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miércoles, 20 de abril de 2011

"Niño hipotético" de Daniel Espinar

A mí este blog me va a dejar sin amigos, ya verán. Pero es que además la mía, por borde, va a ser la carrera más breve de la blogosfera literaria. Fulgurantemente breve. Voy a ser peor que su peor polvo. No se pierdan el principio de mi decadencia. 



Acéptenme un consejo: si algún día tienen un blog, si ese blog es de literatura o aproximaciones, si lo que en él escriben tiende a la sinceridad, si acostumbran a ser honestos, tengan cuidado: sean inteligentes: no lean los libros de aquellos escritores por los que sientan alguna clase de simpatía. (*) Y si los leen, si no pueden o no quieren evitarlo, procuren no ser tan imbéciles de ir junto a su (amigo) (conocido) (estimado) (en cualquier caso blogger) escritor a decírselo porque entonces se van ustedes a meter en un patatal de mil demonios. 

Esto viene a cuento de que no hace mucho, apenas un mes, tuve la genial idea de hacer una desiderata a mi biblioteca habitual (*) del libro que estamos tratando, “Niño Hipotético”, por razones exclusivamente sentimentales: Daniel Espinar, el joven hidalgo de Elisa Calatrava y escritor del mencionado libro (por ese orden, creo) es también el autor de un blog llamado “Miedo a la literatura” hacia el que siento una especial debilidad (por motivos que no vienen al caso, entre los que se encuentran gustos afines y una envidiable capacidad para sustraer y expresar, sin malabarismos ni la pedantería habitual del gremio, los placeres que se ocultan en las lecturas). Con esto lo que quiero decir es que su blog me gusta mucho y que él me cae muy simpático. (*) Les recuerdo el nombre del sitio; puede pinchar sobre él para visitarlo: “Miedo a la literatura” (*

Pero hablemos del libro en cuestión (*): se lo voy a poner fácil, medio esquemático, para no eternizar mucho esta entrada [...] 

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(Y así me quedé. Me tiré en este punto algo así como dos meses; no era capaz de avanzar ni de retroceder y mucho menos de hacer esquemas de la clase que fuesen. Pero me he me negado a perder terreno, a ceder ante la adversidad!, a reconstruir una entrada que se veía a todas luces que por las buenas no iba a salir. Esto lo digo porque habrá un cambio de registro más evidente a partir de este mismo instante y donde antes el libro era de cinco sobre diez ahora, ya no, ahora es de seis o seis y medio o seis con dos, por una razón muy sencilla que les resumo enseguida. Yo soy el ser humano con peor memoria que conozco. En serio. Leo un libro y una de dos, o me impresiona mucho (esto incluye sorpresa, estupor, indignación) y no me lo quito de la cabeza en meses o me deja completamente indiferente y pasa directamente al olvido. (También puede ser, pero esto es más raro, que me impresione, me guste y lo olvide, tal como me ocurre con los libros de Piglia, Vila-Matas o Houellebecq). Lo primero siempre es positivo y últimamente bastante extraordinario y lo segundo, evidentemente, no. Pues bien: cuando leí “Niño hipotético” creí que era de los segundos y me puse muy triste, tristísimo, pero han pasado –dejen que lo mire- doce libros desde entonces y sigue siendo todavía de esos que me rondan en la cabeza y no me dejan en paz y cuando quise retomar esta reseña –lo anterior lo escribí entonces, una vez terminado- caí en la cuenta de este hecho tan curioso. Por eso lo conservo (el párrafo); quiero que sepan ustedes todo por lo que Daniel Espinar me ha hecho pasar, por si quieren un día darle una paliza. Y ahora sigo con la reseña real, desdiciéndome unas veces y otras no). 

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El libro de Daniel Espinar no es un libro fácil de leer y mucho menos de comentar, ya se habrán dado cuenta. Esta reseña es como un mal parto. Su novela está demasiado llena de matices e invita (también demasiado) a la interpretación. Siempre es complicado hablar de algo que es difícil de entender. Quizá hubiera debido hablar con él (con el autor), debatir, arrancarle los secretos de su novela y luego venir a contárselos ya depuraditos para que no tuvieran ustedes que esforzarse durante la lectura que, ya supongo, les resultará inevitable, irresistible. Hace unas semanas no creía que un libro de estas características, que se supone accesible, mereciese tanto esfuerzo. Luego sí, precisamente por lo mismo; pero no sé, ya no sé. Es posible que los secretos que le presupongo no sean tales, que la oferta se limite a lo ofrecido excluyendo lo inferido. Pero es que precisamente mi problema con “Niño hipotético” es mi propia negativa a aceptar la versión simplista de “lo que ves es lo que hay”. Decía Ricardo Piglia en no sé qué ensayo (probablemente en alguno de los incluidos en “Formas Breves” (Anagrama, 2000)) que una de las claves del éxito del cuento reside en la capacidad el escritor de dotarlo de un doble mensaje. Que los buenos cuentos, aclaraba, los cuentos realmente potentes, efectivos, son aquellos que paralelamente a la historia narrada cuentan otra de la que no somos conscientes hasta el final, que es cuando se hará evidente, visible, cuando convertirá ese cuento en algo más que una simple historia de princesas y dragones. La novela de Daniel (y esta es la parte más demoledora de la crítica, la que he tratado de evitar por todos los medios posibles) invita durante toda la lectura a creer que detrás de todo esto hay algo más, algo que reventará cual espinilla purulenta al cruzar la última página y una de dos, o yo me he perdido algo, que puede ser, o explosión es en realidad una implosión o ni explosión ni implosión ni nada de nada. Puede ser que nada, efectivamente, que todo esto no sea nada más que una inmensa broma del escritor. 

