miércoles, 13 de diciembre de 2017

Algunas consideraciones sobre “La ópera flotante”, “El final del camino”, Barth, Sexto Piso, ustedes y un servidor

Escribo estás líneas, estas pocas líneas, no ya desde el olvido sino prácticamente desde el más allá. Cada nuevo post me siento tentado a prometer o fantasear con retornos que la mayoría de las veces intuyo improbables cuando no directamente imposibles. Pero hay días, como hoy, que siento la llamada y hasta la urgencia de recuperar estos lodos para hacer eco de un grito que fuera de estas fronteras corre el riesgo de caer en casi nada. Porque el que tuvo retuvo y aunque las estadísticas ya no son lo fueron (y cada vez menos, pero ya no importa) sigue habiendo quien cae por aquí para llevarse alguna recomendación toda vez que nos hemos dejado de advertencias. Quisiera que hoy fuera de uno de esos días.

Compruebo tras releer esta introducción que me he vuelto un poco imbécil. Me van a perdonar.

Pero el caso. 

Pero el caso es que tenía hablar de este libro. Y tenía que hacerlo no tanto para criticarlo, cosa que nunca he sabido hacer, o simplemente reseñarlo, (siendo, la reseña, como parece que es, hermana menor de la crítica) sino directamente recomendarlo apelando a dos cosas: una, mi buen gusto y dos, su sentido común.

Aquí hemos reseñado muchas novelas de Sexto Piso y lo hemos hecho siempre por esa debilidad que sentíamos y todavía sentimos por ellos, motivo por el cual se nos ha criticado mucho porque, efectivamente, recibíamos muchos ejemplares de esos llamados de cortesía que en justa correspondencia recibían su reseña, reseña que quisiera saber siempre sentida y siempre justa aunque lo cierto es que —tal vez porque los quería tanto y aunque ustedes no se diesen cuenta porque soy un profesional— fui siempre muy duro, especialmente duro, con ellos y más de una vez injusto, terriblemente injusto. He criticado novelas que no me gustaban haciendo hincapié en aquello que más daño podía hacerles mientras que otras veces, muchas otras veces, muchas más “otras veces” de las que puedan imaginar, suavicé elogios precisamente para evitar ser acusado de amiguismo (que ya ven ustedes ahora qué importancia podía tener aquello) cuando no directamente he guardado un silencio total sobre libros que prácticamente merecían pedestales. 

Pues bien, hoy vuelvo a este santo blog a evitar la enésima injusticia de dejar pasar una recomendación, ya sea por pereza ya por discreción ya por lo que sea. Es decir: hoy vengo a decirles que este último libro de Sexto Piso que he leído, libro que contiene dos de las primeras novelas de John Barth, es una PUTA MARAVILLA y que se lo tienen ustedes que leer sí o sí, porque de lo contrario corremos el riesgo de vernos las caras en el cielo de los gilipollas, que es a donde van todos aquellos que un día dijeron que no se iban a leer alguna recomendación publicada en esta mi casa que es también la suya.

Barth —y con esto me arriesgo a perder la supuesta objetividad que se le supone a una reseña y de la que jamás he presumido, básicamente porque sé que tal cosa (objetividad) no existe— ha sido siempre una debilidad de quien esto escribe. Y cuando digo siempre me refiero desde aquel día, hace muchos años ya, en los buenos tiempos, en los mejores tiempos, en que una oveja, negra para más señas, me recomendó El plantador de tabaco, novela que vendía como el prodigio que efectivamente demostró ser. Aquella novela me daría muchas alegrías (y algunos de los post más visitados del blog) pero sobre todo me situaría del lado de una narrativa (y posteriormente de una editorial) que, una y otra vez, me ha hecho inmensamente feliz. Hablo de Barth, hablo de Gaddis, hablo de Sexto Piso… bueno, realmente hablo de mí pero seguro que saben a qué me refiero.

“El plantador de tabaco”, ya se lo digo ahora (ya se lo digo ahora, otra vez, quiero decir) marca un antes y un después. Lo hizo con aquella vieja oveja, lo hizo conmigo y sin dura lo haría con todos aquellos que siguen sin hacerme ni puto caso si tuvieran dos dedos de frente.

Joder, qué forma de divagar.

Pues bien, no era fácil, pocos lo han conseguido (Gaddis, básicamente, Y YA), pero ha vuelto a ocurrir: aquello que sentí con El plantador, aquello que sentí con Jota Erre, he vuelto a sentirlo durante la lectura de, primero, La ópera flotante e, inmediatamente después, El final del camino. Qué dos novelas. QUÉ DOS NOVELAS. Qué pedazo de regalo es esto y un sillón de orejas y la familia de viaje. Qué bueno, qué divertido y qué de citas para decorar Facebook.

Por si no se han dado cuenta, no tengo la menor intención de hacer ningún resumen; resumen que pueden ustedes encontrar en todas partes, empezando por la web de la propia editorial; resumen que, tal como ocurre siempre con las buenas, mejores novelas, carece de importancia. Tampoco habrá valoraciones de ninguna clase, ni breves ni hostias. Por no hablar creo que hoy ni mentaré al traductor, por muy bueno que haya sido su trabajo (que lo ha sido, maldita sea). Tampoco incluiré ninguna de las mencionadas citas, y ya me jode, porque anoté unas cuantas y ahora veo que he pasado el trabajo para nada. Pero bien, gajes del oficio. Es más: olvídense de este discurso. Sólo quédense con un nombre: BARTH. Con un (unos) títulos: La ópera flotante, El final del camino. Sólo quédense con su cara. 

Y ahora váyanse a la librería o váyanse al carajo.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Yacarés cinco y seis [Maupassant y O. Henry]

Cuando digo “yacarés” me estoy refiriendo a los libros (concretamente a sus novedades cinco y seis) de la editorial Yacaré, de reciente estreno. 

Aquí un resumen de nuestra relación: me salté el primero (un par de Lugones), fui muy duro con el segundo (Gaspar Ruiz, ese Conrad ligero), obvié el tercero (aquí sí: un Saki magnífico que aprovecha como ninguno el formato) y me olvidé del cuarto, Dios me perdone (Schalken, el pintor de Le Fanu). Otro día volvemos con ella. 

Hoy vengo, pues, para evitar caer en el mismo error; esto es, a comentar, un poco de aquella manera, las publicaciones cinco y seis de estos señores. A saber: La pequeña Roque de Guy de Maupassant y un par de O. Henry's.

Empezamos por lo menos mejor.

Lo relatos elegidos de O. Henry son El regalo de los reyes magos y El poli y el himno, dos relatos breves como suspiros que tratan temas tan neoyorquinos como la navidad y las prisiones. En El regalo…, dos que se quieren a rabiar, que viven al día y con lo puesto, tienen la genial idea de hacerse mutuamente el regalo tan perfecto como todo lo contrario. El final, que se ve venir desde casa, embellece un relato que de otro modo no tendría gran cosa que aportar. 

En el segundo relato, El poli y el himno, un hombre quiere ser arrestado y encarcelado. Quiere dormir calentito, básicamente, y siempre mejor la cárcel que un portal, las cosas como son. Nuevamente se intuye el final. 

Nunca he sido muy fan de O. Henry. Mi único acercamiento a él fue hace tiempo y no puedo decir que dejase la huella indeleble que hubiera deseado. Lo cierto es que no dejó ni un triste recuerdo. Con todo hay que reconocer, pese a lo crítico que fui en su momento con el diseño de los libros de esta editorial, que este formato le siente de fábula. Y acompañarlo de Sinatra ya ni te cuento.


* * *


La pequeña Roque de Maupassant es OTRA COSA. Un duro relato, narrado casi como cuento navideño, que cuenta la historia de un crimen: una niña aparece violentamente asesinada en bosque. Se trata de saber quién fue, claro. Tenemos, como sospechoso, todo un pueblo. Lejos de ser una novela de misterio es un relato sobre la culpa. Una vez más, al igual que me ocurrió con Saki, el formato y el dibujo se apoderan por completo de la historia. 

A estas altura de la película no voy a cuestionar a Maupassant; mi acercamiento a él, también hace ya tantos tantos años, también a sus relatos (puedo que también este, quién sabe) fue considerablemente más satisfactorio que en el caso de O. Henry, pero eso tampoco era muy difícil. Lo cual me recuerda que tengo Bel Ami pendiente. Horror.

Bueno, cómo sea: muy muy recomendable.


* * * 


Y ahora me van a permitir que entone un mea culpa.

No soy mucho de pedir disculpas pero mucho menos soy de mantener una injusticia en el tiempo.

Ustedes no se acordarán, pero yo sí. Decía más arriba que hace unos meses reseñé otro libro de esta editorial. Pues bien, en aquel momento critiqué “mucho” el formato. Bueno, a ver, “mucho” no, algo. Criticaba que no era de fácil lectura. Demasiado estrecho, demasiado alto… qué sé yo. Insinué que había primado el hecho diferencial sobre la cuestión práctica. Me equivoqué. No, no es cierto: yo nunca me equivoco: me precipité. Precipité conclusiones y luego pasó lo que pasó, que hubo a quien le pareció mal etcétera etcétera. Quiero restituir el honor del diseño y con ello al diseñador reconociendo abierta y felizmente que a día de hoy los cuatro ejemplares de esta editorial que tengo en mi estantería se cuentan entre mis favoritos precisamente por ese hecho diferencial del que hablábamos antes, que incluye una más que acertada elección de los ilustradores y un producto de una calidad inusualmente bueno. Incluso a su “estrechez” le he cogido cariño. Que son un lujo, cierto; al fin y al cabo se trata de un único relato o, como en el caso de O. Henry, dos, al precio de lo que te cuesta cualquier novedad. Insisto: CIERTO. Ahora bien, se vende tanta mierda a veinte euros que…

Lo que sea. Que celebro Yacaré: sus elecciones (no siempre acertadas pero siempre interesantes) y su hecho diferencial. 


