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lunes, 21 de marzo de 2016

‘Los insignes’ de David Pérez Vega

En esta novela realista de ficción se trata el tema de la poesía.

Yo de poesía no tengo ni puta idea, la verdad. Ni ganas. La poesía me ha parecido siempre un refugio para vagos, maleantes y espíritus contemplativos. Me gusta imaginarme a los poetas como tritones, seres feos y viscosos, desagradables a la vista y venenosos al tacto y por lo tanto carentes de todo atractivo. Cuando se meten en mi casa, me gusta golpearlos hasta la muerte.

Por eso tardé tanto en decidirme a leer el libro de David Pérez Vega. Y si lo hice no fue, obviamente, por la cuestión poética (aunque confieso que sabiendo, como sabía, además, que la novela dejaba a los poetastros por los suelos, miel sobre hojuelas) sino por algo de índole mucho más personal: David tiene un blog de reseñas literarias y pensé que aprovechando esa costumbre tan gilipollas que tenemos de leernos los unos a los otros, esta podía ser una magnífica oportunidad para dinamitar la competencia.

Y bueno, aquí estamos, dándolo todo.

Atentos a estas tres palabrejas: Visor, Hiperión y Bartleby. Todos aquellos que sepan qué tienen en común estos tres nombres, tienen un problema. El resto, sepan que se trata de tres editoriales especializadas en poesía. Exacto: tres nidos de tritones. Conviene identificar al enemigo cuanto antes. Ahí lo tienen.

Pues bien, en la novela de David se habla y mucho (casi exclusivamente, de hecho) de estas tres editoriales de poesía, pero por aquello de evitar indeseables [y] demandas, toda vez que no sabemos si las ventas darán para meterse en abogados, son literariamente rebautizadas como Bisonte, Hipérbole y Moby Dick. Todas y cada una de ellas tienen editores, que, como sabrán, son seres de natural monstruosos y purulentos, a los que no sólo se les cambia el nombre sino también el espacio vital con lo que Chus Visor, editor de Visor, pasará a ser por arte de novelista, Rucho Noarbe, editor de Moby Dick. Esto cumple una doble función de versionar el clásico “tirar la piedra y esconder la mano” y celebrar una ceremonia de la confusión que dé a entender que, independientemente de cómo te llames o para qué editorial trabajes, serás siempre la misma mierda. También puede ser un vulgar acto de cobardía.

«[…] nunca, pero nunca, te fíes de un español con un sobrenombre que contenga el sonido “che”. Evita cualquier trato con un Cucho, una Ichi, un Pancho, un Focho... [Un Chus] Huye de ellos, porque el sonido “che” en español lleva dentro la esencia del pijo insoportable, del burgués infantilizado, del niño gótico (como decía Jaime Gil de Biedma) tonto y caprichoso, del adulto que no concibe que las cosas no salgan como él desea, como le hicieron creer sus abuelas y sus tías cuando era un niño que se disfrazaba y cantaba y le aplaudían. De esa forma consiguieron convertirle en un frágil imbécil».

Todo esto lo digo para que quede claro de a quién vamos a acusar de qué.

La premisa de la novela es lo de menos, pero por aquello de un mínimo rigor periodístico, ahí va: un inspector de Hacienda feo, bajo, calvo y con gafas que tiene un blog de reseñas de poesía, mantiene charlas por Skype con el jefe de estado de Corea del Norte, a quien llamaremos simplemente líder para no incurrir en innecesarias faltas de ortografía. Pues bien, el líder ha escrito un libro de poesía que quiere que este pollo valore en su justa medida, para lo cual tiene a no sé quién traduciéndolo contrarreloj. Durante los ocho días que le lleva al mindundi hacer de aquello algo legible, se suceden conversaciones en las que sólo escucharemos a nuestro leal funcionario poner al líder al corriente de las mierdas nacionales a través de su propia experiencia que es a su vez la experiencia propia de cualquiera que se dedique a la poesía.

