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miércoles, 15 de marzo de 2017

“Los náufragos del «Batavia»” de Simon Leys (Trad. J.Ramón Monreal)


Sigue el blog en modo autodestrucción. Mientras la mano izquierda se dedica a perder el tiempo comentando chorradas, la derecha se da un homenaje tras otro dejando el año perdido de buenas o grandes novelas cuando no directamente —a poco que me deje llevar—obras maestras. (A saber: McCarthy, Faulkner, Wolfe, Roth, Murdoch, Twain, O´connor…).


Hoy, rompiendo un poco esa tónica, vamos con la reseña de un libro tan breve que no sabe uno si valdrá la pena tanto esfuerzo. Yo creo que sí.

He aquí la historia: Leys descubre o da, un día, por casualidad, con un suceso del todo apasionante que le lleva a coleccionar compulsivamente recortes, noticias, fotografías y merchandising variado (astillas, calaveras y doblones de oro). Se trata de la tragedia del Batavia, un barco de escasa o nula importancia que un mal día de 1629 encalla entre las rocas de un arrecife de coral próximo a la costa australiana (el típico tramo de costa a la que solo se acercan los barcos que han comprado el sextante en el chino de la esquina). Esto en circunstancias normales acabaría en tragedia clásica, esto es, con la muerte de toda la tripulación, a excepción de los dos más tontos, el cocinero y un alférez, pongamos, que llegarían a buen puerto remando con los muñones de otros sobre el palo de una escoba total para acabar malvendiendo la exclusiva de un canibalismo derivado en coprofagia amén de una latente y nunca del todo reconocida homosexualidad autoimpuesta.

Y no. Para nada. 

Fue mucho mejor.

En ese barco había como chorrocientas mil personas. O más. Igual trescientas. Que es gente, también, ojo, que esto lo llevas al cine y ya medio presupuesto se te va en dietas de desplazamiento. Pues bien, el barco encalla. Pero encalla de no desencallar en la puta vida. Claro, esto, sin botes salvavidas, una estúpida tradición que todavía tardaría en llegar a la marinería, está en el nivel diez de desesperanza lo que lleva a la gente, —esto es, tripulación, soldadesca, gremios artesanos (que había de todo en ese barco)— a hacer lo que haríamos cualquiera minutos antes del fin del mundo, a saber: beber, comer chuches y follar hasta dejarlo todo en carne viva. Eso incluye violaciones, toda vez que el tiempo del cortejo se pone en Modo Guateque, y demás despropósitos, tipo decir muchas palabrotas y recuperar la fe perdida en quién sabe qué burdel. Tal fin hubiera sido bonito a ojos de Dios pero quiso el azar que el barco, previa espantada del capitán y burguesía variada, quedase en manos del mayor hijo de puta que ha parido madre.

A partir de aquí, siendo aquí el momento en el que la tripulación al completo se reparte en tres mal llamados islotes, poco más que pedruscos (véase foto y valórese el esfuerzo documental de un servidor), y sin ánimo desvelar más trama de la ya desvelada, la novela pasa de relato erótico festivo de nudos marineros a thriller de terror con satanismo incluido. La típica historia que si la cuenta otro que no sea Leys no se la cree nadie (a excepción de Mike Dash, el escritor que le pisó el libro a un Simon Leys demasiado inseguro durante demasiado tiempo, en un libro dicen que profusamente documentado que publicó Lumen en 2003 y hoy es prácticamente imposible de encontrar). Absolutamente fantástica, lo digo completamente en serio, hipnótica y delirante, Los náufragos del Batavia es todo lo mejor que un puede esperar de una tragedia en el mar, muy superior a aquella tontada del Titanic on the rocks, que cuenta además con un soberbio final, un final tan cinematográfico que, y siento insistir sobre esto, sería del todo increíble en un relato de ficción. 



Se dice se cuenta se rumorea (link) que Russell Crowe ha comprado los derechos de la historia con la noble intención de regalarnos la vista en un futuro todavía por determinar. No sé, puede ser, pero el libro éste tiene como cien páginas y no le sobra ni la primera. Cien páginas, por tanto, de diversión pura y dura (garantizado, esto) con un único defecto: que se termina. 

Piérdanselo, si quieren. Allá ustedes.



martes, 14 de marzo de 2017

“La felicidad de los pececillos” de Simon Leys (Trad. J. Ramón Monreal)

Un libro es bueno por muchas razones. Por ejemplo, cuando nos da la razón, confirma lo que ya sabemos o nos pone sobre la pista de aquello que nos interesa y que prácticamente habíamos olvidado o directamente ignorado. La felicidad de los pececillos es exactamente eso: un libro con el que sólo podemos estar de acuerdo, un libro plagado de anécdotas más o menos intrascendentes, más o menos interesantes, citas, nombres, palabras puestas en cienes de bocas ajenas, palabras que siempre tienen mucho que ver con el acto de leer o el acto de escribir, que son casi los mejores actos que uno se puede encontrar por la calle. 

Y las cosas como son: un libro tan lleno de obviedades sólo puede ser bueno.

Y además incluye cuatro citas de Confucio, entre las que se encuentra «Consagrad al gobierno los ocios del estudio, y al estudio los ocios del gobierno» que es un tipo de cita que ya solo por su estructura resulta imbatible. 

A mí este tipo de libros me cargan un poco, honestamente. Tanta sabiduría y tanta verdad acumulada y tanta perspectiva y tanta clarividencia y tanta vaina. Si esto lo salpicas, además, con esa mierda tan Zen, tan de ponerte de rodillas y no querer ya otra cosa que comer arroz con los dedos y follar sobre un tatami a la hora del té, pues apaga y vámonos. 

