Si esta novela se presentó a un concurso y lo ganó, no quiero imaginar cómo serían las otras. Pero no adelantemos opiniones.
En “Ajedrez para un detective novato” un joven comienza a formarse como detective privado. Lo entrena el mejor: un robocop de la vida, un tipo entrado en años a punto de retirarse. El chaval tiene una novia ninfómana menor de edad que le alegra el día cuando llega a casa y lo mata de celos cuando sale a trabajar. De aquí al final, el absurdo. Esto no puede ser considerado ni remotamente un buen resumen pero tampoco hay porqué contarlo todo.
En una página muy temprana, me encuentro el siguiente párrafo:
«Diremos que siempre he tenido una relación muy estrecha con el crimen, puesto que a mis padres los mataron cuando yo era poco más que un feto. Los asesinó un pistolero a la puerta de un hospital el día en que mis padres me sacaron de allí, después de que el médico y las comadronas me hubieran sacado de otra parte más estrecha. El pistolero era Juan Carmona, un tipo obsesionado con poner freno a la superpoblación y salvar la seguidad social de la amenaza que representa un país superpoblado. Se ponía en la puerta del hospital y le pegaba un tiro al primer enfermero que le pareciera un chupóptero. Después, huía a tal velocidad que tardaron algunos meses en capturarlo.»
Yo, después de esto, sigo leyendo por inercia.
Si, tal como acabamos de ver, la historia no es el fuerte de esta novela y aun así ha sido premiada cabe preguntarse qué tiene exactamente el animal para llamar tanto la atención. No deberíamos conformarnos con la idea de un autor adicto a las redes sociales, omnipresente y con cierta facilidad para llamar la atención. O sí, no sé. Quizá es tan sencillo como hacerse notar, estar siempre presente, ser ese joven al que también en esta ocasión podemos tener en cuenta. Puestos a pensar pongámonos en lo peor, que es más divertido: tal vez la novela de Soto fuese la mejor.
Pero dejando a un lado la cuestión de los premios (hartura) está la cuestión de la novela que insiste el autor en calificar de sátira como si fuese un recurso que el mundo hubiese olvidado y tuviese que ir él, cual Batman, al rescate. La cuestión, ya que no me lo preguntan, está en saber por qué lo llaman sátira cuando tal vez deberían simplemente decir humor. Ni idea, pero en mi opinión no es lo mismo hablar de novela satírica que de novela de humor y hay un premio que justificar. Aunque luego vayas a cagarla pidiéndole a alguien como Ainhoa Rebolledo que presente tu libro y que te haga una entrevista para la Qué Leer que quisiera que la leyeran (que ya le vale, también, a la Qué Leer; que no habrá gente para hacer entrevistas que no sean los propios amigos del escritor; que luego nos quejamos, los que nos quejamos, de exceso de endogamia y luego nos acusan, los que nos acusan, de exceso de incredulidad total para que luego venga, todo el mundo, con sus actos, a darnos la razón).
En otra entrevista (de la anterior, por bochornosa, mejor ni hablar) que le hacen para El Confidencial, el autor dice lo siguiente: «Yo quería hacer una novela cómica, pero me daba mucho miedo ser insustancial. Quería reírme de cosas serias, por eso exageré y metí personajes y escenarios surrealistas, pero quería una novela que conmocionase, porque, si no, no es una novela. Si no, te han contado ochenta chistes. Y yo no quería hacer un libro de chistes.» Pues mala suerte, Juan, porque eso es exactamente lo que te ha salido: un libro de chistes que ni conmociona ni emociona ni perturba ni masturba. Nada. La semana que viene, nadie lo recordará. Yo no sé, de verdad, si vale la pena el esfuerzo. Total para qué. Pero bien, concedamos: no descartemos la sátira —no seamos cabrones— pero sí seamos justos: tal vez deberíamos defender esta novela con otros argumentos.
Y es que el humor (así, en general) está bien -aquí un fan- pero tiene que haber algún momento en el que hasta el autor se aburra de contar chistes. Bueno, pues no. El resultado son 300 páginas de Juan Soto Ivars haciendo el ganso (con todo el respeto que esto me merece, que es mucho) o creyendo que la página en blanco es un muro virgen de Facebook esperando para ser tomado por lo que él entiende como algo divertido. A saber:
Se me ocurren muy pocas razones para defender esta novela que no tengan que ver con la amistad o con no haberla leído o con tener un gusto horrible o las expectativas muy bajas o un criterio de mierda.
Y es que el humor (así, en general) está bien -aquí un fan- pero tiene que haber algún momento en el que hasta el autor se aburra de contar chistes. Bueno, pues no. El resultado son 300 páginas de Juan Soto Ivars haciendo el ganso (con todo el respeto que esto me merece, que es mucho) o creyendo que la página en blanco es un muro virgen de Facebook esperando para ser tomado por lo que él entiende como algo divertido. A saber:
«El alumbrado público se cortó de golpe y las calles se pusieron oscuras y peligrosas como los sobacos de Mike Tyson.»
Se me ocurren muy pocas razones para defender esta novela que no tengan que ver con la amistad o con no haberla leído o con tener un gusto horrible o las expectativas muy bajas o un criterio de mierda.
Para qué nos vamos a engañar, la verdad es que no se me ocurre ninguna.
