miércoles, 19 de septiembre de 2018

[Un abandono] 283 páginas de “El club de los mentirosos” de Mary Karr

En honor a la verdad he de reconocer que no tengo absolutamente nada interesante que decir (no digamos ya “aportar”) pero tampoco quiero dejar pasar esta oportunidad que se me ofrece hoy de ser breve. 

Vaya, pues, como crónica o advertencia, más que como un análisis que ni se merece ni me interesa. 

Hoy la cosa va de autobiografiarse la infancia (tal vez algo más que la mera infancia, pero les recuerdo que he dejado el libro a medias, justo cuando llegaba lo mejor, seguramente): niña nacida en Texas tiene madre medio loca y padre medio cuentacuentos en tasca de barrio, actividad esta a la que se refiere la autora cuando habla de El club de los mentirosos: papá, tralará, contando historias, tralarí, de su pasado, tralará, y dejándolo todo perdido de mentiras e inexactitudes. Tracatrá. 

Pues así mitad del medio libro que leí. 

El otro medio es ella hablando de sí misma en relación con su madre, su hermana y la coja hija de puta esa que tiene por abuela, con diferencia lo mejor. Es todo uno salir la vieja del libro e irse todo a la mierda. Empezando por la madre, esa mujer hiperdramática a la par que enigmática que tras el inesperado trauma decide darse a la bebida (cuanto tu vida es un tópico, Mary Karrmen) y dejarse llevar no se sabe si por la depresión o simplemente la pereza. Lo que viene siendo vivir siempre en domingo pero con hijos a cargo. 

Es asombrosa la facilidad con que la narración pasa de momentos absolutamente brillantes tanto de forma como de fondo (y eso pese a el exceso de memoria del que en todo momento hace gala la niñata, lo cual hace poco o nada creíble gran parte de la historia) a la mediocridad de secuencias absolutamente tediosas y absolutamente infumables y absolutamente banales tipo “un día de tornado” o “vamos a cruzar un puente y a ver si no chocamos porque mira qué borracha está mamá”. 

Yo entiendo que si no te pasa nada digno de interés pues no te pasa nada digno de interés pero entonces Karrmenchu, ¡pa que te metes! Ni que fueras David Foster Wallace. 

Ah, que casi. 

Bueno, pues nada, tú misma. 

El libro termina cuando yo lo dejo, esto es, camino de Colorado. O sea: ¡mudanza! Lo veo venir: esto le va a dar a la Mary para tres episodios y medio con: dos crisis existenciales de cinco minutos; enésimo cuento de papá sobre caza de especie local; paseo por estanque con muñeco de trapo y amago de suicidio colectivo sin consecuencias apreciables fuera de la caída de stock etílico del bar de la esquina. 

Me parte el alma dejar un libro tan avanzado (qué me costaría, verdad, terminarlo) pero más alma me parte aburrirme soberanamente.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

“4 3 2 1” de Paul Auster

Escribo estas líneas cuando todavía no han transcurrido 24 horas desde que terminé esta novela. Desde entonces ya he leído las primeras cincuenta páginas de “El club de los mentirosos” de Mary Karr, he avanzado unas treinta de “El último Samurái” de Helen Dewitt que había empezado unos días antes, y he visto quince o veinte minutos de una película mientras tomaba un yogurt. He tenido incluso tiempo de echarme unas risas con el discurso Viva el Rey de Pablo Casado o las excusas de la ministra de Sanidad respecto a su máster. Con esto no busco abrirles la puerta de mi intimidad, ni mucho menos, lo que único que quiero es ofrecerles una imagen mental de lo profunda que es la huella que me ha dejado Auster con este libro (el libro para el que, tal como afirmaba en alguna entrevista, llevaba preparándose toda la vida), huella que, se habrán dado cuenta, ha sido más bien pequeña, apenas una sombra de lo esperado. 

La cosa va de narrar cuatro vidas, obras y milagros de entre todas las posibles, esto es, infinitas, de la misma persona (el joven Ferguson). Sería algo así como la versión para adultos de los clásicos What if. Hasta aquí nada que objetar, tiene su gracia ver cómo pueden ser las cosas según tomes o tomen por ti determinadas decisiones. Es así que puedes ser millonario o pobre como una rata; enamorarte de tu prima, tu hermana o tu vecina; casarte joven o ya no tanto mayor; tener un hijo o varios miles, vivir aquí o allí, estudiar o no, vivir o no. Cuatro opciones, cuatro vidas. Mil páginas. 

El problema es que las mundanas andanzas de Ferguson, el protagonista, carecen del interés suficiente para defender por sí solas una novela de estas características, por mucha revisión histórica que se plantee, por mucho que se hable de literatura, periodismo o béisbol. Las vicisitudes del joven Ferguson son demasiadas veces demasiado prolijas y a pesar de que, es verdad, el estilo de Auster es impecable, acaba resultando cansino de puro ajeno tanto drama, tanto amor no consumado, tanto Vietnam y tanta hostia. 

Auster ha escrito una gran novela, de eso no cabe duda, pero me temo que no será nunca recordada como su mejor novela por muchos años y mucho esfuerzo que le haya dedicado, por mucho de sí mismo que haya puesto en ella, básicamente porque dentro de unos años, pongamos cinco, pongamos diez, cuando alguien nos pregunte de qué trata ese ladrillo que ocupa tanto espacio en la estantería, no seremos capaces de decir otra cosa que cuatro vaguedades tipo mencionar un niño, la vida de un niño o más bien las cuatro vidas posibles de un niño de entre uno y 20 (¿o eran treinta?), nada especial, solo su vida y cómo ésta puede cambiar por más que nosotros sigamos siendo, de algún modo, siempre los mismos. 

Qué coñazo, nos dirán. Y seguramente , responderemos, aunque no guardo un mal recuerdo, etcétera, al fin y al cabo si la terminé, algo tendría y demás excusas habituales. Después seguiremos revisando la estantería en busca de un libro que se ajuste más a aquello que nos pide el cuerpo en aquel momento, tal vez esto, lo otro, o lo de más allá, tal vez simplemente algo entretenido que no sea como un parto.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

“Contra la lectura” de Mikita Brottman

¡Extra, extra!, se confirman los rumores: Blackie Books se ha especializado en soplapolleces. 

Hoy, un ejemplo perfecto. 

Contra la lectura son 168 páginas dedicadas a que alguien nos recuerde lo que ya sabíamos: que sólo debemos leer cómo y cuándo apetezca, que ni clásicos ni leches y que todos los slogans de fomento de la lectura no valen ni el papel en el que están escritos. Y que si lo nuestro es leer, la literatura no va a salvarnos la vida: ni nos hará ricos ni nos hará mejores personas (suponiendo que busquemos semejante cosa en semejante sitio), por lo tanto, vamo a calmarno

«Permitidme dejar las cosas claras: no hay libros que «debáis» leer. Seguid mi consejo: si os aburre, no lo pilláis, os resulta soporífero u os provoca dolor de cabeza, dejadlo y pasad a leer otra cosa. Incluso este mismo libro: si no os interesa, ¡dejad de leerlo ya mismo! Abandonadlo, pedid que os devuelvan el dinero, regaládselo a un amigo o tiradlo por la ventana. Sinceramente, me trae sin cuidado». 

Por esta tontería y dos horas de un tiempo que jamás podrán recuperar, damas y caballeros, Blackie Books les va a cobrar 17 euracos. 

Avisados quedan. 

