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viernes, 5 de diciembre de 2014

“Los últimos” de Juan Carlos Márquez

Que en este país tenemos un problema con la calidad, empieza a ser evidente; que lo tenemos con la imaginación, parece que también. 

La novela que hoy nos ocupa trata sobre la lucha por la supervivencia, que es una cosa tan original que lleva de moda como setenta años en la literatura y cien mil en la naturaleza. Si no te cae un meteorito, se llena el planeta de tierra, polvo, ceniza o hielo o se te mueren las lechugas y si no es eso es un virus que deviene en pandemia o los muertos que reviven o que se retrasa otra vez la edad de jubilación. En alguna parte hay un catálogo de desgracias al que los escritores de género recurren cada vez que piensan publicar un libro; esto da como resultado tropecientos mil novelas idénticas en las que lo único que cambia es el nombre del barco en el que los protagonistas se refugian para echar el polvo de las tres. Curiosamente, por alguna misteriosa razón (de esas que tanto les gustan a ellos) toda esta gente a la que, en un arrebato de generosidad, llamaremos escritores, no se acusan los unos a los otros de plagio, no se denuncian ni se dan palizas por la calle. Al contrario: aceptada su falta de originalidad, se reconocen mutuamente los méritos, caso de haberlos. Dicen: gracias a fulanito, zutanito y menganito que han sido fuente de inspiración, ayuda y ha dirigido, desde el cielo en que habita, mis pasos. Y después llega el listo del editor y menta, en la faja o contraportada (ya no las distingue uno, la mitad de las veces) a la madre del cordero y a Philip K Dick, Ballard o John Windman. Y tan anchos. Después sólo queda esperar que suene la flauta y, promoción editorial mediante, se te haga el libro famoso, que del resto ya se ocupa la falta de criterio de la gran mayoría de los lectores de género y la ignorancia del vendedor de libros (casi se me escapa la palabra librero) de El Corte Inglés, como aquel que, recomendaba hace apenas unos días los libros de Dolores Redondo como lo mejor que se hacía actualmente en materia detectivesca: vea, si no me cree, decía, que van por la 24ª edición, que como prueba de la estupidez general es irrefutable. Pero hablábamos de Juan Carlos Márquez y su último libro: Los últimos que, como prueba de falta de imaginación, también.

La cosa, ya se imaginarán, va del fin de mundo. 

Algo hace bluf o chis o paf o fiu, una luz cegadora (un disparo de nieve), fulmina todo lo que pilla al sol del membrillo, dejando como únicos supervivientes aquellos a los que ese día no les tocaba sacar el perro. Siendo yo chaval había un comic en el que esto mismo, o parecido, le pasaba a quienes en determinado fatídico momento no tenían la suerte de estar bajo el agua. A partir de ahí, en la novela de Márquez, la vida ni es vida ni es nada y andan todos con bombonas de oxígeno y mascarillas y peceras en la cabeza. Y todo bien hasta que mal, que es más o menos cuando los humanos empiezan a mutar y acaban todos zombies perdidos dándose al canibalismo más extremo. De ahí a correr delante de los walkingdead de turno y rendir tributo a Cormac McCarthy hay un único paso que el amigo Márquez da con una ligereza pasmosa. Como estará de mal la cosa que nuestro grupo protagonista pone rumbo al planeta Marte, toda vez que éste se ha convertido en la última esperanza de la exigua humanidad. Allí también pasan cosas, pero si cuento más detalles me denuncian fijo.

La novela tiene forma de diario. El protagonista deja por escrito, unos días sí y otros días no, aquello que puede ser de interés general para generaciones venideras. Por ejemplo: 

«La radio dejó anoche de emitir. No hubo consejos ni listas de supervivientes. Solo la repetición de Have I told you lately that I love you, de Van Morrison. La misma canción una y otra vez. Tras eso, silencio».

Y gracias que no era Camela. Pero no, claro, esto (siendo esto la acción) está necesariamente ambientado en Estados Unidos o a estas alturas ya estaríamos sin novela, que aquí naves espaciosas no tenemos. Esa es otra: como estará de mal la literatura en este país que no la queremos ni de música de fondo.

El caso es que siendo como es la novela un visto y no visto (pocas páginas, entradas cortas de diario y otras cosas tan-de-ir-al-grano) el resultado es inevitablemente una producto ágil que juega a satirizar el género de la ciencia ficción, llevando al extremo de lo [in]creíble todas aquellas posibilidades a las que otros muchos escritores dedican, han dedicado y sin duda dedicarán cientos y cientos y miles y millones de páginas. Esto lo digo como un cumplido. Si no vas a aportar gran cosa, al menos no obligues al lector a perder demasiado tiempo. 