«Zhuang Zi y el maestro de lógica Hui Zi se paseaban por el puente del río Hao. Zhuang Zi observó: «¡Mira lo felices que son los pececillos que se agitan ágiles y libres!». Hui Zi objetó: «Si no eres un pez, ¿de dónde sacas que los peces son felices?». «Como tú no eres yo, ¿cómo puedes saber lo que yo sé de la felicidad de los peces?». «Te concedo que yo no soy tú y que, por tanto, no puedo saber lo que tú sabes. Pero como tú no eres pez, no puedes saber si los peces son felices». «Retomemos las cosas desde un principio —replicó Zhuang Zi—. Cuando me has preguntado “¿De dónde sacas que los peces son felices?”, la forma misma de tu pregunta implicaba que sabías que yo lo sé. Pero ahora, si quieres saber de dónde lo sé, pues bien, lo sé desde lo alto del puente».

Pero no quiero parecer insensible (no más de lo necesario, al menos): lo cierto es que el libro de Leys tiene tanto de obvio como de ameno, dicho esto como un cumplido, y cuenta además con la ventaja de regalarte un montón de sabiduría de la buena, que es esa sabiduría que sale siempre a relucir en las noches de agosto de terracita e impostada trascendencia a partir de la segunda copa; por no hablar de todos esos sentencias estelares ideales de la muerte para abrir temas de conversación en los cada vez más habituales incómodos silencios, tipo Mark Twain observó que la música de Wagner perdía mucho si se la escuchaba.

Sé que no lo parece, pero el libro me ha gustado. Quiero decir que lo he pasado moderadamente bien, me ha entretenido, ese tipo de cosas (al final lo más simple, verdad…): digamos que mientras lo leía, he llegado a sentir cierto placer, o si no placer, un cosquilleo. No sé, tal vez era hambre. En cualquier caso es un compendio de momentos, episodios, capítulos (dejémonos de tonterías y llamémoslo por su nombre: de artículos dominicales) realmente estupendos tipo Del papel del arte en las expediciones polares o Un congreso de escritores en la isla Norfolk o El imperio de lo feo (“La belleza llama a la catástrofe del mismo modo que los campanarios atraen el rayo”). Incluso hay uno en el que se permite decirle a Bloom que es un poco papanatas por creer que un cuento de Chejov es bueno por los motivos equivocados.

Y oye, que muy bien, pero vaya.



miércoles, 22 de febrero de 2017

“Veinticuatro horas en la vida de una mujer” de Stefan Zweig (Trad. Mª Daniela Landa)

El tema de hoy es Veinticuatro horas en la vida de una mujer o cómo hacer pasar por buena una novela sobre el encoñamiento de una tarde de domingo.

Aviso para navegantes: no voy a privarme de destripar, si me place, todos y cada uno de los detalles de la historia, fundamentalmente por dos razones: una, porque para hablar de vaguedades ya están los demás y, dos, porque no se puede hacer sangre sin hundir la hoja siquiera un poquito.

La historia comienza con un hombre defendiendo a una mujer que antes de la medianoche ya se había fugado con un joven malandrín que conoció a la hora del té. Otra mujer, entrada en años, como sesenta y cinco años de entrada, escucha la conversación, las acusaciones y, sobre todo, la defensa que nuestro héroe y narrador hace de la mártir. Nace así en su corazón la esperanza de ser comprendida, a su edad, que ya no contaba. Resumiendo: la cosa acaba en confesión a la luz de las velas. Que si ella hizo lo suyo, también, hace años; que si ahora, viendo posibilidad de aceptación por parte de tan ilustre y sensato y, por qué no decirlo, guapo caballero, le da por compartirlo. Y esto es lo que sale de su desdentada boquita:

Se casa joven. Tiene hijos. Dos. Cuando ella tiene cuarenta su marido muere. Ay. Entra en la viudez con un hijo de dieciocho y otro menor que no ve porque está estudiando, angelito. Se aburre, claro, así sin nada que hacer. Pasan los años. Dos años. Se-a-bu-rre. Se va de viaje, será por dinero. Paseos paseos paseos. Inevitable: Montecarlo. ¡Casinos! Para dejarlo claro: es la clase de burguesita que a los cuarenta disfruta más en un casino de Montecarlo que atendiendo a su prole al calor de la chimenea o preparando muffins de arándanos, por más que ella lo venda diferente:

«Hablando con sinceridad, he de decir que eso se debió al tedio, al afán de ahuyentar aquel penoso vacío de mi corazón que no podía nutrirse sino de pequeños estímulos del mundo exterior. Cuanto mayor era mi atonía, más intenso era en mí el deseo de hallarme allí donde la vida se agita más febrilmente. Para quien se siente desasido de todo, la apasionada inquietud de los otros produce una sacudida en los nervios, como el teatro o la música».

Ya lo siguiente es ella con una prima acodadas en la barra mirando la vida pasar o buscando braguetas abiertas, no sé. De entre todos jugadores hay uno que llama su atención: joven, guapo, apasionado, expresivo. VITAL. Típico imbécil que lo pierde todo, que abandona el casino, huye al parque, se sienta en un banco, llueve y se moja, como los demás. Y así, en camisa, bajo la lluvia, húmero y transido de dolor es como ella lo enfrenta, lo sube a la calesa, «¡Llévenos a cualquier pensión!», y no queriendo no queriendo no queriendo no deja de querer.