Que sí, es verdad: nunca está de más que nos recuerden que no pasa nada por dejar un libro para siempre a medio terminar; o que la primera norma de un club de lectura ha de ser perderle el miedo a lo que está por venir, desmitificando lo que sea, Tolstoi incluido, o que, efectivamente, tenemos que llevarle una vez más contraria a los agoreros de turno que insisten en anunciar la enésima muerte de la literatura, al menos mientras no contemos con el aval de las cifras oficiales que hablaban de 150.000 libros publicados en 2002, año en el que la NEA realizó una encuesta llamada “La literatura está en peligro”. 

«[…] creo que la importancia de la lectura (por no hablar de la escritura) está muy sobrevalorada, y a lo que en realidad deberíamos prestar atención, en un mercado abarrotado y ahíto de libros, no es a la muerte de la lectura, sino a la muerte del criterio. Es relativamente fácil adquirir el hábito de la lectura; es mucho más difícil llegar a ser un lector exigente y con criterio» [John Sutherland citado por Mikita Brottman]. 

El resto del libro es una suerte de autobiografía de una lectora compulsiva que un buen día descubre que tanto libro y tanto recluirse en el desván y tanto drama inglés la estaban sumiendo en un autismo del que logró escapar por los pelos y de ahí la lección y de ahí este libro y de ahí este desastre mayúsculo de señora venida a más. 

Contra la lectura es también una crítica (me gustaría decir “mordaz” pero ni eso me concede) a los bibliomaníacos. Ya saben, esa gente que es más aficionada a los libros que a la literatura, esto es, que prefieren el continente al contenido que es exactamente lo contrario de lo que ocurre con los bocadillos de calamares. Se trata de gente que no merece mucho más que estas líneas que les acabo de dedicar aunque se ve que Mikita ha debido ver en ellos un filón que yo no y de ahí las chorrocientas páginas que dedica a Art Garfunkel, ejemplo perfecto de lo que ella considera un bibliomaníaco de manual, todo lo contrario que su profesora, que al cabo de su vida no tenía un triste libro en casa, motivo éste de sincero y justificado desprecio en aquellos días en los que Mikita sentía la necesidad de mirar por encima del hombro a quienes no adornaban sus estanterías con ediciones en piel de novelas ejemplares. 

«De modo que, ya veis, aquí estoy machacando a una persona por no tener libros en las estanterías y menospreciando a otras por tenerlas llenas de ellos. Pero las viejas costumbres tardan en morir, y es casi tan difícil no juzgar a alguien por los libros que tiene (o que le faltan) en las estanterías como no juzgar un libro por la cubierta». 

Una parte importante de este libro (libro que, como habrán adivinado, nunca llegará a ocupar espacio en mi estantería) es una “apasionante” (no sé si se aprecia el sarcasmo) encuesta que la escritora hizo a cincuenta y seis lectores adultos «de todas las edades, británicos y estadounidenses a partes iguales, académicos y “legos”» en la que les formulaba las siguientes preguntas: qué libro estás leyendo; cómo eliges el siguiente; si los terminas, si los dejas a medias o que si cuántas páginas necesitas para tomar esa decisión; si sueles diferencias entre trabajo y diversión; si relees y cuánto y pon ejemplos, por favor, amor; si lees en transportes públicos; si recuerdas alguno que te hiciera reír o llorar. Que dónde compras los libros, que cuánto gastas. Que qué de qué. Hasta aquí todo medio normal, las preguntas típicas que los aficionados a la lectura están deseando contestar para demostrar lo que sea que necesiten demostrar. Pero no contenta con eso, Mikita sigue preguntando: ¿usas marcapáginas o doblas por una esquina las páginas?, ¿tomas notas en los márgenes? Si es así, ¿usas lápiz o bolígrafo? ¿A qué velocidad lees? ¿Lees por encima a toda marcha o te detienes para ir saboreando las frases? ¿Cuándo y dónde lees mejor? 

En este plan. 

Lo juro por San Faulkner. 

Las repuestas (¡claro!) son todo lo variadas que pueden serlo las personas: se lee de todo, a todas horas y en toda partes; unos dejan libros, otros no; unos doblan las esquinas, otros no; unos gastan lo que no tienen, otros van a la biblioteca, etc. La encuesta no tiene conclusión básicamente porque no puede tenerla pero aun así la bella de corazón Mikita Brottman concluye que lo mejor es lo que más se parece a lo que viene siendo ella misma y sus circunstancias y sus manías lectoras ya más que superadas. 

Llegado este punto uno ya no sabe si seguir leyendo o directamente prenderle fuego, que es al fin y al cabo lo que merece este puto libro que navega entre lo presuntuoso y lo ridículo y que termina como terminan aquellos libros que piden a gritos ser abofeteados. 

«Y ahora que habéis llegado al final del libro, cerradlo. Esperad un rato antes de comenzar el siguiente.
Podría suceder cualquier cosa.
¿Qué creéis que será? » 

Tal vez leer Moby Dick no nos haga parecer más guapos pero al menos (léase este caso) no nos hará parecer imbéciles.



martes, 21 de agosto de 2018

“Conjunto vacío” de Verónica Gerber

Pienso en leer esta novela el día que alguien, no importa quién, la recomienda. La busco, la encuentro, aplico criterio de prudencia y la guardo. Espero un mes, dos, seis. Espero un año. Espero más. Vuelvo, me intereso, abro la web de la editorial y leo que ha sido Premio Cálamo 'Otra mirada', 2017; considerada mejor novela publicada en México de 2016; que ha recibido una mención honorífica en el Concurso Nacional de Ensayo sobre Fotografía organizado por el Centro de la Imagen, 2014 [sic] y el tercer Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en 2013.

Sé lo que están pensando: HORROR. 

Tal cual. 

Con todo, sigo leyendo. 

Asegura la editorial que esta cosa ha sido «reconocida por críticos y escritores como la mejor novela publicada en México el año pasado» pero sin llegar a decir cuáles (aunque intuyo que los adalides del estupor llamados Vicente Luis Mora y Patricio Pron tienen mucho que ver en esto) ni ofrecer un triste enlace, no vaya a ser el demonio que caigamos (los demás) en la cuenta del (su) error. 

Amparados por el “soy una escritora que dibuja” o como la misma Verónica asegura en la biografía que acompaña sus obras de arte, mamá soy “una artista visual que escribe”, críticos y escritores como Vicente, Patricio y tantos otros, no han tardado ni media hora en lanzarse al escenario a bendecir el dislate con sus delirios habituales para mitificar un libro cuya mayor virtud es el garabato porque sí con la esperanza de, tal vez de algún día, recibir un trato similar si acaso acaban, como parece que Veronica empieza, dejando sus libros perdidos de “corazoncitos” y demás inmadureces

No voy a hacer el esfuerzo de resumir la historia de una novela que prácticamente carece de ella puesto que, tal como pretenden asegurar sus valedores —ejemplos de posmodernismo donde los haya— sus méritos residen en los márgenes de la literatura, que es precisamente el espacio que tengo reservado yo para vomitar. 