Háganse un regalo: háganme caso.


lunes, 23 de octubre de 2017

“Mil millones de años hasta el fin del mundo”, de Arkadi y Borís Strugatski (Trad. Fernando Otero)

Haber leído un único libro de los hermanos Strugatski (Stalker, una obra maestra se mire por donde se mire) no me convierte experto en la materia, pero casi. De ahí que hoy me suba nuevamente a este púlpito. Iba a dar una nueva lección magistral pero, una vez más, voy fatal de tiempo. O leo o escribo. Ya no me da para todo.

De modo que hablemos de la novela.

La novela, inédita en español prácticamente hasta la semana pasada y censurada en su momento por el aparato represor (que es una cosa que vende tanto que a veces parece que no haya libro que no se haya sido escrito en semejante situación), etc, es una completa locura que no sabe uno muy bien cómo tomarse. Con humor, supongo; al fin y al cabo así es como fue escrita. La historia es la siguiente: un científico está a punto de resolver no sé qué gran misterio insondable que puede llegar a ser, o no, un gran descubrimiento social; suponer una avance en su campo y tal y cual pascual. Bueno, lo que sea. El caso es que para llegar a buen puerto manda de vacaciones a su mujer y su hijo porque si algo nos ha demostrado la literatura y el cine es que con la mujer y el niño en casa es completamente imposible sacar adelante ningún trabajo no digamos ya una fórmula matemática revolucionaria.

En el momento que ambos se van, esto es, en el momento que este buen hombre se queda completamente sólo, empieza la novela ergo empieza un festival de visitas que ni el camarote de los hermanos Marx. Al pisito de nuestro buen amigo va llegado todo tipo de gente: amigos, vecinos, completos desconocidos... incluso amistosos vecinos que son al tiempo completos desconocidos; también una mujer misteriosa, un par de hombres de negro y una suerte de cesta de navidad de origen incierto. La cosa se enreda. En algún momento, no muy avanzada la novela y superado el desconcierto inicial (o, más bien, una vez nos acostumbramos a él) llegamos (se llega) a una conclusión que prefiero no desvelar pero que tienen mucho que ver (todo, en realidad) con un fin de mundo (un fin del mundo que bien puede estar al caer, como demorarse mil millones de años como directamente no llegar nunca) y unos hombrecitos verdes con ansias de manipulación global, que es una cosa que siempre da mucha calidad a las novelas, sobre todo cuando éstas son de ciencia ficción.

La novela, breve como un suspiro, es simple como una conversación entre cuatro hombres a cual más conspiranoico. La exposición de los hechos, que cada uno hace, se acompaña del resultado de la diarrea mental propia de quienes gustan de teorizar sobre algo que desconocen, cuando no directamente ignoran, en un entorno de terror y sometimiento. A ratos desconcertante, a ratos hilarante, Mil millones de años hasta el fin del mundo es una curiosa y entretenida novela que no aspira a ser mucho más.

viernes, 13 de octubre de 2017

“Kes” de Barry Hines (Trad. Diego Uribe-Holguín)

El título original de esta novela es A kestrel for a Knave. Si tienen ustedes un rato intenten traducirlo, a ver si les sale lo mismo que a los de Impedimenta. Si tienen dos pregúntense qué sentido puede tener a estas alturas de la película, valga la redundancia, ponerle a un libro el título de su adaptación cinematográfica y si esto habla bien o mal y en qué medida de los editores y ese tan cacareado respeto por la obra.

Por si sienten curiosidad, Kes es el nombre del pajarraco.

Dicho lo cual, Kes es una novela absolutamente prescindible. A ratos entretenida, a ratos dilatada en exceso pese a su brevedad, pero en general inofensiva a no ser que uno sea amante de los pájaros desde su más tierna infancia y simpatice especialmente con el protagonista y su miserable condición, en cuyo caso habría que advertirles que eso no es un valor que tenga en sí mismo mucho de literario.

La novela se acompaña de un epílogo absolutamente prescindible en el que el propio escritor cuenta cosas tipo lo mucho que le gustó a la gente una novela por la que le seguían preguntando cuando ya era historia, de dónde le vino la idea, en qué se equivocó y qué experiencias tuvo con halcones. También nos cuenta que hicieron una película, así como las diferencias entre la una y la otra, etcétera. Una cosa mala de poco interesante pero muy a la altura del resto, sin desentonar un ápice.

La historia, antes de que se me olvide, va de un niño triste y pobre como una rata, medio amante de la naturaleza y de familia desestructurada (se incluye hermano hijo de puta y madre desnaturalizada) que un día encuentra un nido de cernícalos en lo alto de un muro, muro al que no duda en subir para hacerse con uno. También entra en una librería para robar un libro (ya hemos dicho que era pobre) de cetrería. Esto en flashback pues la novela ya es él en modo experto, que tienen que verlo qué manejo y qué soltura y qué gracia. Y lo bien que le va cuando están juntos, porque fuera del cobijo de la plumas del sujeto volador, el chaval es un completo desastre a todos los niveles: tanto por su torpeza natural como por la animadversión, también bastante natural, que genera en su entorno. 

Kes es la típica sosez que cuenta con miles de adeptos no se sabe bien por qué, seguramente por su argumento simple, su brevedad, su tono lastimero, su mensaje simple, su permanente búsqueda de la lágrima fácil o la vergonzosa obviedad de sus intenciones. Que bien, ojo, pero como novela infantil, tal vez juvenil, en ningún caso adulta y en ningún caso merecedora del prestigio que se le supone.



jueves, 28 de septiembre de 2017

“Las niñas prodigio” de Sabina Urraca

Un mes de silencio es tanto silencio que ya casi no me acordaba de la ruta para llegar aquí. Me van a tener que perdonar. Por la ausencia, digo, por esta ausencia insoportable. Había una buena razón: sin venir a cuento de nada (siendo nada veinte años de promesas incumplidas) a comienzo de mes me dio por leer Los miserables que, como bien sabrán, es un libro bien grandote que si se lee en las pausas para el café te puede llevar la vida y si no, puede que también. A mí me llevo prácticamente todo este silencio.

Pero no hemos venido aquí a hablar de Los miserables. Porque a quién demonios le importa el libro cuando te puedes ver la película.

Por favor.

Bueno, a lo que iba: hoy toca reseña. No se la tomen en muy serio (o sea, como siempre) porque es de reenganche, esto es, para hacer dedo, esto es, que sin tener gran cosa que decir, les voy a soltar cuatro chorradas, tres obviedades y visitaremos un par de lugares comunes total para dejar caer como si nada que mejor nos hubiera ido leyendo prácticamente cualquier otra cosa de las que teníamos en espera.

Sabina Urraca es una joven escritora…. A ver: Sabina Urraca es una joven escritora. Punto. Yo sé que esto no debería importar, pero importa. Importa y se nota. Se nota en el estilo, correcto e impersonal, y se nota en el argumento, casi generacional. 

Aquí la historia: en Las niñas prodigio la protagonista y escritora se recluye voluntariamente en un caserón de mala muerte a escribir este libro en el que relata un poco lo que ha venido siendo su vida hasta la fecha: baños de sexo, drogas, alcohol y bares de copas. Incluye: enamoriscamiento de un imbécil, amistades ocasionales, sexo con gilipollas y una (puta) boda. Se puede pedir más, pero hay que ir a buscarlo al arroyo. Juventud divino tesoro. Yo esperaba otra cosa: un doble fondo, una luz cegadora, cierta perspicacia, pero no lo encontré. Ni A, ni B, ni C. Esperé media novela y nada. Miré bajo de la solapa, al final de la contraportada, en los márgenes del libro. Na-da. De modo que la otra media fui justificada resignación aliñada con un pico de frustrada esperanza. 

La novela terminó con un servidor de ustedes agonizando de puro tedio en la terraza de un bar al borde de un río en el que unos patos que parecían salvajes sin serlo ni remotamente escenificaban un cortejo que fingí creer sexual y que resultaba ser infinitamente más interesante que la vida social de una aspirante a mileurista reconvertida en ocasional okupa rural, placentera y fantasmal.


martes, 5 de septiembre de 2017

“El archivo de atrocidades” de Charles Stross (Trad. Blanca Rodríguez)

El volumen El archivo de atrocidades editado por Insólita Editorial contiene dos novelas: El archivo de atrocidades, de unas trescientas páginas y la ganadora del premio Hugo, La jungla de cemento, que andará por las cien. Se trata de la primera y segunda parte de Los expedientes de La Lavandería (subtítulo que no sé por qué no se incluye en la portada, honestamente) una serie, si hacemos caso de la editorial, “de culto […] una fascinante combinación de techno-thriller de espionaje, comedia y horror lovecraftiano”. Fue precisamente esta, digamos, indefinición, lo que más me llamó la atención en su momento aunque también es verdad que ese premio Hugo y el hecho de ser una serie “de culto” tuvo mucho que ver en la decisión de leerlo.

