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miércoles, 16 de septiembre de 2015

Quinto aniversario LMdT

Todo cansa. Todo aburre. Todo acaba. Este blog, también.

Pero no será hoy, ni mañana, ni este mes.

O sí. No, probablemente no. Bueno, no sé.

Verán, el señor de este blog es un tipo caprichoso que lleva ya un par (y quien dice un par dice un par de pares) de meses con una idea fija en la cabeza: dejarlo, tal vez por un tiempo, tal vez para siempre. Tal vez no. Hay tanto que leer y es tan poco el tiempo libre y son tan pocas las ganas de perderlo escribiendo… Pero al mismo tiempo…

Cinco años son muchos años y, claro, cunde el desánimo.

Este blog nació con un único propósito que se ha ido manteniendo con el tiempo. A lo largo de los cinco años otras intenciones, mejores o peores (alguna incluso seria) se han ido sumando y se han ido restando pero la realidad, transcurrido este tiempo, se impone y a día de hoy, a día de ahora, aquella pequeña y humilde intención original es, junto con la adicción pura y dura, casi la única que se mantiene: a saber: ser un aliciente para no abandonar el hábito de la lectura. Un lujo, en los tiempos que corren, tan visuales ellos.

Al fin y al cabo, ¿para qué otra cosa sirve un blog?

En mi nada humilde opinión y empezando por este y acabando por el que ustedes elijan, no sirven para gran cosa que no sea alimentar el ego del autor. Porque, vamos a ver, salvo contadas excepciones ¿qué cantidad de potenciales lectores creen que puede conseguir una buena reseña de un libro de, pongamos, Menganito toda vez que Menganito se demostrará un escritor que difícilmente ganará nuevos lectores? ¿Uno, dos, cinco? ¿Estamos tontos o qué? Un blog personal es un completo desconocido (las más de las veces) dando su opinión. Punto. Este es su valor: el esfuerzo de media hora tecleando —y escuchando a Sinatra o el aleteo de los murciélagos en el jardín— y la bendita credulidad ajena. Ese o el que cada uno quiera darle. Las editoriales los/nos utilizan para darse publicidad (gratuita, unas veces, pero no siempre), para hacerse eco de alguna novedad, ocasión que los blogeros aprovechan para empalmarse con la referencia a su minimizada entidad. 

El editor (me resisto a creer lo contrario pese a la falta de datos) tiene que ser, por fuerza, un tipo lo bastante listo como para saber que en el fondo todo esto no sirve de gran cosa mientras el blogero se cree la mano de Dios la mitad de las veces por culpa de la importancia que le dan según quienes (el autor, por ejemplo, personaje al que no haremos hoy, aquí, ni caso, pues vive en el universo de los flauberts reencarnados y toda su ansia es ver a su niño retratado por las esquinas, llorando si no se da el caso: qué ha hecho usted con mi libro, señor bloguero, que no lo ha comentado, que lo ha condenado, qué puedo decir yo, como si algo de esto tuviese maldita importancia) (1). 

No voy a restarle valor, tampoco, al esfuerzo de tan insignes articulistas de la blogosfera, pues sé por propia experiencia que una buena reseña tiene, puntualmente, además del habitual “efecto eco” un “efecto compra” vanidosamente satisfactorio, pero eso (y aquí entro ya en lo personal) probablemente tenga una relación directa con la maldita costumbre de este santo blog de evidenciar la basura poniendo a parir tanto libro. A este respecto, simplemente comentar que me consta que hay muchos que creen que este malismo es sólo una pose, una estrategia para conseguir visitas. No se equivoquen, maldito si hacen falta posturitas: cuando quiera sangre, tendré sangre. Será por reses. 

