No soy amigo de releer. Debería, pero no lo soy. Las prisas, ya saben. En mi defensa diré que me voy corrigiendo. Poco a poco, poco a poco. El caso es que esta novela volví a leerla apenas cuatro meses después de haberlo hecho por primera vez. Esto, que parece un cumplido, lo es relativamente. Me explico. Es verdad que “Donde dejé mi alma” me parece una estupenda novela pero no es por eso por lo que volví a ella sino porque me parecía injusto que siendo así se hablase tan poco de ella y sobre todo me pesaba el sentimiento de culpa de haber sido yo, con un silencio fruto de mi legendaria pereza, parte del problema. Y ya que la cosa va de culpas, vengo a expiar la mía.
* * * * * * * * *
La acción de la novela (por llamarlo de alguna manera) tiene lugar en Argelia, durante tres días de 1957, en plena rebelión independentista. Francia venía de perder un control vietnamita que sumaba una derrota más en su decadente imperio colonial. Esa época. Bien, pues el protagonista es un viejo capitán que se ocupa de sofocar la revuelta y que tras muchos años de practicar la guerra empieza a notar síntomas de culpabilidad. Cree haber perdido su alma entre tanta crueldad. Se siente un hijo de puta y está cansado de utilizar el ejército como excusa para liberar los más bajos instintos del ser humano, aprovechando el amparo que ofrece la frontera difusa entre el bien y el mal que dibuja la guerra (“Pues he aprendido también que el mal no es lo opuesto al bien: las fronteras del bien y del mal se han confundido, se mezclan uno con otro y se vuelven indiscernibles en la insulsa grisura que lo recubre todo, y eso es el mal”).
Los tres días en los que se desarrolla la novela son días clave, ya que son los días en los que capturan a uno de los principales jefes revolucionarios. Se intercalan en la narración tres breves monólogos de un teniente, viejo amigo y colega de campo de concentración y derrotas varias, que ve en el desánimo de su superior un síntoma de debilidad, algo que se toma —para qué andarse con chiquitas— como una traición. Uno no pone todas sus esperanzas en un hombre para que éste lo traicione: “Cómo me iba a olvidar de usted, mon capitaine, yo que tanto lo quería, yo que lo quería aún más de lo que lo desprecio hoy, y lo desprecio hasta el punto de confesarle sin vergüenza cuánto lo quería.”
El capitán es un imbécil que cree que siendo amable con el terrorista (vamos a dejarlo ahí) —a quien considera un igual por el simple hecho de ostentar un rango similar al suyo (por ser diferente, en cualquier caso, al de un soldado raso)— ya va por el camino del perdón cuando esto no es así ni remotamente. En cualquier caso lo cierto es que superado el ecuador el libro empezamos a sentir por el bueno del hombre una inmensa pena. Ah, pero las cosas no son tan fáciles como sentir pena o sentir odio, como tener la razón o no tenerla. Las cosas son siempre mucho más complicadas. Para no olvidarlo, tenemos a Tahar, el preso que Ferrari utiliza como un instrumento para ir poniendo las cosas en su sitio:
—Sobre todo, capitaine —dice con mucha cordialidad y convicción—, tampoco vaya a pensar que merece compasión, por favor. No merece compasión. ¿Lo sabe, verdad?—No me quejo de nada.—Entonces está bien. Porque no merece compasión. Y yo tampoco.
Seré breve, hoy no me apetece escribir.
La novela plantea directamente —a pesar de cierta tendencia a la dispersión y digresión en ciertos puntuales momentos— la cuestión de la culpa que pueden o no sentir quienes, por la razón que sea, en este caso la guerra, hacen uso de la tortura y la crueldad, muchas veces con actos que van más allá del sadismo estrictamente necesario, para alcanzar sus fines generalmente muy poco nobles. Hombres que en el fondo saben que nada importa nada, que nada cambia nada, que todo es siempre lo mismo, más de lo mismo. Hombres que, aún sabiendo que la vida es un camino de una sola dirección y que no hay vuelta atrás que alivie la conciencia, no dejan de hacer aquello para lo que han sido programados, algo que casi nunca tiene que ver con llevar los niños al parque a pasear en bicicleta. Sólo tenemos una oportunidad y, con todo, no dejamos de golpear con la misma puta piedra la misma puta cabeza.
“No ha vivido nada que sea excepcional, mon capitaine, el mundo ha sido siempre pródigo en hombres como usted y a ninguna víctima le costó jamás el mínimo esfuerzo transformarse en verdugo, a la más pequeña variación de circunstancias. Acuérdese, mon capitaine, es una lección brutal, eterna y brutal, el mundo es viejo, es tan viejo, mon capitaine, y los hombres tienen tan poca memoria. Lo que se ha representado en su vida ha sido ya representado en escenarios similares, un número incalculable de veces, y el milenio que se avecina no propondrá nada nuevo. No es ningún secreto. Tenemos tan poca memoria. Desaparecemos como generaciones de hormigas y todo ha de empezar de nuevo. El mundo es un pedagogo mediocre, mon capitaine, no sabe más que repetir indefinidamente las mismas cosas […]”
