jueves, 24 de mayo de 2018

“El asco” de Horacio Castellanos Moya

En qué momento, pregunto, se le ocurre a uno la genial idea de imitar la escritura de otro para hacerse un libro a medida y llevarse una gloria que no le corresponde aplicando la excusa del sentido homenaje o la manifiesta admiración o mierda por el estilo. 

Me inclino a pensar que Moya era joven y un poco lerdo y otro poco listo, no sé si de menos o de más, cuando, en 1997, escribió y le publicaron una novela que parecía salida de la pluma de Thomas Bernhard hasta extremos que rozaban cuando no directamente se sumergían en lo inconfesable, no digamos ya vergonzante no digamos ya oportunista

«San Salvador es horrible, y la gente que la habita peor, es una raza podrida, la guerra trastornó todo, y si ya era espantosa antes de que yo me largara, si ya era insoportable hace dieciocho años, ahora es vomitiva, Moya, una ciudad realmente vomitiva, donde sólo pueden vivir personas realmente siniestras, o estúpidas, por eso no me explico qué haces vos aquí, cómo podes estar entre gente tan repulsiva, entre gente cuya máximo ideal es ser sargento, ¿los has visto caminar, Moya?, yo no lo podía creer cuando vine, me parecía la cosa más repulsiva, te lo juro, todos caminan como si fueran militares, se cortan el pelo como si fueran militares, piensan como si fueran militares, espantoso, Moya, todos quisieran ser militares, todos serían felices si fueran militares, a todos les encantaría ser militares para poder matar con toda impunidad, todos traen las ganas de matar en la mirada, en la manera de caminar, en la forma en que hablan, todos quisieran ser militares para poder matar, eso significa ser salvadoreño, Moya, querer parecer militar, me dijo Vega. Me da asco, Moya, […] 

Cierto: nadie odia como Bernhard. Cierto: si vas a escribir una novela que refleje tu odio a una sociedad, a un país entero, Berndard, como referente, es impecable. Ahora bien, de ahí a plagiarlo (en el sentido que tiene “apoderarse de algo ajeno”) media un abismo por más que incluyas nota de autor no tanto de disculpa como de reconocimiento aka admiración aka kaka

Leyendo esta novela es inevitable pensar en Bernhard, a no ser, como como el propio narrador explica, que la supina ignorancia de los salvadoreños («Mi nombre es Thomas Bernhard, me dijo Vega, un nombre que tomé de un escritor austriaco al que admiro y que seguramente ni vos ni los demás simuladores de esta infame provincia conocen».) les impida acusarlo de otra cosa que cabrón. 

Que fue básicamente lo que pasó. 

Al igual que ocurrió con los salzburgueses de Bernhard, los salvadoreños de Moya se levantaron en armas, prácticamente quemaron sus libros y se rasgaron todas cuantas vestiduras tenían. Gritaron, despotricaron, se mearon en las tumbas de sus antepasados. Amenazaron de muerte a mamá. Estaba yo fuera, en Guatemala, dice Moya en la Nota de Autor que cierra la reedición que Random House ha hecho ahora de este libro y que veladamente utiliza para vender Moronga, su nueva novela, también de RH, por supuesto no regresé a El Salvador. El Salvador no es Austria. Y en un país en el que sus propios camaradas izquierdistas asesinaron en 1975 al más importante poeta nacional, Roque Dalton, bajo la acusación de ser agente de la CIA, más valía largarse que jugar al mártir

No hay mejor publicidad de que un buen drama. 

Es con esta novela que Castellanos Moya se viene arriba y todo porque alcanza la gloria (entendiendo “la gloria” a salir del anonimato para ocupar primeras páginas de algo, lo que sea, siquiera una vez en la vida); gloria que no le corresponde y de la que igualmente presume pese a que el resultado no pasa de mera replicación de estilo. Moya, que se queda en la superficie de lo que es Thomas Bernhard, se limita y contenta con odiar a todos y a todo, como si esto fuera suficiente, como si Bernhard en El Salvador no hubiera sido capaz de más, mucho más que la mera verborrea de un don nadie demasiado impresionable. 


lunes, 12 de marzo de 2018

“El hombre del revés” de Fred Vargas

Perdonen que entre directamente en materia. 