O casi cualquiera. Porque de lo que se trata es precisamente de denunciar, con cierto humor (he leído por ahí la palabra hilarante pero convendría no hacer el ridículo adjetivando en exceso) todo aquello que es más bien constitutivo de delito. Porque si decir en una obra de teatro “Gora Alka-ETA” se considera un acto punible, maniobrar para apropiarse de fondos públicos debería estar de horca para arriba en el manual del verdugo.

Les cuento, a modo de ejemplo, un caso que en la novela se reproduce cambiando, cómo no, los nombres. Aquí debía ir una cita, pero es demasiado larga y prefiero resumirla, no se me vayan ustedes a herniar. Para los más valientes la dejo en el primer comentario del post (1).  Para los menos, una recomendación: no dejen de echarle un vistazo; en ocasiones hacer justicia exige cierto sacrificio:

EN LA FICCIÓN, el jurado del premio de poesía de León formado, entre otros, por jóvenes poetas de esa ciudad, seleccionó para la gran final diez obras entre las que no se encontraba la de un tal Rubén Rodrigáñez. Juan López Cubero, matón de la poesía española, se indigna y ordena buscar el puto ejemplar entre la pila de desechos, perdón, desechados. Se busca y se encuentra y se incluye y no contentos con eso, se premia. De no figurar a reinar en treinta minutos. Algunos nacen con una flor en el culo pero otros directamente se la ponen con la lengua.

EN LA VIDA REAL, el premio sería el Ciudad de Burgos; Juan López Cubero, Luis García Montero y Rubén Rodrigáñez, Daniel Rodríguez Moya. Esto es muy viejo, pero todavía no ha prescrito. No sé qué hacemos que seguimos confiando en Luis García Montero y no sé qué hacemos que no le hemos quitado el premio a Daniel el travieso o, a modo de castigo, la catedral a Burgos. El premio: 7.200 euros. Edita: Visor. Y olé.

Lo más fascinante es que no ocurre nada. Nada. Es decir, NADA. Que ya hay que tenerlos, también, para ir después dando lecciones por la vida adelante o pretender meterse en política (Montero fue el desastrado candidato de IU a la presidencia de la comunidad de Madrid en 2015) o llorar porque te llaman ladrón. Angelito.

Esta es la mierda más grande que se denuncia en el libro, un poco por el montante del premio y otro poco porque los actores son de sobra conocidos. Pero dejando a un lado la corrupción en los premios, de Los insignes emergen nada más que los pequeños males de siempre: poesía de tontos para tontos; blogs de mediopelo; infantilismo, machismo, feminismo; malas artes; editores que reclaman anticipos a los propios escritores o bien les invitan a comprar trescientos ejemplares, que para el caso es lo mismo; reseñas que se compran y se venden en medios culturales absolutamente desprestigiados pero a pesar de todo leídos y compartidos por autores sinceramente emocionados y agradecidos. Y todo esto sobre una base de egos inflamados y blogs horteras infames plagados de lameculos. Lamentable sí, sobre todo porque son legión y porque a pesar de que la poesía ostenta categoría de género absolutamente marginal, sigue siendo buque insignia de la oferta cultural de ayuntamientos varios.

Pero a cada cual lo que corresponda según su tontería porque si algo queda meridianamente claro, si algo subyace en el texto de David es la (iba a decir idea, pero no) certeza de que al poeta común o a más común de los poetas lo que realmente le interesa, mucho más que escribir poesía y muchísimo más que leer poesía, es publicar poesía, es tener su mierdilibro con su nombre impreso en pan de oro y relieve sobre un fondo de color negro paleto. Y todo para qué. Y todo para nada. Porque ya nadie lee poesía. Ni siquiera los poetas leen poesía. Las ventas son las madres. Las que compran los libros y las que lamentan no haber dado una buena educación al nene o la nena y tener que aguantarlos ahora haciendo el ganso y llamando a puertas de ladrones y mentirosos  y corriendo con sus gastos de autoeditado y financiando su inutilidad, son las mamis.

Y todo lo demás no es poesía, todo lo demás es una burbuja poética que no acaban de explotar; es la mierda de siempre: víctimas que guardan silencio esperando su turno de entrar en una rueda que no deja nunca de girar.