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domingo, 26 de mayo de 2013

“Relatos reunidos” de Cesar Aira

Hasta que llegué a los microrrelatos de Jesús Esnaloa yo creía que el infierno era tener que leer durante el resto de mi vida únicamente relatos, más o menos largos, de seres humanos, más o menos escritores, argentinos o no. Ahora sé que no, que el infierno es otra cosa mucho más patria y más breve. Indecentemente breve. Pero no adelantemos acontecimientos. Hoy toca hablar de Cesar Aira y la cosa del Cuento Decepcionante y, en esta ocasión sí, Argentino

Vaya por delante lo siguiente y así acabamos rapidito: no me han gustado.  Los relatos digo. Será por el acento, que no me acostumbro, pero me extraña. No me hagan caso. El problema es que aburren. Soberanamente, además. No lo hicieron, al menos en mi caso, los primeros pero sí los segundos y los terceros y los últimos, supongo que a medida que iba quedando claro que aquello iba a ser, una otra vez, más de lo mismo. Y claro, así no se puede. Leo cosas que no van conmigo, que no significan ni me aportan absolutamente nada, que me dejan como estaba, si acaso con dos o tres o cinco horas menos y cuarenta gramos más si los acompaño de cacahuetes. Sírvanse fríos algunos ejemplos: 

En Picasso un hombre se debate, dentro de un museo, entre tener un Picasso o ser Picasso. Es un deseo que se le concede. A resolver la disyuntiva dedica, qué se yo, chorrocientas páginas. Lo valora todo, todo, TODO, menos lo fundamental. Es un como un chiste demasiado largo. En La revista Atenea (o el microperiodismo) unos jóvenes se plantean la creación de una revista de artículos cortos hasta lo infinitesimal que les permitan un margen de maniobra que se adapte al presupuesto de cada mes. Da igual, no traten de entenderlo; es una gansada de cuento. El perro es la historia de un perro que persigue un autobús y la reflexión de uno de los pasajeros en torno al asunto, la culpa y tal. En fin. Así hay alguno más, como demasiados de más.

Que conste que al menos esos se leen. Otros se sufren. Y cuando digo que se sufren quiero decir SE SUFREN. Y de qué manera. Pienso en El Cerebro Musical, El hornero, El infinito (sobre juegos absurdos matemáticos infantiles), Los osos topiarios del Parque Arauco o Sin testigos. El carrito, que es un relato cortísimo sobre un carrito de supermercado que se mueve solo, muy despacito, cuando nadie lo ve, y que da, directamente, vergüenza ajena. O Pobreza, sobre un hombre que se enfrenta a la pobreza como quien se enfrenta a su madre y al que se le tiene que suponer la reflexión en torno a la estupidez de los que tienen demasiado frente a la inteligencia nacida de la supervivencia. Otros, como El Todo que surca la Nada, se olvidan de no siempre el lector es también escritor: “La lección, si es que una lección puede redimir aunque sea de modo parcial el desperdicio de una vida, es que hay que ir directamente al grano... Debí haber empezado por lo importante, por lo que nadie más que yo sabía... Ni siquiera habría debido renunciar a la progresión y equilibrio de un relato bien hecho, porque los prolegómenos podía escribirlos después y al pasar en limpio poner cada cosa en su lugar... Esa imbécil compulsión a contar siguiendo el orden en que pasaron las cosas...” También los hay que partiendo de premisas divertidas caen enseguida en el tedio. Es el caso de El Té de Dios: “Por una vieja e inmutable tradición del universo, Dios festeja Su cumpleaños con un suntuoso y bien provisto Té al que acuden como únicos invitados los monos.

Pero no todo el terreno es pedregoso. Algunos cuentos, los menos, se salvan, quizá porque proponen ideas, a primera vista, originales o porque sugieren imágenes especialmente atractivas o porque fuerzan la imaginación del lector y le obligan a participar del relato poniendo parte de su materia gris. Son un más que estimable espectáculo visual. Son estos dos:

En el café es un simpático relato en el que los clientes de una cafetería cualquiera se ponen de acuerdo para crear -para una niña inocente que corretea entre la mesas- las más increíbles figuritas hechas con servilletas de bar, esa cosa fina, delicada e inútil que por no servir no sirve ni para limpiarse los mocos: “Se trataba de un barco, […] un elegante velero embanderado, y una extensión de los plegados había hecho bajo su quilla la superficie ondulada del agua de un río, y las orillas de éste a los dos costados, y en las orillas casas, tiendas, una iglesia, jardines, y gente que apiñada en las calles costaneras saludaba el paso de la embarcación.” 

Mil gotas sería, sin duda, un cuento ilustrado absolutamente maravilloso. En palabras desmerece, se queda corto, se afea; se echa de menos un acompañamiento visual, colorista, plástico, capaz de reproducir las escenas descritas. Sin duda, el mejor de todos. Un derroche de imaginación. Cuenta las diferentes historias que protagonizan las gotas de pintura de la Gioconda el día que deciden largarse del cuadro. 
Una gota se quedó a vivir en la Argentina, el país de la representación. Adoptó el nombre muy argentino de Nélido y se dio al trabajo de encontrar novia. Para cualquier otro habría sido cuestión de horas. A él, que era tímido, torpe, sin conversación, le llevó años, y pasaron los años y no lo logró. Parecía haber una maldición, una mala suerte, pero ni él podía ocultarse que la suerte, buena o mala, había quedado atrás. Iba a todas las fiestas o reuniones donde lo invitaban, a locales bailables, a yoga, a un taller de pintura, a marchas y procesiones, buscaba desesperadamente, casi como un perro con la lengua afuera, sabía que a la ocasión había que atraparla al vuelo, que todo podía depender de un instante, para ello afilaba su atención, propiciaba su espontaneidad, ensayaba su simpatía. Y no es que no fuera sincero, todo lo contrario. Lo deseaba, y más que desearlo lo necesitaba, y cuando otro día había transcurrido sin quebrar la porcelana divina de su soledad, la amargura del fracaso le contraía su minúscula alma de gota.
Dos buenos relatos no salvan un libro ergo a este también este lo doy por perdido. Yo quiero otra cosa que no está aquí. Un poquito de emoción, si puede ser, algo que provoque algo, ya me da igual lo que sea, y no estos cuentos de gelatina fría que no conducen a ninguna parte, tan divertidos como dedicar dos horas a contemplar la maquinaria de un reloj digital. La literatura, otra vez, al servicio de uno mismo.