Pero es verdad, reconozcámoslo, cuando se empieza en este, digamos, negocio, pelea uno por las visitas como si fueran a quitarlo de pobre: cien visitas, doscientas, trescientas. Quinientas visitas. Mil. Durante los primeros meses se refresca compulsivamente la pantalla de estadísticas del blog. Lo sé porque lo he vivido y porque lo han vivido otros, lo han compartido con mi bendita persona y nos hemos avergonzado juntos. Pero, realmente ¿cuándo podemos decir tengo muchas visitas sin mentir descaradamente? ¿Cuántas dirían ustedes que son demasiadas? Dejen, yo se lo digo: tres (sobre todo si tenemos en cuenta la cantidad de gente que lee en este desvergonzado país). Deberíamos tenerlo claro. Uno empieza un blog creyendo que es escribe para sí mismo, para dar salida a lo suyo y entonces el blog crece (o no, que los hay que mueren) y un buen día llega a las cien visitas, a las trescientas, a las dos mil y ya de repente uno es tan gilipollas que piensa que por menos del millar ya no vale la pena escribir, que es indecente no llegar a los cien comentarios en cada post cuando (y esta es otra) es de sentido común que a más comentarios menos tiempo que dedicar a lo que se supone que se dedica uno, a no ser, claro, que lo que uno quiera es dedicarse a otra cosa completamente diferente tipo ganarse la vida (escribir un libro, publicitar sus tristes poemarios, hacerse un hueco en alguna revistilla digital sin porno en la publicidad) o unos eurillos con Amazon, cosa que parece legítima (si uno va de hombre anuncio por la vida qué menos que llevarse su parte).

No es mi caso. Aquí no hay ánimo de lucro. No quiero escribir un libro (de esto se me acusa periódicamente), no siento el menor interés por unir dos frases fuera de este reducido espacio. Tampoco quiero montar una editorial ni hablar bien de sus libros, de todos sus libros, medrar a golpe de elogio, hacerme un hueco en la industria, ser la reina de la [auto]edición. No quiero congresos ni presentaciones ni columnas semanales. No, al menos, hoy, ni mañana, creo, ni el mes que viene. A mí lo que me gusta, cojona, es leer y dar, siempre, un fuerte golpe en la mesa ya sea para bien o para mal y me gustan los libros que invitan a eso, al golpe en la mesa, y me aterran los libros que invitan al desaliento y la indiferencia, libros que ya nacen desactivados, libros que, me temo, son mayoría aplastante en el desolador panorama de los últimos años. Absténganse, pues, conformistas.



viernes, 1 de agosto de 2014

Cuarto aniversario de LMdT

No me gusta soplar velitas.


Da cosa celebrar el paso del tiempo pero más cosa da ignorarlo. 

Cuatro años, ya, y sin embargo parece que fue ayer cuando empecé a vomitar el resultado de mis lecturas. Y parece que fue ayer, también, cuando esta actividad empezó a ser considerada por algunos iluminados como “crítica literaria”. En fin… También parece que fue ayer cuando, sin comerlo ni beberlo, escribí un post que aumentó considerablemente las visitas para lo que venía siendo habitual hasta entonces. Sí, parece que fue ayer cuando dejaron de ser personales las redes sociales, cuando fui agregando y conociendo gente; o antes, incluso, cuando empezaron a llegar los correos de editores y escritores, unos y otros ofreciendo libros, unos y otros celebrando el humor, la crueldad; unos y otros aparentando una complicidad que no se sabía muy bien a cuento de qué venía, ni cuánto tenía de sincera, ni hasta dónde podía llegar. 

Y yo, Mono feliz, me dejé querer. Y me dejé querer porque creía, en mi infinita ingenuidad, que la independencia era posible en tanto los demás fueran advertidos de la misma. Esa ética que lenta y naturalmente se había instalado en la medicina parecía incorruptible. Supongo que siempre lo parece. Quiero pensar que lo sigue siendo.

Hay un cuento de Augusto Monterroso llamado “El mono que quiso ser escritor satírico” que probablemente ya conozcan. Se lo dejo en el primer comentario del post, por si necesitan refrescar la memoria. En el cuento un mono que quiere ser escritor satírico se mezcla con la gente con la intención de conocer de primera mano la naturaleza de aquellos a quienes un día deberá criticar. Huelga decir que no logra su objetivo o pobre moraleja nos quedaría a los demás, humildes lectores. Cuando llega el día en que debe trasladar su experiencia al papel, y aunque sí es perfectamente capaz de reírse de la estupidez ajena, se siente incapaz de publicar sus escritos temiendo con ello hacer daño a quienes hasta ayer habían sido sus compañeros de copas. Y es que hasta las ratas se les coge cariño.