Se ve que Verónica Gerber decidió un buen día unir un par de inquietudes con serios problemas de conciliación (a saber: el tiempo, los principios y finales en la literatura, las matemáticas, el arte, el exilio, el amor y la biblioteconomía, por citar sólo algunos) con su poco talento para el dibujo y más que relativo ídem para la escritura. El resultado es gente como José de Montfort hablando para Fronterad de «novela sobre los límites, sobre su invisibilidad, sobre la incapacidad de alcanzarlos y –en última instancia- un lamento sobre la infinitud de todas las cosas», que es un poco no decir nada y cualquier cosa al mismo tiempo o el antes mencionado Vicente Luis Mora viniéndose arriba en un artículo de una erudición un tanto forzada (en el que por supuesto no olvida auto referenciarse) que sospecho escribe única y exclusivamente para dar salida a una verborrea largo tiempo acumulada frente al temor de que ésta pueda enquistarse y fulminarlo fulminantemente así como para reabrir caminos antaño explorados y ya cerrados, que al final es para lo que acaban sirviendo este tipo de eventos. 

El resultado es una paja mental prima hermana de aquella que perpetró Alicia Kopf con Hermano de hielo, enésimo experimento fallido de las Nuevas Generaciones del Tedio, un ejercicio de languidez de quien no teniendo nada que decir es incapaz de callarse la boca del que hablamos aquí hace algún tiempo y que también terminaba con un viaje a los hielos para cartografiar la desidia de quienes tuvimos la osadía de “orillarnos a sus márgenes”. 

El problema es el de siempre: que mientras unos ven lo que quieren ver otros (tormento de clarividencia) lo vemos tal como es. Sean fuertes, por un lado oirán hablar de espejos, agujeros negros, puzles y física especulativa, de circularidad y demás basura espaciotemporal y por otro les tacharán, con total seguridad, de superficialidad cuando no directamente ignorancia por ver en lo de Verónica un artefacto ligero cuando «leído en su aguda complejidad, como es recomendable, resulta tan terrible como un niño que arranca por simple curiosidad las patas a una hormiga» (Vicente dixit), que como cumplido es lo más cutre que he visto en años. 

Nada tengo contra la complejidad en la literatura, lo juro por Joyce, excepto cuando esta se tiñe de pretenciosidad, vacuidad y mera apariencia; cuando, amparada y avalada por el elogio gremial gratuito, demuestra tener poco o nada que ver con el arte y mucho con la masturbación, la única práctica asociada a la literatura que, lamentablemente, no acaba nunca de alcanzar la tan esperada decadencia. 



jueves, 16 de agosto de 2018

Una reflexión en torno a “La novia gitana” de Carmen Mola y los lectores veraniegos

Hoy toca post de batalla. 

Inicialmente esta iba a ser la reseña de Plataforma y todo porque esa novela de Houellebecq encajaba como un guante en la dinámica del post. Con esto quiero decir que funcionaba muy bien como terapia frente a las extenuantes e invasivas recomendaciones de aquellos que ven en subproductos editoriales de temporada excelencias que no existen. En muchos sentidos Plataforma era una patada en la boca de esos pastores de ovejas que mantienen el rebajo alejado de pastos más verdes creyendo que los tristes ovinos, de puro idiotas, no sabrían valorarlos. 

Que igual sí, pero hasta yo me doy cuenta que está feo prejuzgarlos incapaces o desinteresados, que es a la postre lo que está pasando. Y no te cuento, ya, lo feo que está aprovechar la reseña de una novela que más que gustarnos nos ha entusiasmado para tirar piedras a tejados de blogs ajenos con intención de quebrarlos, pero es tal la urticaria que éstos nos provocan con sus injustificables mamadas y clasismos varios que la sola idea de dejar pasar la oportunidad hacer algo de ruido se me antoja del todo insoportable (es un decir). 



Pese a la remota posibilidad de estar equivocado, me gusta pensar que todo lector es un lector potencial de Faulkner. Faulkner tiene fama de difícil y un poco ladrillito. No es cierto. En realidad más que difícil, es exigente. Bueno, vale, admitamos que tal vez sí sea un poco peleón, pero si lo es, lo es única y exclusivamente por esa exigencia que acabamos de mencionar, lo cual es un problema relativo. El verdadero problema sería el lector y más concretamente cierto tipo de lector, su educación y sus hábitos malsanos, a saber: esa costumbre borreguil de creer que, por ejemplo, la literatura de género, también llamada de entretenimiento, es de alguna forma incompatible con esa otra narrativa menos genérica que es acusada día sí día también del más rancio elitismo, narrativa de la que, parece, es necesario huir si uno quiere “disfrutar” de la lectura y “relajar el cerebro” con algo ligero sobre todo en verano, con el sano objetivo de “entretenerse” porque, claro, ya los inviernos Schopenhauer en bucle. 

Seguro que a todos no gusta hacer el gilipollas y perder el tiempo con chorradas que no conducen a ninguna parte, ya sea en cine o literatura; dejarnos llevar por argumentos e historias que se repiten hasta la extenuación leyendo sagas o viendo series infinitas de enésimas e idénticas temporadas, pero creer o dar a entender o simplemente insinuar que hay lectores que sólo pueden disfrutar de ese tipo de literatura de tercera porque la otra no es tan fácil, es tal vez dar por hecho demasiadas cosas e insultar a demasiada gente al mismo tiempo. 

No quiero colgarme medallas que no me corresponden pero, maldades aparte, desde esta medicina hemos disfrutado siempre mucho poniendo en evidencia aquellos productos tóxicos que eran y son vendidos como supuestas maravillas tanto por los fabricantes como por sus serviles perroflautas, ya fueran estos profesionales ya fueran estos lo que fueran. Siempre hemos defendido que escritores como Gaddis o Faulkner, pese a su dificultad, eran infinitamente más satisfactorios que el alfaguara de turno del agosto del año que tengan a bien elegir. 

Si ustedes prefieren hacer caso a quien les recomienda leer Carmen Mola antes que a Houellebecq es asunto suyo pero jamás permitan que ese alguien les diga que hay una razón para ello, esto es, que está plenamente justificado. Elitismo no es creer que hay una literatura mejor que otra, básicamente porque es esa es una realidad que no admite duda; elitismo es creer que hay lectores para la una y que hay lectores para la otra, sin concederles siquiera el beneficio de la duda. 

Es verdad, uno no puede pasarse la vida leyendo novelas de Barco de Vapor colección naranja por muy oscura que ésta sea (y por mucho que Alfaguara la enmascare con portadas para adultos) y luego afrontar El ruido y la furia con la tranquilidad de un buda, pero hay ejemplos de términos medios para aburrir, también en Faulkner y si no que se lo digan a Santuario o Luz de Agosto, que mean por encima de cualquiera que elijan como la mejor novela negra de los últimos diez años. 



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Todo este discurso tiene su origen en una discusión surgida en Facebook a raíz del comentario de una reseña en la que se recomendaba la lectura del libro de Carmen Mola, La novia gitana, a todo el mundo (excepto unos cuantos, como supe después) pese a que (de esto también me enteré más tarde, ya que en la reseña se dice lo contrario) no es ninguna maravilla aunque sí mejor que otros (sin llegar a aclarar nunca cuáles). 

Es decir, que este libro de calidad cuestionable es bueno para cierto sector y no tan bueno para otro, siendo el primero (intuyo) el grupo al que se adscriben lectores ocasionales de verano y habituales de la novela negra (ergo exigencia cero) y el otro todos aquellos que creen que en la literatura de género todavía es posible no faltarle el respeto a la inteligencia ofreciendo productos que, sin necesidad de aportar grandes novedades, alcancen unos mínimos de calidad aceptables. 

Que es exactamente lo contrario de lo que ocurre en La novia gitana. 

