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viernes, 10 de octubre de 2014

“La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías” de Colectivo Juan de Madre [o la reinvención de la Nocilla]

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Todavía no sé por dónde empezar pero ya sospecho que esto se me va a ir de las manos. Sean pacientes.

Lo primero supongo que debería ser preguntarse qué clase de padre pone a su hijo el nombre de Colectivo Juan de Madre. Menudo cabrón. Bromas aparte, esta entidad u organismo se define como un colectivo artístico multidisciplinar, igualito que un aula de plástica de niños con déficit de atención.

El caso es que han escrito un libro. Sería lo que tocaba ese mes. El libro es este que hoy nos ocupa. Va de lo siguiente:

Premisa: Parece ser que el 15 de febrero de 1916 un eminente físico llamado Ricardo Zacarías desapareció misteriosamente sin dejar otro rastro que el de sus estudios (algo sobre la mecánica cuántica, dicen). Cinco años después, en un hotel de Manhattan un hombre apareció asesinado en una habitación completamente cerrada. El misterio, también en esa ocasión, quedaría sin resolver, al menos hasta hoy, que llegó el Colectivo y puso las cartas, marcadas, sobre la mesa.

La insólita reunión… es una ficción que trata de dar respuesta a estos dos sucesos o bien de dar respuesta a uno de ellos utilizando el otro como palanca, que para el caso es lo mismo. Una explicación, dicen, tan buena como cualquier otra, sobre todo si crees en máquinas del tiempo, los cuentos de Iker Jiménez, la teoría de cuerdas y la relatividad. 

Ricardo Zacarías —a ver si me centro— es un señor que tiene una máquina del espacio/tiempo (los detalles no son importantes). La mecánica es la siguiente: el sujeto tiene dos chismes, uno la coloca en el punto de origen (A) y otro en el destino (B). Si hace lo que tiene que hacer puede ir desde su casa a la panadería todos los días a la misma hora para ver salir a la dependienta. Pues algo así: decide viajar a la misma habitación de un hotel a un momento muy concreto del futuro. Y lo hará todos los quince de febrero en nueve ocasiones entre 1905 y 19016. El resultado no es complicado: se trata de meter a nueve Ricardo Zacarías en una misma habitación a ver qué cara ponen.

«El problema me acecha cuando en nueve ocasiones, a lo largo de mi vida, decido viajar a un mismo instante, donde se encuentran nueve Ricardo Zacarías, llegados de nueve años distintos. Y el lenguaje se convierte en una trampa para explicar sin trabas lo sucedido. Por eso, supongo, decidí escribir nueve veces lo que allí ocurra, una por cada oportunidad en que yo lo viva. La reunión sólo sucederá una vez; seré yo, que la viviré en tantas ocasiones».

Muy interesante. Lo digo completamente en serio. Piensen en ello un minuto: viajan al futuro y ven a sus otros yo, cada vez algo mayores, haciendo algo, porque algo hacen, no van a estar todo el rato sentados mirándose como gilipollas. Observen a su yo del año que viene y ahora pregúntense: ¿es posible cambiar el destino? ¿Puedo obligarme, el año que viene, a hacer algo completamente diferente lo que me he visto hacer? ¿Me interesa hacerlo?

Pues, básicamente, de eso trata.

Al Sr. Colectivo Juan de madre le gustan un poco bastante las notas auxiliadoras y es por ello que ha plagado de ellas todito el libro. Durante la lectura uno se encontrará letras o números que deberá seguir si quiere ampliar información respecto a lo leído o simplemente no faltarle el respeto al escritor. Siguiendo el hilo, dará con breves ensayos, comentarios o anécdotas varias que se supone que tienen relación con el asunto de referencia («[…] se intercalan otro tipo de textos con la trama. Son breves ensayos y artículos que deben ampliar o desarrollar temas apuntados en las páginas del diario personal de Ricardo Zacarías»). 

