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viernes, 12 de abril de 2019

“La edad del desconsuelo” de Jane Smiley (Sexto Piso)

Tengo una dinámica a la hora de escribir artículos, reseñas, comentarios o como quieran llamar estas cosas. Por lo general acostumbro a escribir siempre una pequeña introducción antes de entrar en materia. Me da el tono y me sirve para hacer dedo. También por lo general la borro, la introducción, aunque algunas veces simplemente la mutilo por aquello dejar un par de gracias que les hagan la vida un poco más llevadera. Lo que escribo suelen ser dos párrafos, nada del otro mundo y siempre, siempre, opongo cierta resistencia antes de que entre la podadora en escena. Hoy no ha sido una excepción, he borrado lo escrito, pero había una notable pequeña diferencia respecto a anteriores ediciones: he borrado algo más de dos párrafos. Me he cepillado nada menos que ochocientas palabras.

Y yo pensando que no tenía necesidad de escribir.

Lo digo porque me estoy viendo venir. Y no me refiero sólo a lo de hoy.

 * * * * *

Descubrí Sexto Piso en 2011. Fue con Los ingrávidos, de Valeria Luiselli. Por entonces ya tenía el blog de modo que escribí una reseña que no quiero volver a leer de momento. Creo que me gustó. Sospecho que moderadamente pero sí, apostaría que sí. No sé si entonces estaba ya en Modo Hijoputa. Es probable. Pronto lo sabremos. Después, no mucho después, repetí con ellos, esta vez de la mano de Gaddis. Ágape se paga fue mi primer Gaddis. Me gustó tantísimo... No entendí un carajo, pero me gustó tantísimo… 

El caso. 

El caso es que luego vino lo que vino, esto es, esa guerra abierta y en ocasiones un tanto exagerada contra el mundillo literario, la cosa patria, la caspa, la degradación cultural, la premiología invariable, etcétera, pero entonces, antes de ese caos, había una ilusión que no he vuelto a sentir nunca más; una suerte de inocencia moderadamente infantil, una forma de enfrentarse a las novedades sin las canas o la actitud abiertamente hostil que vino después.

Me gustaba aquello. Me gustaba llegar sin prejuicios a los libros. Me gustaba juzgarlos sin la pesada losa de ser uno mismo y sus circunstancias. 

Y en estas reflexiones ocupaba yo el tiempo cuando llegó providencial un cartero con el catálogo de Sexto Piso. Esto fue hace cosa un mes, tal vez menos. Probablemente más. Debió ser entonces cuando se hizo firme el propósito de hacerme con todo absolutamente todo cuanto sacase este grupo, no por fe inquebrantable, especial interés o apoyo moral sino simplemente por la nostalgia de lo que un día fue pero ya sin la esperanza de que pudiese volver.

Según iban saliendo, yo los iba pidiendo. 

La semana pasada me llegó el primero, o sea, este.

Es un libro pequeño, manejable, perfecto para escapar de la dinámica enfermiza del tocho. La autora me suena pero no la conozco, no he leído nada suyo; sospecho que vi en su momento la adaptación cinematográfica de su novela más popular, Heredarás la tierra, ganadora de no sé qué premio. Intuyo –no puedo hacer otra cosa, de esto hace mil años— que mi interés se limitaba a Michelle Pfeiffer, por entonces mito de quien esto escribe.

Lo que quiero decir con todo esto es que La edad del desconsuelo no llamó mi atención por nada en concreto (o sí, yo qué sé, probablemente sí o, de otro modo, para qué), simplemente me dejé llevar. No había empatía, ni ganas de adular; ocurría simplemente que las circunstancias eran demasiado parecidas a las de 2011 minutos antes de enfrentarme por primera vez a un producto de la misma editorial.

El libro me duró dos días.

Tiene cien páginas, mérito cero.

Ahora bien…

Está lo de leer un libro y que se te caiga de las manos. También está lo de empezarlo, terminarlo y pasar al siguiente ya sea olvidándolo inmediatamente después, ya sea no haciéndolo. Y luego está, como en este caso, lo de leerlo y, por la razón que sea, no quitártelo de la cabeza varios días después.

No, no es verdad. “Por la razón que sea”, no. Hay un motivo, siempre lo hay, y la reseña de hoy gira en torno a él. No me moveré de ahí porque ahí está todo lo que necesito para defender esta novela (más bien relato). 

En esta historia hay un matrimonio con tres hijos. A ese matrimonio se le escapan a veces pensamientos por la boca. Uno de ellos es el detonante del drama. La mujer cree que no volverá a ser feliz. No interpreto: dice: «no volveré a ser feliz». No sabemos más puesto que el narrador (esto es, él), no tiene más información que nosotros. La conclusión a la que llega y que debemos dar por buena (qué otra cosa podemos hacer) es que su mujer se ha enamorado de otro hombre. Nuestro héroe decide guardar silencio, tal vez por cobardía frente a ella, tal vez por miedo a saber, por inseguridad, tal vez por respeto. Tal vez por todo. La vida está plagada de escalas de grises.

La sensación que he tenido en todo momento (sensación que me ha acompañado desde la primera hasta la última página) era que la historia se expandía en torno a la narración. Sé qué siempre debería ser así, pero lo cierto es que no siempre es así y en ocasiones es tan evidente y es tanto lo que se deja salir que no puede uno evitar sorprenderse. Es un efecto parecido al de abrir una cremallera. Uno puede centrarse en el mecanismo, en los dientes separándose o bien ampliar la perspectiva y dejarse seducir por aquello que se quiere mostrar.

Para que nos entendamos: en Goodreads hay un tipo que ha leído esta novela y que piensa lo siguiente: «Un matrimonio de dentistas de mediana edad y clase media, con tres niñas pequeñas tiene problemas cotidianos de dentistas, de gente de mediana edad y clase media, y de tener tres niñas. Él cree que ella le engaña. Fin». Que ya es difícil entender menos. Claro que también es difícil leer PEOR.

En la novela HAY eso, claro sí, de hecho está llena de eso, pero no TRATA de eso. Este tipo habla de la cremallera porque en su cazurrismo no se ha sabido o no ha querido fijarse en otra cosa; no ha visto todo lo que hay detrás. 

No ha escuchado la detonación que tapaba la melodía, básicamente.

Y es una pena, porque se ha perdido una novela cojonuda.

Me niego a ser el cabrón que se la cuente. Baste decir que pese a algunos titubeos la novela me ha seducido absolutamente. Porque todo lo que ocurre tiene importancia; porque no he visto, como decía Chejov, un solo clavo en el que no acabara alguien colgado y sí he visto, como exigía Piglia, una segunda narración oculta que se hacía evidente al final, enriqueciendo no, multiplicando. El dentista no se entregaba a la salud de sus hijos sólo porque estuviesen enfermos, del mismo modo que no perdía la paciencia sólo por tener un mal día. Hay unos personajes absolutamente creíbles, anodinos y vulgares que hacen cosas creíbles, anodinas y vulgares mientras a su alrededor todo se desmorona y nada es vulgar ni anodino sino todo lo contrario. Y ver ese derrumbe, ese nivel de derrumbe, que es un derrumbe catastrófico total, en torno a un matrimonio mientras se hace algo tan ridículo como darle jarabe a una hija porque le ha subido la fiebre es algo que me ha fascinado, sobre todo porque he sido testigo sin ser testigo, porque no he sido consciente del volumen o las repercusiones hasta el último minuto, hasta la última y prácticamente única conversación del libro, conversación de una brevedad difícil de igual y unas consecuencias difíciles de superar. 

No tengo nada más que decir. Que ya no está mal, tampoco, pero avisados estaban.

También en Goodreads alguien la comparaba con Richard Ford. Estoy bastante de acuerdo. Podría serlo perfectamente. Podría ser uno de los cuentos de Ford. Qué coño: también de Carver. Creo sinceramente que podría ser uno de los mejores cuentos de cualquiera de esos dos señores tan dignos y reputados.

Y ustedes podrían no llegar a enterarse nunca.

viernes, 11 de enero de 2019

Una aproximación a "Walt Whitman ya no vive aquí" de Eduardo Lago (Sexto Piso)

Hasta yo, que llevo un año viviendo en la Luna, me he enterado de que Sexto Piso ha publicado (lo hizo ya en septiembre) un libro llamado Walt Whitman ya no vive aquí en el que Eduardo Lago habla de lo divino, lo humano y también, un poco, de literatura estadounidense. 

Lo digo porque no les he visto comentarlo y se me hace raro y me preguntaba si no estarán ustedes demasiado pendientes de lo que no deben. 

Yo ya he leído las setenta primeras páginas y una suerte de epílogo un tanto especial, por lo que estoy en disposición de hacerle una crítica profunda y severa a partes iguales. 

Pero no lo haré porque yo ahora no me dedico a sesudocrítica literaria sino a rascarla. 

El libro habla de literatura norteamericana. Lo pueden ver en la portada, aquí, a la izquierda. Lo digo porque ya estoy viendo que habrá mucho despistado que no entienda como ha podido Lago olvidarse de ese esloveno genial en el que todos estamos pensando o ese viejo islandés que vive recluido en una cabaña y sólo escribe para la fauna local. 

Literatura Norteamericana, recuerden. Exclusivamente. 

Cuando termine el libro hablaremos sobre ello largo y tendido, si nos place; hasta entonces me van a permitir que solo lo haremos de una parte muy concreta del mismo, esto es, de las páginas finales que incluyen varias listas de lectura. 

«Adjunto varios planes de lectura posibles, en función del grado de interés por parte de quien quiera seguirlos. Como en toda lista, habrá omisiones flagrantes y presencias difíciles de justificar, pero que responden a mis preferencias personales. Le presto especial atención al relato breve, porque considero que el cuento es el ADN de la narrativa estadounidense, e incluso sería interesante escribir una historia de la literatura de aquel país teniendo en cuenta sólo a los cuentistas». (Eduardo Lago)



Capítulo uno: Plan de Lectura a Largo Plazo. 


Tiempo estimado de lectura: de tres a cinco años.


