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lunes, 24 de febrero de 2014

“Limbo” de Agustín Fernández Mallo

Limbo se vende como una novela, pero conociendo la política artística de Agustín Fernández Mallo (de la que me declaro casi absoluto desconocedor más allá de los prejuicios propios de la nocillitis y una más que decepcionante lectura de la obra que abrió la caja de pandora) decidí enfrentarme a ella como si de un misterioso artefacto se tratase, dándole, con esto, todos los créditos posibles. Yo quería —y resalto el quería— que me gustase Limbo y de hecho mi entusiasmo inicial fue mayúsculo. Una pena que al final, una vez más, acabase todo en desencuentro. Eso sí, un desencuentro con ventana abierta a la esperanza. Esa clase de feliz desencuentro.


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Esta foto de la derecha (que me ha llevado lo suyo montar) es un ejemplo de lo que uno puede encontrarse, página sí, página no, en Limbo. Y no me refiero al hecho de integrar una fórmula en la narración, algo a lo que ya deberíamos estar más que acostumbrados, sino a la reflexión que la acompaña. Porque otra cosa no, pero reflexiones, en Limbo, hay para aburrir. 

(Abro paréntesis: si lo desean pueden ver, la cita elegida, como una trampa mortal; como una nueva maldad de este blog, en esa práctica dicen algunos que habitual de elegir ciertos momentos, sacarlos de contexto y presentar el resultado como un fracaso más de la literatura española. Y harán bien.) 

Y sí y no porque con contexto o sin él, en Limbo las citas de este calibre someten, literalmente, la novela, ahogándola en las pajas mentales de unos personajes que creen que, con ellas, tienen algo que aportar. (Eso, o que no contextualizo adecuadamente, que todo puede ser.)


2

En Limbo se cuenta una historia. O dos. O tres. O una que son dos que son tres. O tres que se funden en una. Cualquiera sabe.

En la primera, la más breve, se cuenta como Heisenberg, el físico, crea, durante un retiro en Helgoland en 1924, la siguiente intuición, gracias a la cual nace la mecánica cuántica moderna: «[…] entender cómo es el mundo fijándose únicamente en los estados iniciales y finales de las cosas, sin preocuparse de cuanto ocurre en medio de ambos.» 

En la segunda historia una mujer (que lleva “un colgante con unas pequeñas bolsas de porcelana”) relata un viaje que hace con su pareja a través de los Estados Unidos y las razones de cada uno para hacerlo: «El verdadero objetivo era llegar a Los Angeles. En realidad, ése era el objetivo de él; lo que a mí me interesaba era el viaje en sí, el camino; para mí, Los Ángeles sólo constituía el inevitable extremo que todas las cosas poseen. Pero él buscaba lo que desde hacía meses venía denominando como El Sonido del Fin, sonido del que, aseguró, viajeros de todas las épocas han hablado.» Las aventuras y desventuras de ese viaje (narrado en primera persona y donde su pareja es apenas una sombra) se acompañan del relato de un secuestro que sufrió en el pasado así como de las reflexiones propias de una mujer secuestrada. Léase un ejemplo:

«Por ejemplo, un libro como el Quijote no es lo que es porque el Quijote sea un buen libro —que también—, sino porque el propio Cervantes —no el escritor sino esa persona del siglo XVII llamada Miguel de Cervantes Saavedra— tuvo, tiene y posiblemente tendrá el beneplácito de la opinión pública; en pocas palabras, cae bien. Te pongo otro ejemplo —continuó mi cerebro—, éste en negativo: Hitler, personaje justamente desdeñado, escribió Mein Kampf. Puede que Mein Kampf sea una obra maestra de la literatura universal, puede que Mein Kampf sea un Quijote o un Otelo, pero eso nunca lo sabremos, y cuando digo nunca quiero decir exactamente nunca, hay una imposibilidad física de que eso ocurra debido al carácter netamente monstruoso del autor. Del mismo modo —propuso el cerebro—, puede que los secuestradores sean estupendas personas, puede que sean los buenos del mundo, los buenos de la historia, sólo que nadie lo sabe ni lo sabrá nunca.»