Con esto no quiero dar a entender que la novela de Daniel Espinar sea mala; en absoluto. Siento haber dado esa impresión. Lo que significa, lo que quiero decir, es que es desconcertante; que deja a uno (al menos en mi caso ha sido así) con la sensación de no haber prestado la atención suficiente, de haberse perdido algo. Me gustaría pensar que es así. Quiero pensar que es así. Quiero pensar que, como siempre, he leído demasiado rápido. Quiero pensar que detrás de todo esto hay algo más que un intento de construir una novela con restos de recuerdos y las correcciones de esos restos (*). Quiero creer que esta exigencia está recompensada de algún modo en alguna parte de la misma. Y quiero creer que esa parte es el final, justo en el momento en que tiene lugar una revelación que, comprenderán, debo callar. 

Y ahora las inevitables conclusiones: voy a ser sincero: no las tengo. No he podido extraerlas todavía. Soy de natural perezoso y demoro en lo posible segundas lecturas, por muy inevitables que estas sean, como es el caso que nos ocupa y aunque he fotocopiado vilmente la novela y ahora descansa sobre mi mesa en espera de ser observada con lupa temo que tendrá todavía que esperar un poco. Un mes, dos; un año. 

Un consejo para terminar: si quieren salir de las dudas en que acabo de sumirlos léanla, decidan por ustedes mismos si vale o no vale la pena. No dejen que blogs miserables como este decidan por ustedes. 



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(*) [alguna clase de simpatía] Otro día hablaremos con calma del peliagudo asunto de las diferentes clases de “simpatías” que uno puede desarrollar a lo largo de su vida pero en este caso en concreto me refiero al tipo de simpatía de “¿Conoces a Menganito? Apenas, parece un tipo bastante simpático”. De ese tipo. Es decir, que no lo he follado ni nada. 

(*) [biblioteca habitual] Otro día, completamente distinto del anterior, hablaremos también de esto de las bibliotecas públicas, los presupuestos generales del estado y los criterios de selección, que me tiene a mi medio mosca a pesar de que los de mi barrio son alarmantemente generosos conmigo. Y no, a estos tampoco me los he follado. 

(*) [muy simpático] No me repito más que el ajo porque no me sepa expresar es simplemente que a fuerza de reiteraciones trato de crearles a ustedes una imagen amable del buen Espinar, así de paso voy aliviando un poquito mi conciencia por la que se nos viene encima. El caso es que hay algo que me quedé con ganas de decir: soy perfectamente consciente de que todo esto suena a algodón bañado en alcohol para refrescar y limpiar la zona de impacto antes de clavar la aguja. Ustedes no serán nunca conscientes de lo mucho que estoy sufriendo, que lo sepan. 

(*) [Miedo a la literatura] Ya sé que parece que me estoy pasando con los asteriscos pero no pensarían lo mismo si se hubiesen leído el libro de Daniel. (Espinar, Daniel Espinar. No vayan a acabar leyendo la biblia por mi culpa.) 

(*) [libro en cuestión] Tengo un amigo que me dice que cada vez hablo menos de los libros y más de las cosas que (se) me ocurren durante las lecturas. Y tiene razón, pero eso es porque la mayor parte de las veces lo que me pasa a mi es infinitamente más interesante que lo que pasa entre sus páginas. Es broma. La verdad absoluta es que por la mierda que pagan los escritores en estas promociones caseras que se hacen en estos blog aficionados no pueden tampoco esperar mucho rigor. Academicismos los justos, no me vayan a tachar de gilipollas por el camino. 

(*) [las correcciones de esos restos] Pues claro que hay algo más, vamos a ver, esto no es un ensayo, es una novela. Una novela que cuenta además con imágenes de lo más sugerentes: la de la Plaza Polar, revestida de pantallas, de cámaras, de nosotros mismos esperando vernos inmortalizados durante un instante fugaz, de fotografiar ese instante. La búsqueda, en general, como gran motor de la novela: la de nosotros mismos en un lugar en el que no somos nadie; la de Simón Leví a través del niño hipotético; la de su pareja a través de las verdades escondidas, las aclaraciones, las notas al margen. Una búsqueda que da como resultado el descubrimiento de que en ocasiones la verdad y la mentira tienen puntos de encuentro y que estos se ocultan en la primera novela de Daniel Espinar.