Me ha llamado mucho la atención lo polarizadas que están o parecen estar las opiniones respecto a Fred Vargas. Me encuentro a quienes no la soportan y me encuentro a quienes la adoran y en menor medida me encuentro también a quienes ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. No tengo nada contra con las opiniones extremas, sobre todo cuando suscitan debates, si no apasionantes, sí, al menos apasionados, ligeramente apasionados, si quieren, pero es que ni siquiera. Tú dices me gusta Vargas y nadie te insulta. Ni en twitter. Menudo desastre. Y además, por qué, me pregunto. Qué es eso que molesta tanto a quienes molesta tanto. Puedo entender qué guste lo que gusta a quienes gusta, tal vez porque si yo fuese balanza me inclinaría por esto, pero ese no soportarlo de verdad que no lo entiendo. Y además me cuesta creerlo. 

Pero yo no quería hablar bien de Fred Vargas. No de una forma tan genérica, al menos. 

El hombre del revés es la segunda o tercera novela protagonizada por el comisario Adamsberg. La primera era, es, El hombre de los círculos azules que leí y de la que ya hablé hace poco más de dos años. Lo que dije entonces fue más o menos lo mismo que pienso ahora de ésta: que bien, que vale, pero que, bueno, en fin, no era para tanto. Entretenimiento, todo; ahora bien, aceptando pulpo como animal de compañía desde el momento que la intuición del bueno de Adamsberg se cepilla mitad y un cuarto de investigación. 

Pero me estoy adelantando y lo hago porque mientras escribo estas bellas palabras leo La tercera virgen, séptima novela del comisario de marras que me han dicho que es buenérrima y no sé qué y donde sí, es verdad, la intuición y la casualidad tienen un protagonismo que roza lo intolerable. 

Pero no no no. Me niego. No es de La tercera virgen de lo que quiero hablar, sino El hombre del revés

Yo si quieren les cuento de qué va la novela pero de verdad que no tiene maldita importancia. 

En una región de Francia de cuyo nombre no logro acordarme empiezan a morir primero ovejas y luego seres humanos. Todo hace pensar primero en un lobo, después en un licántropo. Esto parece una estupidez, pero es lo que hay. Casi toda la novela son unos cuantos detrás del lobo dichoso buscando pistas y dando por hecho demasiadas cosas. A Adamsberg esto lo coge ocupado en otros menesteres tipo esconderse para que no lo castre la loca de turno que quiere vengar la muerte de su nosequién (sujeto caído en desgracia al topar con el comisario), aunque no tardará, movido por la curiosidad y azotado por el azar, en unirse a los cazadores en una búsqueda más propia de horizontes lejanos que de sierras gascuñas o similares. 

Sé que esta forma de contar las cosas no es seria, pero también que transcurridos unos días de la lectura ustedes harían/harán, grosso modo, exactamente lo mismo. O parecido. 

Lo que más me ha gustado de Adamsberg es ese punto extravagante que atenta contra la lógica detectivesca, una ilógica que lo aleja de los habituales y manidos estereotipos de novela americana que tanto nos gusta reproducir aquí cambiando Boston por Teruel o la quinta avenida por la calle Real y que Vargas se atreve a subvertir ligeramente. Es decir, que lo que me ha gustado es que no sea la misma mierda de siempre. Básicamente. También las relaciones entre los personajes, lo personajes mismos y esa querencia que demuestran algunos por actuar en clave de estoy-como-una-puta-cabra

Tiene ese punto que es hoy mi punto. 

Y mañana ya veremos.


viernes, 2 de marzo de 2018

Menos que una reseña de “Kanada” de Juan Gómez Bárcena

Atentos. 
I Premio de las Letras Ciudad de Santander 
XXXIX Premio Tigre Juan (Finalista) 
Premio Cálamo "Otra Mirada 2017" 

Es público y notorio que incluso estos insignificantes premios (en unos casos) o finalismos (en otros) suelen ser medio de juguete y probablemente también medio pactados. Y esto en twitter bien, que ya sabemos cómo se las gastan allí en odios y chupapollismos, pero fuera de las fronteras de la red social de turno tampoco son como para ir tirando cohetes. Con esto quiero decir que a mí me vendes tu novela con esta faja y lo mismo te la tiro a la cabeza. Ahora bien, “me han dado tres premios” es lo mejor que le puedes regalar a tu abuelita en Navidad. Y sigue así, guapiño

Pero a lo que íbamos. 