Un poco de historia: cuando terminé la primera parte corrí a Facebook para compartir con el mundo el párrafo inmediatamente anterior y dejar meridianamente claro (y sin duda prematuramente) que sí, que efectivamente, que “El archivo…” combinaba «con acierto el techno thriller de espionaje con la comedia y el horror lovecraftiano, convirtiéndose Insólita con ello en la primera editorial que no sólo no miente en la contra sino que tampoco exagera un ápice». «Me he enganchado desde la primera página», decía, literalmente a renglón seguido, «me he divertido y al terminarla he querido (o sea, estoy queriendo) más y más (no estoy diciendo con esto que no le haya visto ningún defecto, pero es demasiado insignificante y, en perspectiva, perdonable como para ser tenido en cuenta hoy; si acaso, tal vez, dentro de unos días, en la reseña, esos actos de pura maldad, pero ya veremos)».

Medio bite después incluí una larga parrafada del propio autor que los editores tuvieron a bien incluir a modo de epílogo en el que se habla de «Deighton y Lovecraft y de la absurda costumbre que tenemos de ir por la vida etiquetando a lo loco, equivocándonos con ello como imbéciles». La parrafada en cuestión la pueden ustedes leer en el primer comentario de este hilo.

Inmediatamente después de terminar la segunda novela, esto es, La jungla de cemento, la ganadora de un Hugo, volví a mismo sitio de antes a decir más o menos las mismas chorradas, a dejar mi entusiasmo por escrito y la celebrar esta maravillosa intuición que tengo que me ahorra tantos gastos y disgustos.

Respecto a la novela, poco más puedo hacer que recomendarla a todos los amantes del género y la literatura en general pese a que a primera vista pueda parecer excesivamente… específica, digamos. Lo digo por el argumento, que gira en torno a un tipo tirando a anodino sin serlo ni remotamente que trabaja en La lavandería, que es algo así como la versión inglesa de los Men in Black, con ligeras diferencias, (además de la calidad) que incluyen una lucha a muerte contra la burocracia más elemental e irritante y un punto muy loco y muy divertido que tiene mucho que ver con Doctor Who. 

«Nadie se había fijado en mí hasta que descubrí el método de la iteración de la curva geométrica para invocar a Nyarlathotep y casi borro Birmingham del mapa sin querer. Entonces vinieron a ofrecerme un puesto de agente científico sénior y dejaron claro que entre las respuestas aceptables no estaba la palabra «no». Resulta que la destrucción de Birmingham anula el requisito de una investigación con resultado positivo, así que me dieron el certificado de fiabilidad y ahora tienen que cargar conmigo. »

Aquí, al contrario que aquello de Will Smith y su humor de garrafón, no se enfrentan con invasiones extraterrestres ni universos concentrados en gotas de agua, sino con monstruos extra dimensionales y “todo tipo de seres de pesadilla” aficionados a abrir vasos comunicantes donde menos te lo esperas.

«El mero hecho de resolver determinados teoremas causa alteraciones en el supraespacio platónico. Si se envía un montón de energía a través de una red cuidadosamente calibrada según los parámetros adecuados (que se derivan naturalmente de la curva geométrica que acabo de mencionar y que, a su vez, se deriva sin dificultad del teorema de Turing) es posible amplificar estas alteraciones hasta abrir unos agujeros aparatosos en el espacio-tiempo que permiten la fusión de segmentos congruentes de dos universos que normalmente no estarían en contacto. De verdad que no os gustaría estar cerca de la zona cero cuando eso ocurra.
Y por eso existe la Lavandería».

Donde unos tienen pistolas y escudos y vainas tecnológicas varias, estos llevan amuletos y saben de memoria conjuros para casi todo, incluyendo caer en el olvido, y nos regalan un sucesión de parrafadas ininteligibles sobre procesos matemáticos e informáticos que en según qué casos pueden invitar a una espantada del todo inmerecida. La mezcla es extraña, cierto, pero también efectiva y altamente adictiva y la propuesta, en general, estimulante.


miércoles, 23 de agosto de 2017

“Transcrepuscular” de Emilio Bueso

Porque no sé por dónde empezar es por lo que voy a empezar por aquí: yo les cuento muy someramente y con rigor cero el argumento, ustedes precipitan juicios a placer y luego sacamos conclusiones y al troll que llevamos dentro. Atentos.

Esto empieza con uno que roba una baratija y otro que lo persigue. El primero monta una serpiente y el segundo una libélula granate. Te meas. Juegan a la pilla hasta el fin de mundo conocido, cuando el malo se escapa cruzando un abismo insondable —que de todos los abismos son los mejores— y el otro no porque es medio planta de interior y aquello le supera por todos lados. El ladrón se ha llevado una reliquia de valor incalculado que nadie sabe qué es pero que probablemente lo mismo pueda salvar el universo que preparar huevos con chistorra. Le gente, pese a su confesa supina ignorancia, se enfada más que en twitter y prometen lapidaciones y degüellos a tumba abierta por el robo motivo por el cual tres personajes, inocentes como corderitos, salen por patas, por listos y por huevones.  

Ahora —y si voy a entrar en detalle que ya les adelanto que sí— viene la parte en que les cuento aquello que, mientras dibujo las frases en mi cabeza segundos antes de plasmarlas en el papel, me lleva a preguntarme en qué demonios estaba yo pensando mientras leía y no dejaba esta novela y si no será mucho acto de fe tanto acto de fe en según quién.

Asumo la contradicción y sigo. 

Los tres estos, es decir, el soldado Inmaculado, un pedazo de imbécil como no se ha visto en la literatura desde Frodo; la ejecutiva estresada y el mismísimo Gandalf redivivo, una suerte de Virgilio desorientado, recorren los varios círculos de la tierra media siguiendo la vía del tren en busca de la entrada al inframundo al que se han llevado la Piedra Filosofal (mero MacGuffin de esta primera parte) para lo cual tendrán que cruzar minas Tirith, entre otras maravillas de una naturaleza hostiable como pocas. Completan el ka-tet el marionetista loco, también llamado Miyamoto el Cabrón (que ya me dirás tú si no había nombres mejores), josiño el trampero y la novia ninfómana de Conan. Y todos con caracoles en la cabeza, porque en este mundo, en este Círculo Crepuscular del Tren Chuchú, la simbiosis lleva tiempo de moda siendo los moluscos lo más: inteligentes, divertidos, terapéuticos, rejuvenecedores (baba de caracol: un clásico de la cosmética); el complemento perfecto para el hombre del mañana, que unidos a la babosa telégrafo, el milpiés locomotora, la oruga quitanieves o la avispa guardián son como para no salir de la charca en la puta vida. 

O sea, TE MEAS.

La novela es básicamente otra puta novela sobre tres, cuatro o cinco que van en busca de algo que como poco salvará el mundo para lo cual han de cruzarlo (el mundo, digo) de punta a punta viviendo en el durante mil aventuras, saliendo de apuros varios y descubriendo el amor, el valor de amistad y la intemperie.

Puestos a buscarle defectos, la novela adolece por todas partes de consistencia —no siendo las más de la veces una suerte de viaje trasnochado y psicodélico que obliga a aceptar caracol como animal de compañía— además de ese mínimo exigible que sería, más que un correcto worldbuiding que cree saber hacer cualquiera que haya jugado un par de veces al Age of Empires, una correcta construcción de personajes que sean algo más que estereotipos y que directamente no tengan la profundidad de un plato de sopa porque luego llega el clásico momento Comunidad del anillo y no te dan las cuentas, ni las razones de peso para justificar tamaños sentimientos en semejante unión. 

(Ni malditas las ganas, dicho sea de paso, de seguir justificando, por mucha Cuestión de Gusto que sea, un exceso tal de coloquialismo en la prosa que más parece una manera de disimular carencias varias que un estilo macarrónico propio, íntimo y personal).

Con todo (ahora, los besos) la propuesta, en general, es sugerente (en particular ya no tanto, al menos durante una torpe y casi diría juvenil (infantil, incluso, me temo, en más de una ocasión) primera parte frente a una segunda donde a Bueso, toda vez que ya ha presentado personajes y situaciones, se le nota más relajado y centrado en la historia). No soy experto en literatura fantástica española pero así a bote pronto diría que esto se acerca bastante a la idea que personalmente tengo de Propuesta Ambiciosa (todo lo ambiciosa que pueda ser una propuesta como esta, se entiende) (y lo digo como un cumplido desde el momento que la literatura —literatura en general, no exclusivamente la de género, que, como digo, desconozco— que se practica en este país lleva demasiados años anclada en el conformismo, la apatía y la ausencia total de, insisto, ambición). Le habrá salido mejor, le habrá salido peor, le habrá salido para menores de quince (he aquí, en mi opinión, su mayor y peor defecto; que quisiera yo hablar de un Bueso duro de roer y me tengo que joder, morder la lengua y llevar el libro a la estantería de mis hijos), pero ahí está.