Va un ejemplo: 

En un momento equis se habla de “concebir el universo como un instante eterno” y se nos invita a seguir la llamada 18 que está al final del capítulo (y no al final del libro, como hubiera más práctico, claro que se trata no de ser práctico) y que recoge citas de Warhol, Borges, Philip K Dick o Arthur Nersesian, citas que hacen referencia a la incompatibilidad entre el sentir y el contar, entre el observar y el narrar y la maldita limitación del lenguaje. De hecho esta es una fantasía erótica del amigo Colectivo que, ya en las primeras páginas, nos hace partícipes de la (su) particular frustración de verse sometido a las limitaciones de las leyes universales como si la dinámica posmodernista consistiese únicamente en llevar la contraria a todo el mundo:

«Este volumen, lejos de ser una cuerda, aspira a ser una red. Su lectura ideal consistiría en una lectura totalizadora, leyendo todas sus páginas a la vez, sin jerarquías, ni pirámides; comprendemos que es una aspiración imposible, ya que leer es un acto secuencial. Por lo que finalmente, cada lector deberá decidir el recorrido por dicha red: trazar una trayectoria según sus deseos, priorizar unos nodos, saltar sobre otros o regresar a los que dejó atrás, y de tal manera ensamblar su propio libro: su propia máquina del tiempo».

Falso, en mi opinión (es decir, falso sin más). No es cierto que la novela esté pensada para una lectura totalizadora. La novela está estructurada como una novela de toda la vida de Dios y pensada para un lector con forma y maneras de ser humano: los capítulos se desarrollan a lo largo del tiempo y el lector asiste, con el protagonista, a los descubrimientos que tiene lugar día a día y de hecho hay un misterio que consiste en saber qué ocurrirá al final, lo que directamente desmonta la idea de novela cuartodimensional. Ahora, ¿que suena bien? Sí, claro, mucho. Y moderno, ni te cuento lo moderno que suena.

Y conste que estoy a favor de la masturbación mental pero al pan, pan.

* * * * * *


2

Y ahora vamos a complicarlo un poco más.

Volviendo a la idea de las citas y dejando a un lado esa reseña oculta en una digresión, la putada de todo esto es que aunque algunas de esas citas, ensayos y/o comentarios sí tienen una razón de ser (o simplemente un interés compatible con nuestra santa paciencia) hay muchas otras —descubrirán, terminado y reposado el libro, que son la mayoría— que no sirven absolutamente para nada o que directamente parecen una tomadura de pelo, como puede ser el caso de colar, a modo de chiste privado, un par de veces a Eloy Fernández Pinchadiscos Porta, artista afterpop-up del ensayo-error español de penúltima generación:

«(27) Por último, el escritor Eloy Fernández Porta24 tomó el escenario para recitar sus canciones elegidas [se refiere al evento El pop també es llegueix que pueden ustedes buscar en google si les place], torció el cuerpo y emuló el gesto adolescente de aquel Jonhy Rotten de los primeros Sex Pistols, forzando la voz hasta alcanzar un falsete infantil e insoportable. El público asistente se debatió entre aplaudirle o golpearle».


Se habrán fijado, y si no lo han hecho ya se lo digo yo, que junto a su nombre, así como quien no quiere la cosa, figura otra llamada (la 24) que nos lleva a un artículo que trata sobre la artista multidisciplinar (la etiqueta no es mía) Violeta Gómez. Pues bien, la cita que he puesto es, a su vez, una nota que viene de, adivinen, otra nota. Esta: “(ñ) […] ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Fue bajo la estatua de la Libertad 27…”. Bueno, da igual. El caso es que la mencionada llamada 24 hace referencia a un evento que, como se nos recuerda en el libro (faltaría más), organizó Fernández Porta entre el 9 y 11 de octubre de 2008 (el mismo año que el escritor publicó el famoso Homo Sampler, que ya es casualidad también) y al que asistieron –a excepción de Vicente Luis Mora, que no pudo ir— todos estos señores: Jordi Carrión, Javier Moreno, Alberto Santamaría, Francisco Ferré, Gabriele Wiener, Robert Juan-Cantavella, Manuel Vilas, Agustín Fernandez Mallo… y un largo etcétera.