La editora de Alfaguara Negra, María Fasce, habla de libro poderoso incluso de novela extrema, claro que esta señora cobra por decir esas cosas. Juan Carlos Galindo, de profesión borreguismo servil, no contento con el despropósito, habla (como quien habla del tiempo) para El País de ruptura de convencionalismos, de estructura sólida o de clásico policial y saca a colación ilustres desconocidos como Banville o Pynchon aprovechando el anonimato de la escritora, enésimo atractivo para muchos. Lo de los blogs ya directamente clama al cielo: cualquiera diría que se han propuesto demostrar que las mayores virtudes de la novela son precisamente sus mayores defectos: los personajes, estereotipados hasta la náusea o con la profundidad de un plato de sopa; la trama, lineal, sin aristas, más simple que el mecanismo de un botijo y la tan cacareada lectura ágil (¡ese ritmo!), adictiva y, cómo no, ¡veraniega! 

Entonces abres el libro y te encuentras, página sí, pagina también, lindezas como esta: 

— ¿Has descubierto ya algo, Buendía?
— Te estábamos esperando para empezar —la recibe el forense con todo listo—. De momento solo la hemos examinado por fuera. 

Donde “por fuera” sería jerga forense especializada válida tanto para jarrones chinos como para seres humanos y “con todo listo” una forma como cualquier otra de ahorrarte un par de tediosas líneas (práctica habitual en el libro) describiendo utensilios que vete tú a saber cómo se llaman o qué órgano extirpan. 

Mola ha escrito un libro infame, que parece redactado por un bachiller avispado durante la clase de matemáticas; Alfaguara lo ha publicado y la cohorte habitual lo ha ensalzado, elogiado, recomendado. Todo un clásico del verano. Luego llegará el lector despistado y creerá que efectivamente no está mal, al fin y al cabo ¿cómo va él a llevarle la contraria a tanto profesional del medio? ¿Cómo puede un escritor tan humilde como para mantenerse anónimo en un gremio especializado en egos inflamados no ser absolutamente genial o absolutamente amoreterno

Me juego un huevo y parte del otro a que esta basura ha sido escrita por un “negro” —que la editorial tenía en nómina o ha encontrado tirado en un rincón—  al que sentado a escribir novelitas de manual con el fin de conseguir un Dicker español que les ahorre los costes de traducción y promoción habituales en escritores de carne y hueso. Entrevistas exclusivamente por correo electrónico, cuatro reseñas aquí y allí, lectores perezosos y conformistas que alimenten el boca a boca... Y a vivir. 

Exitazo, claro. 

Y luego, en otoño, con la rentrée, nos quejaremos del nivel, Maribel, y clamaremos al cielo y lamentaremos que ya no haya buenos y grandes editores, y nos preguntaremos qué ha sido de Anagrama y su buen gusto; qué está pasando con la LITERATURA, gritaremos, y abriremos cienes y cienes de post en redes sociales preguntándonos unos a otros dónde dónde ¡dónde está el problema! cuando todo el mundo sabe que el problema es Faulkner, que es muy difícil. 

lunes, 13 de agosto de 2018

Breve nota de urgencia sobre “La prueba” de Agota Kristof

Sin temor a equivocarnos podríamos decir que en el mundo hay dos clases de personas: aquellas a las que les gusta esta novela y aquellas a las que no. 

Pues bien, jamás se fíen de los primeros. 

Hace tiempo, cuando aquí éramos prácticamente unos adolescentes, hablamos de El gran cuaderno, una primera novela asombrosa y genial que abría una trilogía que si tiran de segunda mano pueden ustedes encontrar agrupada en el volumen llamado Claus y Lucas. La cosa iba de dos niños que eran abandonados en casa de su abuela, una vieja fea y hosca que vivía en el bosque. No les cuento más. Si no lo han hecho ya, léanlo. 

Años más tarde (esto me lo estoy inventado sólo para dar contenido al post) Agota, orgullosa de sí misma y algo ebria de éxito, subía las escaleras de su casa con la bolsa de la compra cuando decidió unilateralmente repetir la experiencia y un poquito de otras cosas tipo situaciones, personajes y entorno bucólico pastoril. Encendió la estufa, se quitó las medias. Empezó a escribir. 

Y le salió esta mierda. 

La prueba es (recurriendo a un par de símiles que podamos entender todos) más o menos lo mismo que encargarle el guión de la segunda parte de El padrino a Uwe Boll. O como los episodios uno a tres de Star Wars. O como la cuarta de Indiana Jones. 

Agota Kristof se equivocó al escribir esta novela. Y se ve que también al elegir a sus amigos en tanto que, tal como demuestra la existencia de una tercera parte, ninguno se atrevió a decirle cuatro verdades a la cara. Yo, con su permiso, me la voy a perder. Esa, y el resto de su obra. 

¿Tan malo? 

Sí, tan malo. 

O más. 

Porque todo lo era grande y bueno en la primera parte, desaparece. Literal, esto. La dureza, la mala leche, la sobriedad… Unos personajes, un entorno, una historia. Todo. Y queda lo que queda, esto es, la nada más infame: un personaje irreconocible, una trama que no puede ser más boba y un final que parece una tomadura de pelo por muy metaliterario que se ponga uno. 

Si van a quemar un libro, procuren que sea este. 



martes, 31 de julio de 2018

“Aberración estelar” de Gilbert Sorrentino

Echo de menos que alguien odie la literatura tanto como yo.

Dejé las novedades y la literatura española (al menos aquella que, de puro repetitiva e inofensiva, me dejaba el cuerpo serrano perdido de bilis y oquedades) en busca de pastos más verdes o, cuando menos, no tan áridos como los propuestos por nuestros queridos compatriotas tan aficionados a sí mismos. Desde entonces puse toda mi ilusión en los clásicos más reconocibles, lugares seguros de puro comunes, pero también en los ocultos, esto es, en los ocupados por aquellos libros que gustan tanto a las pequeñas editoriales tipo Underwood. Es una labor encomiable y nunca suficientemente reconocida la de escarbar en la basura que la generosa Historia de la Literatura va dejando atrás. Personalmente no dejaré nunca de asombrarme ante la ingente cantidad de obras maestras, más o menos pequeñas, que han sido, a lo largo de los siglos, injustamente menospreciadas. 

Eso por no hablar de sus autores.

Gilbert Sorrentino, sin ir más lejos.

Creador de una veintena de obras a cual más genial, resulta que a nadie se le había ocurrido traducirlo hasta ahora. Hay que joderse. Tuvo que venir Underwood a contarnos lo que no sabíamos: que era un tipo asombroso, un escritor sin par, maestro de maestros y orgulloso padre de la criatura que hoy nos ocupa: Aberración Estelar.

El título no se lo explico, no me apetece y además da un poco igual pero la historia sí, y es la siguiente: están, de veranero en la casa de una lozana germana, ella, él, el nene y el yayo. Ella (romántica empedernida que amenaza colapso de puro ardor insatisfecho) es como es: sencilla, hermosa, joven y recién abandonada por su marido. Él, y su fino bigote y su ausencia de culo, es un personaje con menos aristas que un testículo: relativamente joven, divorciado, de discurso sencillo y verbo fácil cumple exactamente con lo que espera de un hombre soltero, con mucho tiempo libre y una mujer en edad de merecer a menos de veinte metros. Es el pene con patas de la novela, básicamente. El nene es todo rencor, necesidad e ingenuidad. Tampoco mucho más. Qué quieren, son seis años. El yayo, esto es, el padre de ella, es en cambio un activo sorprendente y original: bajo un perfil de hombre posesivo y malhumorado se oculta un viudo, arrogante, intratable y suspicaz. Lo nunca visto, vaya. 

