Yo de mayor quiero ser Amélie Nothomb.
Lo digo completamente en serio.
Publicar, sin mucho esfuerzo, un libro al año. Y no publicar más no porque no pueda sino porque no me da la real gana. Un libro. Al año. Que me edite en el extranjero una editorial como Anagrama; que me traduzca siempre siempre siempre un traductor como Pàmies; que me reseñen en Que Leer o en Quimera, incluso en revistas de reconocido prestigio; que me den, los críticos, trato de favor, que excusen mis defectos, resalten mis virtudes, que me dejen pecar. Enriquecerme.
Independientemente de lo mejor o peor escrita que esté la novela ésta de Nothomb, independientemente de que aceptemos como menor el género al que se adscribe, (independientemente de todo, en definitiva), esta novela, esta cosa con letras, esto que se oculta tras tan horrorosa portada, es un soberana estupidez y un insulto a la inteligencia del lector.
A mí me gustan los cuentos como al que más pero lo que no puede ser es que la crítica o la acrítica o la señora de la esquina que tiene un blog o sus amigas del taller de lectura y/o escritura, no puede ser que toda esta gente o cualquiera que tenga dos dedos de frente, incluso uno, caiga en la trampa de creer que porque una novela se finge homenaje a un clásico como el mencionado vaya a merecer el menor de los respetos; que porque la autora sea de natural ligera se le pueda pasar cualquier cosa. Todo lo contrario. Que Amelie Nothomb elija alegremente un cuento como este para hacer con él una cosa superficial, insustancial en la media que pretenciosa debería ser constitutivo de delito y estar convenientemente penado.
Amelie Nothomb me hace añorar la guillotina.
A todo esto no he dicho de qué iba la novela. Qué lapsus.
Saturnine, una joven tiene veinticinco años que está buena de morirte y es lista como un ajo, busca habitación buena, bonita y barata. La encuentra en un palacete con mayordomo, en el centro de París (creo) por sólo quinientos euros al mes y sin tener que follarse a nadie. El otro inquilino, señor del castillo, es un español defensor de la santa inquisición casado previamente con otras ocho mujeres que desaparecieron misteriosamente. La única condición es no entrar en una habitación determinada. Las consecuencias podrían ser fatales.
Traducción: Perrault. Barba azul.
Bueno, pues con esto Nothomb hace una novela dialogada de una chica que se va de lista y en realidad es más tonta que el ajo y un señor que parece tertuliano en El gato al agua, feo con avaricia y con pasta suficiente para hacerle el pis Coca-cola a cualquier mujer. Él quiere enamorarla pero ella no se deja. En un momento dado, no se sabe cómo, Saturnine se enamora. Es un amor que nace así, zas, de la nada, espontáneamente. Para qué va Nothomb a molestarse en hacerlo creíble, desarrollar un personaje, un escenario, hacer atractiva una historia más allá de la intriga de saber si ella entrará o no entrará en la puta habitación, si morirá y cómo o si al final saldrá del hogar fatal triunfante y victoriosa cual Superlópez orgasmado.
Para qué, si total hay legiones de lectores ávidos de este tipo de historias tan apasionantes, inteligentes y originales. Tan fans.
La novela se acompaña -supongo que por aquello de justificar el esfuerzo- de un buen puñado de frases de relleno e ideas que no conducen a nada y reflexiones en torno al color, la fotografía o la brujería
¿Nothomb bajo el efecto de las drogas? Más quisiéramos. Nothomb es la mujer que presume de escribir cuatro novelas al año y sólo publicar una, porque sólo una es publicable, dice. Y dice bien si después vienen los de Qué leer asegurando que Barba azul es una “lectura deliciosa e inteligente, una habitación perfectamente iluminada y, aun así, plagada de sorpresa y sugerencia”.
Con un par.