Mis prejuicios: 
Prejuicio número uno: joven 
Prejuicio número dos: escritor 
Prejuicio número tres: español 
Y prejuicio número cuatro: narración en segunda persona. 
En definitiva: asquísimo
No estoy a favor del genocidio selectivo pero algunos parece que se lo estén buscado. 

Entiendo que se pregunten por qué, a pesar de las señales, he acabado leyéndolo. Yo qué sé. Supongo que pudo la presión. Era abrir la boca tener a cinco recordándote que no has leído a Bárcena, puta maravilla, pierdes el tiempo leyendo mierda, eliges mal, dejas pasar la LITERATURA. Obviando a Chirbes, ninguneando a Bárcena… Y ya. Y, o sea, NO. Pero a mí esto no me vuelve a pasar, lo juro por éstas

Ahora debe ser cuando el listo de turno viene a decirme que tenía que haber empezado por El cielo de Lima, como si eso nos fuera a llevar a una realidad alternativa donde JGB fuese un escritor con talento y no un simple artesano en plena floración. 
Pues bien, ahórreselo. 

Dicho lo cual, hablemos de la novela antes de que se nos borre completamente de la memoria porque ya han pasado algunos días y esto amenaza Amnesia Perdurable

La acción (es un decir) de la novela tiene lugar en Hungría. 
Hungría, como todo el mundo (especialmente Acantilado) sabe, está a reventar de maestros de las letras. Tú le das una patada a una piedra húngara y ya tienes a cinco genios efímeros y supuestamente olvidados haciendo cola en tu Goodreads. Que JGM haya situado la acción allí obedece a dos razones fundamentales: no pilla cerca de Teruel y no habrá reseñista que se olvide de mentar a Kafka. 

Abro paréntesis: instrucciones para leer reseñas de Kanada. Coja un martillo, arranque el ordenador, empiece a leer reseñas y si en alguna de ellas aparece la palabra Kafka golpee el ordenador con el martillo hasta dejarlo completamente inutilizado o bien busque al reseñista por la calle y pártale la cara. 
Ruego disculpen este momento incitación al odio
Cierro paréntesis. 

De qué hablábamos. Ah, sí, de Hungría. Que digo que la acción tiene lugar en Hungría porque de otro modo no pasamos del premio Qué Leer, ejemplo de patetismo máximo. Esto (es decir, lo de Kafka y Terurel) no estoy en disposición de jurar que sea cierto pero encaja tan bien en la Hipótesis que justifica mi actitud abiertamente hostil de hoy que lo voy a proclamar Hecho Consumado desde ya. 

Perdonen que me ande con chorradas pero es que me estoy reservando para el párrafo final que es donde ya saben que se corta el bacalao. 

Hablábamos de Hungría. 

Esto es uno que vuelve a casa, se la encuentra medio rota y aun así se queda a vivir. Si hacemos caso a las señales (cambio de moneda, estado de ánimo, etcétera) debe ser 1945 ergo regresa de un campo de exterminio. Ha salvado el pellejo y siendo ahora como es un tipo de pocas palabras decide recluirse en su viejo hogar, gestionado en su ausencia por un vecino que lo alquila por igual a particulares y revolucionarios, motivo por el cual ya se pueden ir olvidando de callejeos, paisajes otoñales y todo lo que no sean monólogos, interiorismo, imprentas clandestinas y bocadillos de atún. 

La novela —que si no parece conducir a ninguna parte es porque no lo hace— no suscita el menor interés, a poco que uno tenga bueno gusto. Durante la lectura asistí entre estupefacto y resignado a la autodestrucción de un personaje que resultaba irritante en grado sumo de puro hueco. Implicar al lector a golpe de tú no tiene demasiado sentido si te vas a pasar doscientas páginas tirado en un colchón sin plumas dejando pasar las horas mientras el pasillo es un hervidero de vida y subversión. 