Resumiendo: una quiere un padre, otro una hija, ella un marido y otro un buen polvo. 

Tú con esto puedes hacer lo que quieras, desde croquetas a un haiku, por ejemplo. Carver haría un cuento; Gilbert Sorrentino se larga una novela de más de trescientas páginas. Igual el genio es eso y no nos habíamos enterado.

Se cuenta, en definitiva, una historia sencilla que tiene que ver con el amor, el sexo y aproximaciones, desde los cuatro puntos de vista antes mencionados. Yo con esto no tengo casi ningún problema a excepción de que me aburren soberanamente este tipo de narraciones corales, especialmente aquellas que, como es el caso, no se enriquecen a medida que se superponen las versiones. Con lo que me cuenta el niño tengo para sacar conclusiones hasta el juicio final. Los ardores y contradicciones de ella, la simplicidad de él o el genio inflamable del viejo son las mismas desde la primera a la última página y nuestro humilde parecer sobre el sentir cada uno a lo largo y ancho de la narración supera con mucho lo invariable.

Lo mejor de la novela es que me ha devuelto (un poco de aquella manera) las ganas de escribir. Sin duda, ya sólo eso justifica la existencia y el tiempo que Sorrentino dedicó a la novela.

jueves, 24 de mayo de 2018

“El asco” de Horacio Castellanos Moya

En qué momento, pregunto, se le ocurre a uno la genial idea de imitar la escritura de otro para hacerse un libro a medida y llevarse una gloria que no le corresponde aplicando la excusa del sentido homenaje o la manifiesta admiración o mierda por el estilo. 

Me inclino a pensar que Moya era joven y un poco lerdo y otro poco listo, no sé si de menos o de más, cuando, en 1997, escribió y le publicaron una novela que parecía salida de la pluma de Thomas Bernhard hasta extremos que rozaban cuando no directamente se sumergían en lo inconfesable, no digamos ya vergonzante no digamos ya oportunista

«San Salvador es horrible, y la gente que la habita peor, es una raza podrida, la guerra trastornó todo, y si ya era espantosa antes de que yo me largara, si ya era insoportable hace dieciocho años, ahora es vomitiva, Moya, una ciudad realmente vomitiva, donde sólo pueden vivir personas realmente siniestras, o estúpidas, por eso no me explico qué haces vos aquí, cómo podes estar entre gente tan repulsiva, entre gente cuya máximo ideal es ser sargento, ¿los has visto caminar, Moya?, yo no lo podía creer cuando vine, me parecía la cosa más repulsiva, te lo juro, todos caminan como si fueran militares, se cortan el pelo como si fueran militares, piensan como si fueran militares, espantoso, Moya, todos quisieran ser militares, todos serían felices si fueran militares, a todos les encantaría ser militares para poder matar con toda impunidad, todos traen las ganas de matar en la mirada, en la manera de caminar, en la forma en que hablan, todos quisieran ser militares para poder matar, eso significa ser salvadoreño, Moya, querer parecer militar, me dijo Vega. Me da asco, Moya, […] 

Cierto: nadie odia como Bernhard. Cierto: si vas a escribir una novela que refleje tu odio a una sociedad, a un país entero, Berndard, como referente, es impecable. Ahora bien, de ahí a plagiarlo (en el sentido que tiene “apoderarse de algo ajeno”) media un abismo por más que incluyas nota de autor no tanto de disculpa como de reconocimiento aka admiración aka kaka

Leyendo esta novela es inevitable pensar en Bernhard, a no ser, como como el propio narrador explica, que la supina ignorancia de los salvadoreños («Mi nombre es Thomas Bernhard, me dijo Vega, un nombre que tomé de un escritor austriaco al que admiro y que seguramente ni vos ni los demás simuladores de esta infame provincia conocen».) les impida acusarlo de otra cosa que cabrón. 

Que fue básicamente lo que pasó. 

Al igual que ocurrió con los salzburgueses de Bernhard, los salvadoreños de Moya se levantaron en armas, prácticamente quemaron sus libros y se rasgaron todas cuantas vestiduras tenían. Gritaron, despotricaron, se mearon en las tumbas de sus antepasados. Amenazaron de muerte a mamá. Estaba yo fuera, en Guatemala, dice Moya en la Nota de Autor que cierra la reedición que Random House ha hecho ahora de este libro y que veladamente utiliza para vender Moronga, su nueva novela, también de RH, por supuesto no regresé a El Salvador. El Salvador no es Austria. Y en un país en el que sus propios camaradas izquierdistas asesinaron en 1975 al más importante poeta nacional, Roque Dalton, bajo la acusación de ser agente de la CIA, más valía largarse que jugar al mártir

No hay mejor publicidad de que un buen drama. 

Es con esta novela que Castellanos Moya se viene arriba y todo porque alcanza la gloria (entendiendo “la gloria” a salir del anonimato para ocupar primeras páginas de algo, lo que sea, siquiera una vez en la vida); gloria que no le corresponde y de la que igualmente presume pese a que el resultado no pasa de mera replicación de estilo. Moya, que se queda en la superficie de lo que es Thomas Bernhard, se limita y contenta con odiar a todos y a todo, como si esto fuera suficiente, como si Bernhard en El Salvador no hubiera sido capaz de más, mucho más que la mera verborrea de un don nadie demasiado impresionable. 


lunes, 12 de marzo de 2018

“El hombre del revés” de Fred Vargas

Perdonen que entre directamente en materia. 

Me ha llamado mucho la atención lo polarizadas que están o parecen estar las opiniones respecto a Fred Vargas. Me encuentro a quienes no la soportan y me encuentro a quienes la adoran y en menor medida me encuentro también a quienes ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. No tengo nada contra con las opiniones extremas, sobre todo cuando suscitan debates, si no apasionantes, sí, al menos apasionados, ligeramente apasionados, si quieren, pero es que ni siquiera. Tú dices me gusta Vargas y nadie te insulta. Ni en twitter. Menudo desastre. Y además, por qué, me pregunto. Qué es eso que molesta tanto a quienes molesta tanto. Puedo entender qué guste lo que gusta a quienes gusta, tal vez porque si yo fuese balanza me inclinaría por esto, pero ese no soportarlo de verdad que no lo entiendo. Y además me cuesta creerlo. 

Pero yo no quería hablar bien de Fred Vargas. No de una forma tan genérica, al menos. 

El hombre del revés es la segunda o tercera novela protagonizada por el comisario Adamsberg. La primera era, es, El hombre de los círculos azules que leí y de la que ya hablé hace poco más de dos años. Lo que dije entonces fue más o menos lo mismo que pienso ahora de ésta: que bien, que vale, pero que, bueno, en fin, no era para tanto. Entretenimiento, todo; ahora bien, aceptando pulpo como animal de compañía desde el momento que la intuición del bueno de Adamsberg se cepilla mitad y un cuarto de investigación. 

Pero me estoy adelantando y lo hago porque mientras escribo estas bellas palabras leo La tercera virgen, séptima novela del comisario de marras que me han dicho que es buenérrima y no sé qué y donde sí, es verdad, la intuición y la casualidad tienen un protagonismo que roza lo intolerable. 

Pero no no no. Me niego. No es de La tercera virgen de lo que quiero hablar, sino El hombre del revés

Yo si quieren les cuento de qué va la novela pero de verdad que no tiene maldita importancia. 