La caída de la Casa Usher -- Edgar Allan Poe (1839)
Cuentos de lo grotesco y lo arabesco -- Edgar Allan Poe (1940)
Hombres representativos -- Ralph Waldo Emerson (1850)
La letra escarlata -- Nathaniel Hawthorne (1850)
Moby Dick -- Herman Melville (1851)
Walden, o la vida en los bosques -- Heniy David Thoreau (1854)
Hojas de hierba -- Walt Whitman (1855)
DaisyMiller -- Henry James (1879)
Retrato de una dama -- Henry James (1881)
Las aventuras de Huckleberry Finn -- Mark Twain (1884)
La ascensión de Silas Lapham -- William Dean Howells (1885)
Las bostonianas -- Henry James (1886)
Poemas -- Emily Dickinson (1890)
Maggie, una chica de la calle -- Stephen Crane (1893)
El despertar -- Kate Chopin (1899)
Nuestra hermana Carrie -- Theodore Dreiser (1900)
La voz de la ciudad -- 0. Henry (1908)
Antología de Spoon Rivcr -- Edgar Lee Masters (1915)
Wincsburg, Ohio -- Sherwood Anderson (1919)
La edad, de la inocencia. -- Edith Warton (1920)
Babbitt -- Sinclair Lewis (1922)
Manhattan Transfer -- John Dos Passos (1925)
Una tragedia americana -- Theodore Dreiser (1925)
El gran Gatsby -- Francis Scott Fiizgerald (1925)
El puente -- Hart Crane (1926)
El ruido y la furia -- William Faulkner (1929)
Adiós a las amas -- Ernest Flemingway (1929)
El halcón maltes -- Dashiell Flammett (1930)
El camino del tabaco -- Erskine Galdwell (1932)
Autobiografía de Atice B. Toldas -- Gertrude Stein (1933)
Miss Lonelyhearts -- Nathanael West (1933)
Trópico de Cáncer -- Henry Miller (1934)
Llámalo sueño -- Heniy Roth (1934)
El sueño eterno -- Raymond Chandler (1939)
Las uvas de la ira -- John Steinbeck (1939)
El corazón es un cazador solitario -- Carson McCullers (1940)
Una cortina de follaje -- Eudora Welty (1941)
Chico negro -- Richard Wright (1945)
La lotería -- Shirley Jackson (1948)
Los desnudos ríos muertos -- Norman Mailer (1948)
La familia Moskal -- Isaac Bashevis Singer (1950)
La balada del café triste -- Carson McCullers (1951)
El guardián entre el centeno -- J. D. Salinger (1951)
El hombre invisible -- Ralph Ellison (1952)
El viejo y el mar -- Ernest Hemingway (1952)
Sangre sabia -- Flannery O'Connor (1952)
Ve y dilo en la montaña -- James Baldwin (1953)
Las aventuras de Augie March -- Saul Bellow (1953)
La radio enorme y otras historias -- John Cheever (1953)
Los reconocimientos -- William Gaddis (1955)
Lolita -- Vladimir Nabokov (1955)
En el camino -- Jack Kerouac (1957)
Desayuno en Tiffany’s -- Truman Capote (1958)
El almuerzo desnudo -- William S. Burroughs (1959)
Goodbye, Columbus -- Philip Roth (1959)
El plantador de tabaco -- John Barth (1960)
Matar a un ruiseñor -- Harper Lee (1960)
Trampa 22 -- Joseph Heller (1961)
El cinéfilo -- Walker Percy (1961)
Vía revolucionaria -- Richard Yates (1961)
Alguien voló sobre el nido del cuco -- Ken Kesey (1962)
Pálido fuego -- Vladimir Nabokov (1962)
La campana de cristal -- Sylvia Plath (1963)
V. -- Thomas Pynchon (1963)
A sangre fría -- Truman Capote (1966)
La subasta del lote 4,9 -- Thomas Pynchon (1966)
Blancanieves -- Donald Barthelme (1967)
Las confesiones de Nat Tumer -- William Styron (1967)
El mal de Portnoy -- Philip Roth (1969)
Matadero Cinco -- KurtVonnegut (1969)
El libro de Daniel -- E. L. Doctorow (1971)
El arco iris de gravedad -- Thomas Pynchon (1973)
Ragtime -- E. L. Doctorow (1975)
La mujer guerrera -- Maxine Hong Kingston (1976)
Ceremony -- Leslie Marmon Silko (1977)
Ensayos -- E. B. White (1977)
El mundo según Garp -- John Irving (1978)
El álbum blanco -- Joan Didion (1979)
La Canción del Verdugo -- Norman Mailer (1979)
Debes recordar esto -- Joyce Carol Oates (1980)
La conjura de los necios -- John Kennedy Toole (1980)
Conejo es rico -- John Updike (1981)
Crónicas de motel -- Sam Shepard (1982)
El color púrpura -- Alice Walker (1982)
Catedral -- Raymond Carver (1983)
Tallo de hierro -- William Kennedy (1983)
Neuromante -- William Gibson (1984)
Luces de neón -- Jay Mclnerney (1984)
Lincoln -- Gore Vidal (1984)
Ruido de fondo -- Don DeLillo (1985)
Menos que cero -- Bret Easton Ellis (1985)
El periodista deportivo -- Richard Ford (1986)
Trilogía de Nueva York -- Paul Auster (1987)
Beloved -- Toni Morrison (1987)
La amante de Wittgenstein -- David Markson (1988)
Los reyes del mambo tocan canciones de amor -- Oscar Hijuelos (1989)
Las cosas que llevaban los hombres que lucharon -- Tim O’Brien (1989)
El club de la buena suerte -- Amy Tan (1989)
American Psycho -- Bret Easton Ellis (1991)
Hijo de Jesús -- Denis Johnson (1992)
Todos los hermosos caballos -- Cormac McCarthy (1992)
Clockers -- Richard Price (1992)
Heredarás la tierra -- Jane Smiley (1922)
Atando cabos -- Annie Proulx (1993)
El blues de la reserva -- ShermanAlexie (1995)
En lengua materna -- Chang-rae Lee (1995)
Galatea 2.2 -- Richard Powers (1995)
Qué fue de los Mulvaney -- Joyce Carol Oates (1996)
La broma infinita -- David Foster Wallace (1996)
Submundo -- Don DeLillo (1997)
Mason y Dixon -- Thomas Pynchon (1997)
Las asombrosas aventuras de Kavalier yClay -- Michael Ghabon (2000)
La casa de hojas -- Mark Z. Danielewski (2000)
Una historia conmovedora, asombrosa y genial -- Dave Eggers (2000)
Las correcciones -- Jonathan Franzen (2001)
Middlesex -- Jeffrey Eugenides (2002)
Gilead -- Marilynne Robinson (2004)
Europa Central -- William T. Vollmann (2005)
La carretera -- Gormac McGarthy (2006)
La maravillosa vida breve de Oscar Wao -- Junot Díaz (2007)
Que el vasto mundo siga girando -- Colum McCann (2009)
Ciudad abierta -- Teju Colé (2011)
Canadá -- Richard Ford (2012)
La yegua -- Mary Gaitskill (2015)
Hotels of North America -- Rick Moody (2015)
El ferrocarril subterráneo -- Colson Whitehead (2016)
Lincoln en el Bardo -- George Saunders (2017)



Capítulo dos: Plan de Lectura a Medio Plazo 

La segunda lista es algo más ligera y apenas exigirá un par de años siempre y cuando no nos durmamos en los laureles y nos demos de baja de Netflix.

La caída de la Casa Usher -- Edgar Allan Poe (1839)
Cuentos de lo grotesco y lo arabesco -- Edgar Allan Poe (1940)
Hombres representativos -- Ralph Waldo Emerson (1850)
Cuentos -- Nathaniel Hawthorne (1850)
Moby Dick -- Herman Melville (1851)
Walden, o la vida en los bosques -- Heniy David Thoreau (1854)
Hojas de hierba -- Walt Whitman (1855)
Las aventuras de Huckleberry Finn -- Mark Twain (1884)
Manhattan Transfer -- John Dos Passos (1925)
El gran Gatsby -- Francis Scott Fiizgerald (1925)
El ruido y la furia -- William Faulkner (1929)
El halcón maltes -- Dashiell Flammett (1930)
El camino del tabaco -- Erskine Galdwell (1932)
El sueño eterno -- Raymond Chandler (1939)
Una cortina de follaje -- Eudora Welty (1941)
Chico negro -- Richard Wright (1945)
La balada del café triste -- Carson McCullers (1951)
El guardián entre el centeno -- J. D. Salinger (1951)
El viejo y el mar -- Ernest Hemingway (1952)
Sangre sabia -- Flannery O'Connor (1952)
Los reconocimientos -- William Gaddis (1955)
Pálido fuego -- Vladimir Nabokov (1962)
La campana de cristal -- Sylvia Plath (1963)
A sangre fría -- Truman Capote (1966)
Matadero Cinco -- KurtVonnegut (1969)
El libro de Daniel -- E. L. Doctorow (1971)
La conjura de los necios -- John Kennedy Toole (1980)
Catedral -- Raymond Carver (1983)
Luces de neón -- Jay Mclnerney (1984)
Un lento aprendizaje -- Thomas Pynchon (1984)
Menos que cero -- Bret Easton Ellis (1985)
Meridiano de sangre -- Cormac McCarthy (1985)
Trilogía de Nueva York -- Paul Auster (1987)
Beloved -- Toni Morrison (1987)
American Psycho -- Bret Easton Ellis (1991)
Hijo de Jesús -- Denis Johnson (1992)
Todos los hermosos caballos -- Cormac McCarthy (1992)
Atando cabos -- Annie Proulx (1993)
El teatro de Sabbath -- Philip Roth (1995)
El blues de la reserva -- ShermanAlexie (1995)
En lengua materna -- Chang-rae Lee (1995)
Los boys -- Junot Díaz (1996)
Qué fue de los Mulvaney -- Joyce Carol Oates (1996)
La broma infinita -- David Foster Wallace (1996)
Las asombrosas aventuras de Kavalier yClay -- Michael Ghabon (2000)
Las correcciones -- Jonathan Franzen (2001)
Middlesex -- Jeffrey Eugenides (2002)
Gilead -- Marilynne Robinson (2004)
El ángel esmeralda -- Don DeLillo (2008)



Capítulo tres: Plan de Lectura IMPRESCINDIBLES 

Moby Dick -- Herman Melville (1851)
Walden, o la vida en los bosques -- Heniy David Thoreau (1854)
Hojas de hierba -- Walt Whitman (1855)
Las aventuras de Huckleberry Finn -- Mark Twain (1884)
El gran Gatsby -- Francis Scott Fiizgerald (1925)
La balada del café triste -- Carson McCullers (1951)
El guardián entre el centeno -- J. D. Salinger (1951)
Pálido fuego -- Vladimir Nabokov (1962)
A sangre fría -- Truman Capote (1966)
Matadero Cinco -- KurtVonnegut (1969)
Meridiano de sangre -- Cormac McCarthy (1985)
Beloved -- Toni Morrison (1987)
American Psycho -- Bret Easton Ellis (1991)
El teatro de Sabbath -- Philip Roth (1995)
La broma infinita -- David Foster Wallace (1996)
Submundo -- Don DeLillo (1997)
Mason y Dixon -- Thomas Pynchon (1997)
Middlesex -- Jeffrey Eugenides (2002)
Europa Central -- William T. Vollmann (2005)


No sé ustedes pero a mí el cuerpo me pide apuntarme al primero. Ocurre que el sentido común conviene con la experiencia en que no está siendo la mejor idea del año y qué dónde queda aquello de apuntarse a un gimnasio o visitar más a tu madre, dice. 

