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lunes, 3 de octubre de 2016

“Los últimos días de Adelaida García Morales” de Elvira Navarro

No quisiera perder mucho tiempo con esta reseña porque en lo que hace esta mujer, contra la que, dicho sea de paso, no tengo absolutamente nada (por más que la pasión que pongo en denostarla lleve a pensar lo contrario); en lo que hace esta mujer, decía, no vale la pena perder mucho el tiempo. Por experiencia, lo digo. Y lo digo, también, obviando la polémica de estos días, polémica protagonizada por Victor Erice y Elvira Navarro, polémica que nos hace un flaco favor a los que recomendamos encarecidamente hacer el menos caso posible a este libro.

Dicho lo cual…

Me juego un huevo y parte del otro a que todo esto empezó como una idea genial en la barra de un bar tomando una tapa de oreja o morro de cerdo. O, mejor, con Elvira haciendo contorsiones sobre la alfombra del salón. Nuestra heroína, eterna joven promesa, cavilaba mientras deshacía un nudo gordiano: ya habían transcurrido casi dos años desde la publicación de su última novela, uno de los cuales, desde su posición de editora invitada en Caballo de Troya, lo había dedicado a certificar la decadencia artística literaria de su santa patria. Había llegado, pues, el momento de hacer algo para poner fin a tanto tiempo perdido; a dejar clara la pauta de los dos años, no fuera a ser que en el ínterin se olvidaran de una. El prestigio no se mantiene con bocatas de calamares por mucha mayonesa que les pongas.

Pero Elvira es una mujer de pocos recursos y escasa imaginación. Carece de ideas propias, tal como ha demostrado ya tantas veces en sus tan breves y tediosas novelas. De ahí el silencio y tal vez, también, las contorsiones, fruto inevitable de la desazón. Estaba precisamente saliendo de un cubo de Rubik cuando se le ocurrió la genial idea de sacar una novela de investigación de una vulgar anécdota, un poco como quien saca un conejo de una chistera. Que, para carecer de imaginación, ya no está mal. Pero ni tan sorprendente. Si le tuviesen un mínimo de cariño ya sabrían que La trabajadora, su novela inmediatamente anterior, nació de un relato de seis páginas que había quedado olvidado en un cajón (su particular almacén de ideas) no sabemos si por vergonzante o qué. Si entonces hice aquello, piensa Elvira mientras disloca por tercera vez su hombro, no debería ser muy difícil arrancarle 120 páginas a alguna anécdota por muy tonta que sea. La anécdota, se entiende.

Y he aquí la anécdota:

Adelaida García Morales fue una escritora que se hizo famosa (de la forma que tienen de hacerse famosas algunas escritoras, que es no pasando de meras conocidas fuera de su hábitat natural) gracias a una película que su marido rodó inspirándose en uno de sus relatos. El marido era Victor Erice. El relato, El sur. Dicen que después de aquello escribió una buena novela más (Premio Herralde, nada menos, cuando aquello todavía significaba algo). Y ya. El resto fue una sucesión de literatura prescindible que terminó con Adelaida poco menos que haciendo macramé. 

Pasan los años, cae el olvido, llegan las canas y el recuerdo de tiempos mejores. Entonces un buen día, Adelaida, ya defenestrada y malviviendo de una pensión miserable, se acerca a la concejalía de cultura del pueblo en el que reside para pedir cincuenta euros que asegura necesitar para ir a ver a su hijo a Madrid. Cincuenta euros no es mucho pero aquello es la concejalía de cultura, no la cocina económica, y en lo que se ha vendido como un alarde de incompetencia la derivan a servicios sociales. A quién se le ocurre. ¡A una escritora! Hijos de puta.

En el mismo momento que nos enteramos de que a alguien le niegan 50 miserables euros para ver a su hijo, por la razón que sea, incluso aunque sea por puro sentido común, ya nos hemos forjado una opinión: las instituciones están dirigidas por subnormales y botarates ergo el sistema no funciona, la literatura vive de miserias. Y llega el llanto amargo: dónde están los derechos de autor, dónde ese hogar para escritor, dónde el refugio para la desdicha. Y así sucesivamente hasta llegar al permanentemente anunciado fin de la cultura.

