Mostrando entradas con la etiqueta Alpha Decay. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alpha Decay. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de octubre de 2016

“Hermano de hielo” de Alicia Kopf

MIEDO A UN CLUB FEMINISTA

Me van a perdonar la introducción, pero no quiero evitarla. Verán, me metieron el otro día en un berenjenal. Un berenjenal pequeñito, no se crean. Carmen G. de la Cueva, militante profesional y tutoranda de talleres feministas de lectura, se indignaba con motivo de algunos comentarios que servidor había dejado caer en la reseña de Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout. «El machismo sale a borbotones de este post de Tongoy», decía, ella, soliviantada. En aquel post, yo, es verdad, insinué, medio en broma medio en serio o, dicho de otro modo, con todo el humor que me permiten temas de semejante transcendencia, que había un tendencia, por parte de algunas mujeres, a hacer buenos según qué libros (muchos libros, casi todos los libros) por la única razón de haber sido escritos por otras mujeres. Esto sería un poco lo de dar por bueno, en un bar de carretera, todo lo que escriba, no sé, Dan Brown, únicamente tener pene.

«Pensé que podrían criticarme por muchísimas cosas, pero nunca por hacer que la gente lea. [Ingenuidad máxima] Y sí, que lea libros escritos por mujeres ya que al señor Tongoy le cuesta tanto terminar cualquiera que haya escrito una mujer. Por poner dos ejemplos según sus últimas reseñas/ posts en el FB: "Las chicas" de Emma Cline o "Hermano de hielo" de Alicia Kopf al que compara con Marie Claire.
Yo no sé qué quieres que te diga, amigo, creo que soy bastante libre como para decir si un libro me gusta o no en mi muro de FB [todavía no lo había leído] y los demás son igualmente libres para que el libro no les guste, pero no me parece bien que ridiculices los libros que escriben las mujeres y a las mujeres que los leen. Al final, estás haciendo lo mismo que se lleva haciendo durante siglos: llamarnos histéricas, fanáticas, chillonas porque, en este caso, recomendamos con entusiasmo un libro, ¿no es esa una forma de silenciarnos? ¿de quitarnos autoridad?»

Y no, claro que no le quito autoridad. No hace falta; ya solita ella se la quita cuando asegura que no le parece bien ridiculizar los libros que escriben otras mujeres, como si las mujeres no pudiesen escribir basura. O cuando afirma que al señor Tongoy, servidor, le cuesta mucho (tanto) terminar cualquier libro escrito por una mujer cuando aquí lo que nos gusta es defenestrar, cuantos más géneros mejor. ¿Cuándo le hemos hecho ascos a nadie? Ya lo que nos faltaba era ponernos tiquismiquis con la cuestión sexual. Un poquito de por favor.

Y termina el discurso viniéndose arriba, a grito pelado y con el puño en alto, creyendo que lo suyo es el no va más: «¿POR QUÉ LE TEMES TANTO A UN CLUB DE LECTURA FEMINISTA?»

Angelito.

RESEÑA

El caso es que hoy quiero hablarles, desde el machismo más recalcitrante, inevitablemente, de un libro escrito, que ya es casualidad también, por otra mujer. Concretamente uno de los que nombra Carmen en su diatriba. Se trata de Hermano de hielo de Alicia Kopf, que se me acusa de comparar con Marie Claire. Dejen que se lo aclare: lo que yo dije, en su momento, fue lo siguiente: «El instante exacto en el que una novela se convierte en un artículo de Marie Claire y a uno le pierde el poco respeto que le quedaba». Se acompañaba la sentencia de la fotografía de página en la que Kopf hace una relación de todas las variantes negativas de regalo que se le ocurrían: regalo-envenenado, regalo-pongo, regalo-traición, y algunos más. Y esto sí es Marie Claire total, se pongan como se pongan la liga de la justicia y sus secuazas.

Todo el libro (y cuando digo todo quiero decir todo) es un poco Wikipedia y otro poco yo y mis circunstancias: el diario de una niña que se hace mayor y nos lo viene a contar. El libro se estructura en tres partes bien diferenciadas: 

Primera parte: a Alicia Kopf le fascina el hielo y por extensión los polos (norte, sur, de naranja y de limón). Esto se traduce en una suerte de breves artículos sobre exploradores árticos, sus relaciones, sus aventuras, sus odios, sus errores, sus aciertos. Se acompaña de fotografías, extractos de periódicos, se citan fuentes. Algunos a esto lo llaman ensayo pero está claro que hay gente para todo. Esta primera parte es, sin lugar a dudas, la mejor y más entretenida, no sólo porque parece que la novela sí conduce a alguna parte (a ratos incluye fragmentos, aunque pocos, autobiográficos) sino porque toda aventura, a poco que el narrador sea medianamente solvente, crea adicción y suscita interés. 

La segunda parte se olvida prácticamente por completo de todo esto (en la página 139 repite lo que había contado en la 51 y siguientes) y se centra única y exclusivamente en el pasado de Alicia Kopf, su pasado más reciente. Ires y devenires en formato blog (breves episodios autoconclusivos) de una niña que quiere ser artista. Lo es. El arte es su vida y a él se consagra en la medida de sus posibilidades. Vende cosillas, la exponen, la premian. Se va al extranjero. Se vende bien, esta chica, así, en general. Se acompaña, es parte, de reflexiones varias sobre temas variados tipo la familia, el amor, la soledad, las redes sociales: me gusta ese chico, le agrego en face, le doy me gustas compulsivamente, él a mí no, no le gusto, ay, ay. Y así. 

Leyendo a esta chica se alcanzas nuevas cotas de aburrición. 

Vaya por delante que yo a Alicia Kopf no la conocía de nada. Me dicen que por Barcelona es lolastdelolast. Yo no sé, cualquiera se fía. Cuando saqué el libro de la biblioteca lo hice creyendo (creencia que se basaba en el nombre, la foto de la solapa y esa referencia al frío) que se trataba de una noruega de ascendencia judía. No me digan que no hubiera sido mucho mejor que darse de bruces con la cruda autoficción de patetismo más absoluto. Sirva como ejemplo que en un momento equis, durante un enfrentamiento generacional, a la madre se le escapa la palabra superdotada. Así, como sin querer: ups, llevaba treinta años ocultándolo y mira tú que me va a escapar hoy. Alicia no duda ni un segundo: esto va para la novela: sinceridad máxima: para lo bueno y para lo malo: si la gente ha de saberme genial, sea. Lo llevaré con dignidad.

«Ah, y M [su hermano, de hielo] es discapacitado, por si no lo recuerdas, y eso lo sufro cada día desde hace cuarenta años y no me quejo. Y a ti a los seis te dijeron que eras superdotada. —Estupefacción, eso es nuevo—. ¿Y te parece poco para esta vida? ¿Te parece poco? Y unos padres que te quieren pero no son perfectos».

Esto, claro, explica muchas cosas. Explica, por ejemplo, que una escritora que no tiene absolutamente nada que aportar y que, de hecho, no aporta absolutamente nada a la literatura toda vez que su libro es puro tedio y engreimiento, encadene fragmentos de un pasado que sólo destaca (que sólo es destacado por ella, eso sí, desde esa humildad ejemplarizante) por la consecución de no sé qué premio y una supuesta arrolladora personalidad que no acaba de creerse nadie.

Me gustaría, de verdad que me gustaría, que alguien me explicase cuál exactamente el valor de esta segunda parte, la única que puede ser tenida en cuenta toda vez que la primera es la novela de aventuras que otros escribieron y la tercera un viaje turístico a Islandia que más tarde, en la presentación de los libros, se venderá como un ejemplo del arrebatado espíritu documental de la escritora. 

Por ego que no quede.

Conste que puedo entenderlo. Su mera existencia, digo. En su momento, Alicia Kopf, autoconsiderada «Artista y escritora. Trabajo especialmente en formatos híbridos entre lo literario y lo expositivo» se hizo un Verkami a medida para publicar una colección de relatos que, se ve, va camino de ser la única manera de vender libros de relatos en este país. Pidió 2.500 euros. Recogió 2.668. A esto ahora se le llama tener éxito. Y encima le sobró pasta para cenar. Sabido es que a poco que te apoyes en las redes y pongas cara de artista conceptual, ya tienes alphadecay para rato. Pues tal cual. Tras su publicación en catalán y viendo que aquello rompía la pana, a la editorial de Ana S. Pareja le faltó tiempo para hacerse con los derechos de esto que hoy nos ocupa y que no es otra que cosa que otra de esas vacuas moderneces a las que nos tiene acostumbrados.

Pero volvamos a la novela o no acabaremos nunca.