¿Me siguen? Bien. Pues no me pierdan de vista; ya termino.

El plan de ese congreso era el siguiente (sigo robando citas del libro que hoy nos ocupa): «empezar a redefinir el espacio literario del nuevo siglo» que traducido del chino quiere decir: «hágannos sitio que queremos volver». 

Nos ha jodido. 

X años después nace el colectivo artístico multidisciplinar Colectivo Juan de madre. No quiero de dar a entender que este grupo (si acaso es tal cosa) esté formado por los arriba mencionados, pero dado el secretismo y viendo como florecen las casualidades en esta primavera de nuestra incertidumbre creo que tampoco deberíamos descartarlo toda vez que, para más inri, Aristas Martinez edita trabajos de, entre otros, Javier Calvo, Jordi Carrión y Laura Fernández o antologías en las que colaboran Francisco Ferré, Vicente Luis Mora, Antonio J. Rodríguez, Julio Fuertes Tarín, Oscar Gual o Robert Juan-Cantavella (otra vez, entre otros).

Señores, la Nocilla ha vuelto. Y lo ha hecho para quedarse. O eso creen.

Me puedo equivocar, pero sería la primera vez.



miércoles, 29 de mayo de 2013

Una aproximación a la barra americana de Javier García Rodríguez

Una de las características comunes a todos los miembros de la llamada generación Nocilla (esto incluye arrimados) es esa tendencia a convertir las reseñas que se hacen unos a otros en pequeñas tesis doctorales, dando así la impresión —algo más que la impresión, en realidad— de que ese esfuerzo adicional resulta entre necesario e imprescindible para convencer al mundo de la genialidad de sus obras, como si éstas no fuesen perfectamente capaces de valerse por sí mismas.

Esto viene a cuento de algo, claro.

Empiezo a leer Barra americana sin saber que Javier García Rodríguez pertenece al mencionado grupúsculo. Esto es: empiezo a leer a Javier García Rodríguez completamente libre de prejuicios. Es más: leo a Javier García Rodríguez con una predisposición favorable toda vez que me pilla en plena vorágine lectora de relatos de extensión variada y especialmente interesado en las aproximaciones de éstos a otras nacionalidades. 

Empiezo por un relato (ya entraré en más detalles en otra ocasión) que incluye, en el título, el nombre de David Foster Wallace (1). Una vez terminado vuelvo a principio del libro y sigo por orden. Al llegar al tercero tengo que parar. Empiezo a tirar de crítica ajena y claro, allí está: el chachachá habitual. La marimorena.

El texto en su dinámica de deconstrucción, esto es, de auto-desmantelamiento constante provocado por esa incapacidad del decir para subsumir el siempre nuevo acontecimiento del sujeto y de la realidad, que ya no se deja resumir, reducir, recubrir, reconducir por el esquemático texto pasado.” Esto lo dice un tal Jorge Martínez Lucena para una web llamada In/ficción

Para Cristina Gutiérrez Valencia la cosa va más allá: “Abordamos desarmados [llegamos con las manos vacías —dice Cristina inmediatamente antes— si acaso conservamos la hermenéutica de la sospecha como ruido de fondo de una lectura carente de herramientas para el análisis], por tanto, a esta obra de la cual saldremos, perdida la inocencia, siendo otros.” Que ya tiene que doler la, digamos, novela (un temazo este, también) para acabar siendo otro. ¿Se sabe quién, por cierto? Me pido alguna divinidad que tenga que ver con el ocio y el vino. Esta misma Cristina afirma al comienzo de su crítica en tonosdigital.com que “Cada vez que nos enfrentamos a una obra de Javier García Rodríguez el llamado pacto ficcional cobra dimensiones desconocidas y se convierte, o se redefine conceptualmente, en algo más abarcador y que afecta a la totalidad de la forma de ver la literatura y, en última instancia, el mundo.

