Esto de Claudia es la enésima exploración de una joven escritora en busca del truco del almendruco; aquello de no tener nada que contar y contarlo a pesar de todo y por encima de todos pero hacerlo bien bonito (es un decir) y diferente, original y postmoderno, supongo que para que no se noten las carencias (argumentales, claro.)
De qué va esto. Bueno, se lo resumo menos que más, que ya hace un año que lo leí: va de una chica, chilena para más señas, que viaja a Barcelona en busca de sí misma o alguien que se le parezca y abre un blog para explorar no sé qué interioridades de la novela tomando como padrino involuntario a Vila-Matas, que de esto sabe mucho. A Vila-Matas es importante tenerlo en cuenta si uno pretende escribir sobre escritores y/o aproximaciones a la novela sin tener que enfangarse en alguna ficción demasiado elaborada. ¿Para qué desarrollar personajes pudiendo ser uno mismo el protagonista y los demás anónimos comentaristas?
El caso es que este libro se plantea como un blog impreso; el blog que escribe la protagonista y que se compone de cinco o seis entradas que fingen ser un curso de literatura avanzada en las que van dejando amigos y desconocidos mensajes de aliento y amor que ella lee desde una biblioteca a la que se ha trasladado a vivir con un puñado de inadaptados que cohabitando follan y leen no sé si todos con todos o si hay criterios de selección de alguna clase. Follar en la biblioteca es, sin ninguna duda, el sueño de todo escritor joven y sano. También está lo de Freud, con diferencia lo mejor: que si Freud por aquí, que si Freud por allá, que si dijo esto o lo otro. Yo siempre he sido más de que me interpreten las citas de según quién o las integren en la narración y me salten ellas a los ojos y crea estar entendiendo aquel misterio insondable que si no es así no es de ninguna manera, por no mencionar que a mi tanta cita y tanto descubrir la pólvora me huele demasiado a chamusquina. Para entender todo esto hay que saber que la autora es licenciada en psicología. ¿Recuerdan las citas metafísicas con las que [el físico] Agustín Fernández Mallo salpimentaba su Nocilla? Pues esto es exactamente la misma mierda pero sin desestructurar con el añadido de que tirar de psicoanálisis le da ese punto intelectual, de novela inteligente, de fe ciega en la psique. Quizá sea esto es lo que algunos entienden por sacarle partido a los estudios o cómo aplicar la psicología a la literatura de ficción sin dejarlo todo perdido de dudas existenciales: “Freud dixit…” y que cada cual apechugue con su cociente intelectual.
El caso es que este libro se plantea como un blog impreso; el blog que escribe la protagonista y que se compone de cinco o seis entradas que fingen ser un curso de literatura avanzada en las que van dejando amigos y desconocidos mensajes de aliento y amor que ella lee desde una biblioteca a la que se ha trasladado a vivir con un puñado de inadaptados que cohabitando follan y leen no sé si todos con todos o si hay criterios de selección de alguna clase. Follar en la biblioteca es, sin ninguna duda, el sueño de todo escritor joven y sano. También está lo de Freud, con diferencia lo mejor: que si Freud por aquí, que si Freud por allá, que si dijo esto o lo otro. Yo siempre he sido más de que me interpreten las citas de según quién o las integren en la narración y me salten ellas a los ojos y crea estar entendiendo aquel misterio insondable que si no es así no es de ninguna manera, por no mencionar que a mi tanta cita y tanto descubrir la pólvora me huele demasiado a chamusquina. Para entender todo esto hay que saber que la autora es licenciada en psicología. ¿Recuerdan las citas metafísicas con las que [el físico] Agustín Fernández Mallo salpimentaba su Nocilla? Pues esto es exactamente la misma mierda pero sin desestructurar con el añadido de que tirar de psicoanálisis le da ese punto intelectual, de novela inteligente, de fe ciega en la psique. Quizá sea esto es lo que algunos entienden por sacarle partido a los estudios o cómo aplicar la psicología a la literatura de ficción sin dejarlo todo perdido de dudas existenciales: “Freud dixit…” y que cada cual apechugue con su cociente intelectual.
Pero comparado con el valle de lágrimas que es la recta final el resto es como nadar en aceite. En ese final Claudia lo da todo: nos regala un conjunto de páginas sin pies, cabeza ni asomo de interés (para mí esto último es fundamental a la hora de rematar una novela y no me gusta creerme la excepción que regla): hablar por hablar, dejarse llevar por el impulso del momento, rescatar viejos escritos, antiguas ideas, emborronar un folio de pensamientos y luego hacernos pasar por caja. Posmodernidad, esa ramera. En fin: novela horribilis; un coñazus literatus de órdago ante el que caerán rendidos -sospecho- aquellos escritores (y aproximaciones de escritores y escritores que no escriben y amantes de la cosa impresa moderna) con las mismas o similares inquietudes artísticas que la muchacha en cuestión, que son legión. Lo que quiero decir con esto es que parece haber demasiado aficionado a escribir novelas que hablen de literatura y muy poco que se atreva realmente a hacerla (Literatura). Claudia Apablaza sólo es otra más y ni siquiera mínimamente interesante.