La tercera parte es la más breve y trata, ya lo he dicho, sobre Alicia en el país de las estalactitas, esto es, la Kopf viajando a Islandia. Que qué bonita y tal y yo qué atrevida que voy a lugares desaconsejados y prácticamente secretos porque tengo un hermano autista y además esto me va a venir genial para el cutis. Y que si la piedra no vale para hacer museos, que si es casi todo glaciar y no sé qué manía de dejarlo todo perdido de wikidatos y reflexiones de Perogrullo:

«Excursión organizada. Salimos a las ocho de la mañana en bus. La guía, una señora islandesa, seca y vivaz de unos sesenta años, toma el altavoz, se presente y después de un par de bromas sarcásticas para calentar el ambiente empieza a informarnos: «Islandia está situada entre dos placas tectónicas, la del continente americano y la del continente europeo. Las placas se mueven a causa de la deriva continental y provocan una separación anual de la falla central de dos centímetros y medio aproximadamente… El volcán Snaefells, la entrada al centro de la tierra según Verne, está activo, y se espera que vuelva a entrar en erupción dentro de doscientos cincuenta años… La energía geotérmica que abastece la isla…». Eso me hace pensar que se puede extraer energía de estar instalado en una zona de inestabilidad. Como la perpetua necesidad de construir sentido de los que se encuentran en situaciones de fricción continua con el mundo. Sigo tomando nota: «El tipo de roca que abunda en la isla se forma cuando la tierra entra en contacto con el hielo. Es una roca blanda, joven, con la que no se puede construir. Entre las dos placas tectónica de los continentes visitamos la falla que los separa en el valle de Thingvallavatn. El nombre de este valle surge de la yuxtaposición de los términos thing (‘asamblea’) y vellir (‘valle’ o ‘llano’), y en él los habitantes islandeses instituyeron uno de los primeros parlamentos del mundo».

Y así todo hasta el final. No bromeo. Muchos a esto lo llaman LITERATURA y a Kopf, joven promesa. Promesa de qué, me pregunto, si se puede saber. ¿De lo que ya hemos visto QUE NO? Pues vaya.

Pero hacia esto vamos, no les quepa duda. Este es el nivel y no tiene pinta de mejorar. Por eso, cuando ya todo sea un páramo desolado y nada más que podamos recurrir a los clásicos en busca de consuelo, recuerden que fueron ustedes, con sus clubs de lecturas feministas y sus apoyos incondicionales a la nueva narrativa de arte y ensayo, quienes lo hicieron posible. 

Pena de país.

viernes, 7 de noviembre de 2014

“La espada de los cincuenta años” Mark Z. Danielewski

Danielewski, again.

Decíamos ayer, de Danielewski, de La caja de hojas (se acordarán: hubo aproximación y hubo reseña, que ya es mucho haber), que NO. Que sí, pero NO. Que más-o-menos, decíamos. Personalmente disfruté lo inconfesable con una parte del libro, la parte, precisamente, que trata el asunto de la casa de hojas, ese abismo que se abría detrás de la chimenea; no así la parte de Truant, esas aburridas y tediosas e infinitas notas a pie que hacían de la lectura una agonía y una pérdida de un tiempo que ya nunca podremos recuperar. Qué pena de guillotina.

Lo dicho: sí pero NO. Quede claro: a un libro al que le sobran la mitad de las páginas, poco se le puede perdonar y lo que se perdone ha de ser siempre bajo pena de hacer el ridículo más espantoso. 

El caso es que Danielewski, pese a aquello, se mostraba como un interesante escritor de terror —con querencia a los dibujitos y juegos de palabras en el estricto sentido de la expresión, unas veces más oportunos que otros, pero interesante al fin y al cabo—. Y es por ello que, más viejos y más sabios, volvimos a pecar.

Y, así, —¿cuánto?, ¿un año después?—, Danielewski again. Repiten, coeditan, Pálido Fuego y Alpha Decay. Y prometen; sobre todo, prometen. Tantas promesas... Prometen esto: 

La espada de los cincuenta años es una historia clásica de terror para adultos, escrita sobre la base estilística de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, con la ruptura narrativa de voces de Las olas, de Virginia Woolf, más una encomiable economía de medios —la cual no obstante supera con nota el difícil objetivo de transmitir más con menos— con la marca distintiva del taller Danielewski: la experimentación formal.

Que resumido quiere decir: novela de terror para adultos (otra vez), sobre fondo de experimentación formal (otra vez). 

El libro se lee en dos visitas al baño. Palabrita. Y va de lo siguiente:

Durante una fiesta de Halloween cinco niños asisten a un cuentacuentos muy especial: el narrador está loco de atar y es malo como la tiña. O así se presenta. 



Les cuenta que, matando matando, da con un tullido hacedor de espadas a cual más rara, que lo mismo matan un día que una idea que un país. La de los Cincuenta Años, por ejemplo. La de los Cincuenta Años es precisamente la que ese feo individuo coloca, en una cajita de dos metros con cinco bisagras, frente a los cinco niños mientras les cuenta la historia de cómo dio con ella y exactamente para qué sirve. Ya les adelanto que la espada en la cajita no se queda. Esa es la intriga.

Con esto Tarantino te hace una trilogía de morirte. 

Pero hablábamos de Experimentación Formal. Qué bonitos palabros. Y qué ligereza en su uso.

La experimentación formal de esta novela es la que sigue. Atentos.

El tipo, recuerden, va en busca de una arma fatal para lo cual ha de entrar en El bosque de la Sal —acontecimiento este que se acompaña de un danielewski o dibujo para adultos— total para volver a salir y llegar al Bosque de las Notas, que es un lugar con una acústica horrible. Para ilustrar la cuestión y viendo que si no experimentamos formalmente no somos nada, se dibuja un bordado de bosque y le se cosen unas palabras. Así:



También sube una montaña. No se puede cruzar un bosque, atravesar un valle y no subir una montaña. Eso es de primaria. Es decir, como si LEDL50A fuera un cuento infantil de toda la vida de Dios pero narrado de modo que un crío no aguantaría diez páginas del tirón de puro aburrimiento. Por eso es para adultos: por nuestra santa paciencia. Y por nuestra permisividad. Por nuestra tontería. Porque somos los únicos lo bastante gilipollas para justificar una novelucha en verso libre que utiliza la excusa de los cinco narradores para dejarlo todo perdido de comillas de colores y frases aquí, allá y acullá. 

Ahora va a resultar que lo que molaba no era La Casa de Hoja, sino Papá Danielewski. 

Y luego, claro, viene el listo y se enamora de los dibujitos y el fraseo interrumpido y los golpes de efecto, porque lo suyo ha sido siempre más de largas parrafadas de narradores autocomplacientes, y ya le sobran razones para hablar, sino de obra maestra, de pequeña maravilla. A mí no me gusta insultar, pero alguno debería pasar más tiempo en la zona de cuento infantil de alguna librería. Igual hasta se lleva una sorpresa.



¿Y qué va a pasar? 

Nada. Que así, sin más, se acaba la reseña.


viernes, 3 de enero de 2014

Otra vez “La casa de hojas”: una rectificación

Me jode lo indecible, pero hoy vengo a desdecirme. 

No me gusta hacerlo, pero necesito quitarme esta espinita que se me ha clavado. Por eso, y para no dar más la paliza con el tema, seré anormalmente breve.

El 24 de noviembre publiqué una aproximación a esta novela (AQUÍ) en la que básicamente me limitaba a expresar mi parecer sobre lo que estaba resultando ser la lectura de Casa de Hojas. «Por lo que he podido comprobar» —decía— «la novela de Danielewski es un lío del demonio que conviene afrontar con entusiasmo y tiempo libre.» 

Primer error. 

No es en absoluto cierto que sea un lío del demonio. De hecho, echando la vista atrás, creo que es una novela asombrosamente fácil de leer pero también exagerada e innecesariamente retorcida, lo que seguramente acaba dando una impresión equivocada. 

«Mi impresión inicial» —seguía diciendo entonces— «es que “La casa de hojas” es un bello y retorcido objeto que oculta una interesante novela de terror pero también mucha paja.» 

Esto lo tuve claro desde la página 350.

Tres días después, el 27 de noviembre, publiqué (AQUÍ) la reseña “oficial”, donde decía, entre otras muchas, dos cosas absolutamente contradictorias: «personalmente, me sobra media novela. Concretamente TODO lo que tenga que ver con Truant.» y «Es por culpa de esto que lo que podía haber sido una novela sobresaliente se queda en notable.»

La palabra clave es “media novela”. La palabra clave es “notable”.

No. No puede ser NOTABLE una novela cuyo 50% es más que una memez: es material de derribo. Es relleno. Fuegos artificiales. Porque una cosa es cierta: el expediente Navidson, con juegos o sin juegos, se come, literalmente, la novela, y la parte de Truant, aquella que puede leerse en los pies de página, acaba resultando de una intrascendencia pasmosa, no acabando uno de entender, un mes después ni un siglo después, qué sentido tiene realmente estropear de tal forma algo que podría haber sido simplemente perfecto (o casi) y si no será, esa parte de Truant, la parte desechable, un recurso bastante tramposo para hacer creer al lector que se encuentra ante una obra magnífica cuando en realidad no es más que un hábil ensamblaje de dos historias de desigual calidad. La parte de Truant no abre nuevos caminos, no complementa la narración principal, no aporta absolutamente nada, no enriquece. Lo que sí hace, y lo hace muy bien, es parasitar, rellenar, confundir. Aburrir.