En el tercer y último relato (un relato que en un momento dado se abre dando lugar a algo que se parece mucho a una imposibilidad lynchiana) se narra el retiro del propio Agustín a un chaetau en Plougras, en la Bretaña Francesa, para grabar un disco con un colega. En este relato, Mallo, al igual que Heinsenberg, parece tener una epifanía cuando, al tratar de expresar aquello que le pasa por la cabeza cuando escucha una canción —que no es otra cosa que el negativo de otra— piensa, entre otro millar de cosas que el autor no pierde ocasión de enumerar, lo siguiente: «[…] y pensé que viajaba a México D. F. a promocionar una de mis novelas, y que alguien me aconsejaba que fuera a una librería porque cuando vas de promoción te llevan a muchas librerías». Y a partir de este momento exacto la historia da un giro y Mallo deja de estar en un chateau y pasa a estar en México, en una librería, donde conoce a una mujer que lleva “un colgante con unas pequeñas bolsitas de porcelana”.



3

Limbo tiene un algo inaprensible por culpa —entre otras cosas que tienen que ver con el tedio— del abuso de absurdas referencias circulares así como de reflexiones supuestamente divertidas de un Fernández Mallo humorista con un talento especial para el caos (los detalles de un pespunte de un bolsillo, la irrepetible sonoridad de los espacios ocupados, la realidad de los perfumes, las clasificaciones de la luz en México, los trayectos efectuados en Street View, la gravedad como una mentira colosal…, y un largo etcétera). La novela, llegado el final, nos devuelve al principio, un principio que puede ser visto, si se desea, como un final; final que, para más inri, no es tal. Esto parece abrir muchas puertas, pero en realidad lo que hace es cerrarlas, por más que tanto giro pueda, puntualmente, despertar cierto interés. Al final finalísimo todo lo que queda, una vez procesado el relato, es la sensación de que alguien ha dedicado demasiado tiempo a dibujar un artefacto imposible esperando, tal vez, que de la confusión salga algo con forma de relato innovador cuando no pasa ni tan siquiera de entretenido.

«En efecto, era el Nuevo Testamento el primer libro fragmentado de la Historia, con el añadido de que en él tenía su reflejo exacto la forma en que se organiza la Red, malla en la que vas de un site a otro site sin pasar por lugares intermedios. Los Apóstoles se perfilaban, pues, como los primeros autores de una clase de literatura que con los siglos daríamos en llamar internauta. […] El Nuevo Testamento era el zapping original, aquel del que habían salido todos los zapping posteriores. Por descontado, también era el Nuevo Testamento un conjunto de microrrelatos, boceto de bocetos.»

[…]

«Pensé entonces que leer diarios no tiene nada que ver con leer la vida de alguien, sino con la ilusión de que se puede leer el tiempo de alguien. No así los blogs, me dije, que no siguen una línea temporal, sino que barajan el tiempo, toman los objetos, los utilizan y al momento los abandonan. Y esa manera en que los blogs se valen de las cosas, ese usar y tirar materiales para al instante tomar otros que también abandonarás, está ya en el Nuevo Testamento, que no fue el Libro de los Libros, sino el primer blog, el Blog de los Blogs. En efecto, el Nuevo Testamento se apropia de una idea y premeditadamente pierde el hilo, hilo al que volverá páginas más tarde, sí, pero ya será otra cosa, volverá como un objeto retro. Coger y abandonar, coger y tirar. Estamos, me dije, ante la propia esencia del consumismo, en el Nuevo Testamento está ya representada al completo la palabra «consumo» tal como la entendemos hoy: la sucesiva muerte y resurrección de nuestros cuerpos a través del compulsivo uso de ideas y objetos.»


martes, 11 de diciembre de 2012

De la inconveniente LEGITIMIDAD

UNO

30 de noviembre. Llueve. Ignacio Echevarría: “Basta de monsergas sobre la corruptibilidad de los reseñistas, sobre su ignorancia, sobre su mansedumbre y sus anteojeras”. A ver, un momentito, orden en la sala: las monsergas sobre la corruptibilidad de los reseñistas son la sal de vida. Como exreseñista Ignacio debería saber que no podemos renunciar a ellas, porque si renunciamos a ellas corremos el riesgo de dormirnos en los laureles y entonces puede llegar el lobo y comernos todito todito lo que no nos tiene que comer. Que los reseñistas son unos vendidos hay que decirlo siempre y dudar de ellos o directamente no creerse ni una palabra, también, siempre. Hemos llegado a un punto en que es una obviedad decir que los malos críticos son los culpables del bajísimo nivel de la crítica de los suplementos culturales de este país y que ya todos sabemos poco menos que, en el mejor de los casos y salvo honrosas excepciones, la crítica es decepcionante.