Y yo qué sé, le digo. Ya veremos qué pasa.

viernes, 2 de marzo de 2018

Menos que una reseña de “Kanada” de Juan Gómez Bárcena

Atentos. 
I Premio de las Letras Ciudad de Santander 
XXXIX Premio Tigre Juan (Finalista) 
Premio Cálamo "Otra Mirada 2017" 

Es público y notorio que incluso estos insignificantes premios (en unos casos) o finalismos (en otros) suelen ser medio de juguete y probablemente también medio pactados. Y esto en twitter bien, que ya sabemos cómo se las gastan allí en odios y chupapollismos, pero fuera de las fronteras de la red social de turno tampoco son como para ir tirando cohetes. Con esto quiero decir que a mí me vendes tu novela con esta faja y lo mismo te la tiro a la cabeza. Ahora bien, “me han dado tres premios” es lo mejor que le puedes regalar a tu abuelita en Navidad. Y sigue así, guapiño

Pero a lo que íbamos. 

Mis prejuicios: 
Prejuicio número uno: joven 
Prejuicio número dos: escritor 
Prejuicio número tres: español 
Y prejuicio número cuatro: narración en segunda persona. 
En definitiva: asquísimo
No estoy a favor del genocidio selectivo pero algunos parece que se lo estén buscado. 

Entiendo que se pregunten por qué, a pesar de las señales, he acabado leyéndolo. Yo qué sé. Supongo que pudo la presión. Era abrir la boca tener a cinco recordándote que no has leído a Bárcena, puta maravilla, pierdes el tiempo leyendo mierda, eliges mal, dejas pasar la LITERATURA. Obviando a Chirbes, ninguneando a Bárcena… Y ya. Y, o sea, NO. Pero a mí esto no me vuelve a pasar, lo juro por éstas

Ahora debe ser cuando el listo de turno viene a decirme que tenía que haber empezado por El cielo de Lima, como si eso nos fuera a llevar a una realidad alternativa donde JGB fuese un escritor con talento y no un simple artesano en plena floración. 
Pues bien, ahórreselo. 

Dicho lo cual, hablemos de la novela antes de que se nos borre completamente de la memoria porque ya han pasado algunos días y esto amenaza Amnesia Perdurable

La acción (es un decir) de la novela tiene lugar en Hungría. 
Hungría, como todo el mundo (especialmente Acantilado) sabe, está a reventar de maestros de las letras. Tú le das una patada a una piedra húngara y ya tienes a cinco genios efímeros y supuestamente olvidados haciendo cola en tu Goodreads. Que JGM haya situado la acción allí obedece a dos razones fundamentales: no pilla cerca de Teruel y no habrá reseñista que se olvide de mentar a Kafka. 

Abro paréntesis: instrucciones para leer reseñas de Kanada. Coja un martillo, arranque el ordenador, empiece a leer reseñas y si en alguna de ellas aparece la palabra Kafka golpee el ordenador con el martillo hasta dejarlo completamente inutilizado o bien busque al reseñista por la calle y pártale la cara. 
Ruego disculpen este momento incitación al odio
Cierro paréntesis. 

De qué hablábamos. Ah, sí, de Hungría. Que digo que la acción tiene lugar en Hungría porque de otro modo no pasamos del premio Qué Leer, ejemplo de patetismo máximo. Esto (es decir, lo de Kafka y Terurel) no estoy en disposición de jurar que sea cierto pero encaja tan bien en la Hipótesis que justifica mi actitud abiertamente hostil de hoy que lo voy a proclamar Hecho Consumado desde ya. 

Perdonen que me ande con chorradas pero es que me estoy reservando para el párrafo final que es donde ya saben que se corta el bacalao. 

Hablábamos de Hungría. 

Esto es uno que vuelve a casa, se la encuentra medio rota y aun así se queda a vivir. Si hacemos caso a las señales (cambio de moneda, estado de ánimo, etcétera) debe ser 1945 ergo regresa de un campo de exterminio. Ha salvado el pellejo y siendo ahora como es un tipo de pocas palabras decide recluirse en su viejo hogar, gestionado en su ausencia por un vecino que lo alquila por igual a particulares y revolucionarios, motivo por el cual ya se pueden ir olvidando de callejeos, paisajes otoñales y todo lo que no sean monólogos, interiorismo, imprentas clandestinas y bocadillos de atún. 

La novela —que si no parece conducir a ninguna parte es porque no lo hace— no suscita el menor interés, a poco que uno tenga bueno gusto. Durante la lectura asistí entre estupefacto y resignado a la autodestrucción de un personaje que resultaba irritante en grado sumo de puro hueco. Implicar al lector a golpe de tú no tiene demasiado sentido si te vas a pasar doscientas páginas tirado en un colchón sin plumas dejando pasar las horas mientras el pasillo es un hervidero de vida y subversión. 

JGB es un escritor correcto, podría incluso decir que mejor que la media siempre y cuando no entremos en mucho detalle, no hagamos demasiadas preguntas y el jamón sea ibérico, pero lamentablemente (aquí rompemos a llorar como sauces) peca de lo mismo que tantos y tantos antes que él: aburre. Aburre por la historia, que en ningún momento arranca; aburre por el tono lastimero y melancólico, pero también y sobre todo, aburre por esa eterna y lamentable costumbre de dejarlo todo en manos de la empatía, las amistades y el respaldo editorial. 


lunes, 23 de octubre de 2017

“Mil millones de años hasta el fin del mundo”, de Arkadi y Borís Strugatski (Trad. Fernando Otero)

Haber leído un único libro de los hermanos Strugatski (Stalker, una obra maestra se mire por donde se mire) no me convierte experto en la materia, pero casi. De ahí que hoy me suba nuevamente a este púlpito. Iba a dar una nueva lección magistral pero, una vez más, voy fatal de tiempo. O leo o escribo. Ya no me da para todo.

De modo que hablemos de la novela.

La novela, inédita en español prácticamente hasta la semana pasada y censurada en su momento por el aparato represor (que es una cosa que vende tanto que a veces parece que no haya libro que no se haya sido escrito en semejante situación), etc, es una completa locura que no sabe uno muy bien cómo tomarse. Con humor, supongo; al fin y al cabo así es como fue escrita. La historia es la siguiente: un científico está a punto de resolver no sé qué gran misterio insondable que puede llegar a ser, o no, un gran descubrimiento social; suponer una avance en su campo y tal y cual pascual. Bueno, lo que sea. El caso es que para llegar a buen puerto manda de vacaciones a su mujer y su hijo porque si algo nos ha demostrado la literatura y el cine es que con la mujer y el niño en casa es completamente imposible sacar adelante ningún trabajo no digamos ya una fórmula matemática revolucionaria.

En el momento que ambos se van, esto es, en el momento que este buen hombre se queda completamente sólo, empieza la novela ergo empieza un festival de visitas que ni el camarote de los hermanos Marx. Al pisito de nuestro buen amigo va llegado todo tipo de gente: amigos, vecinos, completos desconocidos... incluso amistosos vecinos que son al tiempo completos desconocidos; también una mujer misteriosa, un par de hombres de negro y una suerte de cesta de navidad de origen incierto. La cosa se enreda. En algún momento, no muy avanzada la novela y superado el desconcierto inicial (o, más bien, una vez nos acostumbramos a él) llegamos (se llega) a una conclusión que prefiero no desvelar pero que tienen mucho que ver (todo, en realidad) con un fin de mundo (un fin del mundo que bien puede estar al caer, como demorarse mil millones de años como directamente no llegar nunca) y unos hombrecitos verdes con ansias de manipulación global, que es una cosa que siempre da mucha calidad a las novelas, sobre todo cuando éstas son de ciencia ficción.

La novela, breve como un suspiro, es simple como una conversación entre cuatro hombres a cual más conspiranoico. La exposición de los hechos, que cada uno hace, se acompaña del resultado de la diarrea mental propia de quienes gustan de teorizar sobre algo que desconocen, cuando no directamente ignoran, en un entorno de terror y sometimiento. A ratos desconcertante, a ratos hilarante, Mil millones de años hasta el fin del mundo es una curiosa y entretenida novela que no aspira a ser mucho más.

martes, 15 de noviembre de 2016

Breve nota de urgencia sobre “Caer” de Éric Chevillard (Trad. Lluís Maria Todó)

Me gustaría pensar que hay un antes y un después de Caer. No es así. No es un problema de exigencia. Nunca es un problema de exigencia. Pese a lo que dicen por ahí, no me considero una persona exigente. Es más: pocas personas conocerán más conformistas que un servidor. Lo único que le pido a una novela, LO ÚNICO (y es importante que entiendan que esto es realmente lo único que le pido a una novela, que todo lo demás es accesorio, prescindible, que forma parte del juego al que algunos no se han enterado todavía que estamos jugando), lo único que me importa, decía, o que le pido, es que no me deje indiferente. La indiferencia es lo peor. Leer y decir no está mal; leer y juzgarla ligeramente entretenida; leer y saber que la olvidarás mañana y que por ello es fundamental llevar un registro, porque dentro de un mes o un año o cinco ya no recordarás qué o quién perpetró aquello. Imagínense: escribir para ser inmediatamente olvidado. Dedicar uno o dos o tres o diez años de tu vida, dejarte las tripas en un proyecto que otros juzgarán fallido; que pocos apreciarán; si acaso alguno premiará. Sudar un libro, terminarlo, saltar al siguiente. Pasar tus días como Sísifo. No ser capaz de agitar ni el aire de una habitación. Que no pasa nada, ojo, que aquí uno no vive buscando la trascendencia, que hay niveles de placer. Se adapta, uno, a casi todo pero a lo que jamás se acostumbra, jamás, es al tedio. 