Hoy, el final de la reseña hubiera sido muy diferente al que fue entonces y donde dije: «[…] no es la obra maestra que se vende por ahí […]pero sí vale cada euro invertido y casi casi casi cada minuto dedicado» querría ahora decir que NO, que no vale cada euro invertido y desde luego no merece cada minuto dedicado. Hay muchos minutos, todos esos minutos que hoy se descubren invertidos en una historia menor, que se podían haber dedicado a leer cualquier otra cosa. Que no lamento la compra, eso también es cierto, pero por motivos que poco o nada tienen que ver con la calidad de la historia en su conjunto.

Creo recordar haberle escuchado decir a Danielewski que dedicó diez años de su vida a esta obra, más o menos los mismos (seguramente más) de los que dedicó William Gaddis a JOTA ERRE, una obra mucho más ambiciosa, mucho más compleja (esta sí), mucho mejor, en general, que, sin tener que recurrir a artificios y a juegos gráficos (sin evitarlos, tampoco), consigue lo que para sí quisiera Danielewski: que valga la pena la cada minuto, cada segundo invertido en su lectura.

Rectificar es de sabios, dicen. 


martes, 17 de diciembre de 2013

“Constructores de monstruos” de Javier Tomeo

Hoy toca comentar una lectura de hace dos meses. Me van suponiendo injusto en grado sumo y relativizan todavía más el caso que me suelen hacer. Gracias.

La novela, corta cortísima, cuenta la historia de un creador de monstruos y su ayudante en un mundo en el que existe la figura del creador de monstruos y en el que éste tiene ayudantes. Como en la vida misma el jefe no es el más listo ni el ayudante el más tonto sin ser ninguno de los dos nada del otro mundo o más bien sí, pero de uno bastante peculiar. Imaginen un viejo castillo, viejas maneras, ladrones de cadáveres y gente sin demasiada experiencia pero con mucha voluntad. Es como el colegio de Harry Potter pero en versión Frankenstein y protagonizado por un Gabino Diego en sus peores momentos.

Es decir, que va de esto: en el siglo XIX en un castillo alemán situado junto a un cementerio, un cabezón, un cabezoncito y un enano coinciden en la creación de un monstruo aterrador, al que llamarán Karolus, encargado por el tío del primero para meter en cintura al populacho. Esto le sirve de excusa a Tomeo para plagarlo todo de reflexiones varias a cual más boba, intrascendente y mil veces vista (ver ejemplo en la siguiente cita) pero sobre todo para hacer un poco el ganso y para poder hacer de sus protagonistas seres por sí mismos monstruosos.

—¿Te parece necesario que Karolus sea feo? —me pregunta.
Le contesto que los monstruos, por definición, tienen que ser feos, asimétricos y deformes. Eso es, por lo menos, lo que se espera de ellos y lo que aconseja el manual.
—Si no lo fuesen —añado—, ya no serían monstruos y no nos servirían de consuelo.
No entiende lo del consuelo, así que le explico que si en este mundo hay monstruos es para que nosotros, que también estamos en él, nos consolemos pensando que podríamos ser peores de lo que somos.
—¿Qué significa nuestra pequeña fealdad cotidiana comparada con la de un buen monstruo?

Poco o nada interesante novela si no es vista a través de otras lecturas del autor. Y de humor, justita. Una cosa es cierta: como creador de personajes, digamos, peculiares, Tomeo termina de la mejor de las maneras posibles: haciendo protagonistas a otros que son, como él, constructores de monstruos. Lo absurdo del planteamiento y resolución lo suponen ustedes inevitado. La putada es que no sabe a nuevo, a original ni a interesante. No sabe a nada. O sí. A tiempo perdido.



miércoles, 27 de noviembre de 2013

“La Casa de Hojas” de Mark Z. Danielewski

Generalmente las aproximaciones (ver aquí) me quitan las ganas de escribir las reseñas. Esta no es una excepción, pero lo prometido es deuda. 

“House of leaves” (traducido como “LA casa de hojas”) se publica en el año 2000 y desde el primer momento se presume prácticamente intraducible. Sobre los costes de traducir semejante trasto flota la idea de estas rarezas sólo las compran dos. O doscientos, da igual; los que sean siempre parecerán insuficientes a la hora de recuperar una inversión como esa. Y así fue. Durante mucho tiempo, la traducción de "House of leaves" fue, para los que no dominamos el inglés, un sueño que alimentábamos con la búsqueda de imágenes (sobre todo IMÁGENES) del interior. Luego veremos alguna.

Y un buen día llegó Pálido Fuego. Y dice la leyenda que se encontró con Alpha Decay en la sala de espera. Cómo será esta novela que me ha obligado a romper mi palabra de no volver a reseñar nada que publiquen ambas editoriales. Esto, si lo digo, no es para calentarle la cabeza a nadie, sino a modo de cumplido. Me quito el sombrero y no me lo vuelo a poner. La edición (a excepción de la desafortunada elección de la portada (ver post anterior)) es sencillamente MAGNÍFICA.

Al tema.

* * * * * * * * *


“La casa de hojas” es una novela de terror. Eso ante todo. El argumento, grossísimo modo, es el siguiente:

El joven Johnny Truant es un elemento que un buen día, gracias a su buen amigo Lude y por la razón que sea, da con un baúl que contiene un manuscrito de viejo ciego llamado Zampanó que muere en extrañas circunstancias. El manuscrito hace referencia al “expediente Navidson”.“La casa de hojas” es el montaje que Truant hace con las notas de Zampanó y su propia aportación en forma de anotaciones (todas a pie de página) que un buen día manda a unos editores (que a su vez incluyen sus propias notas). Es decir: Truant recoge la información de Zampanó, es decir, una análisis sobre la particular experiencia que vivió la familia Navidson en una casa.

Parece un lío y sí, lo es, pero no demasiado.

El expediente Navidson. Recién trasladados a su nuevo hogar, aparece, un bien día, una puerta en el salón. La puerta conduce a un pasillo OSCURO ora de tres metros ora de quince. Donde está el pasillo, debería haber campo. El pasillo tiene una puerta. La puerta da a otro pasillo, a otra puerta, a otro pasillo, a otra puerta. Etcétera. Da a una gran sala. Da una escalera. (Ver portada). Acompáñese de oscuridad total. Total. De ausencia de ruido, de viento. Acompáñese de un frío glaciar. Acompáñese de espacios que se reconfiguran solos. De distancias variables. 

El expediente Navidson (1) habla de una grabación detallada de la investigación que el propio Navidson, con ayuda de una serie de personas, lleva a cabo para tratar de entender qué coño es eso que ha aparecido en su casa y de dónde demonios sale. Y a dónde lleva.

Ese es el argumento. Una parte, al menos. La novela tiene 736 páginas. Podríamos entrar en detalles y nunca estaríamos detallando suficiente. Como buen “informante”, Zampanó detalla minuciosamente cada momento del video, lo acompaña de extractos de los numerosísimo estudios que se han hecho sobre él. Todo lo que cabe en la novela está en la novela y por si no era suficiente, Truant, el descubridor del manuscrito, se empeña en meter, en los pies de página, su particular experiencia durante la lectura del informe , una experiencia que, les adelanto, tiene muy poco de feliz, por más que el tipo se pase media novela borracho y follando.


* * * * * * * *


Me estoy liando pero es que la puñetera invita a ello. Dos palabras más y vamos a las conclusiones.

Más allá del argumento, está la forma, que es lo que realmente hace esta novela tan especial y tan difícil de replicar en otro idioma. La novela se retuerce. Se complica. Se unen, al detalle del expediente, columnas de información aparentemente inútil pero que, en cierto modo, cumplen una importante función. Otras veces el texto se estrecha, la página queda casi en blanco o bien el texto se da la vuelta, se refleja como en un espejo o cae en cascada. Utilicen la imaginación. Para los que no tengan, aquí una fotito robada de la red. Y ya. Si sienten curiosidad, seguro que dan con la manera de encontrar más fotos en Google. 



* * * * * * * * * * *


A mí, personalmente, me sobra media novela. Concretamente TODO lo que tenga que ver con Truant. El tipo tiene su aquel, pero lo realmente apasionante de la casa de hojas es la casa de hojas, ¡no lo que el susodicho siente o padece por la lectura dichosa! Me importan un comino las claves que oculten sus notas o los juegos a qué invitan (que son unos cuantos), al final lo que queda de él es pura anécdota mientras que el expediente Navidson, todo aquello que escribió el cegato de Zampanó, es, quitando episodios puntuales, apasionante. Sería un novelón si, conservando la alocada estructura, Danielewski le hubiese metido un buen tijeretazo al, digamos, artefacto. Y cuando digo bueno, quiero decir buenísimo. Quiero decir generoso en extremo. Pero supongo que la idea de incluir diferentes tipografías en los pies de página, y más notas que vienen de esas notas, y mandar al lector al apéndice uno o el dos o el B o X, supongo que todo eso de enredar y enloquecer la novela, era demasiado irresistible. Y sí, se entiende, pero también se sabe innecesario. 