El Mono podría ser cualquiera. Y de hecho lo es. También podría ser yo. Podría serlo o podría llegar a serlo. 

Pero no.

Si algo he aprendido podido confirmar desde que empecé esta actividad hace cuatro años es que la independencia, entendiendo ésta como el decir lo que uno piensa realmente, pasa, o bien por el anonimato o bien por la indiferencia y yo de la primera no pero de la segunda voy sobrado. Desde luego dos que comparten barra de bar no pueden ser enemigos, no, al menos, declarados. Eso es algo de sobra sabido pero creía un servidor de ustedes que habiendo tanta tierra de por medio (estoy más cerca del fin del mundo que de la capital) sería fácil evitar ese roce que devienen en afecto. Y bueno, follar no me quiero follar a nadie, pero es verdad que tampoco estoy libre de pecar. 

Me consuelo pensando que no ha llegado la sangre al río, esto es, que ninguna crítica ha llegado a ser falsamente complaciente, pero no estoy tan seguro de que, en cierto modo, se hayan suavizado, en según qué momentos o que, por razones siempre innecesarias, haya ido como caricia lo que bien merecía haber sido una hostia. No puedo poner ejemplos (si acaso La casa de hojas, que tuve rectificar poco después de haberla publicado), pero al igual que pasa con las meigas, haberlos haylos.

Leía el otro día en una revista literaria de corte masturbatorio una entrevista en la que Manuel Astur era entrevistado por la que, si no me equivoco, era (y es) su pareja sentimental. No mucho antes, hace unos meses, leía, en otra revista, ésta de corte populista, otra entrevista a Soto Ivars realizada por una buena amiga suya. Y como estos doscientos casos más: editores que reseñan libros de editoriales amigas o escritores/críticos literarios como Alberto Olmos que se indignan cuando reciben una mala crítica a su libro alegando que ya podía el crítico jugar con el pan de su puta madre, como si ahora la crítica literaria tuviese el valor de un vale descuento del Eroski y como si con semejante comentario no desprestigiase su labor diaria de crítico mordaz remunerado. Y hablamos de las nuevas generaciones, que vaya usted a saber cómo está el panorama en las plantas superiores. Pero no nos engañemos: a esto hemos llegado hace mucho tiempo y de hecho se ha venido denunciando (incluso por los aquí denunciados) desde que tengo uso de razón. 

Pero estoy divagando. 

Es bonito conocer gente, sobre todo si tienes que sacar a pasear el perro, pero lo cierto es que a la larga y a la corta, a la hora de escribir una reseña es mucho más… complicado, digamos, si previamente has cruzado correos, privados, oportunas confidencias, me gustas o, qué coño, si no quieres perjudicar a esa pequeña editorial que te ha enviado el libro con la mejor de la intenciones. O si directamente has decidido no leer ese libro de esa escritora tan simpática, no vaya a ser…

Y eso pasa. Y cada vez más. Y uno calla cuando, tal vez, lo que debería hacer es gritar. 

Y, honestamente, uno ya empieza a estar hasta los cojoncillos de tanta bondad no pedida y tanta concesión gratuita y de tanto Mono entre tanta fauna salvaje.

La verdad es que en estos cuatro años no he aprendido gran cosa pero sigo teniendo claro que si monté esto fue para divertirme. No para hacer publicidad (claro que tampoco es que pueda evitarlo), ni favores, ni para medrar, ni para hacerme un hueco en la industria, ni para tener una columna en El Diario, ni para colocar un libro de mi vecino, ni para colar uno mío, que parece que es en lo que se acaban convirtiendo la mayoría de los blogs. No, para eso no. Y puesto que NO, lo que queda es hacer lo contrario de lo cabría esperar llegados a este punto de sometimiento general: dar un pasito atrás, recuperar el espíritu original de esta medicina antes de que, ciego de alcohol, me descubra bailando un sirtaki abrazado a una boa constrictor.

Y bueno, en ello estamos.