Y son tan pocos los libros que no nos dejan indiferentes, verdad.

CAER puede tener muchos defectos (seguro que los tiene), pero la indiferencia no es uno de ellos. Para empezar, y siempre a título personal, el atractivo o, más bien, la ausencia de tal. Me explico: es la clase de novela (francesa, abstracta) de la que yo siempre reniego; exactamente la clase de libro que nunca me animaría voluntariamente a leer (mi lectura tiene su origen en una recomendación, ya se lo adelanto) y sin embargo… que no me lo quite de la cabeza, tantos días después. Que siga ahí, runrún, runrún… Runrún. Que no me deje Indiferente. ESO ES CAER.

«Esto es Caer. Diríase que la tierra se retira alrededor del espantajo clavado en el corazón de la isla, allí no hay musgo ni liquen que trepe por la cruz, el polvo fluye hacia su base, la hierba retrocede, un fuerte reflujo se lleva todas las cosas. Nosotros instalamos el campamento en la periferia. Esto también es Caer. Todo cuanto poseemos, excepto la esperanza, lo daríamos por contemplar una vez un lugar, un objeto que no fuera Caer. Instintivamente, viejo reflejo, levantamos los ojos al cielo, pero la visión de las nubes o de las estrellas indiferentes nos crucifica en nuestro promontorio. Entonces cerramos los párpados; pero jamás con la suficiente velocidad: toda la oscuridad de Caer nos ha penetrado en el cráneo».

Quisiera resumirla. Pero no puedo. Quisiera darles un argumento, sugerir una trama, hacer con ella una bolita de humor. Pero No Puedo. Ni resumen, ni argumento, ni trama. Casi ni humor. Casi. 

«Nuestro sistema político descansa sobre la abstención generalizada. Nosotros no nos desplazamos para votar y así pues, conforme a la voluntad del pueblo, sus representantes se abstienen de gobernar. Cuando el vaso está ya realmente lleno y nuestra paciencia agotada, jadeamos; entonces nuestra protesta no se conforma con vociferaciones, clamores y puños levantados. Les cortamos la cabeza a los caballos, por ejemplo».

Caer es inasible, como el lector, solo que éste lo es al desaliento en tanto que aquella lo es a nivel argumental. Avanzar por CAER es una tarea que se supone tan imposible como inevitable de puro atractiva. Y eso que CAER es una isla, nada más y nada menos; una isla pequeña, minúscula a la vez que inabarcable. E hipnótica. Y estimulante. Y divertida. 

CAER, y por extensión Chevillard, es mi Gran Descubrimiento del Año pero que me cuelguen si lo entiendo.

«Vivimos rodeados de enigmas. Como una niebla corrosiva, el misterio roe todas las cosas en Caer. Aquí no hay esquinas, ni contornos, ni aristas incluso las realidades más macizas son devoradas por la sombra y la duda».

CAER es un lugar, un espacio, en el que todas las posibilidades se dan y se niegan. Ubicada en un lugar indeterminado, Caer se demuestra un infierno del que no se puede huir por mar, si acaso por aire. Ejemplos, los justos: cuenta con su propio mesías, un joven que un día logró escapar y prometió volver a salvar de Caer a tantas y tantas almas atormentadas que habitan en él. El narrador, habitante de la isla, nos habla de Caer, de sus habitantes, de sus imposibilidades y sus contradicciones, de sus costumbres, de sus miedos y sus esperanzas vanas, de la manifiesta incapacidad que demuestra tener el ser humano para adaptarse y ser feliz. Caer es también la historia de su única huida, un relato que hace tiempo ya que ha cobrado categoría de leyenda.

«Todas nuestras iniciativas las llevamos hasta el final, hasta el fracaso, hasta el desastre».

Lo mejor que te puede pasar en caer, es que te mate un vecino. Todo lo demás es una herida abierta en permanente estado de supuración. 

No insisto. Sé positivamente que a muy pocos (si acaso dos, tres) de ustedes les interesará realmente esta mención que no llega ni a reseña. Tampoco está en ánimo invitarles a su lectura. Lo único que puede animar a la lectura de este libro es la propia lectura de este libro. Les dejo, pues, con un fragmento (la traducción corre a cargo de Lluís María Todó) y ya deciden ustedes si persisten en su error o me hacen un poco de caso.


«¡Han de ocurrir tantas cosas! En Caer, siempre ocurren por derrumbe, hundimiento, desplome. Pero ocurren. El caso es que ocurren y que todas las promesas, como se preveía, acaban infaliblemente por no cumplirse. Lo sabemos todo de todo, salvo por qué, cómo. Estos dos últimos puntos permanecen oscuros: por qué, cómo; hasta el presente nos hemos preocupado poco de ello, no nos ha parecido muy interesante hurgar en esos detalles. De todos modos, si lo supiéramos, por qué y cómo, tampoco cambiaría nada de aquello que nos importa. Son motivos para ensueños, ensoñaciones y sueños enrevesados. Los que se entregan a ellos se ganan la reprobación general. Sus conclusiones son delirantes, contradictorias, y lo más fuerte es que siempre se les puede replicar al término de esta explicación, por qué, cómo, como la víspera de su primera meditación.
Así nos gusta ir, sin agobiarnos demasiado con el porqué o el cómo, sin pensar jamás en el porqué ni el cómo, hasta el punto de no reconocer como tales y esclarecedoras las respuestas a esas preguntas cuando se nos revelan fortuitamente, o también, por distracción o indiferencia, emparejar a despecho de toda razón y coherencia éstas con aquéllas y explicar el cómo con el porqué y el porqué con el cómo, siendo forzoso reconocer que luego, a pesar de esos garrafales errores y esas aproximaciones, no por ello quedamos más cojos. Es decir, que cojeamos igual. La cadera derecha ha asumido el mal de la cadera izquierda».

jueves, 3 de noviembre de 2016

“Preparación para la próxima vida” de Atticus Lish

Hace tiempo que no hablamos de Sexto Piso. Con lo que hemos sido en este blog, verdad… Hay una razón para ello pero no se la voy a contar. Lo que sí les voy a contar es de qué va esta novela para que puedan ustedes decidir si, como yo, siguen confiando (algo más, incluso, que eso) en esta editorial o si definitivamente nos mandan a los dos a la mierda.

Una vez más, exagero porque Preparación para la próxima vida no es para tanto. O sí, según se mire. Pero aquí eso nos da igual. Hablaremos igualmente bien de ella. Defecto del animal.

Lo que quiero decir es que NO SE TRATA DE ESO. Vaya por delante que Preparación para la próxima vida es bastante mejor que mucho de lo que se van a encontrar por ahí, pero también es diferente y lo es de un modo que, más allá de calidades excelsas o medianías, esto es, más allá de lo mejor o peor que a uno le parezca la novela en sí, más allá también de originalidades no pretendidas, se trata de la clásica lectura a la que uno puede −debe, incluso− recurrir si quiere presumir de dedicarle el tiempo a algo que no sea la mierda de siempre, pero no tanto, insisto, per se como por la trayectoria o la política o las propuestas, en general, de la editorial en cuestión. 

Con Sexto Piso tengo siempre la sensación de ir por fuera del carril. Y eso me gusta. Los carriles, no. Los carriles son para las ovejas. Sexto Piso, no.

Avisados quedan.

Por lo demás, ya lo he dicho, Preparación para la próxima vida, no es para tanto. 

La escribe Atticus Lish, esto es, el hijo de Gordon Lish, esto es, el señor que, dicen, hizo posible que Raymond Carver llegase a ser el Raymond Carver que conocemos y no un Eloy Tizón de la vida, esto es, uno de esos escritores de influencia mínima y trayectoria decadente descendente. 

Ya sabemos que el genio no es hereditario, pero uno siempre espera que algo se pegue. Al mismo tiempo está la pesada losa de ese padre al que hay que matar siempre, pero es que hay padres y padres y Gordon Lish es de los duros de pelar ergo su sombra no es fácil de ocultar.

Es por ello por lo que Atticus Lish escribió el libro como de tapadillo. Se metía debajo del nórdico y, provisto de linternita y un portaminas, iba perfilando personalidades y dibujando escenarios varios. A papá ni mu. Una vez terminado hizo pellas y lo llevó a una editorial de mierda para que le dieran el visto bueno o un sopapo, lo que ellos vieran. Fue visto bueno. Su señor editor cuenta −ahora, a toro pasado, que es como mejor cuentan las cosas los editores− que fue todo uno recibir, empezar y no ser capaz de dejar el dichoso manuscrito. Que fue tal la impresión, tan desmedido todo, que silenció todos sus grupos de whatsapp nada más que para poder ventilarse las 500 páginas del susodicho sin tener a los cuatro botarates de siempre reclamando royalties. 

Que levanten la mano todos aquellos escritores cuyo editor cuente la misma milonga en cada presentación (lo de los royalties, no; la parte de embeleso). 

Pues eso.

El caso es que se dio por bueno que Atticus Lish era la hostia como escritor además de una bellísima y excepcionalmente humilde persona. Y por eso le dieron un premio. Por eso y por el libro, claro.

Claro.

Superada la tentación de hablar de su padre (imagínense el material) siquiera figuradamente, Atticus Lish se aventuró en una historia de amor que nunca ocupará las estanterías rosa chicle de los grandes almacenes. Sus protagonistas son un excombatiente de la guerra de Irak (ya tenemos otra sombra: la del 11S) con síndrome postraumático y una china musulmana que ha malvive en Nueva York previa detención, retención, amedrentación.

