“Las novelas tontas de ciertas damas novelistas” es un libro que trata exactamente de lo que parece y dura lo que una cerveza (garantizado, esto). 62 páginas, tiene. Aburre entre bastante y mucho porque habla de escritoras de las que ya nadie se acuerda y que me despertaron un interés tal que ni apunté sus nombres. Una locura. Grosso modo George Eliot, que es una mujer seudonomizada, se pone a rajar de sus contemporáneas a quienes considera unas ignorantes, califica de "filósofas de baratillo" y acusa de escribir todas la misma mierda. Lo que vienen siendo novela decimonónica inglesa de mujeres fuertes y pasionales y guapas como guisantes (todos iguales de guapas, quiero decir) que siempre se enamoran del mismo tío. Son mujeres que primero las pasan putas y luego renacen cual ave fénix y pasan a ser la señora de la casa, la envidia de las lurpias y el azote de los corruptos. Hay siempre un cura y mucho valle, mucho campo, mucha siega de agosto. Y bueno… lo que ya todos sabemos.
A Eliot le parece fatal tanta tontería y sobre todo lo que más le jode, que es un poco lo que nos jode a muchos, es que cualquier simio con un lápiz se ponga a escribir. Estoy exagerando, claro. Bueno no, no lo estoy. Por aquel entonces la mujer acomodada que no tenía que trabajar ni que cambiar pañales podía perder el tiempo en adornar frases y hacer con ellos una novela siempre de amor y sufrimiento y actos expiatorios. Y digo mujeres porque el libro que estoy reseñando va de ello; hombres-jeta dándose al cuento hay unos cuantos también, pero no son el tema, hoy.
Y ya está, esto es todo. Es que no hay mucho más que decir, la verdad; al fin y al cabo son sesenta páginas miserables que más que a una reseña se prestan a una reflexión que, estando de vacaciones como estoy, me niego a desarrollar. Esto debe ser lo que Eliot escribió un día que la pilló muerta de envidia por el éxito de alguna vecina tonta y se quitó el peso de la inquina a golpe de pluma. Impedimenta cobra por eso unos doce o trece euros, que es a todas luces un despropósito porque no lo valen ni remotamente, por más que uno disfrute enormemente del espectáculo de ver despellejar mediocres.