(Me he saltado la parte que tiene que ver con la promoción del libro, esa que trata el tema de la varias ediciones más o menos limitadas y las portadas más o menos variadas —con diferencia lo más divertido del asunto— por varias razones pero fundamentalmente por una cuestión de tiempo y espacio y por no abusar de su santa paciencia y…, bueno, mira, porque cada uno hace con su dinero lo que quiere, desde comprarse un iPhone para mandar whatsapps a comprarse un libro numerado y forrado con pan de oro o firmado con sangre y semen del autor).


miércoles, 16 de agosto de 2017

“Hombre” & “Que viene Valdez” de Elmore Leonard

Porque sé que o bien están casi todos ustedes muertos, hartos o de vacaciones, hoy seré anormalmente breve. Llevo un mes recomendando westerns, ya no insisto más. Prefiero que lo sepan por mí: han tenido tiempo más que suficiente para hacerme caso, si no ha sido así no he fracasado yo, sino ustedes, por no hacerme caso y perderse con ello con todo lo que se están perdiendo. 

Hoy, otra vez, Elmore Leonard. Si están pensando que lo correcto hubiera sido probar con otros autores, otros estilos u otras historias es porque no conocen a Elmore Leonard o sea que, chitón.

Hombre es la historia de... pues de un hombre medio indio que por circunstancias ajenas a su voluntad, que era pasar el resto de su vida cagando de campo, ha de subirse a una suerte de diligencia para ir a qué importa dónde a qué importa qué. El caso es subirlo a la diligencia con los sujetos A, B, C, D y E. Esto es un clásico de todos los tiempos: meter a cinco o seis personajes en un armario y obligarlos a enfrentarse a un conflicto externo que será el que sea y que nos llevará a conocer no digo ya la naturaleza humana sino diferentes motivaciones para hacer según qué cosas, cosas que iremos descubriendo con relativo asombro. 

Aquí la obviedad: novela corta fenomenal. Ejemplo de ritmo, de montaje, de tensión. No hay momento de respiro ni, a estas alturas, exceso de originalidad (arrastramos una historia demasiado larga de plagios y remakes) pero tampoco absolutamente nada que haga pensar que uno ha perdido el tiempo con su lectura, que no es una cosa que pase todos los días, y lo saben.

La segunda novela, Que viene Valdez la empecé con cierto miedo y toneladas de entusiasmo: pese a que lo había pasado rematadamente bien leyendo Hombre, me extrañaba que el mismo autor fuese capaz de superarse a sí mismo. Bueno, pues la primera en la frente.

Mejor y más entretenida y más todo lo que quieran. Con un protagonista de antología, esta segunda novela corta de Leonard es, una vez más, claro ejemplo de lo que se debe esperar siempre de una novela de estas características. 

Sin entrar en muchos detalles, Valdez representa, al igual que el Marlowe de Chandler, un ideal de integridad y valor. Aunque sin el sentido del humor de aquel, su eficacia está garantizada. Valdez, que de entrada parece la clase persona a la que no le confiarías una vaca, demuestra ser todo y más de lo que se espera de un héroe de Leonard. Él sólo quiere justicia, justicia, en este caso, con una india a la que le han matado al marido (voy a pasar muy de puntillas por todo para no destrozarles nada) por una tontada tipo ser negro en el lugar y el momento equivocado. A partir de ahí, la búsqueda de justicia llevará a Valdez a enfrentarse a uno de esos villanos que, de tanto que gustan en Hollywood, han acabado por agotarlo. Con todo, la novela es de las de no levantar los ojos del libro hasta que termina. Una vez más, ejemplo de trama (con todo lo sencilla que es), de diálogos, de ritmo, de tensión… bueno, lo habitual.

Estoy convencido de que esta novela —a la que, una vez más, llego tarde— la ha leído mucha gente pero también estoy convencido de que no la suficiente. Si yo tuviese algo que decir en esto de la educación la impondría (es un decir) de obligada lectura en el colegio. Qué Greguerías ni qué oscuras golondrinas ni que hostias. ¡Valdez! Y ya verían ustedes qué recreos tan fenomenales.

Pero claro, Western.

Miren, a la mierda todo: o se quitan de una puta vez el prejuicio o aquí va a arder Troya.

Aviso.





(Traducción de J.A. Santos y Marta Lila)


jueves, 10 de agosto de 2017

“Centauros del desierto” de Alan Le May (Trad. Marta Lila)

Y luego está Centauros del desierto.

La tentación de dejar la reseña así, con ese “y luego está Centauros del desierto” es grande y además estaría más que justificada. Porque es verdad, uno va leyendo westerns como si no hubiera un mañana total para descubrir lo que unas veces imaginaba y otras ya sabía, esto es, que por un lado de género menor nada, y por otro que hay historias y hay historias. Y esta es una de las grandes. Y cuanto menos se diga de ella mejor, que luego vienen los listos de turno y se hacen pasar por unos que la han leído aprovechando que se han visto la película como tres veces.

Entremedias, la sensación de estar haciendo el ridículo porque, a ver, CENTAUROS DEL DESIERTO, ¿vale?, o sea, como si hubiese algo que demostrar. Que puede ser: no sería la primera película que es mejor que el libro, aunque a mí ahora mismo no se me ocurra ningún ejemplo.

La historia tiene lugar en Texas durante “la ocupación”, cuando los colonos querían vivir felizmente en las tierras que hasta entonces habían pertenecido a los indios, esas malas bestias que de caballos bien pero de títulos de propiedad ni puta idea. Un día estás en tu casa tan ricamente sentado en tu hamaca de cedro y por la noche los comanches se llevan a tus hijas y matan al resto, tú incluido. Heredan sed de venganza tu hermano y un hijo adoptivo que suben a lomos de Rocinante y se echan al campo a buscar a las buenas de las mujeres. Y así chorrocientos años, pues no es grande Texas ni nada, y porque un día sucede al otro y por has ido a dar con el indio más cabrón de todos:

«Jamás se les ocurrió pensar que su búsqueda se estuviera convirtiendo en una enorme y extraordinaria gesta de resistencia; una epopeya de esperanza sin fe, de fortaleza sin recompensa, de tozudez más allá de los límites de la cordura. Simplemente siguieron buscando, dando el siguiente paso, porque siempre hubo un lugar más donde buscar, una leve esperanza que seguir».

Lo que dejan atrás, lo que les espera, lo que les ocurre. Todo suma y todo sirve para alimentar el odio: el cansancio, la frustración, los recuerdos. La novela crece en la medida que sus personajes son aniquilados durante una búsqueda sin sentido.

«Un indio persigue algo hasta que piensa que ya lo ha perseguido lo suficiente. Luego lo deja estar. Y lo mismo ocurre cuando huye. Después de un tiempo piensa que debe desistir, y comienza a aflojar. Por lo visto, no concibe que exista una criatura que persista en una persecución hasta el final».

Centauros incluye paisajes, horizontes, vientos huracanados, fríos glaciares, militares, rangers, amor, sexo, dramas familiares, conflictos armados y raciales, rivalidad, enemistad, errores y aciertos a partes desiguales y posos de locura para aburrir. Tiene hasta humor, un destello fugaz, un instante, un respiro. Y un final trepidante y casi cuatrocientas razones más (tantas como páginas tiene la novela) para no abandonar su lectura; y para no olvidarla, también.

Tal vez crean que es suficiente con haber visto la película pero eso es porque tal vez estén equivocados. Es más, me he tomado la molestia de hacerlo yo una vez más y ya les digo que sí, que están equivocados. Centauros del desierto (la película) es la sombra desdibujada del libro de Le May; es práctica e inevitablemente una sucesión de sketches todo lo memorables que quieran pero que se pasa completamente por forro algunas de la cosas más importantes que tienen lugar en la novela, tipo la evolución de los personajes, por ejemplo, sobre todo de Marty (para los que no son de letras: John Wayne no, el otro). El paso de los años ha de notarse en algo más que en color de los calzoncillos y la realidad es que dos horas no son suficientes para contar esta historia, así seas John Ford, así seas David Lean; es probable que ni siquiera una miniserie de HBO diera para tal cosa. No pretendo restarle valor a cinta, sigue siendo una película magnífica, pero lo es fundamentalmente por la historia que cuenta y por nuestra nostalgia de aquella épica, y tal vez con la nostalgia no podamos hacer gran cosa pero con la historia sí, con la historia podemos hacer mucho: para empezar nos la podemos leer y así tratar de entender el origen de aquello que vimos en pantalla y apreciar y valorar en papel su dimensión real.

O podemos seguir tratando el western como la tercera mierda, ustedes verán.


martes, 8 de agosto de 2017

“Los cautivos” de Elmore Leonard (Trad. Juan Antonio Santos)

Los cautivos es una colección de relatos. La palabra clave es relatos. Ya sólo con esto tengo yo excusas hasta el 2050 para no acercarme al libro ni con un palo. Si a esto le añades que los dichosos son del oeste, que es un género que tampoco es que arrastre (ni a mí ni a las masas) a las librerías, apaga y vámonos. No es de extrañar. Personalmente siempre he asociado el western con la televisión, toda vez que quedan ya demasiado lejos en la memoria aquellas novelitas que se canjeaban por otras en librerías especializadas en caos y segunda, por no decir trigésima, mano. No le demos más vueltas: mero desconocimiento o lo que hasta ahora venía siendo no tener ni puta idea.

