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jueves, 15 de septiembre de 2011

"Una novela francesa" de Frédéric Beigbeder



El segundo capítulo de esta novela empieza así (con todo el morro):

“No me acuerdo de mi infancia. Cuando lo digo, nadie me cree. ¡Todo el mundo se acuerda de su pasado! ¿Para qué vivir, si la vida se olvida? En mí no queda nada de mí mismo; de los cero a los quince años, me enfrento a un agujero negro. (Pág. 20)”

Pero, ¿qué clase de autobiografía es esta en la que el autor no tiene memoria? Novelas que no saben escribirse, biografías vacías de recuerdos… la literatura moderna es la monda lironda de tan genial. Venga, la imaginación al poder. Es broma, la cosa tiene su mérito. Al final medio trata de arreglarlo. 

“Lo que narro en estas páginas no es forzosamente la realidad, sino mi infancia tal como la he percibido y reconstruido a tientas”. (Pág. 205)

En este sentido puede ser un ejercicio interesante: ver como a partir de la imagen de él en alguna playa y los recuerdos que le roba a la familia reconstruye a placer su propia infancia. Parte del problema es que esa infancia, aún inventada, es de lo más normal (cosa que el autor no tiene problema en reconocer en el capítulo 42). Lo que pasa es que yo para biografías normales me quedo con las de mi álbum familiar aprovechando que tampoco guardo recuerdos de la primera etapa de mi vida. Les voy a dar un consejo: váyanse a la librería, busquen ese capítulo (el 42) y léanlo. No les llevará más de cinco minutos. Es dónde Beigbeder explica exactamente de qué va esta novela y sobre qué pilares se sustenta. Si les parece interesante, adelante, cómprenla, róbenla o cójanla en la biblioteca (mejor esto); en caso contrario búsquese otra cosa en la que gastar el dinero.


La otra parte de la novela (sí, tiene dos, por más que Beigbeder se empeñe en demostrar que son la misma) es la que utiliza Anagrama como reclamo publicitario y que va intercalando con su biografía para que  engamos algo interesante que leer mientras le leemos. Es algo tan absurdo que da mucha risa. Me refiero a la trama. Resulta que a Beigbeder lo pillan amasando harina con una tarjeta de crédito sobre el capó de un coche como un acto de solidaridad con las guapas fumadoras que tiene que echarse el pitillo en los soportales de las discotecas. Por si no lo sabían, eso (cocinar a altas horas de la madrugada) en Francia es delito. La policía lo encierra en el calabozo y un fiscal cabrón lo retiene allí durante 36 horas a pesar de que lo normal en estos casos es nada más que pasar la noche en un desierto espiritual. Lo divertido que les comentaba antes es ver lo mal que lo lleva el protagonista que parece que esté pasando diez años a un gulag siberiano. Se acuerda de sus padres, sus amigos, sus mujeres, su hija, de Papillón y de no sé cuántas cosas más. Hasta de dios, se acuerda. El mejor momento de la novela es el breve episodio que dedica a hablar del fiscal que lo tiene jodido en prisión por el simple hecho de haber pillado un famoso y querer dar ejemplo con él: Beigbeder desatado, incontenible y mortalmente divertido. Si el autor me ofrece media novela como ese capítulo le coloco cinco estrellas en el Goodreads y no las dos que le he tenido que acabar poniendo.


Lo mejor es que se lee rapidito, en una patada. A mí me llevó dos cafés, media sesión de parque y el equivalente a dos episodios de alguna teleserie. 213 páginas que se van en un suspiro gracias a (esto se lo concedo) lo ágil de la narración. Lo peor, por acabar en drama, es que sobra demasiado en su autobiografía: se nos dan demasiados datos (nombre de calles, de batallas, de familiares) que carecen por completo de interés para el lector. El final directamente espantoso siendo reflejo con su hija de las enseñanzas de su abuelo. Por dios... tanto amor, qué asco. Está muy bien escribir y autoeditar algo así para regalar a la familia en Navidad pero es pasarse colarlo como novelón con premio a la madurez de fondo (que debe ser, poco más o menos, la razón por la que se lo han dado).