Pero.

Pero mezclar argumentos, por más que estos pongan en evidencia o ridiculicen los tópicos del género, no demuestra imaginación sino cierta habilidad para la macedonia.

Resumiendo: novela entretenida, más bien gracias a su estructura que a su argumento, que deja al lector unas veces con ganas de más y otras veces con ganas de menos pero que en general pasa por el cerebro lector sin pena ni gloria, siendo el entretenimiento de un sábado noche a la vez que una pieza, un engranaje más de esa inmensa maquinaria que se retroalimenta y fabrica subproductos y genera, también, residuos en forma de reseñas que hablan de escritores de referencia y novelas ejemplares y otras cosas, sí, del querer.



viernes, 31 de octubre de 2014

Resumen de Lecturas OCTUBRE 2014 [Versión extendida] [3ª parte]

Tercera y penúltima entrega de este resumen ampliado de lecturas de octubre. Ha sido un largo mes.



Los últimos de Juan Carlos Márquez

Bueno, Los últimos. A ver.

Yo les cuento un poquito del argumento y ya ustedes sacan sus propias conclusiones. Atentos:

El fin del mundo (o al menos el mundo tal como lo conocemos). Por razones equis, en un futuro que supondremos lejano y sabemos imperfecto, un fogonazo de luz, acompañado de un calor abrasador, barre de la faz de la tierra (fulmina, literalmente) a todo ser humano, bicho o arbusto que no pilla con las persianas bajadas. Esto deja la cosa social tan mermada que casi se vuelve a poner de moda el incesto. El caso es que esa luz terrible acaba también con el oxígeno, pero no pasa nada porque quitando los langostinos todo el mundo lleva su mascarita y bombonas y tienen recambio para rato y además está el gobierno como loco trabajando en una nueva línea de metro que los va a sacar a todos del apuro. Esto, como historia, en fin, podía estar algo más trabajado, pero se va aceptando como gamberrada y se deja pasar. 

El caso es que un día llegan los mutantes, que son como zombis sin mal aliento pero muy malas pulgas por lo que un grupo de gente de una urbanización que ha sobrevivido tiene que salir por patas para que no se los coman. Igualito que En la carretera de McCarthy pero sin esa pena por el crio ni la nostalgia por la Coca-Cola. Mal rollo cuando empezamos con los paralelismos o los parecidos razonables o las fuentes de inspiración. Pero claro, como es una gamberrada, te tienes que reír y hacerte el tonto y dejarlo pasar. El humor es lo que tiene: no explota la mala hostia del crítico.

Después de esto pasan más cosas que tienen que ver con Marte, el sexo y la wikipedia, pero ya no se lo cuento, uno, para no estropearles la sorpresa (o como sea que se llame eso que se espera de nosotros) y otra porque es tan chiquito el libro que si digo una cosa más ya lo cuento todo y no es plan.

Hasta aquí, la parte promocional. Ahora, mi parecer.

Perdón, ¿he dicho “ahora”? Qué tonto. Quería decir “dentro de unos días”; el próximo lunes o martes. Un par de post resumen más (y es que menudo mes) y vamos con ello. I promise. No se alejen mucho, no se los vaya a comer un vampirillo mutante de esos.


* * * * * * * 

Londres después de medianoche de Augusto Cruz

Esta es otra de las novelas que quiero reseñar, por lo que quitando el argumento y ligeras impresiones personales, el resto lo vamos a dejar para ocasión más feliz.

Se supone que Londres después de medianoche es un homenaje a algo. Al cine clásico de terror e inmediato posterior y a las noveluchas de serie B de aventuras y misterios, seguro. Aquí un tipo, ex ayudante retirado de J. Edgar Hoover, acepta un caso muy especial: debe buscar una misteriosa película desparecida, una las más buscadas del mundo mundial, porque alguien no se quiere morir sin verla. Hasta aquí todo más o menos normal. El tipo se pone a buscar la peli y medio sin quererlo te entra la nostalgia de tiempos pasados que ya sabemos todos mejores, que supongo que es un poco la intención de la novela. Y bueno, normalita. Hasta que las pistas lo llevan a México, un poco buscando y otro poco huyendo. A partir de este momento, un poco antes incluso, la novela se pierde en detalles y situaciones absurdas de puro ridículas. Y el final, bueno, el final es morirte. Puedo aceptar el MacGuffin sin problema pero lo ya clama al cielo es la sucesión de tópicos de película Disney.