Es por culpa de esto que lo que podía haber sido una novela sobresaliente se queda en notable. Con todo, la casa de hojas es una magnífica historia de terror y aventuras que no necesita de fantasmas ni de psicópatas ni de niñatas pelonas saliendo del televisor para crear una atmósfera aterradora y para mantener la tensión durante todo el viaje, un viaje que, obviando a Truant, se hace incluso corto, que ya es decir. Con esto no quiero decir que sea especialmente original. Danielweski recurre a tantos tópicos como le es posible: casa encantada, oscuridad, ruidos de fondo, gruñidos, silencio; exploradores que se pierden, se vuelven locos, se lían a tiros; conflictos sentimentales, que si el hermano borracho, que si la mujer infiel. Pero da igual: el tamaño del terror y sobre todo el modo en que Zampanó desarrolla la narración evitan continuamente el tedio y la sensación (absolutamente justificada) de estar visitando lugares comunes.

Lo dicho: acertada novela experimental de terror que sólo peca de un innecesario exceso de contenido. Más corta, sólo un poco más corta, hubiera sido tan, TAN buena. Una pena. De acuerdo, no es la obra maestra que se vende por ahí (la que uno esperaba, malditas expectativas) pero sí vale cada euro invertido y casi  casi casi cada minuto dedicado. 



[SIGUE LEYENDO AQUÍ LA RECTIFICACIÓN A ESTE POST: 



(1) No confundir con la película “El expediente Warren” o su más reciente adaptación hispana, “El expediente Vitu”: (hacer clic para ver, ver para creer)

domingo, 24 de noviembre de 2013

Una aproximación a “La Casa de Hojas” de Mark Z. Danielewski

(O hablar por hablar.)

Hoy vengo sin intención crítica. Esto quiere ser poco menos que una reflexión. Una excusa para hacer una pausa y aclarar las ideas. Llevo una semana sumergido en la lectura de “La casa de hojas” y en “Jota Erre” de Gaddis (y a ratos Cartarescu y a ratos Joseph Frank y a ratos Dostoievski y a ratos Gerónimo Stilton —paternidad obliga—y a ratos qué sé yo). 

Y a ratos duermo, también.

Cuando escribo estas palabras los editores de “La casa de hojas” acaban de anunciar en twitter que van a sacar la tercera edición. A falta de información sobre volumen de las tiradas, la noticia invita a la prudencia tanto como al entusiasmo. Pero nos alegramos, en cualquier caso y nos hacemos eco.

(Nos hacemos eco, qué gracia.)

Se habla mucho de La casa de hojas. Twitter arde. Facebook arde. Todo son fotos, posados, el libro sobre un fondo de piedra, sobre el verde musgo de un bosque, sobre una mesa. Se intuye que pronto llegarán los fondos nevados, los villancicos y los paquetitos de Amazon a los pies de un abeto. Esa costumbre tan nuestra de hacer el gilipollas. Para sacarle una foto a un libro sólo hace falta una cámara. Sin embargo, para leer “La casa de hojas” parece que hace falta algo más. Valor, por ejemplo. Paciencia. Sincero interés. Tiempo. 

Cierto grado de tolerancia.

No me hagan mucho caso, soy el menos indicado para hablar. Cuando escribo estas palabras voy por la página 350, por lo que ya habré leído unas 450. Sí, han leído bien. Tiene truco, claro, la magia no existe: prefacios con numeración romana y extensos y delirantes apéndices como notas finales. Está todo inventado.

Vaya por delante que estoy disfrutando BASTANTE “La casa de hojas”. Lo pongo en mayúsculas para que quede claro. Podría ponerlo también en azul, pero no me apetece; vengo un poco saturado de jueguecitos (orto)gráficos. 

Intento que esto no se parezca demasiado a un promoción gratuita (e innecesaria), pero supongo que será un esfuerzo inútil. Al final este post es mi particular fotografía del libro sobre un fondo de mi culo en una silla y no se me ocurre mejor recomendación que esa, honestamente.

“La casa de hojas” se vende como una novela sin fronteras. Se acompaña, en las críticas de la red, de grandes nombres: Borges, Nabokov, Derrida, Joyce, Julian Rios. Cervantes. Así es, amiguitos, al entusiasmo habitual de las promociones hay que sumarle los elogios desmedidos propios de las obras de culto. También está la querencia a complicarlo todo hablando de deconstrucción, interpolaciones, digresiones, notas, geometrías no-euclidianas de planos de ficción y un largo ecétera, que sin estar faltos de razón tampoco invitan a nada si no se acompaña de un poco de fe. 

Por lo que he podido comprobar, la novela de Danielewski es un lío del demonio que conviene afrontar con entusiasmo y tiempo libre. «[se aconseja] una lectura en cuantas menos sesiones mejor, lo más seguidas que se pueda, en cuatro o cinco días como mucho, para no perder ni el hilo narrativo ni, francamente, el efecto de la lectura sobre el ánimo del lector» dicen en este blog

El mismo ocioso crítico dice (la negrita será mía): «Está escrito usando diferentes tipografías, a veces en función del contenido, otras en función del narrador, y esta distinción no es ni anecdótica ni aparente, es fundamental para la comprensión del texto y uno de sus mayores logros» algo con lo que no puedo estar demasiado de acuerdo. Cierto: es muy útil. Y bonita. Es lo que tiene, también. Pero no es fundamental en absoluto. Hay soluciones mucho menos “visuales”. El dramatis personae de Jota Erre, por ejemplo, nombra más de 120 personajes diferentes; casi todos cuentan con voz pero ninguno necesita ir acompañado de una tipografía especial, ni azul ni verde ni colará, ni cursiva ni georgiana. Y no será por pantones. Bien mirado, el recurso de Danielwski es un recurso fácil y visualmente tan efectivo como efectista. 

Mi impresión inicial, ya que no me lo preguntan, es que DE MOMENTO (recién llegado al ecuador) “La casa de hojas” es un bello y retorcido objeto que oculta una interesante novela de terror pero también mucha paja. Un libro que, o mucho me equivoco, o terminará siendo mucho más comprado y comentado que realmente leído. Ojalá me equivoque. 

Yo, de momento, y habiendo dicho todo lo que tenía que decir, sigo a lo mío.





[SIGUE LEYENDO AQUÍ LA RECTIFICACIÓN A ESTE POST: 


sábado, 31 de agosto de 2013

Un vistazo a la rentrée 2013

El otro día alguien me veía entusiasmado con la rentrée de este año y no, qué va, para nada. Lo que pasa es que no se consuela el que no quiere y después de este verano tan aburrido (y aquella primavera tan floja) cualquier novedad es bienvenida. Lo cierto es que hasta hace dos días no había pensado mucho en la cuestión –aquello quedaba tan lejos— pero arranca septiembre y hay que empezar a decidir en qué nos gastamos el dinero, en qué se lo hacemos gastar a papa estado y en qué no vamos a perder ni medio minuto. 

El dinero no me lo quiero gastar en nada, y menos en libros, que al final sólo sirven para coger polvo, pero si tuviera que hacerlo desde luego no sería en la biografía de Salinger que Seix Barral sacará dentro de nada y que parece nada más que un vehículo de promoción de las nuevas novelas del escritor que, dicen, podrían ver la luz en 2015. Y hablando de biografías, tampoco parece especialmente interesante la de David Foster Wallace (Debate) que también será convenientemente resucitado el 5 de septiembre con “El cuerpo y lo otro” (Mondadori), la que suponemos será su última colección de ensayos, por lo menos hasta que alguien limpie algún cajón y dé con material para otros doce volúmenes.

Una compra segura de noviembre será el resultado de la nueva traducción de “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski que está llevando a cabo Alba Editorial. Conociendo a Alba y al ruso es de suponer que la broma saldrá por un buen pico, pero esto es mucho más que una vulgar tentación y tampoco hay que pensárselo mucho.

Mientras escribo este post recibo una par avances editoriales. El primero es de Eterna Cadencia que dice que edita, entre otros, “El traductor” (“relato de un genio casi desapercibido”) de Salvador Benesdra y “Padre contra madre” del también genial escritor brasileño Machado de Assis. Todo lo editado por estas pequeñas editoriales es absolutamente genial, no reconocido en su momento o bien algo que tiene que ver con la estrechez de miras de unos y el ojo extremadamente atento de otros. Todo es siempre lo nunca visto y luego resulta que la mitad es reedición. El otro avance es de, Automática editorial, que arranca su segundo año de vida con más rusos (les gustan mucho los rusos a esta gente), en este caso con Yura Buida y “El tren cero”, una novela que no tiene mala pinta sobre un misterioso tren y la gente que vigila su paso por un páramo desolado y que incluye párrafos tan espantosos como este: “El coronel se cuadró para saludar al tácito convoy, y mientras este se alejaba raudo hacia la noche, las lágrimas recorrían sus tersas mejillas, dos veces afeitadas”. Habrá más de Gorki (empezaron reeditando sus memorias) y, oh sorpresa, “Las enseñanzas de Don B”, del gran Donald Barthelme, libro que, desde ya, algunos esperamos con ilusión.