JGB es un escritor correcto, podría incluso decir que mejor que la media siempre y cuando no entremos en mucho detalle, no hagamos demasiadas preguntas y el jamón sea ibérico, pero lamentablemente (aquí rompemos a llorar como sauces) peca de lo mismo que tantos y tantos antes que él: aburre. Aburre por la historia, que en ningún momento arranca; aburre por el tono lastimero y melancólico, pero también y sobre todo, aburre por esa eterna y lamentable costumbre de dejarlo todo en manos de la empatía, las amistades y el respaldo editorial. 


miércoles, 21 de febrero de 2018

[Un abandono] 47 páginas de “En la ciudad líquida” de Marta Rebón (Trad. Marta Rebón)

Lo que voy a contar en este post no da para más de un tuit pero me llevo mal con los espacios pequeños.

Verán, ayer empecé a leer a En la ciudad líquida, el libro que Lara Moreno le publicó a Marta Rebón en la subsidiada Caballo de Troya. Y cuando digo “le publicó” lo que quiero decir es exactamente eso: le publicó. Porque este libro o se publica por caridad, amistad o bajo amenaza o no sale del cajón en el que está metido.

Porque no lo merece. Básicamente.

Pero no adelantemos acontecimientos. El caso es que ayer empecé a leerlo. Sé que no me van a creer, y entiendo que no lo hagan por más que esta vez se equivoquen, pero cuando compré la versión digital (hasta ahí podíamos llegar) lo hice convencido, o al menos todo lo convencido que uno puede estar con estas compras, de que me iba a encontrar una obra estimulante o cuando menos interesante sobre la traducción a la vez que, tal como promete la contra, un homenaje a autores como Chéjov, Dostoievski, Pasternak o Nabokov, entre otros muchos. (Sin embargo, y esto ya es defecto del animal, no me creí tanto otra garantía: que la magnífica escritura de Marta Rebón nos ofrecería una nueva perspectiva: su propia mirada del mundo, su elegante voz, su SABIDURA. Las mayúsculas son mías). 

El despropósito vino después, cuando se aseguraba que lo que hay dentro de este libro, NO SE PUEDE EXPLICAR.

Bueno, o sea, a ver, ¡vamos a calmarnos! Claro que se puede. Y tanto que se puede. Verán cómo se puede:

Marta Rebón ha leído mucho, ha traducido mucho y ha viajado mucho. De hecho, antes de llegar a la página treinta ya está uno un poco harto de los muchos libros que ha leído, lo muchos que ha traducido y lo mucho que ha viajado, aunque no fuese más que en metro. Porque de esto trata: de ella paseando por ahí, fingiendo que su vida está empañada de nostalgia y su mirada es la de una errante meditabunda enferma de literatura, remedio para lo cual tenemos de sobra en esta medicina.

Sin restar valor a sus traducciones, que serán todo lo buenas que quieran, me temo que la prosa made in Marta es, de puro afectada, un permanente dolor de muelas. Pero fíjense: ningún problema con esto. La languidez en la escritura es un recurso tan bueno como cualquier otro, recurso que además tiene su público. Me temo. El problema, por llamarlo de alguna manera, es que algún momento alguien, Marta, por ejemplo, pero también Lara (por su condición de editora), cree, bendita ingenuidad, que llenar un libro de citas ajenas y enmarcarlo sobre fondo de callejero y pasión por la fotografía puede ser un valor en sí mismo, que con eso ya llega, que los amantes de la literatura ya sea eslava ya sea lo que sea se conformarán con oír las voces de los grandes maestros de la literatura o conocer el color de la dacha en la que vivían. Pero no. Necesitamos un hilo conductor, un motivo, una razón de ser, de verdad que sí y lo cierto es que la aportación de Marta al texto es mínima, probablemente al no tener absolutamente nada que aportar fuera de cuatro ideas la mayoría de las cuales no son suyas