«Y aquella noche estuvo tan llena de lucha y de palabras, de pasión y de cólera, de odio y de lágrimas, de promesas y de embriaguez, que pareció haber durado mil años. Hundidos en el abismo, dando tumbos, el uno deseando locamente la muerte, el otro absolutamente ajeno a lo que había de acontecer, salimos ambos de aquel mortal tumulto transformados con otros sentidos y otros sentimientos».

Polvazo, vaya.

Luego, lo habitual: ella: por favor, acepta mi dinero; él: que no que no, bueno, vale, sí pero quedamos a las siete. Y más: que si huyamos o no sé qué pero antes déjame darme una ducha; que si dónde está, por qué no ha venido; que si qué haces aquí, gastándote mi dinero; que si lo quieres tómalo aquí lo tienes, ya no te necesito; que si me lo juraste, que si tú no eres así. Que si…, que si… pero al final que no. Que si la prima en lo alto de la escalera, muda de asombro y estupefacción y adiós reputación y adiós todo y dónde habré dejado las bolitas chinas.

Resumiendo: media novela son las manos del jugador sobre la mesa, otra media es ella justificando sus arrobos y el resto (me van a permitir la licencia matemática) es simple decoración. 

Total, QUE TAMPOCO.



jueves, 19 de enero de 2017

“Tardía fama” de Arthur Schnitzler (Trad. Adan Kovacsics)

«Es la historia de siempre». 

Así es. He aquí LA CITA:

«Es la historia de siempre. Al principio nos basta y sobra la propia alegría de crear y el interés de los que pocos que nos entienden. Pero después, cuando comprobamos lo que prospera a nuestro alrededor, todo lo que cobra cierto renombre y hasta fama, terminamos deseando que también se nos escuche y aprecie. ¡Y entonces llegan las desilusiones! La envidia de los que carecen de talento, la frivolidad y malevolencia de los críticos y la terrible indiferencia de la multitud. Y uno acaba cansado, cansado, cansado. Tendría muchas cosas que decir, pero nadie quiere prestar atención, y al final olvida que ha sido uno de esos que aspiraban a algo grande y quizá incluso llegaron a crear algo grande».

O no. En esta novela un hombre de avanzada edad recibe la visita de un joven poeta que quiere presentarle sus respetos: ha leído un poemario que el vejete escribió en sus años mozos; poemario que pasó en su momento desapercibido y que ahora es visto por los ojos de este simpático muchacho como una obra absolutamente genial que debe ser rescatada al precio que sea.

Por favor, levanten la mano aquellos de ustedes que en algún momento han escrito y publicado algún libro que, pasado el tiempo (o no), ha caído en el olvido y ya nunca más. Déjenme contar… uno, dos, tres… doscientos trece mil quinientos doce. Bien, ahora dejen levantada la mano aquellos que crean que su libro (ya sea novela, ya sea poemario, ya sea un algo experimental o simplemente una inclasificable fusión de géneros), no ha sido valorado en su justa medida, esto es, ha sido injustamente menospreciado y llantos y lamentos. Veamos: uno, dos, tres… ¡doscientos trece mil quinientos once! 

Vaya, un único honrado entre tanto ladrón.

Bueno, como introducción ya está bien.

En la novela se habla de esto y más cosas. Se habla de un hombre que un día escribió una obra que hoy alguien considera magistral. Este hombre, ahora taciturno funcionario de bares de tapas y cafés de dos horas, se ve de pronto reconocido e inmerso en un círculo literario de jóvenes poetas, narradores y dramaturgos que se creen audaces y se creen brillantes y se creen el futuro como natural relevo generacional. Este grupo diverso devuelve la nuestro héroe —a golpe del mismo elogio desmedido que para sí quisieran y que un día reclamarán, también, a otros más jóvenes que ellos— la fantasía que en su momento sucumbió a la realidad: la de que su obra merecía la inmortalidad.

«Había creado una obra y aspiraba al reconocimiento que hasta entonces le había sido negado. Y en ese momento lo recibido al menos en parte, cuando casi había olvidado que lo merecía. Sin embargo, ya no podía dudar de ello, y ahora, al hojear sus poesías, como hacía a veces, se fijaba con cierta emoción en algún que otro poema y comenzaba a extrañarse de que el mundo hubiera pasado por alto esos versos».

La novela enfrenta la vejez y la desilusión a la juventud y el arrojo como una forma de recordarnos lo que un día fuimos y en qué nos convertiremos o en que se convertirá la gran mayoría de la población escribiente: fantasmas que un día soñaron con un éxito y un reconocimiento que pusiese en evidencia su innegable talento.

«La gente tiene que enterarse de nuestra existencia, tiene que saber algo de nosotros. Nadie sabe nada, ni un alma se interesa por nosotros. Los periódicos no toman en nota lo que hacemos. ¿Quién conoce a Christian? Nadie. ¿Quién conoce a Meier? Nadie. ¿Quén conoce a Blink? Nadie».

La lucha, diaria, por ese reconocimiento, les lleva a organizar un evento en el que salten a la vista sus virtudes pero todo se queda en luchas intestinas e intereses particulares que no van mucho más allá de verse publicitados un día y elogiados otro por esa prensa que es al final la única forma que tienen de hacerse escuchar. Como en la vida misma —porque tan novela de ficción no es, si lo piensas bien— el resultado es catastrófico: al silencio casi total de unos medios se suman los desprecios de otros y la constatación brutal de su soledad cuando el único artículo que habla mediamente bien de ellos tiene su origen en la amistad o el compañerismo toda vez que uno de ellos es o será colaborador del medio en cuestión.