Ahorrar, lo que se dice ahorrar no he ahorrado, pero lo que sí he hecho (llevo en ello dos días) es pedir por esta boquita, a mi biblioteca habitual, lo siguiente: De Seix Barral, “Ha vuelto” de Timur Vermes, una novela que resucita a Hitler para reírse de él (una actitud que recuerda mucho a la de Román Piña en “El general y la musa” (Sloper), donde éste “repescaba” a Franco y lo ponía a tocar jazz en Mallorca o no sé qué fumada). También he pedido “La habituación oscura” de Isaac Rosa, claro que después del anterior no sé yo. Esta es un poco más o menos la misma infundada sospecha que tengo con Torné, que repite en Mondadori con “Divorcio en el aire”. Más de Mondadori: a corto plazo, “La infancia de Jesús” de Coetzee del que ya ha leído opiniones lo bastante contradictorias como para sentir de curiosidad y a largo plazo (nos metemos en noviembre) lo nuevo de McCarthy (“El consejero”), Dave Eggers (“Un holograma para el rey”), Dennis Johnson (“Hijo de Jesús”) y los polémicos Jeremías Gamboa con “Contarlo todo”, la novela que dicen que Vargas Llosa leyó del tirón, de puro interesante, sentado junto al buzón al que le llegó y Daniel Gascón, el eternamente hijo disimulado de Antón Castro, al que persigue la cruz de pésimo narrador, un sambenito que todavía no he podido verificar y que publica “Entresuelo”. En cualquier caso nos alegramos por él y ese salto a las ligas mayores, aunque sea Mondadori, esperando que así no sea tan difícil llegar a sus libros. 

Otra que da un salto (aunque éste lo suponemos al vacío) es Ainhoa Rebolledo, conocida en este blog como la mujer que escribió la peor novela de 2013 (con permiso de Fresy Cool): “Antropología de la noche madrileña” (sigueleyendo), una aventura en la que veíamos a la joven Ainhoa sentar la cabeza tras los excesos propios de la edad. (Reseña aquí). Pues bien, ahora, un año después, la muchacha sigue el ejemplo de los osos perezosos y se sienta a tricotar. El resultado es “Tricot”: “Unas chicas desencantadas se reúnen para aprender a tricotar y así calmar su angustia. Sin comerlo ni beberlo terminan fundando en Barcelona un club de tertulia literaria y calceta creativa: las Tejedoras del Metal. Sin embargo, en un ajuste de cuentas, Leopoldina Roble, Crisis Carballo y Elena Rebollo deciden fundar La Liga de las Mujeres Extraordinarias con el único y ambicioso plan de sobrevivir con elegancia. Tricot es la historia de un fracaso.” (Esto último ha sonado a premonición). Lo editan unos valientes, Principal de los libros, que por alguna razón creen que ganar dinero con esto (jajaja) no equivale a perder la dignidad.

Cambiando de tema. No he visto nada especialmente interesante en Caballo de Troya. Quizá “La visita” de un tal José González, un libro que según la contraportada (que parece escrita por el mismísimo Paulo Coelho) servirá para darnos cuenta de que aquello que nos define está en las pequeñas cosas. En fin. Me agarro a un clavo ardiendo pero es que el chaval es de Lugo y la tierra tira. También de Lugo (¿qué coño pasa en Lugo?) es Manuel Darriba, que con “El bosque es grande y profundo” reescribe Hansel y Gretel en clave de relato de supervivencia y apocalipsis. Cosas del efecto Carrasco, supongo.

Siguiendo con el apocalipsis (vean con qué elegancia voy encadenando temas) Alpha Decay ya tiene preparada para el 14 de octubre la vuelta de Blake Butler, el autor de Nada, con una “sorprendente novela en forma de relatos” (que es una cosa que aquí no hemos visto nunca) llamada “El atlas de la ceniza” donde unos pocos sobreviven al fin del mundo y tal. Pero la gran estrella de la temporada es la co-publicación con Pálido Fuego (quien parece guardar en celoso secreto sus novedades) en noviembre de “La casa de hojas” de Danielewski, un libro que pide a gritos una versión en 3D.

Lumen publica mucho (he contado 16 libros de aquí a noviembre) pero me quedo, de todo, con “Butcher´s Crossing” de John Williams, el autor de “Stoner” o “Por si se va la luz” de la desconocida joven Lara Moreno, uno de esos fichajes que mantiene viva la esperanza entre la juventud y fomentan la escritura. Maldita seas, Lara Moreno. Pediré también, por vicio, aunque con la boca pequeña, lo nuevo de Jorge Edwards, “El descubrimiento de la pintura” y la segunda parte de la trilogía napolitana de la misteriosa Elena Ferrante, si acaso algún día me decido a terminar el primero. 

Por ir cerrando temas, de Anagrama sólo hay tres cosas que, de momento, me llaman la atención: “Librerías” es el ensayo finalista del Herralde en el que Jorge Carrión “crea una posible cronología del desarrollo de las librerías y su representación artística”, signifique eso lo que signifique; “Canadá” de Richard Ford (sobre el que publicó Babelia un extenso artículo el pasado fin de semana) y “El camino de Ida” de Ricardo Piglia. Alfaguara cuenta con “El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa, que ya le dará para hacer el agosto y “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, que apunto únicamente por no dejar desangelada esta parte del párrafo. Sobre cualquiera de estas dos editoriales encontrarán más información en cualquier parte. 

No como Sexto Piso, que quitando alguna mención pasa un poco desapercibida. La he dejado para el final por la siguiente razón: es la que publica el libro que, con diferencia, más me apetece leer. Seguramente sea, junto con “Butcher´s Crossing” de John Williams (Lumen, octubre) o “Sermón sobre la caída de Roma” de Jerome Ferrari (Mondadori, septiembre), lo único por lo que siento sincero interés, diría que hasta inquietud, diría que hasta un asomo tolerable de locura. Todo lo demás… bah, todo lo demás, todo eso de Anagrama, Debate o Alpha Decay, todo eso es puro entretenimiento de una tarde con ganas de escribir algo para el blog. Súmenle a esto una reedición de “Memorias del subsuelo” de Dostoievski en su sección de Ilustrados con unos magníficos dibujos de Jorge González y no le pidan más a la vida. Termino la sección Sexto Piso con un par de apuntes más: “Frankenstein” de Mary Shelley (también ilustrado); algo de David Grossman que tiene que ver con abrazos, o una novela donde las minúsculas parecen tener bastante importancia llamada “Del color de la leche” de una tal Nell Leyshon. En el apartado Realidades —del que me he declarado fan en numerosas ocasiones— Thomas Frank, que dicen uno de los mejores escritores de izquierdas de EEUU y es autor de la apetecible “La conquista de lo cool” (Alpha Decay, 2011), publica “Pobres magnates” donde seguramente se ponga a parir a alguien. Harry Browne hace lo propio con “Bono, el hombre del poder” un libro que viene a acabar con la imagen que el mundo tienen del Bono bueno, una propuesta absolutamente genial para leer un sábado por la tarde con “The Joshua Tree” de fondo.

* * * * * * * * 

Fin del resumen. Sé que me dejo un montón de libros y, lo que es peor, un montón de pequeñas (y grandes) editoriales como pueden ser Salamandra, Gadir, Errata Naturae, Blackie Books, Acantilado, Alfabia, Impedimenta, Navona, Nevsky, Nórdica, Rayo Verde, RBA, Salto de página, Lengua de trapo y un largo y aburrido etcétera, pero desde este rincón del mundo y únicamente con Google como herramienta de trabajo (y enganchado como estoy a la última temporada de Breaking Bad), servidor no puede, ni quiere, hacer mucho más. Si algún día recopilo suficiente información prometo repetir la experiencia. Hasta entonces, sean felices y no se lo gasten todo en libros.


(¿Continuará?)


miércoles, 17 de julio de 2013

“Batman desde la periferia” VVAA (Alpha Decay)

“Batman desde la periferia”, editado por Laura Fernández, Enric Cucurella y Ana S. Pareja lleva el siguiente subtítulo: “Un libro para fanáticos o neófitos”. Cuando dicen fanáticos y cuando dicen neófitos debemos entender que se refieren tanto los expertos como a los que acaban de llegar. Esto está muy bien; mismas condiciones para todos. Además ayuda a vender libros. Ahora bien, de verdad tiene lo justo tirando a poco. Tirando a NADA, más bien. Esto lo digo desde mi posición de no-fanático no-neófito, o lo que es lo mismo, como ex lector de las aventuras del murciélago y como desconfiador no oficial de los productos de la marca Alpha Decay.