Se ve que uno es antes escritor que persona y que las concejalías están para anticipar derechos de autor a fondo perdido o de otro modo no se explica el NO de Adelaida que vuelve a su casa por donde ha venido. Unos días después, muere. Y menos mal, que si no es por eso aún es hoy que nos importa un carajo la buena de la mujer.

Eso es una anécdota. Como todos ustedes saben, una anécdota es una cosa que mejor o peor contada despachas en diez/quince líneas. Todo lo demás es… relleno, efectivamente. 

Pues bien, este libro es exactamente eso: un vacío infinito. Palabrería. Blablabla. O lo que es lo mismo: el libro que una escritora necesita publicar para cubrir su cuota anual.

Y, con todo, Elvira sigue siendo, para muchos, sino la mejor, la más intensa, la más exacta, la más precisa, austera y afilada escritora de su generación y parte de la siguiente (con permiso de Mercedes Cebrian). No me creen. Aquí Ernesto Ayala-Dip para El País (un diario que está como para ir hablando de “credibilidad”):

«La lengua literaria que emplea Navarro, austera y afilada, es la única posible para que lo que leemos tenga credibilidad narrativa. Ya que la credibilidad institucional, y parece que también la individual, no está en sus mejores momentos, nos queda la de las palabras exactas».

Y termina: «Si no pones luz sobre algunos hechos oscuros, para qué escribir».

Hay que tener mucho valor para hacer una afirmación semejante en un párrafo que es claramente elogioso y no porque Navarro no escriba medianamente bien sino porque falta absolutamente a la verdad absoluta. Ni hechos oscuros ni luz sobre ellos. Aquí sólo hay una total ausencia de ideas, de personajes, de línea argumental. Aquí hay un moleskine plagado de notas que no conducen a nada y sobre las que se ha entretejido una gramática funcional.

Un 10% del libro es una vergonzante transcripción literal del podcast «La necrológica de Adelaida García Morales» oído en A vivir, en la cadena ser, un programa en el que salían Javier del Pino, Luis Alegre y Alfonso Guerra. Así como se lo cuento: un 10% son señores hablando de la pobrecita Adelaida que se había muerto y tal. El clásico y profundo homenaje de la Ser que líbreme Dios de uno.

Otro 25% se nos va en páginas en blanco; una sucesión de créditos y referencias que tienen por objeto única y exclusivamente demostrar lo mucho y bien que se ha documentado la escritora (Elvira Navarro en algún momento tendrá que tomar conciencia de que haber escrito este libro sin levantar el culo del asiento ha sido un error mayúsculo); los agradecimientos de rigor; rozando el patetismo, un par de emails que quieren dar a entender que hubo cierta implicación por parte de la autora cuando a estas alturas de la película ya todos sabemos que no llegó a ponerse en contacto con nadie; y tres citas absolutamente gratuitas tipo esta:

«Post «Adelaida García Morales», por Hortensia Hernández (blog Hablamos de Mujeres, La Opinión de Zamora, 24 de marzo de 2015): «Conocí su casa cuando ella vivía en Madrid y quedé fascinada por un cuadro clásico bellísimo, semejante a La joven de la perla de Vermeer. Hablamos de historias de mujeres».

Así de apasionante y así de autista, todo.