Arranca el año cinco.



viernes, 2 de agosto de 2013

Tercer Aniversario de LMdT (incluye supuesta autocrítica)

Pues sí, estamos de aniversario. Tres añitos, ya, ahí es nada. Incluso he tenido un regalito inesperado; algo que me llena de orgullo y satisfacción: este mes de julio ha sido record de visitas. ¡Tachán! Sólo puedo dar las GRACIAS, fingir que no lo merezco y todas esas cosas tan cargadas de falsa modestia. ¿Cómo no lo voy a merecer, con lo que me ha costado llegar hasta aquí, que ha sido todo sangre, sudor y lágrimas? (Ajenas, eso también es verdad).

Recuerdo haberle escuchado decir —cuando monté el chiringuito— a un bloguero de reconocido, digamos, prestigio, que la esperanza de vida de un blog solía ser, por norma general, de unos dos o tres años. A partir de ahí, supuse, llegaría el fin o el principio del fin o un algo decadente que tenía que ver con el hartazgo y que conducía inevitablemente a la extinción. Bueno, pues nada, aquí estamos, sobreviviendo y jugando a ser una especie en peligro de excepción. Tengo contactos en las altas esferas Tongoyanas que me han dicho se intuyen cambios para el año que viene pero de momento esta Medicina (de Mongoy, que dice el bueno de Fernando Valls) sigue adelante.

En serio: GRACIAS. Han sido tres años estupendos. 279 entradas publicadas (con esta, 280), 450 libros leídos, tantas críticas positivas, tantísimas negativas, tanta gente enfadada, tanta gente indignada, tantas risas. Tres años bárbaros.

* * * * * * * *

Para celebrarlo me dio por leer, hace unos días y ayer otra vez, por recomendación de un comentarista de este blog, “El vicio de la lectura” de Edith Wharton, que es un librito pequeño como un tomagotchi que se lee en media hora y deja el regusto amargo de dos cafés. Lo bueno es que cuesta 89 céntimos, que es lo mismo que otros cobran por leer el post más popular de su blog. Pero ya hablaremos de esto otro día. 

Habla, Wharton, de lectores mecánicos y lectores natos, tomando por buenos los segundos. Los otros son, para ella, simples devoradores de libros, pero de los mismos libros que leen los lectores natos. (Esta es una observación muy importante porque luego están esos otros lectores de betsellers y subproductos varios que, dice Wharton, no merecen ser tenidos en consideración.) La culpa de tanto atrevimiento, viene a decir la escritora, está en considerar la lectura una virtud —como hacer deporte, madrugar o donar esperma— que se puede educar, como si el talento fuese cuestión simplemente de echarle horas. Claro, de ahí a creer que se tiene la inteligencia suficiente para leer a Pynchon, por ejemplo, no hay ni medio paso.

Wharton cree que las muchas lecturas, el frenesí de leer, qué se yo, 450 libros en tres años, no sólo es algo negativo sino que incluso puede llegar ser un síntoma de lo mal que se están haciendo las cosas, porque leer mucho obliga necesariamente a leer rápido y por las malas lecturas de malos lectores es por lo que se escribe la peor literatura. Y es que hay mucho hijo de puta suelto.

Leer no es una virtud; pero leer bien es un arte, y un arte que sólo el lector nato puede adquirir. El don de la lectura no es la excepción a la regla, en cuanto a que todos los dones naturales necesitan cultivarse mediante la práctica y la disciplina; pero a menos de que exista la aptitud innata, el entrenamiento será infructuoso. Resulta una decepción para el lector mecánico pensar que las intenciones puedan tomar el lugar de la aptitud. 

Y eso no es todo, ni es lo peor. El lector mecánico es el típico imbécil (esto no va con segundas) que cree que esas muchas lecturas le otorgan un conocimiento superior que le capacita para ejercer la crítica literaria:

Forma parte del deber cabal del lector mecánico pronunciar una opinión sobre cada uno de los libros que lee, y a veces es conducido hacia extrañas desviaciones en el desempeño consciente de su tarea. Es parte de la naturaleza desconfiar y que le desagrade todo libro que no comprende. 
[…]
Aunque la crítica real esté al servicio de la literatura o no lo esté, resulta claro que esta pseudo reseña es dañina, debido a que coloca a libros que tienen muy diversas calidades en el mismo nivel inerte de mediocridad, al ignorar su verdadero significado e importancia.