En una región de Francia de cuyo nombre no logro acordarme empiezan a morir primero ovejas y luego seres humanos. Todo hace pensar primero en un lobo, después en un licántropo. Esto parece una estupidez, pero es lo que hay. Casi toda la novela son unos cuantos detrás del lobo dichoso buscando pistas y dando por hecho demasiadas cosas. A Adamsberg esto lo coge ocupado en otros menesteres tipo esconderse para que no lo castre la loca de turno que quiere vengar la muerte de su nosequién (sujeto caído en desgracia al topar con el comisario), aunque no tardará, movido por la curiosidad y azotado por el azar, en unirse a los cazadores en una búsqueda más propia de horizontes lejanos que de sierras gascuñas o similares. 

Sé que esta forma de contar las cosas no es seria, pero también que transcurridos unos días de la lectura ustedes harían/harán, grosso modo, exactamente lo mismo. O parecido. 

Lo que más me ha gustado de Adamsberg es ese punto extravagante que atenta contra la lógica detectivesca, una ilógica que lo aleja de los habituales y manidos estereotipos de novela americana que tanto nos gusta reproducir aquí cambiando Boston por Teruel o la quinta avenida por la calle Real y que Vargas se atreve a subvertir ligeramente. Es decir, que lo que me ha gustado es que no sea la misma mierda de siempre. Básicamente. También las relaciones entre los personajes, lo personajes mismos y esa querencia que demuestran algunos por actuar en clave de estoy-como-una-puta-cabra

Tiene ese punto que es hoy mi punto. 

Y mañana ya veremos.


viernes, 2 de marzo de 2018

Menos que una reseña de “Kanada” de Juan Gómez Bárcena

Atentos. 
I Premio de las Letras Ciudad de Santander 
XXXIX Premio Tigre Juan (Finalista) 
Premio Cálamo "Otra Mirada 2017" 

Es público y notorio que incluso estos insignificantes premios (en unos casos) o finalismos (en otros) suelen ser medio de juguete y probablemente también medio pactados. Y esto en twitter bien, que ya sabemos cómo se las gastan allí en odios y chupapollismos, pero fuera de las fronteras de la red social de turno tampoco son como para ir tirando cohetes. Con esto quiero decir que a mí me vendes tu novela con esta faja y lo mismo te la tiro a la cabeza. Ahora bien, “me han dado tres premios” es lo mejor que le puedes regalar a tu abuelita en Navidad. Y sigue así, guapiño

Pero a lo que íbamos. 

Mis prejuicios: 
Prejuicio número uno: joven 
Prejuicio número dos: escritor 
Prejuicio número tres: español 
Y prejuicio número cuatro: narración en segunda persona. 
En definitiva: asquísimo
No estoy a favor del genocidio selectivo pero algunos parece que se lo estén buscado. 

Entiendo que se pregunten por qué, a pesar de las señales, he acabado leyéndolo. Yo qué sé. Supongo que pudo la presión. Era abrir la boca tener a cinco recordándote que no has leído a Bárcena, puta maravilla, pierdes el tiempo leyendo mierda, eliges mal, dejas pasar la LITERATURA. Obviando a Chirbes, ninguneando a Bárcena… Y ya. Y, o sea, NO. Pero a mí esto no me vuelve a pasar, lo juro por éstas

Ahora debe ser cuando el listo de turno viene a decirme que tenía que haber empezado por El cielo de Lima, como si eso nos fuera a llevar a una realidad alternativa donde JGB fuese un escritor con talento y no un simple artesano en plena floración. 
Pues bien, ahórreselo. 

Dicho lo cual, hablemos de la novela antes de que se nos borre completamente de la memoria porque ya han pasado algunos días y esto amenaza Amnesia Perdurable

La acción (es un decir) de la novela tiene lugar en Hungría. 
Hungría, como todo el mundo (especialmente Acantilado) sabe, está a reventar de maestros de las letras. Tú le das una patada a una piedra húngara y ya tienes a cinco genios efímeros y supuestamente olvidados haciendo cola en tu Goodreads. Que JGM haya situado la acción allí obedece a dos razones fundamentales: no pilla cerca de Teruel y no habrá reseñista que se olvide de mentar a Kafka. 

Abro paréntesis: instrucciones para leer reseñas de Kanada. Coja un martillo, arranque el ordenador, empiece a leer reseñas y si en alguna de ellas aparece la palabra Kafka golpee el ordenador con el martillo hasta dejarlo completamente inutilizado o bien busque al reseñista por la calle y pártale la cara. 
Ruego disculpen este momento incitación al odio
Cierro paréntesis. 

De qué hablábamos. Ah, sí, de Hungría. Que digo que la acción tiene lugar en Hungría porque de otro modo no pasamos del premio Qué Leer, ejemplo de patetismo máximo. Esto (es decir, lo de Kafka y Terurel) no estoy en disposición de jurar que sea cierto pero encaja tan bien en la Hipótesis que justifica mi actitud abiertamente hostil de hoy que lo voy a proclamar Hecho Consumado desde ya. 

Perdonen que me ande con chorradas pero es que me estoy reservando para el párrafo final que es donde ya saben que se corta el bacalao. 

Hablábamos de Hungría. 

Esto es uno que vuelve a casa, se la encuentra medio rota y aun así se queda a vivir. Si hacemos caso a las señales (cambio de moneda, estado de ánimo, etcétera) debe ser 1945 ergo regresa de un campo de exterminio. Ha salvado el pellejo y siendo ahora como es un tipo de pocas palabras decide recluirse en su viejo hogar, gestionado en su ausencia por un vecino que lo alquila por igual a particulares y revolucionarios, motivo por el cual ya se pueden ir olvidando de callejeos, paisajes otoñales y todo lo que no sean monólogos, interiorismo, imprentas clandestinas y bocadillos de atún. 

La novela —que si no parece conducir a ninguna parte es porque no lo hace— no suscita el menor interés, a poco que uno tenga bueno gusto. Durante la lectura asistí entre estupefacto y resignado a la autodestrucción de un personaje que resultaba irritante en grado sumo de puro hueco. Implicar al lector a golpe de tú no tiene demasiado sentido si te vas a pasar doscientas páginas tirado en un colchón sin plumas dejando pasar las horas mientras el pasillo es un hervidero de vida y subversión. 

JGB es un escritor correcto, podría incluso decir que mejor que la media siempre y cuando no entremos en mucho detalle, no hagamos demasiadas preguntas y el jamón sea ibérico, pero lamentablemente (aquí rompemos a llorar como sauces) peca de lo mismo que tantos y tantos antes que él: aburre. Aburre por la historia, que en ningún momento arranca; aburre por el tono lastimero y melancólico, pero también y sobre todo, aburre por esa eterna y lamentable costumbre de dejarlo todo en manos de la empatía, las amistades y el respaldo editorial. 


miércoles, 21 de febrero de 2018

[Un abandono] 47 páginas de “En la ciudad líquida” de Marta Rebón (Trad. Marta Rebón)

Lo que voy a contar en este post no da para más de un tuit pero me llevo mal con los espacios pequeños.

Verán, ayer empecé a leer a En la ciudad líquida, el libro que Lara Moreno le publicó a Marta Rebón en la subsidiada Caballo de Troya. Y cuando digo “le publicó” lo que quiero decir es exactamente eso: le publicó. Porque este libro o se publica por caridad, amistad o bajo amenaza o no sale del cajón en el que está metido.

Porque no lo merece. Básicamente.