El resto del libro, esto es, unas 60 páginas, se lo reparten, por un lado, la historia de una realizadora que prepara una especie de docu-homenaje o no sé qué memez en el que dos marujas y psiquiatra hablan de la depresión que sufría la mujer, lo loca que estaba, las voces que veía ocupar sus habitaciones y otras cosas que no tienen maldita importancia toda vez que guardan una relación poco menos que tangencial con esos “últimos días de Adelaida” que, pese a lo que se promete en el título, brillan por su ausencia; por otro lado, la historieta de la concejala cabrona que le negó los cincuenta euros y con ello el derecho a ver su hijo y que acabó siendo poco menos que la culpable del holocausto judío. La concejala −y aquí Elvira apura el vaso y finge hacer del libro una crítica despiadada a las imperfecciones del sistema− es una completa ignorante que ni lee ni ve películas ni visita museos ni nada que se le parezca porque como todo el mundo sabe las concejalías de cultura están ocupadas por imbéciles que no saben de literatura y carecen de la sensibilidad necesaria para entender que a un escritor hay que tratarlo como a un niño en el patio de un colegio: hay que protegerlo, porque es frágil; hay que quererlo, porque es cultura. 

No, este libro no son "los últimos días de Adelaida García Morales", pero no sería de extrañar (o, cuando menos, sería deseable) que sí fuesen los de Elvira Navarro. 

Sé que no lo parece, pero de verdad que lo siento por Adelaida. Ahora bien, más lo siento por Elvira. 


miércoles, 12 de marzo de 2014

“La trabajadora” de Elvira Navarro

(Las siguientes citas están sacadas de una entrevista a la escritora.)

Está lo de escribir por escribir: escribir relatos que acaban en un cajón: «[…] escribí seis páginas, que han permanecido prácticamente igual. Las escribí como un texto basado en el trabajo que también tenía algo que ver con una compañera de piso, algo extraña, que trabajaba de teleoperadora. Me quedé en esas seis páginas.»

Está lo de que no te paguen por trabajar: «[…] encontré trabajo como colaboradora externa y estuvieron seis meses sin pagarme

Esta lo de tener un blog sobre la periferia: «Para mi mostrar la periferia es algo que hice con toda la intención.»: madridesperiferia.blogspot.com.es

Está lo de ser Elvira Navarro. Ser eterna promesa. Ser una de las voces más singulares y prometedoras del panorama literario español (lo que tampoco es decir mucho, no se crean).

«Tenía estas seis páginas, y al cabo de un tiempo retomé la idea del texto sobre la trabajadora, y veía a una persona cruzando la ciudad de cabo a rabo.»

Y ya está, ¡ya tenemos novela! 

No me creen. Vean, vean:

La cosa va de una mujer, Elisa (con E de Elvira), que habla directamente a cámara sobre su compañera de piso, Susana, la teleoperadora bipolar. Nos cuenta, Elisa, lo que le contó Susana: que un día puso un anuncio en el periódico para ver si alguien, quien fuese, se prestaba a lamerle el «coño con la regla en un día de luna llena.» Claro, le llueven las ofertas. Será por salidos. Le cuenta más cosas, todas íntimas, que no vamos a reproducir.

(Un dato vergonzante: la novela empieza poco menos que en esa frase y, por lo que he leído, esto ha provocado cierto “entusiasmo”. Hay quien lo califica de “brutal” y hay quien dice que “con semejante arranque las expectativas se disparan”. Bueno, en fin, yo creía que el efecto provocador del caca-culo-pedo-pis se quedaba en la escuela infantil pero se ve que me equivoqué.)

Susana tiene un discurso frenético con querencia al absurdo y la exageración, tanto que Elisa se inclina a creer que la muchacha miente más que habla. Y seguramente sea cierto. En cualquier caso, da igual, de lo que se trata es de exponer el delirante discurso de una mujer joven y enferma y presentarla como “la mujer con problemas” frente a esa otra mujer, Elisa, ejemplo de madurez, serena y profesional para luego darle la vuelta a todo. Y cuando digo profesional me refiero a esto: Elisa es escritora. O lo fue. Ahora se gana o se quiere ganar la vida trabajando para una editorial que la ha obligado a externalizarse y que la tiene en un sin vivir por eso del no cobrar cuando debiera, que ya son seis los meses de atrasos. Todo esto (¡sorpresa!) deviene en depresión (la editora está triste, qué tendrá la editora). Y ya tenemos tema. Y ya tenemos excusa para enmascarar El Tedio.