«Pero había más; se enteró después. Aquello era sólo el principio. Cualquier agente podía llevarla del codo a dar un largo paseo hasta el otro lado de la prisión, enseñarle una lavandería llena de reclusos, decir: Aquí está vuestra nueva ayudante, ¿os la dejo un rato?, y esperar lo bastante para que se le helara la sangre. Después decir: Era broma, ¿te has cagado encima? ¿Quieres comprobarlo? Y mientras la acompañaba de vuelta al ala de las mujeres, diría: Seguro que ahora te mostrarás más simpática conmigo, y la encerraría en el baño para volver más tarde. Si la reclusa se resistía, estaba autorizado a cargar contra ella como si fuera un hombre, derribarla, golpearle la cabeza contra el suelo, darle una descarga eléctrica en la espalda y arrastrarla de una pierna mientras ella gritaba y las cámaras lo grababan todo en blanco y negro; atarla a la silla, meterle una bolsa por la cabeza y dejarla allí doce horas hasta que suplicase un poco de agua. Y él podía contar hasta doce tan despacio como le viniera en gana. Luego la asistente social, al verle los ojos amoratados como ciruelas, preguntaría: ¿Por qué peleas con el personal? Y pondría «Antisocial» en su expediente. Eso añadiría tiempo a la condena, fuese cual fuese, cuando por fin tuviera una condena, y así se agenciarían un trozo más de su vida. Bastaba con que les diese un motivo. Iban a violarla a menos que se comportara y se moviera de una forma determinada y, aun así, podían pillarla en cualquier momento y perderla en la lavandería. Se lo hacían a las chiquitas medio indias de las bandas mexicanas. Si después lloraba demasiado, le darían trazodona. Luego la llevarían arriba, amarrada a una camilla, y la abandonarían en un pasillo».

Una vez fuera, libre cual pajarillo enjaulado, la china conoce al chico loco, se hacen amigos, se aparean, tienen algo parecido a una relación. 

La novela son ellos en Nueva York, unas veces juntos, otras no. La novela es una historia de amor sin una triste concesión a las lectoras de pasiones inconfesas por los torsos desnudos. Aquí se vive en un zulo, se trabaja a destajo, se huye continuamente. Se teme al futuro casi más que al presente. Se busca una salida digna: ella quiere la nacionalidad y lo quiere a él; él la quiere a ella y salir de su locura. En ningún caso necesariamente por el orden descrito.

«Todos habían cambiado, la guerra había cambiado y las rarezas de Skinner apenas se notaban. Estaban incrustadas en la guerra, eran su consecuencia lógica. La misma guerra era cada vez más extraña. Dentro de su unidad, se identificó con un grupo de soldados que se hacían llamar «los sacos de mierda». Los soldados llamaban «sacos de mierda» a las bolsas de plástico facilitadas por el ejército a modo de cagaderos portátiles. Cuando coreaban su nombre y entrechocaban los puños, equivalía a decir: Seguimos vivos. Tenían sus supersticiones y rituales, que se volvieron cada vez más complejos. Iniciaron una vida tribal. Algunas de las bandas dentro de la infantería se vieron involucradas en asesinatos. Dejaban cables o armas encima de los cadáveres. Un sargento de artillería de Akro, Ohio, se convirtió en capo de un escuadrón de la muerte. Skinner era un enfermo mental que día tras día transitaba por la zona de combate agravando sus daños: cortes que no cicatrizaban, dolor de espalda, diarrea, pérdida auditiva, visión borrosa, cefaleas, calambres en las manos, insomnio, apatía, ira, tristeza, desprecio, depresión, desesperación».

Mediada la novela surge el conflicto. No todo va a ser drogas, alcohol, trabajo y ansiedad. Un tercer personaje es presentado como el chico malo que viene a traer el miedo y la violencia. Cuando este personaje aparece, la novela tiembla. Aquí mi sombrero, señor Lish: magnífica la gestión del miedo; un diez al crescendo de la tensión.

«Ella se creía muy lista. Cuando la descubrieron, dijo: Vale, me habéis pillado. Tenía un culo bonito. Tuvo que ofrecérselo. Me habéis descubierto, así que tengo que seguir las reglas. Pues muy bien, dijeron, si lo ves así. Y se la follaron. Hasta aquí, todo bien. Todo legal. La habían pillado, sin trampas. Y ella, como mujer en su posición, supo lo que le tocaba hacer. Pero era una intrigante. No llamaré a la policía, dijo. Dejadme ir. Fue a buscar su bolso y no estaba. ¿Por qué no está la ropa? Porque no irás a ninguna parte. Estaban en un sótano, lejos de todo. Es entonces cuando ella se pone en guardia. Ahí es cuando sabe que se ha metido en un buen lío y quiere librarse dando palique, como ha hecho siempre para salirse de los marrones. Pero ahora no le sirve de nada. Ese tío no se traga nada de lo que le cuenta sobre su triste vida. Y le dice, esto es lo que voy a hacer: Por cada mentira que hayas dicho, te daré una paliza. La golpea como nadie la ha golpeado en la vida. Ella grita y llora durante, veamos, dos días. Al final, él le da un espejo. Está destrozada. Nunca podrá volver a andar, ni podrá tener hijos. Llama a su mamá. Mamá mamá mamá por favor no me mates. Él le da la buena noticia. Nunca saldrás de aquí. Y a ella se le ponen los ojos como platos. Le suplica, dice que le hará una mamada. No. ¿Quieres esto? No. ¿Quieres aquello? No. Nunca saldrás de aquí. Morirás aquí, y no será divertido. Llora cuanto quieras. Jimmy levantó los dedos, adornados de nuevo con anillos de calaveras, y se apretó las comisuras de los ojos, allá donde caerían las lágrimas. A nadie le importan tus tristes ojos castaños. Era su fin y ella no acababa de creérselo».

Termino.

Bien por el pequeño Lish: por la historia; por el estilo. Y bien por Sexto Piso: por el hallazgo, por la traducción (a cargo de Magdalena Palmer, dicho sea de paso); por traernos tantos regalos de los dioses en forma de buena literatura.

Una vez más: he aquí mi sombrero, señores.


jueves, 7 de julio de 2016

Fe de lectura: ‘Tu amor es infinito’ de Maria Peura

Nadie me preguntó qué leía mientras leía esta novela. Mejor; no hubiese sabido qué contestar. Bueno, es decir, sí lo sabría: estoy leyendo, les diría, una novela sobre una niña de unos diez años que es sistemáticamente maltratada por su abuela y violada por su abuelo tras haber sido abandonada en casa de éstos por sus padres, una pareja de alcohólicos que están lejos de poder ver más allá de la botella.

«Quiero hacerlo todo bien para que el abuelito pueda amarme. El abuelito es mi única esperanza. La abuelita no me ama porque vuelvo loco al abuelito. Mamá ama el alcohol más que a mí. Papá está demasiado cansado para amar. Jesús no me ama porque no siempre me porto bien con el abuelito».

No me cuesta imaginar la reacción de mi interrogador: ¿por qué leer algo así?

Y lo cierto es que no tengo ni puta idea.

¿Por qué leo algo así? ¿Por qué nadie en su sano juicio leería algo así? Quién sabe. Para tomar conciencia del asunto no es, eso seguro. No se necesita tomar conciencia de este asunto. El asunto ya está permanente ahí, en nuestra conciencia. Es, a poco que abramos los ojos, nuestro pan de cada día. Hoy mismo, ahora mismo, mientras escribo esta fe de lectura, me entero por la noticias del caso un ex párroco de condenado a seis mierdosos años de cárcel por abusar de una niña desde que esta tenía diez años.

«[…] los abusos comenzaron en 1997 cuando, con ánimo libidinoso, sentaba en sus piernas a la niña y le tocaba los pechos por encima de la ropa. Posteriormente, cuando llevaba a la menor a casa en coche, la obligó a practicarle felaciones en hasta 20 ocasiones. Además, la violó varias veces en su habitación de la parroquia y, preguntado por el fiscal, ha reconocido que, en varias ocasiones, cuando la niña oponía resistencia, se colocaba sobre ella, la agarraba con fuerza y abría sus piernas para penetrarla».

Afortunadamente el párroco está “totalmente arrepentido”. No parcialmente, no. Totalmente. Lo que hizo estuvo mal y lo sabe y lo siente y está más que dispuesto a penar seis largos años y otros cinco de alejamiento. Transcurridos once años ya podrá volver a meterle la polla en la boca de la muchacha, que ya no será menor, por lo que ya no tendrá que arrepentirse, si acaso el problema era la edad, que tampoco quiero darlo todo por hecho. 

La novela es exactamente lo mismo. El abuelo quiere mucho a su nieta. Muchísimo. Tanto como así:

«El abuelito me sujeta contra el suelo y me agarra de la cabeza, me estruja entre las piernas. Me aferro con los dedos a la caña de sus botas. Las uñas se me rompen con dolor. Me trago al abuelito, ojalá la pintura salga disparada rápido. […] Dentro de poco voy a ahogarme, pero no pasa nada. Me he vuelto pequeña otra vez. Aunque del pene del abuelito sale a chorros muchísima pintura, me vuelvo pequeña, casi invisible. El dolor y el miedo se hacen menos densos, se convierten en un velo transparente. Soy parte del abuelito y la luz del sol se tamiza a través del velo tornándose de un color ceniciento».

Sí, efectivamente, han acertado: la novela está narrada en primera persona, siendo esa persona la víctima, una cría que, al no entender qué demonios está ocurriendo, busca refugio en la imaginación para tratar de hacer su particular infierno, en la medida de lo imposible, mínimamente llevadero. De ahí sus huidas, los amigos imaginarios, la poesía, un lirismo diría excesivo si no fuese la alternativa, esto es, relato crudo, insoportable:

«Voy a toda prisa hacia el desván. Cierro la ventana y me quito la ropa húmeda. Me envuelvo en una sábana con olor a pino y después abro la puerta que me conduce a la mente de Pentti. En la mente de Pentti hay una penumbra rojiza, y mucho silencio».

La abuelita muy maja. Sabe lo de la nena pero también que mientras la viola, su marido no tiene tiempo de partirle la cara a ella, algo que entra en la dinámica habitual de esa santa casa. 

«A una niña pequeña, sucia y mala la abuelita no quiere darle un beso. A las niñas pequeñas y sucias la abuelita sólo las toca con la vara y con la garra fría».

No se me ocurre ninguna razón para recomendar esta novela, del mismo modo que tampoco se me ocurre justificación alguna por haberla leído. Puedo entender que se empiece, si, como hice yo, se elige al azar este libro entre una pila de ellos, creyendo, tal vez, que la cosa va de niñas de maduran o, bonanza similar. Pero el caso es que una vez empezado este libro y pese a lo repugnante del asunto y, también, pese a ese lirismo que tantas veces he condenado, casi siempre (no es el caso) por su gratuidad, no he podido dejarlo. El libro, digo. No he podido mandarlo a la mierda, que era lo que me pedía el cuerpo. Y no sé, de verdad, por qué no lo he hecho. Tal vez para no olvidar. Tal vez para que “acceso carnal” o “penetración bucal” dejen de ser terminología. Tal vez para que la imagen de un hombre un follándose un niño sea algo más que la imagen de un hombre follándose un niño, esto es, que una vez por todas sea la imagen de niño siendo follado por un hijo de la gran puta, que parece lo mismo, pero que no lo es ni remotamente.


lunes, 13 de junio de 2016

‘Seré un anciano hermoso en un gran país’ de Manuel Astur

Hoy vamos a inaugurar una generación literaria. Me apetece. Lo echo de menos. Incluso le he buscado nombre: GENERACIÓN EMOCIONAL. ¿Les gusta? Ya verán como sí. 