A mí tanto cambio me pone nervioso. Paso por dejar de ser yo mismo —me viene de perlas un cambio de aires—, pero si el mundo se transforma cada vez que este señor escribe un libro no sé porqué cojones me tiene que tocar a mí pagar siempre la misma hipoteca.

Leer tanta crítica sólo sirve para despistar. Aquí parecen todos muy listos y luego nadie se entera de nada. No saben si es una novela, un colección de relatos, unas crónicas de viajes, una renuncia al yo como elemento estructurador de lo narrado (Emilio Peral dixit) o un puto conejo de Pascua. Será que no estamos a la altura si, tal como Antonio J. Rodríguez recoge para Jotdown (en todas partes cuecen habas, se ve), Javier García Rodríguez es reconocido por “su pertenencia a esa élite de cinco personas que en nuestro país de veras han entendido algo de David Foster Wallace”. De todas las soplapolleces que he escuchado últimamente esta es, con diferencia, mi favorita, entre otras cosas porque ahonda en la herida, permanentemente abierta, del Elitismo en la Literatura, una cuestión en la que supongo expertos a algunos de los personajes antes citados.

Resumiendo: que ensospechando que no ha de ser para tanto la cosa viendo lo desmedido del elogio general y creyéndolo fiesta-jolgorio de unos cuantos, voy yo, y me leo. Total no sé para qué; para no entender nada supongo. A ver si uno de Los Cinco Fantástico viene y melosplica porque así, de entrada y con medio libro leído, la cosa no parece que vaya a pasar de infumable.



(1) El día que conocía a David Foster Wallace (Respuesta al “acertijo pop 9”)6





jueves, 25 de abril de 2013

De Quimeras, Nocillas y otras plantas trepadoras

Hace aproximadamente un año -concretamente el seis de mayo de 2012- Iván Humanes publicó en su blog una entrevista a Juan Vico con motivo de la publicación de su primera novela, Hobo. Anunciaba también que el día 10 de ese mismo mes, el libro sería presentado en La Central del Raval por Fernando Clemot y Ginés S. Cutillas. Hasta aquí todo bastante mediocre, toda vez que los mencionados son unos seres humanos tirando a  desconocidos. Pero, he aquí que Fernando Clemot, Gines S. Cutillas, Juan Vico e Iván Humanes son, ahora, ya, en este momento, cuatro de los seis colaboradores de la nueva etapa de la revista QUIMERA que arranca en el mes de mayo. Haberemus (si no las habemus ya) amiguismos y mamadas a cascoporro, ya verán. 

Pero -¡orjanisasión!- vayamos por orden.  


La Nocilla herida por el rayo 

Pues resulta que a Jaime Rodríguez Z, que hasta ayer había sido director de la revista Quimera, le han dado dos señoras patadas: una en el culo (de patitas a la calle, lo han dejado) y otra en los huevos (fruto inmediato de una traición). Esto de ahora es un relato de los haceres y quereres de un par de seres humanos, a la sazón editores o escritores o arribistas culturales, pero en cualquier caso amigos y colaboradores, en las 24 horas siguientes al primero de los dos acontecimientos literarios del semestre: 

El miércoles 17, Jaime Rodriguez Z. anuncia en Facebook que ha sido fulminantemente destituido como director de Quimera. Dice que no sabía nada, angelito, aunque la cosa iba fatal; que el editor, Miguel Riera, le contó que estaba pensando cerrar la revista porque trabajaba a pérdida. Esto hace semanas. Hace días, Clemot, Fernando Clemot, anuncia que toma las riendas de la revista y hace pública la composición del nuevo equipo. (Ya llegaremos a eso.) Jaime, estupefacto, habla con Clemot pero Clemot no habla con Jaime y la cosa acaba en monólogo. Conclusión: todo el mundo pasa de Jaime, por lo que Jaime, herido, mete entre las piernas el rabo y se lanza al Facebook en busca consuelo, que para sentirse querido es un sitio ideal de la muerte. 

