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jueves, 5 de julio de 2012

“El joven vendedor y el estilo de vida fluido” de Fernando San Basilio

Cuando una novela me parece insoportable, la dejo. Sin embargo, si ha empezado bien pero va decayendo hasta quedar en nada o casi nada, la termino un poco por la curiosidad de ver si remonta y otro poco por aquello del “total para lo que queda...”. En ambos casos hablamos de un grado de tolerancia algo, altísimo y en ambos casos hay razones que justifican una reseña porque siempre, SIEMPRE, se me ocurren chorrocientas excusas diferentes para mandarla a la mierda y contarlo. No es el caso de esta novela. No se equivoquen: “El joven vendedor…” me ha parecido un coñazo monumental pero no ha sido fácil llegar a esta conclusión. Bueno, vale, me han pillado, es broma.; sí que ha sido fácil. Ha estado chupado.

Cuando hace un par de años leí la anterior novela de San Basilio, "Mi gran novela sobre la Vaguada" no salí precisamente encantado, pero tampoco completamente decepcionado. Tuve la sensación de que tenía algo. Estaba esa normalidad, ese escribir desde abajo y llegar a todas partes, hacerlo bien, hacerlo bonito. Joder, parecía tan sencillo escribir que estuve a nada de intentarlo yo también. No, no es cierto, esto. Pero es verdad, así es cómo lo hacía San Basilio. Cuando no hace mucho me enteré de que esta nueva novela se publicaba en Impedimenta, quise pensar que era por algo. Creí que ese saltar de Caballo de Troya -editorial de batalla y promoción- a la liga de los listos (que es la liga en la que –aunque sólo sea por el precio- se ha ido metiendo Impedimenta) tenía que ver con ese algo saliendo a flote al fin; un algo en el que yo creía a un poco a pies juntillas. ¿Lo tengo que decir? Me equivoqué, joder, vale, lo reconozco. Crucifíquenme, si quieren.

Ya sé que no pasa nada por equivocarse. Errar es de humanos o de sabios o de algo. Errar está bien. Esto último podría, si quisiera (quiero, sí), no decirlo tanto por mí como por San Basilio, que en mi opinión se ha pasado un poco de listo con esta novela que me ha hecho perder dos o tres horas. Que no, que tampoco es para matarlo, al fin y a cabo no me he gastado un pavo en ella. 

"El joven vendedor y el estilo de vida fluido" trata sobre lo que ocurre en un centro comercial cuando no ocurre nada en un centro comercial. Quienes practicamos el deporte extremo de entrar en ellos ya sabemos que hay gente que va y que viene, guaridas de seguridad, un puto informativo, restaurantes y tiendas varias de ropa o regalitos o telefonía o qué-sé-yo. Los protagonistas de esta novela que son esos seres humanos que sufren detrás de un mostrador. De eso va esto. Así de complicado. Mercedes Cebrian afirma en el prólogo que le hace a esta pequeña obra maestra del costumbrismo que “lo fascinante de la literatura de San Basilio es que logra convencernos de que el centro comercial La Vaguada y sus aledaños […] son la metáfora perfecta del aquí y del ahora.” Y no. Ni metáfora ni leches: son el aquí y el ahora pero eso no quiere decir nada más que lo quiere decir, esto es: NADA. En otro momento del glorioso prólogo dice: “Esa inquietante mezcla entre ignorancia soberana y conocimiento de baratillo que puebla las mentes de los personajes de El joven vendedor y el estilo de vida fluido es pavorosamente hiperrealista y nos muestra una vez más el talento sambasiliano para un Costumbrismo 2.0 que va mucho más allá de la mera descripción pormenorizada de situaciones cotidianas.” Y no sólo se queda tan ancha otorgándole a San Basilio la renovación de la novela homenaje al tedio sino que no le duelen prendas ir un poco más allá, como hasta el exceso, más o menos: “En esta aventura que transcurre a lo largo de un día, como si se tratase de una versión del Ulises ambientada en el Barrio del Pilar madrileño, acompañamos a Israel, el protagonista, en su frenética búsqueda de «las cosas que de verdad importan»”. El Joyce de la Vaguada, hay que joderse. 