Por esto se ha dicho que esta es una novela sobre la crisis. En serio.

Pero de crisis, nada. A ver si va a resultar que antes había pleno empleo o que los negocios editoriales no quebraban o que las licenciadas no entristecían o que las blogueras no vagabundeaban. O que las escritoras no escribían.

Por no ser, “La trabajadora” no es ni realista. Y desde luego está muy lejos de resultar medianamente interesante. 

Y, miren, ni periferia ni leches. Leer sobre una Elvira (o Elisa o qué más da) hasta las cejas de Tranquimazin cogiendo el metro o metiéndose en un autobús o recorriendo a pie callejuelas y barrios marginales de Madrid tiene, para el lector no cómplice, el mismo interés que puedan tener Zutanito escribiendo la lista de la compra mientras se toma un café en alguna plazuela de Teruel. El mismo. Ni más ni menos. 

Susana la rara y Elisa la triste, como cuento infantil sobre la amistad y los antidepresivos, pase; como cualquier otra cosa, no. Ahora bien, si de lo que se trata es de celebrar que Elvira Navarro sabe coger un lápiz, entonces sí, albricias.


martes, 16 de agosto de 2011

"La ciudad feliz" de Elvira Navarro


Aviso a navegantes: no es lo mismo una novela que una micronovela del mismo modo que no es lo mismo meterse en la cama con Nacho Vidal que con Papá Pitufo. Lo digo antes de nada para todos aquellos que después de ver la portada sientan el impulso irrefrenable de leerse esta supuesta novela que no es tal sino pascual, es decir, no una sino [nada menos que] dos micronovelas (nouvelles, para los que son de letras). Avisados quedan. Luego no se quejen si salen mal follados. 


LA CIUDAD MODERNA NO, LA CIUDAD FELIZ 

Cuento number one: La del chino que pone un bar. 

Síntoma de modernidad es la multiculturalidad. También escribir sobre ello. Está lo de enamorarse de un negro que vende cedés, lo de los croatas que roban motos, lo del campamento rumano en la periferia y lo de los chinos. De los chinos vale todo porque son más inescrutables que el álgebra y eso da mucho juego: compran ropa de marca que no lucen, trabajan de sol a sol, entierran a sus muertos en jardines vecinales y sirven carne de perro en los restaurantes. Esto me ha quedado un poco racista pero era eso o el chino torero o el chino flamenco o el chino de la nikon o el chino cudeiro. 

Chi-Huei -que como supondrán no debe ser oriundo de Albacete- es el protagonista de este cuento chino de Elvira Navarro. Escribir por boca de un niño (por más que sea en tercera persona) es mucho de ir directo al corazón. Ponles un restaurante a sus padres y lo sabrás todo de los chinos y el sinvivir. Esto cuenta este cuento: lo que pasa cuando tu padre chino viene de la china y pone un bar y tú te haces adolescente asando pollos, que es más o menos lo que pasa cuando un gallego hace lo propio en Alabama o un noruego en Chile. Que todo el mundo venga a saber lo que pasa es lo que hace que este cuento no valga mucho la pena. Tal como ocurre en la vida real, en este cuento no se muere ningún chino. Nos quedamos otra vez sin saber, pues, lo que hacen con los cadáveres. Pero bueno, tampoco esperaba un reportaje de investigación. 


Cuento Number Two: Macrorelato de la niña perdida y hallada en el templo. 

Síntoma de modernidad es la plurisexualidad. Todo se compra todo se vende todo se puede follar. Si sigue habiendo a quien le ponen las gallinas y hay ovejas en la sierra que no olvidan a sus dueños, imagínense una niña en pleno despertar sexual en un barrio conflictivo. De eso va este cuento infantil: de hacernos creer que un vagabundo va a acabar violando a una niña (medionovia del chino de arriba (1)) cuando el miedo de verdad es que sea a la niña la que se folle a él. Así es ella. También de hacernos entender lo difícil que es hacerse mayor. Creo. No me ha quedado muy claro, la verdad. Es que en la mitad del cuento, más o menos, desconecté y fui en modo automático un ratito y quizá en ese ratito estaba la clave del cuento. Seguramente sí. Lo pensé y dudé en volver pero no me pagan tanto. Luego me acabé el cuento muy contento por poder seguir con la novela (ésta sí) de Carrère que había empezado horas antes. 

