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viernes, 18 de septiembre de 2015

‘Ve y pon un centinela’ de Harper Lee

«Eres un cobarde, además de un esnob y un tirano, Atticus. Cuando hablabas de justicia olvidabas decir que la justicia es algo que no tiene nada que ver con las personas». Scout, a papi.

Lo siento, pero no me creo que esta fuese aquella novela que Harper Lee aseguraba guardar celosamente en un cajón. Ya saben: cuenta la historia que Harper Lee escribió una novela que no pudo colocar porque a ningún editor le gustó. Se habla de diez, pero bien podrían haber sido cien, los editores que dijeron nanai, yo por esto no paso. Sus razones tendrían (lo siguiente debería ser un documental o libro de entrevistas sobre este particular). El caso es que malo sería pero algo tendría que le dijeron que tirase por ahí, que rascase un poquito, lo que dio como resultado el archiconocido Matar a un ruiseñor que es una novela absolutamente genial que, más que tratar sobre el racismo, trata sobre el paso del tiempo, que es una cosa que nunca pasa de moda.

Recordemos: en la novela un blanco “bueno” defiende a un negro “malo”, básicamente. Esto no hace mucha gracia en el microcosmos por el que se mueven los personajes, una pequeña población retrógrada y racista, pero sirve a la protagonista, Scout, una niña lista como un ajo e hija del leguleyo, para aprender algunas cosas de la vida, tipo no ser una hija de puta y tal.

Lo que importa: Matar un ruiseñor: taquilla que toca, taquilla que revienta.

Entonces nos dicen: ¡hemos encontrado la novela de Harper Lee! (perdón, no lo dije: la habían perdido). Recuperamos la ilusión, somos felices, inocentes, ingenuos. La emoción de volver a saber de Atticus, tan bueno y tan dulce todo él, y la de recuperar o resucitar, al Gregory Peck, que mira que era guapo ese chico. Porque conviene tener esto claro: no sé qué sería de Atticus sin Peck, ese ingrediente que potencia el sabor. Seguramente poco más que nada. 

Pues bien, en la presecuela (uno no sabe cómo llamara esta cosa) la niña linda, ahora de taitantos, vuelve al hogar a pasar unos días. Allí se encontrará con su pretendiente, abogado, también, como papi, y con su tía, clásica arpía de las películas de Bette Davis que vive entregada en cuerpo y alma al cuidado del buen hermano. Y San Papá, claro, es decir, Atticus Finch, mi padre, mi héroe.

Ya todos los sabrán pero en Ve y pon un centinela Atticus es un jodido racista de mierda. Eso sí que es un palo y no lo de Moisés. Nos metemos en nuestro papel y primero no nos lo creemos y segundo nos rasgamos las vestiduras, juramos en arameo y planeamos una decapitación a señora mayor por pecado imperdonable. Nos salimos tanto de madre que ya da igual que hayamos o no leído el libro: directamente lo devolvemos o fantaseamos con la idea de meterlo por lugares estrechos y oscuros. Da igual que sea bueno o malo, que la portada o la calidad del papel dejen tanto que desear. Nada de eso importa. Lo que sí importa es que nos han querido hacer trizas un ideal de metro noventa.

«Había sucedido todo tan deprisa que aún tenía el estómago revuelto. Dio un profundo suspiro para calmarlo, pero no se estaba quieto. Sintió que regresaban las náuseas y bajó la cabeza. Por más que lo intentaba no podía pensar. Solo sabía una cosa y era esta: el único ser humano en el que había confiado absolutamente, con toda su alma, le había fallado. El único hombre que había conocido al que podía señalar y decir con pleno conocimiento de causa: «Es un caballero. Es un caballero de corazón» la había traicionado, públicamente, groseramente y sin pudor alguno».

La novela, las cosas como son, no es una buena novela (que es otra forma de decir que es más mala que el hambre). Pero no es mala porque Atticus ahora sea malo (racismo caca), al fin y al cabo uno puede cambiar de parecer (hay tanta izquierda de derechas) o hacer evidentes opiniones que hasta entonces había mantenido ocultas por, no sé, lo que sea, como que una niña no podría entenderlo o algo. 