No tengo la menor intención de hacer un resumen de todos y cada uno de quince relatos que se incluyen. No se me ocurre nada más aburrido que eso, honestamente, ni más inútil. Es bastante habitual encontrarse reseñas de ese tipo. No sé ustedes pero yo no recuerdo nunca haber leído ninguna completa ni recuerdo tampoco haberme decidido a leer equis libros basándome en los diferentes argumentos de sus relatos. Pocas cosas se me ocurren más estúpidas que leer tomando notas continuamente, algo a lo que te ves obligado si te dedicas a escribir ese tipo de reseña. No es el caso: el santo varón de este blog encuentra más placer en la lectura que en la escritura posterior de modo que van ustedes a tener que fiarse de mi palabra, mi buen gusto y mi memoria de mierda.

Empecemos.

Bajo cielos inmensos me abrió los ojos. Sin alcanzar la categoría de obra maestra es una novela que sirve para dejar meridianamente claro que el western es algo más que Clint Eastwood fumando y pegando tiros o Alan Ladd poniendo cara de fósil, una obviedad que no siempre tenemos demasiado en cuenta. Para un servidor de ustedes supuso un antes y un después en esto de los prejuicios, tanto de los que me mantienen alejado del relato, prejuicios estos a los que me niego a renunciar, como aquellos que me llevaban a tener este género siempre como la última de opciones posibles, por debajo incluso de producciones nacionales. 

Pero estoy divagando. Decía que Bajo cielos inmensos me abrió los ojos, pero no fue sólo eso. Hubo un factor determinante que me llevó a interesarme por este libro: Elmore Leonard. Porque, claro, a ver, Leonard es Leonard y por muy lejos que queden ya mis lecturas de sus novelas (la última, probablemente, hace más de diez años), Leonard sigue siendo Leonard, esto es, sigue siendo brevedad, concisión y entretenimiento a raudales y por encima de todo. Esto es: sigue siendo una garantía.

En Los cautivos hay muy pocos relatos que decepcionen, si acaso hay alguno, probablemente no. Sí hay relatos muy buenos, tipo el que da nombre al volumen, La hora de venganza o El día más largo de su vida o Hurra por el capitán Early o La mujer tonto (o… o… o…) y otros no tanto (fíjate que se me han olvidado hasta los nombres), pero en general incluso estos últimos mantiene un nivel más que correcto. 

Sin más rodeos: quince relatos del oeste son quince situaciones ambientadas en un momento de la historia bastante concreto y conociendo a Leonard, la cosa no va de recrearse en el paisaje sino más bien todo lo contrario: en todo momento está muy claro que su objetivo primero es entretener al lector, dibujando personajes que no siempre son meros estereotipos y creando, en sencillas tramas de hombres de pelo en pecho enfrentados entre sí, rápidas situaciones de tensión que se mantienen durante veinte o treinta páginas para terminar como en el fondo nos gusta que terminen las buenas historias.

Eso es Leonard: acción, acción, acción. Y mucha contención y cero digresión. Y es probable que, como dicen por ahí, tenga relatos mucho mejores, no dudo que así sea, pero una cosa no quita la otra y, ya lo he dicho, Los cautivos es puro Leonard y es pura diversión. Y yo ya no pido ni ESTO más.


miércoles, 2 de agosto de 2017

“Manifiesto Redneck” de Jim Goad (Trad. Javier Lucini)

Pregunta (fundamental): ¿qué demonios es “un redneck”? 

Respuesta: Jim Goad: «El redneck, tal y como se suele entender, es una entidad estadounidense, pero el paradigma, el arquetipo, el anteproyecto, el modelo, el puto antecedente socialmente evolutivo del redneck norteamericano fue el campesino europeo en sus distintas manifestaciones a lo largo del Oscurantismo y de la Alta Edad Media. Los cimientos para que un pequeño grupo de élites blancas despreciase y abusase de una gran masa rural de desposeídos blancos se construyeron al menos hace mil años, puede que incluso antes».

Esto es: redneck es la basura blanca americana. Los hemos visto en cien mil películas: los pobres, miserables blanquitos que no tienen dónde caerse muertos, que han sido puteados y ninguneados sistemáticamente desde el origen de los tiempos, que no han tenido jamás posibilidad alguna de salir del lodazal (aquellos para quienes el sueño americano es sólo eso, un sueño) y que pese a ello deben cargar con la misma culpa de quienes han llevado el país al desastre, pagar por errores que nunca tuvieron ocasión de cometer y aceptar igualmente su papel de parias, violentos, ignorantes, racistas y hasta terroristas, si quieres.

Esto, Jim Goad, que es a su vez redneck; un redneck que, harto de tragar lo indecible, escribe un libro que quiere ser una patada en la boca al sistema. Escrito desde el estómago, Manifiesto Redneck es la rabia incontenible de un don nadie que no tiene nada que perder:

«Soy un cínico. Un escéptico. Un epiléptico a ratos. Soy sádico, pero me veo incapaz de disfrutarlo. Soy un mestizo cultural, un bastardo ideológico. Soy un psicópata solitario en lo alto de un puente que se niega a saltar porque todo el mundo aplaudiría. Soy una mosca en la sopa. Un Goad en la máquina. Un pegote de esperma en el fondo de tus palomitas. Puede que sea una célula cancerígena flotante que se dedica a infectar el corpus collectivus. Quizá solo soy un cracker canijo descarriado que espolea a un caballo muerto. No soy Juan el Bautista, soy Jim Peligro en Potencia. No soy una persona malvada. Solo soy un poco extraño. No soy un nazi. Lo que pasa es que tengo la tripa descompuesta. No os quiero matar. Solo necesito alejarme. Y no os odio, simplemente os tengo calados. Así que, por favor, aire».

Y funciona. La ira de Goad es contagiosa y sus argumentos (de los que ahora hablaremos) fácilmente extrapolables a cualquier a cualquier otra nación del mundo. Pero por encima de todo, lo que Goad parece pretender realmente con este libraco de 400 páginas es poner en evidencia que, en lo tocante a él, esto es, a su país, se está mareando la perdiz y se está utilizando la excusa del racismo para sostener el capitalismo más salvaje y mantener oculto a la vista de todos —a golpe de ruido y furia— el auténtico problema, a saber, el mantenimiento de un sistema de clases al que ese uno por ciento que dirige el mundo no parece tener intención de renunciar. 

«Los blancos integraron la mayoría de los trabajadores coloniales esclavizados a lo largo de casi todo el siglo XVII. Los esclavos negros alcanzaron la paridad numérica con los siervos blancos en algún momento, ya avanzado, del mismo siglo o a principios del XVIII. La idea de la supremacía racial tuvo poco que ver con el cambio gradual de la esclavitud blanca a la negra».

Para demostrarlo, Goad se remonta prácticamente al origen de los tiempos (concretamente a la conquista del oeste e incluso más allá cuando habla de Europa) a lo largo de tres magníficos capítulos (los primeros) que destacan por su didactismo, su humor y su voluntad abiertamente desmitificadora, total para acabar fantaseando con algo tan simple como la idea de un anarquismo global que arranque con la desobediencia civil organizada. Lamentablemente su discurso es en ocasiones (en demasiadas ocasiones) demasiado parecido al de Donald Trump (America First y toda esa mierda). Pese a esto, quiero pensar que el odio de Goad, al estar dirigido al establisment evita que sea esa clase de imbécil. No completamente, al menos.

Porque, sí, Goad dispara, en este libro, contra todo y contra todos en tanto que el ser humano no merece otra cosa que hostias de puro despreciable: dispara contra los demócratas, contra los republicanos, contra los populistas… pero también contra los negros, los blancos… Contra todos. Tanto contra la clase privilegiada (que la hay), como directa responsable del desastre global, como a esa otra clase, la desfavorecida o directamente pobre, a quien considera responsable solidaria del sostenimiento y perpetuación del citado desastre con su silencio, su ignorancia supina y su inactividad manifiesta. Básicamente lo que Goad reclama es que dejemos de prestar tanta atención a la cuestión racial, a todas luces falsa en tanto minoritaria, para denunciar el verdadero problema de la sociedad, que es el económico y que sí afecta a un sector mucho más amplio de seres humanos. 

«Economía. De eso se trató, se trata y se tratará siempre, sin más. El racismo solo es una pantalla de humo, una táctica cínica de distracción. Una vez que se entiende eso, el resto es fácil».

«La gente tiende a excusar el ejercicio de cebarse con la basura con un: «Oh, bueno, su experiencia histórica ha sido completamente distinta a la de los afroamericanos». Como el espinoso pez globo que son, hincharán sus carrillos y escupirán tibios y melodiosos flujos de aire acerca de cómo los rednecks no tuvieron ni remotamente la misma historia de pobreza, sufrimiento y explotación que los negros americanos. De su investigación exhaustiva por producciones televisivas y semanarios alternativos gratuitos, han concluido que es IMPOSIBLE que un varón norteamericano blanco sea oprimido, con independencia de cómo cojones definan la opresión. Porque ellos SABEN que la hégira del chico blanco ha sido un enorme y monolítico polo de coco de privilegio cutáneo y que hay que ser muy estúpido para ser blanco y no triunfar en este país. Cuando ellos hablan de «igualdad» se expresan estrictamente en términos raciales y de género, como si los varones blancos hubiesen gozado alguna vez de una verdadera igualdad entre ellos, como si la experiencia del varón blanco en América hubiese sido un período vacacional estándar ininterrumpido».