El libro de escasas doscientas páginas contiene diez, digamos, ensayos que tratan diversos temas con un denominador común. No me detendré el mismo tiempo en todos porque no todos merecen la misma atención. De hecho algunos no merecen ninguna. En cualquier caso no estará de más prevenir, no vayamos luego a lamentar. 

Slavoj Zizek cierra el recopilatorio con un interesante ensayo en el que echa mano de la última película de Batman para hacer un análisis de la problemática social actual que incluye a los llamados OWS (Occupy Wall Street). Como broche final está francamente bien. La pena es que el resto, todo lo anterior, salvo excepciones, no esté ni remotamente a la altura.

En el primer ensayo, Juan Francisco Ferré trata de demostrar que “Batman y todos esos otros patrióticos y disfrazados luchadores contra el crimen son realmente sociópatas violentos con inclinaciones fascistas además de mesiánicas y una perversa fetichización de los calzones”, que como descubrimiento va un poco pillado. Se hace un repaso ligero de su vida, obra y milagros a través de una serie de archiconocidos comics y las películas que cualquiera con más de veinte años habrá visto un par de veces así como del famoso relato de Barthelme que lamento confesar no he releído para la ocasión. 

Blake Butler (autor de “Nada”, publicado por Alpha Decay), firma un artículo en el que habla de su relación con Batman: “Compré dos ejemplares del cómic simplemente porque sabía que su valor sería en el futuro muy superior al de salida; ni siquiera los leí, muchísimos de los cómics que compré en aquella época no los leí jamás y no los compraba por ningún otro motivo que por una cierta idea de inversión. […] lo único que deseaba era poseer algo de valor creciente, objetos únicos de producción limitada creados para venderse en comercios específicos donde los niños como yo entraban y se gastaban todo su dinero en lugar de hacerlo en mierda deportiva o comida o cualquier otra cosa que les guste comprar a los preadolescentes.” Cuenta más cosas, claro: que tuvo un pijama/disfraz, que le gustan los superhéroes sin superpoderes y otras consideraciones personales que como diario de algo de algo están bien pero como ensayo vuelven a ser un tema más que discutible.

Greg Baldino, crítico de comics conocido en su casa a la hora de comer, defiende la teoría de que lo que realmente hace de Batman un gran personaje son sus villanos. Este asunto es tan poco discutible y da tan poco juego que me niego a perder ni un minuto más con él.

Eloy Fernández Porta, su artículo, al menos, es directamente insoportable. No se me ocurre ni una sola razón para leer esta suerte de análisis del arte que rodea a la figura de Batman, y mucho menos desde la pedante perspectiva del filósofo que confunde verborrea con algo que tiene que ver con el sincero interés de un lector neófito: “El biomorfismo cobra una nueva dimensión cuando se despliega en el tiempo de la secuencia: en esa nueva serialidad que Andrei Molotiu denomina abstract comics, y en la que ve, en una concepción más formalista que la de Fahlstrom, la prolongación, por otros medios, del legado greenbergiano.” Pues esto así durante 6.707 palabras que se acompañan de fotos de figuritas de Batman tras una vitrina de mariposas, reproducciones de Mark Chamberlain o un fotograma de Batman chupándosela a Robin que parece ser poco más o menos lo que obsesiona a casi todos.

Laura Fernández, antologadora del presente volumen, habla de las chicas murciélago. Es la aportación feminista o feminoide del recopilatorio y como tal hay que tratarla. Esto es un poco como lo de meter un negro haciendo de Kingpin en Daredevil: se hace porque se tiene que hacer, para cumplir con los mínimos, r no porque tenga razón de ser. Por aquello de darle continuidad al chiste quisiera poder decir lo mismo de la aportación de Elisa G. McCausland, pero maldito si me acuerdo de qué hablaba más allá de darle otra (o la misma) vuelta de tuerca a las Batgirls y Batwomans. Así de interesante debía ser.

Igual o parecida basura es el ensayo del fallecido Aaron Swartz llamado “Lo que sucede en El Caballero Oscuro”. Y digo basura y digo bien porque eso es exactamente lo que es: un resumen del argumento, diálogos escogidos incluidos. Esto ayuda a dar una idea de lo mal que se puede editar un libro. Es una pena que el muchacho haya muerto tan joven, pero eso no quita para que sólo por eso vayamos ahora a leernos todas sus chorradas. Es importante recordar una cosilla insignificante: uno no siempre se revaloriza cuando se muere. Para que quede claro: Porta, Laura Fernández y este completo desconocido se cargan solitos ellos la antología. Si yo fuese Ferré o Zizek les retiraba la palabra a los editores por juntarme con semejante banda. 

También puedes ser Calvo o Claro (como el anuncio de atún), y que te dé todo igual. Ir a tu puta bola. Javier Calvo, por ejemplo, escribe sobre la etapa de Grant Morrison en Batman que es precisamente la etapa que yo interrumpí cuando dejé de leer comics (una decisión que entonces creía yo temporal). Digamos que como artículo no está mal, resulta interesante sobre todo para quienes, insisto, fuimos lectores de la saga, pero no deja de ser un artículo que no tiene nada que ver con la periferia desde la que se observa a Batman. De hecho, es todo lo contrario: es un artículo que únicamente leerán y disfrutaran aquellos que estén de vuelta y media. 

Claro (Christophe Claro) con quien ya me crucé durante la no-reseña de Nada de Blake Butler que publicó en su momento Diario Kafka, escribe algo que parece un guión para un comic de Batman. Es un texto muy divertido, tanto, que lleva a desear que Claro sea publicado de una puta vez por estos lares. En mi opinión este relato es, junto con el ensayo de Zizek, lo único que vale medianamente la pena.

En resumen: una mierda pinchada en un palo. Para qué vamos a darle más vueltas si yo lo que quiero es irme de vacaciones.

lunes, 1 de julio de 2013

“Todo va bien” de Socrates Adams

La cuestión va de ser un tubo o qué. 

Nos quejamos (no todos, no siempre) de que la narrativa actual vive en una nube de algodón anestesiante que adormece los sentidos y evita que caigamos en la insondable profundidad de una reflexión. Se habla mucho de novelas vacías de contenido, ricas en prosa pero faltas de todo lo demás.  Esto porque queremos. Si pusiéramos un poquito de nuestra parte podríamos ver la trascendencia de las novelitas infumables tipo las que escribe Tao Lin, el hombre de los 50.000 dólares y genio de la reventa de pilas por Ebay. En general, hay exceso de ruido mediático y abuso de herramientas sociales de promoción salvaje.

Con Todo va bien, Pálido Fuego nos dice que estamos equivocados, que la sombra de Wallace es alargada. Y también la de Barthelme y la de Kafka y la de Hamsun y la de Orwell y la de Brautigan, que son los nombres que suenan cuando se habla de Sócrates Adams (leer Nota de Prensa para más información). Y todo esto está bien y todo esto está mal. Bien por unos y mal por otros, porque junto a los arriba mencionados, se incluye a Tao Lin y Blake Butler (héroes modernos de Alpha Decay) como parte de ese movimiento literario al que se apunta Adams: el “ALT-LIT” o “literatura alternativa”. Será por generaciones espontáneas...

* * * * * * * * * * *

Pero hablábamos de contenido. Y la verdad es que la novela de Sócrates Adams, maldades aparte, lo tiene. Habla, lo dije al comienzo, de ser un tubo. O qué.

Me explico. Ian, el protagonista es un drone (“individuo asalariado y alienado de la revolución postindustrial” aka comemierda) que desarrolla la aburrida y monótona tarea de vender tubos de PVC. Al no cumplir los objetivos es degradado a “encargadillo de mierda”, tarea consiste en mirar una pantalla que tiene un contador que va del veinte al uno. Debe asegurarse que “todo va bien”. También, a modo de lección, ha de ocuparse de cuidar, como si fuera su propia hija, de un tubo al que llamará Mildred y que se convertirá en la segunda voz narradora, una voz, todo hay que decirlo, mucho más interesante que la de Ian, con lo que esto significa. A todo esto el chico se enamora de una agente de viajes que le coloca un vuelo a los Alpes Italianos, cuando lo que él quería era ver los franceses. Etcétera. Va más o menos de eso. Los detalles no son importantes, lo que importa es la intención y la intención (de la novela) es dejar clara una cuestión que el autor pone en boca de Mildred:

“El estado natural de un tubo es formar parte de un sistema de fontanería, o, más específicamente, llevar algo de un sitio a otro sitio. Cuando no forma parte de un sistema de fontanería, el tubo dará vueltas y estorbará y se convertirá en un incordio, pues no está haciendo lo que se supone que tiene que hacer. No está haciendo aquello para lo que fue fabricado.
El problema de los humanos es que no saben para qué fueron fabricados. Ninguno sabe cuál es su estado natural.
Por eso hay tantos que dan vueltas y provocan molestias y acaban no haciendo nada en toda su vida.
Adiós, Ian.
He aborrecido cada momento que he pasado contigo, pero no se trata de nada personal.”

