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miércoles, 21 de septiembre de 2022

“La familia” de Sara Mesa

Que la mejor novelista de este país tenga que ser —por imperativo categórico, se ve— Sara Mesa, es un hecho tan incuestionable como que todas las familias felices se parecen, pero las desdichadas lo son cada una a su modo.

Con esto por delante, y habida cuenta de que tal es el tema, La familia, de Sara Mesa, nos tiene que gustar sí o sí de puro miserable. No digo que nos tenga que parecer, como a Laura Fernández (periodista cultural, escritora y se ve que a ratos lectora) una “obra maestra absoluta” pero CASI. Porque esto funciona así: no puedes escribir, amor, la mejor novela española un año y al siguiente venirte abajo. El objetivo es superarse, aunque se haya tocado techo; aunque después no haya más que vacío y uno se lo tenga que inventar.

No voy a andarme con rodeos: La familia es una novela correctamente escrita sobre los horrores de formar parte de algo terrible. Y ya. Ni obra maestra ni obra extraordinaria. Ni siquiera notable. Correcta. Pero, ojo: no entendiendo, como hacen muchos, correcta como sublime (aunque viendo los estándares tampoco es de extrañar) sino como mediocre, como básica; como ajustada al mínimo exigible.

Escribo esta reseña por el mero hecho de escribirla, de dejar constancia escrita de lo opinado, por si algún día quiero volver y no me acuerdo, que es algo muy yo. La escribo, por lo tanto, sin ganas y sin tener verdaderamente nada que decir. Y digo esto casi como un insulto ya que no tener nada que decir de una novela es, de todos los males que puedan aquejarla, junto con el aburrimiento, el peor.

Y ya entrando en materia, pero sin entrar en detalle, decir que La familia la forma una madre, un padre, una hermana, dos hermanos y una prima que también es hermana. Ah, y un tío y una vecina y su hija. Muchísima gente, ya ven. Los personales se van repartiendo las (creo que) catorce partes en que está dividida la novela: todos tienen su momento estelar que es un acontecimiento especial en algún momento de su vida. El conjunto de instantes dibuja la imagen de esa familia que es, como dijimos más arriba, un horror mayúsculo porque siempre lo es ejercer la violencia hacia la infancia, ya sea física ya sea psicológica ya sea la que sea y el padre, un mentiroso, un monstruo amargado, ignorante y manipulador que dirige con brazo de hierro al resto de los miembros, es exactamente lo que hace, de una forma u otra, desde todas y cada una de las páginas de esta novela.

Con Sara Mesa siempre tengo la sensación de que no saca partido a las premisas que ella misma plantea, que pueden ser mejores o peores pero que no están exentas de interés (y supongo que de ahí y de su corrección y de la comparación con el resto del panorama literario español, su éxito inmerecido en el que nos encontramos ahora). Pero hay algo más. Se trata de algo que ya he visto en otras novelas suyas, algo para lo que no tengo suficientes tragaderas: me molesta que sus personajes, Rosa, por ejemplo, en el primer episodio de su vida, cuando recibe una llamada anónima en su centro de trabajo, se comporte como una idiota (a pesar de que —alegría— varios capítulos después demuestre no haberlo sido nunca en absoluto) frente a un problema, como si solo hubiese dos salidas y ninguna buena. El truco de Sara Mesa parece consistir en generar angustia a base de reducir el número de posibilidades. Su universo, por lo general frágil y superficial (entiendo que voluntariamente) está demasiado acotado, sometido a demasiadas restricciones y esto, claro, provoca una sensación de ansiedad en el lector; una sensación falsa, por supuesto, que éste, probablemente adocenado y adormecido, confunde con calidad.

Y de los diálogos prefiero no hablar. No puedo entender que a estas alturas sigan siento tan artificiales, tan repetitivos, vacuos e insulsos. No puedo entender que Sara Mesa siga tratando al lector como si fuese imbécil y, a excepción de Aramburu, que está cortado por el mismo patrón, nadie le diga nada: ni los libreros ni las librerías ni su editor ni Laura Fernández. No lo entiendo, de verdad. No sé por qué tengo que hacerlo siempre yo todo: Sara, por favor, ESOS DIÁLOGOS (al menos los diálogos, ya que lo otro se ve que NI MODO).