Para muestra un botón: les reto a encontrar algo de Marta Rebón es este farragoso y repetitivo maremágnum de citas e ideas que transita sin rubor entre la traducción, la escritura o los viajes, como si fueran a la vez uno y trino:

«En realidad, yo veía la traducción como la antesala de la escritura. Quería escribir sin saber del todo bien de dónde venía ese interés y si solo obedecía a una temprana afición a la lectura. Dijo George Orwell que los libros que leemos en la infancia crean en nuestra mente una suerte de falso mapamundi, una serie de países fantásticos a los que podemos acudir en busca de refugio durante el resto de nuestra vida. Entendía, pues lo había experimentado frente a la hoja en blanco, que ponerse a escribir sin haber acumulado vivencias, lecturas y horas malgastadas carecía de sentido. Me apetecía viajar. Mucho más tarde leería unos versos de Elizabeth Bishop en los que se preguntaba si es la falta de imaginación lo que nos empuja a ir a lugares imaginados, en vez de quedarnos en casa. Lo que a mí me seducía del viaje, no obstante, era más bien esta idea de Rilke: «Para dar a luz un solo verso hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, hay que sentir cómo vuelan las aves y saber con qué ademán se abren las flores pequeñas al amanecer». De entre todos los tópicos literarios, pocos me atraen tanto como el del homo viator, el hombre como viajero. El que viaja suele sentir la necesidad de escribir el viaje y de homo viator pasa a homo scribens. ¿Es que no son con frecuencia sinónimos? ¿Acaso el mundo no es un texto que aguarda nuestra interpretación? En la Antigüedad el individuo descubría su verdad, dice Claudio Magris, atravesando el mundo. Mediante su confrontación con él, esa verdad, al principio solo potencial y latente, se traducía en realidad.
Bruce Chatwin, el infatigable escritor de viajes cuya vocación literaria estaba íntimamente ligada a ese mal, según Pascal, de no ser capaz de estarse tranquilamente sentado a solas en una habitación, se preguntaba por qué los hombres vagan por la tierra en lugar de quedarse quietos. El inglés, que en un lúcido autodiagnóstico confesó padecer eso que Baudelaire llamaba la gran maladie: horreur du domicile, recogió en Anatomía de la inquietud una reflexión del historiador árabe Ibn Jaldún acerca de la inocencia original que persigue el viajero: «Los nómadas están más cerca del mundo creado por Dios y más lejos de las costumbres censurables que han infectado los corazones de los asentados».

LA ÚNICA idea (o sea, “idea”) que parece propia (y por repetitiva, ojo, no por original) es aquella que tiene que ver con la necesidad de convencer al lector de que el acto de traducir deriva necesaria e inevitablemente en el de escribir y que, tal vez ósmosis, un traductor de pasternaks o dostoievskis ha de ser por fuerza un escritor a la altura de Pasternak y Dostoievski. 

«Edith Grossman, que ha vertido al inglés obras como El Quijote o El amor en los tiempos del cólera, se pregunta por qué la traducción importa a los traductores, a los autores y a los lectores y por qué no a la mayoría de los editores y reseñistas de libros. Dice que los traductores profesionales se ven a sí mismos como escritores y concluye: «Creo que estamos en lo correcto al considerarnos así» […] Traducir y escribir, sin embargo, son ramas de un mismo árbol. Muchos autores aprendieron su oficio haciendo traducciones, y viceversa. Y, aunque se deslicen errores garrafales en textos traducidos (¿quién en esta profesión no ha cometido pecados?), casi siempre es más lo que se gana con la traducción que lo que se pierde. Al fin y al cabo, hasta que una obra no se traduce a otras lenguas no puede pasar a formar parte de la literatura universal».

Y así todo. Pónganle música a esto: yo soy traductor, traductor, traductor; yo soy traductor, traductor y escritor. Y una vez convertido en tal (se es, parece, antes incluso de ser), ya sólo queda rescatar los moleskines de los viajes, plagados de anécdotas, de calles de subida y bajada, de esquinas, de bellos paisajes, de referencias biográficas; los cientos de citas guardadas, correctamente archivadas y las fotografías, de mesas, de ríos, de dachas. Y con esto hacer un libro y enviar un mensaje: TRADUCIR ES ESCRIBIR Y ESCRIBIR ES ESTO.