En el mejor de los casos, decepcionante.


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El rito de Laird Barron


No sé si se acordarán pero de este señor hablamos hace un par de días (el miércoles, si todo ha ido según lo planeado). Era aquel que había escrito un relato que se había publicado en Ominosus. El mismo relato que, les decía entonces, era prólogo ideal de una novela de la que ya hablaríamos. Bueno, pues la novela es esta, de modo que hablemos.

El rito es una novela de terror o que se pretende de terror (un día que tengamos tiempo tenemos que hablar de lo que da miedo, realmente, a estas alturas de la vida) de ese que dicen “cósmico” por lo tanto, nada de niñatas sucias saliendo del plasma y sí mucho de protagonistas que llevan las de perder.

La novela tarda en arrancar o lo parece. Lo que ocurre es que empieza bien, un tanto efectista, con un prólogo que parece un chiste demasiado largo pero inmediatamente después cae en un par de capítulos en los que se dicen demasiadas cosas que no aportan gran cosa más allá de la genealogía de los protagonistas. Por más que este sea, en cierto modo, uno de los temas (si no El Tema) de la novela, la cosa podía llegarnos, a nosotros, lectores ávidos de sangre y temblores, un poco más resumidita o, en su defecto, más interesante. 

Mal menor, en cualquier caso. Superado el, creo, tercer capítulo, la novela remonta y nos ofrece una historia de civilizaciones perdidas y orígenes legendarios e interplanetarios que harán las delicias de cualquier aficionado al género. 


* * * * * * * 


Que levante mi mano quien crea en la telequinesis de Kurt Vonnegut

Pese a este gran título, este pequeño librito (ciento y poco páginas) recopila una serie de discursos de graduación que al bueno de Vonnegut le pedían que diese frente a jóvenes estudiantes. Es, por lo tanto, y pese a lo que se pueda afirmar, repetitivo hasta la náusea. Y panfletario. Por más que uno esté de acuerdo con Vonnegut (imposible no estarlo) no es fácil evitar la sensación de estar, por momentos, en primera fila del mitin político equis. Con todo, su insistencia en aplicar el sentido común y alimentar el sentido crítico e la juventud, es digna de elogio.

Me pillán sin el libro a mano, de modo que, si les parece, dejamos los detalles para la reseña y así también pongo algunos ejemplos. Además, me he cansado de escribir y todavía queda un post.



martes, 21 de mayo de 2013

“Norteamérica profunda” de Juan Carlos Márquez

Estábamos equivocados. Buscábamos donde no era. Leíamos a los escritores creyendo que serían ellos, y no. Olvídense de Franzen, de Eugenides; olvídense de Wallace, de Roth, de María Santísima… olvídense de ellos porque en ellos (en sus libros) no encontrarán la (puta) Gran Novela Americana que todos andan buscando como locos. Y es que La Gran Novela Americana ya ha sido escrita. La ha escrito un español. De Bilbao, claro. Su nombre: Juan Carlos Márquez. Razón: aquí (abajo). 

* * * * * * 

Lo primero de todo es aclarar esta insignificancia: “Norteamérica profunda” no es, como se afirma por ahí, una colección de relatos, sino una novela fragmentada. Esto es importante. A mí me jode más que a nadie pero es lo que hay. Recordarán algunos que Márquez escribió hace un par de años un librito (pequeño, también, como todo lo suyo) llamado Tangram compuesto por grupo de relatos que se creían novela sin serlo realmente. Se adivina pues, en Márquez, una querencia a llevar la contraria. El día que se aventure en el microrrelato (que lo hará) le saldrán unos poemitas maravillosos. 