El último capítulo (y ya termino) es puro Goad, esto es, pura rabia e incontinencia y se lo dedica a los progres de izquierdas a quienes deja a la altura del betún, como no podía ser de otro modo, por su cobardía y su doble moral y tantas otras cosas que estamos hartos de ver. Un gran final.

«En su encarnación hippie de finales de la década de 1960, el progresismo resultó a menudo divertido e irreverente. Ahora es irreverente hasta un punto que bordea lo cómico. No estoy muy seguro de cuándo perdieron exactamente su humor los progres, pero la pérdida parece irreversible. Al igual que a veces el pene de un hombre bascula de un lado al otro del pantalón, el péndulo ha oscilado hacia el otro lado. Con todo lo sensibles que son los progres para todo, se han vuelto completamente insensibles al humor. Oh, dirán que pueden apreciar la comedia, pero que hay ciertos temas que NUNCA SON GRACIOSOS. Han llegado a dominar la fisión nuclear y la teoría del caos, pero siguen sintiéndose incómodos con las palabras. ¿Cómo vas a confiar en gente que ni siquiera se da cuenta de cuándo estás de coña? Cuidadito con las caras sonrientes que no aguantan una broma. Y no solo es que sean incapaces de aguantar una broma, es que además te demandarán por difamación».

Lo sé, muchas citas. Lo siento; el libro se prestaba a ello.

Les dejo la última y así prácticamente no se tendrán que comprar el libro para poder leerlo.

«Harriet Beecher Stowe, la autora de La cabaña del tío Tom, de estar viva en la actualidad, habría sido una progre blanca. El problema con ella no era que criticase la esclavitud negra en el Sur, sino que era una chavala pudiente de la alta sociedad de Nueva Inglaterra que ignoraba a todos los obreros blancos mutilados de las fábricas y a los niños trabajadores blancos y lastimados que se amontonaban a las puertas de su puesta de largo. Era una aristócrata norteña que reprendía a los aristócratas sureños por el modo en que trataban a sus clases desfavorecidas, aunque ella defecaba sobre las clases desfavorecidas de su propia tierra natal.
Stowe se fue de gira a Gran Bretaña en 1853 auspiciada por la Duquesa de Sutherland, otra señora blanca de salón abominablemente adinerada que solía organizar tés y bollos en favor del negrodesarrollismo y la afrocaridad. Tras su viaje, Stowe se refirió a la familia Sutherland como «ilustrada». Debía referirse a esto: retrotrayéndonos a 1811, los Sutherland iniciaron la expulsión sistemática de los campesinos escoceses que llevaban siglos viviendo en las tierras comunales. De los ochocientos mil acres en disputa, los Sutherland reclamaron setecientos noventa y cuatro mil. Contrataron a la policía inglesa para expulsar por la fuerza a los escoceses aborígenes e incendiar sus hogares. A una anciana la quemaron viva en su choza. Apalearon a los campesinos y los abandonaron a su suerte. Muchos murieron de hambre. La variedad de ilustración de los Sutherland creó quince mil personas sin hogar que fueron reemplazadas por ovejas. Fue muy altruista por parte de la Duquesa de Sutherland derramar lágrimas por la esclavitud negra en el Sur de Norteamérica después de haber esquilmado a su propio campesinado. Ella también habría sido hoy una progre blanca.
Karl Marx se refirió al estilo de caridad de la Duquesa de Sutherland como «filantropía que escoge sus objetivos lo más lejos posible de casa, y mucho mejor si es al otro lado del océano». Charles Dickens se refirió a las sociedades británicas de apoyo al Negro como «filantropía telescópica», dado que se concentraban en ultramar e ignoraban la muerte y la hambruna que anidaba bajo su propio techo.
El progresista blanco moderno es igual. No puede llevarse bien con los oprimidos de su propia raza, pero quiere demostrar lo abierto de mente que es llevándose bien con los negros. Es el sufrimiento visto a través de la lente gruesa del monóculo de una matrona de alta sociedad. No es más que mecenazgo de ganchillo, como siempre ha sido. En su afán por ayudar a los pueblos oprimidos al otro lado del océano, se saltan la basura blanca de su propio lodazal. Niños muertos de hambre en la India. Niños muertos de hambre en África. Niños muertos de hambre en todas partes, menos en los Apalaches. Piensan globalmente, ignoran a la basura blanca localmente. Hay una extraña esquizofrenia de clase alta con respecto a qué sufrimiento parece más urgente. Los apuros de los indígenas excavadores de ñame a dieciséis mil kilómetros de distancia les provocan más lágrimas que los traumas apestosos de la basura del parque de caravanas que está a quince kilómetros de la ciudad. La primera norma del progresismo blanco parece ser que la caridad nunca empieza en casa».

Que pasen buena tarde. Nos vemos pronto.



jueves, 6 de julio de 2017

Breve nota de urgencia de “Bajo cielos inmensos” de A.B. Guthrie Jr. (Trad. Marta Lila)

Hay varias formas de afrontar esta reseña. Siempre las hay, claro, pero hoy especialmente. La primera, más clásica y probablemente la que menos me gusta, consiste en comentar cómo llegué yo al libro y mi experiencia durante la lectura así como dejar un breve apunte argumental y conclusiones varias llegadas directamente desde mi más tierno corazón, pero hay en este tipo de post un yoismo que cada día soporto menos. A mí me empiezas con un “descubrí este libro…” y ya me sabes en el último párrafo, que es siempre —o casi siempre, si nos tomamos esto de hoy como una excepción— el único que importa. Esa es la opción A, que descartamos. La opción B, mucho más técnica, incluye biografía del escritor, contexto y no menos de tres referencia a otras obras hayan sido o no leídas, varias citas y soplapolleces varias, pero yo este tipo de cosas por menos de cincuenta euros ni se me ocurre, motivo por la cual probablemente no las he haré nunca. La opción C tiene que ver estimular aquella parte de ustedes que alimenta sus reservas a la hora de afrontar cierto tipo de literatura. Es decir, convencerles, a golpe de contagioso entusiasmo, de que se dejen de hostias, de dramas de clase media aburguesada o de clubs de lectura que, desde fuera, créanme, invitan al suicidio y se den a la bebida o, en su defecto, a la novela del oeste.

Me voy a inclinar por esta pese a saber (o tal vez precisamente por eso) que este será un post muy poco leído. Sería un logro que pasasen de la fotografía que lo encabeza. Si han llegado hasta aquí, sumarán dos puntos positivos que le haré llegar a vuelta de troleo. Si lo terminan, aportaré mis mejores deseos a sus planes de pensiones y juraré por mi santa madre no volver a matar a dentelladas a ningún lindo conejito. 

Llegamos a la hora de las tortas.

Pero la primera en la frente: han tenido que pasar seis vergonzantes años, seis, con sus días y sus noches, y sus trece horas de esparcimiento y sus decenas de malas películas y sus cientos de peores novelas para que haya encontrado yo un hueco para leer una novela de esta colección, como dice una amiga, tan viril porque, las cosas como son, aquí el perfil es eminentemente masculino de puro machista: recordemos cual era el público potencial del parque temático en aquella serie llamada Westworld. Y no digo nada, eh, que conste: yo también entiendo que si en cada puta novela que lees sobre el asunto la mujeres son siempre las que bajan la cabeza, curten el cuero y preparan el pastel de bisonte, y viendo lo complicado que está no ser feminista hoy, acabe uno por refugiarse en las soleadas playas del siglo XXI y su progresismo de plástico articulado.

Pero mira, bonita: no. Ni tan ajeno.

Todo es western, eh. Tú (o sea, tú, yo, el ser humano) te levantas por la mañana y desde que te afeitas o reconstruyes hasta que llegas al puesto de trabajo tras haber levantado, aseado, desayunado y llevado a los críos al cole, estás viviendo una aventura más propia de tramperos y cazadores de bisontes que del lego city life in the modern house en que te has convertido. Que levante la mano quien no cambiaría, siquiera una vez en la vida, siquiera una vez al año, siquiera una vez al mes o a la semana, una de esas mañanas de no poder ni hacer la cama por una jornada de puertas abiertas bajo cielos inmensos, pony alado si quieres y hasta espiga dorada entre los dientes no sin antes haberte dejado las uñas con el puto pedernal.

El western no es exclusivamente cosa de hombres como tampoco cierta literatura inglesa es exclusivamente cosa de lores. El western, y más concretamente este que trata temas tan ajenos como la imposibilidad de ser libre, la violencia, el imperialismo salvaje, la avaricia, la vejez, la ignorancia, la intolerancia y, sobre todo, ese permanente ser testigo del fin de una era, que parece que no salimos de una revolución para entrar en otra, es una cosa, si me apuran, de sentido común: nos recuerda no ya lo despreciables que somos como especie sino cómo hemos llegado hasta aquí: el magnífico rastro de cadáveres hemos dejado atrás. Y qué fácil es cometer el mismo error una y otra y otra vez.

Y es que Bajo cielos inmensos es, además de una magnífica novela de aventuras de hombres que viven bajo la luna vendiendo pieles a cambio de pintas de whisky y cruzando pasos de montaña sin una triste camiseta interior, un relato nada complaciente de la condición humana donde queda meridianamente claro que la única solución al problema en que nos hemos convertido pasa por la aniquilación total de la especie.

Ya ven que es una novela bien bonita.

