultado siempre, como lector, extraordinariamente creativo, estimulante, alegre, y más bien alejado de todo drama. Esto no debe parecernos extraño. Después de todo, un clásico, por ejemplo, es simplemente un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Entenderlo todo puede ser el fin de la aventura, mientras que no entender nada es la puerta que se abre. 

A veces odio leer a Vila-Matas casi tanto o más de lo que lo disfruto. Que yo descubra que él considere que no entender nada es una puerta abierta precisamente con una novela (La jaula) en la que no se entiende nada y que habla de cárceles de puertas abiertas parece una de esas casualidades que tanto le gustan y que plagan algunos de los artículos de este recopilatorio que es “El viento ligero en Parma”, que aprovecho para recomendar y así me ahorro una reseña. Esto sería mucho más divertido si yo no creyese en las casualidades por eso voy a tomármelo a cachondeo y a dejar inconclusa la reseña de esta novela que cuenta la delirante y claustrofóbica aventura de un hombre que no entiende por qué lo encierran en una cárcel, ni porqué los presos en su misma situación hacen gala de tan irritante y sumisa aceptación; una novela a la que no encuentro explicación por más vueltas que le doy. Vila-Matas lo acepta y lo celebra y a mí eso me parece fantástico porque Vila-Matas es mucho de celebrarlo todo, pero yo no puedo: yo necesito saber que esto es algo más que un no saber salir del atolladero en que se ha metido el propio autor o que no se trata de una novela que se ha construido sobre una premisa demasiado extravagante sólo para llamar la atención. Se trata pues de aceptarlo o no. Y yo creo que no, que no lo acepto.