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lunes, 24 de octubre de 2011

"La niña que amaba las cerillas" de Gaetan Soucy

Hoy les voy a hablar, brevemente, de un libro que leí hace mucho tiempo. No hay ninguna razón especial para que venga yo ahora con estas: no es que quiera volver a leerlo (que sí quiero), ni que haya salido en una conversación reciente (que sí ha salido), ni que me haya pasado toda la última semana acordándome de él (aunque así ha sido). Simplemente me parece que llevo demasiado tiempo cometiendo la injusticia de no hablar de una de las mejores novelas que he leído en los últimos años

La narradora tiene dieciséis años y es mujer. Esto para todos tan normal no lo es tanto para ella pues hasta muy avanzada su vida no descubre que en realidad no es un varón sin cojoncillos sino una fémina de cuerpo entero. Creer algo así y que salir del error no suponga un trauma atroz puede dar una idea de la peculiar situación en que se encuentran los personajes cuando arranca la novela, que es exactamente así de genial: 

Mi hermano y yo tuvimos que hacernos cargo del universo, pues una mañana, sin avisar, poco antes del alba, papá entregó su espíritu. Sus despojos crispados en un dolor del que sólo quedaba la corteza, sus decretos de súbito convertidos en polvo, todo eso yacía allí, en el cuarto desde el cual papá todavía la víspera nos ordenaba todo. Mi hermano y yo necesitábamos órdenes para no borrarnos por trozos, era nuestro mortero. Sin papá nada sabíamos hacer. Apenas podíamos vacilar, existir, temer, sufrir. 

Hay reseñas que se escriben solas y con las que el único cuidado que hay que tener es el de no pasarse con los elogios porque se prestan mucho al exceso y porque aunque uno no persigue la objetividad tampoco quiere hacer tragar a nadie con ruedas de molino o gustos particulares (no es el caso) aunque esta sea de las pocas novelas que no temo recomendar a cualquiera, independientemente de lo exquisito de su paladar. No es fácil que ocurra pero de momento nadie se ha sentido estafado. Decía que hay reseñas que se escriben solas porque lo cierto es que basta salpicarlas un poco con varias citas para que ellas mismas se ocupen de suscitar interés y dar pie a unas expectativas que (insisto) me extrañaría mucho que no acabaran siendo satisfechas (y de ahí que hoy me dedique yo precisamente a eso: a salpimentar) . 

Un día padre sorprendió a hermano que estaba metiendo el dedo en la confitura de pepinillos en un momento en que no convenía sustentarse: cogió el mazo, así se llama eso, y golpeó tan fuerte que hermano estuvo luego tres días en cama gimiendo por el destino que le había hecho nacer todo así revestido de su futuro despojo. Padre lo cuidó concienzudamente, y besos y arrumacos. ¿Y yo? 

Al respecto del asunto más que evidente de lo peculiar de la prosa sólo puedo decir que mejora a medida que nos vamos acostumbrando (cosa de dos minutos) y que acaba haciendo de este libro una auténtica fiesta para los sentidos (no todos, claro). Mención especial para el traductor por la que ya supongo ardua tarea. También creo necesario destacar que el lenguaje utilizado no es en absoluto gratuito: aquí todo tiene una razón de ser, pero lo bonito es descubrirlo por uno mismo.

Antes de topar con la ética de spinoza, de la cual no entiendo ni un jota y que puede encenderte hasta la ropa, me planteaba cantidad de preguntas que hoy, que soy ilustrada, me parecen inútiles y lastimosas, pero que me volvían a pesar de todo el espíritu mientras velaba los asombrosos despojos de padre e intentaba precisar la situación del universo a mí y mi hermano. 

La única parte injustificable (por ponerle algún pero) de la novela sería aquella que tiene que ver con la aceptación por nuestra parte de cómo llega el lector a enterarse de la historia ya que se supone que estamos frente a un manuscrito que, sin entrar en muchos detalles, no deberíamos ser capaces de leer. No es que no se lo quiera contar porque sea un cabrón sino porque la explicación tiene su aquel y sirve además para justificar otro hecho que bajo ningún concepto debo desvelar porque tiene que ver con el final de la novela. 

Con todo este rollo he olvidado de contarles de qué va aunque no sé si a estas alturas importa, voy a creer que sí. Bien, pues dos adolescentes viven en una granja tan abandonada como se puedan ustedes imaginar y al morir repentinamente su padre y no teniendo madre a la que aferrarse se quedan más solos que las dos. Como hay que enterrarlo (esto no le decido yo) sale uno de ellos por vez primera al mundo en busca de un ataúd con el que dar pertinente sepultura mientras el otro se queda cuidando lo que sea que guardaba su padre con tanto celo en el granero y que es requisito imprescindible para disfrutar la novela que nadie les diga de qué se trata. 



Aquellos que sientan interés y no quieran gastarse los euros para salir de dudas tienen gran parte de la novela disponible en Google Books. Aquí: La niña que amaba las cerillas