Tengo un problema con la reseña de esta novela. Antes de este párrafo escribí otro, que acabo de borrar, hace cosa un mes. Ya entonces sabía que no hacer la reseña inmediatamente después de la lectura me condenaría a ser terriblemente injusto con la novela y lo que es casi peor, me garantizaría escribir no una mala reseña sino directamente una reseña de mierda, que es exactamente lo que va a pasar ahora. Como les supongo acostumbrados, sigo.
Mientras escribo el párrafo anterior me acuerdo de las anotaciones que hice en su momento en los márgenes del libro y de las etiquetas adhesivas de colores sobresaliendo del lomo, pero me acuerdo de ellas como me acuerdo de aquello a lo que el tiempo puede restar importancia. Me acuerdo de ellas pero no me apetece subir a buscar el libro dichoso, no me apetece bajarlo, abrirlo, buscar las notas, releerlas, no me apetece transcribirlas y mucho menos me apetece montar un post en base a ellas, cerrar el libro y volver a subirlo. No me apetece, honestamente; no me apetece NADA. En ese sentido soy como el lirón del cuento de Boffa: cuando quiero dormir sólo quiero dormir, no coger bellotas ni hacer el amor ni procrear ni todas esas otras vulgaridades. Ahora sólo quiero escribir la reseña de esta novela con lo que de ella me queda en el recuerdo.
Pero no les explicado de qué trata la novela. El narrador, Petrovic (aquí el Cartógrafo) quiere dibujar un mapa que sirva para que el lector se haga una idea del terreno que atraviesa durante la lectura. El mapa sería la propia novela. Esto, traducido al cristiano, quiere decir que nos vayamos preparando para no enterarnos de casi hasta el final (y aún así, a ver). Todo empieza cuando los habitantes de una casa deciden quitarse el tejado de encima (valga la redundancia) para disfrutar de las ventajas de tener un techo azulado durante el día y estrellado por la noche. Aquí arrancan las analogías: este acto puede ser lo mismo de rebeldía que una declaración de intenciones tipo no aceptamos limitaciones de ninguna clase. Creo recordar que la razón de tamaño despropósito se explica en algún momento pero tampoco es que tenga especial importancia. En el conjunto de la obra la propia obra se difumina. Esto no tiene nada de sorprendente porque “Atlas descrito por el cielo” está escrito con la materia con que se tejen los sueños, que diría aquel, y es mejor no tener muy en cuenta ni las leyes de la física ni los hilos narrativos. Acabada y reposada la novela no queda el recuerdo de la historia sino de aquello que la hace posible; quedan los detalles que, tomados de forma individual resultan insignificantes pero que sumados conforman un universo o un territorio inexplorable (que no inexplorado).
La novela es una sucesión de acontecimientos, de reflexiones, de historias, de anécdotas, de pies de página explicativos, de unos lienzos geniales construidos con palabras que sirven de punto de apoyo a la narración, de amor -de mucho amor, maldito amor- de fantasía y de magia. En este mundo tan particular, esto último, la magia –una magia discreta de bolsas de conjuros o de espejos parlanchines, no del bien y el mal enfrentados en un castillo o un colegio mayor- es una realidad para todos aquellos que creen que es posible vivir en casas sin tejados.
Leyendo los párrafos anteriores me doy cuenta de que no queda claro si queda claro si me ha gustado o no la novela. Digamos que no lo sé. Digamos que sin ser mucho de mi estilo no soy tan obtuso como para no saber apreciarla en lo que vale. Tengo por ahí recuerdos dulces de ciertas cosas pero también algunos amargos. Entre los primeros están esos pequeños detalles de los que hablaba antes que dan forma a esa imposible realidad y los lienzos relatados que cierran abriendo cada capítulo. Entre los segundos, los amargos, está el buenismo general que respira, por ejemplo. Y es que tanto rollo hippie me irrita. Sé que esto es un problema exclusivamente mío. Tampoco me entusiasma ese dar a lo fantástico excesivo protagonismo, esto es, el recrearse en exceso en las imágenes sugeridas y muy poco en la psicología de los personajes. Hubiese preferido menos explicaciones a cambio de una historia con más… gancho. Y es que a Petrovic, en ocasiones, parece que se le vaya la mano con tanto detalle y tanta maravilla, con tanta metáfora y tanta belleza, con tanto personaje arrebatador y tanta pulsión amorosa para tan poco follar. El resultado, al menos en mi caso, ha sido una sobresaturación de información las más de las veces –esto lo sé ahora, dos meses después-; una información en ocasiones bastante inútil si, como en mi caso, uno tiene poco interés por la decoración de interiores.
En cualquier caso Petrovic se presenta como un narrador estimulante cuya imaginación me hace pensar en un Borges romántico y de ahí ese posicionarme dentro y fuera al mismo tiempo. Se dice, se cuenta, se rumorea que “La mano de la buena fortuna”, la novela [creo que] anterior del escritor, es algo mejor o más interesante o algún más de esos. Veremos.