Y les digo más: si tras leer este libro no se hacen inmediatamente un tipi en el jardín con piel de vaca lechera, varas de aglomerado y cuerda de pelo de polla, es que no han entendido nada.


martes, 27 de junio de 2017

Una aproximación a ZEBULON de Rudolph Wurlitzer [Trad. Irene Oliva]

Y digo aproximación con la boca pequeña y lo digo sin mucho convencimiento y lo digo un poco por decir y otro poco para evitar tomarme demasiado en serio una crítica que ni será crítica ni nada. Y no lo será porque Zebulon forma parte de ese grupo de novelas inclasificables cuya reseña no sabe uno bien cómo afrontar toda vez que la lectura ha resultado ser un tanto, digamos, sorprendente en la medida que decepcionante, incluso diría previsible o razonablemente decepcionante, a pesar de lo cual (a pesar de sospechar su condición de rara avis, se entiende) mi interés por ella fue total desde hace meses, cuando supe de su existencia y próxima publicación en Tropo, la típica editorial que de puro españófila no llega uno a tomarse demasiado en serio.

Para los desinformados les diré que Zebulon es, como bien insinúa la cubierta, un western; pero no contento con eso es un western psicodélico (contra dixit) e imprevisible (Tongoy dixit) más cerca de la también inclasificable Ciudad fantasma de Robert Coover que del Warlock de Oakley Hall o la melviliana y nunca suficientemente reconocida Butcher’s Crossing de John Williams. Para que se hagan una idea, hay quien habla de Pynchon cuando habla de Wurlitzer y de hecho el propio Pynchon fue en su momento por ahí diciendo a voz en grito que si NOG (la primera novela de Wurlitzer recientemente editada por Underwood, que ya es casualidad, también, pasar de la nada a la prácticamente todo) era no sé qué y no sé cuánto y que si iba a cambiar el mundo o reinventar la novela o volvernos a todos locos de puro pynchonismo. Pero no es su única peculiaridad. Se dice se cuenta se rumorea que la estupenda (o así la recuerdo) Dead man de Jim Jarmusch tiene su origen en el esbozo primero de Zebulon, motivo por el cual de repente Wurlitzer parece un genio oculto en un botella recién destapada.

Y bueno, mira, NO.

O SÍ, pero desde luego no gracias a Zebulón. Porque a una novela se le puede perdonar cualquier cosa —por no decir absolutamente todo— excepto que sea aburrida. Y Zebulon, lamento decirlo, lo es. Las aventuras y desventuras aquí descritas de un personaje que, por curpita de una mardisión, vaga entre el mundo de los vivos y los muertos o, más bien, vaga no sabe si vivo o muerto por su propio universo indescifrable, no ofrecen diversión ni acción suficientes que justifiquen sus más de trescientas páginas, por muchos tiroteos que haya, por muchos atracos a bancos, por mucho periodismo desinformado, por mucha mujer hermosa, por mucha bruja, por mucha familia desestructurada, por mucho barco prisión o por mucha huida o por mucho alcaide y mucho sheriff o por mucha leyenda que se forje o mucha recompensa que se pague; por mucho sabor a clásico, en definitiva, que empape sus páginas sin llegar nunca a mojarlas. Porque si no hay poco de garra, si no hay personajes carismáticos, si no hay algo más que niebla y desorientación, no hay nada que justifique avanzar. Y si lo hay, no es suficiente, al menos para un servidor, que sabedor de la existencia de novelas de género infinitamente mejores, lloraba amargamente la mala elección, no así la experiencia acumulada.

En definitiva y por aquello de no hacer más sangre de la estrictamente necesaria, Zebulon es una novela altamente (si he dicho altamente, ni puto caso, eh) recomendable para los amantes de rarezas, sueños o ensoñaciones o tránsitos entre la vida y la muerte mucho más que para amantes o buscadores de western puro y duro, el de toda la vida, aquel en el que la Frontera sigue siendo un estado mucho más físico que mental.


viernes, 16 de junio de 2017

Balance semestral [anticipado] de lecturas (2017.1)

Lo peor de pasarte a la reseña elogiosa (con esto no quiero dar a entender que eso es lo que le ha ocurrido en este santo blog pero tampoco puedo dejar de reconocer que es exactamente lo que parece) es que uno se queda pronto sin argumentos novedosos, no te digo ya chistes. Cierto: el “todo es una mierda” tampoco daba mucho margen a la innovación pero al menos se contaba con el respaldo de saber que, como decía no recuerdo quién, todo deporte es mucho más divertido si se practica con crueldad. 

Lo que quiero decir con esto es que lamento (es un decir) no pasar por aquí a dejar más perlas de sabiduría, pero las buenas lecturas, esto es, las buenas novelas, me tienen secuestrado y ya sólo quiero leer y leer y que me dejen en paz y ya volveré si vuelvo y si no que reviente todo.

Pero yo quería hacer balance.

Cuando empezó el año o cuando terminaba el anterior preparé, como siempre, una lista con todo aquello que quería leer sí o sí en 2017 pese a saber, sí o sí, que no sería una promesa fácil de cumplir. Era una lista relativamente pequeña, de 35 libros sobre un total anual estimado de 50, pero la intención era dejar espacio para todas las novedades que pudiesen ir saliendo, novedades de las que entonces no tenía constancia y que temía no poder, querer o saber evitar. En la lista figuraban muchos nombres ilustres tipo Thomas Mann, Thomas Wolfe, James, Nabokov, Atwood, Faulker, Tolstoi, Flaubert, Joseph y Philip Roth, Bernhard, Conrad, Dostoievski, Stendhal, Stevenson o Angela Carter.


Pero las cosas casi nunca salen como una las planea. Así como las promesas se hacen para no cumplirlas, las listas están para no hacerles ni puto caso. Es por ello que llegados a junio sólo he leído cuatro de los planeados (Luz de agosto, El ángel que nos mira, El cuento de la criada y días entre estaciones) a los que sumaría dos que serían relectura (los cursos de literatura rusa y europea de Nabokov). Lo peor no es eso, lo peor es que la lista, a día de hoy, ha variado ligeramente y ya incluye despropósitos tipo Los Miserables; Ulises; Contraluz de Pynchon (que me tiene, desde años, obsesionado); la Familia Real o la recién reeditada Europa Central de Vollmann; media colección Frontera de Valdemar amén de Henry James a cascoporro o, celebrando el aniversario de la revolución rusa, las más de dos mil páginas de El don apacible de Sholokhov.

Un feliz despropósito, como habrán visto, que tiene como origen el señor año que me estoy regalando pese al incumplimiento de contrato antes mencionado y gracias al cual he disfrutado lo indecible con casi todas las novelas (las cincuenta) que llevo leídas a día de hoy, entre ellas Meridiano de sangre, El ángel que nos mira, Pastoral americana, Luz de agosto, Suttree, En la frontera, Ada o el ardor, El camino del tabaco, La parcela de Dios, El villorrio, El libro más peligroso, varias de John Connolly o todas las de Raymond Chandler, de quien me acabo de leer, del tirón, las siete que tienen como protagonista a Philip Marlowe, una experiencia que debería prescribir la seguridad social de puro bien que le hace al cuerpo.

Pero yo no sería yo si no hiciese un poco de sangre.

Hablaba, al principio, de novedades. Decía que dejaba un espacio en el calendario, algo así como un treinta por ciento del total, para todo aquello susceptible de interés (la palabra clave es interés) que se fuese publicando. Si se fijan bien, verán, en la relación completa de lecturas de lo que llevamos de año, nada menos que diez libros publicados en 2017, ocho de los cuales son reediciones o novelas escritas en pasados más o menos remotos. Esto, definitivamente, no habla nada bien lo que se está perpetrando ahora mismo, y eso pese al esfuerzo que tantos y tantos críticos o blogeros o directamente autores, han hecho, en la feria de Madrid, para promocionar lo patrio por encima de todo, como si ahora una firma del escritor o una charla de cinco minutos con él fuese un valor que añadir un libro que la mitad de las veces no vale una décima parte del tiempo invertido en él.

Corren (desde hace tiempo, me temo) malos tiempos (todavía no imposibles, eh, no hagamos drama) para la literatura que se escribe actualmente, no ya en este país sino en general, y esto lo digo le pese a quien le pese y con toda la mala leche de la que soy capaz pero también con cierto (no todo, obviamente) conocimiento de causa. Se escriben novelas o relatos como quien escribe la lista de la compra y se eleva a la categoría de magisterio la primera soplapollez que nos viene a la cabeza y transcribimos tipo guiños privados ocultos entre las páginas de nuestra última obra maestra como que el nombre el gato es el acrónimo de mi plato favorito. Y eso, que no puede ser, está siendo y, no contento con eso, va camino de convertirse en marca. Nos gusta todo y nos vale todo pero nos gusta y nos vale por las razones equivocadas: no puede ser que una pupila imitadora, por más que lo sea por osmosis, de Eloy Tizón llegue a a no sé qué edición (que por qué lo llaman reedición cuando quieren decir reimpresión, pregunto) por más que tengan tiradas absolutamente miserables.

Dicho lo cual y aprovechando este delicioso anno fortunatus quiero romper en la cabeza de la industria editorial una lanza en favor de todo aquello que ya demostró ser y clama por un rescate en condiciones. Déjenseme de vainas y vuelvan a traducir, si quieren, y vuelvan a reeditar aquello que vale realmente la pena y vuelvan con ello a reeducar a quienes parecen haber perdido el norte, esa caterva de lectores conformistas que ya sólo merecen la total aniquilación. 