Pero no adelantemos acontecimientos. El caso es que ayer empecé a leerlo. Sé que no me van a creer, y entiendo que no lo hagan por más que esta vez se equivoquen, pero cuando compré la versión digital (hasta ahí podíamos llegar) lo hice convencido, o al menos todo lo convencido que uno puede estar con estas compras, de que me iba a encontrar una obra estimulante o cuando menos interesante sobre la traducción a la vez que, tal como promete la contra, un homenaje a autores como Chéjov, Dostoievski, Pasternak o Nabokov, entre otros muchos. (Sin embargo, y esto ya es defecto del animal, no me creí tanto otra garantía: que la magnífica escritura de Marta Rebón nos ofrecería una nueva perspectiva: su propia mirada del mundo, su elegante voz, su SABIDURA. Las mayúsculas son mías). 

El despropósito vino después, cuando se aseguraba que lo que hay dentro de este libro, NO SE PUEDE EXPLICAR.

Bueno, o sea, a ver, ¡vamos a calmarnos! Claro que se puede. Y tanto que se puede. Verán cómo se puede:

Marta Rebón ha leído mucho, ha traducido mucho y ha viajado mucho. De hecho, antes de llegar a la página treinta ya está uno un poco harto de los muchos libros que ha leído, lo muchos que ha traducido y lo mucho que ha viajado, aunque no fuese más que en metro. Porque de esto trata: de ella paseando por ahí, fingiendo que su vida está empañada de nostalgia y su mirada es la de una errante meditabunda enferma de literatura, remedio para lo cual tenemos de sobra en esta medicina.

Sin restar valor a sus traducciones, que serán todo lo buenas que quieran, me temo que la prosa made in Marta es, de puro afectada, un permanente dolor de muelas. Pero fíjense: ningún problema con esto. La languidez en la escritura es un recurso tan bueno como cualquier otro, recurso que además tiene su público. Me temo. El problema, por llamarlo de alguna manera, es que algún momento alguien, Marta, por ejemplo, pero también Lara (por su condición de editora), cree, bendita ingenuidad, que llenar un libro de citas ajenas y enmarcarlo sobre fondo de callejero y pasión por la fotografía puede ser un valor en sí mismo, que con eso ya llega, que los amantes de la literatura ya sea eslava ya sea lo que sea se conformarán con oír las voces de los grandes maestros de la literatura o conocer el color de la dacha en la que vivían. Pero no. Necesitamos un hilo conductor, un motivo, una razón de ser, de verdad que sí y lo cierto es que la aportación de Marta al texto es mínima, probablemente al no tener absolutamente nada que aportar fuera de cuatro ideas la mayoría de las cuales no son suyas

Para muestra un botón: les reto a encontrar algo de Marta Rebón es este farragoso y repetitivo maremágnum de citas e ideas que transita sin rubor entre la traducción, la escritura o los viajes, como si fueran a la vez uno y trino:

«En realidad, yo veía la traducción como la antesala de la escritura. Quería escribir sin saber del todo bien de dónde venía ese interés y si solo obedecía a una temprana afición a la lectura. Dijo George Orwell que los libros que leemos en la infancia crean en nuestra mente una suerte de falso mapamundi, una serie de países fantásticos a los que podemos acudir en busca de refugio durante el resto de nuestra vida. Entendía, pues lo había experimentado frente a la hoja en blanco, que ponerse a escribir sin haber acumulado vivencias, lecturas y horas malgastadas carecía de sentido. Me apetecía viajar. Mucho más tarde leería unos versos de Elizabeth Bishop en los que se preguntaba si es la falta de imaginación lo que nos empuja a ir a lugares imaginados, en vez de quedarnos en casa. Lo que a mí me seducía del viaje, no obstante, era más bien esta idea de Rilke: «Para dar a luz un solo verso hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, hay que sentir cómo vuelan las aves y saber con qué ademán se abren las flores pequeñas al amanecer». De entre todos los tópicos literarios, pocos me atraen tanto como el del homo viator, el hombre como viajero. El que viaja suele sentir la necesidad de escribir el viaje y de homo viator pasa a homo scribens. ¿Es que no son con frecuencia sinónimos? ¿Acaso el mundo no es un texto que aguarda nuestra interpretación? En la Antigüedad el individuo descubría su verdad, dice Claudio Magris, atravesando el mundo. Mediante su confrontación con él, esa verdad, al principio solo potencial y latente, se traducía en realidad.
Bruce Chatwin, el infatigable escritor de viajes cuya vocación literaria estaba íntimamente ligada a ese mal, según Pascal, de no ser capaz de estarse tranquilamente sentado a solas en una habitación, se preguntaba por qué los hombres vagan por la tierra en lugar de quedarse quietos. El inglés, que en un lúcido autodiagnóstico confesó padecer eso que Baudelaire llamaba la gran maladie: horreur du domicile, recogió en Anatomía de la inquietud una reflexión del historiador árabe Ibn Jaldún acerca de la inocencia original que persigue el viajero: «Los nómadas están más cerca del mundo creado por Dios y más lejos de las costumbres censurables que han infectado los corazones de los asentados».

LA ÚNICA idea (o sea, “idea”) que parece propia (y por repetitiva, ojo, no por original) es aquella que tiene que ver con la necesidad de convencer al lector de que el acto de traducir deriva necesaria e inevitablemente en el de escribir y que, tal vez ósmosis, un traductor de pasternaks o dostoievskis ha de ser por fuerza un escritor a la altura de Pasternak y Dostoievski. 

«Edith Grossman, que ha vertido al inglés obras como El Quijote o El amor en los tiempos del cólera, se pregunta por qué la traducción importa a los traductores, a los autores y a los lectores y por qué no a la mayoría de los editores y reseñistas de libros. Dice que los traductores profesionales se ven a sí mismos como escritores y concluye: «Creo que estamos en lo correcto al considerarnos así» […] Traducir y escribir, sin embargo, son ramas de un mismo árbol. Muchos autores aprendieron su oficio haciendo traducciones, y viceversa. Y, aunque se deslicen errores garrafales en textos traducidos (¿quién en esta profesión no ha cometido pecados?), casi siempre es más lo que se gana con la traducción que lo que se pierde. Al fin y al cabo, hasta que una obra no se traduce a otras lenguas no puede pasar a formar parte de la literatura universal».

Y así todo. Pónganle música a esto: yo soy traductor, traductor, traductor; yo soy traductor, traductor y escritor. Y una vez convertido en tal (se es, parece, antes incluso de ser), ya sólo queda rescatar los moleskines de los viajes, plagados de anécdotas, de calles de subida y bajada, de esquinas, de bellos paisajes, de referencias biográficas; los cientos de citas guardadas, correctamente archivadas y las fotografías, de mesas, de ríos, de dachas. Y con esto hacer un libro y enviar un mensaje: TRADUCIR ES ESCRIBIR Y ESCRIBIR ES ESTO.

Y NO.


viernes, 16 de febrero de 2018

Nuevo y mejorado catálogo de Mejores Intenciones [v.2018.01]

¿He vuelto? No sé. Igual sí. Razón, aquí (o sea, más abajo). Podría mentirles (seguramente lo haga). Podría mirarles y decirles a la cara: sin ti nada es lo mismo; o bien: me alimenta tu odio o soplapollez similar. Y sería mentira o sería verdad o sería Epiménides redivivo.