La respuesta es inmediata. Y masiva. ¡Todos quieren a Jaime! ¡Jordi Carrión (excodirector) quiere a Jaime, y Juan Trejo (excodirector) también, y Ernesto Castro y Luis Gámez y Vicente Luis Mora y Marc García (éste, muchísimo) y Manuel Vilas y…! bueno, en fin, media España quiere a Jaime. La media España de siempre, se entiende. Es una lástima que siendo tan majo, Jaime, no haya sido también mejor profesional. Me explico: hay en todo esto, un algo muy curioso: todos sus amigos, esos que lo apoyan incondicionalmente y le recuerdan lo grande que es, lo mucho que ha hecho, la increíble labor de estos últimos siete años (siete años, ya) no será olvidada, parecen no tener en cuenta que la revista pasa (o eso dicen, que habría que verlo) por una complicada situación económica. (Que ya tiene cojones, que una revista literaria que no paga por las colaboraciones no sea capaz de generar ingresos.) Si eso es así -vamos a suponer que sí- será porque hay alguien aquí que últimamente lo habrá estado haciendo como el culo, y el editor (un cobarde, un canalla y un impresentable, sí), que ha sido capaz de tener trabajando gratis durante años a un montón de gente con el cuento de hacerles el currículum, no puede ser el único culpable. 

Luego está Espigado, que es como un caso aparte. 


Espigado como caso aparte

Lo de Miguel Espigado no es normal. Ya lloró lo suyo cuando le dijeron no podía jugar en Diario Kafka y ahora vuelve a las andadas. Por el amor de Dios, que alguien abrace a este chico. 

Pero no hagamos sangre -bastante tiene con lo suyo-. Ahora bien, tampoco dejemos pasar un par de cosas interesantes que dice en un post de su blog. 

Lo primero es felicitarlo. Se ha hecho un hombre. Ha descubierto (un poco porque se lo han soplado, no se crean) que no se debe trabajar sin cobrar para un empresario, sobre todo si éste ha demostrado ser un canalla y un ladrón tanto en el pasado como en el presente. Aplauso. Cuesta creer que hubiese gente que todavía no lo sabía, pero así es. Lo bueno es que los tenemos localizados: trabaja(ba)n casi todos en Quimera. A Espigado, como a los demás, les hacía ilusión verse cada mes en la revista. “Qué coño, nos hacía ilusión ver nuestros textos en letra impresa; buscábamos méritos para el currículum profesional; queríamos visibilidad y promoción como escritores o críticos; sentíamos que el prestigio heredado de Quimera nos daba cierta pertenencia a la familia literaria española.” Ahora, si me perdonan un segundo, me voy a partir el culo de risa en la intimidad. 

Tiene gracia que todos estos se quejen ahora que ya no están ahí para seguir haciendo el memo, con perdón. Durante años el prestigio, la visibilidad, la promoción, los méritos y sobre todo el halo de estupidez consustancial que acompaña siempre al crítico literario y al colaborador ocasional, eran suficiente recompensa. Ahora que están en la calle, no. Ahora resulta que han sido engañados, como si fuesen críos durante una pataleta. Niños, niñas, colaboradores de Quimera, es mejor que lo sepáis: el Ratoncito Pérez no existe. 

La otra cosa interesante (y ya vamos llegando al fondo de la cuestión) que dice Espigado no la dice Espigado (esto es lo mejor) sino Clemot. Es un fragmento de la respuesta que da el segundo a las preguntas que le formula el primero: “[...] ¿qué hicieron los antiguos directores de la revista con los colaboradores de la otra etapa, la anterior a la anterior? ¿Les escribieron? ¿Les dijeron algo? Tengo testimonios si quieres y muchos. Te pueden interesar ya que buscas contrastar. Porque buscas eso, ¿no?” 