Para que nos entendemos:

La novela, de rabiosa y permanente actualidad, es el ejemplo perfecto de la triste historia de cuatro o cuatrocientos infelices que a día de hoy publican la misma mierda y se retroalimentan en un medio cerrado más o menos grande —compuesto por un indeterminado número de grupúsculos especializados— conocido como mundillo literario. El fin último del mundillo es hablar bien de ti cuando publiques una novela, amigo, o acompañar una nota de prensa elogiosa cuando la revista de turno, dirigida por el primo del cuñado del vecino de tu editor, publique la caquita con la que te llevas peleando semanas total para no ser leída ni haciéndola viral en la red social.

Con este argumento y conociéndome mínimamente, a estas alturas ya tendría que haber llegado la sangre al río, y sin embargo, será que estoy madurando, sólo siento lástima, sincera lástima, por tanto esfuerzo inútil, por tanta gente sin talento y sin amigos que les digan la verdad: que están malgastando su vida y perdiendo de hacer muchas otras cosas para las que sin duda tienen mucho más talento, tipo follar o visitar ancianos o ambas cosas a la vez.

Desde aquí, mi más sincero afecto y compasión.


jueves, 2 de enero de 2014

“Sonata a Kreutzer” de Lev Tolstói

"Sonata a Keutzer" es una minúscula novela de Tolstoi que, al igual que “La felicidad conyugal” trata el espinoso asunto del matrimonio. En “La felicidad…” Tolstoi estaba soltero, que no entero, y quieras que no eso se nota. (Click para la reseña) En esta ocasión Tolstoi escribe la novela con sesenta años, varios hijos (muchos hijos) y una mujer que le ha acompañado la mitad de su vida. La sonata es, ya se podrán imaginar, una novela no sólo mucho mejor, más perfecta (y también menos divertida) sino infinitamente más creíble. La experiencia es un grado. 

La novela (que leí en julio) cuenta la historia de un hombre que ha matado a su mujer y, una vez exculpado, se dedica a ir contándolo ahí. El principio es este señor en un tren con cara de pocos amigos llorándole al vecino de enfrente la causa de su desgracia, aquello que lo llevó a cometer semejante atropello. (La cosa fue más o menos así: él era joven y un poco sátiro, un follador nato, un golfo a quién un día le da por el amor. Se prenda de una joven por culpa de su futura suegra, que malmete y malmete hasta que la criatura, tonta del bote, cae con todo el equipo. Llegando a la luna de miel el protagonista ya está hasta los cojoncillos de la muchacha porque en el fondo aquello que parecía amor no era más que un calentón y una vez follada lo que era un colmado de virtudes lo es ahora de defectos. Novela didáctica, pues. Y aquí la lección: en la cosa del amor puede mucho la flora intestinal, que es ingrediente fundamental del arrepentimiento. Cuando se necesita amar, nos cuenta la novela, cuando es realmente una necesidad perentoria, se rebajan a tal punto las expectativas que se puede amar lo mismo a un sujeto ejemplar que a un lobo con piel de cordero. Otro cantar, ya, sus manías personales: lo del desayuno según cómo o la comida de tal manera y a tal hora o quiero a mi madre siempre conmigo o tú que te has creído, gilipollas, por quién me has tomado. Castigado sin mojar. Esto lo mismo para él que para ella. La novela es aquello de que los problemas de convivencia tienden a ser peores cuanto menos se conocen los interfectos. No basta con decir te quiero desde la ventana o subirte al lomos de un corcel para garantizar un estado de felicidad (quisierase) permanente. No hay amor verdadero, en definitiva, que pueda nacer de un contacto fugaz si no es por azar. Pues esto es exactamente lo que ocurre: dos que se casan, dos que no aman, dos que no lo aguantan y un error fatal.)

Bromas aparte, esta novela de Tolstoi es una pequeña joya del realismo social descarnado, con todos esos detalles sobre la cosa matrimonial de celos, odios y problemas de entendimiento y un final liberador donde los haya. No se lo cuento porque soy muy buena gente pero sepan que ella se muere por una razón más grave que el haberle quemado la lengua al marido con la puta sopa. Novelón como la copa de un pino, con un Tolstoi demostrando lo que vale en cada página. Es empezar y no saber cómo parar.



jueves, 14 de febrero de 2013

Breve nota de urgencia sobre Slawomir Mrozek

(Y más concretamente sobre “La vida para principiantes" publicado en 2013 por Acantilado.)

Y digo breve porque, por su tamaño, no merece, el librito este de Mrozek, nada más que eso: una breve nota a pie de página, un asomo de reseña, un algo así como llamar la atención sobre su existencia. De otro modo temo que este libro, se ponga dónde se ponga, pase desapercibido de puro minúsculo.  

Confieso mi ignorancia (esto es un clásico): nunca había leído a Mrozek. Prejuicios, ninguno. Simple cuestión de prioridades. Mrozek siempre era aquello que podía ser leído en cualquier otro momento. Hablamos de libritos de nueve o diez euros, maldita sea; me gasto más en revistas al mes. Por eso, cuando recibí la nota de prensa de Acantilado informando del estreno de este (ahora lo sé) pequeño volumen de algo -no sabía entonces yo bien qué-, no me resistí a la tentación de pedirlo a mi biblioteca habitual (de la que me vuelvo a declarar fan fatal una vez más), en la que se ve que, para según qué autores, no hay crisis que valga. 

