En esta novela hay leiras, lareiras, carreiros, corredoiras, mucho tojo, mucha vaca, mucho ambiente cerrado, mucho pacto de silencio.
Lo rural. Lo rural gallego, nada menos. Esto es, aquí al ladito. Años cincuenta, años sesenta. Esto es, hace nadita.
Viendo la insistencia, parece que lo rural, más que una moda, ha venido para quedarse.
Pero estoy divagando.
El tema: dos mujeres dos llegan a una aldea. Se las conoce como Las inviernas. Y se las conoce porque hace tiempo, muchos años, como veinte o treinta, siendo una niñas, ya vivían en el pueblo, en ese pueblo, pueblucho, con su abuelo, abuelito querido, abuelito lindo y bueno, abuelito que un día, justito antes de morir, las sacó de allí con cierta precipitación no les fuera a pasar algo. Ellas… bueno, hicieron lo que se les dijo: huyeron, emigraron, vivieron el Londres, trabajaron, volvieron a Galicia, acumularon secretos y hoy, tanto tiempo después, han vuelto al hogar dulce hogar, al monte, a casa del abuelo sin abuelo.
Acumularon secretos, dije. Sí que lo hicieron, sí. Conviene recordarlo.
Mujeres con secretos llegan (tal vez buscando refugio; seguramente buscando refugio) a pueblucho de mierda plagado de infelices habitantes secretos y soportando lo que parecen sentimientos de culpa por algo que ocurrió hace tanto tiempo. Casi parece Infierno de Cobardes. Bromeo. Las cosas no van, ni remotamente, por ahí.
«PASARON una mañana como el susurro de un avispón, más rápidas que un instante.Ellas.Las Inviernas.Los hombres doblados sobre la tierra se enderezaron para observar. Las mujeres detuvieron las escobas. Los niños dejaron de jugar: dos mujeres con grandes huesos cansados, como irritados de la vida, atravesaban la plaza del pueblo.Dos mujeres seguidas de cuatro ovejas y una vaca de andar balanceado que tiraba de un carromato cargado de bártulos.Al final de un carreiro que zigzagueaba entre nabizales, seguía estando la vieja casa del abuelo —también su casa—, ahora cubierta por las ramas de una higuera.[…]Llovía, y se metieron dentro.Ellas y las bestias.Barrieron el suelo. Arrancaron las telarañas. Colocaron los bártulos que traían. Hicieron una sopa. Menguó la luz y aumentó el frío.[…]Una se sentó junto a la otra y le dijo:—Estaremos bien.La otra contestó:—Sí.Y pasaron el rato sorbiendo la sopa, enfrascadas en aquella conversación.—Estaremos bien.No era temor. Acaso una sospecha, una rara intuición.—Estaremos».
Arranca, la novela, así. Y oye, bien; oye, muy bien: prosa seca, directa, sin artificios, un poco Agota Kristof, un poco Cormac McCarthy… Bien. En general, el resto más o menos así también, tirando a menos: ni tan seca, ni tan directa, ni tanto tiempo como uno quisiera.
Las nenas, señoras ya, se aclimatan, se toman su vuelta en serio: pasean la vaca, pasean las ovejas, van a misa, pasean ellas, recordando, claro, que es todo volver al pueblo y darse a recodar que si esto lo otro o lo de más allá.
La novela avanza, se siente, se recrea en esos recuerdos, nos habla de los vecinos: el profesor, el cura, el mecánico dentista: que si uno se ha casado porque sí, que si el otro era un egoísta, que si el de más allá se dedicaba a robar dientes a los muertos. Los gallegos son gente de costumbres.
Y el abuelo: el abuelito comprando cerebros en vida, ejemplar inversión frankensteniana a largo plazo. Y todos felices, vendiendo sus cerebros. Y todos amargados, sabiéndose vendidos. Y todos enfadados, acumulado el rencor.
Y hasta aquí puedo leer.
La novela se sostiene sobre dos o tres misterios: quiénes son Las Inviernas, a qué viene ese nombre, qué cosa tan terrible han hecho Las inviernas para tener que venir a refugiarse al pueblo, qué cosa tan terrible ha hecho la gente del pueblo para tener ahora que andarse con miraditas de labriego suspicaz.
«Nadie sospecha nada de lo nuestro. Somos jóvenes, hemos cruzado fronteras, ríos, puentes, ciudades, hablamos inglés, hemos visto el mar y hemos hecho cine. ¿Qué vamos a estar, aquí escondidas como las chinches y cerradas al mundo, con magníficos secretos en nuestro interior, como este cajón que no se quiere abrir?»
Pero lo cierto es que no ocurre nada destacable en la novela fuera de darle veinte vueltas a lo mismo y por más que se lea con cierta interés y sintiendo cierta curiosidad por ver cómo esas mujeres se las van arreglando en un ambiente tan hostil como aquel, por descubrir qué misterios son esos de los que tanto se habla; por ver qué especímenes son aquellos —especímenes prefabricados pese al esfuerzo por crear personajes originales— a los que se les da una importancia, se les presta una atención, se les dedica un tiempo que no queda ni remotamente justificado una vez terminada. Esa sensación, permanente, agotadora, de que se escribe para dar salida a una vocación, para publicar, nada más; de que se escribe para satisfacción personal, con un nivel de exigencia mínimo, con un nivel de esfuerzo mínimo para total no escribir nada más que una novela de misterio con resolución final, al más puro estilo Colombo, no vaya el lector a quedarse con dudas, con lo que eso duele. Ese tufo a convencionalismo.
Y el tiempo pasa. El tiempo siempre pasa. En la novela también. Y porque no sólo de misterios vive el hombre es por lo que las cosas se complican, todo para darle a la novela, la novela de misterios, un poquito de argumento de vida cotidiana:
«[…] algo se había torcido en el universo en el que tan cómodamente habían vivido hasta entonces las dos mujeres. Por el aire flotaban signos de una tensión doméstica y secreta. Ya no eran las discusiones infantiles e inocentes de antes. Vivían juntas, trabajaban juntas, dormían juntas como una pareja de amigas, pero extrañas la una a la otra, cada vez más conscientes de que algo las separaba: entre las idas y venidas al monte, entre riñas y los momentos de cariño, la insatisfacción se enroscaba lentamente en el corazón de las dos mujeres. El universo ya llevaba tiempo torciéndose: o más bien retorciéndose».
Y no mucho más, la verdad.
Sin llegar a ser una mala novela, incluso sin ser una novela especialmente aburrida, Las Inviernas no pasa de ser una novela más dentro en la producción personal de Cristina Sánchez-Andrade (afirmación que hago, pese a esto, desde mi condición de no-experto y/o completo ignorante); no pasa de ser una novela más dentro de la producción de Anagrama; otra novela más dentro de la producción editorial nacional. Una, otra, novela más en esa enorme pila de poco-más-que-simpáticas-novelas, poco-menos-que-prescindibles-novelas.
Sí, lo prescindible, una vez, otra vez más.