* * * * * * * 

El problema de Elvira no es la lírica (ahí se defiende bien) sino que no lo hace interesante por más que los temas sean de rabiosa actualidad. Para escribir de algo como la inmigración y los problemas de identidad y de que la adolescencia es lo mismo aquí que en Pekín y para hablar de los miedos infantiles, el valor y la estupidez (en ocasiones indistinguibles) hay que ser que muy bueno y Elvira, de momento, no lo es. Nadie le pide peras del olmo: sabemos que acaba de empezar y tiene todo una vida por delante: cienes y cienes de premios por recoger. Es simplemente que tanto premio y tanta leche (¿cómo decirlo…?) apesta y el tufo enrarece el ambiente y de ahí tanta sospecha que ahora (ya sí) después del leído el libro se demuestra fundada. 

He leído en blogs (y similares) entrevistas y reseñas y he visto cosas interesantes. Algunos elogian la escritura de Elvira calificándola de “sencilla”. Eso es falso. Elvira no escribe sencillo; sencillo escribo yo. Elvira escribe literario (2) que para eso le pagan. Otra cosa que me hizo mucha gracia fue que por lo visto a Elvira le gustan mucho los relatos porque considera muy complicado que una novela mantenga la misma intensidad durante todas sus páginas. Claro, joder, es que si escribimos ciertas cosas es materialmente imposible sentir interés (3). Que a uno le guste leer relatos y luego los escriba debe significar que ni es capaz de concentrarse al leer ni al escribir. A mí me pasa exactamente lo mismo pero yo no les cobro entrada. Eso (lo de no saber leer/escribir) es culpa de tanto twitter y tanta hostia, se lo digo yo. Nunca he entendido esa limitación de 420 caracteres; personalmente con eso no tengo ni para saludar por lo que todas las veces que he dicho algo en Facebook ha sido a costa de sacrificar ideología. Y luego nada más; quiero decir que no encontré nada más interesante sobre Elvira y sus micronovelas en todo lo que leí -que tampoco es que fuera demasiado- que no fuese de qué van las nouvelles y qué bien lo hace esta chica y cuánto futuro tiene. El guión habitual, vaya. A mí me reseñan así una novela y ya sé que no se la han leído. 

Ya supongo que a Elvira no va a gustarle todo esto que acabo de escribir, lo cual me parece normal. Pero también supongo que lo entenderá, al fin y al cabo a mí tampoco me ha[n] gustado su[s] novela[s] y sin embargo no he tenido inconveniente en leérmela[s] entera[s] para sojuzgarla[s] como merece[n]. Todo lo que hay que hacer es recordar aquellas novelas de nuestro pasado lector que no nos gustaron y desaconsejamos a quien nos preguntó y ver en ello la función social que ejercimos. Pues esto lo mismo pero a lo bestia. Al final va a resultar que este blog debería estar subvencionado. 



(1) Esto debe ser lo que la hace “novela” y susceptible de ser premiada como tal: un puzle de dos piezas, nada menos, sobre niños que dejan de serlo.
(2) Su padre, de una forma a veces consciente, y la mayor parte de las veces inconsciente y animal, no se quería ver envuelto en nada, pulsión esta que lo llevaba a la muerte, y que luchaba con su deseo de vida, que se había agarrado a las cosas concretas, a aquella que se circunscribían al instante y luego desaparecían, o que se quedaban sin más efecto que el de su propia permanencia. (Pág.59)
(3) Para muestra un botón: “El bambú, envasado al vacío en paquetes de un kilo, ocupaba una de las filas del rectángulo, al lado de la soja germinada en conserva y de la soja sin germinar, seguido de la salsa de soja y de la salsa agridulce especial, que era de color naranja y no roja, como la que hacían en el restaurante. Tras la salsa agridulce venía la salsa picante de ciruelas, y después la salsa de ostras, y a continuación especias que su familia no se había llevado jamás a la cocina, pues su valor era meramente sentimental, como el polvo de cinco especias, la pimienta de Szechuan, el anís estrellado, la raíz de jengibre, los chiles secos, los cubos de loto, los brotes de azucena del tigre, la nuez moscada y las castañas secas. Había tres columnas enteras de sacos de arroz, y otras tres de distintos tipos de pasta, desde tallarines normales y corrientes hasta fideos chinos, y para acabar, en el lado del rectángulo que estaba frente a la ventana, lichis en almíbar, paquetes de algas secas y todo tipo de alcoholes.” (Cuento 1º. Pág.78-79) 