No me enrollo. Leo a Mrozek sin prejuicio. Leo Mrozek sin esperar absolutamente nada, sin ser, Mrozek, otra cosa que la imagen de ese escritor polaco de cuyo nombre no logro nunca acordarme. No me vuelve a pasar, se lo juro por mi gato. Y no lo hará porque hacía tiempo que no me divertía tanto con un libro como me he divertido las dos horas que me ha durado esto (y es que tendrían qué ver tamaño, qué gran absurdo, qué despropósito, qué desconsuelo una vez terminado, qué ganas de salir corriendo a la librería, qué pena que me pille tan lejos, qué rabia, qué dolor del alma mía, qué triste tener que elegir entre tanta alternativa para acabar leyendo alguna italianada (prepárate Lumen, que voy)). 

El libro en cuestión se compone de 39 pequeños, minúsculos, relatos en los que -déjenme decirlo bien- Mrozek se muestra rematada y jodidamente divertido.

Hace unos días hablé, en este blog, de un ruso llamado Jarms que había escrito unos cuentos absurdos en forma y fondo pero que, pese a lo encantador del resultado, quedaban a cierta distancia de alcanzar la excelencia. Quizá fui algo más duro que esto, pero, bien, a lo hecho pecho. El caso es, ayer, leyendo al polaco este, encontré aquello que le faltaba a Jarms, sin llegar a saber exactamente qué era. Sospecho que el truco está en la ironía contenida, es decir, en no evitar el absurdo pero tampoco caer en el exceso de todo vale. También que Mrozek se muestre como un artesano ejemplar, dedicando a cada cuento exactamente el espacio que necesita, ni una línea más, ni una línea menos. No hay en todo el libro (el libro chiquitin, chiquitín, chiquitito mío) ni un relato aburrido. Ni uno. No hay ni un momento en que uno piense que, bueno, qué coño, que este se lo puede saltar. Tampoco; ni el primero. Que ya tiene su mérito que diga yo esto, habiendo reconocido hasta la saciedad mi aversión cada vez mayor por el relato (especialmente el breve). A veces me la tengo que tragar; pero tan feliz me la trago. Y ojalá no sea la última.

Lamento no poner citas, me pillan en estado de semi inconsciencia y temo que si lo pienso mucho, acabe por no darle al botón de publicar y ya les digo ahora que yo otra reseña a este libro tan enano no la vuelvo a escribir ni fumado.

Les dejo un cuento, por aquello de dotar de contenido el post. También lo pueden leer haciendo clic AQUÍ.

EL HIJITO

A Isabel, reina de Inglaterra:
 El abajo firmante solicita ser adoptado por vuestras mercedes.
Actualmente soy huérfano, por lo que tengo que trabajar cada dos por tres. Debo aclarar que he terminado la escolaridad—dieciséis años de escuela primaria, dos por curso—y también el servicio militar. O sea que no tendrían ustedes que ocuparse de mi instrucción y les sería muy útil, porque podría cuidar de sus otros hijos, mis queridos hermanitos y hermanitas.


Estoy sano, a excepción de los días uno y quin­ce de cada mes y de los domingos por la mañana en que me duele la cabeza. Y me falta un diente por culpa de una bronca con un compañero, pero en general estoy fuerte, especialmente de piernas.

Tengo un carácter alegre. Me gusta cantar y me sé muchos chistes, por ejemplo el de la viuda y el deshollinador o el de aquel que estaba en cu­clillas. Se los contaré con mucho gusto, pero úni­camente si les apetece.

Soy un muchacho obediente. Se me puede de­jar en casa con la criada o incluso solo, no nece­sito ayuda para afeitarme y nunca me duele la tri­pa. Por lo que se refiere a la educación sexual, se ahorrarán el mal trago, porque ya estoy iniciado. Llegado el momento, podría añadir algún deta­lle sobre el tema si viniera a cuento.

Soy práctico y puedo hacer buen servicio en casa: arreglar un grifo, sacarle brillo a la corona, descargar el carbón para el invierno; sé hacer de todo, y así no tendrían ustedes que llamar a gen­te de fuera. Barato y de confianza.

Domino el inglés. Cuando en el cine echan una película en inglés, leo los subtítulos en voz alta y lo entiendo todo, especialmente si es de in­dios y vaqueros.

Sin más que añadir, quedo a disposición de Su Majestad para cualquier aclaración. Estoy siem­pre junto al chiringuito de cerveza, pero por si alguna razón no me encontrara allí, déjele el re­cado a mi amiga que trabaja en la esquina. Re­cuerdos para papá.

Un respetuoso saludo,

el principito




Nota: La traducción es de un montón de gente. A saber: Joanna Albin, Francesc Miravitlles, Anna Rubió, Jerzy Slawomirski y Bozena Zaboklicka. Pero lo hacen tan bien, tan bien, tan uniforme y tan bonito todo que parecen uno solo y aún les sobraría gente.


martes, 4 de diciembre de 2012

Autopsia Crítica: Monteagudo, Nobel 2013

Dispongo de información confidencial que demuestra (entre comillas, esto) que el año que viene el Nobel de Literatura no será para un chino, ni un lituano, sino para un gallego. Monteagudo, se llama; David Monteagudo. Desde las altas esferas me aseguran que tiene todas las papeletas para ese premio y muchos más. Tiembla, Marías.

Dejen que les sitúe: David tiene 50 años y un cajón lleno de obras maestras. No exagero. David escribía, desde tiempos inmemoriales, en la intimidad del hogar e iba guardando los frutos de sus anhelos en un cajón sin cerradura, mientras soñaba con ver algún día recompensado el esfuerzo de levantarse cada mañana a las cinco para escribir antes de marcharse a trabajar a la fábrica de cartón. Es decir, que David además de escritor era también un trabajador, lo que demuestra que, contrariamente a lo que se piensa, no son, escribir y trabajar, actividades tan incompatibles como algunos nos quieren hacer creer.