De nada.

martes, 23 de abril de 2019

“Cara de pan” de Sara Mesa

Pensaba yo el otro día que tendría que haber una máxima en los talleres literarios (tallada en piedra sobre el enorme pizarrón) que les recordase a los interesados la importancia de tener algo que contar y otra, inmediatamente después, separadas si acaso por un fino hilo argumental, que fijase, literalmente, el siguiente imperativo: “no te repitas, no te repitas, no-te-repitas”.

Pues bien. 

En este libro se concentran los dos errores: Sara, no teniendo absolutamente nada que decir, se repite (tal vez apremiada por los plazos o con la necesidad de permanecer en el “candelabro”, sabrá ella los detalles del horror editorial). Porque esto, confiesa tarde mal y arrastras, tiene su origen en un bonito (es un decir) cuento publicado no sé cuándo no sé dónde (no me obliguen a buscarlo). Cambia cosas, claro: no sé qué, da igual, no es el tema. El tema es que esto nace como relato y luego se hace novela; corta, pero novela. O sea, RE-LLE-NO. 

Les cuento un poco de qué va y ya inmediatamente después precipitamos las conclusiones, que tengo prisa. 

La novela es una adolescente de casi catorce años que se oculta en un parque para no tener que ir a clase. También un señor de cincuenta y pocos del que se hace amiga. Él la visita a diario, ella le coge cariño, etc. Pasan las horas muertas ocultos entre los setos, no los vaya a pilla la gendarmería. En un momento dado alguien se baja las bragas. Ahí lo dejo. 

Y ya está. 

Que sí, de verdad. Ya está. 

No hay NADA MÁS. La novela finge tensión por lo que pueda ocurrir, esto es: por qué un señor de esa edad hace migas con un adolescente; qué pretende, ese canalla, ese cerdo. ¡Pederasta! Y ella, angelito, qué pena todo. Qué peligro. Qué inocente. Pero qué haces, desgraciada

Qué nervios todo el rato, qué cosa. 

La novela es un permanente ver venir el sospechando en el fondo que no. Cero tensión, por lo tanto, aunque me consta que hay gente que ha sufrido con esto pero es que hay gente que sufre hasta con Marsterchef. Los supondremos de nervio fácil o lectura ocasional porque de otro modo no se explica

Toda la novela es de un sopor magnífico. Todavía no es Manuel Vilas pero estamos jugando con fuego. Aviso. Es caso es que: tres páginas y a dormir. Tremendo. Y cuando no es sueño, es evasión: que si esto lo otro lo de más allá. Leyendo este libro uno toma conciencia de la importancia de la cafeína en la literatura española, al menos a la hora de afrontar algunos autores. Bueno, vale, a casi todos. Podría escribir un libro sobre ello pero siempre he sido más de follar. Lástima que no cunda el ejemplo, nos ahorraríamos perder el tiempo con tanta memez y tanta versión extendida de tanta mediocridad

Dios, cuánto echaba de menos esta palabra. 

Y ya les dejo. Me he jurado por San Victor Hugo que hoy sería de una brevedad e-jem-plar.


lunes, 28 de marzo de 2016

‘Cicatriz’ de Sara Mesa

No hace mucho hablábamos en este mismo blog de Sara Mesa como la futura ganadora del premio Herralde. Esto es así y no admite discusión. El tiempo me dará la razón, no tengo la menor duda. Lo único que ignoro es cuándo tendrá lugar el feliz evento. Calculo que dentro de un par de años, tres como muchísimo. De modo que, por favor, déjenme ser el primero en decirlo: ¡Felicidades, Sara

Pero mucho antes, cuando Sara no era más que una joven escritora que aspiraba a ganar algún día el famoso premio, escribió una novela (Cicatriz) va iba de lo siguiente: 