martes, 2 de agosto de 2011

Primer Aniversario LMdT



En lugar de gritar, escribo libros. (R.Gary) 

Estoy de aniversario. Bueno, yo no, el blog. Este blog. Verán, es mi primer año y no sé muy bien como celebrarlo. Había pensado en no hacer nada o simplemente poner la foto de una vela o chorrada similar pero no encontré ninguna que me gustase y entonces se me ocurrió la infeliz idea de explicar -no sé todavía muy bien cómo- lo que ha sido este año y en qué situación me (nos) ha dejado. Unas conclusiones, ya se lo adelanto, que no le van a gustar a casi nadie. 

* * * * * * * * * * 

Se formó hace unos días cierto revuelo en la red a raíz de las entradas del blog “La Patrulla de Salvación” (a quien no trataré de justificar ni defender) que me ayudarán a explicar lo que quiero decir. En una de ellas protestaba por la mierda de literatura nacional que nos gastamos y en otro criticaba el premio que otorga Mondadori, en el que sin saber muy bien porqué, tira [el mencionado post] contra Elvira Navarro, la escritora, a quien no conozco y contra la que no tengo absolutamente nada. Han sido varios (tantos como dos) los gritos que he escuchado provenientes de diversos frentes: uno, Alberto Olmos, lo hizo desde su plataforma [blog] cuando fue “acusado” –si acaso se puede acusar a alguien de algo que no ha tenido lugar- de ser el nuevo, flamante e inminente futuro ganador del premio Jaén de novela (lo cual no entiendo porque en los mentideros la voz que suena es otra que me voy a callar de momento). La otra fue más silenciosa, por breve, aunque probablemente más leída gracias a la plataforma utilizada. Me refiero a la citada Elvira Navarro que habló a través del Facebook. Comparaba Elvira ciertos blogs con el programa La Noria, el de Tele5. Bueno, en fin. Insisto, sin tener absolutamente nada contra Elvira, a la que no tengo el placer, ni contra La Noria, la comparación me parece pelín odiosa porque muchos blogs son de mierda, sí, pero no todos, aunque lo parezcan. Algunos denuncian premios falsos y jurados de pega, que los hay; denuncian corporativismos literarios generacionales o editoriales o simples amiguismos, que también los hay y que entiendo que a según quienes no les haga maldita la gracia. Hablo en general; pueden todos sentirse aludidos si lo desean. A la iglesia se le acusa (yo la acuso), como ente, de encubrir, con su silencio, los casos de violaciones infantiles. A otra escala (obviamente) los escritores -ya supongo que no todos- hacen exactamente lo mismo: elogian por amistad novelas, encubren premios (ya sea como jurados, participantes o “colegas”) o simplemente callan, otorgando así, no vayan a encontrarse cualquier año de estos firmando libros en la misma caseta que otro al que puesto de vuelta y media. Este mundo es muy pequeño y al final todo se sabe y mejor estarse callado y de ahí a ser todos culpables hay un paso muy chiquitito. 