Resumiendo: qué triste dedicar tanto tiempo a leer tanto y tan mal total para nada más que acabar haciendo daño a aquello que se quiere defender, esto es, la literatura (esa ramera). Porque alabar las malas novelas, aunque alimenta las malas novelas, las mantiene en un circuito cerrado de estulticia, pero despreciar las buenas por culpa de ese criterio miope de darle a todo el mismo valor y no ser capaz de ver las virtudes o de valorar el esfuerzo ajeno de tirarse seis semanas o veinte años escribiendo un puto libro, hacer eso, decía, acaba por fuerza con la literatura de calidad, opina Wharton. 

Lo mejor, seguramente, sería cerrarle la boca a todos esos lectores mecánicos reconvertidos en críticos que confunden calidad con cantidad, que han saltado la barrera de la literatura de mierda, (aquella más comercial, aquella que Warthon considera indigna --así en general--) para invadir el territorio de la alta literatura o la literatura de minorías o lo que sea que haga todo escritor que se precie.

El lector mecánico […] aprende el potencial de la desaprobación en su calidad de arma crítica, y pronto se convierte en su principal defensor en contra de la irritante exigencia de admirar lo que no puede entender. A veces su desaprobación está mitigada por las concesiones filosóficas hacia la laxitud humana: como sucede en el caso de la mujer que no podía aprobar las novelas de Balzac, pero por supuesto que estaba dispuesta a admitir que “estaban escritas en el francés más hermoso”.

Aprovechando que esto no va con nosotros, seres de excepción inmunes a la tontería, hagamos justicia: identifiquemos, señalemos y acabemos con esos indeseables venidos a más. Comámonos los corazones de los lectores mecánicos. 





jueves, 2 de agosto de 2012

Segundo Aniversario LMdT



No me van a creer (entre otras cosas porque no lo voy a cumplir) pero hoy no tenía intención de hablar de literatura. A lo que yo venía realmente era a invitarles a unos pinchitos y un vino (hay zumo para los más jóvenes, que sé que los hay). El motivo ya lo han visto: LMdT celebra su segundo aniversario. Esto sólo puede significar una cosa: tal día como hoy (más/menos) hace dos años nació este blog. Fue un parto fácil, lo recuerdo perfectamente; no hubo tiempo ni de poner la epidural. La crianza ya no tanto. Qué de noches en vela, qué de gritos, qué de llantos desconsolados. Me refiero a los ajenos, claro, no a los propios. Es más, desde aquí dentro qué de risas, qué de carcajadas de mearse encima. Confieso haberme sentido fatal por divertirme tanto a costa de los demás. Fue una sola vez, lo recuerdo perfectamente; me duró dos minutos y veintisiete segundos y ya nunca más. 

Si hay algo que he aprendido en estos dos años de vida virtual es lo siguiente: un considerable cantidad de escritores -y otros parásitos literarios- tienen pinta de ser una panda de imbéciles como no se ha visto otra en la historia de la humanidad. Si me obligasen a ser completamente sincero tendría que reconocer que esta idea tan peregrina y con tan poco fundamento tiene su origen en la constatación brutal –que diría aquel- de una realidad en la llevo sumergido los últimos dos años: el mundo literario actual, y más concretamente el que incluye a escritores y reseñistas (suplementos culturales a la cabeza), APESTA. Son repugnantes, despreciables, insufribles. Hay un nivel de imbecilidad egomaníaca tal en esta esfera literaria –nacional, concretamente, que es la que mejor conozco- que cuesta creer que haya un sólo ser humano dispuesto a confiar de lo que se dice de cualquier libro escrito en los últimos cincuenta años. (Comentario 1) Pero ahí estamos. Y yo el primero. Esto es lo que pasa cuando se monta un blog de crítica literaria y no de hortalizas (Comentario 2). A la fuerza se ha de acabar mal de algo.



