No quisiera perder mucho tiempo con esta reseña porque en lo que hace esta mujer, contra la que, dicho sea de paso, no tengo absolutamente nada (por más que la pasión que pongo en denostarla lleve a pensar lo contrario); en lo que hace esta mujer, decía, no vale la pena perder mucho el tiempo. Por experiencia, lo digo. Y lo digo, también, obviando la polémica de estos días, polémica protagonizada por Victor Erice y Elvira Navarro, polémica que nos hace un flaco favor a los que recomendamos encarecidamente hacer el menos caso posible a este libro.
Dicho lo cual…
Me juego un huevo y parte del otro a que todo esto empezó como una idea genial en la barra de un bar tomando una tapa de oreja o morro de cerdo. O, mejor, con Elvira haciendo contorsiones sobre la alfombra del salón. Nuestra heroína, eterna joven promesa, cavilaba mientras deshacía un nudo gordiano: ya habían transcurrido casi dos años desde la publicación de su última novela, uno de los cuales, desde su posición de editora invitada en Caballo de Troya, lo había dedicado a certificar la decadencia artística literaria de su santa patria. Había llegado, pues, el momento de hacer algo para poner fin a tanto tiempo perdido; a dejar clara la pauta de los dos años, no fuera a ser que en el ínterin se olvidaran de una. El prestigio no se mantiene con bocatas de calamares por mucha mayonesa que les pongas.
Pero Elvira es una mujer de pocos recursos y escasa imaginación. Carece de ideas propias, tal como ha demostrado ya tantas veces en sus tan breves y tediosas novelas. De ahí el silencio y tal vez, también, las contorsiones, fruto inevitable de la desazón. Estaba precisamente saliendo de un cubo de Rubik cuando se le ocurrió la genial idea de sacar una novela de investigación de una vulgar anécdota, un poco como quien saca un conejo de una chistera. Que, para carecer de imaginación, ya no está mal. Pero ni tan sorprendente. Si le tuviesen un mínimo de cariño ya sabrían que La trabajadora, su novela inmediatamente anterior, nació de un relato de seis páginas que había quedado olvidado en un cajón (su particular almacén de ideas) no sabemos si por vergonzante o qué. Si entonces hice aquello, piensa Elvira mientras disloca por tercera vez su hombro, no debería ser muy difícil arrancarle 120 páginas a alguna anécdota por muy tonta que sea. La anécdota, se entiende.
Y he aquí la anécdota:
Adelaida García Morales fue una escritora que se hizo famosa (de la forma que tienen de hacerse famosas algunas escritoras, que es no pasando de meras conocidas fuera de su hábitat natural) gracias a una película que su marido rodó inspirándose en uno de sus relatos. El marido era Victor Erice. El relato, El sur. Dicen que después de aquello escribió una buena novela más (Premio Herralde, nada menos, cuando aquello todavía significaba algo). Y ya. El resto fue una sucesión de literatura prescindible que terminó con Adelaida poco menos que haciendo macramé.
Pasan los años, cae el olvido, llegan las canas y el recuerdo de tiempos mejores. Entonces un buen día, Adelaida, ya defenestrada y malviviendo de una pensión miserable, se acerca a la concejalía de cultura del pueblo en el que reside para pedir cincuenta euros que asegura necesitar para ir a ver a su hijo a Madrid. Cincuenta euros no es mucho pero aquello es la concejalía de cultura, no la cocina económica, y en lo que se ha vendido como un alarde de incompetencia la derivan a servicios sociales. A quién se le ocurre. ¡A una escritora! Hijos de puta.
En el mismo momento que nos enteramos de que a alguien le niegan 50 miserables euros para ver a su hijo, por la razón que sea, incluso aunque sea por puro sentido común, ya nos hemos forjado una opinión: las instituciones están dirigidas por subnormales y botarates ergo el sistema no funciona, la literatura vive de miserias. Y llega el llanto amargo: dónde están los derechos de autor, dónde ese hogar para escritor, dónde el refugio para la desdicha. Y así sucesivamente hasta llegar al permanentemente anunciado fin de la cultura.
Se ve que uno es antes escritor que persona y que las concejalías están para anticipar derechos de autor a fondo perdido o de otro modo no se explica el NO de Adelaida que vuelve a su casa por donde ha venido. Unos días después, muere. Y menos mal, que si no es por eso aún es hoy que nos importa un carajo la buena de la mujer.