Al lío.

[‘Lo emocional’, parte uno]: Seré un anciano hermoso en un gran país, se vende, desde la editorial y desde donde sea que ustedes miren, como un Ensayo Emocional, que es algo que yo nunca había escuchado antes –y si lo había hecho, maldito el caso− y que a poco que nos dejemos llevar le dedicamos una estantería en nuestra biblioteca. Para mí esto ha sido determinante. La etiqueta, digo. Porque si se inaugura un género (o subgénero o fusión de géneros, que está todavía por ver en qué queda la cosa) yo quiero estar ahí, y si no, también.

El caso es que antes de continuar creo que deberíamos aclarar qué demonios es esto de ensayo emocional, a dónde nos conduce y qué tiene de verdad verdadera. Y lo más importante: si es o no un valor añadido o si sólo se trata de buscar una etiqueta que llame la atención de las masas.

Les voy a poner en contexto, para que sepan a qué atenerse: 


[‘Lo emocional’, parte dos]: Seré un anciano… está escrito por Manuel Astur. A los que estén de paso y sean nuevos en el barrio les diré que Manuel Astur es uno de los padres fundadores del Nuevo Drama, aunque en esta ocasión no he visto por ninguna parte el logotipo que habitualmente estos señores (Juan Soto Ivars, Sergi Bellver y el amigo Astur) medio ocultan entre sus páginas como declaración de intenciones, por lo que supongo que, o bien Astur es ahora disidente o es que en esta ocasión vamos en plan experimental y tampoco es cuestión de desvirtuar de un plumazo lo imaginario del sello. Eso, o que la editorial pasa de gilipolleces. O no a todo.

Maldades aparte, decíamos que Seré un anciano… está escrito por Manuel Astur, un escritor ya-no-tan-joven nacido en los 80 que ha sido todo uno verse la primera cana y lanzarse a escribir sus memorias de pura nostalgia de sí. El resultado es una obra de unas doscientas páginas en las que el autor habla de sí mismo y sus circunstancias desde el origen de sus tiempos y cómo ha cambiado todo y qué bien se vivía siendo el niño de Aquellos maravillosos años y qué grande Asturies, madre.

Pero estoy divagando. Para que entiendan lo de Ensayo Emocional: hay una parte de este ensayo que tiene lugar, si no recuerdo mal, cerca del final, pero eso es algo que no tiene maldita importancia. El autor se acuerda de lo que ocurría en su casa, en el campo, cuando era niño, en las noches de tormenta. 

«Rugía la tormenta y la luz oscilaba unos instantes, como si fuera de gas. Entonces, mi madre me mandaba a buscar las velas y yo corría con gran regocijo a revolver en los cajones del salón hasta reunirlas todas. Siempre eran menos de las esperadas, pues había gastado algunas jugando a derramar cera en la palma de mi mano cuando nadie me veía. Después, se iba la luz durante unos segundos. Ese era el segundo aviso. Mis hermanas salían de sus habitaciones y venían al salón. Mi madre ponía el chocolate al fuego. Mi padre sacaba su linterna, era suya y de nadie más, ya que el niño de posguerra civil que fue considera algunos objetos, hoy comunes, sobre todo mecheros, navajitas y linternas, como auténticos tesoros para aventureros. La tormenta retumbaba y centelleaba fuera. La lluvia descargaba con furia y un río de agua bajaba por la calle. Algunas personas empapadas corrían a resguardarse en los portales, y corrían riéndose, como si les hubieran pillado haciendo una trastada. Nosotros mirábamos desde la ventana y también nos reíamos, y nos sentíamos tan protegidos, tan unidos, la pequeña tribu de homínidos en su confortable cueva. Finalmente, un gran trueno hacía temblar hasta los cimientos y se iba la luz, para no volver hasta dos o tres horas después. Ese era el momento de viajar en el tiempo. Encendíamos las velas y nos sentábamos a la mesa del salón a tomar una taza de chocolate, tan denso y cálido como la oscuridad redescubierta que nos rodeaba».

La narración se tira de cabeza en la nostalgia y los que hemos vivido aquellos larguísimos apagones (en los que, dicho sea de paso, a nadie se le ocurría llamar a la compañía eléctrica para exigirle una reparación inmediata ni reclamarle daños y prejuicios porque se nos fuesen a derretir los colajets) en los que también cenábamos y estudiábamos y padecíamos la tormenta sentados alrededor de aquellas ruidosas lámparas de gas, lloramos de la emoción. O casi. Eran otros tiempos. Ni peores ni mejores, si acaso lo segundo (infancias infelices aparte). Cuando Astur nos cuenta que su padre les decía que así se vivía antes, lo que está haciendo es encadenar una nostalgia con otra y demostrar que el hombre es un animal optimista que tiende a la infelicidad.

Resumiendo: Astur se hace mayor o, más bien, Astur siente que se hace mayor, porque a los treinta y cinco o treinta y seis no se puede ser mayor; se puede ser, en todo caso, una máquina de follar pero no mucho más. No hay necesidad. Porque una cosa es la crisis de los cuarenta, que es un cosa que podemos entender todos, hayamos o no sido escritores, y otra cosa muy diferente la necesidad de llamar la atención sobre un yogur que todavía no ha caducado. No sé si me explico. Cuando las personas normales, con oficio y beneficio, se acuerdan de las friegas que su santa madre les hacía en el lavadero para sacarles la roña del día, lo comentan frente a una cerveza y se ríen y alguno hasta se emociona. El resto escribe un libro.

Con todo, no está mal, se lee con cierto agrado. Astur está muy lejos de ser el abuelo cebolleta con sus batallitas y tampoco hace suya la frase cualquier tiempo pasado fue mejor (aunque en el fondo todos sepamos que así es exactamente como es) gracias seguramente a esa visión, ya hemos visto, optimista, a esa costumbre de ver siempre el lado bueno (o no exactamente “bueno” pero tampoco necesariamente malo) de las cosas o la vida o como quieran ustedes llamar a este desastre.


[‘Lo emocional’, parte tres]: Yo sé que sólo uno no hace generación por mucha nocilla que le ponga a la tostada pero visto con cierta perspectiva este desbarre de hoy tiene mucho más sentido del que parece. Porque si a la necesidad o el deseo o simplemente las ganas de dar un paso atrás en la narrativa que proponen los New "kids" on the block de la letras, también conocidos como los New Drama (Astur incluido, le pese lo que le pese), le sumas la sobrecarga emocional de los dos tomos dos del Yo fui a EGB (P&J), lo acompañas del Hit Emocional (emocional, ven) de Juanjo Saez (Sexto Piso) y lo rematas con la penúltima y originalísima idea de Miqui Otero consistente en escribir un Elige tu propia aventura para adultos (La cápsula del tiempo, Blackie Books); si sumas todo esto, decía, el resultado será (es) un grupito la mar de majo que lo mismo te anima un guateque en la parroquia que te escribe una obra maestra. Porque todos son de la quinta y todos miran al pasado con la misma mirada vidriosa y todos ocultan las primeras calvas o peinan las primeras canas, y todos hacen de la nostalgia una herramienta de promoción y de la emoción, su argumentario.



viernes, 13 de mayo de 2016

Ya sólo queremos Gaddis (una aproximación tangencial a ‘Su pasatiempo favorito’)

Hace unos días, en facebook:
«Yo sé que con Gaddis me pongo siempre muy pesado y sé también que las comparaciones, por lo general odiosas, que establezco, no lo son menos. Me refiero a esa…. desagradable, digamos, costumbre habitual mía de utilizar a Gaddis como vara de medir, como si ahora la masa humana pudiese mirar a los ojos al mismo Dios; costumbre que algunos escritores han utilizado en alguna ocasión para quitar hierro a una mala reseña de la que han sido o podrían llegar a ser objeto pero… Pero NADA. Sigo en mis trece. Llevo algo así como quinientas páginas de Su pasatiempo favorito y me reafirmo en la sospecha que ya pesaba en la trescientos: PUTA OBRA MAESTRA. Una vez más. Y van… Ya no es que Gaddis no defraude sino que es casi (CASI) el único escritor del mundo capaz de demostrar con hechos y no con palabras que el genio, el GENIO auténtico, no sabe de casualidades ni tiene amigos críticos o editores y que todo lo que no sea aceptar o reconocer esto son excusas de mierda y pobreza de espíritu y MEDIOCRIDAD. Que no pasa nada por ser mediocre, pero tampoco pasa nada por reconocerlo».
Y entonces unos que si no te pases por un lado (que qué cojones de obra maestra ni que ocho cuartos si mucho mejor jr si mucho mejor los reconocimientos) y otros que si por favor por dónde recomiendas empezar no menos de veinte veces y yo siempre lo mismo que si tienen que hacer el favor de interpretar mis palabras a los unos que si gótico carpintero tiene lo mejor del Gaddis que me más me gusta y se lee en suspiro y medio a los otros y todo por no decirle a los unos que sí que claro que puta obra maestra en comparación y a los otros que déjenseme de hostias y échenle lo que tienen que echarle y sumérjanse en jota erre, sumérjanse en lo puto mejor, que ya está bien de medias tintas y paños calientes, que la literatura debería ser una guerra y no este cachondeo padres de mesas de novedades, que ya nada más que ve uno novelitas de mierda y en los ojos ajenos el temor a ser comparado con deidades que un día también fueron nadies y gemiditos de escritor que se sabe clara, notable e insalvablemente INFERIOR.