Yo no sé cómo es que llega el manuscrito de una novela de David llamada Fin a la mesa de una editorial como El Acantilado, que tampoco es como Mondadori o Planeta, que publican cualquier basura. Tiene fama, El Acantilado, de pensárselo tres veces antes de darle al botón de seguir adelante con el proyecto equis. Con David, estoy convencido, se lo pensaron sólo una vez o ninguna. No hacía falta; su genio era evidente, tal como enseguida se ocupó la crítica de dejar claro con su desenfreno habitual.

Rosa Mora dijo desde El País que Fin “era uno de los libros más sorprendentes del año”. Esto se puede tomar de dos maneras: o bien el libro de David era realmente bueno o los otros no valían ni para encender una barbacoa. Una tercera posibilidad (de todas, mi favorita) es que lo “sorprendente” a lo que hacía alusión Rosa estaba no tanto en la calidad de la obra como en que semejante mediocridad hubiese logrado engañar a tanto incauto.

La prensa se volcó con él -lo cual puede dar una idea de la pobreza del panorama- destacando el carácter proletario del muchacho quizá en un intento de acercar la alta literatura a las clases bajas, tan necesitadas de un héroe local. Ni un solo diario, ni una sola reseña, ni un solo programa de televisión se olvidó de recordar en qué trabajaba el bueno de David. Desde La Vanguardia veían en él a Rulfo y Ferlosio y era, para ellos, Fin, Literatura Mayúscula, literatura de la de siempre: "sin incluir referencias literarias, sin metaliteratura, sin 'cultureta'” ( Ara.cat). La literatura de la abuela, en definitiva, con el sabor de siempre y el aroma de las cosas bien hechas. Esto parece una estupidez pero para afirmar algo así hay que tener mucho valor y muy poca vergüenza. Care Santos ( El Mundo), siempre tan generosa y con su hipermetropía habitual, veía ecos de Philiph K. Dick, Ray Bradbury y Cormac McCarthy con la misma pasmosa naturalidad con la que otros veían en Monteagudo al heredero del Hitchcock y Buñuel. Decían que era un joya en bruto y sus obras futuras obras, obras de culto. Todo esto sólo de Fin, insisto, su primera novela publicada, que no escrita. Después vendrían otras: Brañaganda, sería una. Y vuelta otra vez a revolcarse en el cieno de la desmesura. David obligaba “al lector a cuestionarse la forma de ver el mundo” ( Público) en una obra escrita desde la “magistralidad de la perfección” ( Canarias 7, renovando el lenguaje). Cada vez era más difícil hablar de él. La crítica, completamente desatada, se iba quedando sin elogios suficientes. Sanz Villanueva tuvo que verse en un auténtico aprieto para sentirse obligado a “apelar a la escritura cuidadosa, a personajes sugestivamente densos en un libro de disimulada hondura” (adapto la cita para minimizar el daño). “Una novela de pensamiento” , nada más y nada menos. Sanz Villanueva, señoras y señores. (Aplausos).

Imagínense ustedes el resto de los adjetivos para Marcos Montes, otra de sus novelas. Yo a estas alturas ya me conformo con improvisar un reseña con los restos de otras: “un texto exquisito y tierno” como un bizcocho “a caballo entre Kafka y Julio Verne” ( Time Out), “que sabe cómo provocar angustia” ( El País); “una nouvelle rotunda, redonda” ( Avui), “redondísima” ( Qué leer), “de lenguaje límpido” ( El País) “y prosa de alta precisión” ( Culturas). La novela perfecta, al fin. Otra vez.

Pero este cúmulo referencial, que en circunstancias normales podría orgasmar a cualquiera, no parecía ser, para uno que yo me sé, suficiente. Nunca es suficiente para quien está mal acostumbrado. Insinúan algunos que la crítica ha acabado haciendo de David un hombre caprichoso y ligeramente burgués. “Burgués” porque “ha podido dejar la fábrica para dedicarse a la literatura y ha tenido un segundo hijo”, tal como dicen en el diario Ara.cat, seguramente dirigiéndose a todos aquellos despistados que se habían olvidado del asunto de la dichosa fábrica esclavista; y “caprichoso” porque lo que realmente quería, David, tal como le cuenta al entrevistador de ese mismo diario, no era parecerse a todos esos pequeños genios que los críticos se empeñaron en utilizar como referente, sino a Borges. David quiere que cuando lo lean a él, se acuerden de Borges. Y ya puestos, también de Chejov, de Cortázar y de Allan Poe. Porque, puestos a pedir, mejor pedirlo todo que nada.

