Mostrando entradas con la etiqueta Roberto Enríquez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Roberto Enríquez. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de diciembre de 2012

“Mansos” de Roberto Enríquez (Bob Pop)

Mansos” tiene unas 115 páginas. Es decir, de momento: novelita. Y ya veremos. (Sale ganando: la alternativa es novelucha y malintencionadas variaciones.) Pues bien, en la página 44 todo lo que ha ocurrido es que un hombre de treinta y tantos, obeso y homosexual, entra, después de una juega y en plena borrachera, en una sauna en la que extravía o le roban un bolso Hermés color naranja. La clave estaría en “todo lo que ha ocurrido”. Quiero dar a entender que casi la mitad del libro no debería ser únicamente eso. No, no debería. Poco después, cerca de la página noventa, pensé exactamente lo mismo. Malo que una novelita tan chiquitina como esta tenga tan poco que contar, tan poco que decir, sea tan parca en argumentos y aún así le sobren (porque le sobran) verborrea y parrafadas de información inútil. Ejercicios gimnásticos tipo esto: 

[…] presiona con fuerza el grifo de la ducha y se deja empapar, bebe y escupe, se separa las nalgas con las manos para dejar correr el agua entre ellas, y después coloca su cabeza bajo el grifo mientras se sirve jabón del dispensador de la pared que, casi vacío, escupe el gel blancuzco en diminutas dosis aguadas que Mateo va acumulando en la palma de su mano, lejos del agua que cae, hasta que cree que es bastante y comienza a enjabonarse, primero del mismo modo en que lo haría cualquier mañana, antes de salir de casa, después, cuando reacciona, en un orden distinto, en el orden del asco: primero entre las nalgas, después la polla, el pubis, estómago, axilas, pecho, axilas, de nuevo entre las nalgas, más profundo. Más gel, más, más, más, más. La polla, el pubis, dentro de los muslos, los muslos, el pecho, la barriga. 

Es evidente que ocurre algo más de lo que estoy insinuando. En las novelas, por muy poca acción que incluyan y a excepción, seguramente, de alguna que otra, siempre ocurre algo más. En mi optimismo tiendo a creer que donde un personaje interactúa con otro queda siempre un resto de algo. En la novela de Enríquez los restos son de semen, mayormente. A ver, que se lo explico: el protagonista, Mateo, un hombre gordo y borracho (por ese orden) entra en una sauna que es descrita pormenorizamente a modo de favor personal a todos aquellos que acostumbran y sienten curiosidad. Se nos describe la calidad y la cantidad de las habitaciones e incluso la situación geográfica de unas respecto a otras así como la estratégica disposición de los espejos en los pequeños habitáculos destinados a fines no exactamente reproductivos. Bien, a mi esto me parecería de puta madre si la novela fuese un Larousse de Saunas o un Manual de enjabonado poscoital pero creo que no es así; creo que, por el título, debe ir de Mansos, esto es, de señores gordos y acomplejados que entran en saunas y pagan cuarenta euros por ser follados por hombres que, como es el caso, les dicen a oído “qué mansos os volvéis cuando os follamos”. La mansedumbre que da la vergüenza de ser un gordo miserable así como toda la reflexión inherente al traumatismo en cuestión. Una gran enseñanza, qué duda cabe. Novelas que cambian la vida del lector. 

Enríquez se “presenta”, entre comillas, (presenta, porque esta es su primera novela y entre comillas porque no es lo primero que escribe), como un buen descriptivista, lo cual tiene la importancia que tiene, sin ser esta tanta como puede dar a entender el hecho de comentarlo en un párrafo aparte. Pero así es: se puede ganar bien la vida, Enríquez, ejerciendo de tal. Ese es el único mensaje claro que transmite la novela. El resto es humo, un chiste, una broma sin maldita la gracia; algo que se puede contar en el tiempo que se tarda en fumar un cigarrillo; un ejercicio orientado a desarrollar las propias habilidades narrativas, un hecho, este que hasta que se puso de moda publicarle a todo el mundo su primera novela estaba subvencionado por La Propia Familia. Ya no. Ahora somos nosotros, los lectores, quienes becamos, con nuestras pequeñas aportaciones de quince euros el ejemplar, a escritores que escriben anécdotas hipervitaminadas que tienen lugar en saunas en las que roban las pertenencias de chicos que tardan más de seis horas en dar con la solución al problema. 

Que digo yo si no habrá otra puta cosa de la que hablar que del follar de unos con otros y traumas subsiguientes. 

Y me gusta, me gusta mucho, folla muy bien, muy bien, me gusta, me gusta mucho, tanto que pierdo el miedo a cagarme encima; cuando el placer es tanto se pierde el asco (no es asco; no siento asco de mi propia mierda: es vergüenza, pudor; sí, me avergüenzo de mi mierda). Es ahí donde se confunden el amor y el sexo: en que nos hacen perder el asco y el pudor. Limpiaría la mierda de alguien a quien amo sin sufrir arcadas, cruzaría un mar de algas para salvarle de ahogarse en el mar. Aunque me repugna la mierda ajena y el roce de las algas cuando nado en el mar me hace vomitar.