Y eso un día y otro día o, no sé, tal vez el mismo (podría comprobarlo, pero mira: mínimo esfuerzo) alguien menta a alguien que también se ha leído la novela y ha subido una citas en su propio blog a modo de prueba fehaciente de lectura y la reseña en uno ajeno, reseña que leo y de la que salgo medio asombrado de puro ligera y evasiva. Y otra vez yo y otra vez no sé quién en Facebook, que es donde parece que acabará dando con sus bites esta medicina:
«Conozco el blog (he reseñado a B… en el pasado). Acabo de leer la reseña que en realidad publica en _.com y, bueno, no estoy muy de acuerdo con su interpretación. Dice B…: «¿Justicia? La justicia se encuentra en el otro mundo. En éste lo que hay son leyes. Tal declaración de intenciones será uno de los motores con los que funcione el relato: la sátira sobre el complejo y agotador mundillo de los entresijos judiciales, de las demandas y de las sentencias, sostenido por una red de personajes que sólo quieren denunciar a terceros para ganar dinero, circunstancia que en Estados Unidos es una moneda común: los abogados aconsejan demandar a otros siempre que haya oportunidad». Y no va mucho más allá, B…
Y sí, es cierto, entresijos judiciales, demandas y sentencias hay para aburrir, pero, en mi opinión, esta no es una novela que trate sobre la justicia más que como excusa, sino con algo que tiene mucho más que ver con la originalidad en el arte: qué robamos queriendo o sin querer, qué no es nuestro y qué sí es o qué puede considerarse realmente una aportación propia. Incluso las diferentes interpretaciones que hacemos del arte, del mismo modo que se interpretan las leyes que suponemos poco dadas a tal cosa, motivo por el que creo que es tan acertada la elección de eso que B… considera el “motor” de la novela, esto es, la justicia como argumento.
Pero da igual, cualquier cosa que yo o B… o quien sea digamos sólo servirá para simplificar algo que no lo merece; algo sobre lo que deberían estar corriendo ríos de tinta y que sin embargo parece condenado a caer en el mayor de los olvidos por culpa de tanta obra maestra de mierda que llena las estanterías de novedades».
Y esto en la página quinientos, cuando estaba yo medio en las nubes, que es una cosa muy normal cuando se lee a Gaddis, esa sensación de flotar, saben, de estar por encima de, de estar sacándole tanto partido al tiempo como es posible. Y doscientas páginas después, la confirmación: sobresaliente alto para Su pasatiempo favorito y la confirmación de laureles y gloria eterna para William Gaddis. Y más preguntas y convencimientos varios tipo venga va me leo a Gaddis empiezo por los reconocimientos o empiezo por jota erre o cómo empiezo y yo, que ya no sé, me rindo una vez más.
«Tengo que decir lo siguiente: creo que yo nunca he recomendado JOTA ERRE a nadie. He hablado mucho y muy bien de ella y he dicho millones de veces que es una de mis dos o tres novelas favoritas. Quienes me leen lo saben. El que ha querido tomar mis desmedidos elogios y mi pasión infantil como tal ha sido porque ha querido. Y no lo he hecho, es decir, no la he recomendado, porque creo que para leer JOTA ERRE hay que tener una disposición especial y sobre todo hay que llegar al libro como sea que uno llega a los libros que más le gustan (yo lo hice previa lectura de otro Gaddis y animado por un comentario casual de Juan Francisco Ferré no sé si en red social o en su blog mucho antes de su publicación en castellano), entre otras razones porque hablamos de una novela cuyo reparto está formado por unos 120 personajes que tendremos ir descubriendo a golpe de lupa y paciencia y tal vez alguna guía espirituosa y, bueno, las cosas como son, no todo el mundo está dispuesto a pasarse mil y pico páginas tirándose de los pelos y riendo a carcajada limpia mientras se corre de placer una y otra vez. Su pasatiempo favorito es mucho más fácil ya que habrá, como mucho, no sé, unos veinte personajes, no muchos más, de cierta relevancia, pero siempre y en todo momento estará presente uno de los dos protagonistas (una pareja de hermanastros, hijos del mismo padre, una figura mastodóntica que, sin tener una sólo línea de diálogo, es una presencia constante). Ahora bien, la experiencia de leer JOTA ERRE es difícilmente superable entre otras razones porque con JR (o con Su pasatiempo, qué coño) uno tiene la sensación de que la literatura está siendo aquello que debería ser siempre y todo momento (y que no es un poco porque no nos da la gana y otro poco porque ya no hay escritores como los de antes). Nos equivocamos cuando hablamos del género como literatura de evasión. Pero nos equivocamos no nos imaginamos cuánto. Es que… ¡valiente estupidez la nuestra! Literatura de evasión es JOTA ERRE o Su pasatiempo favorito o Gótico carpintero o o o… desde el momento en que el mundo (hipotecas y niños incluidos) desaparece, literal y literariamente, como ustedes prefieran, durante el tiempo que pasamos inmersos en su lectura.
O puedes leerte algún bosnio que recién ha descubierto la editorial independiente de turno».
Cuando leo a Jesús Carrasco o a Marina Enriquez no pasa nada de esto. Como mucho comentarios tipo no tienes ni puta idea y tal pero nada de mensajes privados ni ofertas de libros varios y desde luego nada de gente lanzándose a leer JR o Su pasatiempo o lo que tenga más a mano. Por eso nos gusta Gaddis, porque nos pone a todos muy cachondos. Y por eso nos gustan los lectores de Gaddis, porque los lectores de Gaddis son más guapos y más altos y con diferencia mejores lectores y mejores personas que el resto y desde luego tienen un gusto mucho más exquisito, así en general.

Es por ello que a partir de este momento en este blog en el que ya sólo queremos Gaddis, consideramos la no lectura de esta u otras novelas del escritor americano, un acto de COBARDÍA.


lunes, 15 de febrero de 2016

‘Las relaciones peligrosas’ de Choderlos de Laclos

Debía tener yo 17 o 18 años cuando leí por primera vez esta novela. Acababa de ser seducido por la adaptación cinematográfica de Milos Forman cuando la descubrí entre el catálogo de Círculo de lectores. Es más que probable que me hubiese dado de alta en aquello sólo para hacerme con ella. La devoré, literalmente. Si la película me gustó, el libro ni les cuento. Desde el momento cero fui pasto de las llamas y es hasta hoy, hasta ayer para ser exactos, que me han durado los efectos. He tenido desde siempre, desde mucho antes de tener sentido común, sentido que debe estar por llegar, esta novela como una absoluta obra maestra de las pasiones, carnales o no, y las peores intenciones.

Los protagonistas son dos hijos de puta como pocos: ella, la viuda de Merteuil; él, el vizconde de Valmont. Los dos dedican las horas muertas del día a maquinar y destrozar vidas ajenas. Al vizconde le gusta mucho seducir (tanto o más que follar, nada menos) y un buen día se propone la imposible tarea de seducir a una devota y entregada mujer casada, la presidenta de Tourvel, que es algo así como el Everest de los amores imposibles. La seducción, caso de tener éxito, le reportará prestigio internacional, que para el que no tiene mejor cosa que hacer en todo el día está muy bien. El mérito añadido está en engañar a la pobre de la mujer toda vez que el vizconde tiene fama en los salones de de putero y mentiroso.

A la viuda la mueven los actos de venganza mucho más que la satisfacción que le pueda proporcionar el sexo, algo que su condición de mujer le pone a diario en bandeja. Para reventar el matrimonio concertado de equis hombre, pide a su buen amigo Valmont que se beneficie a la prometida del susodicho, una quinceañera recién salida de un convento que anda medio enamoriscadilla de un imberbe que también verá peligrar lo suyo. La idea es “llegarla” al matrimonio en Modo Experto en kamasutra y otras contorsiones.

Y todo esto por whatsapp, esto es, a golpe de carta. La novela es la recopilación de la correspondencia de unos y otros yendo y viniendo y confesando y llorando y reclamando. Son casi quinientas páginas del amor en sus diversas formas, empezando por la ausencia del mismo y terminando por el exceso que lleva a la muerte mortal de necesidad. Hay doscientas páginas de elegantes formas de decir te amo y otras doscientas de yo a ti no total para acabar pecando. A mayor resistencia mayor el golpe, ya se sabe. 

Hoy veo todo esto insoportable, será la edad que me avinagra. El caso es que aquello que a los veinte desataba la locura y pese que, lo reconozco, me sigue pareciendo una historia deliciosa de puro pérfida, es una novela que no me cansaré nunca de recomendar, por activa, por pasiva y por refleja, porque creo sinceramente que es, dentro del género "romántico", lo más; el caso, decía, es que hoy (por ahora) se me ha hecho un poco pesada, porque una cosa es resistirse y otra la generosa obcecación de la Tourvel que roza lo imposible pero sobre todo porque, como he insinuado, fue una novela que ya en su momento marcó un antes y un después llegando el punto que, traducción al margen, recordaba frases enteras (momentos clave por lo que general, que, para no reventarles la lectura, voy a obviar), momentos, instantes, hechos… Todo, la verdad, en definitiva: cómo se llevan a cabo las seducciones, cuáles eran los motivos de cada personaje para hacer lo que hace o cómo termina cada uno de ellos… Y esto lo digo como un cumplido, pues no soy yo bueno para esto de la memoria a largo plazo. 

La contradicción en la que entro y que, dicho sea de paso, acepto con sumo placer es que en esta segunda lectura llevada a cabo veinticinco años después de la primera ha terminado no sé si poniendo en evidencia los defectos de la novela o los míos como lector al no haber sabido envejecer (uno de los dos) del todo bien. En cualquier caso el resultado es el mismo: maravillosa historia, sí, es verdad y geniales los personajes, pero es demasiado larga y en exceso repetitiva. Se puede decir ven cien veces y se puedes contestar no otras cien, pero no es necesario contárselas todas al lector y desde luego no es necesario hacerlo con tanto detalle. Nos hacemos a la idea. Le hubiese hecho un gran favor al mundo que el recopilador de esas cartas hubiese extraviado alguna o directamente metido la tijera en la mitad.


* * * *

Por lo demás, NOTAZA para la edición de Sexto Piso, no sólo ya por la calidad habitual de estos ilustrados sino por los dibujos de Alejandra Acosta, que ha sabido reflejar con gran acierto en cuatro trazos la brutalidad de esos villanos de antología y de una historia cargada de sexualidad. Les he dejado un par de imágenes robadas de la red para que se regalen la vista.