Dejen que les explique lo de la Gran Novela; intuyo que no me creen. Los cinco supuestos relatos que la componen son cinco estampas tan –en su mayoría- típicamente americanas que es todo uno mirarlas y creer estar viendo una película de John Ford o una fotografía de Robert Adams. Vean, vean: En DELAWARE, el primero, unos colonos ocupan una tierra que hasta ese momento pertenecía a los indios; indios que, furiosos e indignados, se dedican a acosar por las noches a unos invasores que a su vez se sienten atacados. En el segundo, llamado MEMPHIS, tenemos un negro grandote y bonachón cumpliendo condena por asesinato. Esto es, directamente, más americano que la hamburguesa. Y un poco topicazo. También lo de ser amigo del carcelero y de la incapacidad de adaptarse a la vida en libertad. En BLOOMINGTON la viuda y el hijo de un hombre que muere en Vietnam ven como el estado calamitoso en que se encuentran da un giro de 180º cuando un amigo del difunto se hace cargo de ellos a cambio de llevárselos a un páramo desierto de Bloomington. En SAINT-RAPHAEL un aristócrata en decadencia invita a una familia amiga a pasar unos días con él en Saint-Raphael, precisamente, un lugar muy bonito de Francia, que no sé qué narices tiene que ver con la Norteamérica profunda. Quizá es que me he perdido algo. O quizá simplemente es un relato que se coló para rellenar y evitar así que quedase un libro demasiado ridículo. Hoy me he levantado generoso: vamos a creer que el relato trata sobre la aristocracia en decadencia como referencia al lastre en que se ha convierte Europa para América a pesar de tanto pasado en común. Pilladito por los pelos, pero que no se diga que no he puesto de mi parte aunque sea mintiendo más que escribiendo. 

En CHURCHILL, el último de los relatos —probablemente el que más me ha gustado—, un joven matrimonio se marcha al norte de acampada. Ella se está muriendo, pobrecita y él no sabe qué decir, ni qué hacer, ni cómo reaccionar y es todito un saco de miedos varios. Lo de tener que lidiar con la inseguridad del amante desde la entereza del moribundo o la diferencia entre no tener nada que perder y perderlo todo. Esto se acompaña de bellas estampas nacionales: “No había más de ocho o diez personas dentro del restaurante y la mayoría eran hombres con la cara tiznada y las botas sucias de tierra. Devoraban fuentes de huevos revueltos y hamburguesas con queso y sorbían tazones de café humeante sobre la barra. Pedimos un surtido de salchichas, dos mazorcas de maíz y un par de ensaladas a una ascendiente de Matusalén y nos sentamos a una mesa tras una cristalera. Las vistas daban a un parque. Era un parque solitario sin un solo árbol. Con el suelo de arena, columpios y un pequeño y poco tendido tobogán de metal oxidado.” 

Fot. Robert Adams

Que estas secuencias tan típicamente americanas resulten más comunes y reconocibles que los páramos desolados de la “Intemperie” de Jesús Carrasco lo único que demuestra es que importamos demasiada televisión. Pero en cualquier caso el resultado es el mismo: para algunos América es esto y poco más. Márquez lo recoge en cinco cuentos, cuando otros lo hubieran hecho en cuarenta, lo cual es mucho de agradecer porque así te da tiempo a ver el telediario antes de cenar. En cualquier caso si la gran novela americana es aquello que representa o traza un relato de la América inmortal no veo porqué no puede ser esta colección una candidata al puesto. Yo me limito a dejarlo caer. 

Al respecto de los mencionados (relatos) y al margen de lo más o menos interesantes que puedan resultar, Norteamérica Profunda es Márquez haciendo de las suyas pero en relajado, esto es, sin el peso de los talleres de escritura y sin tener que demostrar que él la tiene más grande (la prosa, se entiende) que muchos otros que van del mismo palo, dando como resultado unos relatos bastante decentes para lo que me estoy encontrando últimamente si no le tenemos muy en cuenta cosas esos pecadillos de poeta reprimido tipo "la metralla silbándoles su melodía de muerte en los oídos" que se le escapan de vez en cuando y que dan a entender que en el fondo es, Márquez, un alma sensible luchando por florecer en el océano de los versos con resaca. Que a nadie le extrañe si algún día empiezan a salir fotos de su pasado acompañado de narcotraficantes del amor. Resumiendo: interesantes en la medida que prescindibles, siendo esto algo que se parece bastante a un cumplido sin serlo necesariamente pero sin descartarlo tampoco.