Y NO.


viernes, 16 de febrero de 2018

Nuevo y mejorado catálogo de Mejores Intenciones [v.2018.01]

¿He vuelto? No sé. Igual sí. Razón, aquí (o sea, más abajo). Podría mentirles (seguramente lo haga). Podría mirarles y decirles a la cara: sin ti nada es lo mismo; o bien: me alimenta tu odio o soplapollez similar. Y sería mentira o sería verdad o sería Epiménides redivivo.

Pero supongamos que es cierto: que no echo de menos el blog. Digamos que no escribo porque no me da la gana o porque no tengo nada que aportar o porque prefiero hacer otras cosas o porque tengo menos tiempo o menos humor o menos café que antes. O admitamos (o y admitamos) la cruel realidad de que este blog, fuera de su afán justiciero y, toda vez que parece haber renunciado a la literatura española (si les parece otro día profundizamos en esto), prácticamente carece de sentido. Porque, seamos sinceros, quién se cree a un señor que sólo habla favorablemente de los libros que lee o simplemente le hacen llegar o a quién le importa un carajo lo que tenga que decir el enésimo don nadie sobre el puto Faulkner, si probablemente sobre el puto Faulkner ya esté todo dicho, máxime cuando su opinión no va a diferir un ápice la opinión general.

Y sin embargo.

Y sin embargo, y una vez superados el desinterés y la apatía y la falta de tiempo y tantas otras adversidades que a partir de hoy harán de mí poco menos que un titán, no me resisto a volver. Y no me resisto porque creo pienso se me ocurre qué cuanto menos escribo, menos leo. Igual no, y estoy haciendo el tonto pero por probar…

Pero.

Pero las cosas como son: he perdido el hábito. Y además no me apetece comentar nada en concreto. De modo que, un poco tarde mal y arrastras hoy toca post de relleno. Ya saben, la típica memez que acostumbraba a escribir a comienzos de año, donde hacía un resumen de los propósitos para el año entrante, propósitos que sistemáticamente incumplía. Este año, lo juro, no será una excepción.



2018

Media febrero, oteo el horizonte y no veo nada. Pero NADA. 2018 va a ser un completo desastre, lo estoy viendo. Como 2017, por otro lado, o 2016, o 2015. O. Vista con perspectiva, nuestra literatura es una sucesión interminable de completos desastres. Como será de malo que este año (tras el de Aramburu y el de Marías) la etiqueta de mejor novelista vivo en lengua castellana volverá a llevarla ¡Antonio Muñoz Molina! Mientras tanto, a su derecha (a la derecha de cualquiera, en realidad), Mario Vargas Llosa publicará un ensayo que a nadie le importa y nadie leerá pero que, Alfaguara mediante, copará portadas varias y elogios miles. También Millás saca libro. Y luego que si Somoza, Salmón, Padura… O sea: te meas. En la cara B y completamente ajena al sentido del gusto, la narrativa extrajera proclama a voz en grito su buena salud gracias a las aportaciones de Stephen ospresentoamihijo King, Margaret estoydemoda Atwood y cuatro trasnochados más tipo Pamuk o no sé quién.

O sea, que está la cosa para pedir suicidio.

De ahí que entre mis planes, fuera de un par de novedades tipo el Goncourt que publicará Tusquets y alguna debilidad personal prácticamente inconfesable, se limiten este año a rescatar novelas publicadas en pasados más o menos recientes. A saber: 