Estimados escritores: entendedlo: la gente da su opinión aunque a veces se equivoque; estamos legitimados: somos lectores, compradores; somos, con vosotros, el puto mercado. Si tenéis algo que decir, decidlo, discutamos, pero si os vais a enfadar porque la gente, alguien, quien sea, que sigue (o parece seguir) el curso de los acontecimientos, presuponga que no sois todo oro entonces tenéis un problema enorme: lo vais a pasar fatal de aquí a la eternidad. Exigir confianza ciega en un mercado que no es ajeno a la corrupción es mucho pedir. Internet acerca al escritor (que lo desea) al lector (que consiente) permitiéndole al primero ejercer labores de editor, pero eso no es necesariamente bueno. Exponerse demasiado nunca es bueno. Esto es lo de tener cinco mil agregados en Facebook como potenciales compradores y que la mitad te salga rana. 

Hace poco escuchaba en la televisión a Rubalcaba decir, como parte de su programa electoral –en velada referencia al asunto Camps- que había que prevenir la corrupción. Prevenirla, nada menos. Me pregunto si es posible semejante cosa y me respondo que sí. ¿Cómo? PRESUNCIÓN DE CULPABILIDAD. Sí, ya sé que me estoy pasando, pero quizá ha llegado el momento de dejar de teneros por los dulces angelitos que aparentáis y poner el nivel de desconfianza a la altura del éxito obtenido. De alguna forma habría que meter en la ecuación cosas como estar vivo (o muerto), la participación en revistas, blogs y lo que sea que sirva de plataforma para jugar al despiste. No estoy hablando tanto de cuestionar vuestras propias obras como la opinión vertida sobre la ajenas, máxime cuando se trata de algún homólogo generacional. Hablo, claro, de los escritores que ejercen también de críticos literarios o de los críticos con ínfulas. No se me olvida la confesión de Quimera de que lo mejor de 2010 era lo editado por sus colaboradores porque eran sus espíritus afines y que qué otra cosa podíamos esperar de ellos. Ya les digo yo que nada. 

Entendámonos: la crítica literaria, si quiere demostrarse imparcial, debería, en mi humilde opinión, desvincularse de todo lo que rodea la auténtica literatura (entendiendo esta como el libro y su contenido) y que no es otra cosa que los escritores, editoriales y el largo etcétera por todos conocido. Así es como salen (saldrían) las críticas negativas, de las que arrancan los enfados y malestares varios y que, por si no lo he ido dejando claro durante este año, es tan o más necesaria que la otra. Los buenos libros se venden solos; de los malos que hay que protegerse. Y de ahí la guerra; que escritoras como Jimina Sabadú se lleven las manos a la cabeza cuando reseño su novela es un ejemplo real del pasado que se traduce en que la amistad, en según que casos, resulta imposible. Tengo un amigo que opina que si no es por las malas ha de ser por las buenas (esto es de cajón) (y quizá ahí resida la explicación del “apoyo” recibido hacia este blog por parte de El Cultural y otros. Espero que no.) por lo que espero que de aquí a un par de meses empiecen a caerme premios y condecoraciones y las editoriales me empapelen las estanterías con sus dávidas. Supongan la ironía, no me hagan trabajar. 

* * * * * * * * * * 

[Acabo.] Un año, ya ven. Lo siento pero ahora va la parte de los agradecimientos. Gracias a quienes pierden su tiempo leyéndome; mi pésame a los que me hacen caso y a los que se fían de mi mal gusto. A los perjudicados: lo siento; de todo se aprende. Gracias por tantos comentarios cojonudos y también por los otros, los de la mala leche, anónimos o no. También por los besos, que alguno hay. Gracias, de verdad (que asquito me estoy dando). 

Espero que me duren las ganas un poquito más y que de aquí a un año sigamos pasándolo bien juntos, rajando o no de los demás y hablando de los buenos y de los malos libros, de los buenos y malos escritores, siempre –y esto es importante, al menos para mí- desde una óptica personal, subjetiva, alejada lo más posible del academicismo habitual de esta esfera tan pedante e insufrible que en el fondo nos hace tan felices y sin la que no quisiera tener que vivir. 

Estaremos observando. Besos en la boca para todos.