Lo que yo no sé es si este prólogo es en sí mismo una metáfora de algo, un justificar lo injustificable o un querer hacernos tontos a todos. En cualquier caso fue todo uno leerlo y sentir vergüenza ajena y saber que algo iba mal, porque tanto elogio y tanto 2.0 y tanto Ulises y tanta hostia en vinagre no pueden nunca jamás salir del simplismo de esta novela. Porque una metáfora del aquí y el ahora son también mi abluciones matutinas o el cartero quejándose de que nunca estoy en casa o mi madre haciendo unas rosquillas en Navidad. En el joven vendedor hay un chaval que tiene que ir a trabajar, que tiene cuatro euros en el bolsillo y un rollo medio cachondo (es lo mejor y lo único salvable de la novela) con su fe ciega en un libro de autoayuda que ayuda o pretende ayudar a llevar un estilo de vida fluido (siendo esto un algo demasiado largo de contar para tan pocas ganas). Y vale, que bien. Pero el resto de la novela es, se mire como se mire, el niñato paseando por el centro comercial y tomándose unas cervezas y queriendo ligar y enamorándose de quien menos lo esperaba y un poco de todo y un mucho de nada. Y me jode (es un decir) ser tan radical y tan bestia y tan cabrón y tan mal lector para no saber valorar el esfuerzo ajeno pero este es el modo en que reacciono cuando creo me la quieren meter doblada. Porque si de algo estoy convencido es de que esta cosa será la novela del año de la Liga Supraventas. Al tiempo.

Que no, en definitiva, que no. Y ya.


lunes, 20 de junio de 2011

“Mi gran novela sobre La Vaguada” de Fernando San Basilio


Lo primero es lo primero: quisiera hacerles una advertencia: este libro NO es una novela, pero tampoco una colección de relatos. Qué será, será… Pues miren: ambas. Y le he encontrado un nombre a este género: Novela de Relatos. No se ustedes pero a lo largo de mi vida lectora me he encontrado un par de libros de relatos que renegaban de sí mismos y juraban sobre la tumba de sus papiros que eran novelas. Postmodernas, sí, pero novelas al fin y al cabo. A mí estas cosas me joden mucho porque yo soy muy bien pensado y me lo creo casi todo y cuando leí esos libros me sentí como un auténtico imbécil porque no los entendía como novelas y más de una vez acabé haciéndome mirar el coeficiente intelectual para confirmar que lo tenía bien calibrado. Me dijeron que sí (sobre todo mi madre), que no me preocupase, que la culpa la tenían los tiempos que corrían y la necesidad de algunos de hacerse un hueco como fuese en los libros de texto del futuro. Así fue cómo empecé a odiar las generaciones literarias. Otro día se lo cuento con más detalle.

Llegados a este punto debo resumirles esta novela (de relatos) para que puedan hacerse una idea de qué va todo esto y porque estoy escribiendo una reseña tan poco profesional: verán, se supone que el protagonista es el escritor en su juventud tratando de ganarse la vida fuera de casa para lo cual debe someterse a los imperativos del mercado laboral, esto es, puteo constante, salarios de mierda, contratos por horas, colas del paro, cursos del Inem, etcétera. Esto es lo que hace de los relatos una medio-novela y a servidor lo confirma como el ganador del concurso al blogger que más libros de relatos se ha leído en dos meses: el premio: dos hostias bien dadas.