Pero no nos equivoquemos, esa crítica vaga, perezosa, poco o nada profesional; esa crítica que se prostituye por cuatro euros o que sólo atiende a intereses comerciales, esa crítica, digo, no es la peor crítica ni su perpetrador el peor de los críticos ya que, al fin y al cabo, es consciente de las “limitaciones” (entre comillas esto) de un público que sólo busca orientación y estar un poco al corriente de las novedades. Somos corderitos asustados. Pero hay otra crítica (otras, en realidad) que resulta mucho más despreciable que esa que, al fin y al cabo, hace lo que hace porque tiene una familia que mantener. Estoy hablando de la crítica que hacen los AMIGOS, esa banda de impresentables mentirosos y oportunistas, vagos y maleantes la mitad de las veces. Hoy hablaremos de un grupo de amigos muy concreto, porque en la concreción está el gusto. Pónganse cómodos; nos llevará un rato.


DOS

Miguel Espigado es escritor y, hasta donde yo sé (que tampoco es que sea mucho) ejerce de crítico literario en revistas como Quimera. Pues bien, Miguel Espigado publicó hace unos meses un artículo en su blog llamado ‘10 Consejos para ser un buen crítico literario’ en el que se incluía el siguiente punto: “No te hagas amigo de los escritores. Acabarás apoyando sus carreras con laslaudatio más bochornosas, pelotas y cursis. Luego, cuando tu amistad no sea justamente correspondida, pondrás sus libros a caer de un burro en justo desagravio”.

Exacto. Aunque Miguel Espigado tenga algunos días malos, de vez en cuando también tiene momentos de extrema sensatez, es capaz de ver más allá de sí mismo y entender que la amistad está bien para según qué cosas pero fatal para según qué otras.

Además de estos arrebatos de sentido común, Espigado tiene un blog o dos o tres. El actual se llama “elespigado”. Antes de eso, mucho antes, abrió uno al que llamó Generación Nocilla cuya primera entrada, escrita en julio de 2007, servía para definir qué es y quién integraba La Generación Nocilla. [1] Sin querer hacer demasiada historia de un hecho sobradamente conocido, la generación Nocilla surge a raíz de la repercusión que tiene la novela de Agustín Fernández Mallo [2], Nocilla Dream, de la que no hablaré si no es en presencia de mi abogado. Vicente Luis Mora [3] prefería llamar a esta generación “La luz nueva”, porque Vicente tiene estas cosas de buscarle nombres raros a todo. En cambio a Eloy Fernández Porta [4], socio de Spoken Words con Agustín Fernández Mallo, le gustaba mucho más la etiqueta de “Afterpop”, que por algo escribió un libro con ese nombre. Los Fernández siempre en la vanguardia.

Nota de interés: el tercer blog de Espigado al que hacía referencia más arriba se llamaba “Afterpost” y prestaba especial atención a la obra de los integrantes de la Generación Nocilla. Qué cosas, ¿eh? Esto no ayuda a entender a qué viene incluir en el segundo punto de los ‘10 consejos para ser buen crítico literario’ lo inconveniente o sospechoso de criticar libros de tus amigos si luego vas y casi no haces otra cosa en tu vida.






martes, 12 de julio de 2011

"Nocilla Dream" de Agustín Fernández Mallo

Reconozco que mi lectura de “Nocilla Dream” estuvo condicionada por algo que un pajarito muy bien informado me contó hace tiempo: que esta novela había sufrido un volumen de revisiones editoriales tal que el texto original de Fernández Mallo había quedado irreconocible. Quizá exagero, de acuerdo, pero les juro que no miento: me dijo el pajarito que había sido más o menos así: que la editorial había metido mucha mano porque había mucha mano que meter, que es más o menos lo mismo que decir que Mallo de ideas bien pero de lírica regular. Ya sé que esto no quiero decir nada; Gordon Lish pulió hasta el aburrimiento a Carver y esto sólo dio buenos frutos, pero es que los frutos de Nocilla Dream no sé si es que son tardíos o que el que ha llegado tarde soy yo y por eso veo las ramas peladas. Será que vivimos en el invierno de nuestro descontento y no nos conformamos con nada. Será. 

El caso es que ya está: leído y visto para sentencia. Una vez concluida la lectura les confieso que todo el tema de la reescritura y edición y mutilación tiene bastante poca y ninguna importancia. Interés cero más allá de la anécdota porque al final, independientemente de quien lo haya reescrito, editado o mutilado, el resultado ha sido tan decepcionante (y es que tenían que haber visto ustedes las expectativas que me había creado la blogosfera en general) que no me cuesta nada entender que todos aquellos que un día fueron tachados de “nocilleros” hoy quieran ser “mutantes”. Ser diferentes, sí, desvinculados de según qué obra siempre que la obra sea algo como esto. 