2017 en títulos

El nadador en el mar secreto de William Kotzwinkle (Navona, 2014)

Tardía fama de Arthur Schnitzler (Acantilado, 2016)

Carpe Diem de Saul Bellow (Seix Barral, 1968)

El gran Gatsby de Scott Fitzgerald (Sexto Piso, 1922)

Meridiano de sangre de Cormac McCarthy (Debolsillo, 2005)

El ángel que nos mira de Thomas Wolfe (Valemar, 2009)

Pastoral americana de Philip Roth (Debolsillo, 1998)

La muerte en Venecia de Thomas Mann (Navona, 2016)

Proust de Edmund White (Mondadori, 2001)

Días entre estaciones de Steve Erickson (Pálido Fuego, 2016)

El Maestro de Go de Yasunari Kawabata (Emecé, 2004)

Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig (Acantilado, 2001)

Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig (Acantilado, 2002)

Los vivos y los muertos de Joy Williams (Alpha Decay, 2014)

La felicidad de los pececillos de Simon Leys (Acantilado, 2016)

Los náufragos del Batavia de Simon Leys (Acantilado, 2012)

El mar, el mar de Iris Murdoch (Debolsillo, 2009)

Luz de agosto de William Faulkner (Debolsillo, 2010)

Suttree de Cormac McCarthy (Mondadori, 2004)

Gaspar Ruiz de Joseph Conrad (Yacaré, 2017)

La oscuridad exterior de Cormac McCarthy (Debolsillo, 2006)

El hielo en el fin del mundo de Mark Richard (Dirty Works, 2016)

En la frontera de Cormac McCarthy (Debolsillo, 2009)

Ada o el ardor de Vladimir Nabokov (Anagrama, 1999)

Golowin de Jacob Wassermann (Navona, 2015)

Estabulario de Sergi Puertas (Impedimenta, 2017)

El mosquito de Nueva York de Daniel Díez Carpintero (Sloper, 2016)

Schalken, el pintor de Joseph Sheridan Le Fanu (Yacaré, 2017)

Meaulnes el Grande, de Alain-Fournier (Alianza, 2012)

No, no soy en absoluto un excéntrico de Glenn Gould (Acantilado, 2017)

El camino del tabaco de Erskine Caldwell (Navona, 2011)

La parcela de Dios de Erskine Caldwell (Navona, 2008)

Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain (Bambú, 2010)

El villorrio de William Faulkner (Debolsillo, 2016)

La familia Carter de Frank Young (Impedimenta, 2017)

Padre e hijo de Larry Brown (Dirty Works, 2017)

El libro más peligroso de Kevin Birmingham (Pop Ediciones, 2016)

El cuento de la criada de Margaret Atwood (Salamandra, 2017)

Huracán en Jamaica de Richard Hughes (Alba, 2017)

sylvia de celso castro (Destino, 2017)

Voces que susurran de John Connolly (Tusquets, 2011)

Cuervos de John Connolly (Tusquets, 2012)

No hay bestia tan feroz de Edward Bunker (Sajalin, 2009)

La hermana pequeña de Raymond Chandler (RBA, 2009)

El sueño eterno de Raymond Chandler (RBA, 2009)

Adiós, muñeca de Raymond Chandler (RBA, 2009)

La ventana alta de Raymond Chandler (RBA, 2009)

La dama del lago de Raymond Chandler (RBA, 2009)

El largo adiós de Raymond Chandler (RBA, 2009)

Playback de Raymond Chandler (RBA, 2009)


miércoles, 31 de mayo de 2017

“La hermana pequeña” de Raymond Chandler (Trad. Juan Manuel Ibeas)

En lo que va de año mis socios capitalistas y yo hemos hecho muchas cosas. Para empezar, hemos dejado atrás viejos vicios y más viejos aún malos hábitos tipo leer literatura española, a excepción de la decepcionante colección de relatos de Sergi Puertas, de la que ya hemos hablado; de la también más que floja antología de Daniel Díez Carpintero editada por Sloper y de la correcta —esta vez simplemente correcta pero que igualmente se sitúa por encima de la media— novela de celso castro. Y la hemos dejado, a nuestra amada literatura patria, por puro hartazgo. Hartos hemos acabado de búsquedas infructuosas de buenas novelas; hartos de clamorosos éxitos de novelas mediocres (léase Aramburu, si les place) pero hartos, sobre todo, de las mentiras de unos y las mentiras de otros y de soplapolleces varias tipo recomendar entusiastamente, —perjurar , incluso, que se ha gozado— la novela de un manifiestamente mal escritor por la única y despreciable razón de que ese manifiestamente mal escritor va a sacar al nuevo y ahora manifiestamente mal crítico literario de la red (clientelar, parece) en un documental que rinde «homenaje a todas aquellas personas que han puesto en marcha actividades fuera de los circuitos más tradicionales». Me estoy refiriendo, por si no se habían enterado, a Sergio del Molino y su gozo indescriptible a la hora de leer a su nuevo mejor amigo el documentalista David Trueba aprovechando que también él será, en breve, [in]digno de elogio. Queda inaugurado el hashtag #chupchupchup.

Pero dejemos a un lado estas maldades que desmerecen mi nueva y mejorada imagen de estar por encima de todo.

Decía al comienzo del post que hemos hecho, mis socios capitalistas y yo, muchas y muy buenas cosas. La primera, ya lo he dicho, ha sido dejarnos de mierdas, lo que nos lleva directamente a la segunda, que no ha sido otra que volver. Volver, sí, tan sencillo como eso: hemos vuelto a Faulkner, hemos vuelto a McCarthy, hemos vuelto Conrad, hemos vuelto a Twain, hemos vuelto a Atwood, hemos vuelto a Connolly y ahora, superando lo insuperable, hemos vuelto (muchos, tanto años después) a Chandler, Raymond Chandler, y más concretamente a Marlowe, Philip Marlowe, «terminado en e, para que quede más fino».

Y somos muy felices, sobre todo por esto último. No, no es verdad: sobre todo no, pero casi.

La elegida fue La hermana pequeña. Las razones por las que uno decide leer un libro y no otro son siempre muy aburridas de modo que las voy a ahorrar. Baste decir que, además de habérmelo recomendado vivamente, era, de las siete u ocho novelas dedicadas al personaje, la única que sabía con absoluta certeza que no había caído nunca en mis manos.

El resto del post, esto es, lo que debería ser la reseña y no este eterno divagar, podría ahorrármelo perfectamente. Si han leído ustedes a Chandler sabrán a qué me refiero. Si no ha sido así, tal vez deberían dejar de perder el tiempo con este post y con la chorrada en la que estén inmersos ahora (a excepción, claro, de David Trueba), irse a la librería, a la biblioteca o, en el mejor de los casos, a la estantería del fondo, y sumergirse en la lectura de cualquier otra novela de Chandler, preferiblemente un Marlowe y preferiblemente este, qué coño, ya que estamos.

En La hermana pequeña está todo lo mejor que uno puede esperar de Chandler. Y cuando digo todo, quiero decir TODO, incluyendo los mil y un tópicos del género negro, especialmente los mil y un tópicos del género negro: desde la mujer fatal número uno a la mujer fatal número dos, a la tres, pasando por tiroteos, desaparecidos, reaparecidos, un rastro de cadáveres, de pistas, de policías sin sentido del humor, de toneladas de diálogos rápidos, chispeantes, ingeniosos, hilarantes. De misoginia.

«—Ah, señor Marlowe. Llevo horas intentando localizarle. Estoy tan nerviosa. Yo…
—Mañana por la mañana —contesté—. La oficina está cerrada.
—Por favor, señor Marlowe… sólo porque perdí los papeles un momento…
—Mañana por la mañana.
—Pero es que tengo que verle. —La voz no llegaba a ser un chillido, pero por poco—. Es importantísimo.
—Ajá.
La voz hizo un pucherito.
—Usted… me besó.
—Desde entonces he dado besos mejores —dije.
A la mierda con ella. A la mierda con todas ellas».
Me pillan de subidón por lo que ahora mismo pienso, estoy convencido, de que en toda la historia de la literatura (llamémosle) negra no hay mejor escritor que Chandler; ni mejores historias ni mejores personajes que las suyos. No hay mujeres más duras, ni más dulces, ni más hermosas ni más fatales. No hay enredos mayores, ni detectives mejores, ni más duros, ni más feos que Marlowe; a ninguno como él al que le sienten mejor los besos, las bofetadas, los primeros planos o los terceros grados; a ninguno, como a él, se le desmaya una mujer entre los brazos. Ninguno enciende mejor un cigarrillo.

O bien pueden leer a Trueba o ver su documental y alcanzar, como le ha ocurrido al de la España hueca, una especie de gozo que, al menos en su caso, parece nacer más del interés que de las entrañas. Pueden ustedes probar, si quieren, o bien pueden fiarse de su instinto y gozar de verdad, con literatura de verdad y no con subproductos típicos de la zona.

Porque, reconozcámoslo: la literatura, la buena literatura, la mejor literatura, ha muerto y ya sólo nos queda, si no queremos renunciar a ella, mirar al pasado. A Raymond Chandler, por ejemplo. A Philip Marlowe. A La hermana pequeña.

Me puedo equivocar, pero sería la primera vez.