Respecto a mi opinión personal les confieso que tengo sentimientos encontrados: me debato sin solución entre recomendarla y no hacerlo porque a pesar de su simpleza no deja de ser un relato ameno y muy bien escrito sobre el hoy laboral. Aquí debería escribir un párrafo de no menos de 1000 palabras acerca de los diferentes tipos de novelas, las expectativas que generan y los públicos que atraen (incluyendo promesas incumplidas) pero tampoco tengo muy claro que valga la pena el esfuerzo hacerlo en la reseña una novela (de relatos!) tan corta como esta que no llega ni a las ciento cincuenta páginas y que me hubiese leído de un tirón si no hubiese tenido otras cosas que hacer. Será mucho mejor que me limite a advertirles porque creo que, si van a leer este libro, deben cuidarse mucho de alimentar expectativas que puedan quedar insatisfechas: esta no es, ni lo pretende, La Gran Novela Española. Si se animan a leerlo deberían hacerlo por las siguientes razones: porque es [amargamente] divertido (no olvidemos que el protagonista es un pobre diablo sin dinero para casi nada); porque es [altamente] positivo (por lo mismo, precisamente: porque a pesar de no tener un chavo el pobre infeliz mira siempre al frente con una estúpida sonrisa en la cara y si se puede comprar una casa pues muy bien y si no puede pues genial también) y porque está escrito con eso que se conoce popularmente como “prosa ágil” que es como deslizarse por la página según avanzas en la historia y eso está muy bien porque puedes tener encefalograma plano y aún así enterarte de todo. También hay cosas que no me gustan, claro, como siempre. Léase un ejemplo:
Algunos días comíamos juntos en el restaurante Bogotá, en la calle Belén, donde los menús todavía costaban nueve euros, y los miércoles nos reuníamos en la cervecería Santa Bárbara, done los dobles de cerveza costaban ya dos euros y medio, y bebíamos una cerveza detrás de otra y luego Fran me llevaba hasta la calle Atocha en una de sus tres motos vespa y cruzábamos la plaza de Santa Bárbara, que todavía no era peatonal y el barrio de Huertas, que ya era peatonal, y seguíamos por la acera de los impares de la calle Atocha hasta llegar al número 135 y cuando Fran tuvo su tercer hijo yo le mandé un mensaje de texto al teléfono móvil, un mensaje muy elaborado de 160 caracteres lleno de afecto y entusiasmo. Como yo no tenía contrato sino tarjeta prepago, las llamadas por teléfono móvil me resultaban muy caras y por tanto me comunicaba con el mundo a través de mensajes de texto.
Que sí, que ya sé que este párrafo está escrito para que tomemos conciencia de que un parado también tiene que comer y divertirse y que le obsesiona mucho el dinero porque tiene poco y que cosas tan sencillas como son para los comunes de los mortales cenar fuera de casa o llamar por teléfono a la novia para ellos es casi inaccesible. No tengo nada contra eso. De hecho me parecería una forma magnífica de haberlo expresado si no fuese porque repite lo mismo, de manera similar, entre seis y siete millones de veces a lo largo del libro (no se imaginan lo cansino que acaba resultando saber lo que cuesta cada cosa según donde la compres.) Eso y que está escribiendo la dichosa gran novela sobre La Vaguada, claro, que al fin y al cabo es lo que hace que realmente sintamos compasión por él, pobrecito escritor de realismo barrial. 

Pero bueno, lo que tienen que saber es que esta novela no les cambiará la vida. Es un poco como esos monólogos del club de la comedia; la costumbre de reírnos de nosotros mismos y nuestras desgracias como terapia para rescatar de esta crisis por lo menos el sentido del humor. Con la risa todo se lleva mejor, ya saben, y con este libro, pues sí, uno se acaba riendo a pesar de que lo que cuenta no tiene maldita la gracia. 


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[Una vez terminada esta reseña me planteé seriamente atreverme con la novela anterior de este escritor que, según se dice, lo enfrentó no sé si con editores o libreros. Ante la duda, google. Esto me llevó a un blog ya conocido, Aviones Desplumados, en la que se hace una reseña de la novela a la que me estoy refiriendo: "Curso de Librería". Un párrafo, sólo uno, fue suficiente para convencerme: 
"Curso de librería es una novela ligera que apreciarán los interesados en saber sobre los intríngulis del mundillo editorial... y que no engullan sólo obras maestras, autores consagrados y grandes talentos por descubrir. Es decir, aquellos que también incluyen en su dieta libros menores donde explorar qué se cuece por ahí."
Cualquiera diría que lo han escrito pensando en mí.]