Y bueno, poco más. Se trata de un tipo que es un mierda, que tiene un trabajo de mierda en un país de mierda y con unos objetivos vitales de mierda, que un día cree descubrir, medio por casualidad, que lo suyo es más de ser antisistema. Un antisistema pasivo, en cualquier caso. Ojo, esto no va de revoluciones, ni de sentar las bases de un levantamiento popular; va de ser un código de barras. En los Alpes entra en comunión con la naturaleza hasta que se le acaban las latas de judías y comprende que lo suyo es más de beber café mientras se asegura que el contador no falle, cobrar a fin de mes y dormir a pierna suelta. Al terminar la novela, decide escribir un libro para contar su experiencia en los Alpes, que ya es lo más bajo que puedes caer. Así de miserable todo.

Resumiendo: Todo va bien es una novela en la que uno aprende que la vida es eso que tiene lugar mientras no estás trabajando, sobre todo si eres un currito de mierda. Imagino que ser una abeja y que te toque limpiar la colmena tampoco es divertido pero al menos ellas no saben escribir.

La novela se lee en una patada y deja una huella con la profundidad de un plato de sopa. Después de eso uno vuelve a su trabajito de mierda, se alegra de que Sócrates Adams haya aprendido la lección y a cosa  mariposa. Será la novela del año para todos aquellos que elijan sus lecturas con el culo. Para todos los demás, un entretenimiento ligero.


viernes, 8 de marzo de 2013

“Glaciares” de Alexis M. Smith

Estimado Sr. Tongoy: es usted un impresentable, además de un perfecto imbécil.” 

Así se presenta Alexiana, una fan de esta indigesta Medicina. Su email, que me llegó hace unos días, no tiene desperdicio:

Perdone que sea tan directa; quería llamar su atención y asegurarme de no acabar en su papelera de reciclaje. Deje que me presente: no soy nadie, pero puede llamarme Alexiana. No tengo blog; no soy escritora, ni editora, ni tengo absolutamente nada que ver con el mundo de la literatura. Sí soy, en cambio, seguidora suya, que no admiradora. Eso, ni remotamente.” 

En este punto Alexiana me larga un rollo macabeo sobre cómo me descubrió, sus primeras impresiones, sus segundas impresiones, sus terceras impresiones, sus cuartas impresiones y un largo etcétera de impresiones. El infierno es Alexiana hablando de mí. Me salto esta parte y voy directamente a lo que interesa. 

[…] Déjeme ir ahora al verdadero motivo de este correo. Como le decía, quiero replicar el siguiente mensaje que puso usted en Facebook esta noche: Algunas novelas parecen escritas para recibir palizas. Por mí que no quede.”  [El mensaje hacía referencia a Glaciares].

No entiendo esa manía suya por Alpha Decay (y esto lo dice alguien que no disfruta especialmente con sus libros, a excepción de "Setenta Acrílico...") ¿Sabe lo que creo? Sospecho que ha leído usted Glaciares para resarcirse del comentario que los editores le hicieron en twitter. Ya sabe: que no se molestase usted en leer nada más de ellos; que no lo entendería. Lo que sí está claro es que no ha entendido usted la novela. Deje que se la explique. 

Glaciares, es una novela absolutamente maravillosa que trata de una mujer enamorada que no sabe cómo enfrentarse a ese amor que la supera. La autora consigue atrapar la esencia de las cosas pequeñas y vislumbrar el alma de la vida de dos jóvenes que cruzan un mundo frenético y despiadado cual dos satélites perdidos en el tiempo y el espacio. (1) Es una novela aparentemente sin pretensiones que al terminar se parece mucho a esas tormentas de verano que parecen dispuestas a acabar con la futura sed del mundo. (2) La infancia, los recuerdos, el amor, el discurrir del tiempo como un enorme glaciar desgajándose y una historia de deseos que empieza con una imagen, con un deseo de colores flotando en una postal de Amsterdam, a pesar de que ella nunca ha estado en Amsterdam. (3) Cada capítulo de Glaciares es una fotografía de un recuerdo, un anhelo, un sueño o un árbol. La voz de Smith se detiene en los detalles que pasamos por alto en una primera mirada, compone un mundo donde la protagonista intenta descubrir su lugar en el mundo, las emociones que le habitan, la verdad de un amor, las decisiones a tomar cuando nos encontramos en una encrucijada de caminos. (4) Se suele abusar mucho de la expresión "una pequeña joya" aplicándolo a diestro y siniestro. Y a mí, como expresión no me gusta. Pero en este caso no puedo evitar utilizarla. (5) ¿Cómo no puede estremecerle algo como esto: 

"Ella escucha. Ambos leen. Se oye el ruido del periódico entre los dos cuando vuelven páginas y las pliegan y evitan con cuidado tocarse. Entonces, se oye el trasiego de los compañeros que llegan; los pestillos que descorren y pisadas. Su mañana ha terminado. 
Es hora de despertar, piensa Isabel. Cierra los ojos y respira hasta lo más profundo de sus pulmones. 
Quiere que él quiera mirarla." 

* * * * * * * * 

Ya me cansé de la broma. ¿Quieren saber qué es realmente Glaciares? Dejen que se lo explique. 

Hay un ser humano en Goodreads que dice que esta novela le gusta por varias razones. A saber: 1. Es una historia de amor centrada en empleados de la biblioteca. 2. Está situado en un lugar donde ha vivido. 3. Hay un hombre con barba. 4. Contiene la mención de postales y cartas de amor. 5. Contiene un buen vestido de fiesta. 6. Es corto. 

Sí, ya supongo que no todo el mundo es así, pero también que esta buena mujer no es la única que utiliza semejante vara de medir a la hora de valorar. Cuatro de cinco estrellas, le da. Cuando alguien trate de convencerles de lo acertado de su lectura alegando la buena puntuación que esta novela tiene entre el público en general, acuérdense de esta individua. 

Glaciares narra, en primera persona, un día concreto de una joven bibliotecaria llamada Isabel que vivió en Alaska en su infancia y ahora lo hace en Portland, en compañía de un gato. La autora de la novela, Alexis, también: también tiene gato, también creció en Alaska, también vive en Portland, también es bibliotecaria. Muy Alpha Decay, todo. 

Glaciares es una tonta historia de amor, y punto pelota. Lo es. Cuenta la historia de una joven que vive enamorada hasta las trancas de un compañero de trabajo, relativamente nuevo, que viene de hacer la guerra en Irak, como otros venían de hacer las Américas. La cosa es ella queriendo invitar a una fiesta al muchacho para tener tema con él, pero en plan guay, porque nuestra heroína es una joven dulce e inteligente, no una vulgar chupapollas. 

La novedad, de haberla, estaría en darle a esta historia una perspectiva hipster: joven moderna e independiente y muy amiga de comprar en tiendas de ropa de segunda mano (Viola de Grado revisited) ama amorosamente a soldadito. La cosa tiene tela porque acaba siendo ella llorando por él que se embarca otra vez, ahora que, al fin, le había robado un beso. No-me-jodas. ¿Y esto es moderno? ¿En serio? ¿Es moderno la niña esta comprándose un vestido precioso de morirte y mirado hermosas postales de amor de Amsterdan, la tierra prometida? Europa en el horizonte y un hombre besando a una mujer antes de irse a la guerra es absolutamente postmoderno, sin duda, casi tanto como una película porno en la que los actores no se quiten las gafas de pasta.

Tengo que reconocer que me alegra comprobar que lo de escribir y publicar chorradas y hacerlas pasar por supuestas maravillas no es exclusivo de esta nuestra patria; que también se da, por ejemplo, en Italia o en  Portland.

Tiene su mérito dar con esta gente; eso lo concedo. Todo lo demás, no.




martes, 18 de diciembre de 2012

Ventajas de no entender Nada

UNO

Nada. Retrato de un insomne es una novela de Blake Butler editada en noviembre por Alpha Decay, la editorial más cool del panorama actual, dirigida por dos seres humanos que admiten sin asomo de rubor que les gusta editar a sus amigos, a la gente que les cae bien y que toleran intelectualmente. Bien por ellos. Esto no les asegurará el éxito (hay que tener amigos rematadamente buenos para que tal cosa ocurra) pero sí un lugar donde caerse muertos llegado el caso de verse en lo peor.

Nada, la novela, son los pensamientos escritos de un insomne una noche de tantas. Nada es lo que pasa por la cabeza de Butler cuando Butler no puede dormir, que es casi siempre. Nada es también la protagonista de una contracrítica de lo más sutil (Babelia vs. Quimera vs. blogs) que me ha llevado a escribir hoy sobre ella. Nada es un libro que me interesa mucho pero que me niego a leer por culpa de los 28 euros que cuestan sus casi 400 páginas y eso a pesar de que los editores aseguraban hace poco en una entrevista que su meta era conseguir que los libros llegasen a las librerías a un precio inferior, y cito textualmente, “ahora que la gente no tiene un duro”. Comparen 28 euros con no tener ni un duro y busquen las 28 diferencias. En resumen: este artículo es lo que ocurre cuando me planteo leer un libro: es la exploración descarnada de una investigación crítica.





miércoles, 23 de mayo de 2012

“Robar en American Apparel” de Tao Lin

Las reseñas de las novelas de Tao Lin son el tipo de experiencia que nunca me cansaré de repetir. En cualquier caso esta no es la única razón por la que he vuelto a leerlo a pesar de la decepción que fue Richard Yates, su anterior novela (escrita después de esta). Lo cierto es que he decidido darle una segunda oportunidad a algunos de mis anteriores fracasos a excepción de Viola di Grado, Jimina Sabadú, Miguel Angel Ortiz y alguno más, así de tan poco me gustaron la primera vez. Esto se traduce en que volveremos a vernos las caras con un montón de viejos conocidos, algunos de ellos grandes amigos de la postnocilla y el desenfreno (esto podría perfectamente incluir literatura asociada al sexo equino y variantes). 