En cualquier caso: han sido dos años estupendísimos de morirse (a excepción de ese pequeño hartazgo de hace unos meses que a punto estuvo de mandarlo todo al carajo). Vaya esto por delante: muchas gracias a todos: a unos por las visitas silenciosas, a otros por los comentarios, los buenos y los malos. Entiendo que no siempre es agradable participar en un blog en el que a uno pueden atacarle de forma tan gratuita pero tengo el convencimiento de que, en general, a toda aportación se le puede sacar algo de provecho y de que es en las discusiones (unas más apasionadas que otras) dónde se aprende. Nunca he sacado nada en limpio del silencio y desde luego no tengo el menor interés en que sea mi voz la única que se escuche y no porque no me siente bien el púlpito (todo lo contrario) sino porque muchas veces leo rápido, leo mal, leo sin suficiente interés o con escasa concentración y por eso espero, deseo,  que los comentarios, de haberlos, sirvan para corregir mis muchos errores; que sean una extensión de la reseña, en definitiva, y que ésta (la reseña) sea nada más que un punto de partida. 

Nuevamente gracias.



martes, 2 de agosto de 2011

Primer Aniversario LMdT



En lugar de gritar, escribo libros. (R.Gary) 

Estoy de aniversario. Bueno, yo no, el blog. Este blog. Verán, es mi primer año y no sé muy bien como celebrarlo. Había pensado en no hacer nada o simplemente poner la foto de una vela o chorrada similar pero no encontré ninguna que me gustase y entonces se me ocurrió la infeliz idea de explicar -no sé todavía muy bien cómo- lo que ha sido este año y en qué situación me (nos) ha dejado. Unas conclusiones, ya se lo adelanto, que no le van a gustar a casi nadie. 

* * * * * * * * * * 

Se formó hace unos días cierto revuelo en la red a raíz de las entradas del blog “La Patrulla de Salvación” (a quien no trataré de justificar ni defender) que me ayudarán a explicar lo que quiero decir. En una de ellas protestaba por la mierda de literatura nacional que nos gastamos y en otro criticaba el premio que otorga Mondadori, en el que sin saber muy bien porqué, tira [el mencionado post] contra Elvira Navarro, la escritora, a quien no conozco y contra la que no tengo absolutamente nada. Han sido varios (tantos como dos) los gritos que he escuchado provenientes de diversos frentes: uno, Alberto Olmos, lo hizo desde su plataforma [blog] cuando fue “acusado” –si acaso se puede acusar a alguien de algo que no ha tenido lugar- de ser el nuevo, flamante e inminente futuro ganador del premio Jaén de novela (lo cual no entiendo porque en los mentideros la voz que suena es otra que me voy a callar de momento). La otra fue más silenciosa, por breve, aunque probablemente más leída gracias a la plataforma utilizada. Me refiero a la citada Elvira Navarro que habló a través del Facebook. Comparaba Elvira ciertos blogs con el programa La Noria, el de Tele5. Bueno, en fin. Insisto, sin tener absolutamente nada contra Elvira, a la que no tengo el placer, ni contra La Noria, la comparación me parece pelín odiosa porque muchos blogs son de mierda, sí, pero no todos, aunque lo parezcan. Algunos denuncian premios falsos y jurados de pega, que los hay; denuncian corporativismos literarios generacionales o editoriales o simples amiguismos, que también los hay y que entiendo que a según quienes no les haga maldita la gracia. Hablo en general; pueden todos sentirse aludidos si lo desean. A la iglesia se le acusa (yo la acuso), como ente, de encubrir, con su silencio, los casos de violaciones infantiles. A otra escala (obviamente) los escritores -ya supongo que no todos- hacen exactamente lo mismo: elogian por amistad novelas, encubren premios (ya sea como jurados, participantes o “colegas”) o simplemente callan, otorgando así, no vayan a encontrarse cualquier año de estos firmando libros en la misma caseta que otro al que puesto de vuelta y media. Este mundo es muy pequeño y al final todo se sabe y mejor estarse callado y de ahí a ser todos culpables hay un paso muy chiquitito. 

