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viernes, 11 de octubre de 2013

“En medio de extrañas víctimas” de Daniel Saldaña París

He aquí mi prejuicio: el autor de esta novela es joven y es poeta y tiene un libro llamado La máquina autobiográfica (se puede leer aquí) que parece un diario personal construido a golpe de microrrelatos y versitos. Esto de hoy (En medio de extrañas víctimas) es su primera novela. Que conste que yo esto lo sabía antes de empezar a leerlo. Lo sabía incluso antes de tener el libro en las manos. Pero. Pero amigo como soy del sufrir y el odiar y sabiendo como sabemos que la curiosidad mató al Tongoy, quise darle una oportunidad al primer capítulo aprovechando un día que me pilló Jerôme Ferrari sin ganas de aguantarle el sermón.

Y sorpresa

Fue interesante, el comienzo. No una maravilla, no un volverse loco pero sí una sorpresa agradable: la sorpresa de acabar el capítulo queriendo saber más del protagonista y por dónde irían los tiros. Como sin quererlo (lo juro por mi gato) y del tirón, llegué a la página sesenta. O setenta. Esto no es algo que me pase todos los días. Qué coño, ni siquiera es algo que me pase todos los años.

La cosa va de nada. De esta nada: un tipo aburrido hasta la náusea, feliz en su aburrición, dedica las horas libres a contemplar desde la ventana de su habitación un solar vacío. En ese solar hay una gallina que le hace cosquillitas en el cerebelo. Si hacemos caso de la contra del libro podríamos creer que está enamorado, pero a mí me parece ir demasiado lejos. De lo que se enamora probablemente sea de lo que representa: la posibilidad de hundirse en el tedio mirando para ella y salvarse así de «la idiotez, la crueldad y la injusticia infinitas de la urbe» y todo porque cree que «la civilización es un escándalo hiriente, una pugna entre los impulsos más bajos de cada ciudadano». Y claro, pensando así, mejor quedarse en casa. Trabaja en un museo haciendo memeces, hasta que un día una compañera a la odia acepta la propuesta de matrimonio que alguien hizo por él. Y se deja llevar. Escucharle decir NO sería suponerle una iniciativa que ni tiene ni quiere tener. Además así podrá follar gratis, piensa el muy cerdo.

«[…] se cierne sobre mí, estos últimos días, una sombra exageradamente densa, un ánimo lúgubre. Me sorprende constatar que los eventos convencionalmente importantes —una boda— me suceden como si le sucedieran a un primo segundo, sin afectarme apenas. Tengo noticias de mi vida, pero no la siento. Y no es que la vida esté, como querrían algunos, en otra parte, sino que se halla reducida a un conjunto heterogéneo y débil de asociaciones: una gallina que se pasea en un terreno, un boleto de lotería con el número seis inscrito, una colección de bolsitas usadas. Cada cierto tiempo alguno de estos detalles de mi más íntima cartografía se desdibuja sin mayor tragedia y otro nuevo aparece, sustituyéndolo.»

Me estoy liando. El otro personaje de la novela (sí, son dos) es un doctor español en filosofía que se regala un año para estudiar la obra un boxeador poeta, arrebatado y temperamental, que desapareció misteriosamente hace mucho tiempo, dejando tras de sí un par de obras que pasaron desapercibidas, para lo cual viaja a México, concretamente a Los Girasoles, un pueblucho de mala muerte donde conoce y se enamora de la madre de Rodrigo, el aburrido protagonista anterior. Y ya tenemos caso. Y con dos parejitas, nada menos, sin llegar a esto este el tema, afortunadamente.

Y ya. 

La presentación de los personajes y sus premisas ocupa más o menos media novela y es, junto con el humor, lo mejor del libro. Incluso la parte del poeta boxeador tiene cierto interés dentro del desinterés buscado. Pero. Pero el resto de la novela es un desinflarse lento y continuo. Tiene gracia que el momento en el que empiezan a ocurrir cosas sea precisamente el momento en el que la novela pierde toda su fuerza. Es decir, que mientras la “gallina” (lo que esta representa) era objeto de deseo, bien, pero cuando ésta sale de plano, ya no. El problema va a ser la iniciativa del protagonista, que sólo tenía razón de ser cuando no existía, y por culpa de la cual  sufrirán las consecuencias todos los personajes. Todos. Ni uno más ni uno menos.

Lo de siempre, supongo: una novela no es un poema, por más que en esta ocasión hayamos estado cerca de conseguir cruzar la frontera con éxito. En cualquier caso, me quedo con la cara del autor, que conociendo su origen ya es decir bastante.