«¿Qué desgracia era aquella que había caído sobre las personas a las que amaba? ¿La veía acaso en toda su crudeza porque había estado lejos? ¿Había ido filtrándose poco a poco, a lo largo de los años, hasta ahora, o lo había tenido siempre delante de las narices y no lo había visto? No, eso no. ¿Qué era lo que hacía que un hombre corriente gritara inmundicias a pleno pulmón? ¿Qué hacía encallecerse a personas que eran como ella hasta el punto de decir nigger cuando antes aquella palabra nunca había salido de sus labios?»

Atticus está perdonado, si quiere, pese a dar tanto asco (ahora) pero la novela es mala porque la novela es aburrida y porque más allá de mostrar un Atticus racista no muestra nada. En Matar un ruiseñor una niña se hace mujer. En Ve y pon un centinela una mujer entrevista a familiares y pasea con su novio a la luz de la luna. Y uno se aburre tanto, pero tanto tanto tanto, durante la primera mitad que cuesta imaginar una razón para pasar de la página cien a la ciento una que no sea ver a Atticus confesar lo inconfesable. Resulta insoportable ese ir y venir de vieja de ochenta a los treinta; ese hundirse en el tedio durante demasiado tiempo con historias que, una vez terminado el libro, descubrimos que no aportan absolutamente nada a la historia que cuatro listos nos han querido vender.

No es una novela sobre el racismo; es una novela sobre un racista. Es una precuela que sólo funciona como secuela. Es oportunismo puro y duro. Es: Mire, Harper, el cinco por ciento de dos millones de ejemplares vendidos son muchos dólares. Ya, pero mi reputación… la posteridad…, responde ella aterrada. Señora, no joda, —aquí editor sin escrúpulos haciendo de las suyas— lo suyo no es normal: lo que no disfrute ahora se lo comerán los gusanos. Y… tiene usted razón; dele.

Desde la epifanía (Scout descubriendo el Gran Mal por culpa de un libro que se encuentra por ahí) toda la novela es ella, que ahora tiene nombre de mujer, lamentando profundamente su mala suerte y llorando amargamente lágrimas de ingenuidad por las esquinas…

«Ciega, eso es lo que estoy. Nunca he abierto los ojos. Nunca se me ha ocurrido mirar en el corazón de la gente, siempre he mirado solamente sus caras. Ciega como una piedra... Y el señor Stone... El señor Stone puso ayer en la iglesia un centinela. Debería haberme dado también uno a mí. […] Necesito un centinela que dé un paso adelante y proclame ante todos ellos que veintiséis años es mucho tiempo para gastarle una broma a una, por muy graciosa que sea».

… mientras se entrevista con uno y otra tratando de entender qué demonios ocurre, qué era aquello que pasó por alto y cómo no supo verlo a tiempo:

«Tú no te das cuenta de lo que está pasando. Hemos sido buenos con ellos, hemos pagado sus deudas y les hemos dado dinero para pagar la fianza y sacarlos de la cárcel desde que el mundo es mundo, les hemos dado trabajo cuando no lo había, les hemos animado a mejorar, los hemos civilizado, pero querida mía... esa capa de civilización es tan fina que un puñado de negros yanquis pagados de sí mismos puede echar por tierra el progreso de cien años en cinco...».

El combate final, directamente con Atticus (una razón más para creer que esta novela tiene menos de rescate de lo que se dice por ahí) pone los puntos sobre las íes y descarta toda posibilidad de malentendido: Atticus es racista. Punto. Mira que bien te la he jugado, pollo.

«— ¿Quieres que haya negros a montones en nuestras escuelas, en nuestras iglesias y nuestros cines? ¿Los quieres en nuestro mundo?
—Son personas, ¿no? Estuvimos muy dispuestos a importarlos cuando nos hacían ganar dinero.
—¿Quieres que tus hijos vayan a una escuela que haya bajado el nivel para integrar a niños negros?»



jueves, 10 de abril de 2014

“Matar a un ruiseñor” de Harper Lee

O venir a descubrir la pólvora.