Entiendo -no soy tan bestia como aparento- que haya quien vea en esta cosa un referente de la postpoesía o la postpoesía misma. Algo postpoético, vaya. Será que yo no tengo corazón y la poesía pues como que no, pero el caso es que ni adulterada, como ésta, me acaba de interesar. Será también que me falta aparato teórico. Lo que yo veo en esta estructura poética -o ese algo que han dado por llamar “novela de nueva generación", abanderada por aquellos en su día poetas de quince años travestidos hoy de narradores de novelas de 150 páginas- es algo que perfectamente podría haber sido publicado en un blog de arte y en ensayo por algún pirado que no tuviese las ideas muy claras de qué hacer exactamente con su tiempo libre. Que esto funcione, se venda y haga del escritor un mito generacional es un ejemplo perfecto de lo que no me acaba de gustar en este panorama tan falsamente literario. 

Ya ven que no aporto grandes novedades al Listado de Argumentos de Peso ContraNocilleros que se está llevando a cabo en algún lugar de la red (*) pero si durante la lectura de este libro no he tenido la sensación de estar frente a la magna obra generacional que se me vende en los periódicos de mi barrio (me pillan sin el escáner a mano y no puedo demostrarles esto) no veo porque voy a tener que perder un valioso tiempo que bien podría invertir en la relectura de algo que valiese más la pena llenando líneas y más líneas de argumentos que contradigan lo que no veo por ninguna parte. Novela monumental, sí; monumentalmente insufrible. 

Me van a permitir un símil culinario: si este libro fuese una comida podría haberse servido en El Bulli con el nombre de “Troceado de cuento inacabado bañado con citas científicas sobre una base caramelizada de petulancia con ajetes tiernos”. (Los ajetes son porque, además, repite (**)). 




(*) No tengo la certeza de que esto sea exactamente así pero la experiencia me ha demostrado que en la red siempre se están llevando a cabo las grandes ideas que otros tuvieron antes y que a mí se me ocurren dos semanas después cual si de un genio tardío me tratase. 
(**) Porque ya sé que no todos mis chistes son igual de elaborados que éste y eso les habrá malacostumbrado les diré que el hecho de que repita (como el ajo, de ahí lo de los ajetes) tiene que ver con que haya una segunda y tercera parte, que ya les informo ahora que no me pienso leer ni bajo amenaza. 


lunes, 4 de abril de 2011

Calendario de Lecturas: ABRIL 2011

En la primera entrada de este mes -la que resume mis lecturas de febrero- me propusieron hacer una entrada, también mensual, en la que hablase de las expectativas que tenía de cara al mes en curso en lo que a lecturas se refiere. Me pareció una idea genial; todo lo que sea llenar esto de palabras me parece bien. El que la propuso, no contento con limitarse a la idea me sugirió también la estructura que podría tener. También eso me pareció bien, sobre todo porque es la que ya tenía. Esto es, por lo tanto, lo que se van a encontrar a continuación: 

Dividiré la entrada en tres partes; tres zonas que llenaré con los libros que, en principio, planeo leer durante los siguientes treinta días. Cada zona irá plagada de expectativas, unas mayores, otras no tanto y algunas, las menos, directamente injustificables. Les adelanto que soy una persona muy poco disciplinada y que la lista que propongo puede llegar a tener poco o nada que ver con el resultado final. Prometo tratar de ajustarme a lo planeado. 


[Zona Cálida

Espero mucho de Thomas Pynchon. Quizá no debería, podría acabar odiándolo, como la mitad del planeta, pero tengo un grado de tolerancia alto y un gusto bastante bueno y por eso creo que “Vicio Propio” me gustará. Otro grande del que lo espero todo y que también sé que no fallará es Salinger y su “Levantad carpinteros, la viga maestra y Seymour, una introducción”. Sí, ya sé que arriesgo poco. ¿Qué quieren? Si puedo elegir elijo lo creo que me va a gustar. A ustedes no sé pero a mí no me pagan por leer (todavía). Y con el tercero tampoco me la juego: Houellebecq.  El libro elegido será “Plataforma”. -Aquí iba a ir “Corrección” de Thomas Bernhard, pero en mi biblioteca habitual lo han extraviado o descolocado y parece que voy a tener que pasar sin él.- 