El Solenoide de Cartarescu, ahora que se ha superado la fiebre por la supuestamente mejor novela del milenio; Celine; Connolly y su Charlie Parker no sé si doce o trece y tal vez Auster, ya no sé porque cada día me apetece menos. Y, como no, Bernhard: que si autobiografía, que si Corrección…. Vollman y su Europa Central o su La familia Real. Me juro leer cada año un Ford, versión Bascombe; y un Roth y otro Roth, o sea, el de La marcha de Radetzky y el de El teatro de Sabbath. ¡Y Nabokov! Abriré campaña: Ningún año sin Nabokov. Ídem para Faulkner siempre Faulker, porque Faulker es Dios y tal. Anoto, también, al triste e inexplicablemente ignorado (por un servidor) Roszak. Y volveré a ¡Dostoievski!, una vez más y después de tanto tiempo, a sus demonios, a sus crímenes y sus castigos; y a Henry James, de quien tengo todavía pendientes tantos relatos y tantas novelas y a Sterne, eterna cuenta pendiente número diez mil. ¿Y por qué no Tolstoi o Flaubert, (creo que aprovecharé la reedición de La educación sentimental que acaba de sacar Alba al balcón para rescatar mi ejemplar de Valdemar). También volveré a prometer que leeré alguna novela de Pynchon y que me pondré definitivamente con la saga de Martin du Gard o con el final de alguna trilogía de James Ellroy. E incluiré en esa lista, en un acto de generosidad sin límites, a Oates y Tartt y Carter, aunque no sé yo si en este campo de nabos habrá espacio para ellas. Y me juro y me perjuro volver a Conrad, a Stevenson, a Mann

Pero miento, sólo yo sé lo que mucho que miento. Miento lo indecible y miento con placer. Miento con un hemisferio mientras el otro hace planes para abandonar, en la media de lo posible, la narrativa en favor otro tipo de lecturas que acaben de una vez con este apatía, ya supongo que temporal, por la ficción; apatía que nació en lo patrio pero que poco a poco ha ido arrasando con el resto. 

Me gustaría mostrar algo más de entusiasmo por lo que se va a publicar de aquí a diciembre y llenar esto de nombres propios, títulos y editoriales pero lo cierto es que no puedo. Y no puedo fundamentales porque no sé cuáles serán y lo poco que he visto no me ha interesado gran cosa por no decir absolutamente nada, a excepción, tal vez, de GB84 la nueva novela de David Peace (Hoja de lata) que, al igual que el ensayo de reciente publicación que comentaré más abajo, El enemigo interior, guarda una estrecha relación con el conflicto minero que Sindicato de tal mantuvo con Margaret Thatcher en 1984.

En cualquier caso, les agradeceré sugerencias siempre y cuando estás sean estimulantes y no producto de su imaginación. Gracias.

El caso es que mientras leo a Kawabata y planeo sacar de la biblioteca La visita del médico de cámara a Per Olov Enquist, aprovechando que lo acaban de reeditar los de Nórdica, anoto con frenesí otras opciones tan o más apetecibles que cualquier otra cosa que pueda tener entre manos de aquí a final de mes y me juro leer un diez, un veinte, tal vez un treinta por ciento de todas ellas: El ojo del observador (Acantilado), de Laura J. Snyder (entre manos, ya); De matasanos a cirujanos, de Lindsy Fitzharris (Debate); Mujeres y poder de Mary Beard (Crítica); SPQR, también de Beard (Crítica); Contar es escuchar de Ursula K. Le Guin (Círculo de tiza); El enemigo interior de Seumas Milne (Alianza); de Sarah Bakewell, El café de los existencialistas y Como vivir o una vida con Montaigne (Ariel); Creer y destruir, de Christian Ingrao (Acantilado); Contra toda esperanza de Nadiezhda Mandesltam (Acantilado); El gran asombro de Jeanne Hersch (Acantilado); La revolución rusa, de Orlando Figes (Edhasa); 1914 o 1919 de Margaret MacMillan (Turner); Nueva ilustración radical, de Marina Garcés (Anagrama); La gran hambruna en la china de Mao, de Frank Dikotter (Acantilado); Ensayos de Elwyn Brooks White (Capitán Swing); La lucha por el poder Europa 1815-1914 de Richard J. Evans (Crítica); Stalingrado de Jochen Hellbeck (Galaxia Guttenberg); Vida amorosa de Charles Baudelaire de Camille Mauclair (Wunderkammer), etcétera, etcétera, etcétera.

Ya ven. Nada de Marías, nada de Prones, nada de Bárcenas. Nada de Millás ni de Molinas ni Aramburus. Nada de los de siempre, en definitiva. Nos conocemos lo suficiente para saber que la literatura está en otra parte.