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viernes, 11 de marzo de 2011

"Celacanto", de Jimina Sabadú




Los premios literarios. 

No sé si existe algún estudio del que podamos extraer el dato exacto de la cantidad de premios literarios que se entregan anualmente en España pero seguro que son demasiados. Yo no soy mucho de premios, la verdad, quizá por aquello de la desconfianza hacia todo lo que tenga que ver con este mundillo, pero en ocasiones me gusta dejarme llevar por la marea y me atrevo con algunos que, sospecho, no me van a defraudar. El último que leí fue “Tres ataúdes blancos” de Antonio Ungar, ganador del Anagrama de Narrativa 2010, movido por el entusiasmo del anterior ganador y, quizá por eso, demasiado confiado. La primera en la boca. El libro de Ungar está muy bien, se lee con gusto, es entretenido, pero nada más. Quizá sí fuese lo mejor de 2010, no lo sé, no los he leído todos. Si efectivamente lo era (el mejor), mal asunto; y si no, peor. 



“Celacanto” de Jimina Sabadú, XVI Premio Lengua de Trapo de Novela  

La última vez que leí un libro exclusivamente por ser ganador de un premio fue ayer. Es, obviamente, el que da nombre a esta entrada: “Celacanto” de Jimina Sabadú. Con éste me pasa lo mismo que con el de Antonio Ungar, pienso que si esto es lo mejor del año tenemos un problema y si no lo es tenemos otro mucho mayor. También es cierto que no tengo ni idea de los criterios a los que atienden los miembros del jurado (1). Ya supongo que consenso no debe haber cuando uno de ellos, Alberto Olmos, asegura en el Wikilit de Quimera que ha sido dos veces jurado del premio Lengua de Trapo y nunca ha ganado la novela que le gustaba. Quizá basta con la mayoría (tres de cinco en este caso) o que sea una escritora conocida de alguno de ellos o simplemente que tenga un buen culo. No lo sé. Lo que sí sé es que no se puede dar un premio de la categoría del que le supongo (suponía) a Lengua de Trapo a una novela como la de Jimina, que deja bastante que desear. 

Puede que yo tenga un problema, no lo sé; probablemente sí, pero el libro de Jimina es confuso a más no poder. Las primeras cincuenta páginas son una prueba de voluntad: uno las lee porque espera que en algún momento entre el principio y el final entienda algo o que, sencillamente, esa confusión de personajes y lugares permanentemente mal definidos y directamente no desarrollados (más allá de los nombres y sus puestos en una estructura que tampoco está clara) tenga que ver con alguna sorpresa final que reconfigure la novela y obligue a un entusiasmado lector a empezarla nuevamente o a echar, como poco, la vista atrás, comprobar estupefacto que la autora ha construido un mecanismo perfecto y correr inmediatamente a la librería a comprarse todo lo publicado hasta la fecha de esta buena mujer, si lo tuviera, que no lo sé porque no recuerdo lo que dice la solapa sobre su vida, obra y milagros y me apetece entre poco y nada investigar en la web de la editorial cuando además esta información carece de todo interés en este entrada en particular. 



Una aclaración que nadie me ha pedido 

La razón por la que estoy ahora comentando una novela que no me ha gustado (en lugar de callarme la boca y dejar que la vida siga su curso, arriesgándome a coger una fama que no deseo –me refiero a ser el malo de la película- porque para nada se corresponden con la realidad, ya se pueden imaginar) no es tanto una demostración de honestidad como el deseo incontenible de incidir en algo de lo que ya me quejé en una entrada anterior: que la historia que se narra debe estar siempre por encima de la prosa (y que esto lo diga yo, que adoro los artificios sintácticos, es mucho decir). “Celacanto” como ejercicio, está muy bien; como novela, no, pero como premio literario es sencillamente (y disculpen) indecente. Yo, como Bolmangani, estoy por darme de baja de todo este circo y pasarme a los clásicos de toda la vida, con o sin premios, a aquellos que cuando escriben, arriesgan y no se conforman con vehículos de entretenimiento de prosas más o menos afectadas. 



(1) En este caso compuesto por Alberto Olmos, Ramón Pernas y Patricio Pron, la periodista Laura Revuelta y el editor Fernando Varela.