Eso es una anécdota. Como todos ustedes saben, una anécdota es una cosa que mejor o peor contada despachas en diez/quince líneas. Todo lo demás es… relleno, efectivamente.
Pues bien, este libro es exactamente eso: un vacío infinito. Palabrería. Blablabla. O lo que es lo mismo: el libro que una escritora necesita publicar para cubrir su cuota anual.
Y, con todo, Elvira sigue siendo, para muchos, sino la mejor, la más intensa, la más exacta, la más precisa, austera y afilada escritora de su generación y parte de la siguiente (con permiso de Mercedes Cebrian). No me creen. Aquí Ernesto Ayala-Dip para El País (un diario que está como para ir hablando de “credibilidad”):
«La lengua literaria que emplea Navarro, austera y afilada, es la única posible para que lo que leemos tenga credibilidad narrativa. Ya que la credibilidad institucional, y parece que también la individual, no está en sus mejores momentos, nos queda la de las palabras exactas».
Y termina: «Si no pones luz sobre algunos hechos oscuros, para qué escribir».
Hay que tener mucho valor para hacer una afirmación semejante en un párrafo que es claramente elogioso y no porque Navarro no escriba medianamente bien sino porque falta absolutamente a la verdad absoluta. Ni hechos oscuros ni luz sobre ellos. Aquí sólo hay una total ausencia de ideas, de personajes, de línea argumental. Aquí hay un moleskine plagado de notas que no conducen a nada y sobre las que se ha entretejido una gramática funcional.
Un 10% del libro es una vergonzante transcripción literal del podcast «La necrológica de Adelaida García Morales» oído en A vivir, en la cadena ser, un programa en el que salían Javier del Pino, Luis Alegre y Alfonso Guerra. Así como se lo cuento: un 10% son señores hablando de la pobrecita Adelaida que se había muerto y tal. El clásico y profundo homenaje de la Ser que líbreme Dios de uno.
Otro 25% se nos va en páginas en blanco; una sucesión de créditos y referencias que tienen por objeto única y exclusivamente demostrar lo mucho y bien que se ha documentado la escritora (Elvira Navarro en algún momento tendrá que tomar conciencia de que haber escrito este libro sin levantar el culo del asiento ha sido un error mayúsculo); los agradecimientos de rigor; rozando el patetismo, un par de emails que quieren dar a entender que hubo cierta implicación por parte de la autora cuando a estas alturas de la película ya todos sabemos que no llegó a ponerse en contacto con nadie; y tres citas absolutamente gratuitas tipo esta:
«Post «Adelaida García Morales», por Hortensia Hernández (blog Hablamos de Mujeres, La Opinión de Zamora, 24 de marzo de 2015): «Conocí su casa cuando ella vivía en Madrid y quedé fascinada por un cuadro clásico bellísimo, semejante a La joven de la perla de Vermeer. Hablamos de historias de mujeres».
Así de apasionante y así de autista, todo.
El resto del libro, esto es, unas 60 páginas, se lo reparten, por un lado, la historia de una realizadora que prepara una especie de docu-homenaje o no sé qué memez en el que dos marujas y psiquiatra hablan de la depresión que sufría la mujer, lo loca que estaba, las voces que veía ocupar sus habitaciones y otras cosas que no tienen maldita importancia toda vez que guardan una relación poco menos que tangencial con esos “últimos días de Adelaida” que, pese a lo que se promete en el título, brillan por su ausencia; por otro lado, la historieta de la concejala cabrona que le negó los cincuenta euros y con ello el derecho a ver su hijo y que acabó siendo poco menos que la culpable del holocausto judío. La concejala −y aquí Elvira apura el vaso y finge hacer del libro una crítica despiadada a las imperfecciones del sistema− es una completa ignorante que ni lee ni ve películas ni visita museos ni nada que se le parezca porque como todo el mundo sabe las concejalías de cultura están ocupadas por imbéciles que no saben de literatura y carecen de la sensibilidad necesaria para entender que a un escritor hay que tratarlo como a un niño en el patio de un colegio: hay que protegerlo, porque es frágil; hay que quererlo, porque es cultura.
No, este libro no son "los últimos días de Adelaida García Morales", pero no sería de extrañar (o, cuando menos, sería deseable) que sí fuesen los de Elvira Navarro.
Sé que no lo parece, pero de verdad que lo siento por Adelaida. Ahora bien, más lo siento por Elvira.