Y ahora presten atención: David Monteagudo tiene en la calle nuevo libro. Es una colección de relatos llamada El edificio. Unos relatos “eclécticos”, dice, de “lenguaje intenso y contundente”. Repite con la misma editorial, El Acantilado, por lo que es de suponer que repetirá también contactos en periódicos si no le han saltado los plomos a estos por culpa de algún ERE improvisado. Estén atentos a sus pantallas: sortearemos un perrito piloto entre los primeros que encuentren la reseña que haga de David el nuevo Borges español.


sábado, 6 de octubre de 2012

“La felicidad conyugal” de Lev Tolstói

Hablemos de amor. “La felicidad conyugal” está narrada en primera persona. Esto lo digo para que vean el atrevimiento del joven Tolstoi. La protagonista es una acomodada jovencita de diecisiete años que vive con su hermana y la chacha en una aldea. Pues resulta que esta muchacha se prenda de un maromo veinte años mayor que ella que las visita de vez en cuando por motivos que no vienen al caso. Toda la primera parte de la novela es ella sintiendo cosas que no imaginaba pudieran existir y con las taquicardias propias de la presencia viril, un poco Blancanieves tras conocer al príncipe, bestiario de compañía y conejito juguetón incluido, y la primavera desatada en pleno invierno. Él insiste en las visitas y ella se frota los talones cada día un poco más hasta que cae en la cuenta de que las palpitaciones han de ser aquello que dicen Amor. Sabe con certeza que lo ama el día que lanza las bragas al aire y se quedan pegadas al techo. Más tarde él le pone la mano en el hombro mientras toca el piano, ella exclama ya eres mio y ya está. Como lo del maromo también lo es (no hay más que verlo de contento, a su edad que ya lo daba todo por perdido, pillando una de quince) pues se matrimonian ipso facto para irse a vivir con la suegra, que es una vieja un poco estrecha por culpa de lo cual les da cosa hacerlo a gritos. A ella el sacrificio no le importa de tan enamoradísima que está y a él, acostumbrado a los rigores de propios de la situación, le trae todo sin cuidado mientras tenga cosas que hacer en el campo. (La interpretación es algo libre, pero se aproxima bastante a las indicadas en el Manual Técnico de Cortejo, Desahogo y Matrimonialización en la Rusia del siglo XIX). 

Bueno, pues todo muy bien hasta que se van de vacaciones a Petersburgo. A él le gusta la vida tranquila del campo pero entiende que su gacelilla quiere trotar salones de baile. Tal cual. A medida que avanzan los días se va cumpliendo la predicción de la niña cayendo en la tontería. Tú no me entiendes, pascual, aquí soy feliz como una perdiz. Y él, Santa Abnegación, aguanta como puede hasta que un día revienta y le dice mira amor o te vienes o me voy. Y no. Al final se queda (lo de las tetas y las carretas, ya saben) por las putas apariencias, que son unas destrozahogares. En el último baile de su estancia en la ciudad conocen a un príncipe muy poco azul. Eso tensa la rama de la pasión que revienta cual purulenta espinilla dejándolo todo perdido de odios viscerales y arrepentimientos maritales. Y otra vez a ordeñar vacas. Pero ya nada es lo mismo, claro, después de haber visto las luces de la ciudad a nuestra Flora Poste no le interesa tanto el titilitar de las estrellas como el de los pies. 

Bueno, casi les voy a contar el final (spoiler, sí); total, para lo que queda… 

El resto es ella evidenciando el abismo entre ambos y escuchando el rugir de su furioso corazón, todavía joven, impetuoso y arrebatado. Sigue la boba tonteando con otros hombres hasta que, ya, por fin, La Madurez, que traducido al tolstiano quiere decir sumisa aceptación de la situación, suegra incluida. Ahora que te has cansado de hacer el memo, amor, vuelve a mis brazos y a esta nueva etapa de amor maduro, de cuidar los hijos, de cambiarle el agua a los peces. Gracias, calamarcito, por ser tan paciente -llora amargamente, ella, de sincero arrepentimiento- y que bien te lo has montao, pescao. Eran otros tiempos. 

* * * * * * 

Esta es una de las primeras novelas de un Tolstoi que estaba a puntito de liarse a escribir Guerra y Paz. Y no es que esté mal ni que a mí todo esto del amor -y las flores del estío y las gotas de rocío en el cabello o su mano en el talle o la caricia en la nuca- no me interese (que no) sino que quien mucho abarca poco aprieta y en mi opinión Tolstoi reduce el sentir de la mujer a cuatro pulsiones demasiado básicas: inexperiencia, ilusión, obcecación y resignación. Lo coge una feminista y le parte las piernas. Pasar de puntillas por la maternidad creyendo que es poco más que besar las piernas rollizas de los infantes tampoco ayuda (no digamos ya el estoicismo ante la suegra, algo a todas luces impropio del ser humano). Escrito, lo que se dice escrito, está muy bonito y por falta de interés no es, que para que yo me lea 172 páginas de orgasmos contenidos algo tiene que tener, pero de no olvidar tampoco. 


jueves, 22 de marzo de 2012

Anexo a la reseña de “El Padre Muerto” de Donald Barthelme

Rescato del tintero una anécdota sin importancia que tiene que ver con “El Padre Muerto” (ver reseña anterior).

[Modo Resumen On] “El Padre Muerto” trata sobre el traslado de un monumental Padre (no del todo) Muerto con objeto de enterrarlo en un lugar lejano. Es un viaje largo que ha de hacerse a pie, cruzando muchos territorios, no todos amistosos. El Padre Muerto hizo grandes enemigos en vida. [Modo Resumen Off] Uno de esos territorios es el de los wend. Los wend son unos personajes muy interesantes:

“Permitidme que os hable de los wend, dice el wend. Los wend no somos como los demás. Los wend somos nuestros propios padres. 
¿De veras? 
Sí, dijo el wend, somos eso que todos los hombres han deseado desde los orígenes. 
Asombroso, dijo Thomas. ¿Cómo se hace? 
Se hace siendo un wend, dijo el líder. Los wend no tienen esposas, sólo tienen madres. Cada wend empreña a su propia madre y así se engendra a sí mismo. Todos estamos legalmente casados con nuestras madres. 
Thomas se puso a contar con los dedos. 
Eres escéptico, dijo el jefe. Eso es porque no eres un wend. 
No entiendo la mecánica del asunto, dijo Thomas. 
Confía en mi palabra, dijo el wend, no es más difícil de entender que el cristianismo. El caso es que no estamos acostumbrados a tener padres grandes y violentos que nos fastidien. No nos gusta. En realidad, tenemos profundos prejuicios en contra. Por eso no queremos ese enorme esqueleto en nuestro territorio, ni siquiera temporalmente. Podría contagiarnos algo.” 