A Espigado esto le da igual, al fin y al cabo no le falta razón cuando dice que él no tiene la culpa de aquello, pero no hubiese estado de más, al ver las barbas de tus vecinos cortar y aun habiendo pasado más de seis años, poner las tuyas a remojar o haberlas puestos ya en su momento. Decía que a Espigado le da igual, pero a mí, no. 


Y a partir de aquí, todo suposiciones. 

Por el comentario anterior Clemot parece estar muy bien informado. Sí, ya sabemos que en este mundillo no hay secreto que valga, pero hay en su forma de hablar un deje, un asomo de rencor solidario que no parece encajar con la imagen de independencia que debería dar el gran jefe indio de la nueva directiva de Quimera. 

Hagamos un poco de historia. Antes de que Jordi Carrión, Juan Trejo y Jaime Rodriguez Z. se hiciesen con las riendas de Quimera, la revista estaba dirigida por Fernando Valls (en la foto). A mí todo esto me pilla de oídas, pero piensa mal y acertarás. Pues bien, aquello, dicen, fue un golpe de estado muy similar a este: se cortó (Miguel Riera, cortó) la cabeza de quien decían que había hecho grande la revista (Valls), se arrancó la raíz seca (colaboradores) e inmediatamente después se plantó el combinado de leche, cacao, avellanas y azúcar por todos conocido y se dejó al aire para que le diese el sol. Se quemó, claro. 

Y es más o menos por aquí cuando se me enciende la lucecita (que es como un diablillo que descansa sobre mi hombro y que me sopla indecencias al oído) y, bendito Google, voy haciendo sumas y restas y doy con lo que parece una buena relación entre Valls y Clemot que me da que pensar o cuando menos explica este silencio con pinta de Acto de Venganza Tardío. Un ejemplo: seguramente Valls anuncia en su blog el nuevo libro de Clemot porque le parece un joven prometedor y no porque lo conozca personalmente, trabaje con él y/o sea su amigo. He aquí un fragmento de una entrevista que Juan Luis Tapia le hace para el diario Ideal de Granada: “Nocilla fue una mera operación de medro a cargo de vendedores de humo disfrazados de vanguardistas... Sí hay, en cambio, otros narradores españoles nuevos de gran interés, como Andrés Neuman, Berta Vias Mahou, Ricardo Menéndez Salmón, Isaac Rosa, Pilar Adón, Elvira Navarro, Fernando Clemot o Ignacio Ferrando, por solo citar unos pocos nombres.” Estamos en lo de siempre: qué bueno es este chico y qué suerte que sea mi amigo. 

Respecto a la banda de Clemot, ¿qué decir? Los amigos están para las ocasiones. No parece el modo más profesional de trabajar pero la impresión es que, tal como decía cierto cuentista, esto va por manadas. Lo que aquí ha ocurrido es lo que ocurre siempre: la manada C ha expulsado a la manada Z de la charca del señor R, que es un señor que debe estar encantado con este permanente ir y venir de manadas y mamadas

Y es de esperar, Clemot querido, que a tu manada se la coma, de aquí a equis años, otra, quizá un grupúsculo literario a día de hoy demasiado joven y estúpido pero en vías de formación y posicionamiento. Y no miro para nadie. Yo, si fuese tú, iría preparando, ya, el discurso de despedida para cuando toque buscar consuelo en la red social de turno. En cualquier caso, mi más sincera enhorabuena.


