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martes, 3 de diciembre de 2013

“El consejero” de Cormac McCarthy

No sé ni por dónde empezar.

¿Por el argumento? Venga, va.

“El consejero”, que es como conoceremos al protagonista, es un abogado que decide meterse en cosas de drogas sin tener mucha idea del asunto. Un amigo, todo un personaje, un delincuente con cierta experiencia le dice que se ande con ojo, que los mexicanos son muy chungos, que no perdonan los errores. Que a ver si la va a cagar. No se lo puede pintar más negro ni dejar más claro. El consejero tiene otro amigo (Bardem), que tiene una novia que es más lista que un ajo (Díaz), que también entra en el negocio. 

La cosa irá de esto: todo sale mal. El típico enredo de drogas, de mafiosos furiosos y de las consecuencias que esto tiene. Ya sabemos cómo se las gastan en la frontera. Será que no hemos visto películas. Con esto Elmore Leonard seguro que se hacía una novelita la mar de chusquiña; McCarthy, en cambio, escribe un pequeño guión de unas 130 páginas que no merece ni una décima parte de la atención que está recibiendo (empezando por la mía y siguiendo por la de ustedes que no sé qué demonios hacen aquí todavía) y que si no fuese porque la versión cinematográfica está dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Javier Bardem, Penélope Cruz, Brad Pitt, Cameron Díaz y Michael Fassbender esto hubiese acabado en cajón del editor de Mondadori, al que parece que se la han vuelto a meter doblada (y van…).

Todo es una estupidez, empezando por el personaje de Pe, la alelada prometida del consejero, que tiene cuatro líneas de diálogo, la mitad de los cuales son para decirle al machaca te quiero mucho hoy no me pondré bragas y la otra mitad para explicarle a la Díaz lo que hay que hacer para confesarse porque, esto es apasionante, para ella la religión es muy importante (detalle con el que, supongo, quería darle McCarthy cierta profundidad al personaje). Y no se lo pierdan: existe, sí, existe la escena en la que Cameron, más chula que un ocho, quiere probarlo y de hecho lo prueba y de hecho acaba enfadando a un sacerdote con su impertinencia, que parece que algunas no sepan hablar nada más que de follar o matar. Esto en un guión de 130 páginas es como para castrar al guionista y hacer una snuff movie con él.

Otra de las secuencias maravillosas es aquella en la que Bardem cuenta la historia de cómo un día su novia, Cameron, se folló, literalmente, su coche. Incluye orgasmo. O aquella en la que Fassbender compra un diamante, y se nos da a los lectores detalles sobre las peculiaridades de las piedras preciosas. Dos páginas para mostrarnos lo generoso que es el chaval. Como si no hubiera mejores cosas que contar.

Si es que ni apetece hablar de ella.

Al final todo queda en un puñado de diálogos insustanciales a la par que vergonzantes y una trama que, planteada seriamente, no daría ni para media hora, incluyendo dos pausas publicitarias y una para mear. Una trama que, por cierto, abusa de todo cuanto cliché se pueda abusar. 

No se me ocurre manera más tonta de perder el tiempo que leer esta cosa. No digamos gastar el dinero en ella. No digamos, ya, hacer una película.