Todo cansa. Todo aburre. Todo acaba. Este blog, también.
Pero no será hoy, ni mañana, ni este mes.
O sí. No, probablemente no. Bueno, no sé.
Verán, el señor de este blog es un tipo caprichoso que lleva ya un par (y quien dice un par dice un par de pares) de meses con una idea fija en la cabeza: dejarlo, tal vez por un tiempo, tal vez para siempre. Tal vez no. Hay tanto que leer y es tan poco el tiempo libre y son tan pocas las ganas de perderlo escribiendo… Pero al mismo tiempo…
Cinco años son muchos años y, claro, cunde el desánimo.
Este blog nació con un único propósito que se ha ido manteniendo con el tiempo. A lo largo de los cinco años otras intenciones, mejores o peores (alguna incluso seria) se han ido sumando y se han ido restando pero la realidad, transcurrido este tiempo, se impone y a día de hoy, a día de ahora, aquella pequeña y humilde intención original es, junto con la adicción pura y dura, casi la única que se mantiene: a saber: ser un aliciente para no abandonar el hábito de la lectura. Un lujo, en los tiempos que corren, tan visuales ellos.
Al fin y al cabo, ¿para qué otra cosa sirve un blog?
En mi nada humilde opinión y empezando por este y acabando por el que ustedes elijan, no sirven para gran cosa que no sea alimentar el ego del autor. Porque, vamos a ver, salvo contadas excepciones ¿qué cantidad de potenciales lectores creen que puede conseguir una buena reseña de un libro de, pongamos, Menganito toda vez que Menganito se demostrará un escritor que difícilmente ganará nuevos lectores? ¿Uno, dos, cinco? ¿Estamos tontos o qué? Un blog personal es un completo desconocido (las más de las veces) dando su opinión. Punto. Este es su valor: el esfuerzo de media hora tecleando —y escuchando a Sinatra o el aleteo de los murciélagos en el jardín— y la bendita credulidad ajena. Ese o el que cada uno quiera darle. Las editoriales los/nos utilizan para darse publicidad (gratuita, unas veces, pero no siempre), para hacerse eco de alguna novedad, ocasión que los blogeros aprovechan para empalmarse con la referencia a su minimizada entidad.
El editor (me resisto a creer lo contrario pese a la falta de datos) tiene que ser, por fuerza, un tipo lo bastante listo como para saber que en el fondo todo esto no sirve de gran cosa mientras el blogero se cree la mano de Dios la mitad de las veces por culpa de la importancia que le dan según quienes (el autor, por ejemplo, personaje al que no haremos hoy, aquí, ni caso, pues vive en el universo de los flauberts reencarnados y toda su ansia es ver a su niño retratado por las esquinas, llorando si no se da el caso: qué ha hecho usted con mi libro, señor bloguero, que no lo ha comentado, que lo ha condenado, qué puedo decir yo, como si algo de esto tuviese maldita importancia) (1).
No voy a restarle valor, tampoco, al esfuerzo de tan insignes articulistas de la blogosfera, pues sé por propia experiencia que una buena reseña tiene, puntualmente, además del habitual “efecto eco” un “efecto compra” vanidosamente satisfactorio, pero eso (y aquí entro ya en lo personal) probablemente tenga una relación directa con la maldita costumbre de este santo blog de evidenciar la basura poniendo a parir tanto libro. A este respecto, simplemente comentar que me consta que hay muchos que creen que este malismo es sólo una pose, una estrategia para conseguir visitas. No se equivoquen, maldito si hacen falta posturitas: cuando quiera sangre, tendré sangre. Será por reses.
Pero es verdad, reconozcámoslo, cuando se empieza en este, digamos, negocio, pelea uno por las visitas como si fueran a quitarlo de pobre: cien visitas, doscientas, trescientas. Quinientas visitas. Mil. Durante los primeros meses se refresca compulsivamente la pantalla de estadísticas del blog. Lo sé porque lo he vivido y porque lo han vivido otros, lo han compartido con mi bendita persona y nos hemos avergonzado juntos. Pero, realmente ¿cuándo podemos decir tengo muchas visitas sin mentir descaradamente? ¿Cuántas dirían ustedes que son demasiadas? Dejen, yo se lo digo: tres (sobre todo si tenemos en cuenta la cantidad de gente que lee en este desvergonzado país). Deberíamos tenerlo claro. Uno empieza un blog creyendo que es escribe para sí mismo, para dar salida a lo suyo y entonces el blog crece (o no, que los hay que mueren) y un buen día llega a las cien visitas, a las trescientas, a las dos mil y ya de repente uno es tan gilipollas que piensa que por menos del millar ya no vale la pena escribir, que es indecente no llegar a los cien comentarios en cada post cuando (y esta es otra) es de sentido común que a más comentarios menos tiempo que dedicar a lo que se supone que se dedica uno, a no ser, claro, que lo que uno quiera es dedicarse a otra cosa completamente diferente tipo ganarse la vida (escribir un libro, publicitar sus tristes poemarios, hacerse un hueco en alguna revistilla digital sin porno en la publicidad) o unos eurillos con Amazon, cosa que parece legítima (si uno va de hombre anuncio por la vida qué menos que llevarse su parte).
No es mi caso. Aquí no hay ánimo de lucro. No quiero escribir un libro (de esto se me acusa periódicamente), no siento el menor interés por unir dos frases fuera de este reducido espacio. Tampoco quiero montar una editorial ni hablar bien de sus libros, de todos sus libros, medrar a golpe de elogio, hacerme un hueco en la industria, ser la reina de la [auto]edición. No quiero congresos ni presentaciones ni columnas semanales. No, al menos, hoy, ni mañana, creo, ni el mes que viene. A mí lo que me gusta, cojona, es leer y dar, siempre, un fuerte golpe en la mesa ya sea para bien o para mal y me gustan los libros que invitan a eso, al golpe en la mesa, y me aterran los libros que invitan al desaliento y la indiferencia, libros que ya nacen desactivados, libros que, me temo, son mayoría aplastante en el desolador panorama de los últimos años. Absténganse, pues, conformistas.