Pero supongamos que es cierto: que no echo de menos el blog. Digamos que no escribo porque no me da la gana o porque no tengo nada que aportar o porque prefiero hacer otras cosas o porque tengo menos tiempo o menos humor o menos café que antes. O admitamos (o y admitamos) la cruel realidad de que este blog, fuera de su afán justiciero y, toda vez que parece haber renunciado a la literatura española (si les parece otro día profundizamos en esto), prácticamente carece de sentido. Porque, seamos sinceros, quién se cree a un señor que sólo habla favorablemente de los libros que lee o simplemente le hacen llegar o a quién le importa un carajo lo que tenga que decir el enésimo don nadie sobre el puto Faulkner, si probablemente sobre el puto Faulkner ya esté todo dicho, máxime cuando su opinión no va a diferir un ápice la opinión general.

Y sin embargo.

Y sin embargo, y una vez superados el desinterés y la apatía y la falta de tiempo y tantas otras adversidades que a partir de hoy harán de mí poco menos que un titán, no me resisto a volver. Y no me resisto porque creo pienso se me ocurre qué cuanto menos escribo, menos leo. Igual no, y estoy haciendo el tonto pero por probar…

Pero.

Pero las cosas como son: he perdido el hábito. Y además no me apetece comentar nada en concreto. De modo que, un poco tarde mal y arrastras hoy toca post de relleno. Ya saben, la típica memez que acostumbraba a escribir a comienzos de año, donde hacía un resumen de los propósitos para el año entrante, propósitos que sistemáticamente incumplía. Este año, lo juro, no será una excepción.



2018

Media febrero, oteo el horizonte y no veo nada. Pero NADA. 2018 va a ser un completo desastre, lo estoy viendo. Como 2017, por otro lado, o 2016, o 2015. O. Vista con perspectiva, nuestra literatura es una sucesión interminable de completos desastres. Como será de malo que este año (tras el de Aramburu y el de Marías) la etiqueta de mejor novelista vivo en lengua castellana volverá a llevarla ¡Antonio Muñoz Molina! Mientras tanto, a su derecha (a la derecha de cualquiera, en realidad), Mario Vargas Llosa publicará un ensayo que a nadie le importa y nadie leerá pero que, Alfaguara mediante, copará portadas varias y elogios miles. También Millás saca libro. Y luego que si Somoza, Salmón, Padura… O sea: te meas. En la cara B y completamente ajena al sentido del gusto, la narrativa extrajera proclama a voz en grito su buena salud gracias a las aportaciones de Stephen ospresentoamihijo King, Margaret estoydemoda Atwood y cuatro trasnochados más tipo Pamuk o no sé quién.

O sea, que está la cosa para pedir suicidio.

De ahí que entre mis planes, fuera de un par de novedades tipo el Goncourt que publicará Tusquets y alguna debilidad personal prácticamente inconfesable, se limiten este año a rescatar novelas publicadas en pasados más o menos recientes. A saber: 

El Solenoide de Cartarescu, ahora que se ha superado la fiebre por la supuestamente mejor novela del milenio; Celine; Connolly y su Charlie Parker no sé si doce o trece y tal vez Auster, ya no sé porque cada día me apetece menos. Y, como no, Bernhard: que si autobiografía, que si Corrección…. Vollman y su Europa Central o su La familia Real. Me juro leer cada año un Ford, versión Bascombe; y un Roth y otro Roth, o sea, el de La marcha de Radetzky y el de El teatro de Sabbath. ¡Y Nabokov! Abriré campaña: Ningún año sin Nabokov. Ídem para Faulkner siempre Faulker, porque Faulker es Dios y tal. Anoto, también, al triste e inexplicablemente ignorado (por un servidor) Roszak. Y volveré a ¡Dostoievski!, una vez más y después de tanto tiempo, a sus demonios, a sus crímenes y sus castigos; y a Henry James, de quien tengo todavía pendientes tantos relatos y tantas novelas y a Sterne, eterna cuenta pendiente número diez mil. ¿Y por qué no Tolstoi o Flaubert, (creo que aprovecharé la reedición de La educación sentimental que acaba de sacar Alba al balcón para rescatar mi ejemplar de Valdemar). También volveré a prometer que leeré alguna novela de Pynchon y que me pondré definitivamente con la saga de Martin du Gard o con el final de alguna trilogía de James Ellroy. E incluiré en esa lista, en un acto de generosidad sin límites, a Oates y Tartt y Carter, aunque no sé yo si en este campo de nabos habrá espacio para ellas. Y me juro y me perjuro volver a Conrad, a Stevenson, a Mann

Pero miento, sólo yo sé lo que mucho que miento. Miento lo indecible y miento con placer. Miento con un hemisferio mientras el otro hace planes para abandonar, en la media de lo posible, la narrativa en favor otro tipo de lecturas que acaben de una vez con este apatía, ya supongo que temporal, por la ficción; apatía que nació en lo patrio pero que poco a poco ha ido arrasando con el resto. 

Me gustaría mostrar algo más de entusiasmo por lo que se va a publicar de aquí a diciembre y llenar esto de nombres propios, títulos y editoriales pero lo cierto es que no puedo. Y no puedo fundamentales porque no sé cuáles serán y lo poco que he visto no me ha interesado gran cosa por no decir absolutamente nada, a excepción, tal vez, de GB84 la nueva novela de David Peace (Hoja de lata) que, al igual que el ensayo de reciente publicación que comentaré más abajo, El enemigo interior, guarda una estrecha relación con el conflicto minero que Sindicato de tal mantuvo con Margaret Thatcher en 1984.

En cualquier caso, les agradeceré sugerencias siempre y cuando estás sean estimulantes y no producto de su imaginación. Gracias.

El caso es que mientras leo a Kawabata y planeo sacar de la biblioteca La visita del médico de cámara a Per Olov Enquist, aprovechando que lo acaban de reeditar los de Nórdica, anoto con frenesí otras opciones tan o más apetecibles que cualquier otra cosa que pueda tener entre manos de aquí a final de mes y me juro leer un diez, un veinte, tal vez un treinta por ciento de todas ellas: El ojo del observador (Acantilado), de Laura J. Snyder (entre manos, ya); De matasanos a cirujanos, de Lindsy Fitzharris (Debate); Mujeres y poder de Mary Beard (Crítica); SPQR, también de Beard (Crítica); Contar es escuchar de Ursula K. Le Guin (Círculo de tiza); El enemigo interior de Seumas Milne (Alianza); de Sarah Bakewell, El café de los existencialistas y Como vivir o una vida con Montaigne (Ariel); Creer y destruir, de Christian Ingrao (Acantilado); Contra toda esperanza de Nadiezhda Mandesltam (Acantilado); El gran asombro de Jeanne Hersch (Acantilado); La revolución rusa, de Orlando Figes (Edhasa); 1914 o 1919 de Margaret MacMillan (Turner); Nueva ilustración radical, de Marina Garcés (Anagrama); La gran hambruna en la china de Mao, de Frank Dikotter (Acantilado); Ensayos de Elwyn Brooks White (Capitán Swing); La lucha por el poder Europa 1815-1914 de Richard J. Evans (Crítica); Stalingrado de Jochen Hellbeck (Galaxia Guttenberg); Vida amorosa de Charles Baudelaire de Camille Mauclair (Wunderkammer), etcétera, etcétera, etcétera.

Ya ven. Nada de Marías, nada de Prones, nada de Bárcenas. Nada de Millás ni de Molinas ni Aramburus. Nada de los de siempre, en definitiva. Nos conocemos lo suficiente para saber que la literatura está en otra parte.