Ruego me disculpen: les estoy llevando por el camino equivocado. En realidad lo que quiero destacar no es esta patada de Barthelme a las deidades sino el resto de esta historia que paso a explicarles a continuación: los wend son un ejército muy numeroso. Numerosísimo. Miles y miles de soldados armados hasta los dientes que se niegan, ya lo han visto, a dejar pasar por sus tierras al Padre Muerto (un viejo enemigo por razones obvias). Thomas, el hijo, se empeñado en llevarlo por allí y no acepta dar ningún rodeo. Combatir no es una opción ya que el grupo de nuestros protagonistas es sólo de veintitrés personas (Contando a Edmund). Sólo queda, pues, negociar. Los wend estarían dispuestos a ceder si El Padre Muerto estuviese algo más muerto (troceado y guisado, afirman, sería lo ideal) pero se conforman con dejarlo todo un día hirviendo. Thomas se niega en rotundo alegando no estar “preparado para tanto” pero les convence de que será más que suficiente cortarle “una pierna y asarla a la brasa como prueba de buena fe y garantía de que no hay contaminación.” 

Esto que acabo de contar no tiene especial importancia, ya lo he advertido; es sólo un episodio (cinco páginas) de los muchos que tiene la novela. Lo que ha ocurrido, en realidad (la razón de este post) es que el otro día me acordé de él leyendo un fragmento de uno de los ensayos de Montaigne y me llamó tanto la atención el paralelismo entre ambas historias que no me he querido resistirme a comentarlo. 

“Bartolomé de Alviano, general del ejército veneciano, murió sirviendo en sus guerras en el Bresciano y, para trasladar el cadáver hasta Venecia, había de atravesar el Veronés, tierra enemiga. La mayoría del ejército era favorable a pedir a los veroneses un salvoconducto para el transporte. Pero Teodoro Trivulzio no estuvo de acuerdo, y prefirió pasarlo a viva fuerza al azar del combate. No era apropiado, dijo, que quien en vida jamás había temido a sus enemigos, demostrara temerlos una vez muerto. A decir verdad, en un asunto parecido, según las leyes griegas, quien reclamaba al enemigo un cadáver para su inhumación, renunciaba a la victoria, y no se le permitía ya erigir un trofeo por ella. Para aquel que recibía la petición, era un título de victoria.” (1) 



(1) LOS ENSAYOS según la edición de 1595 de Marie de Gournay. Extracto de “Nuestros sentimientos se arrastran más allá de nosotros” (Libro I, Ensayo III).   (El resto del ensayo pueden leerlo AQUÍ



lunes, 16 de enero de 2012

Lo odioso de las comparaciones




"Cuando Dickens se decidió a leer en público, cuando apareció por primera vez cara a cara ante sus lectores, Inglaterra fue presa del delirio. La gente asaltó la sala, la llenó hasta los topes, algunos entusiastas se colgaron de los pilares, otros se arrastraron bajo la tribuna, sólo para poder oír al adorado escritor. En Estados Unidos la gente durmió sobre colchones extendidos ante la taquilla las noches más rigurosas de invierno y los camareros le traían comida de los restaurantes cercanos, pero la aglomeración fue imparable. Todas las salas resultaban demasiado pequeñas y finalmente se tuvo que acondicionar una iglesia de Brooklyn como sala de conferencias para el escritor." 

[...]


"Respecto de las grandes obras de arte no hay que preguntar sólo por su intensidad, no sólo por el hombre que estaba detrás de ellas, sino también por su extensidad, por el efecto que produjo en las multitudes. Y de Dickens se puede decir más que de cualquier otro escritor de nuestro siglo que ha aumentado la alegría en el mundo. Lágrimas de millones de ojos han centelleado con sus libros; a miles cuya sonrisa se había marchitado o perdido se la plantó de nuevo en el pecho: su influencia iba más allá de lo literario. Gentes ricas reflexionaron e hicieron donaciones después de leer sobre los hermanos Chereby; corazones duros se ablandaron; con la publicación de Oliver Twist, los niños—es auténtico—recibían más limosnas en la calle; el gobierno mejoró los asilos para pobres y controló las escuelas privadas. La compasión y la benevolencia se acrecentaron en Inglaterra gracias a Dickens, muchísimos pobres e infelices vieron aliviado su destino. Ya sé que estos efectos extraordinarios nada tienen que ver con el valor estético de una obra de arte. Pero son importantes, porque demuestran que toda gran obra trasciende el mundo de la imaginación, donde todo creador puede dar rienda suelta a su fantasía y su magia, y contribuir también a transformar la vida real. Cambios en lo esencial, en lo visible y también en la temperatura de los sentimientos. Dickens, al contrario que los autores que piden compasión y aliento para sí mismos, incrementó la alegría y el goce de su tiempo, estimuló su circulación sanguínea. El mundo se hizo más claro desde el día en que el joven taquígrafo del Parlamento cogió la pluma para escribir acerca de hombres y destinos."
Stefan Zweig "Tres Maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski)"