[Zona Templada

Aquí, en esta zona, voy a hacer trampa y voy a meter alguno que debería estar arriba, pero ya lo aclararé llegado el momento. El primero de los nominados es “Las niñas perdidas” de Cristina Fallarás (si llega a tiempo, claro). La iba a poner arriba, en la zona alta, pero me parecía cruel. A mi Cristina me parece una mujer muy simpática –motivo por el que me voy a leer su libro- y las primeras páginas (ver entrada anterior) de esta novela fueron prometedoras pero aquí hablamos de expectativas y yo del único autor de novela negra del que espero lo máximo que se puede esperar de un escritor es James Ellroy. Del resto, Cristinísima incluida, me conformo con que me hagan medio feliz con muchos muertos y mucha sangre y una trama que no de vergüenza ajena. Tampoco espero mucho más que divertirme con “Wendolin Kramer” de Laura Fernández, si es que la desiderata que me aceptaron el tres de marzo se hace realidad de aquí a fin de mes, cosa que dudo. Luego hablamos de suplencias. El tercero del que espero lo justo tirando a mucho (es que no quería abarrotar la zona cálida) es Don Delillo y su “Punto Omega”. Seguro que me encanta, pero al menos en este caso prefiero pecar de prudente. No les cuento el porqué me apetece leer este libro porque hay autores para los que no hacen falta justificaciones. Y por último un libro que han hecho llegar esperando mi (creo que) sincera opinión. Se trata de una colección de relatos llamada "Un hombre cae de un edificio" de Raúl Quirós. 

[Suplentes: Permítanme una aclaración: puesto que tanto “Wendolin Kramer” como “Punto Omega” son desideratas y “Las niñas perdidas” depende del correo postal y las buenas intenciones, voy a dejar un par de libros más a modo de repuesto por si los anteriores no pueden cumplir. Podrían ser: “Cut & Roll” de Oscar Gual, que está siendo injustamente demorado un mes tras otro y “Las vírgenes suicidas” de Eugenides, porque siempre le tuve muchas ganas y porque "Middlesex" me gustó mucho cuando lo leí en su momento (además es un préstamo y quiero devolverlo pronto). Por no comprometerme demasiado lo vamos a dejar aquí y en caso de ir bien de tiempo puedo continuar con “La Pantalla Global” de Lipovetsky o "El gran asombro" de Jeanne Hersch



[Zona Fría

Este es fácil. Parece mentira, pero lo es. Facilísimo, ya verán. El primero en ocupar esta zona es mi libro de cabecera en este momento (quizá por eso me noten algo triste estos días): “Nocilla Dream” de Agustín Fernandez Mallo. Ya tendremos tiempo la semana que viene para hablar largo y tendido sobre él pero a 80 páginas del final ya sé lo que me puedo esperar y no es mucho. Quizá parezca injusto, que después de “El guardián entre el centeno” cualquier cosa desmerece, pero lo de este libro es de juzgado de guardia, ya se lo adelanto. El siguiente truño que me voy a tragar dentro de muy poquito (porque será un truño y porque me lo voy a leer se pongan como se pongan) será el “Richard Yates” de Tao Lin. Sé que parece que voy con prejuicios (je), pero no es cierto. Bueno, sí que lo es. Lo que pasa es que de este libro se ha hablado mucho o yo he leído demasiado y quienes lo critican negativamente son en su mayoría santos de mi devoción mientras que los que hablan bien, genial o simplemente regular de él acostumbro a hacerles poco o ningún caso porque su opinión me parece partidista, sesgada o directamente fraudulenta. Me puedo equivocar, pero lo dudo, porque para según qué cosas o seres humanos tengo un ojo infalible. (Esto excluye a la editorial, que entiendo que simplemente defiende un producto y lo menos que espero por su parte es objetividad. Aunque la sea (objetiva) no me interesa, porque no me la voy a creer). 

(*)

[Mi relación con los escritores. De momento ninguna, pero yo espero que a lo largo del mes se vayan poniendo en contacto conmigo para proponerme algún trato del que podamos extraer, al menos yo, algún beneficio. Si puede ser económico mejor que si es anímico y vayan descartando el intercambio de fluidos porque yo esta clase de favores no se los hago a nadie. Arriba, en mi perfil, encontrarán mi dirección de correo. Pueden escribirme a cualquier hora del día o de la noche que ya les contestaré yo cuando me venga bien.]


(*) Al cierre de esta edición -uno no escribe cuando quiere sino cuando puede- "Nocilla Dream" es historia y "Richard Yates" mi nuevo libro de cabecera que espero terminar esta misma noche. ¿Recuerdan lo que dije del truño y el ojo infalible? Pues lo confirmo.