Sepa Márquez, en cualquier caso, que seguimos, sus groupies, a la espera de una novela que tenga forma de novela. Que no desesperamos, que sabemos que llegará, aunque tarde cuarenta años, aunque se oculte tras algún formato autobiográfico de memorias literarias preferentemente (si podemos elegir) de corte dramático y sangriento.


viernes, 6 de enero de 2012

"Tangram" de Juan Carlos Márquez


A JCM se le conocía, quien lo conocía, como cuentista. Pero un buen día a Juan Carlos –desconozco los detalles de su calendario- se le ocurre dar el salto a la novela. Piensa, voy escribir una novela o quizá simplemente se pregunta sobre lo conveniente de hacerlo. El caso es que la escribe o, siendo más precisos, intenta escribirla. Pero JCM no deja de ser un escritor de cuentos por mucha iniciativa novelística que tenga y le sale lo siguiente (cita textual de la contraportada): “JCM urde en Tangram un thriller de siete historias cruzadas que se leen con la respiración contenida; siete historias que son una y que, sin embargo, no dejan de ser siete; un puzle de ingenio y creatividad como el del juego chino homónimo, tal vez emparentado con aquella leyenda.” Bien. Pues al final va a resultar que a pesar de todo a JCM se le va a seguir conociendo, quien le conozca, como cuentista. 

* * * * * * * * 

Por aquello de ir entrando en materia les voy a contar de qué va el libro en cuestión. Son siete historias, ¿vale?; siete historias que son siete relatos, que luego se unen entre sí como por arte de magia. Es poco más o menos lo de contar el día de siete amigos que han estado follando en ellos y luego quedan para cenar.  Ese tipo de interacción. (Cojan esto con pinzas, hagan el favor.) No les voy a hacer la canallada de contarles el argumento de cada uno de los siete relatos porque lo que realmente importa (aquello de "lo que tiene gracia") de todo esto es ver cómo se unen al final y si ha valido o no ha valido la pena el esfuerzo de la lectura (no digamos ya la compra).

Vaya por delante que Márquez es un (vuelvan a usar las pinzas de antes) “magnífico escritor”. Se respira cuidado, atención, corrección… da la sensación de que no hay ni una coma que no haya sido mirada cien veces y en ese sentido nada que objetar. Pero personalmente creo que le falta algo que bien pudiera ser naturalidad y le sobra una estética demasiado “perfecta” (entendiendo esto como la parte de no-cumplido que tiene el perfeccionismo: esa manía persecutoria de aquello que asombrará al mundo). Siete cuentos protagonizados por siete personajes diferentes es algo que debería traducirse en siete voces perfectamente distinguibles las unas de las otras y no es el caso: detrás de cada relato encubierto se ve claramente al escritor haciendo de las suyas, poniendo mucho esmero, sí, y la mejor de las intenciones pero dejando tras de sí la sensación de no haber cuidado todas las partes que conforman una novela; haberse preocupado demasiado mucho por la forma y demasiado poco por el fondo. 

Decía Chéjov que “si al principio del relato se ha dicho que hay un clavo en la pared, ese clavo deber servir al final para que se cuelgue el protagonista”. Pues bien, para que nos entendamos en el libro de relatos novelizados de Márquez hay demasiados clavos de los que al final no se cuelga nadie. Les voy a poner un ejemplo: uno de los relatos de la novela (aceptando pulpo como animal de compañía) es la transcripción de las respuestas que da una mujer a un periodista. Hablamos de un momento muy concreto, el climax final, el relato que une los relatos y se ocupa de dar todas las respuestas. El ansiado relato en el que se la juega frente al lector que en este caso soy yo. Pues bien, todo ese texto es bastante “bernhardiano”, para que nos entendamos, y en un momento determinado interpretamos (su voz no se transcribe) que el periodista le pregunta a la entrevistada cómo era determinada habitación de determinado centro médico (perdonen que no sea más claro, pero no quiero estropearles la sorpresa) a lo que ella responde que qué importancia puede tener eso, que era como todas, etcétera, etcétera pero que ya que insiste se la va a describir. Ya que insiste. Ya que insiste, no; ya que insiste lo mandas a la mierda, pero ella no, ella se lo cuenta. Y entonces viene una larga y cuidada descripción del citado espacio que, efectivamente -la mujer tenía razón al principio- a nadie le importa un comino ya que la distribución de los cuadros o el color de los sillones no acaba matando a nadie. Y en general todo el libro peca de lo mismo: querer lucir prosa elegante demasiadas veces y no saber disimularlo. En mi opinión Márquez presta demasiada atención a detalles nimios que en una novela pueden tener sentido (o simplemente espacio) pero que en un cuento están, en mi opinión, de más. Y cuando digo esto me acuerdo del movimiento de una cortina cuando una mujer va a abrirle la puerta de su casa a un ladrón, por ejemplo; ese tipo de insustancialidades.