Cuando una novela me parece insoportable, la dejo. Sin embargo, si ha empezado bien pero va decayendo hasta quedar en nada o casi nada, la termino un poco por la curiosidad de ver si remonta y otro poco por aquello del “total para lo que queda...”. En ambos casos hablamos de un grado de tolerancia algo, altísimo y en ambos casos hay razones que justifican una reseña porque siempre, SIEMPRE, se me ocurren chorrocientas excusas diferentes para mandarla a la mierda y contarlo. No es el caso de esta novela. No se equivoquen: “El joven vendedor…” me ha parecido un coñazo monumental pero no ha sido fácil llegar a esta conclusión. Bueno, vale, me han pillado, es broma.; sí que ha sido fácil. Ha estado chupado.
Cuando hace un par de años leí la anterior novela de San Basilio, "Mi gran novela sobre la Vaguada" no salí precisamente encantado, pero tampoco completamente decepcionado. Tuve la sensación de que tenía algo. Estaba esa normalidad, ese escribir desde abajo y llegar a todas partes, hacerlo bien, hacerlo bonito. Joder, parecía tan sencillo escribir que estuve a nada de intentarlo yo también. No, no es cierto, esto. Pero es verdad, así es cómo lo hacía San Basilio. Cuando no hace mucho me enteré de que esta nueva novela se publicaba en Impedimenta, quise pensar que era por algo. Creí que ese saltar de Caballo de Troya -editorial de batalla y promoción- a la liga de los listos (que es la liga en la que –aunque sólo sea por el precio- se ha ido metiendo Impedimenta) tenía que ver con ese algo saliendo a flote al fin; un algo en el que yo creía a un poco a pies juntillas. ¿Lo tengo que decir? Me equivoqué, joder, vale, lo reconozco. Crucifíquenme, si quieren.
Ya sé que no pasa nada por equivocarse. Errar es de humanos o de sabios o de algo. Errar está bien. Esto último podría, si quisiera (quiero, sí), no decirlo tanto por mí como por San Basilio, que en mi opinión se ha pasado un poco de listo con esta novela que me ha hecho perder dos o tres horas. Que no, que tampoco es para matarlo, al fin y a cabo no me he gastado un pavo en ella.
"El joven vendedor y el estilo de vida fluido" trata sobre lo que ocurre en un centro comercial cuando no ocurre nada en un centro comercial. Quienes practicamos el deporte extremo de entrar en ellos ya sabemos que hay gente que va y que viene, guaridas de seguridad, un puto informativo, restaurantes y tiendas varias de ropa o regalitos o telefonía o qué-sé-yo. Los protagonistas de esta novela que son esos seres humanos que sufren detrás de un mostrador. De eso va esto. Así de complicado. Mercedes Cebrian afirma en el prólogo que le hace a esta pequeña obra maestra del costumbrismo que “lo fascinante de la literatura de San Basilio es que logra convencernos de que el centro comercial La Vaguada y sus aledaños […] son la metáfora perfecta del aquí y del ahora.” Y no. Ni metáfora ni leches: son el aquí y el ahora pero eso no quiere decir nada más que lo quiere decir, esto es: NADA. En otro momento del glorioso prólogo dice: “Esa inquietante mezcla entre ignorancia soberana y conocimiento de baratillo que puebla las mentes de los personajes de El joven vendedor y el estilo de vida fluido es pavorosamente hiperrealista y nos muestra una vez más el talento sambasiliano para un Costumbrismo 2.0 que va mucho más allá de la mera descripción pormenorizada de situaciones cotidianas.” Y no sólo se queda tan ancha otorgándole a San Basilio la renovación de la novela homenaje al tedio sino que no le duelen prendas ir un poco más allá, como hasta el exceso, más o menos: “En esta aventura que transcurre a lo largo de un día, como si se tratase de una versión del Ulises ambientada en el Barrio del Pilar madrileño, acompañamos a Israel, el protagonista, en su frenética búsqueda de «las cosas que de verdad importan»”. El Joyce de la Vaguada, hay que joderse.
Lo que yo no sé es si este prólogo es en sí mismo una metáfora de algo, un justificar lo injustificable o un querer hacernos tontos a todos. En cualquier caso fue todo uno leerlo y sentir vergüenza ajena y saber que algo iba mal, porque tanto elogio y tanto 2.0 y tanto Ulises y tanta hostia en vinagre no pueden nunca jamás salir del simplismo de esta novela. Porque una metáfora del aquí y el ahora son también mi abluciones matutinas o el cartero quejándose de que nunca estoy en casa o mi madre haciendo unas rosquillas en Navidad. En el joven vendedor hay un chaval que tiene que ir a trabajar, que tiene cuatro euros en el bolsillo y un rollo medio cachondo (es lo mejor y lo único salvable de la novela) con su fe ciega en un libro de autoayuda que ayuda o pretende ayudar a llevar un estilo de vida fluido (siendo esto un algo demasiado largo de contar para tan pocas ganas). Y vale, que bien. Pero el resto de la novela es, se mire como se mire, el niñato paseando por el centro comercial y tomándose unas cervezas y queriendo ligar y enamorándose de quien menos lo esperaba y un poco de todo y un mucho de nada. Y me jode (es un decir) ser tan radical y tan bestia y tan cabrón y tan mal lector para no saber valorar el esfuerzo ajeno pero este es el modo en que reacciono cuando creo me la quieren meter doblada. Porque si de algo estoy convencido es de que esta cosa será la novela del año de la Liga Supraventas. Al tiempo.
Que no, en definitiva, que no. Y ya.