Estimados escritores: entendedlo: la gente da su opinión aunque a veces se equivoque; estamos legitimados: somos lectores, compradores; somos, con vosotros, el puto mercado. Si tenéis algo que decir, decidlo, discutamos, pero si os vais a enfadar porque la gente, alguien, quien sea, que sigue (o parece seguir) el curso de los acontecimientos, presuponga que no sois todo oro entonces tenéis un problema enorme: lo vais a pasar fatal de aquí a la eternidad. Exigir confianza ciega en un mercado que no es ajeno a la corrupción es mucho pedir. Internet acerca al escritor (que lo desea) al lector (que consiente) permitiéndole al primero ejercer labores de editor, pero eso no es necesariamente bueno. Exponerse demasiado nunca es bueno. Esto es lo de tener cinco mil agregados en Facebook como potenciales compradores y que la mitad te salga rana. 

Hace poco escuchaba en la televisión a Rubalcaba decir, como parte de su programa electoral –en velada referencia al asunto Camps- que había que prevenir la corrupción. Prevenirla, nada menos. Me pregunto si es posible semejante cosa y me respondo que sí. ¿Cómo? PRESUNCIÓN DE CULPABILIDAD. Sí, ya sé que me estoy pasando, pero quizá ha llegado el momento de dejar de teneros por los dulces angelitos que aparentáis y poner el nivel de desconfianza a la altura del éxito obtenido. De alguna forma habría que meter en la ecuación cosas como estar vivo (o muerto), la participación en revistas, blogs y lo que sea que sirva de plataforma para jugar al despiste. No estoy hablando tanto de cuestionar vuestras propias obras como la opinión vertida sobre la ajenas, máxime cuando se trata de algún homólogo generacional. Hablo, claro, de los escritores que ejercen también de críticos literarios o de los críticos con ínfulas. No se me olvida la confesión de Quimera de que lo mejor de 2010 era lo editado por sus colaboradores porque eran sus espíritus afines y que qué otra cosa podíamos esperar de ellos. Ya les digo yo que nada. 

Entendámonos: la crítica literaria, si quiere demostrarse imparcial, debería, en mi humilde opinión, desvincularse de todo lo que rodea la auténtica literatura (entendiendo esta como el libro y su contenido) y que no es otra cosa que los escritores, editoriales y el largo etcétera por todos conocido. Así es como salen (saldrían) las críticas negativas, de las que arrancan los enfados y malestares varios y que, por si no lo he ido dejando claro durante este año, es tan o más necesaria que la otra. Los buenos libros se venden solos; de los malos que hay que protegerse. Y de ahí la guerra; que escritoras como Jimina Sabadú se lleven las manos a la cabeza cuando reseño su novela es un ejemplo real del pasado que se traduce en que la amistad, en según que casos, resulta imposible. Tengo un amigo que opina que si no es por las malas ha de ser por las buenas (esto es de cajón) (y quizá ahí resida la explicación del “apoyo” recibido hacia este blog por parte de El Cultural y otros. Espero que no.) por lo que espero que de aquí a un par de meses empiecen a caerme premios y condecoraciones y las editoriales me empapelen las estanterías con sus dávidas. Supongan la ironía, no me hagan trabajar. 

* * * * * * * * * * 

[Acabo.] Un año, ya ven. Lo siento pero ahora va la parte de los agradecimientos. Gracias a quienes pierden su tiempo leyéndome; mi pésame a los que me hacen caso y a los que se fían de mi mal gusto. A los perjudicados: lo siento; de todo se aprende. Gracias por tantos comentarios cojonudos y también por los otros, los de la mala leche, anónimos o no. También por los besos, que alguno hay. Gracias, de verdad (que asquito me estoy dando). 

Espero que me duren las ganas un poquito más y que de aquí a un año sigamos pasándolo bien juntos, rajando o no de los demás y hablando de los buenos y de los malos libros, de los buenos y malos escritores, siempre –y esto es importante, al menos para mí- desde una óptica personal, subjetiva, alejada lo más posible del academicismo habitual de esta esfera tan pedante e insufrible que en el fondo nos hace tan felices y sin la que no quisiera tener que vivir. 

Estaremos observando. Besos en la boca para todos.