Se pregunta uno qué sentido tiene, a estas alturas de la película (valga la redundancia) recomendar o simplemente comentar clásicos reconocidos como este. Si vale realmente la pena perder el tiempo en la obviedad de quitarse el sombrero.

Pero sí, claro.

Por ser de sobra conocido no deberíamos perder el tiempo con el argumento, pero aquí tenemos nuestras manías a la hora de escribir reseñas. La acción tiene lugar en el sur de Estados Unidos durante la época de la depresión (treinta, treinta y pico). Ya saben: polvo, hambre, racismo, clasismos, nuestro señor Jesucristo. La narradora es Scout, una niña de unos seis años de edad, que tiene una visión ácida, divertida y extremadamente inteligente de lo que sucede a su alrededor. (Seguramente demasiado ácida, divertida e inteligente para una niña de su edad, pero he ahí el truco del almendruco y, supongo, parte de la razón del éxito de la novela: esa mezcla de memorias que se escriben desde la madurez adoptando el punto de vista infantil; ese ir de narrador inocente pero no hacer el menor esfuerzo por disimular.)

«Para Maycomb […] era típico de un negro huir de pronto, corriendo. Típico de la mentalidad de un negro no tener plan, no haber formado un proyecto para el futuro, sin correr ciegamente a la primera oportunidad que se le ofrecía.»

Y qué sucede a su alrededor. Pues a su alrededor sucede, básicamente, la vida y puesto que aquí no tenemos tiempo para contarla toda, vamos a simplificar y a hablar de una novela que tiene el fin de la infancia como tema principal y, de fondo, uno de corte racial. ¿O era al revés, el racismo como tema y la infancia a modo de acompañamiento? 

«—¿Cómo han podido hacerlo; cómo han podido? —No lo sé, pero lo han hecho. Lo hicieron en otras ocasiones anteriores, lo han hecho esta noche y lo harán de nuevo, y cuando lo hacen... parece que sólo lloran los niños.»

Cualquier persona con dos dedos de frente ha leído esta maravilla de novela. Cualquiera con uno, ha visto la película. Yo, ahora, soy de los primeros. Ahora. No tengo otra excusa que la peor, ya saben: si he visto la película para qué voy a leer el libro. Ese tipo de estupidez. Hay otros libros sometidos al mismo castigo o similar. No es un mal año para ponerle remedio.

Confesiones a un lado y volviendo a la reseña, hablábamos (y si no lo hacíamos lo hacemos ahora) de racismo, que es un tema siempre de rabiosa actualidad. Otros temas de rabiosa actualidad que también están en la novela: la infancia, ya lo dijimos, magníficamente representada en una primera parte cargada de elementos nostálgicos, con su imaginación, sus miedos, sus hazañas, sus cosas del día a día, esa guerra que es el patio del colegio, ese micromundo plagado de cataclismos. Más cosas: apariencias de clase; integridad. Personajes con valores enfrentados a otros absolutamente amorales, la cultura frente a la ignorancia (de hecho los protagonistas, personajes honestos y tolerantes, son lectores apasionados, diríase voraces).

Pero al margen de afinidades espirituales o la simpatía que uno pueda tener por determinadas historias, hay un ejercicio de estilo absolutamente genial, hay un libro cómplice, que se deja querer, que es todo empezar y no saber dejarlo. Y hay, sobre todo, una cosa que no suele verse: un personaje evolucionando de un modo natural.

«La Mansión Radley habla dejado de aterrorizarme, pero no era menos lúgubre, menos helada debajo de los grandes robles, ni menos repelente.»

«Todos los niños de los Estados Unidos leen el libro y ven la película en sus primeros años de secundaria y escriben redacciones al respecto», dice Wikipedia que dice la viuda de Gregory Peck. Y será verdad, aunque eso no quita para que luego se criminalice igualmente la raza, que parece que no siempre germine la semilla de la tolerancia. Y, bueno, en fin, que sí, que mi voto por incluirlo como lectura obligatoria a los doce o trece o los que sea siempre que no sea demasiado tarde. Y ya luego lo que sea, que tampoco será plan de echarle la culpa del hijoputismo a una mala lectura de la novela de Harper o a que no te gusten las películas en blanco y negro.


Bromas aparte, una más que magnífica novela.