martes, 11 de diciembre de 2012

De la inconveniente LEGITIMIDAD

UNO

30 de noviembre. Llueve. Ignacio Echevarría: “Basta de monsergas sobre la corruptibilidad de los reseñistas, sobre su ignorancia, sobre su mansedumbre y sus anteojeras”. A ver, un momentito, orden en la sala: las monsergas sobre la corruptibilidad de los reseñistas son la sal de vida. Como exreseñista Ignacio debería saber que no podemos renunciar a ellas, porque si renunciamos a ellas corremos el riesgo de dormirnos en los laureles y entonces puede llegar el lobo y comernos todito todito lo que no nos tiene que comer. Que los reseñistas son unos vendidos hay que decirlo siempre y dudar de ellos o directamente no creerse ni una palabra, también, siempre. Hemos llegado a un punto en que es una obviedad decir que los malos críticos son los culpables del bajísimo nivel de la crítica de los suplementos culturales de este país y que ya todos sabemos poco menos que, en el mejor de los casos y salvo honrosas excepciones, la crítica es decepcionante.

Pero no nos equivoquemos, esa crítica vaga, perezosa, poco o nada profesional; esa crítica que se prostituye por cuatro euros o que sólo atiende a intereses comerciales, esa crítica, digo, no es la peor crítica ni su perpetrador el peor de los críticos ya que, al fin y al cabo, es consciente de las “limitaciones” (entre comillas esto) de un público que sólo busca orientación y estar un poco al corriente de las novedades. Somos corderitos asustados. Pero hay otra crítica (otras, en realidad) que resulta mucho más despreciable que esa que, al fin y al cabo, hace lo que hace porque tiene una familia que mantener. Estoy hablando de la crítica que hacen los AMIGOS, esa banda de impresentables mentirosos y oportunistas, vagos y maleantes la mitad de las veces. Hoy hablaremos de un grupo de amigos muy concreto, porque en la concreción está el gusto. Pónganse cómodos; nos llevará un rato.


DOS

Miguel Espigado es escritor y, hasta donde yo sé (que tampoco es que sea mucho) ejerce de crítico literario en revistas como Quimera. Pues bien, Miguel Espigado publicó hace unos meses un artículo en su blog llamado ‘10 Consejos para ser un buen crítico literario’ en el que se incluía el siguiente punto: “No te hagas amigo de los escritores. Acabarás apoyando sus carreras con laslaudatio más bochornosas, pelotas y cursis. Luego, cuando tu amistad no sea justamente correspondida, pondrás sus libros a caer de un burro en justo desagravio”.

Exacto. Aunque Miguel Espigado tenga algunos días malos, de vez en cuando también tiene momentos de extrema sensatez, es capaz de ver más allá de sí mismo y entender que la amistad está bien para según qué cosas pero fatal para según qué otras.

Además de estos arrebatos de sentido común, Espigado tiene un blog o dos o tres. El actual se llama “elespigado”. Antes de eso, mucho antes, abrió uno al que llamó Generación Nocilla cuya primera entrada, escrita en julio de 2007, servía para definir qué es y quién integraba La Generación Nocilla. [1] Sin querer hacer demasiada historia de un hecho sobradamente conocido, la generación Nocilla surge a raíz de la repercusión que tiene la novela de Agustín Fernández Mallo [2], Nocilla Dream, de la que no hablaré si no es en presencia de mi abogado. Vicente Luis Mora [3] prefería llamar a esta generación “La luz nueva”, porque Vicente tiene estas cosas de buscarle nombres raros a todo. En cambio a Eloy Fernández Porta [4], socio de Spoken Words con Agustín Fernández Mallo, le gustaba mucho más la etiqueta de “Afterpop”, que por algo escribió un libro con ese nombre. Los Fernández siempre en la vanguardia.

Nota de interés: el tercer blog de Espigado al que hacía referencia más arriba se llamaba “Afterpost” y prestaba especial atención a la obra de los integrantes de la Generación Nocilla. Qué cosas, ¿eh? Esto no ayuda a entender a qué viene incluir en el segundo punto de los ‘10 consejos para ser buen crítico literario’ lo inconveniente o sospechoso de criticar libros de tus amigos si luego vas y casi no haces otra cosa en tu vida.