Respecto a la traducción de David M. Copé, nada que objetar: refrescante y muy necesaria actualización de un texto que, de que cualquier otro modo, podría invitar a la espantada de tanto moderno que anda suelto por ahí y al que no le vendría mal echar un poco la vista atrás.

jueves, 21 de enero de 2016

Una aproximación a ‘La muerte de mi hermano Abel’ de Gregor von Rezzori

Bueno, aproximación… menos que tal, la verdad, menos incluso que fe de lectura en curso. Menos que nada. Si acaso oportunismo, ganas a asomar la patita... Ya me conocen. Y es que con poco más de doscientas páginas leídas (25 por ciento del total), realmente poco se puede decir que no sean las simplezas de siempre. Tal vez echar la vista atrás, establecer comparaciones… Tal vez leerles la contra, introducir algún chiste… No, es verdad, no es mucho, pero he decidido o, más bien, me he propuesto (sí, esa clase de propuestas) hacer del blog un espacio realmente libre, no sujeto a convencionalismos o estúpidas imposiciones, normas o regulaciones; me he propuesto abandonar de una santa vez la idea de una web dedicada exclusivamente a reseñar novelas leídas o a despotricar sobre aquellas abandonadas. ¿En qué momento hemos decidido que no se puede o debe hablar de las impresiones que produce determinado libro en determinado momento? ¿Por qué sí en Goodreads, por ejemplo, y no aquí? O, ¿en qué momento las aproximaciones se convirtieron única y exclusivamente en una forma a ajustar cuentas o levantar sospechas y no en trucos de almendruco para recordarnos que estamos vivos, que no todo se ha perdido? Si lo pienso, lo mejor de leer un libro es el momento en el que uno está sumergido en su lectura, no después, una vez se ha terminado y ya no hay nada que hacer, cuando ya está uno vendido, cuando ya todo son sentencias y cero dudas y afronta uno el papel en blanco con una insoportable serenidad.

Pero estoy divagando.

Desde que se publicó esta novela no he escuchado otra cosa que si obra maestra por aquí, que si obra maestra por allá, que si yo qué sé. Y no se equivoquen: me lo creo. De hecho, parte mi problema es ese: que me lo creo siempre y me lo creo todo o más bien me lo quiero creer toda vez que sé que nunca se dice del todo la verdad.

Afronto, pues, la lectura con la ilusión y los nervios de un adolescente ante su primer polvo; como un devoto frente a un altar. 

Ahora es cuando debería empezar la provocación: decir o bien que no, para nada, que menuda mierda y tal o bien que qué locura, santo cielo, qué maravilla, ah, si fuera el resto así. Bueno, pues no, de momento –ya veremos cómo acaba− ni lo uno ni lo otro porque las cosas como son: no hay quien amarre esta puta novela. Está resultando un tanto esquiva de puro excesiva, que ya sabía yo que Rezzori lo era (excesivo y, también, esquivo) pero no imaginaba que tanto, maldita sea, que me va a dar algo, que no es justo que a mí, con lo que me gusta que me cuenten cuentos, me tengan buscando por los estantes, sobre los muebles y bajo las alfombras piezas de argumentos para montar puzzles. 

La muerte de mi hermano Abel trata sobre un señor, de profesión escritor, que tiene entre manos una novela inacabada que lleva como veinte años preparando. Un editor le pide que resuma el argumento en tres frases tres:

«[…] no podría contarle la story de mi libro en tres frases. Ésta prolifera entre mis manos sin que yo intervenga en absoluto, actúa por su cuenta, se multiplica en una suerte de partenogénesis incontrolable. Cualquier cosa que narre, da lugar a otra narración. Cualquier historia genera otras diez: un crecimiento celular híbrido que no es posible controlar de ninguna otra forma». 

Tal cual. Pero tal cual, eh, después no digan no se lo he advertido. Si algo hace el argumento de esta novela es huir permanentemente de un lector que corre tras una sucesión infinita de pistas falsas que no sé sabe cómo acaban tejiendo una urdimbre de un algo que es todo y nada a la vez. Es prácticamente imposible no perderse en algún momento (bueno, lo difícil realmente es encontrarse siquiera una vez) por lo que además de obstinada (especialmente al principio, puesto que es una novela que se toma su tiempo en arrancar) la lectura ha de pausada, prácticamente estática pero fundamentalmente (he aquí mi consejo) recreativa.

Con todo, y a pesar de los juramentos (todo mentira), hay una serie de cosas que la hacen, al menos a los ojos de quien esto escribe, especialmente atractiva, y que son las que realmente me animan y estimulan, traen por la calle de la amargura y condenan y encadenan a la novela. Por un lado está su innegable paralelismo con las obras de otro grande (inmenso, más bien): Thomas Bernhard, a quien robaré una cita a modo de argumento:

«Y precisamente aquí, en ese suelo de muerte que me es congénito, me encuentro en casa, y más en casa en esa ciudad (mortal) y en esa región (mortal) que otros, y cuando hoy voy por esa ciudad y creo que esa ciudad nada tiene que ver conmigo, porque no quiero tener nada que ver con ella, porque desde hace ya tiempo no quiero tener nada que ver con ella, sin embargo todo lo que hay en mi interior (y en mi exterior) viene de ella, y yo y la ciudad somos una relación perpetua, inseparable, aunque también horrible. Porque realmente todo lo que hay en mí se refiere y se remonta a esa ciudad y a ese paisaje, ya puedo hacer y pensar lo que quiera, y cada vez tengo conciencia más viva de ese hecho, un día tendré una conciencia tan viva de él que, por ese hecho como conciencia, pereceré. Porque todo lo que hay en mí está a la merced de esa ciudad que es mi origen».

Bernhard hablaba en su autobiografía mucho y mal Salzburgo, una ciudad que, tal como le ocurría a Rezzori con Alemania, odiaba y amaba casi con la misma loca pasión toda vez que había sido su razón de ser y existir, motor de su creatividad. Tal como comenta José Anibal Campos, traductor de La muerte de mi hermano Abel, en noséqué especial (bueno, sí lo sé, pero ese no es el tema) sobre la obra del escritor

«Rezzori odiaba Alemania con la rabia del hombre profundamente ofendido, del hombre que confió en que se le acogiera en su patria y luego quedó profundamente decepcionado. Sin embargo, yo creo que en esto pasó por alto lo mucho que le debe a Alemania. Porque el cuestionamiento crítico que siempre experimentó en este país fue un desafío y un estímulo extremo para su creatividad». 

Otro de sus grandes atractivos reside no tanto en las decenas o cientos o miles de pequeñas historias como en una serie de personajes a cual más atractivo empezando por el tío Ferdinand, hasta el momento la más feliz creación de esta novela, un tierno y a su manera inevitablemente despreciable personaje que habita fuera y dentro de su tiempo (si acaso tal cosa es posible) mientras lucha por conservar un mínimo de aquello que fue tanto una época como él mismo: «El tío Ferdinand inmortaliza el mundo en el que ha vivido». 

Me gusta pensar que es al tío Ferdinand a quien entierran al comienzo de unos de los mejores relatos que he leído en mi vida (y no me refiero únicamente a los escritos por el propio Rezzori): “El cisne” [reseña].

«Y es lo que yo quisiera explicarle a mi difunto primpo Wolfgang: la inocencia de tío Ferdinand. Su incapacidad para ser y hacer otra cosa, una incapacidad eminentemente creativa. La manera inextricable en que está ligado a su época, la unidad de su ser con el espíritu de la misma, con el Zeitgeist: una unión tan íntima que fenece con la propia época, pero lo hace cantando como un cisne moribundo».

Por último y por aquello de no eternizar este post (pues las infinitas historias de La muerte de mi hermano Abel invitan a artículos a su vez infinitos (obsérvese que nos encontramos frente a una novela a la que perfectamente podríamos dedicar los diecinueve o veinte años que el protagonista asegura haberle dedicado (y pese no haberla terminado o precisamente por ello)) sin riesgo de agotamiento, ni de quedarnos jamás sin algo que decir o sin mucho que descubrir; de relectura, pues, obsesiva; obsesiva y obligatoria, con todo lo que tiene esto de frustrante, de desesperante, con todo lo que tiene de orgasmante); por último, decía, está la promesa, recién leída (allá por la página doscientos), de lo que está por venir, que no es otra cosa que la inexplicación de cómo una ciudad entera puede volverse completamente loca postrándose a los pies de un demente, de cómo medio continente puede sucumbir también a esa locura de banderitas, de clase media embrutecida y enferma de odio:

«He invertido muchos esfuerzos en mis manuscritos para explicar de manera comprensible cómo esa ausencia, ese estado de trance surgió a partir de mis vivencias el día 12 de marzo de 1938, el día que Adolf Hitler regresó a su país de origen, Austria, y las tropas alemanas ocuparon el país en medio de la aclamación delirante de la población. Pero aun el análisis más concienzudo deviene en este caso algo inexplicable. Aquél fue un día de esos que marcan un cambio de épocas. Un día de solstitium en el que el sol se detuvo en medio del cielo. Escribir esto es fácil, pero resulta bastante más difícil demostrarlo. No obstante, lo haremos en otro momento del relato». 

No me gustan los relatos y por lo tanto no me gustan (no acostumbran a gustarme) las novelas que se construyen a golpe de pequeñas historias. No me gustan los collages narrativos. Pero lo sí me gusta, no, lo que me encanta, lo que me vuelve loco son precisamente las novelas que me vuelven loco.

Que no se nos olvide: leemos por esto. Es decir, quienes leemos, o muchos de los que leemos, al menos, ya que no todos leemos igual ni leemos lo mismo ni, por descontado, leemos por lo mismo; quienes lo hacemos y sobre todo quienes lo hacemos del modo que lo hacemos, quienes llegamos o hacemos por llegar a libros diferentes, a autores diferentes, lo hacemos, leemos, para llegar a esto, a novelas como esta, a autores como este y para ninguna otra cosa y para nadie más, y lo hacemos para disfrutar, para qué otra cosa si no, pero también lo hacemos, leemos, para descubrir un autor o una novela que lo ponga todo patas arriba, que se nos meta en la cama y nos obsesione, que nos levante y nos desespere, que nos quite el sueño, que nos recuerde porqué amamos lo que amamos y porque odiamos a quienes odiamos, que nos recuerde porqué leemos los libros y a los autores que leemos y porqué despreciamos los libros y los autores a los despreciamos y odiamos como sólo odian y desprecian los mejores.

En poco más de doscientas páginas La muerte de mi hermano Abel se ha hecho muesca en mi calendario. Me quedan seiscientas. Páginas, digo, no muescas. Muescas pocas, me temo, pero mejor así. Seiscientas páginas, digo, eh, seiscientas. Casi casi ni una menos.

Ahora ya se pueden morir de envidia.