Pero vayamos con “Robar en American Apparel”: 

«¿Te despiertas casi todos los días y lo primero en que piensas es en literatura, y te acuestas pensando en literatura?» 

«Sí», dijo Sam. «Sólo pienso en eso. Cuando tengo que aguantar uno de esos asquerosos momentos de la madre de Sheila, siempre pienso en ponerlo en mi novela. Casi siempre pienso en eso mientras sucede.» 

«Cuando hablo con alguien pienso "¿Puedo meter este diálogo en un libro?"», dijo Luis. «Si la respuesta es "no", procuro hablar con otra persona.» 

LITERATURA. Así es, amiguitos: Tao Lin, como todo buen escritor de la generación MacBook, hace de su vida prosa. Esto se traduce en que cada puta actividad que realiza (ya sea robar camisetas, vender pilas al peso, mear en un Starbucks, dormir boca arriba o empalmarse despuntando el sol) la cuenta. Tao Lin lo cuenta TODO, siendo TODO cada uno de los ridículos ires y devenires de esa desmotivada generación de la que algunos lo han erigido representante. Que sí, que vale, que es una putada no tener de qué hablar, pero cojones, Tao, tampoco hay por que centrarse en las chorradas, que para eso se ha inventado la ficción. Mi problema con Tao Lin, más allá de una diferencia generacional que no es tal, es que me aburre más que bajar una persiana.Vean: 

Se acercó a las judías y movió el cucharón. Se quedó mirando hacia el comedor durante unos segundos. Caminó hasta la parte de atrás de la cocina, se apoyó contra una encimera y miró a Sam con expresión neutra. Sam notó que su propia cara no mostraba reacción alguna; se dirigió al centro de la cocina y se quedó de pie con la mirada perdida. Ben tenía treinta y nueve años, Sam lo sabía por Facebook. Sam tenía un poema en la sección de «Borradores» de su cuenta de Gmail, se titulaba «Ben es divertido en el trabajo». Sam se percató de que estaba sonriendo. Se puso serio y observó varias cosas mientras la gente trabajaba a su alrededor. 

Lo que les decía: un no parar. Se acercó a las judías y movió el cucharón es una GRAN FRASE. Pues esto así 120 putas páginas en el Kindle que es dónde yo leo estas cosas para no tener que andar con el lápiz de Ikea en el bolsillo. A mí estos ejercicios de calentamiento (por aquello de no llamarlas novelas) que cuentan que el autor no tiene nada que contar pero le gusta tanto la literatura que va a escribir un libro para salir de pobre me tocan un poco la moral si resulta, como resulta, que los personajes, la mayoría al menos, rozan la imbecilidad cuando no directamente la discapacidad de tanto querer y no poder. Quiero pensar, y esto lo digo completamente en serio, que Tao Lin nos está hablando de la juventud desesperanzada y triste, que es el gran tema desde que existen las redes sociales y que va camino de ser lo peor que le ha pasado a la literatura. “Qué vamos a hacer -dijo-. Es que, no sé, estamos en un parque y me siento bien; creo que debería suicidarme después de esto”. Qué tonta; la gente, digo, en general. Quien más quien menos ha pasado por el mal trago de no encontrar su lugar en el mundo pero de ahí a querer morirse por culpa de lo bien que te lo estás pasando en un parque es un atraso, no me jodan. 

«¿Has mirado alguna vez por encima del ordenador, hacia la habitación, y has sabido que estabas solo? Me refiero a ser realmente consciente de eso y asustarte mucho», dijo Luis. 

Esto sí que es triste de verdad. ¿Solución?: «Estoy agregando a gente en MySpace al azar», dijo Sam.” Puta madre. Atajando por el camino del medio. Esto es como lo de tener cinco mil tíos en el Facebook pero no encontrar plan para el viernes por la noche. Pero da igual, si el problema no es ese. El problema es que no se puede novelar el aburrimiento aburriendo, que de ese meterse tanto en el papel no tiene el lector la culpa. Que digo yo si no habrá más cosas que contar que siempre la misma estupidez. 

-Estoy con Sam en un bar -dijo Kaitlyn por el móvil-. Estoy hablando con Joseph -le dijo Kaitlyn a Sam-. Dice que eres su escritor vivo favorito. Dice que ha encontrado tu libro en el baño de la casa donde vive o algo así, lo ha leído y le gusta. Luego ha caminado por ahí y se ha encontrado otro libro tuyo en una mesa de picnic y lo ha leído y le gusta. 
-Eso es divertido -dijo Sam-. Baño. Mesa de picnic. 

Bueno, es que baño y mesa de picnic es con diferencia lo más gracioso que he escuchado en meses. A este nivel de inteligencia es a lo que me refería dos párrafos más arriba. Yo no sé si es que me relaciono con la gente equivocada pero el caso es que a este chaval no le acabo de pillar el punto y claro, así nos va, que no acabamos de querernos. Pero debo ser yo (definitivamente debo ser yo) o no le hubieran adelantado 50.000 dólares para escribir su próxima novela que supongo será la vencida. La putada es que ahora que lo subvencionan ya no tiene que robarse las pilas para el walkman, ni las sudaderas, ni los calzoncillos y a ver qué cuenta. Podría, opino, ponerse 200 megas reales de subeybaja en el MacBook y sucumbir al frenesí de los banners publicitarios o los anuncios del youtube o echarse una partidas en algún second life para escritores depresivos. 

¿Dónde estará en 10 minutos? Sentado en mi cama, frente a mi MacBook, al lado de papeles y gráficos para mi tercera novela, en la calle 29 de Manhattan, donde estoy ahora, pero quizá tumbado boca abajo en lugar de sentado. 
¿Y en 10 años, con suerte? Tendré 38. Espero estar mirando cosas excitantes en Internet y bebiendo agua de coco y trabajando con calma en otro libro, quizá de poesía, sentado a la luz del sol en un apartamento con más de una habitación. 

Estás preguntas se las hicieron en no sé qué revista. Por si se lo preguntan: no me he inventado las respuestas. Váyanse preparando, pues, para, dentro de diez años, ser testigos de las tantas maravillas que tendrán lugar en ese soleado apartamento de Manhattan siempre y cuando dios de fuerzas a la criatura para desenchufar el router cuando toque mudanza, que no las tengo yo todas conmigo... 

- - - - - - - - - - - - - -
«Tienes buenos rankings en Amazon», dijo Luis. «Pronto conseguirás dinero por escribir y ser raro, y ya no tendrás que robar.» Sam dijo que iba a comer un poco de comida china. (Cita)  
- - - - - - - - - - - - - -
Audrey dijo que una vez había encontrado una sandía a medio comer dentro de un arbusto gigante. (Otra cita)
- - - - - - - - - - - - - -

-Qué vamos a hacer –dijo–. Es que, no sé, estamos en un parque y me siento bien; creo que debería suicidarme después de esto. 

Jeffrey, Gina y Audrey miraban a Sam. 

-Estamos en un parque, no sé –dijo Sam sonriendo. 

-No te suicides –dijo Jeffrey. 

-No sé qué hacer –dijo Sam. 
-Ahora la gente espera que te suicides –dijo Jeffrey. 

-¿Sí? –dijo Sam–. No sé. Puede que un meteorito me caiga encima después de que publique dos libros más. No sé. La verdad, no sé qué hacer, me refiero a qué hacer en general y todo eso. (La última cita) 
- - - - - - - - - - - - - -

Impúdicamente autobiográfica y desesperadamente moderna, sobria y austera como un hermoso haiku, deliciosamente absurda y dolorosamente divertida, Robar en American Apparel sembró controversia y encendida polémica desde el momento de su publicación. Las hilarantes y absurdas correrías de Sam, empleado basura, aspirante a escritor, adicto a eBay, a los smoothies y a la leche de soja, le llevarán sin blanca de Pensilvania a Manhattan y de ahí a Florida pasando por Atlantic City, intentando sobrevivir a sus amigos, a su propia neurosis, a su triste apartamento y a una interminable ruptura con la adorable e inestable Sheila. Mientras, Sam trata de escribir la novela que le sacará del arroyo y le salvará de la parálisis existencial en la que hace aguas su vida. (http://www.alphadecay.org/libro/robar-en-american-apparel