A una mujer, joven, becaria de profesión, le gusta la literatura, lo que demuestra que la inteligencia no está necesariamente ahí. Pues bien, para tener alguien con quien compartir sus “inquietudes” se da de alta en un foro y antes de poner un pie en él ya tiene una mosca cojonera dándole la bienvenida, evidenciando la extrema soledad de unos cuantos. Pasa el tiempo, no mucho, o sí, no sé. Un día, un grupo de foreros organiza una cena a la que asiste y de la que no saca realmente gran cosa. Se ve que la amistad tampoco estaba allí. Tiempo después, no mucho, recibe un privado de un tal Knut Hamsum pidiéndole que le mande una foto a cambio de un par de libros, porque le han dicho, los otros cerdos de la piara, que estaba muy rica o no sé qué. Y claro: erección. 

En este punto uno cerraría el portátil y tras consultarlo con la almohada pese a saber que sólo hay una respuesta posible, se daría de baja del foro y, literal y literariamente, desaparecería para nunca más volver a semejante antro de lujuria, perversión y gafapastismo

Ella no. Ella, tras algunas dudas, le dice al muchacho que sí, porque mira, qué coño, un libro es un libro y no todos los días le piden a una que enseñe una teta. 

Esto en la página 21. En la 22 le manda la foto. En la 23 recibe los libros. ¿Rápido, verdad? Pues no, para nada. Porque a partir de este momento entramos en un bucle que a ratos parece infinito. Realmente, si lo miras con la perspectiva de un par de días, ves que no ocurre gran cosa hasta mucho tiempo después. El relato es la evolución natural de una relación entre un hombre obsesionado con Proust y los tangas y una mujer incapaz de decir no exactamente a lo mismo y todo lo demás. 

Resulta complicado seguir escribiendo sin desvelar una trama de modo que voy a irme un ratito por las ramas y a decir vaguedades a ver si me sale una reseña como esas de las revistas o los blogs de pago. De cobro. Bueno, lo que sea. 

Dejando a un lado lo repetitivo del argumento (qué manía esa de dilatarlo todo, qué necesidad de entrar en tanto detalle total para después no sacarle partido) echo de menos una historia menos previsible que la que tiene lugar desde el momento en el que se cuela el primer sujetador entre los envíos culturales. Personalmente hubiese preferido menos libros y más desarrollo de personajes. No sé en qué momento la novela se convierte en un continuo esperar que alguien se suba a unos taconazos pero eso es exactamente lo que ocurre. El lector que yo soy asiste a los despropósitos de una tonta del bote que se finge enamorada ¿ante la necesidad? de ser permanentemente seducida o simplemente para aderezar su vida con cualquier extravagancia (está la cosa para andar exigiendo), pero al contrario de lo que ocurre en otra novela también protagonizada por una boba, en ese caso la Bovary (y sin ánimo de establecer comparaciones del todo imposibles), en esta novela que nos ocupa, la autora, Sara Mesa, única culpable, no logra, no ya convencernos de nada ni justificar de ninguna de las maneras qué es eso que lleva a la protagonista −a la que realmente nunca llegamos a conocer y que parece actuar más por miedo o desidia que por cualquier otra razón− a hacer lo que hace, sino ya simplemente entenderla, ser capaces de empatizar mínimamente con ella. Se le insinúa una vida triste que no queda del todo clara; sabemos que tiene marido como otro peces en la pecera, pero poco más. Es un personaje tan poco atractivo, tan desapasionado, tan aburrido y tan falto de aristas que merece un altarcito en museo de los donnadies. Esto, claro, lastra una novela en la que se avanza más por la inercia de la curiosidad (logro este de que no le voy a privar) que por sincero interés. 

Lejos de parecerme la atrocidad que algunos pregonan por ahí y lejos también de considerarla una novela que, como se dicen ahora los modernos, seguiremos respetando dentro de cien años, tampoco me parece para tanto el desastre. Entretiene, a ratos, y pese a que no acabamos en ningún momento de comprender ni a unos ni a otros, nos queda la tranquilidad de saber que, aunque sea enfermizamente, hay parejas cuyos miembros están hechos el uno para el otro.